El Doctor Centeno (novela completa)
Part 25
Según cuenta el bueno de Aristóteles, cuando se asomaba á la ventana, quemábale el rostro el inflamado aire. El polvo de un cercano derribo traía sobre la asfixia la ceguera, y ofendía los ojos aquella bóveda azul sin el regalo de nubes, la cual con la vivísima luz resultaba de un celeste clarucho y caliginoso. También parecía calor el silencio mismo de aquellas techumbres, apenas turbado por los lejanos ruidos que de los patios subían. La renovación de las capas atmosféricas sobre las caldeadas tejas, las unas viejas y negruzcas, las otras pardas y terrosas, producía ese temblor del aire que tanto molesta. Pocas chimeneas, de las infinitas que se veían, echaban humo. Rarísimos pájaros pasaban, cual merodeadores vagabundos, en dirección del Retiro. Gatos no parecían por ninguna parte, y sólo en tal cual rincón de sombra se distinguía uno que otro, pensativo y amodorrado. Los ventanuchos por donde respiran las altas viviendas de los pobres, estaban cerrados. Esteras que hacían de cortinas y lonas sucias, defendían de los rayos del sol los humildes hogares. Alguna planta medio marchita se defendía en su tiesto, atado á los hierros de un buhardillón, y abajo, en el jardín hondo, los cuatro árboles que lo componían, como que se agachaban para estar más hondos todavía. La fuente dormía la siesta, y apenas exteriorizaba un ligero chorrillo, más bien roncando que corriendo. Desde su observatorio, veía Felipe movibles ráfagas rojas en el verdoso pilón de la fuente. Eran los pececillos, ciertamente dignos de envidia, porque no necesitaban ir á baños.
--Quítate de esa ventana, Aristóteles--le decía su amo.--Me sofoco de verte.
--Es que estoy viendo el calor y mirando cómo tiembla el aire. ¡Vaya un día!... Señor, es preciso que busquemos otra casa.
--¿Ya para qué? En cuanto me ponga bien, que será dentro de unos días, nos iremos á la Mancha. Es preciso, Flip, ver cómo se desempeña toda la ropa de verano. Encárgate tú de esto. Allá para el 10 ó el 15 de este mes (Junio) tomo el tren para Quero, á donde irá mi padre á esperarnos con el coche. Nada, nada: te llevo... Quisiera antes despabilar las primeras escenas de ese nuevo drama. El _Condenado por confiado_. ¡Vaya una obra! Es mejor, mucho mejor que _El Grande Osuna_. No te digo más.
Inquieto, exaltado, abandonaba la actitud indolente que tenía en el sillón (pues ya no pasaba el día en el lecho por la gran molestia del calor y el decúbito), y gesticulaba, hostigado de ardiente comezón declamatoria. Felipe se afligía de verle así, porque los períodos de excitación, de optimismo y de proyectos, eran seguidos generalmente del desmayo y de los violentísimos ataques de tos que le ponían á morir. Su demacración era ya espantosa; su cuello un haz de cuerdas revestidas de verdosa cera; los huesos salían con deforme y repulsivo aspecto; sus mejillas, cubiertas de granulaciones, se teñían á veces del vinoso color de las rosas marchitas. ¡Pero qué luz echaba de sus ojos en momentos de fiebre y locuacidad! Aquel destello era la cifra de sus proyectos locos, y de su parentesco con doña Isabel de Godoy. Miquis echaba de sus pupilas el mismo fulgor de plata y verde que tan extraños efectos hacía en el mirar de aquella insigne señora, dada á la cartomancia.
De buena gana le mandaría Felipe que se callara, porque sabía el daño que le causaba tanta charla; ¿pero por qué privarle de aquel gusto, si el silencio no le había de dar la vida? Centeno le oía con gusto, y aun le daba cuerda para que desahogase su alma, llena de tantísima idea y atestada de riquezas morales.
--Porque en ese drama--decía el enfermo acentuando con brioso gesto la palabra,--voy á presentar una idea nueva, una idea que no se ha llevado nunca al teatro: la idea religiosa... Mira, Aristóteles, si supiera que no había de poder escribir esa obra, créelo, del disgusto me moriría...
--Este verano--dijo Centeno,--cuando vayamos á la Mancha, yo me dedicaré á la caza y usted á escribir su obra. Me parece que ya estoy... ¡pim!... matando conejos, y usted, ¡pim!... echando escenas y más escenas...
--Poco á poco... yo también necesito de saludable ejercicio... Podemos cazar todo lo que queramos durante el día, y andar por el campo. Siempre me queda libre la noche. Yo lo mismo trabajo de noche que de día: me es igual. De aquí llevaré compuestas algunas escenas, las de la exposición... Mañana, lo primero que has de hacer es traerme papel, que no tengo, y tinta, pues la que hay aquí es como agua. No te olvides.
--No me olvidaré... La semana que entra puede ponerse á trabajar. Ganitas tengo ya de ver ese drama... ¡Pero quiá! No será mejor que el _Osuna_. ¡Otro como ese!...
Siguió el manchego perorando hasta muy tarde. Acometióle por fin la tos y luego la congoja con tanta fuerza, que hubieron de administrarle calmantes muy enérgicos para hacerle descansar. Pero con tanto padecer no se abatía su ánimo; antes bien, salía de aquella crisis más vanaglorioso y atrevido. Generalmente hablaba más, echando á volar por las alturas su imaginación, cuando estaba solo con Felipe.
--Aristóteles.
--¿Qué?
--Dí algo, hombre. ¿Qué haces?
--Buscando estas condenadas papeletas de empeños, que no sé qué vuelta han llevado. Verdad que como no tenemos dinero para sacar tanta cosa...
--¡Dinero...! ya vendrá, hombre. No hay que apurarse. Mamá me mandará otra letra. La espero todos los días... El dinero viene siempre; á veces tarde: es un viajante que no se queda nunca á mitad del camino. Cuando no se le espera, es mucho más grata su aparición. Ahora estamos pobres; pero tenemos lo preciso... Afanarse por dinero es tontería, y guardarlo, tontería mayor. Yo creo que el dinero se ha hecho para esperarlo. La posesión, cópula breve del esperarlo y el ofrecerlo, es un momento de placer fugaz, que vale mucho menos que las delicias prolongadas de la esperanza y la generosidad... ¡Dinero!... Cuando lo tengo, me considero administrador de los que lo necesitan. El placer de los placeres es dar, y varío pedestremente los versos de Quevedo, diciendo:
Sólo á un dar yo me acomodo, Que es el dar de darlo todo.
FELIPE.--Pues en eso de dar, creo que hay sus más y sus menos, porque es cosa mala no tener qué comer, mientras otros se hartan con nuestro dinero.
ALEJANDRO.--(_Con iluminismo._) Yo miro al tiempo y á la inmortalidad, como dijo el otro. Esos comineros que están siempre haciendo cuentas y contando los pasos que dan, no gozan de la vida. Son inquilinos del mundo y no dueños de él. Un solo bien positivo hay en la tierra: el amor... ¿En dónde está? Hay que buscarlo. Decir buscarlo es lo mismo que proclamar su existencia. Es parte principal del destino humano, si no es el destino todo entero... Te encuentras en mitad de la vida. Por un lado, te ves rodeado de conveniencias y trabas sociales; por otro, te ves solicitado del amor. ¿Qué haces? Yo lo dejo todo y me voy tras el ideal. Es verdad que no lo encuentro nunca completo y tal como lo he soñado; pero voy en pos de él sin cansarme nunca, para entretener, con el dulce afán de poseerlo, la tristeza que resulta de no gozarlo jamás por entero y con dominio de su total belleza. ¿Oíste lo que hablábamos anoche Arias y yo?
ARISTÓTELES.--(Con malicia.) Sí, señor. El señorito Arias le decía que usted se ha hecho mucho daño con eso de querer tan fuerte á las señoras... Todos dicen lo mismo. Á usted le da muy fuerte, y no repara...
ALEJANDRO.--Tonterías, hijo, tonterías. Si he de confesarte la verdad, tiene el alma necesidades tan imperiosas como las tiene el cuerpo. Negarle la satisfacción de ellas, es algo semejante al suicidio; es como el no comer. Y que no me venga Arias con músicas, tratando de persuadirme de que no debo querer á persona indigna de mí por éstos ó los otros defectos. (_Con creciente exaltación._) No: los defectos no existen en la Naturaleza; son hechura convencional de las costumbres, y errores de estos instrumentos de óptica que llamamos ojos. El que ve las cosas como aparecen, tiene más de cristal azogado que de hombre, y es el propagandista natural de todo lo ruín, pedestre y brutal que hay en las sombras de la vida... Yo me enamoro de lo que yo veo, no de lo que ven los demás; yo purifico con mi entendimiento lo que aparece tachado de impureza. Cada cual arroja las proyecciones de su espíritu sobre el mundo exterior. (_Disparatando.) _Hay quien empequeñece lo que mira, yo lo agrando; hay quien ensucia lo que toca, yo lo limpio. Otros buscan siempre la imperfección, yo lo perfecto y lo acabado; para otros todo es malo, para mí todo es bueno, y mis esfuerzos tienden á pulir, engalanar y purificar lo que se aleja un tanto del excelso y bien concertado organismo de las ideas. Yo voy siempre tras de lo absoluto. Los seres, las acciones, las formas todas, las cojo y á la fuerza las llevo hacia aquella meta gloriosa donde está la idea, y las acomodo al canon de la idea misma... Acostúmbrate á hacer esto, y serás feliz. Si no, serás siempre un vulgarote, un practicón, un espejo con sentidos, un hombre pasivo, y te llevará de aquí para allí el impulso de las ideas y de las pasiones de los demás... ¡Oh, Dios!... ¡qué tos!... ¡me ahogo!
Á su locuacidad, que era como un síntoma morboso, sucedieron las manifestaciones propias de su grave mal. Pasó la noche en malísimo estado, y Felipe creyó que se moría. Á la mañana siguiente, Alejandro no hacía más que preguntar:
--¿No ha venido?
Ya sabía Centeno por quién preguntaba, aunque á nadie nombrara, y por consolarle le decía:
--De esta tarde no pasa. Verá usted cómo viene.
El perseguidor de lo ideal estaba tristísimo con aquel desvío, pues cuatro días pasaron sin que la Tal dejase ver su lindo rostro. Aventuróse Felipe á preguntar á Cirila, la cual, con mucho misterio, le manifestó su parecer de este modo:
--No me la nombres, _Arestótilis_... Ahora no vendrá en muchos días. Está en grande... Aquí donde me ves, ni yo misma sé dónde para. ¿Está con el Duque ó con ese condenado?... No lo sé, hijo... Averígualo tú si puedes.
--¿Yo?... que carguen los demonios con ella.
Aquella misma noche, al volver de la calle, dijo el filósofo griego á la sin par Cirila:
--La he visto, _señá_ Cirila. ¡Iba más guapa...! ¡Qué mujer! Le digo á usted que me quedé como un poste. Llevaba un traje todo de seda muy hueco, y un sombrero con largas plumas. La gente se paraba á mirarla. ¿Lo creerá usted?
--¿Pues no lo he de creer?... ¡Anda, anda, si cuando se pone de gala, hay que alquilar balcones!... Y no creas... es de buena pasta; sólo que tiene la cabeza del revés. ¡Si vieras cómo llora cuando habla de tu amo y de lo que tu amo ha hecho por ella! Parte el corazón. Si pudiera ser formal, lo sería, ¿pues qué duda tiene? Sólo que uno la quiere llevar por aquí, otro por allá, y ella no sabe qué hacer... Cuantos la ven, hijo, se enamoran de ella...
--Es una diosa,--murmuró con éxtasis Felipe, acordándose de un verso de _El Grande Osuna_.
VII
FIN DEL FIN
I
Algunos de los amigos de Miquis se habían examinado hacia el 10 de Junio, y le acompañaban y asistían algunos ratos. Otros iban poco por allí. Cuando supo que los días de Alejandro estaban contados, acudió Ruiz quejándose de que no se le hubiera avisado antes, y haciendo oficiosos extremos de pena. Entre él y Poleró, después de oído el lúgubre dictamen de Moreno Rubio, acordaron escribir á la familia y avisar al único pariente que en Madrid tenía el manchego, la tiíta Isabel. Desempeñaron esta comisión Arias y Poleró, yendo á la casa de la calle del Almendro, llenos de curiosidad, porque habían oído contar á Miquis las rarezas de su tía. Ésta les recibió con urbanidad; pero súbitamente cambió de tono y de modales, y rompiendo en denuestos contra la juventud del día, les llamó gandules y les dijo que se pusieran en la calle. Acentuando ellos su cortesía, hablaron del triste asunto que les llevara allí; pero la señora les interrumpió de este modo:
--No es Miquis, es Herrera; no es sobrino, es segunda vez nieto mío. ¿Y á ustedes quién les mete en esto? ¿Vienen de parte de algún Micifuf á extraviar mi buena razón, y á trastornarme el clarísimo juicio de que, á Dios gracias, gozo?
Poco le faltó á Poleró para soltar la carcajada; pero él y Arias se contuvieron.
--Bien, bien--manifestó la señora, señalándoles la puerta.--Yo me enteraré de la verdad. Sin salir de mi casa, puedo yo saber el estado de aquel ángel... porque yo lo sé todo; yo nací en Jueves Santo. Y si quieren una prueba de ello, diréles lo que ha hecho Alejandro en el tiempo en que no le he visto con estos ojos.
Los dos amigos, que ya salían, retrocedieron.
--Á mí nada se me oculta; para mí nada hay secreto, ni aun lo que se esconde en las entrañas de la tierra. Ustedes, que son compañeros de Alejandro y le han ayudado á gastar mi dinero, verán si me equivoco... ¡Ah! el muy pícaro no ha cumplido su palabra; no supo ó no quiso emplear aquel dinero en instruirse y afinarse; gastólo en francachelas con damas y galanes de la embajada de Austria... Se entregó á los desvaríos y excesos de la pasión amorosa... Una princesa garrida le arrastró á las mayores locuras, llevándole á vivir consigo y gastándole bonitamente los millones que le dí. Hoy, él y la bella princesa viven en arruinado palacio, pasando mil molestias y privaciones... ¿Es ó no cierto? Desmiéntanme si se atreven.
Los ojos de la tiíta despedían fulgores de fósforo. Arias la miraba con lástima y cierto terror supersticioso. Ambos se esmeraron en ser corteses, manifestándose pasmados de la adivinación de la señora y de lo bien que sabía todo cuanto en el mundo pasaba. Era, por lo mismo, conveniente que la dama zahorí visitase á su sobrino, que estaba en peligro de muerte, y ellos se brindaron á llevarla en coche al arruinado palacio. Á lo que contestó doña Isabel que ella sabía ir sola, y que no necesitaba de tal compañía... Después, mirando al suelo, se lamentó de la suciedad que ambos jóvenes habían traído en sus botas.
--¡Buena, buena me han puesto la estera con el barro de las calles!... Váyanse de una vez, que vamos á empezar la limpieza... ¡Á la calle, á la calle!...
Lo que ellos rieron en todo el camino desde aquel barrio á la calle de Cervantes, no es para contado. Nunca habían visto tipo que al de doña Isabel se asemejara. Debía ser puesta dentro de un fanal en cualquier Museo para que todo el mundo fuera á verla y admirarla. Dijéronle á Miquis:
--Chico, si quieres hacer negocio, no tienes más que enseñar á tu tía á tanto la entrada.
Él se reía, no sin esfuerzo, porque ya la risa, como esos servidores que toman siempre la delantera, se había anticipado á su señor, la vida. Los preparativos del viaje de ésta seguían con actividad. Sensaciones había ya inactivas, y partes desalojadas. Por momentos creeríase que el señor, con todo su séquito de funciones, se echaba fuera desordenada y furiosamente. Por las ventanas de los ojos, las fuerzas vitales parecían medir el salto que habían de dar para emprender la fuga. En algunos aposentos, como el cerebro, tumulto y bulla; en otros, marasmo, silencio... El pulso á veces se dormía, á veces saltaba alborotado tropezando en sí mismo. La sangre, ardiente y espesa, corría por sus angostos cauces buscando salida, deseosa de inundar regiones que por el fuero fisiológico le están vedadas. Su ardor, aumentado por la carrera, difundía el espanto aquí y acullá. Era mal recibida en todas partes, porque no traía nada nutritivo, sino descomposición. Los órganos, desmayados, no querían funcionar más. Unos decían: «¡que me rompo!» Otros: «¡bastante hemos trabajado!» Pero la anarquía, el desbarajuste principal estaban en la parte de los nervios, que ya no reconocían ley, ni se dejaban gobernar de ningún centro, ni hacían caso de nada. Cual desmoralizado ejército, que al saber el abandono de la plaza se niega á combatir y á la crápula y al desorden se entrega, aquellos condenados discurrían ebrios, haciendo como un carnaval de sensaciones. Ya fingían el dolor de cabeza, ya remedaban el traqueteo epiléptico, ya jugaban al histerismo, á la litiasis, á la difteria, á la artritis. Para que su escarnio fuera mayor, hacían hipocresías de salud, difundiendo por toda la casa un bienestar engañoso. Todo era allí jácara, diversión, horrible huelga. Si entraba algún alimento, lo recibían á golpes, con alboroto de dolores y escándalo de náuseas. Siempre que la sangre traía alguna substancia medicamentosa, si era tónica, la arrojaban con desprecio; si era calmante, la cogían y hacían burla y chacota de ella. Todos se confabulaban contra el sueño, que quería entrar. Apenas éste se presentaba, tales empujones recibía, y tales picotazos y pellizcos le daban, que el pobre salía más que de prisa... En el cerebro, las funciones más notables, desoyendo aquel tumulto soez de la sangre y los nervios, se despedían del aposento en una larga y solemne sesión. Quién hacía discursos, quién explanaba proyectos luminosos y vastos. La forma artística se ataviaba de galas vistosísimas; la crítica pedanteaba, y hablando todas de un glorioso más allá, parecían, no en vías de concluir, sino de empezar. La comunicación de esta importante bóveda, llena de armonías y de celestiales ecos, con la oficina laríngea era perfecta, porque el señor había querido que hasta el último instante estuviese expedita, y corrientes los nunca gastados hilos de la palabra...
--Hola, chico.. ¿qué tal? Venga un abrazo.
--Ruiz... ¡cuánto me alegro de verte!
--¿Y qué tal estás hoy?
--Pues así, así. No me encuentro muy mal. La noche fué horrible. Pero hoy parece que esta gran irritación va cesando. Si sigo así, la semana que viene podré marcharme.
--Pero hace aquí un calor horroroso. Esto es un horno. No sé cómo no te ahogas.
El astrónomo, hombre indolentísimo, de temperamento desmedrado, ensayó diversas posturas para sentarse. Era problema más difícil de lo que parecía. Al fin se acomodó en una silla echada hacia atrás, el brazo derecho montado en el respaldo de otra, la pierna izquierda sobre la mesa, formando una tan recortada y angulosa caricatura, que bien se le podría retratar si estuviera quieto y no variase á cada instante, buscando una comodidad que no lograba nunca.
Poco después se puso en mangas de camisa. Se le conocía que acababa de cortarse el pelo, porque tenía el pescuezo y las orejas llenas de trocitos de cabello, y en la cabeza un olor de peluquería barata que daba el quién vive.
--No hemos tenido tiempo de hablar de tu comedia--le dijo Alejandro.--El otro día no hiciste más que entrar y salir... Es magnífica. Me la leí de un tirón. ¡Qué escenas tan bonitas! Tienes gran talento para ese género, y debes emprender otra obra para el año que viene.
Con este lisonjero juicio, flor natural de la frondosísima indulgencia de Alejandro, demostraba éste, más que un criterio recto, el apasionado entusiasmo que sentía por los méritos de sus amigos. Incapaz de envidia, su boca se deleitaba en las alabanzas. En todo lo que hacían sus amigos veía grandes bellezas, y á Ruiz le diputaba por uno de los mayores talentos. La comedia era sosa, y á él le pareció salada; era roma, y le pareció aguda. Pertenecía al género moral papaveráceo, y sus efectos serían admirables si al teatro fuéramos á dormir. Era un alegato en favor del matrimonio, y Ruiz hacía ver allí lo desgraciados que son los solteros, y las felicidades sin fin que cosechan en la vida los que se casan. Para esto, los personajes, cuidándose bien de no hacer nada, hablaban, quién en favor del matrimonio, quién en contra. Al final quedaba la virtud triunfante y el vicio rudamente castigado. El éxito fué regular, y los amigos llamaron al autor al final de cada acto. Los periódicos dijeron que aquel Ruiz astrónomo, era un genio, un tal y un cual... Pero á los ocho días la obra desapareció de los carteles, y cayó en la sima del olvido.
Ruiz no se forjaba ilusiones vanas. El Teatro ofrecía poco estímulo. ¿Qué le habían dado por derechos de representación? Una miseria. Si él hubiera nacido en otro país, se dedicaría seguramente al Teatro; ¡pero aquí...! En Francia habría ganado diez ó doce mil duros con una sola obra. En España todo es miseria. Y de que su obra gustó al público, ninguna duda podía tener. ¡Lástima grande que se hubiera representado al fin de temporada! Toda la prensa había puesto en el mismo cuerno de la luna la excelente versificación, y copiado algunas redondillas de las más resonantes. Pero lo que el autor estimaba más en su obra; era el pensamiento. ¡Ah! ¡qué cosa tan moral y edificante!...
Á pesar de su éxito, Ruiz no escribiría más para el Teatro. Este empezaba á fastidiarle, como le habían fastidiado antes la Astronomía y la Música... Y siendo su pensamiento refractario á la holganza, de las cenizas de su amor al Teatro nació, polluelo de ave Fénix, un amor nuevo, una vehemente afición á otro linaje de estudios: á la Filosofía... Burla burlando, ya tenía escrito un estudio sobre Hegel, y había empezado á estudiar varios sistemas desconocidos en España, á saber: los de Spencer, Hartmann. Aquí no salían del _Krausismo_, que en pocas partes tiene adeptos, como no sea en Bélgica. Se comprende que él estudiaba todo esto para combatirlo, porque le daba el naipe por Santo Tomás. Aquí no hay filósofos. Él acometía con tanto afán la empresa de probarlo, que en el curso próximo había de hablar en el Ateneo. No: ninguna ocupación de la mente era más bonita que aquélla. Recomendaba á su amigo Miquis que tan pronto como entrara en la convalecencia, se diese un buen atracón de filósofos y se dejara de dramas... Tanto, tanto habló sobre esto, acompañando su perorata de extravagantes cambios de postura, que al fin Cienfuegos creyó prudente poner un dique al raudal de la filosófica oratoria, y le dijo:
--Vete callando ya. Mira que éste se marea. No te lo dice porque éste es así. Antes se dejará desollar que ofender á un amigo... Con tu filosofía y el calor que hace aquí, este cuarto parece, no el Infierno, sino el manicomio del Infierno, el lugar donde ponen á los condenados que se vuelven locos.
II
Vino la noche. El enfermo la veía con espanto llegar, y sentía el avanzar frío de las primeras obscuridades, como angustiosa niebla cayendo sobre su alma. Traía por compañero el horrible insomnio, con sus ojos como ascuas, su aliento embargante, fantasma siniestro que no escondía en toda la noche su amarilla faz... ¡Si fuera posible ahogarlo entre las almohadas! Pero cuando el fatigado sentido parecía aletargarse un tanto; cuando una modorra de tres minutos atenuaba el sufrimiento, el fantasma pinchaba por ésta ó la otra parte, y decía: «mírame.»
Poleró y Ruiz se quedaron aquella noche velando á Miquis; no así Cienfuegos, que tenía que acompañar á un tío suyo, recién venido del pueblo. Estaba comprometidísimo por falta de dinero, y se veía en las de Caín para obsequiar al egregio pariente. Aquella tarde se rieron todos oyéndole contar los apuros que pasó en el café, y las mentiras que había endilgado al buen señor para hacerle ver los grandes peligros que resultan de ir á un teatro. Pudo convencerle de que lo más higiénico y elegante es pasear por el Prado hasta media noche, regalándose con un buen vaso de agua de Cibeles. En un puesto de agua habían encontrado á don Florencio Morales, y Cienfuegos se apresuró á presentarle á su tío, que simpatizó mucho con él, por ser ambos progresistas templados, hidrófagos y españoles rancios.
Moreno Rubio, al retirarse ya de noche, hizo muy malos augurios. No prescribía más que calmantes, en dosis heróicas, para hacer descansar al enfermo. Encargó á Poleró la regularidad y puntualidad de las tomas, manifestándole que si, como amigo del enfermo, quería proponer á éste que cumpliera con su conciencia y con la Religión, lo hiciese cuanto antes, porque pronto sería tarde. Cuando se fué Moreno, Poleró consultó con Ruiz el delicado punto, y no pudieron ponerse de acuerdo, porque mientras Poleró se negaba resueltamente á hablar al enfermo de semejante cosa, el otro, exponiéndole razones de fe y decoro, decía: