El Doctor Centeno (novela completa)

Part 26

Chapter 264,007 wordsPublic domain

--Pues no habrá más remedio que indicárselo. Creo que estamos en el deber...

Felipe no se daba punto de reposo. Sin fin de veces hubo de bajar á la botica, y arriba no faltaba trabajo. El paciente pedía sin cesar ésta ó la otra cosa, buscando en la variedad distracción, ensayando contra la violentísima tos extraños remedios é increíbles posturas. Cirila ayudaba poco. Á cada instante iba Felipe á la cocina en busca de agua tibia ó fría, de un limón, leche, azúcar, té... Cuando no encontraba á mano lo que necesitaba, iba á pedirlo á cualquier vecino. Al entrar en casa de Ido, halló á éste sentado en mitad de su humilde salita, junto á una mesilla con luz. Rodeábanle su familia y dos vecinas que solían ir allí de tertulia. Parecía que el buen _Cerato simple_ estaba enternecido, y que de sus ojos manaba mayor caudal lacrimatorio que de ordinario. Un sobado cuaderno tenía en su mano, y desde que vió á Centeno, corrió á darle un abrazo.

--Supongo que no te enfadarás por lo que he hecho--le dijo.--Tenía tantas ganas de conocer el drama de tu amo, que no pude vencer la tentación esta mañana... Lo ví sobre la mesa, y cogí un acto para leerlo aquí, en familia... Francamente, naturalmente, yo no creía que fuera tan bueno. Te digo que estamos entusiasmados... ¡Qué versos! ¡qué pensamientos! Á mí se me saltan las lágrimas y se me corta el resuello. Nicanora, que es inteligente, dice que otra obra como ésta no se ha hecho desde el tiempo de Gil y Zárate... Si esto se representa... acuérdate de lo que te digo... se vendrá el teatro abajo.

Agradecido á este lenguaje, Felipe no podía entretenerse en comentarios sobre la soberana obra. Necesitaba un huevo que á su amo se le había antojado comer.

--¡Ay, hijo!--exclamó doña Nicanora afligidísima.--Cuánto siento no poder dártelo.

Una mujer vieja, arrugada, vivaracha, que estaba en el ruedo de la tertulia y que había oído leer el drama con delectación, se levantó prontamente, diciendo:

--Yo te daré, no uno, sino tres huevos, para que se los coma ese caballerito que ha escrito cosas tan buenas... Hemos llorado á moco y baba. Al oír ese verso que dice que el pueblo español es el más valiente de la tierra, me entraron ganas de salir gritando al pasillo, y meterme en el cuarto del enfermo para darle un abrazo. Bien, bien, requetebién... Ven á mi casa, y te daré los huevos.

--Si el señor don José me quisiera dejar el drama--dijo otra de las presentes cuando Felipe salía,--para que lo lea mi marido... Él lo entiende; es oficial de pintor de decoraciones, y todo lo tocante á teatro lo sabe al dedillo.

Muy mal pasó la noche Miquis; pero tuvo en ella un gusto no flojo. Su mamá le había anunciado el envío de cierta cantidad, á escondidas de su padre. No venía en letra, sino en oro, y la traía el ordinario de Quintanar. Durante dos días fué Centeno repetidas veces á la Cava Baja, en busca del precioso encargo; mas el ordinario no parecía. Las diez eran de aquella noche, cuando se presentó en la casa un hombre de malas trazas que entregó á Alejandro el lacrado paquetito. Venía como rocío del cielo, porque la patria estaba sumamente oprimida, y otra vez, para que no se desmintiera el destino del gran manchego, carecía de lo más necesario. Rompiendo impaciente la envoltura del regalo, dijo á Poleró:

--Creo que te debo algo. ¿Son ocho duros?

--Ocho, sí; pero déjalo. Ya me lo darás otra vez.

--No, ahora. Lo primero es pagar. Yo soy así. Y á tí, Federico, ¿te debo algo?

--¿Á mí? Nada, hijo.

Era verdad que no le debía nada, porque Ruiz, hombre previsor y hormiguita, no había jamás abierto la bolsa para su desordenado y rumboso amigo. Era hombre aquel Ruiz que, cuando se le pedía algo, respondía invariablemente: «Chico, estoy á cero. Acabo de pagar una cuenta que me ha baldado.»

Después de un breve descanso, al amanecer, Miquis llamó á Felipe:

--Aristóteles... me vas á hacer un favor... En toda la noche he podido apartar de mi pensamiento al pobre Cienfuegos. ¡Qué tormentos habrá pasado con su forastero, á quien no puede obsequiar ni con un triste vaso de agua clara!... Ve corriendo á llevarle tres duros... Tómalos del cajón.

Cuando Felipe salió á la calle para desempeñar este caritativo encargo, pensaba, con admirable madurez de juicio, que mucho más cuerdo era emplear aquel dinero en unas botas, de que tenía muchísima falta, que en socorrer al aprendiz de médico. Sanguijuela insaciable, mientras más le daban, más pedía, sin hartarse nunca. ¡Al diablo Cienfuegos y su forastero! Si no podía convidarle, que le diera morcilla. ¿No era un desorden que el otro se gastara en pitos y flautas aquellos tres duros tan bonitos, mientras él, Aristóteles, que tanto trabajaba, salía á la calle casi descalzo?

Después de mil vacilaciones, el valiente Doctor se dirigió á una zapatería. Cuando su amo le preguntó, una hora después, si había hecho el encargo, Aristóteles, fiado en la gran familiaridad que con él tenía, adelantó un pie, y riendo le dijo:

--¿Los duros para Cienfuegos? En ellos andamos.

--¡Ah! ¡pillo!...--replicó Alejandro, riendo también.--Bien es verdad que tenías falta, y no se me ocurrió.. Pero á Dios gracias, hay para todo... Coge otros tres duros y ve á socorrer al pobre Cienfuegos.

III

Aquel día no tuvo Alejandro un instante de sosiego. Tan pronto le acometía el prurito de verbosidad, tan pronto el desmayo. Si dolorosa era la crisis, no lo era menos la sedación de ella. Por la tarde, Moreno anunció que la noche sería funesta. Grandísimo, cortante y brusco fué el dolor de Felipe, cuando Poleró y Arias, que estaban en la cocina, le dijeron, cerca ya del anochecer:

--¿Á ver, Doctor, qué vas á hacer ahora? Porque esta noche, hijo, nos quedamos sin tu amo.

La garganta se le apretó y no pudo dar contestación. Ni llorar tampoco podía, porque, á su juicio, la obligación de trabajar y atender á todo en aquellas tremendas horas, le cerraba la salida de las lágrimas.

Tenía la casa dos aposentos grandes: la sala en que estaba Miquis, y la cocina, donde se reunían los amigos cuando no acompañaban al enfermo. En esta sala, ornamentada de fogón y fregadero, con espejos de hollín y tapicerías de mugre, eran recibidos los visitantes, y allí se hablaba del paciente, de su probable muerte y de todo lo que es propio en tales circunstancias. Había dos habitaciones pequeñas y obscuras, en una de las cuales sólo entraba Cirila, y la otra estaba llena de baúles y trastos.

Ruiz fué de los más asiduos en acompañar y atender al manchego. Estuvo todo aquel día, y después de una breve ausencia para comer, volvió decidido á quedarse toda la noche.

--Me parece que hago falta--decía con petulancia,--porque esta casa es un _pandemonium_. Aquí no hay quien tenga iniciativa. Los momentos son preciosos, y alguien ha de representar á la familia. Nuestro amigo Poleró y usted, Arias, no se atreven á nada, y es urgente tomar ciertas determinaciones. Grave es la cosa, y por mi parte no quiero responsabilidades. Se diría mañana que por nuestra culpa no murió este buen amigo como católico cristiano; y si ustedes insisten en que no se le hable sobre el particular, yo me lavo las manos, yo me retiro...

Aquel hombre indolente se crecía y transformaba desde que le atacaba la oficiosidad, y la oficiosidad aparecía infaliblemente con las ocasiones de hacer un papel de hombre serio y atareado. Así, era de ver cómo su pereza se trocaba en actividad, cómo entraba y salía, dando proporciones gigantescas á su trabajo, buscando dificultades, haciéndose el hombre necesario, el hombre de acción y de recursos. Á cada momento se le veía entrar en la cocina, y encarándose con Poleró ó con Arias, les espetaba una proposición como ésta:

--Á ver qué se determina. Yo me admiro de verles á ustedes tan tranquilos... señores. En estas circunstancias se conocen los amigos. ¡Hay tanto á que atender...! Sin ir más lejos, creo que será preciso hacer suscripción para el entierro. Á ver, ¿qué se decide, qué se resuelve? Están ustedes ahí con las manos cruzadas...

Y en otra ocasión vino con este mensaje:

--Lo primero que hay que hacer aquí es restablecer el imperio de la moralidad. ¿Qué casa es ésta? Nuestro pobre amigo no supo dónde se metía. Es necesario que alguien represente á la familia: yo la representaré si ustedes no quieren ó no saben hacerlo. Por de pronto, estoy decidido á impedir que entre aquí esa mujer, esa cuyo nombre no sé, ni quiero saberlo... ¡Porque sería un escándalo, una profanación, un sacrilegio...! Como tenga la osadía de venir, yo seré quien salga á la defensa de los principios morales; sí, señores, yo seré quien la ponga en la puerta...

Arias disimulaba el enojo que las ínfulas de este señor y sus oficiosas pretensiones de mando le causaban. Poleró decía:

--No hay que precipitarse. Calma, amigo Ruiz. Le vamos á poner á usted _Don Urgente_, si sigue atosigándonos de ese modo... Quizás Alejandro salga de esta noche. Ahora parece que está mejor.

--Sí, buena mejoría nos dé Dios... Eso es: esténse ustedes con esa calma. ¿Y qué se hace en la cuestión de Sacramentos?... Señores, yo tengo creencias y no puedo consentir que un amigo se muera como los animales. Y también Alejandro tiene creencias. Es poeta, y basta. No quiero que la familia me pida cuentas mañana... Con que decidamos ahora mismo quién le dice al infeliz el estado en que se halla y la urgencia de atender á su alma.

--Yo no se lo digo.

--Ni yo...

--Pues yo se lo diré--afirmó Ruiz con énfasis.--No son ustedes hombres para casos de seriedad. Siempre con bromitas... No, señores: hay que hacer frente á las circunstancias, y saber colocarse á la altura de las circunstancias, y acometer las circunstancias... Voy á hablar con Miquis.

Éste permanecía en el sillón. Don José Ido le daba aire con un grande abanico, y Felipe, sentado cerca, le miraba y hacía por distraerle. Las facultades mentales de Alejandro subsistían perfectamente claras, y aun si se quiere sutilizadas, recibiendo su fuerza final del recogimiento de toda la vida en el cerebro.

--¿Qué tal te encuentras?--le dijo Federico acariciándole la barba.

--Ahora, bien--replicó el tobosino con cierta facilidad de respiración y palabra que antes no había tenido.--¿Qué hora es?

--Las ocho.

--¡Qué días tan largos! Encended luz. Ya es de noche. ¡Qué obscuro está el cuarto! Felipe, abre toda la ventana. Mira, Ruiz: ya empiezan á verse tus estrellas. El cielo católico enciende las luces de su santoral nocturno. Lámparas infinitas alumbran á la piedad y á la ciencia. ¿Qué santos son aquéllos, según tu sistema?

--Por allí veo el _Escorpión_. Aquella hermosa estrella es la llamada _Antarés_, que para mí es Santo Domingo de Guzmán. La constelación correspondiente á este mes es el _Toro_, San Marcos, porque el sol entra en sus dominios, y en ellos está _Aldebarán_, San Juan Bautista, que se celebra el 24 de este mes...

--¿Y estamos á...?

--Á 18... Te encuentro muy bien esta noche.

--Sí--dijo el paciente con animación.--Respiro sin trabajo. Se me figura que de esta vez la mejoría va de veras. Ya es tiempo. Hay conciencia física, como decía el bendito don Jesús Delgado, y la mía me está dando avisos de salud... Esta noche me dijo Moreno que ya la semana que entra podré marcharme. El ordinario me ha dicho que está hermosísimo el campo en la Mancha, por lo mucho que ha llovido... ¡Qué ganas tengo de verlo!...

--Estás mejor; pero por lo mismo que estás mejor, ¿me entiendes? debes ocuparte, debes pensar... No quiere esto decir que haya peligro... Los hombres deben hallarse siempre preparados para todo lo que pueda venir. Tú eres persona seria y de creencias; así es que...

Poleró, que desde la puerta oía esto, adelantóse prontamente, diciendo:

--Ruiz, que le llaman á usted...

_Don Urgente_ salió.

--Este pobre Ruiz--observó Miquis con penetración admirable,--porque me ve un poco malo, me quiere poner en paz con Dios... ¡Ya se ve... él es tan religioso!... Respeto sus ideas y sus temores, nacidos de una conciencia recta y noble. En ello prueba lo mucho que me quiere... ¡Y qué talento tiene! ¿No es verdad, Arias? ¿Viste su comedia? Es preciosísima... Lástima que no se dedique al Teatro. Ahora le da por la filosofía de Santo Tomás... Querido don José, estará usted cansado. Dé usted el abanico á Felipe. La verdad es que cada vez parece que hay menos aire, y más calor.

En la cocina, Poleró y Ruiz sostenían agria contienda, á la que también aportó sus razones Cienfuegos, que acababa de llegar, poniéndose de parte del catalán.

--No te metas en eso--le dijo el aprendiz de médico.--El pobrecito está tranquilo y lleno de ilusiones. ¡Si él se ha de ir al Limbo, allá con los Santos Inocentes!...

--Se me está usted pareciendo á Montes, que todo lo ve _bajo un prisma_,--decía Poleró.

--Ante esa singular manera de juzgar los asuntos de conciencia--manifestó el astrónomo con cierta pompa,--yo me lavo las manos. La responsabilidad, la gravísima responsabilidad, es de usted, no mía.

Y un tanto atufado salió al pasillo, volvió á meterse en la cocina y se puso á leer. ¿Qué leía? El cuaderno del tercer acto, que había tomado de la mesa de Alejandro. Á ratos iba por allí don José Ido, á ratos Arias, conforme se relevaban de la guarda y compañía del moribundo.

--¿Qué tal está ahora, amigo Arias?

--Lo mismo... Se ha desvanecido un momento, y parece que duerme.

--Yo no pienso acostarme en toda la noche, porque sabe Dios lo que se podrá ofrecer.

--¿Qué lee usted?

--Un acto de _El Grande Osuna_. Ya lo conocía; pero veo que hay modificaciones.

--Yo intentaré descabezar un sueño--murmuró Arias, tendiéndose en un catre de tijera que Cirila había puesto en aquel estrambótico departamento.--¡Hace un calor!...

--Indudablemente este pobre Miquis valía--declaró Ruiz, dejando la lectura con aires de indulgencia crítica.--No lo digo por este drama, que, á la verdad, me gusta poco. Es un ensayo infantil, una inocentada. Esto no pasa; esto no tiene atadero. Figúrese usted que la verdad histórica anda aquí á la greña con el plan dramático. El pobre Alejandro se quitó de cuentos, y haciendo de su capa un sayo, permitióse levantar testimonios á la verdad. Sin ir más lejos, el pensamiento ambicioso que se atribuye al Duque de Osuna de levantarse con el reino de Italia, no es hecho histórico probado. Se cree que fué más bien conjeturas y recelos del Gobierno de Madrid; envidiosa trama del Duque de Uceda para hundir al Virrey. En cambio, de lo que es un hecho positivo, la terrible conjuración contra Venecia, urdida por el Marqués de Bedmar, con ayuda de Osuna y de don Pedro de Toledo, Gobernador de Milán, no saca ningún partido Miquis. Verdad que la cosa no es dramática, y que los misteriosos proyectos de Osuna lo son. Pero, lo repito, no hay pruebas, y el drama histórico no debe ser una calumnia en verso. Además, ¿de dónde saca este niño que Osuna quisiera unificar la Italia y hacer un grande reino, como el que mucho después soñó Cavour, contra los fueros de las dinastías reinantes y de la Iglesia? Osuna, si alguna idea tuvo de ser Rey, fué contando sólo con la soberanía de Nápoles y Sicilia. Pero este pobre soñador le supone propósitos de derrocar á Venecia y hacerla suya, de someter á Florencia, de barrer los Estados pequeños, y, por último (y esto es ridículo), de quitar al Papa su reino. ¿Qué le parece á usted? El Duque, para este niño, es un precursor de Víctor Manuel y un émulo de Garibaldi. Resulta de todo un dramón progresista y populachero que no hay quien lo aguante. Y si esto se representara, que no se representará, el público tiraría las butacas al escenario... La versificación tiene algunos trozos bonitos; pero hay hinchazón, culteranismo. El plan y desarrollo son abominables: no creo que hay un adefesio mayor. Sin ir más lejos, fíjese usted en la catástrofe, que es un hatajo de absurdos. El teatro parece una carnicería, y el apuntador se salva por milagro. Luego, no resulta de aquí la menor idea de moralidad... Aquí los buenos reciben el palo, y los malos triunfan y se quedan tan frescos... en fin, horrores, disparates, cosas de chiquillos...

Don José Ido, que presente estaba, sentía violentas ganas de alzar la voz protestando contra tal crítica; pero no se atrevió á hacerlo, por ser hombre en quien la timidez podía más que todas las fuerzas del alma. En su interior se dijo y se repitió, con verdadero fervor, que aquel Aristarco no estaba en lo cierto, y que el drama era magnífico, sorprendente, excepcional. Prueba de ello eran las lágrimas que, oyéndolo leer, habían vertido Nicanora y las vecinas, y la emoción grandísima que él había sentido.

IV

Iba á salir don José, cuando una figura singular interceptó la puerta. Él y los dos muchachos se asustaron, porque la persona que entraba, si no era alma del otro mundo, lo parecía. Iluminada de frente por la luz de la cocina, brillaba su rostro de barnizada muñeca; eran sus ojos como cuentas de vidrio, y su delgado cuerpo rígido, con la blanca falda y el negro mantón, tenía fúnebres apariencias.

--¿En dónde está mi sobrino?--preguntó sin dirigirse á ninguno.--Me llevaron un recado diciendo que está gravísimo. ¿Se le puede ver?...

Y sin esperar respuesta, dando algunos pasos hacia dentro, prosiguió así:

--¿Y la dueña de este palacio, dónde está? ¿No hay escobas aquí? Está esa escalera que da asco. Pues las paredes de la sala, también tienen que ver.

--Señora--le dijo Arias, ofreciéndole una de las dos sillas,--tenga usted la bondad de sentarse...

--Gracias... Estoy horripilada... No puedo ver tanta suciedad.

Entró Cirila en aquel momento.

--¿Es usted, señora--le dijo doña Isabel pasando sus vidriosas miradas por las cenefas de papel que adornaban los vasares,--la dueña de este palacio?...

--¿Palacio?... Señora, por fuerza está usted tocada.

--Y dígame usted... ¿no hay por aquí escoba, ni estropajo, ni jabón?... Diga usted, grandísima puerca, ¿no le da vergüenza de que la gente entre aquí, y vea esta falta de pulcritud?

Atónita un momento Cirila, no sabía qué contestar... Las circunstancias no eran propicias á una discusión sobre el uso del estropajo. Venía del cuarto del enfermo, que estaba muy malito... Quizá faltaban pocos minutos para la conclusión de sus padecimientos...

--Señora--balbució Cirila,--ocúpese usted de su sobrino... que está... ¡pobrecito! en las últimas...

--Tengo mucho horror á esta enfermedad. ¿En dónde está mi ángel?... Le veré un momento... ¡Infeliz niño!... Estoy furiosa con el desaseo de esta casa. ¡Qué inmundicia! Esto es el alcázar de la grosería. Vean ustedes cómo me figuro yo que ha de ser el Infierno: un lugar infinitamente privado de agua.

Poleró entró muy alarmado, diciendo:

--No conviene que la señora pase en este momento...

Ruiz entró en el cuarto. El pobre Miquis, acometido de un fuerte paroxismo, parecía que agonizaba. Felipe no se movía de su lado.

--No hay nada que hacer--observó Cienfuegos sollozando.--¿Á qué martirizarle, si no se ha de conseguir nada?

Entre tanto, Poleró y Cirila entretenían á la señora. La criada de ésta, que la acompañaba, había entrado también en la cocina; mas tampoco quería sentarse...

--Grande horror tengo de esa enfermedad--volvió á decir la Godoy;--pero yo quiero verle... ¡Oh! si asearan la casa, si lavaran esto, si limpiaran tanto polvo, y tanta mugre, y tanta basura, el pobre angelito sanaría.

Querían detenerla; pero salió al pasillo y acercóse á la puerta de la sala. Allí se detuvo aterrada, vacilante entre el deseo de entrar y el temor ó escrúpulo que sentía del contacto del enfermo. Poleró acudió junto á ella, temiendo que se desmayara... Desde la puerta miró la tiíta el lastimoso cuadro, y todo su amor no fué bastante á vencer su repugnancia. En la mano derecha tenía un finísimo pañuelo que se llevaba á los ojos para secar sus lágrimas.

--Hace años y años que no lloro--dijo á Poleró.--Esto que ahora veo me desmenuza el corazón... y no es mi corazón de carne, es de hierro que late. Los desengaños me lo endurecieron; pero el dolor se quedó dentro...

Y en la mano izquierda tenía otro pañuelo mojado en vinagre que acercaba á la nariz...

--Si no fuera por esta precaución, me infestaría, ¿no es verdad, caballero?... No puedo ver lo que veo... ¡Pobre Alejandro, pobre niño mío, pobre ángel de mis entrañas!...

Lágrimas y vinagre se confundían en su rostro.

--Retírese usted, señora,--indicó Arias.

--Pase usted aquí... al salón de embajadores,--dijo Poleró, no queriendo destruir la idea de palacio que tan encajada estaba en la mente de la Godoy.

--¡Oh!, sí... me retiro... Que Dios le sane pronto y le vuelva la robustez y la alegría. Ya sabía yo que pasaría esto. Lo supe hace tiempo. Yo lo sé todo.

Ruiz, cuando volvió á la cocina, se acercó á ella y con gravedad insufrible le dijo:

--Señora, en ausencia de la familia, yo me atreví á disponer que nuestro pobre amigo recibiera los consuelos de la Fe... Mi opinión, no obstante, no tuvo apoyo en los demás señores aquí presentes, y yo, no queriendo tampoco insistir en ello, por no ser de la familia, me lavé las manos...

--¿Se lavó usted las manos?--dijo la tiíta reparando en las extremidades del astrónomo.--Pues no se conoce. Las tiene usted que parecen manos de gañán. ¡Jesús! ¿no le da vergüenza de enseñar esas uñas?... ¡Ay! ¡qué horror! Se me revuelve el estómago. ¿Y se atreverá usted á dar esa mano á una señora?... Quiten para allá. Todos son unos bigardos... ¡Qué chicos los de hoy! No se les puede mirar, ni sentir, ni tocar... ¡Qué manazas, qué greñas sin peinar, qué barbas de chivo! Quiten para allá...

Á cada frase aplicaba á su nariz el pañuelo de vinagre... El de las lágrimas se lo había metido en el bolsillo.

--¿Por qué no se sienta usted, señora?

--Estoy bien...--replicó recogiéndose el vestido para no rozarse con ningún mueble ni objeto de los que en la pieza había.--No me siento, no. Sabe Dios lo que habrá en esas sillas... Habrá aquí poblaciones...

--Si la señora quiere pasar á mi casa--manifestó don José Ido con urbanidad,--allí encontrará un asiento más cómodo. Tenemos una butaca...

--Buena estará también... ¡Ay, qué palacios éstos!... Hay salones que parecen cocinas inmundas... Prefiero mi choza... ¿Es usted el médico que asiste á mi sobrino?

--No, señora--replicó Ido del Sagrario con un registro de voz que parecía el aleteo de una mosca.--Soy profesor de Instrucción primaria, con título y...

--Porque si fuera usted el médico, le diría que puede estar tranquilo. Alejandrito no se morirá: yo lo sé, yo lo he visto... Alejandrito no tiene más que un fuerte mal de amores: así lo dicen las _acepciones de amor_, _desvío_, _mudanza_, _mujer morena_... Con que no se aflijan, señores: lo digo yo, que he nacido en Jueves Santo.

Mirábanse Poleró y Arias aguantando la risa, y á pesar del dolor que les embargaba, casi no podían contenerla.

--Pero siéntese usted, señora...

--Que no me siento... Y si pudiera no tocar el suelo con mis pies... Es muy tarde: Teresa y yo no tenemos costumbre de andar de noche por esas calles. Nos retiramos.

--Uno de nosotros la acompañará á usted.

--¡Oh!... no... gracias. No se molesten... Cuiden bien al pobrecito enfermo, y denme aviso mañana de su mejoría... Aseo, aseo, agua y jabón es lo que hace aquí falta.

En aquel mismo momento, cuando ya la Godoy estaba casi en la puerta de la cocina para marcharse, oyóse en el pasillo rumor de agitado coloquio. Dos mujeres disputaban en voz baja: la una era Cirila, la otra su hermana. La primera, que había salido con una luz para buscar algo en uno de los cuartos obscuros, decía: «No entres: está muy mal. Estos señores no permiten... Más vale que te vayas.» Federico Ruiz, desde que oyera estos cuchicheos, vió llegada la coyuntura más bonita para el acto de ejemplaridad que anhelaba realizar. Por fin, gracias á él, los buenos principios iban á tener cumplida satisfacción en aquella casa; por fin, la malicia y la impureza sufrirían rudo escarmiento en la más solemne de las ocasiones. Salió prontamente, y encarándose con la Tal, echóle de buenas á primeras esta indirecta: