El Doctor Centeno (novela completa)

Part 21

Chapter 214,021 wordsPublic domain

Daba dolor ver al infeliz joven postrado en aquel lecho, y considerarle favorecido por Dios, si no de una constitución robusta, de bríos morales y mentales que debieran tener virtud suficiente para compensar, en cierto modo, la pobreza física. ¿Pero no podría creerse que la misma tensión y crecimiento del contenido habían roto el frágil vaso, que ya, ¡fatalidad!, no tenía soldadura? ¿Quién que le viera no le compadecería? ¿Quién que observara la expresión de aquel rostro, en que se pintaban con magistral sello el martirio y la exaltación de las ideas, no había de extender la mano y decir con arrebato de piedad: «Detente, muerte, y no le toques?»

Era la perfecta imagen de un Nazareno, á quien se le quitaran diez años. Su barba mosáica le había crecido algo después de la enfermedad; pero aún no pasaba de la condición de vello largo, fino y sedoso. Era más bien como una sombra dibujada con blando carboncillo: se creería que iba á desaparecer si la soplaban con fuerza. Su perfecta nariz afilada tenía transparencias de ópalo, y las tintas gelatinosas de sus mejillas y sienes hacían que éstas parecieran más deprimidas de lo que estaban. El tinte cárdeno de las cuencas de sus ojos agrandaba éstos, haciéndolos más negros, luminosos y profundos. Cuando eran intérpretes de la esperanza ó del entusiasmo, el espíritu como que no cabía en ellos y se derramaba en borbotones de luz. Tristes, parecían la propia mirada de la muerte; alegres, traían resurrección á apariencias de salud á todo el descompuesto organismo.

Día y noche se le veía en aquella postura de paciencia, incorporado en el lecho, porque no podía respirar de otra manera; rodeado de almohadas, mal cubierto, de frente á la luz, con la mirada perdida en el techo, ó en el cuadrado trozo de cielo que por la ventana se veía.

VII

Sacóles de la perplejidad en que ambos estaban una voz, precedida de discretos golpes en la puerta. La voz dijo: «¿dan su permiso?» y la persona que entró fué don José Ido, que á preguntar venía por el enfermo y á dar las gracias por los auxilios de la noche anterior. Alejandro, como de costumbre, dijo que se sentía mucho mejor, y entabló un ameno coloquio con aquel excelente sujeto, mártir de la instrucción, fanal de las generaciones, accidentalmente apagado por falta de aceite. Los tiempos estaban malos, y francamente, naturalmente, el bueno de Ido no había de coger una espuerta de tierra en las obras del Ayuntamiento... ¡Y pensar que había en España diez millones de seres, con ojos y manos, que no sabían escribir!... ¡Y que él, hombre capaz de enseñar á escribir al pilón de la Puerta del Sol, no tuviese que comer...! ¡Qué anomalías, y qué absurdos, y qué contrasentido tan desconsolador! ¿Pero esto era una nación ó una horda? Ido se inclinaba á creer que fuera una gavilla de empleados, una manada de cesantes y una piara de pretendientes... Por todas partes no se oían más que anuncios de revolución, y don José... francamente... le pedía á Dios que se armara la gorda lo más pronto posible, que todo se volviese patas arriba, y que viéramos á los generales y ministros yendo á esperar á los Reyes, y á los aguadores sentados en las poltronas... ¡ajajá! Porque la vuelta tenía que ser grande para que el país se desasnara.

Felipe, mientras hablaba su amigo, había encendido la cocinilla económica, y calentaba agua. Las retorcidas hojas del té estaban allí, en un papelejo; pero faltaba el azúcar.

--Si tuviera usted un poco de azúcar, don José...

--Precisamente--replicó el pendolista con generoso arranque,--ese es un artículo de que no carecemos nunca. Mi mujer tiene un primo confitero, que nos da el caramelo de desecho, el almíbar que se quema y toda la confitería que se pasa de punto... Al momento.

Fuése, y volvió con un gran paquete de aquellas materias sacarinas que había dicho. De los pedazos de caramelo llenó Alejandro un cucurucho para ponerlo debajo de la almohada, y al instante empezó á chupar. Aunque algo quemados, estaban buenos, y á él le sabían á gloria.

--Pues si tuviera usted un poco de leche, don José...

--Voy á ver... Puede...

Al poco rato, volvió mi hombre con un vasito que contenía un dedo de leche.

--Si se pudiera arreglar el señor con esto...

--Basta: muchas gracias.

Despidióse don José para ir á sus quehaceres, que eran recorrer todo Madrid en busca de colocación, y afanar al mismo tiempo, por los medios que la Providencia le sugiriera, el sustento para el día; tarea cruel, áspera y abrumadora que al pobre hombre le consumía y le resecaba hasta dejarle en los puros huesos. Bien copiando algún escrito, bien apelando á los sentimientos caritativos de los amigos, ó ya felicitando á cualquier prócer con un mensaje ornado de rasgos y primores caligráficos, lograba reunir miserable suma. ¡Pero las necesidades eran tantas...! ¡luego la enfermedad de su señora, el médico, las medicinas...! Francamente, naturalmente, don José Ido del Sagrario dudaba de la Divina Providencia.

Cuando Alejandro se tomó su té, que le supo muy bien, dijo á Felipe:

--Así no podemos estar... Esto es horrible. ¡Vaya un día! Hijito, es preciso que busques algo. Vete á ver á Cienfuegos. Que te dé siquiera dos duros. Si no los tiene, habla con Arias y con Zalamero, y píntale la situación.

Á media tarde volvía Felipe de su caminata. En aquel largo espacio de tiempo, no había estado Miquis en completo abandono. Cirila, que no era un ángel ni mucho menos, pero sí un sér humano, había entrado á las once y le había dicho esto:

--He puesto un pucherito. Le traeré á usted una taza de caldo, ó unas sopas claras si las quiere. Ya me debe usted seis duros, y si me da algo á cuenta, no le faltará nada.

No volvió Felipe con las manos vacías. Oigámosle:

--Cienfuegos no tiene un ochavo. Arias dice que si usted le da cinco duros, le hará un gran favor. Sí: para dar estamos. Poleró dice que vendrá á verle á usted esta noche, y Sánchez de Guevara me dió esta peseta para mí... ¡para mí! Bueno. El _tío prisma_ salió muy tieso del comedor, con el mondadientes de plata en la boca; el señor _Completo_ salió á echar sus cartas, y me preguntó si estaba usted mejor. Le dije que sí, y echó un suspiro. _Prisma_ dijo que... memorias... y que si se ofrece algo para París. ¡Ah!... Zalamero que vendrá también por acá... Bueno... ¡Ah! memorias de Julián, que salió conmigo á la calle, y ha venido acompañándome hasta la puerta. No quiso entrar... Bueno... Ahora viene lo gordo... (_metiendo la mano en el bolsillo y sacando un objeto_). ¿Á que no sabe usted quién me ha dado este duro? Si lo acierta... ¿á que no acierta? Pues me lo ha dado doña Virginia. Dice que le va á mandar á usted chuletas... que eso que usted tiene no es más que hambre, y que se cura con carne y jamón.

--¡Pobre Virginia! Es una buena mujer... Mira, dale el duro enterito á Cirila. Hay que tener presente que se le debe más. Hoy me ha dado sopas.

--¡Ah!... don Basilio me dió este real... ¡para mí!... y que expresiones, y que no se acoquine usted.

Por la noche tuvieron de visita á Zalamero, Poleró y Arias. Hablaron tanto, que Alejandro se aturdió con el ruido; pero disimulaba su malestar por no privarse del gusto que tenía en la conversación. Lo único que dijo fué que hicieran el favor de no fumar mucho.

Poleró, con su vehemencia de costumbre, le decía:

--Anímate, hombre. Sal de esa cama. Hace ahora un tiempo hermosísimo. Si no fuera porque están cerca los exámenes y hay que empollar, te acompañaríamos más. ¿Y el drama? ¿Se representará la temporada que viene?

--Eso, seguro.

--Creo que esta semana se pone en escena la comedia de Federico Ruiz. Me han dicho que es mala adrede.

Y Arias, fuerte en literatura, hablaba de _Los Miserables_, obra que por tales días cautivaba y embelesaba á tantos lectores. ¡Aquella Cosette!... ¡aquella Fantina!... ¡aquel Juan Valjean!... ¡aquel capítulo _la tempestad bajo un cráneo_!... ¡aquel polizonte Javert!... ¡aquel capítulo de las cloacas!... ¡aquel Fauchelevant!... ¡aquellas monjas del pequeño Picpus!... ¡aquella frase _no hay que confundir las estrellas del cielo con las que imprimen en el fango las patas de los gansos_!... ¡aquel Gavroche!... En fin, todo, todo...

Con estas conversaciones, poníase Alejandro excitadísimo y le entraba ardorosa fiebre. ¡Qué mala noche iba á pasar! Más valía que se fueran. Los muchachos, compadecidos de la horrible situación de su amigo, convinieron en hacerle un anticipo. No eran ricos; pero entre todos echaron un guante, dejando sobre la mesa de noche tres duros y dos pesetas.

--Adiós, adiós: á ver si te sacudes.

--Adiós, y gracias. Ya os lo mandaré con Felipe, cuando reciba lo que me enviará mi padre.

Por la escalera abajo, los tres jóvenes hacían comentarios sobre lo que acababan de ver.

--Yo le tengo lástima; pero hay que confesar que es un suicida. Él se ha matado.

--¡Pobre chico!... y lo que es ese no se levanta más. Yo se lo decía: «Mira, que te estás matando.»

--La casa es una perrera. ¿Qué idea le dió de venirse aquí?

--¿Pero tú has visto á Miquis hacer alguna vez cosa derecha y con sentido común?

--Si no hay quien le entienda...

--Es un desgraciado, un loco... Bien merecido le está.

Poco después entró Cienfuegos. Ver el dinero que sobre la mesa de noche estaba y hacia él írsele con avidez los ojos, fué todo uno.

--Chico, me debes dos pesetas del percloruro de hierro. ¿Á ver ese pulso? Algo excitado. ¿Han estado aquí esos? ¿Ha habido conversación? Se conoce. ¿Y qué tal? ¿Has comido? Doña Virginia te mandará mañana unas chuletitas.

Terminado el interrogatorio médico, se le escaparon estas palabras sacramentales:

--Veo que estás en fondos... No, lo que es este duro me lo llevo. Recuerda que me debes... Es decir, yo te debo más; pero me refiero á lo accidental. Chico, la lucha por la existencia es la más cruel de las leyes. ¡Eh!... tú, Felipe, trae esta noche cloral. ¿Has perdido la receta? Si á las diez no duerme, se lo das. Avisa á cualquier hora de la noche si hay novedad.

Incomodó á Felipe la franqueza con que el médico espoliaba el tesoro del enfermo; pero no se atrevió á decir nada. Cuando se fué Juan Antonio, hablaron un ratito amo y criado de la necesidad de llamar otro médico, el mismo que había venido al principio... Días pasaron sin ninguna novedad. Ido les acompañaba no pocos ratos, y ambas familias se favorecían mutuamente en sus tribulaciones. Á lo mejor tocaban á la puerta, y se veía asomar por ella el rostro agraciado de una niña de diez años, bonita, rubia, con la cara sucia y el vestir andrajoso:

--Don Felipe...

¿Qué quieres, muchacha?--preguntaba él asustado del _don_.

--Dice mi mamá que si por casualidad tiene usted una libreta.

--Sí, sí--respondía Miquis al punto.--Felipe, dásela.

--Don Felipe, que si hace usted el favor de darme una peseta, que cuando venga papá á la noche se la dará.

--Toma.

--Don Felipe, que si hace el favor de un huevo...

--Toma.

Gran regocijo y distracción tenía el enfermo cuando los dos chicos mayores de Ido y otros de la vecindad entraban en su cuarto, con gorros de papel y cañas al hombro, haciendo maniobras y juegos militares. Si no fuera por el ruido que metían, no les dejaría salir del cuarto en toda la tarde; pero á veces era menester darles algo para que callaran ó para que hicieran sus evoluciones en el pasillo con el menor estrépito posible. Rosa Ido, la que á pedir venía de parte de su mamá, era muy juiciosa, y á ratos les acompañaba contándoles cosas de la vecindad y diabluras que hizo el gato. Su papá había ido á casa del ministro _para ver si lo quería colocar_; ¡pero quiá! el ministro era un pillo... Decía su papá que iba á venir la gorda, y que él se alegraba, porque eso de que unos coman y otros no, francamente... Algunas tardes iba con su muñeca, que tenía toda la cara comida, y se ocupaba en vestirla y desnudarla con trapos y cintajos, para que Alejandro se riera. La sentaba en una silla, diciéndole con fe: «ahora te quedas aquí, acompañando á este caballero.» Lo mismo hacía con el gato; pero éste no era tan obediente como la muñeca, y se marchaba detrás de su ama. Por Felipe tenía verdadera pasión, y no se separaba de él como pudiese. Á veces atormentábale con preguntas y largas charlatanerías sobre cualquier insulso tema.

--¿Por qué te llaman Doctor?--le dijo un día.--¿Es que eres médico? Pues cúrame el gato, que está malito.

VI

FIN

I

Todo el mes de Mayo se pasó en alternativas de engañosa mejoría y de recrudecimiento del mal, resultando un alza y baja sintomatológica, con oscilaciones no menos bruscas que las de los fondos del enfermo. Días hubo en que, cubiertas con esplendidez las principales atenciones, aún sobró lo bastante para poner un duro en la mano fría y flaca del apóstol de la escritura; pero otros, teñidos en todas sus horas de un lúgubre color de tristeza, no traían consigo más que necesidades, disgustos con Cirila, apuros y carencias de lo más preciso. Fué por San Isidro cuando recibió Alejandro carta de su padre, en la cual se manifestaba ya el buen señor enterado de la vuelta que habían tomado los dineros de la tiíta. Vivísimo enojo resaltaba en cada renglón de la epístola. El iracundo padre, pidiendo cuentas del uso de aquel capital, declaraba al niño su resolución de no mandarle un cuarto más en todo el año. Al Toboso habían llegado noticias de la desaplicación del estudiante dramaturgo, de su vida errática, de sus costumbres equívocas é indecorosas, por todo lo cual estaba el buen don Pedro echando chispas. Concluía la tremebunda carta diciendo al rebelde hijo que en vista de que no estudiaba, de que era un perdido, no se gastaría más dinero en su carrera; que después de los exámenes de Junio, si es que se examinaba, tomara el camino del Toboso, donde se le tenía preparada una hoz para segar, una azada para romper tierra, y un bielgo para aventar, únicos instrumentos adecuados á la corrección de su holgazanería.

Consternado leyó el joven la filípica, siendo cada palabra de ella puñal que le abría las entrañas, agravando su profunda dolencia. ¿Qué contestaría? Optó aquella vez por el mejor partido, que era confesar su falta y pedir perdón. Se disculpó diciendo que había tenido una larga enfermedad; pero á renglón seguido incurrió en la torpeza, ya muchas veces cometida, de ocultar su verdadero estado por no disgustar á su madre. Anunció que se había restablecido, que ya iba á clase, y que esperaba examinarse y salir bien. Así lo creyó el pobrecito, que antes perdería la vida que la esperanza. Era tan ciego, que hacía proyectos para la semana próxima, contando con restablecerse; prepararse en cuatro días, como lo había hecho otros años; examinarse, y después irse tan alegre á su pueblo... _á acabar de ponerse bueno_.

Para mayor tormento suyo, presentóse un día Torquemada, el prestamista á quien Arias llamaba _Gobseck_, y con buenos modos, mas con perversa intención, le exigió el pago de cierta suma. Alejandro sintió un dogal que le estrangulaba. No supo qué contestar, y á cada momento se contradecía. «La semana que entra... Precisamente estaba esperando... No tuviera cuidado el señor Torquemada...» Este embozaba con taimadas razones su exigencia. Aquel dinero no era suyo, sino de un señor que se lo había confiado, para emplearlo, y el señor lo necesitaba para ir á tomar baños de ola. Volvería al día siguiente; volvería todos los días, mañana y tarde... ¡Poder de Dios, qué hombre! Si no se le pagaba, pondría dos letritas al señor don Pedro Miquis, _á ver qué determinaba_... Al buen Alejandro se le congeló el sudor sobre la frente, y se le apretó el lazo corredizo que en el cuello sentía.

--Felipe, chiquillo--dijo á su criado cuando el buitre les dejó solos.--Es preciso hacer un esfuerzo. Abre la cómoda, saca toda mi ropa, empéñala, que por ahora no la necesito, y para cuando pueda levantarme ya tendré con qué sacarla... Á ver si te dan aunque no sea más que lo bastante para pagarle á Torquemada los intereses.

Centeno obedeció en silencio; pero al pasar revista á la ropa, observaba que faltaban muchas piezas; preguntaba por ellas á Cirila; pero ésta se hacía de nuevas, y hasta se sorprendía de ser interrogada sobre cosas con las cuales nada tenía que ver. «Allá tú,» dijo á Felipe con lacónica malicia. La ropa blanca estaba reducida á la mitad. Felipe hacía recuentos y comentarios; pero Miquis, impaciente por terminar, cortaba las cuestiones, diciendo:

--No me marees. Me duele horriblemente la cabeza. Lleva lo que haya y saca todo lo que puedas.

Y cargaba Felipe el lío, y salía y tornaba, y sin dar tiempo á que Alejandro dispusiese del dinero allegado por tan fatal medio, se presentaba Torquemada para llevárselo todo, lamentándose de que la cantidad no fuera mayor, y anunciando su grata visita para dentro de cuatro días. ¡Dios grande, qué hombre!

Apartado este peligro, se presentaban amenazadores otros muchos, y entre ellos el de no tener para las medicinas, ni para lo poco que allí se comía. Cirila, impasible, dijo una mañana:

--Como no me vuelva yo dinero... Hoy sí que no puedo hacer nada, señorito de mis pecados. Ni la lumbre puedo encender. ¡Bonito genio tiene el carbonero! ¿Oyó usted el escándalo que armó esta mañana por lo mucho que se le debe?...

--Felipe...

--Señor.

--Hijito, por Dios... haz un esfuerzo. Échate á la calle... Hoy tendrás suerte: me lo dice el corazón.

Salió Felipe desalentado y triste aquel día. Sentía un cansancio moral que le abrumaba. Aquella escuela de iniciativa y de voluntad era superior á sus años, y de vez en cuando la naturaleza juguetona y pueril se rebelaba contra los quehaceres graves, y contra la pesada carga de deberes más propios de hombre que de niño. Salió á mediodía, y vagando estuvo por las calles más de una hora, discurriendo qué camino tomaría y á qué amigos embestir en tal ocasión con la cortante arma de sus peticiones: no se le ocurría nada; se reconocía torpísimo, con desmayo muy grande en sus alientos; pasaba revista mental de personas, sin hallar en ninguna probabilidades de un feliz resultado... ¡Si tuviera la suerte de encontrarse en la calle un bolsillo de dinero...! Miraba á las baldosas; pero no vió en ellas ningún bolsillo ni cartera con billetes. ¡Si encontrara quien le diera trabajo, pagándole sus servicios...!

Pensó en Mateo del Olmo; pero éste le había dicho que si volvía otra vez á su casa haciéndose el tonto para pedir cuartos, le tiraría por la ventana á la calle. ¡Doña Virginia...! ¡Sí, buena estaba la señora!... Cuando fué ella misma á llevar las chuletas á don Alejandro, había encontrado en el cuarto de éste á una... ¡á la Tal!... y se retiró escandalizada. Tenía que oír doña Virginia... El don Alejandro era un perdido y no había que acordarse más de él. Estaba rodeado de gente de mal vivir, y lo que se le daba era para mantener... cállate, boca.

Á pesar de esta mala disposición de la excelsa patrona, Centeno fué allá. Podría ser que alguno de los señoritos... ¡María Santísima, cómo se puso Virginia cuando le vió entrar! No le echó por la escalera abajo porque no dijeran... Día más desgraciado que aquél no lo había visto Felipe en su vida. ¡Vaya unas caras que ponían los huéspedes! Verdaderamente estaban cansados de tanta y tanta postulancia. Cienfuegos, desde que Miquis había llamado á otro médico, no iba por allá, y además estaba, como siempre, en malísima situación. Los demás no tenían voluntad de dar ó carecían de dinero.

--Esto ya es vicio--dijo Poleró.--Si su padre no le mandara, vamos... pero él tiene sus mesadas... Aunque le diéramos millones, lo mismo que nada. Aquello es un tonel sin fondo. Felipe, vete á la Casa de la Moneda, única que puede surtir á tu amo. En la tuya hay por fuerza muchas bocas de chupópteros... ¡Pobre Alejandro! ¡pobre chico! Al fin ha de ir al hospital, y será lo mejor para él.

Casi lo mismo dijeron los demás. De la mano de ninguno de ellos se desprendió ¡ay! el rocío de un solo cuarto.

Fuése á la calle muy descorazonado, y dió, durante media hora, vueltas y más vueltas por el barrio, pensando, discurriendo, cavilando... ¿Sobre quién dejaría caer el filo de su tajante sable?... ¡Ah! ¡qué idea! si se atreviera... Si se atreviera á dar un ataque á don Pedro Polo... Pero ¡quiá! con el genio tremebundo de este señor... Á buena parte iba... Con todo, ¿por qué no había de probar? Si don Pedro le decía que no, bueno; si, por el contrario, se hallaba en situación favorable, en uno de aquellos momentos en que parecía que se ablandaba y se derretía la masa durísima de su genio...-¡Nada, á él! Quien no se atreve no pasa la mar. ¡Á don Pedro, y salga lo que saliere! Dirigióse á la calle de la Libertad; pero tan poca confianza tenía y tanto miedo de presentarse á su antiguo amo y maestro, que moderaba el paso, y ya en la puerta, volvió atrás y se entretuvo dando tiempo al tiempo, asustado del momento que anhelaba... ¡Cobarde! Sintiendo al fin arranques de energía, afrontó la terrible situación. ¡Adentro! ¡Cómo le temblaban las manos, cómo le palpitaba el corazón! Subió y llamó. Era la hora en que don Pedro, ya bien comido y bebido, acostumbraba entretenerse un rato en su cuarto, fumando y hojeando algún libro de clase... Desde que la criada abrió la puerta, sintió Felipe la voz de Marcelina, y esto le fué de tan mal augurio, que se habría vuelto á la calle si al mismo tiempo no oyera la del maestro, diciendo:

--¿Quién es?

El mismo Polo salió al recibimiento. ¡Sorpresa! Felipe como un muerto... ¡Con qué ganas se precipitaría por la escalera abajo!

--¡Felipe!... ¿tú por aquí? Pasa, hombre... ¡Jesús! derrotadillo estás...

Estas palabras, dichas con benevolencia, le volvieron el alma al cuerpo.

--Que entres, hombre. Parece que me tienes miedo. ¿Qué es de tu vida?

Don Pedro le llevó á su cuarto. Felipe le miraba, regocijándose de haberle encontrado de buen temple. Daba gracias á Dios de que no estuvieran delante, mientras él hacía su petición, ni la madre ni la hermana del Cura, pues de ambas temía desfavorables informes... ¡Vaya, que estaba aquel día de buenas el león! Para que todo fuera lisonjero, don Pedro le facilitaba la penosa exposición de su cuita, saliéndole al encuentro con esta hidalga y familiar frase:

--Ya, tú estás mal y vienes á que te socorra.

Felipe dió un gran suspiro. Bien comprendía que ninguna palabra sería más elocuente. En pie, la roja boína en la mano, no apartaba los ojos del suelo. El rubor le quemaba el rostro.

--No me coge de nuevas que estés tan mal. Desde que saliste de mi casa no habrás hecho más que vagabundear. Eres un perdido, un pillete de esas calles, y no teniendo ya quien te dé, no encontrando ya en dónde merodear, vienes á que yo te ampare...

Felipe sintió que materialmente se le desprendía la cara y al suelo se le caía. Hizo con ambas manos un movimiento encaminado á evitar esta catástrofe anatómica. Comprendió que era preciso decir algo. El silencio le acusaba.

--No, señor...--murmuró;--yo no soy vago... Estoy sirviendo á un caballero...

--¿Y ese caballero no te da salario, no te da ni siquiera de comer?

--Sí, Señor... pero...--balbució Felipe, aturdidísimo y sin saber cómo explicar el extraño y nunca visto caso de su miseria.

--Á ver, explícame eso.

--Es que mi amo no tiene nada... está pobre...

--¿Quién es?

--Un estudiante.

--Nunca he visto estudiantes que tengan sirvientes. ¿Es, por ventura, hijo de reyes?

Felipe se cortó. Su garganta oprimida no daba paso á la voz ni al resuello. Las ideas se le escapaban por un gran boquete abierto en su cráneo. Empezó á hacer pucheros.

--No, con llantico no me convences... Mientras no me expliques bien qué amo es ese, y por qué está tan miserable... ¿Y tú para quién pides, para tí ó para él?

--Para él.

Don Pedro rompió en franca risa. Haciendo juego con él, en contrario, Felipe lloraba como una Magdalena.

--Si usted no quiere creerme...--decía entre sollozo y sollozo...

--Pero si no me has explicado nada...