El Doctor Centeno (novela completa)

Part 18

Chapter 183,926 wordsPublic domain

Sin darle tiempo á disculparse, le tendió de una bofetada en el suelo. Doña Virginia dudaba si salir ó no á la defensa del chico. No lo hizo, porque le tenía cierta ojeriza á causa de los modos un tanto desenvueltos que había adquirido el Doctor, alentado por su amo y por los demás huéspedes, que le tenían cariño. La verdad en su lugar: Felipe había echado ciertas ínfulas que desdecían de su humilde condición. Á la señora patrona respondía con malos modos, y no respetaba á los mayores. Para nombrar á Montes, solía decir el _tío prisma_, y al señor de Alberique le mostraba antipatía y menosprecio.

Á los gritos que el muchacho daba acudieron Poleró y don Basilio. En el mismo instante, Felipe, revolviéndose iracundo, como cachorrillo herido, se levantó y buscó con sus trémulas manos un objeto sobre la mesa. No hubo de encontrar más que el cacharro con agua negruzca y dos ó tres pinceles, y cogiéndolo todo con prontitud, lo disparó contra la cabeza del moro. Este fué hacia él con ánimo de espachurrarle. Dios sabe lo que habría hecho si no se hubiera interpuesto Poleró.

--No sea usted bárbaro... No trate usted así á un pobre chico.

--Permítame usted, señor Alberique... ¿Está usted seguro de que ha sido él?...

--¿Y ustedes qué tienen que ver aquí?--gritó el bárbaro...--Métanse en sus cosas, que yo me recopilo en la espantadísima...

--¡Eh! no sea usted animal... No le aguanto á usted sus coces...

--¡Si cojo á uno...!--gruñía el moro acobardado.

--Le digo á usted--gritó Poleró con repentina cólera,--que no tiene usted que tocar á Felipe. Vaya usted noramala.

Corrió Centeno al cuarto de su amo. Alberique balbucía con estropajosa lengua excusas, blasfemias y amenazas. En esto, Virginia, que quería poner paz y evitar un escándalo, se llegó á él diciéndole:

--No seas bestia... ¿Á qué tanto grito para nada, por una gota...? ¡Qué hombre! No sé cómo...

El berberisco de Cocentaina, manso con los fuertes, tremendo con los humildes, halló en la oposición de su mujer buena coyuntura para mostrarse valeroso. Aquel león no era tal león si no tenía un cordero en que cebarse. Le habían quitado á Felipe; pues echaba la zarpa á su mujer. Como arma de fuego que se dispara, así soltó estas palabras:

--¿Y tú?... Mejor te callaras, grandísima...

¡Ay, Dios mío, lo que salió de aquella boca! Abochornada la buena mujer de oirse calificar tan indignamente por su propio marido, estuvo un momento vacilante entre el llanto y el furor. Su espíritu enérgico decidióse al fin por lo último, y se fué derecha á él gritando:

--La culpa tengo yo que mantengo animales...

Palabrita tras palabrita, pronto vinieron los hechos. Ven, Homero, y canta esta colosal pelea. Virginia descargó de plano la sartén sobre la nefanda cabeza del moro, y éste agarró con su mano hercúlea el moño de ella... Gracias que los huéspedes acudieron todos á la defensa de la señora, que si no... En aquel punto entró Zalamero, y, sin decir nada, acometió furioso al berberisco, agarrándole por el pescuezo... Momento trágico con sus vislumbres humorísticos. Don Ramón de la Cruz, ¿en dónde estabas, que no fuiste á verlo? Cayóse el fez de Alberique, y á Zalamero se le abrió la camisa por el cuello...

--Señores... ¿qué es esto?

--Atrás...

--No faltaba más...

Don Basilio, que se empeñaba en sujetar á Alberique, sufrió la extirpación violenta de un callo, y todo se le volvía renegar de la pendencia y de los contendientes. Arias entró también. Poleró, pasado el peligro, reía de ver al relamido y moderadísimo Zalamero tan descompuesto y fuera de sí. Llorando, cual Magdalena, Virginia decía:

--¡Si no fuera por...! ¡Y que yo tenga en mi casa á semejante...!

--¿Qué escándalo es éste?--gritaba Arias.

Y Montes se presentaba también con aspavientos de dignidad, diciendo:

--Será preciso llamar una pareja de la veterana... Francamente, yo creí que en una casa como ésta...

Hasta el pacífico don Jesús Delgado compareció lleno de susto y alarma, pálido, en el lugar de la escena, mas no para aplacar á los combatientes.

--¿Qué es esto? ¡oh!... Hace una hora que están llamando á la puerta, ¡ah! y nadie va á abrir. Debe ser el cartero.

Risas... Aún faltaba lo mejor. Entró Alejandro de improviso, y, sin más ni más, fuese derecho á Alberique y le cogió de la solapa. Atención:

--Oiga usted, cafre: me han dicho que ha pegado usted á mi criado...

--¡Verbo!... yo... diré...

--¿Y todo, por qué? Por estos mamarrachos--gritó Alejandro echando una ojeada á las pinturas heráldicas.--Mejor se ocupara usted en cavar, holgazán, y no en hacer estos adefesios.

Diciéndolo, cogió las láminas, hizo con ellas una pelota, vertió la tinta, esparció los pinceles. Furor, nuevo alboroto, risas, protestas.

--Me recopilo en el reputadísimo verbo y en la reputadísima madre...

--¡Eh! poco á poco.

--Cállese usted...

--Váyase usted á hacer gárgaras...

--¡Le cojo y le...!

--Cuidado, don Alejandro.

--¡Perdido!...

--¡Si esta casa es un...!

--Permítanme ustedes, señores...

--¡Silencio!

--Nada: yo llamo á la pareja, porque, francamente, aunque la cosa no merece la pena, si se mira bajo el prisma de la decencia...

--Don Alejandro, usted es un acá y un allá.

--Señores...

--Bruto...

--Paz, paz... No es para tanto...

--¡Mis láminas... las tiene que pagar!

--Vaya usted á donde fué el padre Padilla.

Basta... Aquella tarde, cuando ya los ánimos se aplacaron, Virginia entró con altiva arrogancia patronil en el cuarto de Miquis. Considerando que la permanencia del manchego en la casa renovaría la escena lamentable de aquella mañana; considerando, además, que Alejandro había escrito las cartas que soliviantaron el pacífico ánimo de don Jesús Delgado, venía en sentenciar y sentenciaba que el don Alejandro no podía seguir más tiempo en tan ilustre casa. La notificación fué breve y expresiva:

--Don Alejandro, vengo á decir que hoy mismo me hará usted el favor de marcharse con su criado, sus dramas y sus literaturas.

V

PRINCIPIO DEL FIN

I

Oída la sentencia, se quedó el manchego un tanto perplejo y triste. Después de larga pausa, abrió meditabundo el cajón de la cómoda, donde guardaba su tesoro; sacó los restos de él, contó... ¡Tristísimo caso! Del pingüe caudal que le diera su tía no le quedaba ya cantidad suficiente para liquidar cuentas con Virginia. ¡Qué trágicas sorpresas ofrece el destino á los hombres ricos!... ¿Pero por qué había de acobardarse? ¿Por ventura el crédito no equivale á dinero? Alejandro tenía crédito, y al punto, en caso tan apurado, iba á hacer uso de él. Salió con prisa, volvió más tarde con dos mil realejos en cuatro billetes muy lindos de á quinientos. No necesitaba tanto; pero bueno era estar preparado para las contingencias de un cambio de domicilio.

Hay días terribles, hay horas que debían ser borradas de la tabla del tiempo. ¡Por dónde se le antojó aquella tarde al bueno de Cienfuegos entrar en la casa con cara de ajusticiado, ponerse delante de su amigo, y endilgarle palabras que, por lo cavernosas y lúgubres, bien podrían salir del frío hueco de una tumba!

Nada, nada: el sinventura Cienfuegos había formado propósito nada menos que de pegarse un tiro aquella misma tarde. Que sí, que se lo pegaba. No tenía más remedio; era cuestión de honra. Él era muy pundonoroso, y no podía sobrevivir á su deshonra... Porque como su familia no le mandaba nunca un cuarto, había hecho uso de cierta suma que le confiaran... del dinerillo perteneciente á unos huérfanos... En fin, llegaba el momento de entregar aquella cantidad. ¡Eran las cinco... las cinco! y desde las cuatro le esperaban en el café. ¿Quién? Los papás de los huérfanos; los papás no, los tíos... Total: él se pegaba un tiro, tan fresco, y... Nada, que se lo pegaba. ¡Cosa muy triste, en verdad, renunciar á la vida por cuarenta y ocho duros, tres onzas!... Pero como ningún amigo quería darle nada, por lo mucho que á todos debía... ¡Y qué casualidad y qué desconsuelo! el mes próximo tendría tres mil reales... pero seguros, seguros como si los llevara en la mano. Su tío, el boticario de Barajas, le había comprado su tanto de hijuela... Lo malo era que como se iba á pegar aquel tirito, no podría disfrutar de los tres mil reales...

ALEJANDRO.--(_Con hidalgo movimiento del ánimo y de la mano._) Toma.

CIENFUEGOS.--(_Balbuciente, pálido y tocando con las puntas de los dedos lo que le daban._) Puedes estar seguro de que el mes que entra... ¿Qué mes es? ¡Ah! Diciembre... Sí, sí, seguro. No será en los primeros días, ¿sabes? sino allá del 10 al 12...

Eran las cinco y media. Arregladas las cuentas con Virginia, salió Miquis de la casa. Trajo Felipe al mozo que había de cargar el baúl, y él mismo llevó á la espalda su petate, que á la verdad le pesaba poco. La casa á donde fueron á parar era conocida de Alejandro, por haber visitado muchas veces en ella á un estudiante manchego, su amigo. No quiso la nueva patrona admitir á Felipe, porque allí, dijo, no se necesitaban criados, ni habían visto nunca que ningún huésped los tuviese. Sólo en calidad de tal, y pagando como su señorito, podía el Doctor ser admitido. Pero ni él tenía un solo real, ni su amo, ya caído de la cumbre de la prosperidad á la sima de la escasez, podía atender al pago de dos hospedajes. Con todo, el generoso tobosino, en la breve conferencia que amo y criado tuvieron á solas, dijo: «Sí, yo te pago: creo que tendré dinero.» Prudente y previsor Centeno, adivinó con su instintiva perspicacia las dificultades de lo porvenir.

--No--dijo,--yo me voy á vivir á una posada que conozco en la calle de las Velas... Es donde van los mieleros de la Alcarria.

La casa en que se hospedó Miquis era barata y detestable. Vivían allí estudiantes pobrísimos de Medicina, Farmacia y Veterinaria. Las habitaciones parecían madrigueras, y la comida rancho.

--Me estaré aquí unos pocos días--pensó el joven,--hasta encontrar cosa mejor.

Tan mal le supo la comida el primer día, que determinó pagar sólo el cuarto y comer fuera. Esta vida libre, nómada, irregular, le enamoraba. Según estuviese el bolsillo, así comían él y Felipe, regalada ó miserablemente: un día en la fonda, otro en un ventorrillo de las afueras, á veces en inmunda taberna de la calle del Grafal ó en alguna pastelería de Puerta Cerrada. No había mayor delicia para uno y otro que ver caras distintas, gustar distintos sabores y aliños de comida. ¡Libertad, variedad, sorpresa! Este era el principal goce de aquella errante vida.

Inseparables de la vagancia fueron ¡ay! los apuros. Alejandro vivía del crédito y de combinaciones. Cuando se le acabó el crédito, cada vez que necesitaba dinero, empeñaba una pieza de ropa, y las tenía muy buenas. Felipe era el encargado de estas comisiones, y las hacía con diligencia y hasta con inocente alegría. Llegó á tener conocimiento con todos los prestamistas de Madrid, y ya sabía dónde daban más.

Desde que adoptó la vida libre, no volvió Alejandro á poner los pies en la Universidad. Agotadas las ropas, empezó á malvender, en los puestos de libros, todos los que había comprado. La grande y la pequeña literatura, Víctor Hugo y Paul de Kock, Balzac y Pigault Lebrun, Manzoni... todos, en suma, fueron saliendo en lúgubre procesión, marchando á los desvencijados estantes de los baratillos, donde los recibían por la tercera parte de lo que allí mismo costaran. Tras esta familia simpática fueron displicentes los libros de Derecho, rotos y sucios, con los pliegos revueltos, liándose á bofetadas unos con otros. Últimamente, no le quedaban á Alejandro más que un par de volúmenes de que no quería separarse, y la ropa que tenía puesta.

Levantábase siempre muy tarde; iba al café, donde estaba charlando hasta cerca de la noche. Esperábale Felipe en la Puerta del Sol, y se iban juntos á buscar dónde habían de comer. Separábanse luego, porque Alejandro iba solo á sus visitas nocturnas. En la casa, ya muy tarde, le aguardaba Centeno; hablaban del drama que se iba á representar, y luego, el amo se dormía. Á veces Centeno se iba á su domicilio, á veces se quedaba en el de su amo, durmiendo en el suelo sobre una veterana alfombra.

Por la mañana, lo primero que hacía Miquis, antes de pensar en levantarse, era deplorar su falta de fondos. La pobreza aumentaba de un modo alarmante, acompañada de terribles compromisos y sofocos. Felipe consideraba con espanto aquella penuria, y no comprendía cómo habiendo Miquis recibido de su casa algún dinero, estaba ya tan esquilmado. ¿En qué gastaba los duros?... Hacía tímidas preguntas sin obtener respuesta... Miquis, sin decidirse á abandonar el lecho, se devanaba los sesos discurriendo á qué amigo pediría, y qué argumentos eran más fuertes para apoyar su petición. Por último, daba en el quid y escribía su esquela, que Felipe se encargaba de llevar. ¡Cuánto desengaño! ¡qué horripilantes negativas! Alguna vez, entre cien, se daban casos de resultado satisfactorio. Entonces volvía Felipe lleno de gozo, que se le traslucía en el semblante.

Llegó por fin un tiempo en que Alejandro tenía que esquivar la presencia de sus amigos, que empezaban á mirarle de mal modo. El infeliz no se presentaba en parte alguna donde no viera cara de ingleses. Los que no lo eran le tenían en poco por su desordenada vida, y el aspecto de miseria y abandono que iba tomando en su vestido. El estado rentístico empeoraba rápidamente; sus deudas eran tantas, y tan perentorios los vencimientos y compromisos, que el dinero que le enviaba su padre se le desvanecía en las manos, apenas cobrado, como cosa de encantamiento.

Tuvo Alejandro que guardar cama ocho días de Diciembre, porque un fuerte catarro de pecho que le acometía todos los meses le atacó en aquél con tanta fuerza, que á poco más degenera en pulmonía. Felipe le acompañaba día y noche, procurando distraerle y apartar su ánimo de toda tristeza. Para Alejandro, verse sepultado en una cama, sin poder vagar por las calles, ir á los cafés ó á otros lugares que de noche frecuentaba, era grandísimo tormento. Hasta su exaltado optimismo se enfriaba entonces; casi, casi tenía dudas de la próxima representación del drama, y se le reproducían con dolorosas punzadas los remordimientos por haber gastado el dinero de los juros.

Impaciente por curar, echóse á la calle antes de tiempo, cuando apenas podía tenerse en pie. No quiso presentarse en ningún círculo de amigos, por vergüenza de que le vieran en lastimoso estado de ropa y con las botas descosidas. Al ver de lejos á cualquiera de sus antiguos compañeros, se apartaba para no encontrarle, ó retrocedía, ó se metía en un portal.

II

Felipe era su único amigo, y el más leal y condescendiente de todos. Era un chiquillo, es verdad, incapaz de sostener conversación seria sobre cosa alguna; pero tenía tal entusiasmo por su amo, que no hacía diferencia en ninguna acción ni palabra de éste, y todas las tenía por acertadas, hermosas y sublimes. Era el adulador sempiterno, si esto puede decirse de una adhesión inflexible, fundada en el agradecimiento, y en un vivísimo afecto que á la vez era fraternal, filial y amistoso.

Cuando salían á sus excursiones diurnas y nocturnas, había que verles. Como tuvieran abundante dinero, se hartaban en un bodegón; si no, compraban alguna vianda ligera y se la comían al campo raso. Daban grandes paseos por las afueras, observando la diversidad de tipos y asuntos que se encuentran á cada momento; estudiaban en el gran libro de la humanidad transeunte, cuyas páginas, llámense sorpresas, encuentros ó casualidades, ofrecen pasto riquísimo á la fantasía y á la inteligencia. Ávidos, sin darse de ello cuenta, de los goces mentales que proporcionan los panoramas populares con paisaje y figuras, bajaban al río y entraban en vivos altercados con las lavanderas; daban la vuelta luego por las Injurias y las Yeserías; subían fatigados á Madrid después de cuestionar con los gitanos en la Ronda de Embajadores, y, por último, algo tenían aún que hacer á las puertas de los cuarteles, oyendo conversaciones picantes entre mujeres y soldados.

Se metían también en las iglesias á oír sermones, á ver las beatas, y oír cantorrios y salmodias. En la puerta no faltaba un poco de palique con los mendigos. Hasta se atrevieron á colarse una tarde en la sacristía, de donde les echaron poco menos que á puntapiés.

Por el centro de Madrid y paseos principales andaban poco; mas cuando lo hacían, eran sus excursiones muy instructivas. Felipe se detenía con vivo anhelo en los escaparates de libreros ó fotógrafos, allí donde hubiese retratos de personajes célebres. Gozoso Alejandro de verlos también, informaba al otro de los nombres, diciéndole: «Ese de la cara menuda, nariz en punta y antiparras, es Hartzenbusch; aquel joven de rostro triste, es Eguílaz; el de anteojos y bigote cano, García Gutiérrez; el que está al lado, Aguilera, y el otro de cara risueña y maliciosa. Mesonero Romanos.»

Cuando con alguno de éstos se topaban, no en retrato, sino de carne y hueso, en la calle, no se hartaban de mirarle, y aun le seguían largo trecho. De sus contemporáneos, el que mayor entusiasmo despertaba en Alejandro era Ayala, poeta insigne, recién laureado por su célebre obra _El Tanto por ciento_, de la cual decía nuestro manchego: «La primera vez que la ví representar me hizo tal efecto, que estuve en cama tres días.» Y en su _Grande Osuna_ había querido hacer gala de remedar la dicción admirable, limpia y sonora de _El hombre de Estado_. No ya cariño, sino veneración idolátrica era lo que á Miquis inspiraba el poeta extremeño, por la perfección escultórica de sus obras, por la energía de sus versos, y aun por su hermosa figura calderoniana.

Cuando le veían de lejos, Miquis, sin poderse contener, gritaba: «¡Ayala, Ayala!» y le seguían por toda la calle, adelantándose á él, á trechos, para mirarle de frente.

Al Museo fueron alguna vez. Contemplaba Felipe, con la boca abierta, aquellas figuras tan guapas, y tenía como una sospecha del gran mérito de todas ellas. En presencia de la perfección artística, no hay persona, por ruda, por ineducada que sea, que no sienta, ya que no otra cosa el secreto orgullo de su afinidad con la esencia divina que inspiró aquella belleza, y de su parentesco corpóreo con las manos que la ejecutaron.

--¿Esto lo hizo un hombre?...--preguntaba Felipe en el colmo del candor.

--Sí: Murillo.

--¿Y aquellos ángeles, los sacó de su cabeza?

--Ahí verás tú.

Un domingo, en la puerta ya muy entusiasmados, no les fué permitido entrar por el malísimo pelaje que tenían. Avergonzado Alejandro, estuvo todo el día mudo, atento sólo á sus botas usadísimas, á su raída levita y al sombrero, que parecía comprado en los bazares del Rastro. En cuanto á Felipe, más nos valdría no describirle ni aun mirarle. Su calzado era un par de chanclas viejas, rotas y deformes, que había adquirido no se sabe dónde, con más barro que cuero. La chaqueta que le cubría el cuerpo no era ya de color conocido, y por mil bocas pedía que la llevaran á una tina de trapos viejos para convertirse en papel. También los pantalones querían ser papel, aunque fuera de estraza. No se sabe cómo fué á parar á la cabeza del insigne Doctor aquella boína encarnada con un agujero por donde le salían erizados mechones de pelo.

Del balance de caja más que del estado del tiempo, dependía el empleo que daban á las horas de la noche. Si Alejandro tenía dinero, ya procediese de su mesada, ya de la incauta generosidad de un amigo, se iba solo á sus correrías. «Mira, Felipe--le decía después de comer,--ahora te vas á casa; te pones á estudiar... Aunque no puedes ir al Instituto, por tu mala ropa, conviene que aprendas las lecciones. Yo tengo que hacer. Abur.»

