El Doctor Centeno (novela completa)

Part 22

Chapter 224,088 wordsPublic domain

Y seguía llorando, llorando. Cada ojo era un río inagotable. Don Pedro, mejor dicho, el caimán de la escuela, le miraba sonriendo con cierta ferocidad escudriñadora, detrás de la cual quién sabe si se escondía la compasión.

Limpiándose las lágrimas con ambas manos, á puñados, Felipe suspiró estas palabras: «adiós, señor don Pedro,» y dió media vuelta y salió del cuarto, encaminándose á buen paso hacia la puerta de la escalera. Por el recibimiento iba, cuando la voz del maestro, iracunda, gritó:

--¡Doctorcillo!

Éste retrocedió.

--Demuéstrame tu necesidad--le indicó entre ceñudo y compasivo;--hazme ver que no pides para vicios y para entretener tu vagancia, y entonces te daré...

Felipe no respondía nada. Ya no lloraba.

--Pruébame...

¿Y cómo lo había de probar el desventurado? Pensó decir á Polo que se diera una vuelta por la malhadada casa de la calle de Cervantes, para que se convenciera, por el testimonio de sus ojos, de la verdad del lastimoso cuadro; pero esto le pareció ineficaz. Don Pedro no había de ir allá.

--Á ver, habla...

--Adiós, señor don Pedro,--volvió á decir el Doctor, dando otra vez la media vuelta para retirarse.

--Haz lo que quieras... Bueno, hombre, abur. ¿Y á dónde vas con tu cantinela?

Felipe se detuvo y le miró bien.

--Voy á ver si me quiere socorrer--dijo--una persona que ya otra vez me socorrió.

--¿Quién?

--La señorita doña Amparo.

Don Pedro, súbitamente, se volvió para la pared. Así no pudo ver Felipe su palidez, que era como la del bronce que quiere ser plata.

Haciendo que miraba un mapa. Polo exhaló estas palabras:

--¿Cómo fué eso?... ¿cuándo?

--El día que me marché de aquí, la señorita doña Amparo, que tiene tan buen corazón, me dió seis pesetas que se había sacado á la lotería.

Don Pedro empezó á revolver papeles sobre la mesa, quitando cosas de su sitio para llevarlas á otro. Se hacía el distraído, refunfuñando:

--¿Es eso verdad?... ¡Qué cosas te pasan, hombre! ¿Con qué seis pesetas...?

No miraba á Felipe, ni éste podía advertir en el rostro de su maestro señales de interior borrasca. El caimán se metió la mano en el bolsillo. Sonó dinero. Era como el roce y frotamiento de metálicas escamas. Felipe fué todo ojos. Una de las manos de don Pedro contaba sobre la otra, pasando y repasando monedas.

--Toma siete,--le dijo la domada fiera, poniendo un montoncillo sobre la mesa.

--Dios se lo pague, don Pedro, y le dé mucha salud á usted y á toda su familia.

II

La satisfacción, la ufanía que llenaban el alma del buen Doctor al salir de la casa de don Pedro, no son para descritas. Se asombraba de que un hombre tan atroz, que había tenido la crueldad de dejar sin pan al infeliz Ido, se ablandase hasta el punto de darle á él un auxilio mayor de lo supuesto. No alcanzando la rudimentaria agudeza de Felipe á penetrar el motivo del brusco enternecimiento del monstruo, forjaba en su mente una pueril explicación del caso. «Es que el señor don Pedro, decía, tiene dentro una lucecita que se enciende en cuanto le tocan un botón, como el de las campanillas eléctricas que se usan ahora. El que acierta con el botón y enciende la luz, hace de él lo que quiere. El que no, se _amuela_.»

Tan grande éxito le envalentonó, despertando su codicia: Preciso era trabajar más aquel día, para obtener una colecta considerable con que sorprender á Alejandro y alegrar su espíritu. ¿Á quién más acudiría?... ¡Ah! ¡Don Federico Ruiz debía de estar rico!... ¡á él! De paso, ¿por qué no tocar los registros á don Florencio Morales por si quería dar alguna cosa? ¡Al Observatorio como un rayo!... Recordó, no obstante, que su amo había dicho alguna vez á propósito de la liberalidad del astrónomo: «Antes dará aceite un ladrillo.» Pero no importaba... ¡adelante! Podría ser que también Ruiz tuviera botón, y que él, sin saber cómo, por inspiración del Cielo, lo tocara. En cuanto á don Florencio, bien presentes tenía los ofrecimientos que le hizo una tarde que le encontró en el Prado, tomándose con gran deleite un vaso de clarísima agua de Cibeles. ¡Á ellos! ¿Quién dijo miedo?

¡Qué contrariedad! Don Federico no estaba en la casa. Había ido á los ensayos de su comedia, que á la noche siguiente se estrenaría. El que sí estaba era el gran Morales; mas no fueron sus primeras palabras muy lisonjeras.

--Sí, te veo... te veo venir... Me traes la monserga de la otra tarde. Sí: que tu amo está malo, que ni tú ni él tenéis que comer. Yo he visto mucho mundo, amiguito. Si fuéramos á dar á todo el que tiene necesidad, andaríamos desnudos y abriríamos la boca al viento.

Felipe, desconcertado, se esforzó en la réplica, diciendo con quejumbroso y dolorido estilo que si no se fiaba de él, fuera pronto á la calle de Cervantes para ver con sus ojos la verdad de tan terribles apuros; á lo que don Florencio contestó lleno de entereza:

--Sí, justo: no tengo yo más que hacer que subir escaleras... Y entre paréntesis, lo que á tu amo le pasa le está bien merecido, porque es un libertino, un mala cabeza. Lo sé por Ruiz, que está al tanto de todo... No me vengas con cuentos. Yo no soy de piedra. Si tienes hambre, vente á la hora de comer, y no faltará con qué la mates. Pero lo que es metálico, no lo esperes. Está la patria oprimida, hijo, y hay mucho pobre y mucha boca que tapar. Pasa, entra, siéntate un rato, y veremos si Saturna tiene algo que darte. Creo que se le han echado á perder unos hojaldres... ¡Saturna! ¡Saturna!

Empezó á dar gritos, y luego, encarándose otra vez con Felipe que había ya perdido toda esperanza de recoger algo sonante, le dijo:

--Tienes suerte, chiquillo. Parece que lo hueles. Y entre paréntesis, ¿quieres que te diga en qué consiste el mal de tu amo, y por qué está tan miserable?

Centeno era todo oídos y no quitaba sus ojos de don Florencio, mientras éste, que acababa de subir la rampa, se limpiaba el sudor de la frente y cráneo, natural desahogo y salida de tan gran hervidero de ideas.

--Pues te diré, para que tú también vayas aprendiendo. Tu amo es un loco, es uno de estos jovenzuelos que se han emponzoñado con las ideas extranjeras. ¿Qué nos traen las ideas extranjeras? El ateísmo, la demagogia y todos los males que padecen los países que no quieren ó no saben hermanar la libertad con la religión. ¿Qué dicen por allá? Pues dicen: «Fuera Papa, fuera catolicismo y venga república; hacer cada uno lo que le dé la gana.» ¿Es esto prudente? No, señor; y lo que es en Francia, hijo, lo que es en Francia, te digo que Napoleón _Tres_ les sentará las costuras. ¿Tengo ó no tengo razón?

Compenetrado Felipe de tan sabias ideas, mostraba su asentimiento con grandes cabezadas afirmativas.

--Pues esas ideas, ese ateísmo, ese desbarajuste es lo que nos quieren meter aquí--prosiguió el insigne conserje, haciendo el orador y paseándose en un espacio como de tres varas.--Hay unos cuantos... todos muchachos, chiquillos, estudiantejos que leen libros franchutes y no saben palotada de nada... hay unas cuantas cabezas ligeras, y tu amo es de ellos... que nos quieren traer aquí todas esas andróminas forasteras. ¿Sabes lo que están diciendo?

Espanto de Felipe, que no sabía nada, pero sospechaba que era cosa gorda y coruscante.

--Pues ahora se salen mis amigos con eso de _todo ó nada_. En resumidas cuentas, que quieren nada menos que destronar á Su Majestad la Reina. Ya les he dicho que no les sigo por ese camino, y me he borrado de la Tertulia... Porque Dios sabe lo que va á venir aquí. Tú, figúrate... Se van á desbordar las masas...

Felipe creyó por un momento que aquellas masas eran los hojaldres que le habían prometido, y tembló por ellos.

--Á tí, vamos á ver, ¿no se te ponen los pelos de punta al pensar...?

--Sí señor, sí señor que se me ponen.

--Ese empeño de que todo ha de ser extranjero... Yo soy español por los cuatro costados. ¡Señor, si aquí nos entendemos muy bien, si aquí sabemos hacer las cosas...! Póngannos la Milicia, la Constitución del 12, y basta. El clero en su puesto, la Milicia para defender el orden, el Ejército para caso de guerra, Cortes todo el año, buenos seminarios, mucha discusión, mucha libertad, mucha religión y venga paz. ¡Si esto es claro y sencillo...! Pues no ha de ser así, sino ateísmo, demagogia y filosofía alemana... Yo les veo venir, y me callo... Ya veremos la que se arma. Aquí me estoy achantadito, esperando á ver por dónde salen. Una tarde discutimos aquí tu amo y yo... Se quedó turulato... Sí, pregúntale. Callado le dejé, y pegado á la pared. Él, defendiendo lo extranjero, me sacó poetas y descubrimientos... qué sé yo... ¡La ciencia y la industria! Á mí no me vengan con solfas. Yo he viajado, yo sé lo que hay... Concedo, sí señor, concedo que la Inglaterra nos aventaje en ciertas cosillas; pero en otras estamos por encima de todos. Fíjate tú en los productos de nuestro suelo, y dime si hay algo que les iguale. Aquí tenemos para todo lo que nos hace falta, y nos sobra para mantener á tanto hambriento de extranjis... Castilla es el granero del Orbe terráqueo. Nuestros vinos van por todo el mapa. Pues el día que queramos poner en un apuro á los inglesotes, no hay más que decirles: «caballeros, ya no hay más Jerez.» Y en cada localidad tenemos un producto excelente, sin rival en el mundo. Y si no, dime dónde hay otra Málaga para pasas, otra Astorga para mantecadas, otra Jijona para turrón, otra Soria para mantequilla y otro Madrid para un buen vaso de agua. En industria, ahí están Cataluña con sus hilados, y Toledo con sus armas. En buques no te digo nada. Cada marino nuestro vale por ocho extranjeros, y con un cachucho cualquiera nos ponemos delante de la mejor escuadra. Nuestro ejército ya se sabe que es el primero del mundo. Yo querría ver correr á ingleses, franchutes y austriacos en una batalla en que se dijera: «¡Cazadores de Madrid, adelante!...» Y todo, hombre, todo. Si aquí no necesitamos de lo forastero para nada. En generales, ¿qué nación tiene un Espartero y un O’Donnell? En abogados... habías tú de ver un escrito puesto por don Manuel Cortina ó don Joaquín Francisco Pacheco... ¿Y aquella palabra de Olózaga en el Congreso? Atrás la Europa toda. Hasta en cómicos estamos por encima. Pues á donde llega la Matilde, ¿quién llegó? ¿Tú la has visto? Aquel modo de llorar es cosa que parte el corazón. Pues te digo que en papeles de gracia vale tanto como en los de ahogo y sentimiento... Poetas los tenemos por fanegas, mejores que todos los extranjeros; y si vamos á pintores, ya quisieran ellos... Nada, nada, no le des vueltas: aquí no necesitamos para nada esos países. Díselo así á tu amo, y que se vaya curando de sus manías, y se haga rancio español y católico á macha-martillo, y se deje de patrañas ateas y de locuras demagógicas... Saturna, los hojaldres... ¿No los ibas á tirar? Aquí está Felipe que los aprovechará.

Cuando don Florencio puso punto final en su recitado, que á Felipe le pareció discurso por lo elocuente, sermón por lo largo, el muchacho, admirando tan soberano talento y facundia, no comprendía la oportunidad de la lección que con tales alegatos daba el conserje á Miquis, ni el provecho que éste había de sacar de ella para remediar su desdicha. Hizo propósito de retener en su fiel memoria lo más que pudiese de aquel discurso, para repetírselo á su amo, cláusula por cláusula, seguro de que éste se había de reir. Tomando sus hojaldres, que envolvió cuidadosamente en un número de _Las Novedades_, despidióse del matrimonio y echó á correr hacia su casa.

III

Frente al Botánico detúvole una voz conocida, una voz amistosa, que durante algún tiempo no había regalado sus oídos. Era Juanito del Socorro, que le llamaba desde la verja del Botánico, en cuyo escalón estaba sentado con otro amigo.

--Hola... _Redator_...

--_Míale_... _el Iscuelero_.

Entablóse franco y alegre coloquio. Juanito y su amigo habían salido del taller, porque aquel día estaban allá de obra y no se trabajaba... El insigne Socorro era aprendiz de dorador. ¿Qué ganaba? Un sentido. El principal le quería mucho y le iba á poner en el _estofado_. «Vente á este oficio, hombre, y ganarás lo que quieras.» El tal Juanito entró en aquel arte por gusto de su madre, y de allí pasaría á Ingeniero. Iba por las noches á la escuela gratuita de dibujo, y pintaba hojas de _coluna_, narices y toda la pirámide de la Geometría. Le iban á poner en el _adorno_ y á pintar una _comotora_. Ya sabía las cuatro órdenes de la arquitectura, y á poco más, si le dejaban, hacía _otra como el Escorial_. La _corintia_ era de este modo, y la jónica de aquel otro... En su taller, era él capaz de dorar el gallo de la Pasión, y en aquellos días estaban _refrescando un altar_. Su principal doraba también con _galvana_, en un pilón con agua muy agria, que quema... Como que él tenía la blusa agujereada porque le cayeron gotas. Era el oficio más bonito que se podía ver. ¡Nada, que coges una cosa de palo ó de hierro, y en un momento la pones dorada...! En fin, hijí, si te descuidas se te doran los dedos, y hasta el resuello es oro. ¡Ganar! Lo que quieras. Todos los días encargos, y «que vaya á sacarle _lustre al Padre Eterno de la Iglesia_...» En medio día se despachaba él cuatro espejos. Primero hacía la pasta, luego iba pegando molduras... Ahora venga barniz, brocha de pelos de león y panes de oro... Un momento, un suspiro. Da gusto ver que todo se va poniendo como un sol... Con los panes que sobraban hacía maravillas en su casa, y hasta los vasares de la cocina y la espuerta de la basura los había dorado.

Felipe, rebajando gran parte de lo que oía, conceptuaba feliz á su amigo con aquel oficio regio. ¡Dorar! Poner en todas las cosas la risa del sol, vestir de luz los objetos, endiosar la ruín madera, fingiéndole la facha del más fino y valioso metal... ¡Dichoso el que en tal industria se ocupaba! Daría él cualquier cosa por poder disponer de los elementos de aquel arte, y dorar la cama, los libros y hasta las botas de su amo. Subió de punto su admiración cuando Juanito le enseñó sus uñas doradas.

--¿Qué es eso que llevas ahí?... Pastelitos.

--Me los han regalado. No sirven...

--_Mia_ éste... ¡que no sirven! Nos los comeremos.

--Es que... son para...

--Te los compraremos, hombre... Si creerás tú... Te vamos á convidar á café... Fúmate un cigarro.

Sacó Juanito una cajetilla y repartió. El otro amigo encendió tres cerillas.

--¿_Onde_ vamos? Á _Diana_, que dan mucho azúcar...--Café y copas, Felipe...

Ya era de noche, y Centeno no quería detenerse; pero la obsequiosa finura de aquellos dos caballeros le cautivaba, y también, dígase con franqueza, no dejaba de sentir en su ánimo cierto apetito de libertad, instintivo afán de hacer algo que rompiese la triste y tediosa vida que llevaba. ¿Su esclavitud no tendría algún descanso, y su trabajo el alivio de un ratito de café?... ¡Adelante!

--¡Mozo... café y copas... y un periódico!...

Centeno se recreaba en el fácil uso de su albedrío, en aquel desembarazo que le hacía hombre; y cuando se acordaba de la soledad de su amo, sintiendo, con el recuerdo, asomos de pena, se consolaba mirando el mucho azúcar que sobraba y haciendo propósito de guardarlo todo para el enfermo. Tomaban el café despacio, porque estaba muy caliente, y entre sorbo y sorbo, corría de la boca de Juanito, como del caño de abundosa fuente, un chorro de hipérboles. No tenía Felipe su espíritu muy gozoso; pero desde el malaventurado instante en que llevó á sus labios la copa de ron, sintió que se transformaba y se volvía muy otro de lo que era. El maldito licor picaba como un demonio, producíale llamaradas en todo el cuerpo, y en la cabeza un levantamiento, un tumulto, una insurrección de todas las energías, un motín de ideas, bullanga y trapatiesta extraordinarias... Pero él, impávido, seguía bebiendo para que no le dijeran memo, y, por fin, no quedó nada en la copa.

¿Qué alegría era aquélla que le entraba, qué prurito de moverse, de reir, de alzar la voz, de hacer ruido y dar saltos sobre el asiento cual muñeco que tuviera en cada nalga un bien templado resorte? Juanito y su amigo se reían de verle en tal estado, y le incitaban á seguir bebiendo; pero él, con seguro instinto, se negó á dar un paso más por camino tan peligroso.

Era el tal café de los que llaman cantantes. Á cierta hora un melenudo artista sentóse en la banqueta próxima al piano, y aporreó las teclas de éste. Á su lado, un hombre flaco y pequeño cogió el violín, y rasca que te rasca, se estuvo media hora tocando. El efecto que la música hacía en Felipe era como si se le levantara dentro del alma un remolino de júbilo, el cual corriera haciendo giros, con delicioso vértigo, desde lo más bajo del pecho á lo más alto de la cabeza. Pues digo... cuando cesó el del violín y subió á la tarima una tarasca que cantaba romanzas de zarzuela y jotas y fandangos... Felipe, entusiasmado, no cesaba de dar palmadas, y á la conclusión de cada estrofa le faltaban pies y manos para hacer sobre la mesa y en el suelo toda la bulla que podía. Juanito, con más calma, tenía fijos sus ojos en la cantatriz, y admiraba sus dejos, sus gorjeos, sus ayes picantes y todo lo demás que salía por aquella salada boca. Él no decía más sino ¡qué boca, qué boca!... ¡Y con qué entusiasmo la contemplaba!... Se la doraría.

Otros efectos, á más de la inquietud y el gozo, produjeron en el alma de Felipe aquellos dos agentes: alcohol y música. Fueron la pérdida de toda noción del tiempo transcurrido y unos arranques de generosidad que habían de serle muy nocivos. Viendo que Juanito se registraba sus bolsillos sin lograr sacar de ellos cosa de provecho, Felipe se llenó de punto y de vanidad caballeresca, sacó sus siete pesetas y las desparramó sobre la mesa con gallardo movimiento.

--Yo pago, yo pago...--gritó con cierto frenesí.

Parte del dinero cayó al suelo. Mientras el amigo de Juanito lo recogía, Felipe, atento sólo á batir palmas en celebración de la cantatriz, llegó á perder hasta el verdadero conocimiento del sitio en que estaba. Veía diferentes personas á su lado y delante; mas no se hizo cargo de nada. Por un momento creyó distinguir en una de las mesas próximas un semblante conocido, mujer hermosa, rodeada de hombres: asaltóle sobre esto un pensamiento, hizo una observación; pero imagen, ideas, apreciaciones, todo se desvaneció en su mente, dejándole otra vez en su aturdimiento deleitoso. No vió al mozo que cobraba y devolvía cuartos, ni supo él lo que de sus propios bolsillos había salido, ni lo que á ellos restituyera.

Tampoco supo cómo y cuándo salió del café, ni dónde se separaron de él sus amigos... Oyó la campana del reloj de la Puerta del Sol. Atento y como volviendo en sí, con la facultad de apreciar el tiempo, contó las once... ¡las once! Llevóse la mano con ardiente ansiedad al bolsillo... Nada: bolsillo más limpio no se había visto nunca. En rápido giro pasaron por su mente todos los sucesos de aquel día... ¡Don Pedro, las siete pesetas; don Florencio, los hojaldres!... ¿Y dónde estaban los hojaldres? Como se recuerda una pesadilla, con indistintos contornos y matices, recordó Centeno la descomunal boca del amigo de Juanito abriéndose de par en par para comerse los hojaldres... Y el dinero, ¿qué vuelta había tomado?... Y su amo, ¿qué pensaría de la tardanza? ¿Qué le habría pasado en aquel largo día de soledad y escasez?...

Recobró Felipe sus facultades instantáneamente. Entraron como de golpe y con tumultuosa sorpresa, cuál guerreros que acometen airados el puesto de que les expulsó la perfidia. De todo lo que entró en el cerebro del hijo de Socartes, lo primero y lo que más ruido hizo fué la vergüenza... Esta era tan fuerte y le dominaba tanto, que no sabía si apresurar ó detener su vuelta á la casa. ¿Qué le diría don Alejandro? ¿Qué diría él para disculparse?

Llegó, al fin, temblando. Le horrorizaba el pensar que encontraría muerto á su señor. Si muerto no, de fijo le hallaría muy enojado. Seguramente habría carecido de alimento, de asistencia, de compañía... Y lo peor de todo era que al volver á la casa después de doce horas de ausencia, no llevaba ni un real, ni siquiera un par de cuartos. Ganas le daban á Felipe de estrellarse la cabeza contra la pared de la espalera... Bribón mayor que él no había nacido de madre. ¿Qué cara pondría su amo al verle, qué le diría?

Entró por el pasillo adelante más muerto que vivo; y cuando á la puerta se acercaba, diéronle ganas de retroceder y volverse á la calle. Cirila le abrió diciendo: «Me gustan las horas de venir.» Vió Felipe luz en el cuarto de su amo, y oyó una voz que le parecía ser el propio órgano parlante de don José Ido. Esto como que le dió ánimos para empujar la puerta...

Grandísimo consuelo tuvo al ver que su amo conversaba tranquilamente con el calígrafo. Hablaban de política, y don José decía con soberana perspicacia:

--Lo que es Narváez, señor don Alejandro, lo que es Narváez...

Apartó su atención Miquis de aquella importante declaración para increpar á su criado:

--Perdido, ¿ya estás aquí? Más valía que no hubieras vuelto más.

Centeno no supo qué responder. En medio de la vergüenza y pena que sentía, observaba que su amo no estaba colérico. Reñía sonriendo.

--Á ver, cuenta... ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho en tanto tiempo?

--Vaya... pues con el permiso de usted...--indicó don José, dispuesto á retirarse.--Ya tiene el señor compañía...

Quedáronse solos... ¡Con qué arte se disculpaba Felipe, y qué vueltas y revueltas tomaba su pensamiento para evadir la dialéctica de su amo, que implacable le perseguía! ¡Qué de mentiras dijo, y cuántas combinaciones de lugares y horas hizo para encontrar atenuación cumplida de su tardanza!

--Para que veas cómo no te valen conmigo tus embrollos--le dijo Miquis riendo,--te voy á probar que soy adivino. Sin moverme de mi cama sé dónde has estado: te he visto, Felipe, te he visto, aunque no nací en Jueves Santo, como mi señora tía. Has estado en el café de Diana tomando copas; te has emborrachado... No hacías más que aplaudir á la tiple y decir barbaridades. Y seguramente eres un hombre rico, porque allí sacaste muchas pesetas... Á ver, hombre, enseña esos tesoros... abre esos bolsillos...

Desconcertado se quedó Felipe al oír esto. Su amo se reía, y él no sabía si enfurruñarse ó reir también. ¡Otro caso extraño, muy extraño! En la mesa de noche había dinero, pesetas... ¡Fenómeno más extraño aún y verdaderamente maravilloso!... Las pesetas eran siete.

No pudo Alejandro obtener de él una confidencia explícita, y al fin se durmió... Felipe cayó también sobre el sofá rendido de sueño y cansancio.

IV

El médico que á Miquis asistía era un joven simpático, aplicadísimo, y que se encariñaba con los enfermos, mirándolos como amigos y como libros, cual materia de afecto y de enseñanza. Y al decirle por las mañanas: «¿Qué tal, cómo va ese valor?» leía en su cara, en su lengua, en su pulso renglones de dolor. Hombre compasivo y afanoso de aprender, Moreno Rubio sentía en su corazón pena y lástima de cristiano; pero este dolor lo atenuaba con las caricias de sus dedos de rosa, con el goce científico, ó sea el estudio de aquel hermoso caso. Observar la marcha metódica de la enfermedad, conforme en cada uno de sus terribles pasos con el diagnóstico que él había hecho; ver y oír cada síntoma; examinar las turgencias, las morbideces, los ruidos toráxicos, las eliminaciones... ¡qué cosa tan entretenida! Esto y los cantos de un bello poema venían á ser cosas muy semejantes. Principalmente la auscultación, en la cual Moreno Rubio empleara todos los días un largo rato, enamoraba su espíritu. Las cosas que dice el aire en los pulmones son en verdad estupendas. Esta música no es igualmente seductora para todos; pero su expresión sublime nadie la negará. La resonancia sibilante, la cavernosa, los ecos, los golpes, los trémolos, las sonoridades indistintas y apianadas, que ya no parecen voces del cuerpo, sino soliloquios del alma, constituyen una gama interesantísima. ¡Lástima que la letra de esta música sea casi siempre una endecha de muerte! Los oídos del médico se regalan con los suspiros del moribundo.