El Folk-lore Filipino (Tomo I)

Part 17

Chapter 173,741 wordsPublic domain

Sin embargo, con resignación apuró hasta las heces la copa de amargura con que su hado implacable le brindara. Y habiendo empezado por dedicarse en pequeña escala al negocio del añil y arroz, al principio con peculio propio y más tarde en sociedad con otros, no tardó en convencerse de que el trabajo y la buena fé continuados suelen hacer milagros. Y en efecto, al cabo de diez años tuvo la dicha de ver recuperada casi toda la fortuna que había perdido su padre.

Pero un día, cuando más ocupado estaba en las tareas del campo, recibe una comunicación del gobernadorcillo en que se le notificaba su nombramiento de cabeza de barangay, y él, en vez de deshacerse en insultos y perseguir con un palo al alguacil que llevaba el pliego, cual lo hacen muchos, como si el pobre tuviese la menor culpa de ello, le dijo:

--Bueno, déjame el expediente, que ya iré á ver al señor Gobernadorcillo.

Y en efecto, fué para decirle:

--Señor, no tengo inconveniente en servir al Estado, porque reconozco en él perfectísimo derecho para exigir á todos y á cada uno de los ciudadanos algún servicio, faltando el cual, ni hay Estado, ni sociedad para la que fuimos criados, como demuestran nuestra natural debilidad y la imprescindible necesidad que sentimos del apoyo ajeno. En una palabra, acepto gustoso la cabecería, y hasta con agradecimiento por haberse dignado Vdes. inscribirme en la lista de los principales (especie de nobleza), y soy de los que pagan las contribuciones é impuestos, sin hacer muecas; pero para tranquilidad de mi conciencia y satisfacción de mi honradez, exijo como condición que se me rindan claritas las cuentas; quiero decir, que V. me convenza de que las que figuran en el padrón ó lista de tributantes que me ha de entregar, verdaderamente existen ó hay posibilidad de cobrarles aquí, porque ni yo consiento que mi fortuna, adquirida á fuerza de grandes trabajos, se pierda por abonar lo que deben los ausentes, ni puedo ir á buscarlos en otras provincias, ni...

--Hombre, hombre,--le interrumpió el pedáneo.-- ¿Está V. en su juicio? Quieras que no, forzosamente ha de aceptar el cargo, y ahora mismo acabo de mandar pregonar en bandillos que sus bienes no se pueden enagenar, pues ya están hipotecados para responder á la Hacienda Pública de las obligaciones de su cabecería.

--Pero, señor gobernadorcillo, ¿quién los ha hipotecado? ¡Es posible que haya otro más que yo, con derecho á gravar mis bienes!

--Claro, hombre: varios principales y yo informamos que tal casa y cuales terrenos pertenecen á Vd., y el gobernador de la provincia, en vista de este informe, de cuya veracidad hemos de responder con nuestras cosas, ha firmado su nombramiento de cabeza, y sin que lo sepa V., ya lo es.

--Mil gracias por haberse Vds. presentado como fiadores mios; pero ni esa casa ni esos terrenos son del todo míos, sino de mi socio X. parte de ellos.

--Nada, ya es V. cabeza, y no cabe réplica.

--Acepto gustoso la cabecería, pero con la condición de que haya posibilidad de colocar las cédulas, que forzosamente he de abonar, y sin este requisito no firmo la notificación, ni acepto el padrón ni las cédulas.

--Si yo considerara su manera de contestar como falta de respeto, ahora mismo estaría Vd. en el calabozo; pero gracias que conozco su apacible carácter y comprendo su ignorancia; Vds. los negociantes creen que todo se arregla con cuentas claras. Están equivocados; y no sea V. tonto rechazando la cabecería, el padrón y las cédulas, porque eso no quita que sea V. cabeza, y en el día de pagar á la Administración lo que debe su cabecería, usted haya cobrado ó nó, aceptado ó no el cárgo, tendrá, forzosamente que abonarlo todo, como si hubiera colocado todas las cédulas. Con que, amigo mio, V. sabe en cuánto le aprecio, y si cree, como supongo, en mis palabras, es mejor que V. se lleve las cédulas para ver de colocarlas, y así abonará poco ó mucho, pero no todo.

--Entonces, déme V. dos días de plazo para meditar lo que más me convenga.--Contestó Isio, y se fué derechito á consultar con un anciano ex-gobernadorcillo, y por consiguiente muy ducho en el asunto.

II

--Buenas noches, capitan Bindoy, dijo Isio al ex-pedáneo.

--Muy buenas las tenga V., Sr. Cabeza de Barangay,--contestó el viejo, recalcando el tono al pronunciar estas últimas palabras.

--Hombre, ¿cuándo lo ha sabido V.?

--Acaso antes que V. mismo: por el bandillo en que se advirtió al público que sus bienes quedan afectos á las obligaciones de la cabecería que desempeña.

--Precisamente, vengo por eso de ver á nuestro pedáneo y estoy aquí para consultarle sobre el particular.

--Nada, amigo; le ha tocado el premio gordo, como satíricamente se dice.

--Eso es, ¡el premio gordo! la recompensa, el digno coronamiento de mis esfuerzos por reconstruir la escasa fortuna de mi padre, arruinado con ese cargo y el de gobernadorcillo.

--Y ¿qué te ha dicho el pedáneo?

--Que ya soy cabeza, por obra y gracia de él y de algunos principales, y que me conviene más aceptar el cargo, para ver de cobrar algo, y no venir á abonar todo; pero no me inspira confianza: yo sé que todas las cabecerías vacantes corren á su cargo y es muy natural que busque medios para endosarlas á otros.

--Es verdad: ¡pobre gobernadorcillo! y ¿todavía Vd. y otros que tienen dinero se excusan de ayudarle en algo, á pesar de desvivirse él por conservar el órden público, por arreglar las calles, en fin, por gobernarnos? Pues con todo eso, con tener que desembolsar no despreciable cantidad de dinero por atender á los gastos ocasionados por el cargo, varias cabezas de barangay, cumplido el plazo reglamentario, renuncian á sus cargos y el pobre gobernadorcillo aumenta á sus cargas las de estas cabacerías, abonando considerable cantidad de dinero. Nada, Isio; tenga V. compasión del pobre gobernadorcillo ayudémosle y sirvamos como buenos ciudadanos al Estado, á la sociedad á que pertenecemos; son cosas de la vida, obligaciones innatas de los que tengan más; y luego, cuando no prestamos nuestra ayuda al pedáneo, y éste desmaya, vendremos pidiendo buenos caminos y otras exigencias.

--Eh, amigo; me parece que es V. partidario del gobernadorcillo y acaso uno de los que firmaron la sentencia de muerte de mis bienes, cuando precisamente yo venía á consultarle sobre la manera de ó aceptar la cabecería, pero con las cuentas bien arregladas, ó rechazarla.

--Ambas cosas son imposibles, amigo mío; y haría bien en no perder tiempo, aceptando las cédulas. Y vaya el consejo que le puedo dar: si es listo, digo, si V. es poco escrupuloso, poco ó nada perderá con la cabecería.

--¿Y cómo?

--No, no he dicho nada; no será V. capaz...

--¿De qué? El caso es salvar mi fortuna con tanto sudor adquirida.

--Pues por ahí anda gente de mal vivir que necesita proveerse de varias cédulas, para burlarse de la policía:... no se ha de comprometer Vd., puesto que se las ha de dar en blanco sin firma.

--A tanto no me atrevo.

--Pues procure colocar las cédulas entre sus amigos y parientes.

--¿Pero si no figuran en mi padrón...?

--No importa: eso no se averigua, basta que ellos presenten sus cédulas cuando se las exijan, sin meterse nadie á averiguar si el cabeza que la autoriza, pertenece al mismo barangay.

--¿Y el pobre cabeza que debiera cobrarles?

--Pues quedará haciendo cruces sobre su boca abierta, si es tan tonto que no hace lo mismo con otros.

--¡Umf! La cosa no está libre de contingencias.

--¡Claro! todo negocio tiene sus quiebras.

--Entonces no lo he de ejecutar.

--Pues otra quiebra mayor le ha de alcanzar: entrará en la cárcel por desfalcado, cargará angarillas, perderá sus bienes, que se malvenderán en pública subasta, y todo por sus excesivos escrúpulos.

--No lo creo.

--Y su padre, ¿cómo ha perdido sus bienes?... Cuando yo fuí cabeza, en vez de perder mi casa, adquirí otra por razón del cargo.

--¡Milagro!

--No crea V. en milagros, papamoscas. La cosa fué muy sencilla. La gente de esta provincia es muy ignorante y tímida, y el que tenga dos dedos de frente vive divinamente á costa de ellos. Cuando recibí el padrón ó lista de los que yo debía cobrar, noté que faltaba más de la mitad: unos estaban ausentes en lejanos lugares, otros desconocidos, y otros muertos.

--Habrá V. exigido que renovasen la lista.

--Eso era perder tontamente el tiempo y el dinero: lo primero, porque el expediente que se instruiría por cada ausente, no terminaría hasta el fin de los siglos; y lo segundo, porque los expedientes se extenderían en papel de oficio ó de ocho cuartos pliego, á costa mía, y tendría además que asoldar un escribiente y director al mismo tiempo, que siendo de los pocos que saben hacer estas cosas, se vendería carito.

--Y entonces ¿qué ha hecho V.?

--Pues hacer pagar á los presentes lo que debían los ausentes. Conocía yo donde vivían los primeros, y solía visitar á los del campo, es decír, aquellos á quienes impunemente podía exigir regalos de huevos, gallinas, cerdos, frutas, etc., que vendidos, valían dinero. Además emprendí levantar una casa: á unos pedí que me trajesen del bosque maderas; á otros bejuco, cogon y otros materiales; y á todos á trabajar, dándoles á veces, no salarios, sino algunos cuartos.

Esto á nadie chocaba, pues ya sabe V. que es costumbre inveterada.

--Y del servicio personal, ¿qué sacaba?

--¿Pero no te acabo de decir que les hacía trabajar en mi provecho?--Contestó á Isio el ex-gobernadorcillo.

--Eso no pudo ser, porque el pedáneo directamente vigilaría por la asidua asistencia de los polistas.

--Bueno; pero ¿cree V. que el gobernadorcillo se atrevería á pedirme cuentas? ¿A mí, que por cualquier cosa sería capaz de meterle en un atolladero sin salida?...

Isio no pudo replicar.

Y el capitan pasado prosiguió, envanecido por su triunfo:

--Ya he dicho que Vds. todavía poca cantidad de morisqueta han consumido; mire mis canas; ¡cuántos años y cuánta experiencia representan! Es verdad que ésta la adquirí á costa de amargos desengaños y profundos disgustos. ¡Oh! con qué abundancia de lágrimas he regado el espinoso camino por donde he venido á la ancianidad. Acaso habría caido á la mitad de él, si no hubiera siempre tenido presente que todos, absolutamente todos los mortales, así ricos como pobres, la plebe y la nobleza, seguían y siguen la misma senda que yó. Nada, nada: necesita V. aún comer muchos plátanos para poder comprender los misterios de la vida; y ya te digo: me fué divinamente la cabecería; mire que la redención del servicio personal representa otro ingreso; y las quintas...

--Advierto á V. que me ofende con esos consejos.

--¿Y quién le ha dicho que sería capaz de seguirlos? Pero V. me ha suplicado que prosiguiera; y por considerar que ha venido a oir mis consejos, le dí los que mi pobre inteligencia y mis años me habían enseñado.

--Entonces si V. no puede darme otros, dispénseme la molestia y mil gracias por sus atenciones.

Le dijo Isio, y sin poder disimular su disgusto, se fué.

Y su viejo interlocutor, volviendo de conducirle á la escalera, se sentó en un sillon de bambú; cogió un paypay, también de caña, en forma de guión de iglesia; descubrió más el pecho, echó el cuerpo hácia el espaldar, levantó los piés, y abanicándose fuertemente, y á cada momento rascándose las espaldas, decía á sus solas:

--Isio es muy excelente persona; la enérgica dignidad con que rechazó mis consejos me ha gustado mucho, si bien la venerabilidad de mis años se ha humillado un poco ante las lecciones de ese imberbe. Venía el pobre á pedirme buenos consejos, y ¿á quién se le ocurriría, si no á este desdichado vejete, enseñarle peligrosos disparates?...

Después de rascarse los muslos y las pantorrillas; y abanicándose fuertemente, prosiguió:

--Pero ¿qué otra cosa podía aconsejarle? Tengo lástima de esos bienes que á fuerza de continuados esfuerzos ha vuelto á adquirir este buen mozo. Es verdad que para salvar los nuestros propios, no tenemos derecho para arruinar al prójimo. Pero ¡Demonio de chinches y de mosquitos! Y estos ¡¡sarpullidos!!

Y seguía rascándose con más furor, y abanicándose para refrescar su ardiente cuerpo.

Después añadió:

--Los escrúpulos... ¡cá! ¡Tonterías de la humanidad! Ya veremos, ya veremos á ese guapo, y á dónde le conducirá al fin su estrecha conciencia... No puede ser: con bien no ha de salir, á no ser él un Salomon... ¡Vaya un buen tipo de Salomon que tiene el inocente Isio!

III

Las dudas del capitan pasado no tardaron mucho en aclararse.

El primer año, Isio abonó á la Administración de Hacienda pública setenta pesos, á pesar de haber desatendido por completo sus tareas en el campo, para ver de colocar las cédulas y buscar en varios rincones de la provincia á los que se creían oficialmente que le pagaban religiosamente las contribuciones.

De modo que también perdió lo que debiera haber ganado en el campo, de no desempeñar cabecería alguna.

Y lo que gastó en los viajes que hizo en busca de sus kailianes, y los contínuos á la Administración.

Lo que á Isio sucedió en el primer año fué para él, no sé si desengaño, lección ó principio de desesperación.

Verdaderamente no es lo mismo perder lo que se ha ganado en el juego, que lo adquirido á costa de tantos sudores y de constancia, y es más doloroso perderlo, después de haber agotado todos los esfuerzos imaginables para salvarlo.

En seguida se acordó de los consejos del anciano capitan pasado; pero no tenía valor para seguirlos, para abusar de los pobres, quitándoles su escasa morisqueta, adquirida á costa de tantos trabajos, ya que su miseria no les permitía comer más que dos veces al día sin más manjares que la sal, alguna legumbre pasada en agua, ó poco bagon. Robar á esta clase de gente, sería casi casi como asesinato. Isio no podía; pero ¿quién le había de pagar lo que había abonado? Esta era la cuestión que le preocupaba mucho.

Y para olvidar un tanto su angustiosa situación, aprendió á tomar basi (vino ilocano que se extrae da la caña-dulce) y á emborracharse.

Excuso deciros que Isio, alucinado por la bebida, se acercaba al abismo de su perdición.

Olvidó por completo dedicarse á su antiguo negocio, y en sus borracheras solía exclamar:

--Ah, mientras viva, á lograr el tiempo; yo he de disfrutar de los frutos de mis afanes antes que otros.

Y como no se ocupó más en cobrar á sus tributantes, dejándolo todo al primogénito, (ayudante de cabeza de Barangay con cédula gratuita por este servicio), el déficit se duplicó el año siguiente, é Isio en vez de sentirlo más, casi no lo experimentó, á pesar de haber tenido que sufrir disgustos por buscar el dinero que necesitaba, pues sus antiguos sócios no le fiaron la cantidad que les había pedido, viendo que ya él había abandonado sus trabajos en el campo y que sus bienes estaban hipotecados á favor de la Hacienda pública.

Acaso lo más prudente para él hubiera sido que se declarase entonces en quiebra, es decir, manifestase claramente al gobernadorcillo que no tenía el dinero que necesitaba para saldar las cuentas de su cabecería, poniendo á disposición de la Hacienda pública sus verdaderos bienes, y aquella se encargaría de venderlos en pública subasta.

Pero por de pronto el gobernadorcillo le remitiría preso al Gobierno civil y entraría en la carcel y saldría á trabajos públicos, entretanto que se vendiesen en público subasta sus bienes.

