El Doctor Centeno (novela completa)

Part 2

Chapter 23,985 wordsPublic domain

--Cuando estuve en casa de la tía Soplada... Me tomó de criado para que le hiciera recados. Tiene puesto de ropas _desusadas_ en el Rastro. No me daba salario, sino la comida, y me puso en la escuela de la calle del Peñón. Estuve un mes y días. _Desaprendí_ las letras, pegué al _Catón_, y cuando iba á entrarle al _Juanito_, me salí de casa de la Soplada, porque tiene un hijo muy malo, que me zurraba. No he vuelto á la escuela; pero me leo todos los letreros de las tiendas, y cuando cojo en la calle un pedazo de _Correspondencia_, me lo paso todo.

--Bien, hombre, bien. Casi, casi eres un sabio.

--¿Quiere tomarme por criado?--dijo el rapaz prontamente.

--Yo no necesito criado.

--Sí, señor: tómeme, tómeme.

--Por de pronto, vete desprendiendo de la capa, que ya noto su falta, y todos somos de carne y hueso.

Como el caracol se asoma tímidamente al boquete de su choza calcárea, y luego poco á poco, halagado del sol, va saliendo y alargándose, así Felipe iba sacando, por sucesivos avances, primero una mano, luego el cuello, los brazos, y al fin medio cuerpo. Probó á levantarse; pero el mareo y lo mucho que había hablado, le tenían muy débil.

--¿Qué has comido hoy?

--Bellotas...

--¿Y ayer?

--Bellotas... pan...

--No sigas, hombre. Me da dolor de estómago oirte. ¿Comerías tú alguna cosita caliente?

Echando el alma por los ojos, contestó Felipe mejor que lo habría hecho con palabras.

--Ven conmigo. Á ver si echas una carrera de aquí á aquella casa grande.

--Sí que podré,--repitió el héroe, midiendo con ansiosas miradas la distancia.

--Allí hay convitazo... ¿Viste aquel buen señor que pasó por aquí? Es el conserje. Celebra los días de su esposa. Le voy á decir que te convide. Verás. Anda, valiente... No, no te quites la capa. Embózate en ella... Vamos, hombre, con gracia, con aire.

El otro se reía, probando á embozarse y sin poderlo conseguir.

--Así, bien, así... á la macarena. Eres un zascandil... Me gusta ese garbo. Adelante, paso firme. Bien.

La risa que le entró al héroe impedíale andar, pues tan extremada era su debilidad.

--¡Cómo se ríe!... Vaya, que es usted tonto de veras, señor de Centeno.

Él, que se oyó llamar _señor_, tuvo una tan fuerte acometida de hilaridad, que se cayó al suelo, temblando de brazos y piernas como un epiléptico.

--¡Ay mi capa, ay mi capita de mi alma!

--No, señor, no... no se la _destropeo_,--dijo ahogadísimo Felipe, poniéndose primero de rodillas, luego á cuatro pies, y por último...

--¡Aúpa, hombre valiente! ¡Ya estás en pie! ¡Gracias á Dios! Ni que fueras de algodón... Pues tú puedes andar. ¡Ah, chiquilicuatro! lo que tú tienes es mucha marrullería.

--¿Yo?...

--Hipócrita.

Felipe no entendía; mas creyendo era cosa de gracia, siguió riendo. Miquis le daba empujones y pellizcos, le tiraba de un brazo...

--Que me hace cosquillas, señor.

--¡Pillo, granuja!

--¡Ay, ay!

--Si usted sigue con sus bromas, señor don Felipe, le doy á usted una puntera, que del salto va usted á su pueblo, allí donde están sus minas.

Llegaron así á la puerta del Observatorio nuevo.

--Entra, hombre... No gastes cumplidos.

Es circular aquel vestíbulo, y con cierto aderezo arquitectónico á la griega. En el centro, cual decorativa estatua representando la vigilancia á la entrada del palacio del estudio, estaba don Florencio Mora...les y Temprado. No pudo contener una observación bondadosa, que salió de sus respetables labios en esta forma:

--Tan chiquillo es el uno como el otro.

--Señor Morales, me tomo la libertad de...

--Es usted muy dueño, señor de Miquis,--dijo el bendito Morales, ocultando discretamente un bostezo de hambre tras la palma de la mano.

--De recomendarle á usted al señor de Centeno, que no ha comido hoy nada caliente. Puesto que tiene usted convidados...

--Es verdad... y si usted gusta de honrarnos, señor de Miquis...

--Gracias... Yo voy arriba. Ruiz nos va á leer una comedia. Con que...

--Queda de mi cuenta...--dijo Morales disimulando otro bostezo.--Y la hora de comer se alarga... Entre paréntesis, amigo: como hoy tenemos algo extraordinario... ¡Qué tareas en esa cocina!...

De las cuatro puertas pequeñas que hay en el vestíbulo, una de las de la izquierda, entrando por el Mediodía, conducía á las habitaciones particulares de don Florencio. Por allí entraron éste y Felipe, mientras Alejandro Miquis subía solo por la escalera de la izquierda en busca de sus amigos que en lo más alto del edificio estaban.

--Ea, siéntate aquí--dijo á Felipe, señalándole un banquillo, el buen sujeto, á quien el héroe conceptuaba dueño y manipulador de cuanto existía en aquellos edificios para andar en tratos con la luna y las estrellas.--Suelta la capa, que se la vas á poner perdida á don Alejandro. Aquí no hace frío. ¿Qué tenías?

Y sin esperar respuesta, luego que puso la capa bien doblada sobre una silla, empezó á pasearse por la habitación, golpeando duramente con uno y otro pie sobre la estera. Una voz de mujer dijo desde la estancia interna que con aquélla se comunicaba:

--Florencio, ¿todavía no se te han calentado los pies?

--Todavía... Vamos, vamos, prisita, prisita... ¡Qué horas de comer!...

III

Desde el ángulo en que Felipín estaba, quietecito, cohibido, con los pies colgando del alto banco y la gorra en la mano, no se veía sino un extremo de la pieza inmediata, que debía ser como salón ó estancia principal del domicilio florentino. Allí estaban reunidos los convidados, esperando el momento. Se oía gente y gozosa algazara: voces de muchachas, ruido de platos, risas de niños. Felipe veía una de las cabeceras de la mesa, y deliciosos olores de cocina le anunciaban lo que iba á pasar. El observaba todo, callado y circunspecto. Nada perdía su activa penetración; á su instintivo examen de las cosas, nada se escapaba. De todo, imágenes y olores, iba tomando acta, así como de la figura grande y paternal de don Florencio, comedido, solemne; de aquellas cejas negras y espesas que parecían dos tiras de terciopelo; de aquel bigote blanquecino, recortado y punzante como los pelos de un cepillo; de la gorra de seda que usaba para dentro de casa; de sus botas tan relucientes como grandes; de la exactitud de su andar y ademanes, que le daba cierto parentesco con los péndulos de la casa. Tampoco perdía Felipe detalle alguno de los preparativos, aun sin verlos. Seguíalos con atención discreta, paso á paso, en su rápido progresar, y decía para sí: «Ya ponen las sillas, ya traen la sopa, ya se sientan, ya echan agua en las copas, ya empiezan.»

Don Florencio vió con marcada satisfacción que la comida empezaba, y dió su último paseo. Su mujer salió á recibirle.

--Todavía el izquierdo está como hielo--dijo él dando una gran patada con la aludida extremidad.--¿Vamos á la mesa? Gracias á Dios. Ya era hora.

Felipe notó entonces aumento y difusión de los diversos vapores de comida. Tan pronto olía á cosas fritas, tan pronto á guisados, todo suculento, delicado y confortativo. Él miraba, afectando cierta indiferencia mezclada de compostura, con disimulos muy trabajosos de su verdadero anhelo; y veía que don Florencio, sentado en la cabecera de la mesa, que justamente caía delante de la puerta, le vigilaba desde su asiento. Á los otros comensales no les veía Felipe; pero les oía, y podía distinguir, por el metal de cada voz, las varias personas que estaban en la mesa. El habla de la señora con ninguna otra podía confundirse; había dos voces que parecían de señorita fina, dos ó tres de niño, y á todas las dominaba una varonil, sonora, grave, al mismo tiempo decidora y chispeante, pues no pronunciaba palabra alguna que no fuera seguida de generales risas y alabanzas.

Lelo, embobado, como esos músicos fanáticos que cuelgan su alma de un hilo de notas, oía Felipe aquel enorme concierto de voces, sorbos, risas, cucheretazos, cuchilladas sobre la loza, toqueteo de platos, esgrima de tenedores, chocar de copas, y esos chupetones de labios que son los besos de la gula. Todas las conversaciones giraban sobre lo que bebía ó dejaba de beber el de la voz hermosa, que era el gracioso de la mesa y seguramente el convidado más atendido. Felipe oyó hablar de Jerez, de empanadas de anguilas, de capones cebados, de escabechadas truchas, con infinitos comentarios y opiniones sobre cada una de estas cosas. Así pasó tiempo, un lapso indefinido, y por fin los párpados le temblaban, la vista se le iba de puro débil, la piel se le enfriaba, las cavidades de su cuerpo parecían comprimirse y arrugarse, cual odres que nunca más se habían de volver á llenar. ¡Cansancio infinito! Eran ya para él como un peso inútil sus propias miradas, y no sabiendo á dónde arrojarlas, las echó sobre una estampa de Cristo crucifijado que delante de él estaba en la pared. Miró los chorros de sangre que al Señor le corrían por el santo cuerpo abajo, y la ferocidad del judiote que le daba el lanzazo, y las tinieblas y flamígeros celajes del fondo, todo lo cual puso espanto en su sensible corazón, llevándole hasta el absurdo convencimiento de que él (Felipito) era tan digno de lástima como nuestro Redentor.

¡Súbito cambio en su situación! ¡En la mesa hablaban de él! Lo observó sin saber cómo, por la vibración de una palabra en el aire, por milagrosa adivinación de su amor propio. Estremecióse todo al ver que el señor de Morales, desde su asiento presidencial, le miraba de una manera afectuosa. Después... ¡visión celeste! En el luminoso cuadro que la puerta formaba, apareció, saliendo de uno de los lados, una cara de mujer que más bien parecía de serafín. Era que una de las señoritas sentadas á la mesa alargaba el cuello y se inclinaba para poderle ver. El murmullo de compasión que del aposento venía, embriagó el espíritu del héroe, y hasta se turbó su cerebro como al influjo de fuerte y desusado aroma. No sabía cómo ponerse ni para dónde mirar. Si miraba al comedor, creerían que pedía; si no miraba, le olvidarían otra vez... Cortó estas angustiosas dudas un niño gracioso y rubio que apareció... casi puede decirse que entre nubes, desnudillo y con rosadas alas... Apareció, como digo, el niño con un plato en la mano, y se lo puso delante diciéndole: «_Pa tí._»

Y el plato ¡ay! contenía diversos manjares, bonitos, gustosos, calientes. Decir que el héroe hizo ceremonias ó melindres para empezar á consumir el contenido del plato, sería contar patrañas. Se le alegró el alma de tal modo, que no sabía por dónde empezar, y esto le parecía bien, aquello mejor y todo venido del cielo. Absorbido como estaba su ser enteramente por tan principal función, aún podía distraer el sentido de la vista para echar una mirada al Santísimo Crucifijo, que ya, sin saber cómo, tenía rostro de contento. Era más bien el Señor Resucitado que volaba hacia el cielo, rodeado de gloria. Lo más gracioso era que seguían aún hablando de él en la mesa. Quizás decían alguna broma inconveniente; quizás le comparaban á los gatos, cuando cogen un bocado sabroso y se van á un rincón á comérselo. En efecto... maquinalmente se había vuelto Felipe de cara hacia la pared, con el plato en las rodillas, y así despachaba su regalo. ¡Vaya unas cosas ricas! ¡qué gran persona era don Florencio! ¡Y el señor de la voz hermosa, qué gracioso!... Pues aquellas tajadas parecían gloria ó pedazos desprendidos de la bienaventuranza eterna. Sin duda eran de la misma carne de las mejillas de la niña bonita que alargaba el cuello para mirarle desde su asiento... ¡Buen queso, bueno! No había niña mejor que aquella doña tal. ¡Y el niño qué bonito, y las aceitunas qué sabrosas...! Desde el rincón, miraba él por el rabillo del ojo hacia la puerta sin atreverse á arrostrar la curiosidad de los comensales. Se reían, y la niña bonita se había levantado para verle mejor.

Por fin el plato se quedó vacío, y el mismo niño rubio le trajo pasas, almendras y una golosina amarilla, redonda, lustrosa como cristal, por de fuera dura y quebradiza como caramelo, por dentro blanda y más dulce y rica que todas las mieles posibles... Los de la mesa dejaron de fijar su atención en el héroe. Allí no se pensaba ya más que en beber. El de la voz hermosa debía de ser una humana bodega, según lo que podía almacenar dentro de su cuerpo; las niñas hacían melindres; el otro las llamaba cobardes y ñoñas. Risas y más risas, apremios, protestas, carcajadas; mucho de _No, por Dios_; repetición incesante del _Vamos, Amparo, esta copita_; luego otra voz: _Ay, no, no, don Pedro, por Dios_. Y después: _Jesús, qué melindrosa... Pero usted me quiere emborrachar... vamos... así, valiente...--¡Ay, cómo pica!_

Don Florencio, fanático por las aguas de Madrid, apenas probaba el Valdepeñas. El héroe le oyó abominar con sesudas razones del ardiente Jerez, y, sobre todo, de los vinos compuestos, licores y demás brebajes extranjeros.

--¿Te gustan los obscuritos y manchados, ó los rubios y flojos?--le oyó decir Felipe aludiendo sin duda á los cigarros, que mostraba en una envoltura de papel.--Son de estanco, pero bien escogiditos.

--Á ver éste qué le parece á usted,--dijo el otro sacando un manojo de brevas negras y olorosas.

--Hombre, eso es más fuerte que la pez. Yo no salgo de mis coraceros. Gracias...

Restallaron las cerillas... Humo.

Y al poco rato vió Centeno asomar por la puerta un señor no muy alto, doblado y potente, todo vestido de negro. El rostro hacía juego con el traje, pues era muy moreno. Bien afeitada la barba, los cañones negros sobre la cárdena piel, cruelmente tundida por la navaja, dábanle como aspecto de figura de bronce. Traía en la boca un desmedido puro, del cual debía de sacar mucho gusto, según la fe con que lo chupaba.

Bastaba mirarle una vez para ver cómo á la superficie de aquella constitución sanguínea salía la conciencia fisiológica, el yo animal, que en aquel caso estaba recogido en sí mismo con indolencia, meditando en los términos de una digestión satisfactoria. Paso á paso llegó hasta el héroe, y le miró de pies á cabeza sin decir nada. Felipe, sobrecogido de respeto que casi rayaba en terror, se puso en pie y esperó... ¡Qué ojos los de aquel hombre!

IV

Aquella casa de recogimiento y estudio, aquel monasterio de la ciencia, se parece á una casa de vecindad de las más vulgares. Los que allí entran con el espíritu abrasado en esa fe de la ciencia, que escala real y verdaderamente los cielos, creen percibir ecos misteriosos de las altas armonías sidéreas. (Es que la poesía se mete en todas partes, aun donde parece que no la llaman, y así, cuando se cree encontrarla en los arroyuelos, aparece en las matemáticas. ¡Cuántas veces, en un bosque de versos, no se encuentran ni rastros de ella, y se la ve callada, discreta, vestida con túnica de verdad, en la zarza luminosa de una fórmula, enteramente contraria á las formas del Arte!...) Pero los que entran en aquel recinto como se entra en la oficina del Estado donde se hace el Almanaque, no oyen cosa alguna, como no sea la voz casi sublime de don Florencio Mora... les y Temprado, ni ven más que la arquitectura pobre y sin majestad, las dos escaleras, en cuyos descansos se abren las puertas de las habitaciones de los astrónomos, los farolillos de aceite destinados al alumbrado nocturno, verdes, con una montera corva que parece morrión de coracero.

Concluída la observación, Ruiz echó la llave á la sala de la ecuatorial y bajó á su habitación. Miquis y Cienfuegos le oyeron leer su comedia, y la encontraron muy buena, como pasa siempre en estas lecturas de familia. Parecerá extraño que un astrónomo haga comedias; pero ya se sabe que aquí servimos para todo. ¿No fué director del Observatorio un célebre poeta? Anda con Dios, que por algo son hermanas las Musas. Hombre de imaginación, Ruiz volvía sus ojos, cansados de escudriñar el Cielo, hacia el aparatoso arte del teatro, único que da fama y provecho. Creía él que se puede sobresalir igualmente en labores tan distintas; su espíritu fluctuaba entre el Arte y la Ciencia, víctima de esa perplejidad puramente española, cuyo origen hay que buscar en las condiciones indecisas de nuestro organismo social, que es un organismo vacilante y como interino. El escaso sueldo, la inseguridad, el poco estímulo, entibiaban el ardor científico de Federico Ruiz. ¿Para qué se metía á descubrir asteroides, si nadie se lo había de agradecer como no fuera el asteroide mismo?... España es un país de romance. Todo sale conforme á la savia versificante que corre por las venas del cuerpo social. Se pone un hombre á cualquier trabajo duro y prosáico, y sin saber cómo le sale una comedia.

Después que Federico Ruiz leyó la suya, empezaron las disputas. Los tres se habrían creído indignos de tener opinión, si no la manifestaran bien adornada de manotadas, aspavientos y porrazos sobre la mesa. Las ideas democráticas, que aún no habían perdido la timidez de la virginidad; el viejo romanticismo; la música clásica, recién venida, gemían en el yunque de aquella disputa, y la sintaxis lloraba lágrimas de solecismos al verse en tales trotes. La lógica, descoyuntada en potro, daba chillidos de sofismas y se vengaba de sus verdugos, aparentando probar las cosas más absurdas, y, por último, los conceptos convencionales, disfrazados de axiomas, salían por encima de todo, soberbios é insolentes, embozados en la mala fe. Pasó mucho tiempo en estas controversias ociosas, que eran como la esgrima de los entendimientos, ávidos de ensayarse para el presagiado combate. Hubo mucho de _pues yo sostengo que hoy por hoy_... y aquello de _dígase lo que se quiera, la verdad es_... Oyóse más de una vez el _porque yo soy muy lógico_... y no faltó el _yo tengo muy estudiada esa cuestión_...

Los instantes volaban. Los minutos corrían con cierta familiaridad juguetona que no está fuera de lugar en la casa del tiempo. De pronto vieron los disputadores que entraba en la habitación don Florencio, con una bandeja de dulces, copas y una botella. Recibiéronle con alegría, y él, gozoso y lleno de bondad, les dijo al ver su sorpresa:

--Pues qué, señores, ¿no sabían que hoy, 11 de Febrero, celebro los días de mi mujer, que se llama Saturna?

--¡Qué gracioso!...--observó Miquis.--Por el nombre de su señora de usted, parece que es esposa de un astro.

--Se llama Saturnina, señor de Miquis.

--Por muchos años.

No estuvieron reacios los tres amigos en la aceptación del obsequio. Don Florencio, escanciando el Jerez, habló un poco de asuntos de la casa... El señor director volvería pronto de Alemania... Se iban á emprender algunas obras en la meridiana y en la biblioteca... Había llegado un gran cajón con el nuevo barometrógrafo encargado á Londres... Luego, volviéndose á Miquis, le dijo:

--¡Cuánto nos hemos reído con su amigo!

--¿Qué amigo?

--El de la capa, ese infeliz... Le hemos dado de comer, y nos ha contado su historia... ¡Cómo se han reído las chicas!... ¡Á Perico le ha caído tan en gracia...! Le hemos hecho mil preguntas. Dice que ha venido de su pueblo á patita para _meterse_ de médico. ¡No, no reirse, señores! Hay casos, hay casos. Yo soy viejo, y he conocido á don Lorenzo Arrazola empollando las lecciones de noche, á la luz de los portales de las casas... Éste apenas sabe leer; pero tiene una viveza... Dice que estaba en unas minas, que es de la familia de las piedras, y que á él se le ha puesto en la cabeza curar. Todo su empeño es que le tomen de criado, y que le dejen aprender. Á mi primo le ha entrado por el ojo derecho... Entre paréntesis, creo que conocen ustedes á don Pedro Polo y Cortés, capellán de las monjas de San Fernando. Pero no sabrán que tiene una escuela muy bien montada en el hermoso local que le han cedido las señoras á espaldas del convento.

--Le conozco--dijo Miquis con malicia.--Es un cura muy guapetón. Le he visto muchas noches por esas calles embozado en su capa...

--Alto allá, niño. No haga usted suposiciones injuriosas...

--Le he visto en el café...

--Alto...

--Pero, don Florencio, ¿esto es suponer mal? Esto significa que el padre Polo no es hipócrita.

--Como simpático--dijo Cienfuegos usando un giro popular,--lo es.

--Hombre que no gasta remilgos, pero que sabe como pocos su obligación de sacerdote... Yo lo puedo asegurar así á los señores que me escuchan--dijo con voz altisonante don Florencio, que admiraba mucho á Olózaga y tenía de cuando en cuando sus dejos y sonsonetes oratorios.--Es Pedro de la mejor pasta de hombres que conozco. Nada de hipocresías: no es él de esos que dicen una cosa y hacen otra. Lleva el corazón en la mano, y todo cuanto tiene es para los necesitados. Hay quien le critica porque gusta de vestir bien de paisano. ¿Y qué, señores? Para ser bueno, ¿es preciso andar cubierto de andrajos? Muchos conozco, señores, que andan por ahí como anacoretas, y luego en el hogar doméstico... Me callo.

--He oído que el padre Polo es furibundo gastrónomo.

--Alto ahí... Sobre eso también hay pareceres--añadió Morales tomando asiento.--¿Que le gusta comer bien en días señalados? Y entre paréntesis, señores, mi mujer nos ha dado hoy una comida... francamente, creo que ni en Palacio. Volviendo al punto que se debate, diré que sí, ciertamente, á Perico le gustan los buenos platos... Y entre paréntesis, ¿saben ustedes que poquito á poco se ha ido haciendo predicador, y es uno de los mejores que tiene Madrid? Yo soy viejo, he oído muchos oradores en las Cortes, en la Cátedra del Espíritu Santo, y cábeme la satisfacción...

--Muy bien,--clamaron los tres aplaudiendo.

--Cábeme la satisfacción...

--No se corte usted á lo mejor... Adelante.

--Entre paréntesis--dijo Cienfuegos con viveza.--También ha tenido usted hoy á su mesa dos chicas preciosas.

--Son hijas de un pariente, el conserje de la Escuela de Farmacia: Amparo y Refugio, dos ángeles, señor de Cienfuegos; trabajadorcitas, modestas. ¡Cómo se han reído con las cosas de Pedro! Porque Pedro es hombre de mucha sal... ¡Y qué corazón, señores! Un ejemplo: vió á ese chico, le encontró simpático y listo. Á todos nos daba mucha lástima. Al instante Pedro se volvió á mí y me dijo: «Don Florencio, éste es un hombre: le tomo por mi cuenta.» Y yo le dije... llévale de criado y enséñale en tu escuela... Entre paréntesis, señores, los hombres que, como Pedro Polo, se lo deben todo á sí mismos; los hombres que han trabajado para subir desde la nada de su origen al todo de su posición actual; los hombres, en una palabra...

Ésta era ya demasiada oratoria para don Florencio. La plétora de sus ideas le congestionó y no pudo concluir bien aquel brillante rosario de conceptos.

--Quiero decir--prosiguió,--que estos hombres son los que mejor pueden apreciar el mérito y las disposiciones... Volviendo al importante asunto que nos ocupa, diré á los señores que me escuchan que Pedro va á ser nombrado capellán honorario de Su Majestad. Esto no es paja...

--¿Qué ha de ser?...

--Pastor Díaz me le tuvo entre ceja y ceja para una canongía. El padre Cirilo no le deja vivir... siempre con recaditos. Y no es porque el primo de mi mujer sea de los aduladores de Su Eminencia Ilustrísima. Al contrario, Pedro tiene pocos amigos entre la gente eclesiástica. Entre paréntesis, no falta quien le critica por su, por su, por su...

Don Florencio no encontraba la palabra; mas la suplía con un vivo ademán que quería decir algo como franqueza, aires distinguidos, soltura...

--Y finalmente, señores, yo soy tan religioso como el primero; pero no me gustan curas retrógrados, sino que vivan con el siglo...

--¡Que se resbala, don Florencio!

Ruiz no podía contener la risa.

--¡Si es un progresistón como una casa!--gritó Miquis, echando el brazo por los hombros al bendito conserje.

--Alto allá, señores; atención...--manifestó gallardamente.--Vamos por partes...

--Está suscrito á _Las Novedades_ y á _La Iberia_, y es el gran amigote de Calvo Asensio.

--Alto, alto... Orden, señores, orden. Respétese el sagrado de las opiniones. Que Calvo y yo nos tuteemos, sólo quiere decir que ambos somos de la Mota del Marqués, y que le conocí tamañito así.