El Doctor Centeno (novela completa)

Part 6

Chapter 63,911 wordsPublic domain

--Sí, hijí... cuando yo te lo digo... Esto anda mal, y los curas tienen la culpa de todo... Mi padre, que sabe mucho y es amigo de los pejes gordos, dice que cuando venga la cosa, hay que ahorcar á mucho pillo. Á un hermano de papá le mataron en otra trifulca, y papá dice que se la han de pagar... porque cuando venga la cosa, habrá lo que llaman _melicia_.

--Pues algo va á pasar--manifestó Felipe, dándose importancia,--porque ayer don Pedro, en la mesa, dijo que esto se pone feo... ¿oyes? y habló del Gobierno, de la tropa, del _Porsupuesto_... Él también lee por las mañanas un papel, y el otro día contaba que... pues, no me acuerdo. Tú que sabes estas cosucas, dí, ¿qué quiere decir _las turbas_?

--¿Las turbas?... pues las turbas... Hijí... eso está claro. Las turbas somos nosotros.

Alguna vez les sorprendía don Pedro, al salir de noche, en estas conferencias, sentados en la puerta de la redacción ó en otra más allá, fumando entre los dos á turno un roto cigarrillo. El maestro no se contentaba con reprender y castigar á Felipe, sino que á los dos les sacudía algunos pescozones, diciéndoles:

--Tunantes, id á vuestra obligación.

Don Pedro salía todas ó las más de las noches. Aquel hombre, consagrado á rudo trabajo, necesitaba esparcimiento y ejercicio. En los primeros años de su vida escolástica, solía tertuliar con su madre y hermana después de la cena, hasta la hora de acostarse. Pero llegaron días de mayor cansancio; las digestiones no eran tan fáciles, y sobre este malestar vinieron unas melancolías tan negras que no era posible hacer salir de la boca del capellán una sola palabra. Se paseaba por el comedor mirando al suelo; luego se metía en su cuarto y se estaba allí larguísimo rato solo y á obscuras... De repente sentíasele revolviendo en la habitación, y al fin aparecía de paisano, envuelto en su capa.

--Sí--le decía en un bostezo doña Claudia:--bueno es que hagas ejercicio.

Marcelina le miraba sin decir nada; pero sus miradas traducían tímidamente esta observación: «Ya le entró á mi hermano la calentura.»

Don Pedro decía: «voy á dar una vuelta,» y se iba. Regresaba á las once, cuando ya su madre dormía. Su hermana le esperaba siempre, y le alumbraba hasta llegar á la alcoba. Don Pedro sólo decía alguna frase referente al tiempo.

Vino después larga temporada en que parecía luchar consigo mismo para evitar la salida. Después de comer se entregaba á la lectura. Compró muchos libros, y otros se los prestaba el fotógrafo, que tenía gran copia de ellos. El leer más grato á su espíritu varonil era el de cosas heróicas y fuera de lo común, historias de bravas conquistas ó descubrimientos. También se entretenía con novelas, prefiriendo las de mucho enredo, llenas de pasos y lances estupendos. Los viajes arriesgados por islas y tierras de bárbaros le deleitaban, y todo aquello en que hubiera lucha con feroces bestias ó con los elementos; dificultades, trabajos y el siempre sublime sacrificio del hombre por la cruz y la civilización. Su temperamento se empapaba en esto y se condimentaba, dirémoslo así, como ciertos manjares se guisan en su propio jugo.

Jamás se le vió leer libro místico; y cuando tenía que preparar un sermón, cogía la _Cadena de Oro de Predicadores_, el _Alivio de Párrocos_, ó bien el socorrido _Troncoso_, únicos libros religiosos que guardaba, y entresacando de aquí y de allí, esto quiero, esto no quiero, una de cal y otra de arena, componía sus enfáticas oraciones; y aprendidas de memoria, las soltaba como un seráfico papagayo, del mismo modo que sus venturosos discípulos decían las definiciones. ¡Y qué pico de oro!

VIII

La mesa de don Pedro había ido ganando, día por día, en variedad y riqueza. Modestísima en los comienzos de la vida capellanesca, era últimamente casi suntuosa. Sobre los regalos que le hacían las monjas, tenía los de sus discípulos, que no eran cualquier cosa. El 29 de Junio se renovaba allí el espectáculo eructante de las Bodas de Camacho. En tal día y en otros marcados, convidaban los Polos á parientes ó amigos, no faltando nunca don Florencio ni el fotógrafo. Doña Saturna iba puntual á sus primores, y desde muy temprano, ella y doña Claudia se metían en la cocina y pasaban todo el día machacando especias, haciendo salsas y picadillos, revolviendo peroles. Generalmente, por ser casi todos los comensales extremeños, las dos señoras hacían el _frite_, guiso de cordero á la extremeña, que era recibido en la mesa con aclamaciones patrióticas.

Cuando iban á comer las dos chicas de Sánchez Emperador, don Pedro estaba en sus glorias, y se esmeraba en ser fino y galante con ellas, especialmente con la mayor, que era la hermosa.

Profesaba Polo la teoría, por cierto muy razonable, de que se puede ser á un tiempo buen sacerdote y atendedor de las damas, con lo cual se reverencia de dos maneras al Supremo Artífice de todas las cosas. Por esto, cuando las de Emperador eran convidadas, viérais al señor capellán y maestro salir de su cuarto muy almidonado, muy peinado y oloroso, en correcto y limpio traje de paisano. Luego, durante el curso de la comida, no cesaba de echar donaires por aquella boca, y galanas flores retóricas del mejor gusto y sin chispa de malicia. Todos lo alababan y reían, no siendo las dos chicas indiferentes á los elogios que se hacían de su mérito.

Después de uno de estos días de honesta jarana, solía estar don Pedro muy taciturno y displicente. Notaban los alumnos en él refinamientos de rigor y exigencias inquisitoriales al tomar la lección. No perdonaba ni una mota. Aun con la familia estaba el buen señor muy enojado: economizaba con avaricia las palabras; ponía defectos á la comida diaria; quejábase de inexactitudes en los servicios de su hermana; á cualquier descuido, como un botón por pegar ó un cuello mal planchado, daba importancia extrema. Se paseaba silencioso de un ángulo á otro de su cuarto, y Felipe se asustaba oyéndole dar unos suspiros tan grandes, que eran como si por el resuello quisiera descargarse de un pesadísimo tormento interior. Únicamente salía de sus labios la frase rutinaria «voy á dar una vuelta» en el momento de ponerse la capa.

Tal estado de misantropía se iba desvaneciendo, y el personaje, cual pieza forjada que se enfría y recobra su temple y dureza, volvía lentamente á su carácter normal: pacífico y tierno con la familia, afable y cariñoso con todos menos con los alumnos.

Cuando don Pedro se iba á dar la famosa vuelta, doña Claudia, que cenaba sola y más tarde que su hijo, se comía el salpicón ó la ensalada con el cortadillo de vino, y luego se daba á la endiablada tarea de combinar sus números y recorrer las listas pasadas para hacer un cálculo de probabilidades que no entenderían los matemáticos de más tino. El sueño la cogía de súbito en estos afanes, y se dormía sobre sus laureles aritméticos. Después de dar mil cabezadas íbase á la cama, arrastrándose, y poco después sus ronquidos daban fe de la tranquilidad de su conciencia.

Marcelina y Felipe se quedaban en vela esperando á don Pedro, junto á la lámpara del comedor, ella ocupada en costura ó laborcilla de _crochet_, él estudiando las lecciones del día siguiente. Muy á menudo el Doctor inclinaba la cabeza sobre la Gramática y se quedaba dormido, como esos Niños Jesús á quienes pintan durmiendo sobre el libro de los Evangelios. La fea de las feas tenía la bondad de respetar á veces aquel descanso, y no lo interrumpía en media hora. Cuando el chico estaba despierto, la señora le sermoneaba, echándole en cara su poco amor al estudio, sus descuidos en el servicio, y principalmente su pícara afición á vagabundear por las calles y á detenerse las horas muertas en los recados. Bien conocía Centeno la justicia de estas observaciones; pero en cuanto á su gusto de callejear, se sentía cobarde para reprimirlo, porque la amistad de Juanito del Socorro, que le contaba cosas tan interesantes de política y revoluciones, era el único bálsamo de su vida miserable.

Triste era para él la casa; triste su habitación; tristísima la escuela, el pasante y los libros; más tristes aún doña Claudia, la cocinera y la cocina. La calle y Juanito eran todo lo contrario de aquel marco sombrío y de aquellas figuras regañonas y lúgubres; lo contrario de los coscorrones, de las bofetadas, de los gritos, del estirar de orejas, de la Gramática (¡el impío y bárbaro estudio!), de la bestial Maritornes, de aquel rudo trabajo sin recompensa moral ni estímulo. Sin un poquito de calle cada día; luz de su obscuridad, lenitivo de su pena y descanso de su entumecido físico y moral, la vida le habría sido imposible.

--Lee, hombre, lee--le decía por las noches Marcelina, sin quitar los ojos de su obra, cuando á Felipe sorprendía jugando con sus propios dedos ó atendiendo á los ruidos de la calle.--Eres malo de veras. No aprenderás nunca palotada. Mi hermano dice que él ha conocido muchos brutos, pero ninguno como tú... ¿No te da vergüenza, hombre, de ver á otros niños tan aplicaditos...?

Reconociendo el Doctor que la señora hablaba como la misma sabiduría, no le hacía gran caso, y con el alma, más que con los ojos, miraba á la calle, oyendo los silbidos con que le llamara el del Socorro. ¡Inmenso dolor!... ¡No poder acudir á tan dulce reclamo! Sin duda tenía que contarle aquella noche cosas muy buenas: por ejemplo, que los regimientos se iban á echar á la calle, que la cosa estaba en un tris, y los curas con el alma en un hilo... No había más remedio que tener paciencia y entretener de cualquier modo las pesadas horas, ya mirando los movimientos que con sus dedos hacía Marcelina metiendo y sacando el gancho, ya contando los hoyos que aquella excelente señora tenía en la nariz, ó los erizados pelos de su verruga... porque pensar que él había de leer en la fementida Gramática, era pensar en lo imposible.

Un sistema de distracción encontró Centeno, á fuerza de aburrirse, y era observar los distintos ruidos que hacían las puertas mohosas de la casa cuando las abría y cerraba la cocinera, la cual andaba trasteando, hasta más de las diez, de la cocina á la despensa y de la despensa al comedor. Las puertas, como toda la casa, tenían dos siglos de fecha, y en tan largo tiempo nadie se había tomado el trabajo de acariciar con aceite sus gastados, secos y polvorientos goznes. Así es que daban unos gemidos que parecían de seres vivientes, y su lamentar producía los más extraños efectos musicales. En la soledad y hastío de su espíritu, Felipe no hallaba mejor entretenimiento que observar la diversa tesitura y acento de cada uno de aquellos ruidos. Tal puerta imitaba el mugido de un buey; tal otra el llanto de un niño; alguna sonaba como voz gangosa que pronunciara el principio del Padre nuestro; la de más allá parecía la matraca de Viernes Santo, y otra decía siempre: _mira que te cojo_. Amenizaba estas sonatas el lejano roncar de doña Claudia, que á ratos era silbido tenue, á ratos fabordón que decía con toda claridad: _Sursum Cooor...da_.

Cuando las puertas callaban, cual si se durmieran, Felipe buscaba impresiones del mismo orden en las vidrieras. Eran éstas, como las ventanas, grandísimas, desvencijadas. Se componían de vidrios pequeños, verdosos, que retasaban la luz y eran como aduaneros de ella, pues no la permitían pasar sin cogerse una parte. La madera estaba pintada de azul, al temple, según el uso antiguo; el plomo era negro, y de puro viejo apenas sujetaba los vidrios. Estos, siempre que los pesados bastidores se abrían, bailaban en sus endebles junturas, cual si quisieran saltar y echarse fuera. Cuando pasaba un coche por la mal empedrada calle, era tanto el temblor y tanta la chillería de los vidrios, que las personas tenían que dar fuertes gritos para hacerse oir.

Tal era la ocupación del Doctor: atender al paso de los coches. Desde que sentía su rodar lejano, ponía alerta el oído para observar cómo lentamente empezaba el retintín de los vidrios; cómo iba en rápido _crescendo_, hasta ser algarabía estruendosa. Antojábasele comparar la casa con un cuerpo humano al que se hacían cosquillas, y con las cosquillas se disparaba en convulsivas risotadas.

De todo esto era preciso tomar nota, y con su pedacito de lápiz iba marcando disimuladamente con rayas, en el margen del libro, los coches que pasaban. Pero algunas veces era vencedor de la atención el fastidio. Felipe hacía almohada de la Gramática y se cuajaba dulcemente como un ángel. Viéraisle despertar pavorido á la entrada de don Pedro, que, por tener llavín, no llamaba nunca. Á veces, una mano vigorosa le extraía, suspendido de la oreja, de aquel seno placentero de su sueño, y oía una voz de trompeta del Juicio Final, diciendo: «Á acostarse.»

Andaba dormido, tropezando, los sentidos abotagados, sin enterarse de lo que charlaban el amo y su hermana antes de recogerse. Á tientas subía por fin á sus elevados aposentos, y... Á media noche todo dormía en la casa: personas, goznes y vidrios. Sólo don Pedro, algunas veces, tenía el sueño tan difícil, que el alba y aun el claro día le encontraban como un lince; y gracias que pudiera aletargarse y dar breve descanso á sus potencias cerebrales á hora inoportuna, cuando ya el esquilón monjil le avisaba que era llegada la de la misa.

IX

En la calle de la Libertad, más allá de la esquina de la casa donde la redacción estaba, había un solar vacío, separado de la calle por una cerca de desiguales y viejas tablas. Dentro sólo se veían montones de escombros, media docena de escobas y otras tantas carretillas que dejaban allí los encargados de la limpieza urbana. Tenía la tal valla una puerta que estaba cerrada casi siempre; pero Juanito del Socorro y otros chicos de la vecindad, asistentes á la escuela de don Pedro, habían hallado medio de colarse dentro, arrancando una tabla y apartando otra; y posesionados del terreno, lo dedicaron á plaza para hacer en él sus corridas.

Habiendo sido admitido un día Felipe á esta diversión infantil, halló tanto gusto en ella, que se hubiera estado todo el santo día en la plaza, sin acordarse para nada de sus deberes escolares y domésticos, ni de don Pedro, ni del santo de su nombre. Mientras más el juego se repetía, más afición le cobraba, y los domingos por la tarde, si sus amos le permitían salir, entregábase con frenesí á las alegrías del toreo. Saltar, correr, montarse sobre otro; ser alternativamente picador, caballo, banderillero, mula, toro y diestro, era la delicia de las delicias, exigencia del cuerpo y del alma, prurito que declaraba perentorias necesidades de la naturaleza. Días enteros pasaba pensando en el ratito que podía dedicar á la función, ó representándose los entretenidos episodios y pasos de ella. Y tanto repitieron los chicos aquel juego, que llegaron á organizarlo en regla, para lo cual tenía especial tino el gran Juanito del Socorro, sujeto de mucho tacto y autoridad. Era empresario y presidente, acomodador y naranjero. Dirigía las suertes y á cada cual asignaba su papel, reservando para sí el de primer espada. Á Felipe le tocaba siempre ser toro.

Quisieron proporcionarse una de esas cabezotas de mimbres que adornan las puertas de las cesterías; pero no lograron pasar del deseo al hecho, porque no había ningún rico en la cuadrilla, ni aunque se juntaran los capitales de todos podrían llegar á la suma necesaria. Se servían de una banasta, donde Felipe metía la cabeza. ¡Con qué furor salía él del toril, bramando, repartiendo testarazos, muertes y exterminio por donde quiera que pasaba! Á éste derribaba, al otro le metía el cuerno por la barriga, al de más allá levantaba en vilo. Víctimas de su arrojo, muchos caían por el suelo, hasta que Juanito del Socorro, alias _Redator_, lo remataba gallarda y valerosamente, dejándole tendido con media lengua fuera de la boca.

Cada cual contribuía con sus recursos y con su inventiva á dar todo el esplendor y propiedad posibles á la hermosa fiesta. No había detalle que no tuvieran presente, ni oportunidad que no aprovecharan aquellas imaginaciones llenas de viveza y lozanía. Blas Torres, hijo de un prendero, se proporcionó una capa de seda con galoncillos de plata. Algunos llevaban capa de percal, y otros se equipaban con un pedazo de cualquier tela. Perico Sáez, hijo del carnicero, presentó á la cuadrilla una adquisición admirable y de grandísimo precio: un rabo de buey, que Felipe se ataba en semejante parte para imitar la trasera del feroz animal. Con aquello y la banasta en la cabeza, y los bramidos que daba, parecía acabadito de venir de la ganadería. Fuenmayor llevaba las banderillas de papel, y Gázquez, hijo del estanquero, llevaba una cosa muy necesaria en juego tan peligroso, á saber: tiras de papel engomado de los sellos para aplicarlo á las heridas, rozaduras y contusiones. El chico de la prestamista se había proporcionado una corneta para hacer las señales, y algunos cascabeles para las mulas; y Alonso Pasarón, el de la tienda de ultramarinos, que era artista, pintor y tenía su caja de colores para hacer láminas, llevaba los carteles con una suerte pintada en verde y rojo, grandes letras y garabatos en que no faltaba palabra, ni fecha, ni detalle de los que en tales rótulos se usan. Pero de cuanto aquellos benditos inventaron para imitar al vivo las corridas, nada tan ingenioso como lo que se le ocurrió á Nicomedes, hijo del dueño de una tienda de sedas de la calle de Hortaleza. Este condenado reunió en su casa muchas varas de cinta encarnada: con ellas hacía un revuelto lío; se lo metía en la camisa junto á la barriga, y cuando en lo mejor de la lidia desempeñaba con admirable verdad, vendado un ojo, el papel de caballo, y venía el toro y le daba el tremendo topetazo en el cuerpo, empezaba á soltar cinta y más cinta y á cojear y dar relinchos y á hacer piruetas de dolor, con tal arte, que parecía que se le salían las tripas y que se las pisaba, como suele suceder á los caballos de verdad en la sangrienta arena de la plaza. Para que nada les faltara, también se habían adjudicado unos á otros sus _alias_ en sustitución de los nombres verdaderos. Á Nicomedes se le llamaba _Lengüita_, sin duda por lo mucho que hablaba. Blas Torres, ilustre hijo de una prendera, tenía por mote _Trapillos_. Felipe respondía por el _Iscuelero_, y Juanito del Socorro tenía un apodo á la vez popular y respetuoso, nombre peregrino, que declaraba en cierto modo su origen literario. Se le llamaba _Redator_.

En lo mejor de la pelea se presentaba un individuo de policía ó el guarda del solar, y les echaba á la calle... Porque, verdaderamente, ¿qué cosa más contraria á la dignidad de una población que esta batahola de chicos en un solar cerrado, en día festivo, y cuando los mayores se entregan con delirio á las ardientes emociones del toreo verdadero? Los guindillas ó polizontes municipales demostraban un celo digno de todo encomio en la corrección de estos abusos infantiles, y el guarda, enojadísimo porque profanaban la virginidad de su solar, la emprendía á escobazos con los lidiadores y... Dios nos libre de que alguno se le rebelara... Por la calle adelante salía corriendo la partida, perseguida activamente por la fuerza pública, y al fin se disolvía, sin más consecuencias y sin ninguna desgracia personal.

Por lo mismo que Felipe no podía disfrutar de este juego sino en breves y angustiosos momentos, robados á cualquier obligación, sus goces eran grandísimos, inefables, y no los trocaría por la gloria eterna. Los sofiones que se llevó por su tardanza en un recado ó por sus escapatorias cuando el deber le llamaba á la casa, no son para contados. Pero llegó á familiarizarse de tal modo con el sermoneo y los golpes, que ya no le hacían efecto. Estaba al fin como curtido, y su cuerpo se le figuraba forrado de duras conchas como las del galápago. Moralmente, su atrofia corría parejas con la insensibilidad dérmica, y el convencimiento de que era malo, incorregible, llevábale á sentir altivo desprecio de los mandamientos de todos los Polos nacidos y por nacer.

Cuando se retiraba de noche á su madriguera, renovaba en su mente con claridad y frescura las gratas sensaciones de la última corrida, y á la memoria traía los puyazos que le dieron, los jinetes que echó á rodar por el suelo, los caballos que destripó y los diestros que hizo pedazos. Oía la bélica trompeta y los gritos de la multitud. Hasta el recuerdo del despejo final, hecho á escobazos por el guarda, y aquel desalado correr por la calle, insultando desde la esquina al mismo guarda, tenía dejos gratísimos en su memoria. ¡Oh! divinas horas, ¿por qué pasáis?

Pronto le ganaba el sueño, y se dormía profundamente, rendido de cansancio. No le permitían usar luz por temor á que prendiera fuego á los trastos almacenados en el desván, y cuando no había luna que le iluminara el paso por aquel tenebroso y fantástico recinto, á tientas buscaba su rincón, y ya se trompicaba en el cáliz de la Fe, ya iba á parar á los brazos de una Virgen, ó rodaba entre las columnas del monumento.

Si por acaso despertaba á media noche ó de madrugada, y era tiempo de luna, le entraba miedo de verse entre tantos señores de cartón. los unos en pie, los otros arrumbados, casi todos muy barbudos y con luengos trajes blancos ó negros. Por allí salía un brazo con dorada custodia; por aquí la cabeza melenuda de un león; por allá judíos feroces con los brazos en alto y las manos armadas de disciplinas; caras lívidas y afligidas, y lienzos negros con calaveras pintadas y canillas en cruz. Las primeras noches pasó Felipe momentos de agonía, y los escalofríos y congojas no le dejaban dormir. El terror le apretaba los párpados, y la curiosidad se los abría... Abría un poquito, y luego al punto cerraba prontamente para no ver más. Poco á poco se fué acostumbrando á ver sin miedo las figuras que poblaban su vivienda, y de tal modo se connaturalizó con ellas, que llegaron á parecerle individuos de la familia, algo como parientes mudos ó callados amigos. No obstante, le desagradaba despertar á media noche en tiempo de luna, porque, ó él era tonto y veía visiones, ó la Fe soltaba el cáliz y se quitaba la venda de los ojos para mirarle á él, á Felipe, que no osaba moverse ni el espacio de un dedo.

También le puso al principio en gran zozobra un ruido que sentía tras las paredes, así como roce y vibración de una soga, rumor seguido de lejanos tañidos de campana. No tardó en comprender que un tabique le separaba de la parte alta del convento, y que por allí pendía la cuerda con que las señoras monjas tocaban á maitines á desusadas horas de la noche. Sentía también Felipe ruido de pasos. Eran las esposas de Jesucristo que bajaban al coro. Una de ellas debía de ser coja, porque claramente se sentía el acompasado toqueteo de dos muletas.

Tempranito despertaba nuestro Doctor. Generalmente no era preciso llamarle; pero á veces, si su cansancio le emperezaba un poco, subía la criada, y tirándole del cabello le ponía más despabilado que una ardilla. Se levantaba mi hombre renegando de las criadas madrugadoras, y antes de bajar se daba un paseo por entre sus inmóviles compañeros de domicilio, observando las variaciones que el tiempo y el olvido ponían en la catadura de cada cual. Á una santa le habían comido los ratones media cabeza. Las telarañas que abrigaban como toquilla el vendado rostro de la Fe, crecían atrozmente, y rostros que fueron lampiños echaban barbas de polvo; rodaban por el suelo torneados brazos, alas de ángeles, manos de judíos que, aun desprendidas, no habían soltado el látigo. Había rostros apolillados que de tristes habíanse vuelto cómicos y alegres.