Mis lectores no comprenderán, como yo, la razón de este procedimiento comun en provincias; y cuidado que no es porque las autoridades provinciales lo dispongan por arbitrariedad para evitar expedientes abrumadores, procurando que el cabeza siquiera por vergüenza, busque dinero fuera para salvar sus cuentas; no, no hay arbitrariedad, lo que debe haber es alguna disposición superior mal entendida, cuya equivocada aplicación haya sido sancionada por la rutina.

Varios Alcaldes mayores se veían obligados á meter en la cárcel á centenares de cabezas desfalcados, personas honradas, sin más delito que el de no haber podido abonar lo que no habían cobrado á sus tributarios ausentes.

Pero ni Isio, con toda su borrachera, tenía valor para entrar en la cárcel, ni podía consentir que así desapareciesen sus bienes honradamente adquiridos.

Y al fin, logró alucinar á un avaro principal, que le dió el dinero que necesitaba para saldar sus cuentas con la Administración, con el interés de veinte por ciento al mes, y todavía con derecho de quedarse, si al cabo de dos años, Isio no podía pagar su deuda, con todos sus bienes, hipotecados por segunda vez á favor del acreedor, que ignoraba que en caso de quiebra entraría antes á cobrar la Administración.

Pronto Isio fué asaltado por sérios temores, y con frecuencia murmuraba:

--Todavía habrá posibilidad de que yo salga con bien de mis compromisos con la Hacienda pública, pero de las garras del codicioso, ¡ninguna! Debo meditar formalmente lo que me convenga, y una vez hallado el medio, hay que emplearlo con valentía, sin fijarse en averiguar si es justo ó reprobado.

El arrepentimiento--añadía,--nunca viene con oportunidad. ¡Oh! Qué sábios aquellos consejos que inocentemente he rechazado; pero ya no es tiempo; he perdido tontamente dos años sin ganar nada con la cabecería, y sí perdiendo todo lo que poseo, como ya lo he perdido, á pesar de conservarlo aún en mi poder...

--¡Eureka!--exclamó después de haber meditado largo rato, como si un rayo divino hubiese penetrado en aquella tenebrosa cabeza, donde se habían fraguado toda clase de maléficos planes.

--¡Eureka!--repitió.--¡Magnífica y salvadora idea!

Iré á consultarla con el inteligente ex-gobernadorcillo.

IV

--¡Pobre jóven!--exclamó el viejo ex-gobernadorcillo, al oir el conmovedor relato de Isio y su decidida resolución de procurarse el nombramiento de gobernadorcillo, para salvar su crítica situación.

--¡Pobre jóven sin experiencia!--no pudo menos de repetir, y añadió:

--Pero si es peor el remedio, ¡hombre de Dios!

--De modo que mi situación no se resuelve, si no ahorcándome en un balete ¿(árbol)?--Exclamó Isio.

--Tanto, no; como se ha de ahorcar V., ¡tonto! Sí, tonto y muy tonto sería, si no encontrase otro remedio que la ¡desesperación! Pero no es menos peregrina su idea de salvarse con el cargo de gobernadorcillo, cuando este es infinitamente peor que el de cabeza de Barangay. El mejor remedio será resignarse á perder sus bienes, entrar en la cárcel y salir á trabajos públicos; con eso no se desprestigiará, porque es de todos conocida su honradez, al menos hasta ahora; y después ya que es jóven aún, no tardará en recuperar lo perdido. Ea, sea, V. magnánimo, que el cielo nunca desampara á los hombres laboriosos y de buena fé.

--Me parece muy excelente el consejo, y lástima que antes no se me haya ocurrido tan fácil y eficaz remedio; lo seguiré, y adios, muy señor y amigo mio.

Y diciendo esto Isio, saludó á su interlocutor y juntos se dirigieron á la escalera.

Ya abajo el cabeza de Barangay, se le ocurrió una duda y antes de despedirse por última vez, preguntó:

--Pero diga V.: ¿otra vez no me podrán elegir cabeza de barangay, cuando vuelva á reunir modesta fortuna?

Por de pronto el viejo no pudo contestar; se arrugó su frente, y después de un minuto, murmuró:

--Esa es la dificultad: como V. no ha desempeñado durante diez años seguidos el cargo, podrán obligarle á aceptarlo de nuevo.

--¡Otra vez!--exclamó Isio y volvió á subir corriendo.

--¿Diez años seguidos?--repitió el mismo--¿y quién podrá ejercerlo durante ese tiempo, de no tratarse de verdaderos ricos?...¡Eh! amigo, renuncio á practicar sus saludables consejos; antes he de salir gobernadorcillo y con lo que adquiera con ese cargo, tendré con que seguir abonando durante diez años.

--Verdaderamente--contestó el viejo enseñando una silla á su interlocutor--el caso es para desesperar.

Y después de una pausa, añadió:

--Bueno; será V. gobernadorcillo, pero ¿qué espera hombre de Dios, con ese cargo, si no disgustos á montones, humillaciones, desembolsos que no puede hacer, y su ruina completa?

--Pero no me dijo V. que cuando lo desempeñó, ¿ganó mucho dinero?

--Tanto, nó; el no haberme salido mal la broma, representa un triunfo; pero V. no tiene el atrevimiento, astucia y experiencia suficientes para no salirle el tiro por la culata; ni el valor necesario para sufrir ciertas cosas. Acabará V. por morir de disgusto.

--Hombre, no parece sino que V. tiene otro candidato para ese cargo, pues no comprendo aquellos consejos suyos que rechazé, disuadiéndome ahora.

--Amigo, le di aquellos, porque yo veía que usted no podía rechazar la cabecería; pero ahora no debe buscar su propia ruina, estando en sus manos el evitarla.

--Y ¿por qué ese cargo es tan disputado?... Algun dulce ha de encerrar, cuando á él acuden hormigas.

--¿Dulce? ¡veneno con baño de almibar!... pero, en fin, ¡dulce es! ¡Oh! muchísimos piensan coma V., así de los de abajo, por lo cual es disputado; como de los de arriba, por lo que no se modifica este cargo en el sentido de que ha de ser honorífico, si así les place; pero que de ninguna manera debiera ser muy gravoso á los que los desempeñen.

--¿Cómo gravoso?

--Sí, hombre; y lo es en grado superlativo: recuerde, si no, aquellas cabecerías vacantes de que, según hablamos anteriormente, pasaban á cargo del gobernadorcillo; y si una acabó de arruinar á V., cuatro, seis, diez ó más ¿que no le causarán?... ¿Y el sueldo del directorcillo, á quién V. pagará de su bolsillo particular al mes, lo que V. percibirá al año? ¿Y las picardías de él, de las que V. saldrá responsable, pues él no es más que un consultor particular?

--Como yo sé chapurrear el castellano, no necesitaré de directorcillo.

--Es indispensable, hombre, porque V. ignora las fórmulas para extender las primeras diligencias, poner y contestar los oficios, etc., etc.

--Si es verdaderamente indispensable, promoveré expediente para que el gobierno me conceda crédito para asoldar un directorcillo de carácter oficial con responsabilidad de sus consejos.

--Ya vé V. ¡si no es inocente! No, no puede V. ser gobernadorcillo por cándido. Y esa candidez y buena fé extremadas le acarrearán muchos disgustos.

--Me portaré listo.

--¡Tu dixisti!

--Dirá V. lo que quiera, capitan; pero me parece que tiene otro candidato.

--Hombre, V. me ofende; y basta eso para que yo contribuya á castigar su increible inocencia. Será V. gobernadorcillo; ahora mismo voy á visitar á mis partidarios, para que todos apoyen calurosamente su candidatura.

--Si, señor mío, á ver si me hace ese señaladísimo favor.

--No es favor, sino agravio; los indígenas, como la clase popular ó menos ilustrada de Europa, merecen bien el dictado de niños grandes: el prurito de figurar, el de elevarse algo del nivel de sus paisanos, cómo les deslumbra, ¡cómo les pierde! En efecto, los pobres se elevan un momento para venir á caer luego al fondo de las cárceles ó al abismo de la desgracia de toda su familia.

--Es V. muy pesimista.