El Doctor Centeno (novela completa)
Part 3
--Vamos, que este señor Morales y Temprado, bajo su capita de santo--dijo Miquis,--es el revolucionario más atroz que hay en Madrid.
--Señor de Miquis...
--Va disfrazado á la Tertulia progresista.
--Señores, si no tuviera el convencimiento--declamó don Florencio, levantándose un poquito enojado,--si no tuviera el convencimiento de que las palabras dichas por mi _particular_ amigo el señor don Alejandro Miquis...
Era orador sin pensarlo aquel buen señor. Con qué majestad prosiguió la cláusula, después de una pausa de efecto, diciendo:
--...son pura broma, creería que ya la juventud española había perdido el respeto á las canas.
--No, don Florencio. ¡Viva don Florencio!
--Por Dios...
--Aquí entre amigos...
De pie, con la botella vacía en la mano, libre la otra para describir lentos y pomposos círculos en el aire, la gorra un poco echada hacia atrás, el bigote más tieso y las mejillas un tanto encendidas, el insigne don Florencio fué soltando de sus autorizados labios estas palabras, que ni de los de Solón salieran con más gravedad:
--Porque, vamos á ver, señores: establezcamos _bajo_ seguras bases esta cuestión. De que á uno le guste la libertad, no se deduce, no se puede deducir... de ningún modo se deduce...
--Pero ¿qué es lo que no se deduce?...--preguntó Alejandro impaciente.
--No interrumpir. ¡Silencio en las tribunas!
--Entre paréntesis, señores, los que hemos andado á tiros con los montemolinistas en Zaldívar y Estella... Pero no, no quiero tocar esta cuestión personal. Mis méritos son escasos, y los dejo aparte. _Reasumiendo_: yo he sido siempre un hombre de orden, muy español, muy enemigo de lo extranjero y de la tiranía; pero... Entre paréntesis, ahora me acuerdo de cuando el pobre Bartolo Gallardo me decía: «Mientras haya curas no nos curaremos.» Éramos muy amigos. Tenía la cabeza del revés... Yo no fuí ni soy de su parecer, y por eso digo: «Mucha libertad, mucha religión, para que el mundo ande derecho.» De otro modo no es posible, no, señor, lo sostengo... ¡Libertad, religión!... Y no me sacan de ahí. Olózaga, en las Constituyentes del 55, pensaba lo mismo. ¿Para qué sirve la libertad de cultos? Absolutamente para nada. Para que los demagogos, señores, insulten á los ministros del altar... Veo que se ríen. Bueno, ríanse todo lo que quieran. Ustedes son unos polluelos que no tienen mundo. Leen muchos libros, que yo no leo; pero no crean que por eso saben más. ¡El mundo, la experiencia, los años! Esos, esos, señor de Miquis, esos son mis libros. Cuando uno tiene la cabeza llena de canas, puede reirse de las ilusiones y desvaríos de la juventud... Y veo que la juventud está hoy muy echada á perder. ¡Esas democracias extranjeras!... ¡Si aquí tuviéramos juicio...! Pero no, con eso de _todo ó nada_ nos están pervirtiendo... Yo conozco gente de Palacio que me ha asegurado que no hay tales obstáculos tradicionales... Aquí se habla más de la cuenta.
--Como que el mejor día llaman al Duque.
--No digo yo que al Duque precisamente--manifestó don Florencio de una manera augusta;--pero...
--Más vale que no nos lo diga usted...
--Que lo diga...
Don Florencio dió algunos pasos hacia la puerta, y de improviso volvió acompañado de esta soberana idea:
--Yo digo que en _la_ Europa hay tres hombres grandes, tres hombres de talento macho... y son: Napoleón III, el cardenal Antonelli y don Salustiano de Olózaga.
Y sin esperar respuesta, cual hombre convencido de que no merecían escucharse los comentarios que se hicieran á su afirmación, dió otra media vuelta á lo militar, y se fué diciendo:
--Señores, que haya salud, y que les aproveche.
Desapareció. Los tres amigos tuvieron la consideración de esperar á que estuviera lejos para soltar la risa, y tras la risa las agudezas que á competencia descargaron sobre el bendito señor, hasta que le dejaron bien acribillado... Era un progresista platónico y vergonzante que se iba callandito á la Tertulia algunas noches, y desde el rincón donde se sentaba no perdía sílaba de los discursos. Pero sólo gustaba de aquéllos que fuesen templados y juiciosos; y si le seducía la sencillez elegante y la diplomática malicia de Olózaga, ó la pedestre claridad de Madoz, desde que algún orador fogoso se salía con embozadas invectivas ó con palabritas y donaires contrarios á la religión, ya estaba mi hombre desasosegado y fuera de su centro. Se escabullía con disimulo y abandonaba el local, diciendo para sí:
«Estos señores matarán al partido con su imprudencia... La exageración es causa de todos los contratiempos del partido... Nada, no conocen que todo se puede conciliar: el triunfo del partido y la religión de nuestros mayores.»
Su inteligencia, según decía Ruiz, era una petrificación, en la cual se veían hasta tres ideas perfectamente conservadas, duras é inmutables como las formas fósiles que en un tiempo fueron seres vivos. No tenía vanidad sino para suponerse amigo de célebres personajes, y decía: «Cuando Fermín Caballero y yo nos conocimos en Barajas de Melo...» ó bien: «Don Martín me contó tal ó cual cosa...» «Don Antonio González me quiso llevar á Londres cuando fué á la embajada...»
Era hombre de gran sobriedad, enemigo de las bebidas espirituosas y aun de la horchata de cepas; muy inteligente en aguas; de estos catadores de manantiales que distinguen con admirable paladar el agua de la fuente del Berro de la de Alcubilla, y encuentran diferencias notables entre la de la Encarnación y la del Retiro. Así, en días señalados, se le veía descender al Prado y tomar asiento en el banquillo de una aguadora, de quien era parroquiano, y allí hacerse servir un gran vaso de Cibeles ó el Berro, el cual iba bebiendo á sorbos, paladeándolo y gustándolo con más chasqueteo de lengua que si fuera manzanilla de Sanlúcar ó amontillado de treinta años. Su pericia en esta materia, con doctas aplicaciones á la Geografía, se mostraba siempre que en su presencia se hablaba de viajes por pueblos ó ciudades famosas. Él ilustraba las discusiones, diciendo: «¡Oh, Bustarviejo!... ¡pueblo de excelentes aguas!» y otras veces su desdén de todo lo extranjero encontraba ocasión de enaltecer la patria de este modo: «¡Bah, París!... ¡pueblo donde no se puede beber un triste vaso de agua!...»
Desde su edición pequeña de _Las Novedades_ observaba el movimiento político, sin comprender de él más que la superficie bullanguera y la palabrería rutinaria. Á veces hallaba en su diario alguna cosa ininteligible, algo que era como los escalofríos y el amargor de boca del cuerpo social y síntoma de su escondida fiebre. Entonces se llevaba el dedo á la frente, afectaba penetración, y risueño, borracho de agua, decía á su consorte:
--Saturna, ¡qué cosas escriben estos haraganes para hacer reir á la gente!
V
Las cuatro serían cuando Miquis bajó y con él sus amigos. Ya no estaba su protegido en el lugar donde le había dejado, sino junto al pórtico Norte del edificio, viendo cómo discurrían con algazara, por entre los setos de _evónymus_ y aligustre, las dos niñas bonitas y el reverendo primo de la esposa de Morales. Ésta y el propio Mora...les y Temprado gozaban de los últimos rayos del sol en la columnata del Observatorio viejo, dando palique á una señora mayor que les acompañaba. Dos niños jugaban en la explanada meridional, oprimiendo alternativamente los lomos de un caballo de palo.
--Mire, señor--dijo Felipe á su protector agarrándole de un faldón;--mire aquel caballero que allí está con esas señoritucas... Me va á desasnar.
--Buena falta tienes...
--Me toma de criado... tiene _discuela_... Mañana me voy...
Ruiz y Cienfuegos se decían disimuladamente cosas picantes sobre las dos agradabilísimas niñas del conserje de la Escuela de Farmacia... Mas no se entienda que de esta murmuración saliese concepto alguno contrario á la buena fama de las tales, siendo todo referente á recuerdos de Ruiz, á la hermosura de ellas y al gusto que ambos tendrían en tratarlas con la mayor confianza. Cienfuegos las había visto en el paraíso del Real, y casi había hablado algunas palabras con la menor, que era la menos bonita y tenía un defecto. Faltábale un diente. Á la mayor se le podía decir como á Dulcinea: _alta de pechos y ademán brioso_. Tenía lo que llaman ángel, expresión de dulzura y tristeza, y un hermosísimo pelo castaño, que podría figurar allá arriba, allá, en la constelación del León, ó junto á la cabellera de Berenice.
¡Lástima grande que se notara en su cuerpo cierta tendencia á engrosar más de lo que pedían la justa proporción y repartimiento de las formas humanas! Era, no obstante, ágil y airosa. Pusiéranle una túnica griega, y bien podría pasar por Diana la cazadora, que, según dice Pausanias, era de formas redonditas, ó por Cibeles, la que dió vida á tantísimos dioses. ¡Luego, aquel cuello blanco, torneado!...
¡Adiós! desaparecieron las dos y don Pedro tras aquellos arbolitos, y ya no se les vió más. La tarde caía.
--Vamos--dijo Miquis, poniéndose su capa, que le entregó Felipe.
Aún estuvieron mucho tiempo allí, porque don Florencio pegó la hebra con Cienfuegos, y entre hablar de tal ó cual cosa, y despedirse y volverse á despedir, y ofrecimiento por acá, congratulación por allá, se vino el crepúsculo encima quedamente. Fresquecillo picante convidó á todos á marcharse. Ruiz se volvió á su casa. Cuando Cienfuegos y Miquis bajaban la cuesta, éste se sintió detenido por una tímida fuerza que le atenazaba el borde de la capa; volvióse y vió al más humilde de los héroes, que con gran consternación le dijo:
--Señor, ¿se van sin decirme nada?
--Es verdad: ¡ya no me acordaba de tí! Ven con nosotros.
Ligerísimo, expresando su afecto con saltos, como un perrillo, emprendió Felipe la marcha al lado de su protector. No puede formarse idea de lo que padeció su dignidad al oir decir á Cienfuegos:
--¿Estás loco? ¿Á dónde vas con ese espantajo?
--Á casa. Le voy á dar ropa.
--¡Ropa!... Mañana voy con aquel caballero... Á las ocho, á las ocho... Me toma de criado, y me enseña todo lo que sabe,--dijo Felipe brincando.
--¿Te pondrías tú unas botas mías?
--¿Qué hacer?...
--Pues yo le voy á regalar una corbata verde,--indicó Cienfuegos.
--Y tengo yo una levita, que se la podría poner un duque.
Oyendo tales cosas, veía el bueno de Felipe delante de sí mundo risueño de comodidades, glorias, grandezas y regalo. El cielo se abría plegando su azul, como las cortinas de un guardarropa, y mostraba una y otra prenda: ésta para invierno, aquélla para verano; y tras la ropa, mil objetos de lujo y opulencia, como por ejemplo: varias cajas de cerillas, un bastoncito, un reloj con tres varas de cadena, anillos, una cartera con su lapicito para apuntar, paraguas, etc.
--Y dos camisetas viejas, ¿qué tal te vendrían?
--Vamos, que tengo yo un cinturón de gimnasia que no me sirve para nada...
--Y yo un sombrero número 3. ¿Te lo pondrás?
Felipe brincaba. Su gratitud no podía ser elocuente de otro modo.
--Es tarde--dijo Cienfuegos avivando el paso.--Doña Virginia se va á poner furiosa porque tardamos.
--Valiente cuidado me da á mí de doña Virginia. ¿Dí, Felipe, dormirías tú en una cama de colchones si te pusieran en ella?
Felipe, atacado de un gozo convulsivo, echó á correr, desapareció. Al poco rato. Miquis le sintió á su espalda, imitando con donosura infantil el ladrar de un cachorrillo.
Á trechos con prisa, á trechos lentamente, disputando en cada esquina y pasando repetidas veces de una acera á otra, llegaron los dos amigos y su protegido al centro de Madrid. Por cualquier motivo fútil, cuando no lo había de importancia, habían de estar siempre cuestionando y riñendo Miquis y Cienfuegos. En ellos la amistad no habría tenido goces despojada de la irritación de la controversia, y de aquel dramático interés que provenía de las frecuentes embestidas entre uno y otro temperamento. Lo que hablaron, lo que argumentaron, lo que por aquella simpleza de ir á prisa ó ir despacio dijeron, no se puede contar. Á poco más pasan de las palabras á las obras.
--Es que no me gusta que esperen por mí.
--Mira no te vaya á comer doña Virginia...
--No es sino que...
--No me vengas á mí con...
--Bruto, no es eso...
--Animal, no se puede tratar contigo...
Llegaron por fin á su casa, que era de las que llamamos de huéspedes, y estaba, según cuenta quien lo sabe, en una mala calle situada en un barrio peor, la cual, si llevara nombre de macho como lo lleva de hembra, se llamaría del _Rinoceronte_. Subieron al cuarto, que era segundo con entresuelo, por la mal pintada, peor barrida y mucho peor alumbrada escalera, y antes de que llamaran abrió con estruendo la puerta una hermosa harpía, que en tono iracundo les increpó de esta manera:
--¿Son éstas horas de venir á comer? ¡Qué señores éstos! No se puede con ellos. Usted, don Alejandro, tiene la culpa.
--Señora, ¿quiere usted irse á...?
--¿Á dónde, á dónde?
--Á donde usted quiera.
Acobardado Felipe por el destemplado lenguaje de la matrona, se detuvo en el último escalón, mirando con ansiedad á la puerta, que se iba á cerrar ante él. Retrocedió Alejandro para llamarle; mas cuando la señora, tan guapa como furiosa, oyó que Miquis decía: «entra, muchacho,» se arrebató más, cerró de golpe, y he aquí sus dramáticos acentos, conservados por un erudito averiguador:
--Pero qué... ¿Habráse visto? ¿Otra vez me trae estafermos de la calle?... No faltaba más...
--Señora--dijo Miquis con zalamería,--si no me deja usted hablar, no hay medio de entendernos. Yo sólo quería pedir á usted tuviese la bondad de dejar dormir á ese chico en la buhardilla.
Oir esto y volarse fué todo uno. Los demás huéspedes acudieron al ruido, curiosos de ver lo que pasaba.
--¿Qué les parece á ustedes este don Alejandro?...--prosiguió la dueña de la casa, pasando ya del furor á las burlas.--Niño, ¿es esto una hermandad para recoger pobres?... El mes pasado me trajo un italiano de esos que tocan el arpa; hace días un viejo ciego con joroba y clarinete, y hoy... ¡Vaya unos amigos que se echa el tal don Alejandro! Y no pide nada... que les ponga cama en la buhardilla, que les dé de comer... Vaya, señores, á la mesa, á la mesa.
Entre tanto, Miquis acercaba su rostro al ventanillo y por el enrejado de cobre decía:
--Felipito, Felipito...
--Señor...
--Espérate ahí un momentito...
Los compañeros de hospedaje se burlaban, y la misma doña Virginia, pasado aquel primer chispazo de ira, se reía también, diciendo:
--¡Pobre don Alejandro!... Es un buenazo.
Y no paró en esto su desenojo, sino que, mientras se servía la sopa, fué adentro y sacó pedazos de pan, queso y golosinas, y poniéndolo todo en un papel, salió á la escalera. Al poco rato volvió al comedor asustada, con las manos en la cabeza y riendo á todo reir.
--Pero ¡qué loco, Virgen madre, qué loco!... Allá está dándole ropa... Le ha dado el chaqué azul que no se ha puesto más que tres veces... y dos camisas y unas botas enteramente nuevas... ¡Jesús, Jesús!
En el extremo de la mesa sonó una voz campanuda, dictatorial, que, separando con pausa las sílabas, promulgó esta sesuda frase:
--Acabará en San Bernardino.
II
PEDAGOGÍA
I
Dice Clío, entre otras cosas de menor importancia, que don Pedro Polo y Cortés se levantaba al amanecer, bajaba á la iglesia de las monjas, decía su misa, se desayunaba en la sacristía, fumaba un cigarrillo, volvía después á su casa, charlaba con su madre por espacio de un cuarto de hora, cambiaba de ropa, daba un suspiro... Todo esto ocurría invariablemente día por día, sin que nada faltase, ni el chocolate, ni el suspiro. Esto último era como la señal para entrar en el local de la escuela, cuyas puertas se abrían á las ocho en verano y á las nueve en invierno.
Hemos dicho que se abrían las puertas. ¡María Santísima, qué ruido, qué pataditas, qué empujones! La vetusta casa temblaba como en amenaza de desplomarse. Y el estruendo duraba hasta que aparecía don Pedro, no diré repartiendo bofetones, sino sembrándolos con gesto semejante al del labrador que arroja en tierra la semilla. Luego daba una gran voz. ¡Vaya un silencio, camaradas! Creo que se podría oir el ruido que hiciera una mosca frotándose la trompa con las patas... Después, poquito á poquito, saltaba un murmullo, una sílaba, una palabra, y de esto se iba formando susurro hondo y creciente que no se sabe á dónde llegaría si don Pedro con su potente _quos ego_ no lo atajara.
Había un pasante á quien llamaban don José Ido, hombre aplicadísimo á su deber, pálido como un cirio y con ciertos lóbulos ó verrugones que parecían gotas de cera que le escurrían por la cara; de expresión llorosa y mística, flaco, exangüe, espiritado; manifestando en todo las congojas de una de esas vidas de abnegación y sacrificio heróicamente consagradas á la infancia. Tenía en la frente un mechón de negros y espeluznados cabellos que parecía un pábilo humeante, y en sus ojos, siempre mojados, chisporroteaban, con la humedad y el pestañeo, desgarradoras elegías. Era el mártir obscuro y sin fama de la instrucción, el padre de las generaciones, el fundamento de infinitas glorias, la piedra angular de tantas fortunas y de preclaros hechos. Políticos que habéis firmado sabias leyes; ministros que con un meneo de rúbrica lleváis diariamente la felicidad al corazón de vuestros amigos; negociantes que autorizáis un crédito; notarios que dais fe; poetas que conmovéis la muchedumbre; jurisconsultos que lucháis por el derecho; médicos que curáis, y periodistas que escribís y amantes que fatigáis el correo, acordaos de don José Ido, que al poner una pluma en vuestra mano torpe y al administraros el bautismo de tinta, iniciándoos en la religión de la escritura, os dió diploma y título de cristianos civilizados...
Porque el fuerte, ó mejor dicho, el sacerdocio de nuestro don José Ido, era la caligrafía. Enseñaba por el Evangelio de Iturzaeta una forma redonda, armónicamente compuesta de trazos gordos y finos, con cada rasgo para arriba y para abajo que daba gloria, y un golpe de mayúsculas que podría competir con lo mejor de los tiempos benedictinos. Cuando por encargo especial acometía un trabajo de felicitación ó cosa semejante, para implorar por cuenta propia ó ajena la benevolencia de cualquier magnate, eran de ver aquellas Emes iniciales con el cabello erizado de entusiasmo, aquellas Haches que arrastraban más cola que un pavo real, aquellas Erres que hacían cortesías, aquellas Efes con más peluca que Luis XIV, aquellas Eses minúsculas que parecían saltar de gozo, aquellas Eles á caballo sobre las Íes, aquellas Jotas con morrión, y otras infinitas maravillas que producían á la vista ilusión de pirotecnia, todo rematado con unas _etcéteras_ que á la cola de esta procesión pendolística iban con plumachos, blandiendo alabardas y banderolas. El resto lo hacían mil vaivenes de rúbrica, como flechas disparadas ó laberinto arácnido, en el centro del cual aparecía lánguido, indolente, cual si cayera mareado en medio de tanto círculo, el claro nombre de _José Ido del Sagrario_.
La clase duraba horas y más horas. Era la vida perdurable, un lapso secular, sueño del tiempo y embriaguez de las horas. Nunca se vió más antipática pesadilla, formada de horripilantes aberraciones de Aritmética, Gramática ó Historia sagrada, de números ensartados, de cláusulas rotas. Sobre el eje del fastidio giraban los graves problemas de sintaxis, la regla de tres, los hijos de Jacob, todo confundido en el común matiz del dolor, todo teñido de repugnancias, trazando al modo de espirales, que corrían premiosas, ásperas, gemebundas. Era una rueda de tormento, máquina cruelísima, en la cual los bárbaros artífices arrancaban con tenazas una idea del cerebro, sujeto con cien tornillos, y metían otra á martillazos, y estiraban conceptos é incrustaban reglas, todo con violencia, con golpe, espasmo y rechinar de dientes por una y otra parte.
En la cavidad ancha, triste, pesada, jaquecosa de la escuela, se veían cuadros terroríficos: allá un Nazareno puesto en cruz; aquí dos ó tres mártires de rodillas con los calzones rotos; á esta parte, otro condenado pálido, cadavérico, todo lleno de congojas y trasudores, porque se le había atragantado una suma; más lejos otro con un cachirulo de papel en la cabeza y orejas de burro, porque sin querer se había comido una definición. Como el sol reverbera sobre el rocío, así, por toda la extensión de la clase, las sonrisas abrillantaban las lágrimas, cuando no las secaba el ardor de las mejillas. Los números y rayas trazadas en los encerados daban frío, y mareaban los grandes letreros y las máximas morales escritas en carteles. Las negras carpetas, al abrirse, bostezaban, y los tinteros, ávidos de manchar, hacían todo lo posible por encontrar ocasión de volcarse... Daba grima ver tanto dedo torpe y rígido agarrando una pluma para trazar palotes, que más se torcían cuanto mayor era el empeño en enderezarlos. Las bocas, nerviositas, hacían muecas con el difícil rasgueo de la pluma... Á lo mejor, un cráneo sonaba seco al golpe de un puño cerrado y duro. Restallaban mejillas sacudidas por carnosa mano. Los pellizcos no cesaban, y á cada segundo se oía un ¡ay! Se confundían las voces de _bruto_, _acémila_, con los lamentos, las protestas y el lastimoso y terrorífico _yo no he sido_. La palmeta iba cayendo de mano en mano, incansable, celosa de su misión educatriz, aporreando sin piedad á todo el que cogía. La quemazón de la sangre, el cosquilleo, el dolor agudísimo, daban entendimiento al torpe, mesura al travieso, diligencia al indolente, silencio al lenguaraz, reposo al inquieto. Y como auxiliares de aquel docto instrumento, una caña y á veces flexible vara de mimbre sacudían el polvo. Había nalgas como tomates, carrillos como pimientos, ojos con llamaradas, frentes mojadas de sudor de agonía, y todo era picazones, escozor, cosquilleo, latidos, ardor y suplicio de carnes y huesos.
Salvas las contadas ocasiones en que se veía cruzar por el aire una mosca con rabo de papel, sucediendo á esto la algazara propia del caso, el aburrimiento llenaba las horas de la clase, aquellas horas que avanzaban arrastrándose como las babosas sobre una peña. Los miembros se entumecían, y no había fuerza humana capaz de impedir las patadas, los desperezos, el acostar la cabeza sobre los brazos cruzados, el cuchicheo, la inquietud... Una autoridad férrea, despótica, á quien la conciencia del deber daba algo de la crueldad sublime que enalteció á Junio Bruto, Jefté y Guzmán el Bueno, recorría los bancos, desde que se notaban los primeros síntomas de la rebelión del fastidio. Á la manera que el cómitre de una galera iba sacudiendo con duro látigo la pereza de los infelices condenados al remo, así don Pedro ponía rápido correctivo con su vara ó su mano al arrastrar de suelas, á las pandiculaciones, al cuchicheo, al mirar, al reir. ¡Pobres orejas! ¡Cuántas veces se veía la mano del maestro levantar muy alto una cabeza suspendida de una oreja, ó empujar otra sobre la carpeta con tal fuerza, que á poco más se incrusta la nariz en la tabla!... Su máxima era: _Siembra coscorrones y recogerás sabios._
II
Don Pedro Polo y Cortés era de Medellín: por lo tanto, tenía con el conquistador de Méjico la doble conexión del apellido y de la cuna. ¿Había parentesco? Dice Clío que no sabe jota de esto. Doña Claudia, madre de nuestro extremeño, sostenía que sí; mas para probarlo se vale del sentimiento antes que de las razones. El padre, hombre que gozó la más pura y noble fama de honradez, murió desastrosamente en la cárcel veinte años antes de estos sucesos que ahora referimos. Perseguido con saña por graves delitos ajenos, de que su buena fe le hizo en apariencia responsable, fué mártir del honor; fué, como suele decirse, un carácter elevado y glorioso, de esos que, si no abundan, no faltan tampoco en cada edad, para que conste, conforme al plan del mundo, que éste no es patrimonio de los malos. Murió como un santo, y muchos están con menos motivo en los altares.