El espejo de la muerte

Part 8

Chapter 84,162 wordsPublic domain

Cogió al muchacho prodigioso para desbastarlo. ¡Qué descanso después de aquella infecunda brega con tanta vulgaridad, con todos aquellos oscuros carbones que a lo sumo llegaban a grafitos! «¡Qué diferencia de alma a alma--se decía--; todas son carbono espiritual, pero he aquí entre tanto oscuro carbón ordinario un alma cristalizada en diamante».

Empezó el maestro la faena. Tenía planeada la hermosa forma poliédrica, las múltiples facetas, los ejes. ¡Qué reflejos daría al mundo, y cómo se admiraría en él la pericia del lapidario que lo tallara!

El muchacho se dejó hacer, aunque conservando su cualidad íntima: la dureza diamantina. Mas cuando al descubrir su propio brillo se comparó con los opacos carbones entre que vivía, se prestó sumiso a las manipulaciones de su lapidario.

¡Qué de facetas! ¡Qué de aguas! ¡Qué de destellos! ¡Qué de cosas sabía y qué bien agrupadas todas en ordenación poliédrica! Era la maravilla del pueblo. El día en que habló en el casino fué aquello el pasmo de Villasola ¡Cómo lo enlazaba y engarzaba todo en hilo continuado y ordenado!

Ya presentaba una faceta, ya otra, deslumbrando con mil tornasolados cambiantes e irisaciones múltiples, según se reflejaba en su mente de un modo o de otro la luz incolora y difusa de la ciencia. ¡Qué orador!

¡Qué cabeza! Allí estaba todo ordenadito y cuadriculado por 1.º, 2.º y 3.º; por _A_ y _B_ mayúsculas y _a_ y _b_ minúsculas, relacionado con llaves diversas, y llaves de llaves, en maravilloso cuadro sinóptico.

Llegó el día en que el portento de Villasola se lanzó a la Corte en busca de campo. Acompañóle tropel de gente a la estación, y le siguió el pueblo todo con su corazón, sin que él, por su parte, lo llevara en el suyo. Las madres se lo señalaban a sus hijos cual modelo, apeteciéndolo, a la vez, para sus hijas; suspiraban éstas por él, y los envidiosos se recomían las tripas. Pero el orgulloso de veras era el maestro de Villasola, el lapidario de aquella maravilla que iba a hacer valer su elevado valor en cambio, defiriendo cuanto pudiese el engastarse en una joya social cualquiera para realzar así su valor en uso. Aspiraba a solitario.

Cayó en el arroyo del mundo, en su lecho de arena, entre cantos rodados y polvo de diamantes deshechos ya. Maravilló al punto a cuantos se le acercaron; pero, lastimados por sus aristas, tenían que dejarlo. Paseáronle de salón en salón dándole mil vueltas para admirar sus reflejos todos; pero nadie le quería si no era para montarle en un anillo, y él se quería libre, sin engaste.

Entretanto la corriente iba restregándole contra la arenilla del lecho donde había también polvo de diamantes.

Demandó, más bien que pretendió, a una joven rica que le sirviese de montante y recibió calabazas. Aquella noche mordía la almohada, sintiéndose a solas y a oscuras mero pedrusco, seco y frío.

Íbasele desgastando poco a poco la poderosa inteligencia sinóptica, se le velaba y enturbiaba la mente al quebrársele las aristas, y no reflejaba ya sino luz vulgar. Y entonces vió a los humildes carbones a quienes había desdeñado asociarse, y al conjuro de la solidaridad, que cual corriente eléctrica les recorría enlazándolos, dar luz propia, ellos, los oscuros carbones, y no mero destello reflejo como él, diáfano diamante. Los pobres se consumían en trabajo, daban luz de su carne y de su sangre, con dolor, sí, pero con amor también, unidos por santa corriente de fraternal comunión de esfuerzos. Y él solo, solitario, duro, perdidas las aguas, ¿para qué serviría ya?

Serviría para rayar cristales, porque le quedaba su cualidad esencial e íntima: la dureza. Hay que oir en las mesas de los cafés al diamante de Villasola cuando, previas unas copas de coñac, cae sobre una reputación hecha, cualquiera, sobre un sentimiento consagrado, sobre cualquier cristal, y los raya y esmerila rechinando. ¡Qué elocuencia áspera, seca, dura, rechinante! ¡Cómo deja de esmerilados a los cristales! Ahora es cuando hay que conocerle, ahora que, desgastado por el roce con la arenilla del lecho del río del mundo, estropeadas sus facetas por el continuo fregarse en polvo de deshechos diamantes, revela su durísima esencia de carbono cristalizado.

Cuando el maestro de Villasola supo el fin de su diamante, se propuso esta ardua cuestión: «la Pedagogía ¿es ciencia pura o de aplicación?». Mas lo que no se le ha ocurrido al lapidario de Villasola es que sea más hacedero sacar luz del calor potencial almacenado en los negros carbones, que arrancar calor vivífico de la luz meramente refleja y de préstamo del diamante.

JUAN MANSO CUENTO DE MUERTOS

Y va de cuento.

Era Juan Manso en esta pícara tierra un bendito de Dios, un mosquita muerta que en su vida rompió un plato. De niño, cuando jugaban al burro sus compañeros, de burro hacía él; más tarde fué el confidente de los amoríos de sus camaradas, y cuando llegó a hombre hecho y derecho le saludaban sus conocidos con un cariñoso: ¡Adiós, Juanito!

Su máxima suprema fué siempre la del chino: no comprometerse y arrimarse al sol que más calienta.

Aborrecía la política, odiaba los negocios, repugnaba todo lo que pudiera turbar la calma chicha de su espíritu.

Vivía de unas rentillas, consumiéndolas íntegras y conservando entero el capital. Era bastante devoto, no llevaba la contraria a nadie y como pensaba mal de todo el mundo, de todos hablaba bien.

Si le hablabas de política, decía:

--Yo no soy nada, ni fú ni fá, lo mismo me da Rey que Roque: soy un pobre pecador que quiere vivir en paz con todo el mundo.

No le valió, sin embargo, su mansedumbre y al cabo se murió, que fué el único acto comprometedor que efectuó en su vida.

* * * * *

Un ángel armado de flamígero espadón hacía el apartado de las almas, fijándose en el señuelo con que las marcaban en un registro o aduana por donde tenían que pasar al salir del mundo y donde, a modo de mesa electoral, ángeles y demonios, en amor y compaña, escudriñaban los papeles por si venían en regla.

La entrada al registro parecía taquilla de expendeduría en día de corrida mayor. Era tal el remolino de gente, tantos los empellones, tanta la prisa que tenían todos por conocer su destino eterno y tal el barullo que imprecaciones, ruegos, denuestos y disculpas en las mil y un lenguas, dialectos y jergas del mundo armaban, que Juan Manso se dijo:

--¿Quién me manda meterme en líos? Aquí debe de haber hombres muy brutos.

Esto lo dijo para el cuello de su camisa, no fuera que se lo oyesen.

El caso es que el ángel del flamígero espadón maldito el caso que hizo de él, y así pudo colarse camino de la Gloria.

Iba solo y pian pianito. De vez en vez pasaban alegres grupos, cantando letanías y bailando a más y mejor algunos, cosa que le pareció poco decente en futuros bienaventurados.

Cuando llegó al alto se encontró con una larga cola de gente a lo largo de las tapias del paraíso, y unos cuantos ángeles que cual _guindillas_ en la tierra velaban por el orden.

Colócase Juan Manso a la cola de la cola. A poco llegó un humilde franciscano y tal maña se dió, tan conmovedoras razones adujo sobre la prisa que le corría por entrar cuanto antes, que nuestro Juan Manso le cedió su puesto diciéndose:

--Bueno es hacerse amigos hasta en la Gloria eterna.

El que vino después, que ya no era franciscano, no quiso ser menos y sucedió lo mismo.

En resolución, no hubo alma piadosa que no birlara el puesto a Juan Manso, la fama de cuya mansedumbre corrió por toda la cola y se trasmitió como tradición flotante sobre el continuo fluir de gente por ella. Y Juan Manso, esclavo de su buena fama.

Así pasaron siglos al parecer de Juan Manso, que no menos tiempo era preciso para que el corderito empezara a perder la paciencia. Topó por fin cierto día con un santo y sabio obispo, que resultó ser tataranieto de un hermano de Manso. Expuso éste sus quejas a su tatarasobrino y el santo y sabio obispo le ofreció interceder por él junto al Eterno Padre, promesa en cuyo cambio cedió Juan su puesto al obispo santo y sabio.

Entró éste en la Gloria y, como era de rigor, fué derechito a ofrecer sus respetos al Padre Eterno. Cuando hubo rematado el discursillo, que oyó el Omnipotente distraído, díjole éste:

--¿No traes postdata?--mientras le sondeaba el corazón con su mirada.

--¡Señor!, permitidme que interceda por uno de sus siervos que allá, a la cola de la cola...

--Basta de retóricas--dijo el Señor con voz de trueno--. ¿Juan Manso?

--El mismo, Señor, Juan Manso que...

--¡Bueno, bueno! Con su pan se lo coma, y tú no vuelvas a meterte en camisa de once varas.

Y volviéndose al ángel introductor de almas, añadió:

--¡Que pase otro!

Si hubiera algo capaz de turbar la alegría inseparable de un bienaventurado, diríamos que se turbó la del santo y sabio obispo. Pero, por lo menos, movido de piedad, acercóse a las tapias de la Gloria, junto a las cuales se extendía la cola, trepó a aquéllas, y llamando a Juan Manso, le dijo:

--¡Tataratío, cómo lo siento! ¡Cómo lo siento, hijito mío! El Señor me ha dicho que te lo comas con tu pan y que no vuelva a meterme en camisa de once varas. Pero... ¿sigues todavía en la cola de la cola? Ea, ¡hijito mío!, ármate de valor y no vuelvas a ceder tu puesto.

--¡A buena hora mangas verdes!--exclamó Juan Manso, derramando lagrimones como garbanzos.

Era tarde, porque pesaba sobre él la tradición fatal y ni le pedían ya el puesto, sino que se lo tomaban.

Con las orejas gachas abandonó la cola y empezó a recorrer las soledades y baldíos de ultratumba, hasta que topó con un camino donde iba mucha gente, cabizbajos todos. Siguió sus pasos y se halló a las puertas del Purgatorio.

--Aquí será más fácil entrar--se dijo--, y una vez dentro y purificado me expedirán directamente al cielo.

--¿Eh, amigo, adónde va?

Volvióse Juan Manso y hallóse cara a cara con un ángel, cubierto con una gorrita de borla, con una pluma de escribir en la oreja, y que le miraba por encima de las gafas. Después que le hubo examinado de alto a bajo, le hizo dar vuelta, frunció el entrecejo y le dijo:

--¡Hum, _malorum causa_! Eres gris hasta los tuétanos... Temo meterte en nuestra lejía, no sea que te derritas. Mejor harás ir al Limbo.

--¡Al Limbo!

Por primera vez se indignó Juan Manso al oir esto, pues no hay varón tan paciente y sufrido que aguante el que un ángel le trate de tonto de capirote.

Desesperado tomó camino del Infierno. No había en éste cola ni cosa que lo valga. Era un ancho portalón de donde salían bocanadas de humo espeso y negro y un estrépito infernal. En la puerta un pobre diablo tocaba un organillo y se desgañitaba gritando:

--Pasen ustedes, señores, pasen... Aquí verán ustedes la comedia humana... Aquí entra el que quiere...

Juan Manso cerró los ojos.

--¡Eh, mocito, alto!--le gritó el pobre diablo.

--¿No dices que entra el que quiere?

--Sí, pero... ya ves--dijo el pobre diablo poniéndose serio y acariciándose el rabo--, aún nos queda una chispita de conciencia... y la verdad... tú...

--¡Bueno! ¡Bueno!--dijo Juan Manso volviéndose porque no podía aguantar el humo.

Y oyó que el diablo decía para su capote:--¡Pobrecillo!

--¡Pobrecillo! Hasta el diablo me compadece.

Desesperado, loco, empezó a recorrer, como tapón de corcho en medio del Océano, los inmensos baldíos de ultratumba, cruzándose de cuando en cuando con el alma de Garibay.

Un día que atraído por el apetitoso olorcillo que salía de la Gloria se acercó a las tapias de ésta a oler lo que guisaban dentro, vió que el Señor, a eso de la caída de la tarde, salía a tomar el fresco por los jardines del paraíso. Le esperó junto a la tapia, y cuando vió su augusta cabeza, abrió sus brazos en ademán suplicante y con tono un tanto despechado le dijo:

--¡Señor, señor! ¿No prometiste a los mansos vuestro reino?

--Sí; pero a los que embisten, no a los embolados.

Y le volvió la espalda.

* * * * *

Una antiquísima tradición cuenta que el Señor, compadecido de Juan Manso, le permitió volver a este pícaro mundo; que de nuevo en él, empezó a embestir a diestro y siniestro con toda la intención de un pobrecito infeliz; que muerto de segunda vez atropelló la famosa cola y se coló de rondón en el paraíso.

Y que en él no cesa de repetir:

--¡Milicia es la vida del hombre sobre la tierra!

DEL ODIO A LA PIEDAD

El viaje aquel de Toribio a Madrid fué un viaje terrible: no podía quitar de la cabeza la innoble figura de aquel Campomanes que tanta guerra le había dado en su pueblo. ¡Campomanes! Cifra de todo lo que estorba. Toribio le atribuía todas las cualidades vulgares que más odiaba, y se complacía en no suponerle mala intención ni perfidia. «¿Pérfido? ¿Mal intencionado Campomanes? ¡Eso quisiera él, majadero, nada más que majadero!», se decía Toribio sin poder pegar ojo.

Sacó los guantes y se los iba a poner; pero pensó entonces: «Unos guantes así gasta Campomanes... Voy a parecer un elegante...». Y no se los puso.

Llegó a Madrid, y con él, en su cabeza, la innoble figura de Campomanes.

Aquella misma tarde fué al antiguo café, allí, charlando de todo, olvidaría sus penas y se olvidaría de Campomanes.

Cuando llegó él al café aún no habían llegado sus amigos. En la mesa contigua estaba un hombre solo, fumando un puro. Toribio le contemplaba pensando en Campomanes.

Llegaron sus amigos y los del vecino, se formó en cada mesa un corrillo y se revolvió en una y en otra todo lo humano y lo divino.

Toribio continuó asistiendo al antiguo café. Casi todos los días era el primero que llegaba, y casi todos encontraba en la mesa contigua al mismo vecino, siempre solo y siempre fumando su puro. Le tomó una feroz antipatía que se convirtió en odio feroz. No le conocía, no sabía quién era, ni qué era, ni qué hacía, ni qué decía; no sabía de él nada, nada más si no que él, Toribio, le odiaba con toda su alma.

«Pero señor, se decía, ¿por qué me carga este hombre?». Y para razonar su odio y justificarlo fué inventando, sin darse cuenta de que lo hacía, mil pretextillos. «¡Qué manera tan presuntuosa de fumar el puro! ¡Qué desdén en la mirada! ¡Qué rostro abotagado! ¡Qué sello de imbecilidad en el traje! ¡Cómo me mira..., me aborrece, nos hemos comprendido!». Y todo esto era mentira, y Toribio lo sabía, no había tal presunción, ni tal desdén, ni tal rostro, ni mucho menos aborrecimiento alguno.

«¡Y ni saluda al entrar!»... Él tampoco saludaba.

En fuerza de repetirse los pretextos acabó por creerlos, se los sugirió como verdaderos y se convenció de que el vecino le odiaba.

Entraba en el café... «Ahí está, ¡cómo me mira! Me odia, bien se conoce que me odia...».

Empezó con sus amigos a hablar mal del otro, les dijo que se odiaban, inventó mil mentirillas de ojeadas feroces, de gestos de desprecio, acabó por creerlas él mismo.

A todo esto el vecino, impasible, acaso adivinaba lo que sucedía en el alma de Toribio, pero no lo daba a entender.

Un día llegó Toribio al café un poco alegrillo, y lo primero que vió fué a su vecino en la mesa de ellos, de Toribio y sus amigos.

«Ha ocupado nuestra mesa teniendo la suya vacía..., busca camorra... Pero aquí las mesas son del primero que llega. No importa, tiene la suya, ¿por qué no la ha ocupado?... No, pues yo voy y me siento en la nuestra. ¿Busca camorra?, que empiece él... ¡Está claro! Como lo que él quiere es que yo me siente junto a él dirá algo...».

Se sentó en la misma mesa, frente al vecino odiado. Pidió café. Vino el mozo y fué a retirar la taza que estaba delante de Toribio.

¿Qué? ¿La vas a llevar a la otra mesa? ¡No, déjala aquí! Y miró a su vecino.

--No es eso, señorito, contestó el mozo, es que esta taza está usada: en ella ha tomado café otro señor que ha estado con el señorito Rafael.

Se llamaba Rafael, ¡qué nombre tan antipático!

Toribio empezó a tomar su taza, le latía el pecho y no sabía lo que le pasaba. Concluyó el café y de un trago se bebió la copa de coñac. Pidió otra copa y luego otra contra su costumbre. Le ardía la cara. Al fin se dirigió a su vecino y le dijo:

--¿Cómo ha venido usted hoy a esta mesa, teniendo la de ustedes vacía?

El vecino le miró serenamente y pensó: «Ya decía yo, este pobre muchacho es loco». No respondió nada.

--¿Por qué ha venido usted a esta mesa?

--¡Porque me ha dado la gana!

--¿No sabe usted que es la nuestra?

Rafael iba a contestar una crudeza, pero pensó: «Mejor será por lo blando, ¡pobre chico!».

--Sabe usted, cuando he llegado estaba aquí un conocido y me he sentado junto a él.

Era la verdad.

--Y cuando se ha ido el conocido, ¿por qué no ha dejado usted libre nuestra mesa?

Toribio pidió otra copa. Rafael le miró con inquietud, como se mira a un loco, y contestó:

--Porque deseaba estar con usted... ¡No beba usted tanto!

--¿Y a usted ¿qué le importa?

Rafael pensó: «Lo más prudente será retirarse». Se levantó y dijo a Toribio:

--¡Cálmese usted!

Y salió.

Todo aquel día estuvo Toribio excitadísimo. ¡Ya se ve!, cuatro copas, en él que nunca tomaba más que una.

Aquella noche reflexionó y comprendió lo imbécil de su conducta. «Tengo que domarme».

Al día siguiente entró al café. Allí estaba Rafael, esta vez en su mesa. Toribio se le dirigió. El otro pensó: «Otra vez el loco».

Le dió mil explicaciones, le pidió perdón, y acabó por convidarle. Desde entonces se hicieron muy amigos, casi íntimos. Toribio le hablaba de Campomanes.

Rafael era un alma de oro y de lo más simpático.

Cuando Toribio tuvo que volver a su pueblo sintió pena al despedirse de Rafael.

Llegó a su pueblo y lo primero que se echó a la cara fué a Campomanes. ¡Cosa más rara! No sintió por él ni miaja de odio, al contrario, casi simpatía. «Es un infeliz», pensó.

Desde entonces le dió no poco que pensar cómo se había derretido su odio a Campomanes en un fondo de piedad.

Un día paseaba con uno de sus amigos de Madrid cuando encontraron a Campomanes. Toribio se lo mostró y el otro le dijo:

--¿Sabes con quién le encuentro parecido?

--¿Con quién?

--Con Rafael.

¡Y era verdad! No lo había notado hasta entonces. Es decir, sí lo había notado, pero sin darse cuenta de ello.

Entonces se explicó su odio a Rafael, y entonces se explicó por qué, reconciliado con Rafael, mató el odio que tenía a Campomanes. «Cosa más rara, se decía, el demonio averigua la verdadera razón de nuestros odios y nuestros amores... El hombre es el bicho más extraño».

La verdad es que tiene el alma humana repliegues estrambóticos.

EL DESQUITE

Después de cavilar muy poco he rechazado el uso que emplea la voz galicana revancha, y me atengo al abuso, quiero decir, al purismo que nos manda decir desquite. Que nadie me lo tenga en cuenta.

Esto del desquite es de una actualidad feroz, ahora que todos estamos picados de internacionalismo belicoso.

* * * * *

Luis era el gallito de la calle y el chico más roncoso del barrio. Ninguno de su igual le había podido, y él a todos había zurrado la badana. Desde que dominó a Guillermo no había quien le aguantara. Se pasaba el día cacareando y agitando la cresta; si había partida la acaudillaba, se divertía en asustar a las chicas del barrio por molestar a los hermanos de éstas, se metía en todas partes, y a callar todo Cristo, ¡a callar se ha dicho!

¡Que se descuidara uno!

--¡Si no callas te inflo los papos de un revés!...

¡Era un mandarín, un verdadero mandarín! Y como pesado, vaya si era pesado! Al pobre Enrique, a Enrique el tonto, no hacía más que darle papuchadas, y vez hubo en que se empeñó en hacerle comer greda y beber tinta.

¡Le tenían una rabia los de la calle!

Guillermo, desde la última felpa, callaba y le dejaba soltar cucurrucús y roncas, esperando ocasión y diciéndose: ya caerá ese roncoso.

A éste, los del barrio, aburridos del gallo, le hacían «chápale, chápale», yéndole y viniéndole con recaditos a la oreja.

--Dice que le tienes miedo.

--¿Yo?

--¡Dice que te puede?

--¡Dice que cómo rebolincha!...

--¡Sí, las ganas!

Se encontraron en el campo una mañana tibia de primavera; había llovido de noche y estaba mojado el suelo. A los dos, Luis y Guillermo, les retozaba la savia en el cuerpo, los brazos les bailaban, y los corazones a sus acompañantes que barruntaban morradeo.

Sobre si fué el uno o fué el otro quien derribó un cochorro de una pedrada, tuvieron palabras.

El cochorro estaba en el suelo, panza arriba suplicando paz con el pataleo de sus seis patitas, esperando a que por él y junto a él se decidiera la hegemonía del barrio.

--¡Sí!... ¡Tú, tú echar roncas nada más no sabes!...

--¿Roncas? ¿Roncas yo? ¡Si te doy uno!

Hacía como que se iba con desdén digno, y volvía.

--¡Calla y no me provoques!

--¡Ahí va! provoques--exclamó uno de los mirones--provoques..., provoques... ¡Que farolín! ¡para que se le diga que sabe!

Los circunstantes les azuzaban.

--¡Anda, pégale!

--¡Chápale a ése!

--¿Le tienes miedo?

--¿Miedo yo?

--¡Mójale la oreja!

--¡Tírale saliva!

--¡Llámale aburrido!

--¡Provócale, anda, provócale!

Todos soltaron el trapo a reir al oir esto. Luis se puso como un tomate, y se acercó a imponer correctivo al burlón.

--¡Déjale quieto!--le gritó Guillermo.

--¡Y a ti también si chillas mucho!

--¿A mí?

Luis le dió un empellón, se lo devolvió Guillermo, siguió un moquete y se armó la gresca. Los mirones les animaban y saltaban de gusto. Uno de éstos se puso a _rezar_ por Guillermo.

--Ojalá gane Guillermo. Ojalá amén... Ojalá gane... Ojalá gane...

Se separaban para dar vuelo al brazo y descargarlo con más brío. Al principio llevaban la mano a la parte herida y tomaban tiempo para devolver el golpe, después menudeaban los embistes sin darse reposo.

--Ojalá gane... Ojalá gane... Ojalá gane...

--¡Échale la zancadilla!

Cayeron al fin al suelo mojado, Luis debajo, y al caer aplastaron al cochorro que imploraba piedad con sus patitas. Guillermo sujetó con las rodillas los brazos del enemigo, y mientras éste forcejeaba, el otro, resudado, roja la faz, irradiando alegría, feroz los ojos, le decía entre resoplidos:

--¿Te rindes?

--¡No!

Y le descargaba un puñetazo en los hocicos.

--¿Te rindes?

--¡No!

Otro puñetazo más, y así siguió hasta que lo hizo sangrar por las muelas.

En aquel momento uno de los mirones exclamó:

--¡Agua..., agua..., agua!

Era que venía el alguacil, el muy pillo cautelosamente, haciéndose el distraído, como tigre de caza. Al verle abandonaron todos el campo echando a correr. Y el alguacil, al escarpársele la presa, les amenazaba desde lejos con el bastón.

Entraron en la calle, el vencedor rodeado de los testigos de su triunfo y sin hacer caso a Eugenio que le repetía:

--¡He rezado por ti! ¡He rezado por ti!

Poco después entró el vencido sangrando por la boca, embarrado, hosco y murmurando:

¡Ya caerá! ¡Ya caerá!

¡Qué corte rodeó desde aquel día a Guillermo!

En la calle bailaban todos de contento, ya no temían al roncoso, ya podían decirle:

--Te ha podido Guillermo.

Quien más atenciones prodigó a éste fué Eugenio.

El cual tenía un hondísimo sentimiento de la dignidad humana. Si le pegaban 6, 15 o 21 golpes, él devolvía 7, 16 o 22; cuando el maestro le administraba una azotina, contaba él los zurriagazos, y si éstos eran _n_, después, en desquite, tenía que tocar el faldón de la levita del maestro _n_ + 1 veces. Siempre quedaba encima.

Luis no volvió a abrir el pico, pero ni cerró noche ni abrió día sin que murmurara:

--¡Ya caerá! ¡Ya caerá!

¡Ardoroso alimento de su augusta majestad caída!

* * * * *

--¡Valiente chiquillería! ¡Mira con qué nos sale!

¿Dice esto el lector?

¡Bien!, pues ahí está el origen del sentimiento de justicia, porque nació ésta del desquite. Toda la monserga de la vindicta social se reduce a la revancha social, ni tilde más, ni tilde menos. ¿Me pega? ¡Le pego, y en paz!

¡Vaya una paz!

Los pueblos pasaron de la venganza al castigo. Ésta es una pura reacción, como el estornudo. Entra un granillo de polvo en la mucosa..., la laringe castiga al granillo estornudando.

Cuando veo a dos rapaces darse de mojicones en la calle, me digo: