El espejo de la muerte

Part 9

Chapter 94,131 wordsPublic domain

Esa es la educación social y lo demás pamplina. Así, libre y al aire libre, cada uno aprende así que frente a su voluntad hay otras voluntades, y que no hay otro remedio que imponerse o someterse a ellas, o concertarse todas o escapar bajo el ojo del alguacil.

Todavía nos ha de enseñar grandes cosas el «¡ya caerás!» internacional que sale de lo hondo del pecho herido.

Pero ¡ojo, mucho ojo!, no hay que perder de vista al alguacil, que avanza cautelosamente, como tigre de caza, que desde lejos amenaza con el bastón y puede aguarnos la fiesta.

UNA RECTIFICACIÓN DE HONOR NARRACIONES SIDERIANAS

--¡Un caballero no debe, no puede tolerar tal ultraje!

Al oir lo de caballero, Anastasio inclinó la cabeza sobre el pecho para olfatear la rosa que llevaba en el ojal de la solapa y dijo sonriendo:

--Yo aplastaré a ese reptil... ¡Mozo!

Para pagar a éste sacó del bolsillo un duro, y con él dos piezas de oro que llevaba como fondo permanente e intangible; dió aquél al mozo y sin esperar a la vuelta, tan distraído creía se debía estar en su caso, salió del Arca.

El Arca era el nombre caprichoso, abracabrante, según uno de sus socios, que en Sideria se daba al casino a que acudía el cogollito de la elegancia, los hombres de mundo y de alta sociedad, los calificados por el _chroniqueur_ modernista y bulevardizante de _El Correo Sideriense_ de _gentlemen_, _sportmen_, _clubmen_, _bonvivants_, _blasés_, _comme il faut_, _struggle-for-lifeurs_ y otro sin fin de terminachos por el estilo; es decir, los caballeros más honorables de la ciudad ducal.

Uno de ellos había importado de Alemania, donde residió año y medio, el nombre de _filisteos_ que los socios aplicaban a todos los ramplones burgueses de la ciudad.

Los envidiosos, y los pedantes, y los doctrinos sostenían que en el Arca se reunían los espíritus más pedestres de la ciudad, empeñados en sacarse del abismo de su ramplonería como el barón de Münchhausen del pozo en que cayó, tirándose de las orejas hacia arriba, y no faltaba mala lengua que clasificaba a los alegres compadres en memos y bandidos sin disfrazar, memos disfrazados de bandidos y bandidos disfrazados de memos.

Pero dejando estos ladridos de los impotentes a la luna, volvamos a Anastasio, el cual, al salir a la calle, hizo como si reflexionara un momento delante del coche y acabó diciéndose: No, en esta ocasión no pega el coche. ¡A pie, a pie!

Un carruaje que pasaba le salpicó de barro el pantalón. El primer efecto que tal desastre produjo en Anastasio fué el vivo dolor del armiño ofendido en su cándida pureza; pero luego, volviendo sus ojos a la afrenta que devoraba su corazón, se complugo en la providencial pella de barro.

Si Anastasio hubiera tenido la debilidad, impropia de un caballero perfecto, de ser algo filósofo, ¡uf!, se habría perdido en necias divagaciones acerca del simbolismo de la naturaleza. Pero toda su filosofía se reducía a la que estrictamente necesitaba: a saber que Dios hizo el mundo para el hombre y el hombre para el honor, y que todo el universo era un arca inmensa.

Cuando llegó a la redacción de _El Abejorro_ se detuvo a su puerta, sobre la que había dibujado un abejorro enorme.

Sacó Anastasio el pañuelo perfumado, que así lo llevaba a pesar de las pullas de muchos socios, más _prácticos_ en lo del pañuelo, y se lo llevó a las narices.

Dentro de la redacción se oían voces de disputa, y una, sobre todo, que sobresaliendo de las demás, decía:

--Le digo a usted que de todas las imbecilidades que han inventado los ociosos para pasar el tiempo y distinguirse, la más estúpida es el honor. Todo el mundo habla de la nobleza del león, que es un bicho dañino, y a mí me parece mucho más noble el burro. El león, que es bestia de presa que se alimenta de carne, habrá inventado el honor; pero el pobre burro, que es bestia de carga, ha inventado el deber. Y sobre todo, señores, ¿de dónde sacan ustedes que sea noble el defenderse con las garras y los dientes, como el león, y no lo sea con la ligereza de pies, como la liebre; con la astucia, como la zorra; con la pequeñez, como el mosquito; con la tinta, como el jibión? El mismo Dios que ha dado garras y pico al águila ha dado pequeñez al mosquito y al jibión tinta. Todos los imbéciles...

En aquel momento Anastasio, que se había estirado los puños y atusado el bigote y había cogido el bastón como cirio en procesión, indignado de oir tantas pedanterías estrafalarias, entró.

Ya dentro, avanzó una pierna de modo que pudiera lucir la simbólica pella de barro, y dijo:

--¿El caricaturista de este... papel?

--Muy buenas noches.

--Buenas. El caricaturista he dicho.

--¡Presente!--exclamó un joven que estaba haciendo pajaritas de papel.

--¿Es usted el mamarrachista de este... papel?--volvió a preguntarle Anastasio.

--Para servir a usted.

Anastasio sintió, a la vista de una pajarita de papel colocada sobre la mesa, ganas de arañar a su hacedor; pero se reportó bajando la cabeza para oler la rosa, ¡cándida flor!, y volvió a preguntar:

--¿Es usted el autor de esa inmunda caricatura?

--¡In-mun-da..., in-mun-da..., muy bien! ¡Exacto..., la frase es feliz..., sí señor, yo lo soy!

--He aquí mi tarjeta--dijo Anastasio sacando una para dársela.

--Está muy bien... Joaquín Ortiz, calle de Suso, 31, segundo, tiene usted su casa. No uso tarjetas.

«Un pintamonas--pensó Anastasio--; ya me temía yo que no fuera un caballero... ¡Pero hasta tanto! ¡No usa tarjetas! Eso es no ser ni hombre siquiera. ¿Adónde va este infeliz?».

--Espero de usted una satisfacción; esta noche visitarán a usted dos de mis amigos--añadió al salir.

Cuando al cerrar la puerta oyó una risa, sonrió Anastasio lleno de compasión, olió la rosa y diciéndose: ¡no usa tarjetas! sintió toda la fealdad de la pella de barro. Como ésta se había secado ya, la limpió en las escaleras de la redacción de _El Abejorro_.

En la calle le miraban mucho. «¡Sabréis quién es Anastasio!»--pensó.

Dos carreteros reñían, jurando como señoritos, y uno de ellos dijo al otro:

--Vamos a rompernos la crisma...

Al verlos irse se dijo Anastasio: «Y a todo esto la policía sin impedir estas ordinarieces... ¡Groseros! Nada, nada, el pueblo es pueblo... Cuando yo digo que en España no estamos preparados para la república... Pueblo grosero, prensa procaz... Es evidente que la aristocracia tiene el deber de ejercer tutoría sobre el pueblo, tutoría fraternal, se entiende... y la verdadera aristocracia, no esa antigualla rancia comida de carcoma».

Cuando llegó al Casino buscó a su amigo Herminio, a quien preguntó por Pepito Curda.

--¡Pepito... a estas horas!

--¡Ah, sí!--contestó Anastasio con seriedad, recordando que a aquellas horas Curda se dedicaba a emborracharse para poder dormir de un tirón, olvidado del tráfago de sus negocios.

--¿Y Juanito?...

--¡Déjalo que hoy está de suerte!

--¿Pero ese muchacho cuándo se va a corregir?--dijo Anastasio con la gravedad que sentaba a su situación--. Porque va a acabar mal.

--¡Quiá! Él la entiende y sabe que coloca su capital a buen rédito.

--¿Y Ambrosio?

--Ahí le tienes.

En efecto, en una mesa cercana discutían varios socios acerca de una proposición, y era que el municipio de Sideria pagara dos mozos al Arca, bonita combinación para acabar de escandalizar a los pobres _filisteos_ de la ciudad ducal.

--¡Hay que dar que hablar a esa mano de cerdos que trabajan como imbéciles y ahorran para que se lo coman sus hijos y creen en el sentido común!

Un tímido objetaba al pensamiento y pedía cuando menos barniz de legalidad.

--¡Tiene razón!--exclamó uno.

--¡Pss!, y qué, tener razón o no tenerla, ¿qué más da?--replicó con desdén Ambrosio, que pasaba por uno de los oráculos del Arca.

La frase dejó a todos suspensos de admiración y en un momento corrió por toda el Arca.

Anastasio llamó a Ambrosio, les enteró a él y a Herminio del asunto y acabó diciéndoles:

--¡Una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas... y si no... a sable!

Dicho esto se fué a casa de un maestro de armas, donde se estuvo ensayando quites y posturas.

Cuando quebrantado por tantas emociones llegó a su casa, se puso a pensar en el traje que convendría para el lance.

Lo sacó, se lo puso y estuvo ensayando quites con el bastón. Después se puso a escribir a Enriqueta, su arreglito. La cosa era tranquilizarla, no fuera que cualquier indiscreto le diera un sofoco con una noticia de sopetón.

Cuando despertó en la butaca clareaba el día. Empezó a pasearse por la sala hasta que dieran las siete, hora convenida con el maestro de armas para continuar la lección.

Sus amigos fueron a buscarle a la sala de armas cuando más absorto estaba en un quite.

--Nada de esto--le dijeron--, la cosa se ha zanjado satisfactoriamente.

--Entre caballeros...--empezó a decir el otro.

¡Pero si no usa tarjetas!... pensó Anastasio.

--Una cumplida rectificación, una rectificación de honor, como lo deseabas. La traerá el próximo número de _El Abejorro_, el del domingo.

El maestro de armas le dió la mano diciéndole:

--Espero nos volvamos a ver. Un joven como usted, de la crema, no debe descuidar estas cosas. Usted muestra felices disposiciones y el manejo de las armas da la prudencia del fuerte y a la vez hace que se nos respete.

Anastasio le dió una fuerte propina y salió con sus dos amigos, que sonriendo le llevaron a una fotografía.

--Pero...

--Déjate hacer. Confiaste tu honor en nuestras manos.

* * * * *

_El Abejorro_ del siguiente domingo alcanzó una venta tan nutrida como no la había alcanzado con la caricatura de Anastasio. En la primera plana publicaba en fotograbado un hermoso retrato de Anastasio en traje de mañana, una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas.

Los lectores que no conocían a Anastasio cotejaron el retrato con la caricatura, mientras el satisfecho ofendido se prodigaba en traje de mañana por todos los paseos de la ciudad ducal.

Un redactor de _El Abejorro_ fué a darle la enhorabuena, que la recibió con dignidad, oliendo la rosa, mientras se decía: hoy no te ríes.

--Aquí viene él--oyó que decían en un grupo.

Pero el mayor bromazo fué en el Arca. El suceso fué el regocijo de los socios, que armaron un banquete con sus borracheras y brindis, presidido por Anastasio, en holocausto al Honor, del que se reían por dentro, gracias al portentoso Ambrosio, aunque por fuera fuesen sus más celosos sacerdotes.

El número rectificación de _El Abejorro_ figuraba como centro de mesa. Anastasio no podía con su honor y con las copas que le hacían beber. Al cabo vino al suelo.

Desde entonces visitó con frecuencia la sala de armas.

UNA VISITA AL VIEJO POETA

En el nutrido sosiego que venía a posarse plácido desde el cielo radiante, iba a fundirse la resignada calma que de su seno exhalaba la vieja ciudad, dormida en perezosa siesta. Me sumí en las desiertas callejuelas que a la Colegiata ciñen, y en una de ellas, donde me habían dicho que habitaba el viejo poeta, de tan largo tiempo enmudecido, di a la aldaba del portalón, que lo era de la única casa de la calleja. Resonó el aldabonazo, quebrando el soñoliento silencio, en los muros que formaban la calleja, flanqueada, como un foso, de un lado por el tapial de la huerta de un convento, y por agrietadas paredes del otro.

Me pasaron, y al cruzar un pequeño jardincillo emparedado, uno de esos mustios jardines enjaulados en el centro de las poblaciones, vi a un anciano regando una maceta. Se me acercó. Era su conocidísima figura.

--Ahora mismo subo--me dijo.

--No; prefiero hacerle aquí la visita, ¿qué más da?

--Como usted quiera... Rosa, baja unas sillas. Desprendíase una calmosa melancolía de aquel pedazo de naturaleza encerrada entre las tapias de abigarradas viviendas. Dos o tres arbolillos se alzaban al arrimo de ellas, en busca de sol, y en ellos se refugiaban los pájaros. En un rincón, junto a un pozo, sombreaba a un banco de piedra una higuera. La casa tenía un corredor de solana, con balaustrada de madera, que miraba al jardinillo. El vertedero de la cocina servía para regar la higuera. Y todo ello parecía ruinas de naturaleza abrazadas a ruinas de humana vivienda.

Allí encima se alzaba la airosa torre de la Colegiata, a la que doraba el sol con sus rayos, muy inclinados ya; la torre severa, que contribuía a dar al pedazo de cielo desde allí visible su anguloso perfil. Unas gallinas picoteaban el suelo.

--Es mi retiro y mi consuelo--me dijo.

--Yo creí que preferiría usted el campo verdadero... el aire libre...

--No. Voy a él de vez en cuando, muy de tarde en tarde; pero es para volver al punto a encerrarme en esta jaula, con estos mis arbolillos presos, a la vista de esa torre, en este bosquecillo enjaulado, que me parece un enfermo cachorro de la selva que, cautivo y nostálgico, me lame el alma y a mis pies se tiende humilde. Aquí no les sacuden tormentas, ni el vendaval los agita; aquí crecen al arrimo de estas tapias. Mire la higuera, mi higuera doméstica, ¡qué lozana! Me recoge el sol y en dulzura me lo guarda. Al través de su verdura contemplo la dorada torre, árbol frondoso también del arte, con su exuberante follaje arquitectónico. ¡Si oyese usted cómo resuena entre estas viejas tapias el son pausado de sus campanas! Cuando sus vibraciones se dilatan derritiéndose en el sereno ambiente, parecen bañarse en el eco derretido estos mis pobres arbolillos... Esta casa me recuerda la de mi niñez, a la que ha arrasado el inevitable progreso. Tenía un jardinillo así. Aquí me baño el alma en mis recuerdos infantiles; reanudo mi dulce vigilia después de años de sueño...

--¿Y no ha sentido usted nunca pruritos de salir, de volver al mundo... no le ha tentado la gloria?

--¿Qué gloria?--me preguntó con dulzura.

--¡La gloria!...

--¡Ah, sí, la gloria! Dispénseme, me olvidaba de que hablo con un joven literato.

Se levantó para quitar una oruga de uno de los arbolillos, miró un rato a la erguida torre, dorada por el sol poniente, y prosiguió:

--¿Cree usted acaso que cuando ha finado, derretido en la serena calma del ámbito, el eco de esas lenguas de bronce, no vive aun en el silencio su dulce ritmo muerto? Sí, posa en el mar del silencio, en su eterno lecho, donde descansan las voces y los cantos todos que han sido, y donde esperan tal vez la suprema evocación que haya de resucitarlos para entonar la gloriosa sinfonía eterna. Cantan en el silencio...

Yo, más que le oía, contemplaba su hermosa cabeza de vidente.

--Sí--continuó--, mi nombre va olvidándose; casi nadie lo cita ya; pero es ahora, en que se olvida mi nombre, cuando obra acaso mi espíritu, difundido en el de mi pueblo, más viva y eficazmente. Prodúcese un pensador o un artista, y mientras su obra no posa en el alma de su pueblo, mientras le es extraña a éste y en él choca, necesita llevar el nombre de su padre. Mas cuando se hace nuestro pensar, pensar de los que nos rodean; cuando nuestro sentir se aúna al sentir de nuestro pueblo, haciéndolo más complejo; cuando nuestra voz se acuerda al coro enriqueciendo la común sinfonía..., entonces nuestro nombre se hunde poco a poco. Nuestras ideas lo son ya de todos; el busto de nuestra moneda se ha borrado, y con él la leyenda, y la moneda corre porque es de oro de ley. Cuando menos se habla de un escritor, suele ser muchas veces cuando más influye.

--Tal vez...--empecé, y él, sin oirme, continuó:

--¡Mi nombre! ¿Para qué he de sacrificar mi alma a mi nombre? ¿Prolongarlo en el ruido de la fama? ¡No! Lo que quiero es asentar en el silencio de la eternidad mi alma. Porque fíjese, joven, en que muchos sacrifican el alma al nombre, la realidad a la sombra. No, no quiero que mi personalidad, eso que llaman personalidad los literatos, ahogue a mi persona (y al decirlo se tocaba al pecho). Yo, yo, yo, este yo concreto que alienta, que sufre, que goza, que vive, este yo intrasmisible..., no quiero sacrificarlo a la idea que de mí mismo tengo, a mí mismo convertido en ideal abstracto, a ese yo cerebral que nos esclaviza...

--Es que el yo que usted llama concreto...

--Es el único verdadero; el otro es una sombra, es el reflejo que de nosotros mismos nos devuelve el mundo que nos rodea por sus mil espejos..., nuestros semejantes. ¿Ha pensado usted alguna vez, joven, en la tremenda batalla entre nuestro íntimo sér, el que de las profundas entrañas nos arranca, el que nos entona el canto de pureza de la niñez lejana, y ese otro sér advenedizo y sobrepuesto, que no es más que la idea que de nosotros los demás se forman, idea que se nos impone y al fin nos ahoga?

--Alguien llamaría egoísmo a eso...--me atreví a insinuarle de prisa, antes de que, arrepentido, recogiese mis palabras.

--¿Egoísmo?--me contestó con calma--. ¡Oh, sí; ahora han inventado eso del altruismo! ¡Altruismo! Eso sí que es inmoral e inhumano; sacrificar a _mí_ idea, porque no es más que a una idea a lo que se sacrifica; sacrificar a mi idea, a la mía, entiéndalo, a todos mis prójimos, incluso a mí mismo, mi primer prójimo, el más prójimo o próximo a mí.

Pareció hundirse en algún recuerdo remoto, de esos de fuera del tiempo, y prosiguió:

--No quiero devorar a otros; ¡que me devoren ellos! ¡Qué hermoso es ser víctima! ¡Darse en pasto espiritual... ser consumido... diluirse en las almas ajenas! Así resucitaremos un día, cuando se unan todas, y sea Dios todo en todos, como San Pablo dice...

No daba ya la luz mas que en la cresta de la torre; parecían espesarse la calma y el silencio, interrumpidos tan sólo por algún vencejo que cruzaba chillando el anguloso cacho de cielo del jardinillo enjaulado.

--¡Mire usted, mire usted al gato cómo trepa por ese arbolillo a la ventana de la cocina! Arriba caza ratones; aquí, entre los árboles, pajarillos. Y me entretiene mucho. ¡Qué vida!, dirá usted. ¡Aquí, con sus arbolillos, su higuera triste, su concierto de pájaros, su gato, sus gallinas, sus flores..., regando sus recuerdos y cultivando su tristeza!... Después de aquel triste suceso que usted conoce, me retiré al campo a bañar mi enfermo espíritu en su quietud sedante. Iba a curarme a la vez de los estragos del urbanismo, de esa corea espiritual en que nos hunde la diaria descarga de impresiones de la ciudad, Allí, en el campo, supe lo que es dormir, y el que no sabe dormir no vive. En la ciudad, miradas, vaho de ansiosos alientos, de impuros deseos, de rencores, sonrisas equívocas, saludos, retardos, paradas... ¡todo nos electriza! Es una serie continua de insignificantes punzadas, de cosquilleos imperceptibles, que nos galvanizan la vida y al fin nos rinden. Y fuí a recibir el gran baño, la inmersión en aire libre, en luz libre, en libre calma, en el remanso de las horas tranquilas. Y allí a pensar rítmicamente, con calma, con todo el cuerpo y con el alma toda, no con el cerebro tan sólo, asiento de lo que ustedes llaman personalidad.

Interrumpióle la voz sonora de la campana de la Colegiata, que tocaba a la oración de la tarde. Miró a sus arbolillos, que parecían escucharle, y calló un rato. Respeté su silencio. Y luego, con calma, dijo:

--Del campo vine a este asilo. He renunciado a aquel yo ficticio y abstracto que me sumía en la soledad de mi propio vacío. Busqué a Dios a través de él; pero como ese mi yo era una idea abstracta, un yo frío y difuso, de rechazo, jamás di con más Dios que con su proyección al infinito, con una niebla fría y difusa también, con un Dios lógico, mudo, ciego y sordo. Pero he vuelto a mí mismo, al pobre mortal que sufre y espera, que goza y cree, a aquel a quien despiertan los sobresaltos del corazón enfermo, y aquí, en este pobre jardinillo, junto a estos mustios y silenciosos amigos, me dedico a la más honda filosofía, que consiste en repensar los viejos lugares comunes. Medito las palabras de la señora Paula, una buena vecina, inagotable en las tan conocidas reflexiones del vulgo acerca de la caducidad de la dicha y de la necesidad de la resignación. Y otras veces, a la sombra de esa higuera, armonioso órgano de pardales y becafigos, leo el Evangelio. Y en él se me muestra el Hijo del Hombre, el Hombre mismo, palpable, concreto, vivo, y por Cristo, con quien hablo, subo a su Padre, sin argumentos de lógica, por escala cordial...

--¡Qué vida!--murmuré.

Y él, que me lo oyó:

--Sí--dijo--, ya sé que ustedes disertan mucho acerca de la vida, y dicen que hay que amarla; pero la tienen de querida y no de esposa. ¡La vida! ¡En ella me he enterrado, he muerto en vida en ella misma! ¡Hay que vivir! ¿Y para qué?... Esto es, ¿para qué?... ¿Para qué todo?, dígamelo. ¿Para qué?... ¿Para qué? No quiero inmolar mi alma en el nefando altar de mi fama, ¿para qué?

Cuando salí, de noche ya, parecía que al son de mis pisadas, que retumbaban en el tenebroso silencio de la solitaria calleja, vagaba por ella con quebrado vuelo, cual invisible murciélago, esta pregunta: ¿Para qué?

EL ABEJORRO

--La verdad, no le creía a usted hombre de azares--le dije.

--¿Por qué? ¿Por lo del abejorro?--me preguntó.

Y a un signo afirmativo mío, añadió:

--No hay tales azares, si bien debo decirle a usted que creo que si investigáramos las últimas raíces de las superaciones mismas que nos parecen más absurdas, aprenderíamos a no calificarlas de ligero. Figúrese usted que mis hijos, de verme a mí, adquieren mi horror al abejorro, y de mis hijos lo toman mis nietos, y va así trasmitiéndose. Se convertirá en un _azar_. Y, sin embargo, el tal horror tiene en mí raíces muy hondas y muy reales.

--Hombre, eso...

--No lo dude usted. Soy de los hombres que más se alimentan de su niñez; soy de los que más viven en los recuerdos de su lejana infancia. Las primeras impresiones que recibió el espíritu virgen, las más frescas, son las que forman su lecho, el rico légamo de que brotan las plantas que en el lago de nuestra alma se bañan.

Fué mi niñez--siguió diciendo--una niñez triste. Casi todos los días salía con mi pobre padre, herido ya de muerte entonces. Apenas lo recuerdo; su figura se me presenta a la memoria esfumada, confinante con el ensueño. Sacábame de paseo al anochecer, los dos solos, al través de los campos, y apenas recuerdo otra cosa si no es que aquellos paseos me ponían triste.

--¿Pero no recuerda usted nada de sus palabras o conversaciones?

--Sí, sí; algunas me han quedado grabadas con imborrables caracteres. Me hablaba de la luna, de las nubes y de cómo se formaban; de cómo se siembra y crece y se recoge el trigo; de los insectos y de su vida y costumbres. Estoy seguro de que aquellas enseñanzas, hasta las que he olvidado, son las más sustanciosas que he recibido, la roca viva de mi cultura íntima. Hasta las olvidadas, se lo aseguro a usted, me vivifican el pensar desde el olvido mismo, porque el olvido es algo positivo, como el silencio y la oscuridad lo son.

--Por lo menos--le interrumpí--son el olvido, la oscuridad y el silencio los que hacen posibles la memoria, la luz y la voz.

--De pronto le entraban arrebatos súbitos y me cogía en brazos y me besaba y besuqueaba, preguntándome a cada momento: «Gabriel, ¿serás bueno siempre?». Y yo, más que conmovido asustado, le respondía siempre: «Sí, papá». Lo recuerdo bien; me daba miedo aquella pregunta de «¿serás bueno siempre?»; miedo, miedo era lo que me daba. Alguna vez llegó hasta a llorar sobre mis mejillas; y yo recuerdo que rompí entonces a llorar también con un llanto silencioso, como el suyo, con un llanto hondo que me arrancaba de las entrañas del espíritu toda la tristeza con que ha sido amasada nuestra carne, pesares de ultracuna... ¿Quién sabe?, dolores heredados tal vez.

--¡Qué teorías!...--dije yo.

--No son teorías--me contestó--, son hechos. Se fatigaba mucho, y tenía que sentarse a cada paso; y una tarde, puesto ya el sol, me habló, mirando hacia el dorado poniente, de su cercana muerte. Y acabó con su pregunta de siempre: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?». Nunca me dió la pregunta más miedo, más religioso terror que entonces. Ni sé si supe contestarle.

--Veo que recuerda usted más de lo que decía...