Cierta noche siguióle Centeno, y vió que entró en una casa... pero nada más supo ni averiguó. Casa era de apariencia vulgar, y la ruín fachada no decía qué clase de amistades allí solicitaban al asendereado manchego. Felipe aprovechaba las noches en que su amo le dejara solo, para trabajar _pro domo sua_. Tenía instintos prácticos, vocación latente de buscarse la vida, y aunque no era maestro en las artes del pedigüeño, se dió tales mañas, que á las pocas noches de haber visitado á Zalamero y á doña Virginia, consiguió una levita vieja, que á él le venía de perlas si encontraba quien se la arreglase; un hongo, y botas magníficas con caña de tela. Bien, bien.

Cuando Alejandro estaba limpio de dinero; cuando entre los dos no reunían más que la peseta ó los cinco reales con que atracarse de judías ó de una mala sopa, no se separaban por las noches. Miquis suspiraba, desconsolado y tristísimo; pero en cuanto empezaban á recorrer calles, como que se distraía y se olvidaba de su penuria. Gustaban de recorrer los barrios bajos, viendo riñas, escenas y extravagancias populares; ó bien, hastiados del bullicio, se metían por el solitario arrabal de la Mancebía, calles de la Redondilla y del Toro, plazuelas del Alamillo y de la Paja. Miquis necesitaba poco para transportarse con el vuelo de su imaginación al siglo XVII, y excitado por lo extraño de la escena, contaba á su amigo aventuras, episodios históricos, y le describía sucesos y caracteres.

También gustaban de recorrer la calle del Almendro, y se detenían ante la cerrada casa de la tiíta. Una noche de limpio cielo y clarísima luna, se sentaron á descansar en el pretil de Santisteban. Aquel sitio era perfecto escenario de aventuras de antaño. El caserón de Santisteban, el desnivelado suelo, el pretil, la casa de los Vargas con la barroca puerta de la capilla, la torre mudéjar de San Pedro, la soledad, la escasa luz, el silencio, todo era propiamente decorativo y romántico. No faltaba más que la humanidad con golilla y tizona. Miquis, inspirado, se terció su capa, dió varias vueltas, ocultóse en el hueco de una puerta, y salió de improviso gritando:

_«¡Teneos... atrás! ¡traidor!_

Ponte tú en medio de la calle y responde con brío:

_¡Qué escucho! ¡cielos, valedme!_

Y yo te doy la estocada:

_¡Válgate el infierno!_

Tú dices entonces con angustia:

_Aguarda._ _Oye una palabra... advierte_...

Y yo te remato así:

_¿Palabras yo? toma hierro_.

Y caes bañado en sangre gritando:

_¡Yo muero... Jesús mil veces!_

Sofocado de su mímica tumultuosa, se sentó en el pretil.

--¡Qué gigantesca figura la de ese Duque!--exclamó con profundo desconsuelo.--¡Y que esto no se haya representado todavía...!

Cual si hablara con quien pudiera apreciar su erudición, dijo así:

--Yo presento al Duque como la figura más genuinamente española del siglo XVII. Su época está retratada en él, con todo lo que contiene de grande y viciado. Es un insigne caballero aquel don Pedro Téllez Girón, libertino, justiciero, cruel con los malos, generoso con los buenos; gobernando el reino de Nápoles, más que con juicios reposados, con ímpetus repentinos que casi siempre le salían bien; perseguidor de los usureros, de los curiales y de todos los que oprimen al pueblo; frenético por las mujeres y enamorado de todas las que veía; ambicioso de gloria, de popularidad; liberalísimo, manirroto, lleno de deudas; en diplomacias agudo, en moral indulgente...

Tantas vueltas había dado en su espíritu al famoso y noble Virrey, que concluyó por identificarse con él y hacerlo suyo, fundiendo el carácter soñado en el real. En sus soliloquios decía: «Soy lo mismito que el _Grande Osuna_.» ¡Oh! pues si Alejandro tuviera medios de manifestar lo que en sí llevaba; si los tiempos y las circunstancias le permitieran exteriorizarse, sin duda admiraríamos en él al gallardo tipo del prócer dadivoso, caballeresco, justiciero, duro con los malos, blando con los buenos, enamorado hasta el frenesí de toda mujer guapa...

Dando en el hombro de Centeno una palmada tan fuerte, que á poco más le hace caer del pretil, díjole estas enfáticas palabras:

--Tú eres mi secretario, el gran don Francisco de Quevedo.

Verse comparado con el hombre más gracioso que ha existido en el mundo, hacía reir á Felipe de gozo y orgullo.

Si pasaba un transeunte, Miquis decía al oído de su secretario: