El Doctor Centeno (novela completa)

Part 5

Chapter 54,081 wordsPublic domain

Los primeros días pasaron bien. En la escuela, la torpeza del neófito no causaba sorpresa al maestro ni á don José Ido, por estar el chico en estado completamente cerril ó primitivo. Ni en el servicio doméstico había tiempo aún de juzgarle, porque su ignorancia de todas las cosas le disculpaba de su inhabilidad. Si no sabía el destino de los objetos más usuales, como una bandeja, la badila, el molinillo de café, ¿cómo se le podía inculpar equitativamente de no traer lo que se le pedía, de equivocarse casi siempre y aun de romper alguna cosa? Marcelina llevaba con cierta resignación sus desaliños, le aleccionaba con paciencia y le alentaba con discretos plácemes cuando era puntual. Menos tolerante doña Claudia, exageraba las faltas de él y ponía las manos á la altura de sus anteojos siempre que la criada, muerta de risa, venía contando alguna fechoría ó gansada del pobre Felipe. Porque Maritornes, preciso es decirlo para que cada cual tenga su verdadero puesto, le había declarado guerra á muerte desde el principio, y muchas cosas que él hubiera hecho bien las hacía mal porque ella le confundía con sus gritos y le atropellaba con sus lenguarajos. No habían pasado tres semanas, cuando doña Claudia decía á todo el que la quisiera oir:

--¡Qué cosas tiene mi hijo!... Habernos traído aquí este muñeco... Lo que digo, es un número sin premio.

Una cualidad buena reconocían todos en Felipe, y era que jamás contestaba á las reprimendas, ni se daba por aludido de los pellizcos, coscorrones y demás argumentos en vivo que en la escuela y en la cocina se le hacían. Todo lo llevaba con paciencia aquel estoico, pequeño de cuerpo. Si no llegaba á decir, como el otro, que el dolor es bueno, en su interior lo diputaba justo y merecido, y á solas lloraba de rabia, encolerizado contra sí mismo, ó se ponía de hoja de perejil, encareciendo su torpeza y brutalidad... ¡Si aquello parecía arte del demonio! Él procuraba salir airoso en sus obligaciones, y todo le salía lo peor posible. ¿De qué le valía poner en cada faena sus cinco sentidos y aun alguno más? Notaba en sus manos una tosquedad que las hacía ineptas para todo lo que no fuera cargar espuertas de tierra. Mal ó bien, ya se iba haciendo á manejar platos y tazas; pero cuando le ponían una pluma entre sus tiesos y duros dedos; cuando le sentaban delante de un papel rayado y le mandaban trazar... ¡Dios de los pequeños, Dios de los débiles! ¡qué sudores, qué congojas, qué doloroso esfuerzo! La mano se le ponía rígida y trémula; era una mano de cartón que, en vez de sangre, estaba llena de cosquillas. Para someterla á la voluntad, el angustiado alumno alargaba el hocico, hacía trompeta de sus labios, distendía todos los músculos de su cuerpo, contraía los dedos de los pies... Ni por esas: sólo conseguía mancharse de tinta hasta el codo, y en tanto el infame palote no salía. Daba grima ver aquel trazo curvo, erizado de púas como un cardo... Y cuando, al fin, parecía que iba saliendo un poquito más derecho... ¡cataplum! un coscorrón del pasante que le hacía soltar el papel para llevarse la mano á la parte dolorida, y rascársela cuanto permitieran las iracundas miradas de don Pedro... Nueva tentativa, nuevo fracaso acompañado de esta lluvia de flores:

--Burro, eso no es escribir: eso es dar coces...

En lectura iba bien. Pero cuando, pasado algún tiempo, le pusieron á desflorar los elementos de las artes y las ciencias... ¡Dios misericordioso, amparo de la ignorancia!... Nada, nada: Polo y don José Ido convinieron unánimes en que carecía absolutamente de memoria y entendimiento. No había fuerza humana que pudiera hacerle decir bien ninguna de aquellas sabias definiciones que compendian la sabiduría de nuestros libros escolares. No son para contados los testimonios que levantaba y los trastrueques que hacía al intentar decir que _el participio es una parte de la oración que participa de la índole del verbo y del adjetivo_. En otras definiciones se trabucaba más por no conocer el valor y significado de las palabras. ¡Flojita cosa era para él saber lo que es _Gramática_! ¡Re-córcholis, si no sabía lo que es _arte_... si no sabía lo que quiere decir _correctamente_!... Por algo, sí, por algo, Dios de justicia, pensaba el pobre Centeno que fabricar ciertas definiciones y asar la manteca eran cosas harto semejantes.

Luego venía la Historia Sagrada con sus cáfilas de nombres, sus genealogías, sus guerras, sus episodios patéticos y trágicos. Aquello era otra cosa. Aun en insulso extracto, la historia de Israel ofrece interés á la infancia. Pero el entendimiento del pobre Centeno no estaba hecho, no, para retener tanto y tanto nombre de individuos y pueblos. Deploraba la fecundidad de Jacob, y las tribus le traían á mal traer, porque confundía una con otra, ó le colgaba un parentesco al más pintado. Él no sabía de linajes, ¡contra! y lo mismo daba Juan que Pedro. Un día cometió un desliz bíblico-mitológico achacando á Nabucodonosor excesos y desmanes del señor de Júpiter; y al ver que todos se reían, dijo con mucho desenfado:

--Lo mismo da: tan pillo era el uno como el otro.

La algazara que produjo esta observación fué tan grande, que don Pedro tuvo que dar zurribanda general para imponer silencio, aunque él mismo no contenía la risa.

Venía luego la Doctrina Cristiana. Al fin, al fin se iba á lucir. Como que ya sabía él algo, y aun algos, de cosa tan buena, santa y admirable, de que se deriva la máquina toda del humano saber. Pero á las primeras de cambio, ¡Dios de los tontos! empezó mi sabio á desbarrar. Érale imposible retener en la memoria las respuestas que comprenden y definen los altos principios del Cristianismo. Cuando las cláusulas eran breves y sencillas, menos mal: mi hombre las espetaba de corrido; pero ¡ay! cuando venía una de aquellas cosas hondas, largas, enrevesadas y obscuras que guardaba el librito en sus últimas hojas, ya era Felipe hombre perdido... Allá iban proposiciones que harían estremecer de espanto á los Santos Padres. ¡Risas, escándalo y patadas en la clase! No se ha visto ni verá más atrevido heresiarca. ¡Decir que la gracia _es un sér divino que nos hace esclavos del demonio_!... ¡Ciérrate, boca nefanda!

Un día, que fué de los más infelices que tuvo Centeno en la casa de don Pedro, á los tres meses de haber entrado en ella; un día en que todo lo dijo mal y lo hizo peor, y echó por aquella boca los más horribles despropósitos que pueden oirse, don Pedro tuvo una idea entre humorística y sanguinaria que al punto quiso poner por obra como saludable escarmiento y visible lección de sus alumnos. Porque cuando el tal don Pedro, siempre tan serio y ceñudo, con aquella cara de juez inexorable y aquella expresión de patíbulo, tenía humoradas, eran éstas ferozmente irónicas, verdaderas caricias de puñal, como los epigramas de Shakespeare. Cogió á Felipe, me le puso de rodillas sobre un banco, le encasquetó en la cabeza el bochornoso y orejudo casco de papel que servía para la coronación de los desaplicados. Luego, en el airoso pico de esta mitra, colgó un papel que decía con letras gordas, trazadas gallardamente por don José Ido: EL DOCTOR CENTENO.

¡Dios de Dios, qué risa, qué estruendo, qué ovación! Aquel día tuvo don Pedro humor burlesco. Su alma de pedernal echaba chispas, y de su verbosidad chancera brotaban cuchillos. De sus chistes resultaba el escarnio. Paseándose delante de la víctima, con la palmeta en la mano, decía:

--Este señor vino á Madrid para ser médico. Como es tan aprovechado, tan sabio, tan eminente, pronto le veremos con la borla en la cabeza... Ánimo, hombre, no llores... No hay carrera sin trabajos... Ya estás á medio camino. Si sabes más que ese tintero... Serás médico: tómale el pulso á la pata de la mesa.

¡Risas, confusión, aplausos, bramidos! Don Pedro era el maestro más gracioso...

VI

Por desgracia de Centeno, la antipatía que inspiró á doña Claudia, en vez de disminuir con el tiempo, iba creciendo fomentada por el carácter seco y desabrido de aquella señora. Era la roca árida en que había nacido la negra encina que llamamos don Pedro Polo. Luego la maldita criada agravaba la situación de Felipe con sus enredosos chismes. De todo lo malo que en la casa pasaba había de tener la culpa el sin ventura hijo de Socartes. Si algo traía, traíalo tarde; si se le confiaba cualquier faena de la cocina, echábala á perder; si redoblaba su esmero, resultaba que, por atropellar las cosas, salían mal; si al ir á comprar algo lo hacía con poco dinero, lo que había traído era detestable; si resultaba caro, era un sisón; si hablaba, era entrometido; si se callaba, sin duda estaba meditando picardías; si se limpiaba la ropa, era un presumido; si no, era un Adán. En resumidas cuentas, habría deseado el Doctor (pues dieron en llamarle de este modo, y también el _Doctorcillo_) tener la sabiduría de aquel señor tan despejado de que habla la Historia Sagrada, Salomón, para poder complacer á la doméstica y á la señora. Los regaños de ésta, importunos y soeces, le ponían en tal tristeza, que le entraban deseos de marcharse de la casa. Viendo que sus leales esfuerzos no tenían estímulo ni recompensa, desmayaba su valeroso ánimo, y lo mismo le importaba cumplir que no. Así, cuando iba á recados, se detenía en las calles mirando los escaparates ó añadiéndose al corro que por cualquier motivo se formara, ó entablando sabroso palique con éste ó el otro amigo.

En tanto, las horas de servicio crecían de lo lindo y las de enseñanza mermaban. Viéndole cada día más torpe, apenas se le tomaba lección de aquellas condenadas materias que tan poca gracia le hacían, y el gran don José Ido, al llegar á él, decía:

--Mira, Doctor, más vale que te vayas á subir agua, que estas cosas no son para tí.

Y él veía el cielo abierto, porque más le gustaba y más le instruía sacar agua del pozo y cargar una cuba que repetir aquello de que _el artículo sirve para entresacar el nombre de la masa común de su especie_.

De las enseñanzas de la escuela, lo único que le agradaba era la Geografía. Cierto día, teniendo delante un mapa muy bonito, donde se veían los países pintados con rayas y masas de colores, y el mar azul y las islas de extraña forma, sintió una tentación que sin duda debía de ser mala. ¡Diablos de chicos, no hay cosa que no inventen!... Pues se le ocurrió nada menos que dejar á un lado los palotes, como se arroja fatigosa carga, y ponerse con toda su alma á _retratar_ el mapa, imitando los contornos y perfiles que allí parecían el propio rostro de las naciones. ¡Qué lástima no tener caja de pinturas, ó al menos lápices de colores! Así, así debían ser enseñadas todas las cosas. ¿Por qué no se han de pintar la Gramática y la Doctrina?... Manos á la obra y venga papel. Sacó del bolsillo un pedazo de lápiz, y aquí te quiero ver, talento. Raya por allí, raya por allá; aquí un pico, más allá un hueco, todito iba saliendo á maravilla: la Inglaterra, que es una isluca con muchas púas; Suecia, que parece una gran pieza de bacalao; Franciota con luengas narices; Portugalito con la boca risueña, que es la del Tajo; Italia como una bota; Grecia cual manojo de pueblecitos, y Rusia grandísima, informe, esteparia, soñolienta, sin fisonomía... Muy bien. La cosa prometía. El retrato estaba hablando, y aunque á algunas de las naciones no las conocería ni la mala mujer que las inventó, si el artista tuviera goma con que borrar para rehacer su trabajo... ¡re-contra!... Tan engolfado estaba en sus golfos, y tan aislado dentro de sus islas, que no vió venir á don Pedro, el cual se acercó por detrás pasito á pasito... ¡Ay, Dios mío! Del primer cosque poco faltó para que los nudillos del maestro penetraran hasta la masa cerebral del geógrafo pintor, y detrás otro y otro, dados al compás de estas cariñosas frases:

--¡Animal, siempre de juego, pum!... ¡Si te voy á freir! ¿De esa manera, ¡pum!... correspondes al bien que te he hecho recogiéndote... ¡pum! de las calles? No se puede... ¡pum! sacar partido de tí. Anda, anda arriba...

El resto de tan cristiano discurso fué, más que pronunciado, escrito con las manos del maestro sobre las mejillas rojas del criminal y sobre otras partes de su cuerpo. Cada lagrimón que le caía abultaba más que un garbanzo. La suerte es que se los iba bebiendo á medida que llegaban á la boca; que si los dejara rodar, seguramente le mojarían la ropa. Al subir, se tentaba el cráneo para indagar cuántos y de qué calibre eran los agujeros que en él, á su parecer, tenía.

Por tres motivos estaba de malísimo talante aquel día doña Claudia. Primeramente le dolía la cabeza, como atestiguaba la venda que se la oprimía, sujetando dos ruedas de patata sobre las sienes. Añadid á esto el disgusto que le ocasionaba la lista grande, que acababa de leer, en cuyo documento, por uno de esos descuidos tan propios de nuestra mala administración, no aparecía premiado ningún número de los que la señora tenía. Seguramente la lista estaba equivocada. Por último, doña Claudia había descubierto en la criada cosas de que no se podía echar la culpa á Felipe. Así, cuando éste se presentó y le dijo llorando: «El señor me ha mandado que suba,» doña Claudia se puso en pie, dió al aire las dos aspas de sus brazos, y con voz desabrida le contestó: «Dí á mi hijo que aquí no hacen falta monigotes.» Felipe tornó al piso bajo; mas no tuvo ánimo para entrar en la clase, y sentóse junto á la puerta de ella, esperando á que don Pedro saliera y le dijese algo.

Allí estuvo largo rato, oyendo el rumor hondo del aula, tan semejante al del mar, y como éste, músico y peregrino. Lo componen un vagido constante de cláusulas que vienen y van, salpicar de letras, restallido de palmetazos y aquel fondo mugidor de la murmuración infantil, que es como el constante silbar de la brisa. Este fenómeno, sobre que entristecía el alma del buen Doctor, le convidaba á mecerse en meditaciones... ¡Qué desfallecimiento el suyo! No podía ya dudar que era el más bruto, el más torpe y necio de la escuela.

Él lo comprendía bien, por virtud de su propio entendimiento, en que cada esfuerzo era un fracaso, y además cierto debía de ser, porque lo aseguraban personas como Polo y don José Ido, que eran dos templos de sabiduría. Verdaderamente, el Doctor Centeno no estaba en su lugar sino en Socartes, rodeado de sus iguales, las piedras, y de sus dignos prójimos, las mulas. ¿Por qué algunos chicos decían tan bien sus lecciones, y él no daba pie con bola?... ¡Qué cosa más triste! ¡Toda la vida sería un animal!... Sí: tan médico sería él como puede serlo una calabaza. ¡Qué desengaño! Y no era por falta de voluntad, que si la voluntad hiciera sabios, él se reiría del mismo Salomón. Era porque le faltaba algo en aquella condenada y cien veces maldita cabeza... Pero no, no lo podía remediar, ni estaba en su mano corregir su natural barbarie. Había hecho fatigosos y titánicos esfuerzos por retener las sabias respuestas de los libros, y las palabras se le salían de la memoria como se saldrían las moscas si se las quisiera encerrar en una jaula de pájaros... El Doctor Centeno para nada servía, absolutamente para nada. ¡Malditos libros, y cómo los odiaba! Y era tan bobo Felipe, que se le había ocurrido aprender muchas cosas preguntándolas al pasante. Porque en los cansados libros no se mentaba nada de lo que á él le ponía tan pensativo, nada de tanto y tanto problema constantemente ofrecido á su curiosidad ansiosa. ¡Oh! si el doctísimo don José le respondiese á sus preguntas, ¡cuánto aprendería! Adquiriría infinitos saberes, verbigracia: por qué las cosas, cuando se sueltan en el aire, caen al suelo; por qué el agua corre y no se está quieta; qué es el llover; qué es el arder una cosa; qué virtud tiene una pajita para dejarse quemar, y por qué no la tiene un clavo; por qué se quita el frío cuando uno se abriga, y por qué el aceite nada sobre el agua; qué parentesco tiene el cristal con el hielo, que el uno se hace agua y el otro no; por qué una rueda da vueltas; qué es esto de echar agua por los ojos cuando uno llora; qué significa el morirse, etc., etc.

Pensando en estas simplezas, dieron las doce y terminó la clase de la mañana. ¡Momento feliz! Creeríase que el día, perezoso, daba un salto y se ponía de pie... Iban saliendo los escolares á escape y atropelladamente: el último quería ser el primero. Todos, al pasar por donde Centeno estaba, le decían alguna cosa. Éste le daba con el pie; el otro le incitaba á que saliera también para jugar en la calle, y unos con desvío, los más con afecto, todos tenían para él palabra, pellizco ó arrechucho. Don Pedro le vió en la puerta, y ceñudo le dijo:

--Hoy estás sin comer.

Ni asombro ni pena causó esto á Felipe, por lo acostumbrado que estaba á tales penitencias. De los seis días de labor de cada semana, tres por lo menos se los pasaba á la buena de Dios. Es forzoso repetir que Polo hacía estas justiciadas á toda conciencia, creyendo poner en práctica el más juicioso y eficaz sistema docente; no lo hacía por ruindad, ni por la sórdida idea de ahorrar la comida de su Doctor sirviente.

Los condenados al ayuno se quedaban en la clase. Se les obligaba á estudiar en aquella triste hora, vigilados por el pasante, á quien una mujer andrajosa llevaba la comida en dos cazuelillos. Mientras ellos leían ó charlaban, él comía sus sopas y un guisote de salsa. Á veces, cuando les veía muy desconsolados, dábales algo. Después hacía traer un café, y repartía el azúcar que sobraba; siendo tal su bondad, que generalmente tomaba el brebaje muy amargo para que no faltara á los hambrientos la golosina. Alguno había tan mal agradecido, que cuando Ido se distraía reprendiendo á otro, echábale bonitamente dentro del vaso un pedazo de tiza de la que servía para escribir en el encerado.

Centeno, por estar privado de comida, no dejaba de servir la de sus amos en el comedor. Luego, cuando la criada ponía la mesa en la cocina, se le mandaba bajar á clase con el estómago más vacío que las arcas del Tesoro. Era tan desgraciado, que siempre llegaba después que el seráfico don José había repartido los terroncillos. Pero algún alma tolerante y cristiana se acordaba de él, hay que decirlo claro; sí: Marcelina le guardaba siempre alguna cosita, para dársela al anochecer, á escondidas de su hermano y de doña Claudia, que decía:

--¿Sabes lo que haces con esos mimos? Pues consentirle y echarle á perder más.

Y á pesar de tantos y tan variados rigores, Felipe tenía cariño á don Pedro; le quería, le respetaba y se desvivía por agradarle. Las reprimendas que su amo le echaba heríanle en lo más vivo de su alma, y ésta se le inundaba de contento cuando sorprendía en el semblante de él señales ó vislumbres, por débiles que fueran, de aprobación. Le miraba como á un sér eminente y escogido, instrumento de la Providencia, grande y terrorífico como aquel Moisés que hacía tan vistoso papel en las Escrituras. Algunos domingos, el terrible don Pedro tenía un arranque de generosidad, digno de su alma varonil. Aquella rigidez se doblaba; aquella dureza se fundía; aquel bronce se hacía carne. Llamaba á Felipe, y echando mano al bolsillo, le daba un par de cuartos, diciéndole:

--Toma, hombre: vete por ahí de paseo y compra alguna golosina.

VII

Frente á la casa de don Pedro, por el callejón de San Marcos, se veía, en muestra negra con letras blancas, el título de un periódico. En el piso bajo estaba la redacción, y en el sótano la imprenta y máquinas del mismo. Felipe, siempre que salía, se paraba delante de las ventanas mirando por los cristales á los señores que escribían el diario, reunidos alrededor de una mesa con tapete verde, en la cual había papeles cortados, manojos de cuartillas, grandes tijeras y obleas rojas. Los tales eran, según Felipe, los hombres más sabios de la tierra, porque inventaban todas aquellas cosas saladísimas que salían en el papel al día siguiente. Les miraba él desde fuera con supersticioso respeto, y se admiraba de que, siendo todos tan sabios, no tuvieran mejor pelaje. Disputaban, reían, y mientras el uno escribía, otro daba grandes tijeretazos sin piedad en distintos papeles más largos que sábanas. De todos aquellos simpáticos señores, el que más atraía la atención de Felipe era uno que siempre se sentaba frente á la ventana, y por eso se le veía mejor desde la calle. No era joven; tenía la cara redonda, la nariz muy chica y picuda, la expresión avinagrada, el mirar soberano, y grande, espaciosa y reluciente calva, por la cual se pasaba suavemente la mano para acariciar sus ideas. Vaya, que si toda aquella cabeza estaba llena de talento, aquél debía ser el hombre del siglo. ¡Con qué gravedad tomaba, ora las tijeras, ora la pluma, y con qué aire se acomodaba á cada momento los anteojos sobre la nariz!... Observando estas cosas, Felipe se detenía en la calle más de lo regular; los recados tardaban eternidades, y luego doña Claudia ó Marcelina ponían el grito en el cielo y llovían bofetadas. Mayores fueron aún las distracciones de Centeno cuando se hizo amigo de otro chico de la misma edad, poco más ó menos, que era hijo del mozo de la redacción y servía en ésta y en la imprenta para hacer recados y llevar pruebas. No salía nunca el Doctor á un mandado sin asomar las narices á la puerta de la redacción para ver si estaba su amigo. Éste también le buscaba, y como se encontraran, ambos se pasaban las horas jugando, olvidados de su deber. Desde que se vieron simpatizaron, y desde que se hablaron su afecto apareció tan vivo como si fuera antiguo. El primer cambio de palabras fué para enterarse de los nombres.

--¿Cómo te llamas tú?

--¿Yo? Felipe Centeno. ¿Y tú?

--Yo me llamo Juanito del Socorro.

En figura y en genio no tenían semejanza, pues Socorro representaba menos edad de la verdadera; era delgado, flexible y escurridizo como una lagartija. Parecía tener alas en los pies, porque no andaba sino á saltos, y hablaba haciendo mil contorsiones y monerías. Era más embustero que el inventor de las mentiras, que, según parece, fué la serpiente del Paraíso, y además vanidoso y lleno de las más graciosas y ridículas presunciones. Se comía la mitad de las palabras, y dándose aires de protector, llamaba á su amigo _hijito_, con un retintín que habría hecho reir á la rueda de una noria. Por Socorro supo Felipe que el señor de la calva y de los espejuelos sobre la nariz chica, era el que escribía los artículos y sueltos de Hacienda.

--¡De Hacienda!--exclamó Centeno, abriendo la boca todo lo que se puede abrir.

--Hijí... tú no sabes: es un señor que siempre está muy enfadado, y cuando escribe, dice que la Deuda... ¡bum! la Hacienda, ¡bum! el _Porsupuesto_, ¡bum!... y echa unas carretadas de números que te quedas bizco.

Felipe le oía con la boca abierta, lleno de admiración.

--¡Vaya un hombre!... ¡Cór...!

--Pues mira, hijí... cuando no está en la casa, los otros _relatores_ se ríen de él, y dicen que es más tonto que el cepillo de las ánimas. Voy á comprarle cigarros... Que se espere.

En estas conversaciones pasaban el tiempo, y se acompañaban el uno al otro en sus recados. Á menudo Juanito hacía ponderaciones de su estado y familia, diciendo:

--Hijí... cuando menos lo pienses, te he de colocar... porque mira, mi padre tiene muchas haciendas, y aunque está sirviendo, es porque van á subir los de acá, y lo menos le hacen _comendante_... Yo como todos los días gallina y jamón, porque mamá tiene una amiga que es duquesa y le manda regalos... Un día de éstos verás el caballo que me va á comprar papá. Lo van á traer de las haciendas, ¿estás?

Otras veces, Juanito, que era listo y conservaba en su memoria lo que oía en la redacción, decía á su amigo con misterioso acento:

--Hijí... hijí... ¿no sabes? _Esto se va_... Vamos al decir, que viene revolución. Los señores lo dicen. Ya está la tropa apalabrada. Se arma, se arma.

Centeno, al oir esto, sentía en su espíritu el pasmo que ocasiona todo anuncio de cosas insólitas, sobrehumanas y jamás vistas ni comprendidas.