El Doctor Centeno (novela completa)

Part 17

Chapter 173,868 wordsPublic domain

«Excelentísimo señor don Jesús Delgado: Los que suscriben, hospedados en ésta su casa, se atreven á interrumpir las graves ocupaciones de usted para rogarle se digne aceptar una modesta taza de negro café en el humilde albergue en que la amistad los reúne. Aunque la fraternidad que informa los actos de personas aposentadas bajo un mismo techo, justifica por sí este acto, los que suscriben, Excelentísimo Señor, quieren dar á la presente manifestación un móvil y origen superiores á los que tendría si fuese un simple arranque de urbanidad: quieren ¡oh! derivarla de los sentimientos de admiración y respeto hacia la augusta persona que ha prestado tan eminentes servicios al país y al mundo entero en el importante y florido ramo de la Instrucción pública.

Siendo los que suscriben, señor Delgado, escolares que aspiran á la posesión del saber en diferentes artes y ciencias, no pueden menos de sentirse orgullosísimos de vivir junto al insigne estadista que en doctas y previsoras leyes ha sabido trazar el camino por donde la juventud marcha á la conquista del Vellocino de Hierro de los modernos tiempos, señor don Jesús, que es la Instrucción.

Los que suscriben, Excelentísimo Señor, esperan que usted, con la modestia del verdadero mérito, aceptará esta humildísima prueba del respeto, de la consideración, del entusiasmo de sus compañeros de casa; y si tal honra merecen, tendrán por feliz y gloriosa entre todas las noches, la noche del 4 de Noviembre de 1863...»

Seguían las firmas.

La seriedad del acto, el tono grave y ampuloso de Poleró, pusieron á don Jesús Delgado como quien ve visiones. No supo qué contestar: todo se le volvía inclinarse y balbucir; gratitudes... Cuando dijo Poleró lo de los servicios á la Instrucción pública y del florido ramo, medio se enterneció el hombre y estuvo á punto de llorar.

Fué, mejor dicho, le llevaron casi á rastras; y cuando entró en el cuarto, precedido de la comisión, recibiéronle todos con ruidosos aplausos. El bienaventurado don Jesús estaba perplejo, conmovido, y tan creído de la verdad de lo que pasaba, que no se daba cuenta de la burla. Mientras tomaba café, los otros le abrumaron á cumplidos, lisonjas y felicitaciones de celebérrimos trabajos. Poleró era el único que faltaba, porque se había encargado de examinar las cartas y descubrir el secreto; acción que no consideraron villana, tratándose de un loco.

Diríase que á don Jesús le quemaba el asiento. Apenas apuró la taza, ya quería irse. Su turbación y cortedad eran grandes.

--Un momento más,--le decían, deteniéndole casi á la fuerza.

--Si ustedes, ¡oh! me permitieran retirarme...--respondía él con timidez.--Apenas he empezado mi tarea...

Por fin le soltaron. Una comisión había de acompañarle hasta su domicilio. Todo se hizo con aparato y cortesana pompa. Cuando el infeliz se encerró de nuevo, viérais á Poleró entrar en el cuarto tapándose la boca para contener la risa. Se tiró en una cama, porque su hilarilad y los esfuerzos que hacía para sofocarla y no meter ruido, le daban convulsiones...

--¿Pero qué, pero qué es...?

--No podéis figuraros.

--¿Qué cartas son esas?

--La locura más graciosa que se puede hallar.

--¿Quién le escribe? ¿Á quién escribe?

--¡Si no lo hubiera visto...!

--¿Á la Reina?

--No.

--¿Al Papa?

--No... Asombraos todos. Se escribe las cartas á sí mismo...

--¿Y las recibe?

--De sí mismo. Todas las cartas están encabezadas: «Señor don Jesús Delgado: Muy señor mío...» y todas concluyen así: «su seguro y atento servidor, Jesús Delgado.»

¡Qué risas, qué algazaras!

--¿Se le da un bromazo, sí ó no?

--Hombre, ¿mayor que el de esta noche?...

--Mayor, sí, mayor.

Poleró contó en breves términos lo que decían algunas cartas. Todo era referente á extraños planes de Instrucción pública. En algunas despachaba consultas sobre delicadísimos puntos de la misma materia. No estaban mal escritas, pero sí salpimentadas con las exclamaciones «¡ah! ¡oh!» que usaba también hablando.

--Sí: de la Dirección le echaron por loco--indicó Zalamero.--Ahora recuerdo: empezaron á notar rarezas en sus informes, y extrañísimas teorías traducidas del alemán. Por tales ideas estrambóticas, tuvo el Director un gran disgusto con el Arzobispo de Toledo.

--¿Con que se le da el bromazo?

--¿Cómo? ¡Ah! ya... escribiéndole una carta firmada por él mismo.

--Eso, eso...--clamó Poleró.--Á ver quién imita su letra. Le he quitado una carta.

--Venga--manifestó Cienfuegos, que se creía con aptitud para el caso.--Yo la imitaré.

--Que ponga Miquis el borrador. Entérate, Alejandro, de las tonterías que dice, y no omitas las interjecciones.

--Mañana... Es preciso sustraerle un poco de esta hermosa tinta violada que usa... Felipe, mañana, cuando limpie la chica el cuarto, entras á ayudar, y...

--Convenido: ¡qué lance!...

--Señores, las diez...--gritó Sánchez de Guevara, blandiendo el espadín.--Es hora de estudiar. Se levanta la broma.

--Hasta mañana.

VIII

El sábado por la noche, casi todos los huéspedes fueron al paraíso del Teatro Real. Miquis llevó á Felipe, que no había estado nunca, y se quedó medio atontado ante lo que veía y oía, cual si estuviera en un mundo distinto del que habitamos. Cosas y personas se le representaban engrandecidas y sublimadas por ignorado poder de magia. Aquello no era natural: era sueño, ocio de los sentidos y mentira del alma. Tanta señora guapa en los palcos; el deslumbrador abismo de rojo y oro, de hermosura y luces, que desde arriba presenta la cavidad del teatro; la escena grandísima, con aquellos señores que salían á cantar, ahora solos, ahora en bandadas; la muchedumbre de músicos que en aquel andén tocaban tanto instrumento; los deformes contrabajos, las doradas arpas, los aplausos, el canto, el silencio, el ruido, la atmósfera espesa... todo causaba al Doctor suspensión del ánimo y cierto embarazo de la palabra. Se reían los demás de verle con la boca abierta, atento, lelo, y sin responder cuando le decían: «¿Qué tal, Doctor; qué te parece esto?» El miedo de decir alguna barbaridad le tenía mudo.

Zalamero y Virginia estaban en una de las filas más altas; abajito, junto á la escalera de la derecha, en apretada falange, todos los demás huéspedes, alborotando más de lo regular y dando broma á don Leopoldo Montes, que acompañaba, no lejos de allí, á unas cursis de mal pelaje. Aplaudían furiosamente á Mario, que aquella noche cantaba. En los entreactos. Montes, por darse los humos de una opinión musical, mostrábase partidario de lo pasado, y alzando la voz en su defensa, decía:

--¡Si hubieran oído ustedes al célebre Moriani, el tenor de la _bella morte_! Yo le oí en París... Aquél sí reunía todo: voz y canto; no era como este ídolo de ustedes, á quien sólo se puede admirar _bajo el prisma_ del estilo.

En pie, para dejarse ver y oír, el tal Montes, tieso y bigotudo, con la ropa muy ceñida para lucir las formas, llamaba la atención de medio paraíso por su arrogancia cursilona, su cabeza llena de bandolina, sus aires pedantescos y sus ridículas pretensiones de hombre de mundo... Poleró estimulaba la fatuidad de Montes con chanceras lisonjas, y todos se divertían atrozmente con la buena música, los bandos musicales, las cursis, las apreturas y las bromas y agudezas propias de aquella caldeada región.

En la casa de huéspedes reinaba silencio gratísimo, en cuyo seno, como pez en el agua, la mente prolífica de don Basilio Andrés de la Caña escribía su centésimo artículo sobre el eterno tema, y era de ver cómo aquella máquina de guerra salía, erizada de explosivas sumas y de cortantes guarismos. Cada vez que el redactor se pasaba la mano izquierda por la cabeza, brotaba de la pluma, rápidamente meneada por la derecha, una chorretada de números que... ¡Pues si aquello lo leyera alguien, Dios poderoso!

Dos personas más había en la casa, igualmente silenciosas: la Bernardina, que se había puesto á coser junto á la mesa del comedor, y dormitaba más que cosía, y don Jesús Delgado, que trabajaba en su cuarto con la constancia y fe de todas las noches. Antes de ponerse á escribir, leyó cuidadosamente el bendito señor en diversos libritos ingleses y alemanes; paseó un rato por la habitación como discurriendo lo que iba á contestar; y haciendo visajes y contorsiones, tomó luego la pluma, que no porque fuera de éstas de acero que ahora se usan, dejaremos de llamar _bien cortada_. Le acompañaba un discreto y grave amigo, Julián de Capadocia, dormitando no lejos de la mesa, y á ratos levantaba la cabeza y le dirigía miradas cariñosas. Expresivo era el rostro del apacible can, y si hubiera tenido palabra le habría dicho: «¿Cómo va eso, señor Delgado?» Pero se lo decía con los ojos, y con los ojos también respondíale don Jesús: «Difícil tema es éste, ¡oh! amigo Capadocia: allá veremos lo que sale.»

¿Era verdad lo que Poleró había dicho? Sí: toda la correspondencia que Delgado contestaba habíala escrito él mismo un día antes. El desgraciado huésped, cuya vida se nos presenta en tan raro misterio, así como los orígenes de su pacífico desorden mental, merecía bien el mote que le puso Arias Ortiz, ramplón helenista: le llamaba el _eautepistológrafos_, ó sea el que se escribe cartas á sí propio.

De las doce ó catorce que había recibido aquella tarde, tomaba don Jesús una, la leía con atención cuidadosa, meditaba un rato sobre ella y luego la contestaba. Sucesivamente hacía lo mismo con las otras, alternando el leer y el escribir, hasta despachar la mitad del trabajo, quedándose la otra mitad para la mañana siguiente. He aquí una, tomada al azar del repleto archivo del arcón:

«Señor don Jesús Delgado.--Muy señor mío de mi consideración más distinguida: Recibí su atenta, fecha 28 de Octubre, y me apresuro á contestarle que su admirable plan de la _Educación Completa_ no es ni será comprendido por esta caterva rutinaria de la Dirección, incapaz de salir ¡oh! de los antiguos moldes. Pasarán años; será preciso que todo el régimen del Estado varíe; que la sociedad se conmueva para sacudir su modorra; que pensamientos nuevos y nueva luz entren en el cerebro narcotizado y tenebroso de la Nación; y aun así, ¡oh! la reforma que usted quiere implantar no será un hecho si no dedica usted un siglo más al ensayo y tanteo de su difícil aplicación. Vino usted al mundo ¡oh! antes de tiempo, amigo mío. Lo mejor que puede hacer ahora, para no aburrirse aquí con tan larga espera, es darse una vuelta por la eternidad y volver dentro de siglo y medio, año menos, año más.

Entonces el Gobierno pensará de otra manera, y habrá caído en total descrédito la educación de adorno que ahora prevalece, compuesta de conocimientos necios, baldíos y de relumbrón, como las pinturas ridículas con que se engalanan los salvajes.

Cuando usted vuelva, la sociedad habrá comprendido que, en todo el curso de la vida, lo importante ¡ah! no es _parecer_, sino _ser_, y que á este principio debe sujetarse la educación.

Deseo que usted explane sus ideas sobre esto, demostrando que el fin educativo es _prepararnos á vivir con vida completa_. Espero en su próxima carta una clasificación _de las principales direcciones de la actividad que constituyen la vida humana_, para deducir ¡oh! cuál es la educación que debe preferirse, según la condición y fines de aquellas direcciones de la actividad.

Entre tanto llega su deseada carta, se repite de usted ¡oh! atento servidor q. b. s. m.--JESÚS DELGADO.»

Este tono grave no lo empleaba en todas sus cartas; las escribía también familiares, como la muestra:

«Querido Jesús: Por la tuya del 7 veo lo atareado que estás en esa oficina de la _Educación Completa_, establecida en el séptimo cielo, círculo tercero á mano derecha. ¡Pobrecito, tener que contestar tanta carta, venida de remotos países...! Veo que los amigos Frœbel y Pestalozzi no te ayudan nada. ¡Qué pícaros!

La familia buena. Estamos ensayando en los niños tu sistema de educación recreativa, ¡oh! que forma parte de la completa. Esto de enseñarles jugando es invención, como tuya, donosísima. Hemos tirado á la basura todos los librotes indigestos que los chicos tenían, y en su lugar les hemos dado herramientas de fácil manejo, lápices y colores, cartón para hacer casitas, y otras menudencias dispuestas conforme á lo que mandas.

Sofía está otra vez en estado interesante y muy avanzada... ¡Cómo ha de ser!... Mi _sabiduría_ me da un hijo cada año. Venga, y le educaremos jugando. Nos harán falta pronto tus ideas sobre la lactancia. Escríbenos sin dilación, que quizás mañana empecemos á necesitar tus teorías lactatorias, ¿qué digo, mañana? ahora mismo... me avisan que Sofía... ¡ah! ¡oh! no puedo seguir; adiós.--JESÚS.»

Aquella noche, como dije, despachaba tranquilamente Delgado su correspondencia, cuando de pronto, al abrir una de las cartas y leerla, se quedó turbado, frío, y empezó á hacer tales visajes y contorsiones, que la cara se le desbarataba, cual si quisiera protestar de las leyes anatómicas; á leer volvía, no dando crédito á sus ojos, y saltaba en el duro asiento. Sin duda le acometió el mal de San Vito. Levantóse, dió varios paseos, leyó de nuevo... ¿Qué carta era aquélla que tanto le trastornaba? ¡Su letra! ¡su tinta! ¡Eran el encabezamiento y firma como los de todas las suyas!

Leída por séptima vez, vió que decía:

«Señor don Jesús Delgado.

Mi distinguido amigo: El contenido de su gratísima del 2 de Noviembre, en que se manifiesta desesperanzado del éxito de su grandioso plan de _Educación Completa_, me ha producido ¡oh! dolorosa impresión. Pues qué, varón insigne, filósofo eximio, genio sin segundo, ¿será posible que desmaye usted cuando llega el momento de dar cima á su alta empresa y coronar con triunfo y galardón admirables sus gloriosísimos, sus inmortales estudios? No, amigo: hemos llegado á la cima, hemos escrito el _omega_, y la frente del santo reformador, del Jesús, del Cristo de la Educación, aparecerá coronada de las estrellas de la práctica en el trono refulgente de la realidad.

Usted, mi sabio amigo, engolfado en el tumultuoso piélago de las cartas que de apartadas regiones, playas y continentes le dirigen, no ha apreciado el veloz paso del tiempo. _¡Han transcurrido veinte años sin que usted se dé cuenta de ello!_ Ya no existen aquellos rutinarios moldes que se oponían á la _Educación Completa_. Todo ha variado, egregio hierofante: la sociedad ha vencido su letal modorra, y despabiladísima aguarda las ideas del legislador de la enseñanza. En este lapso de tiempo, ¿no sabe usted que ha sido derrocado el trono secular, y con él han desaparecido las prácticas añosas y las ideas rancias? Cual generosa espada cubierta de orín, que en un momento es limpiada y recobra su hermosura, temple y brillo, así la nación se ha limpiado su mugre. Nuevas instituciones tenemos ya, ¡oh! y nuevos caracteres y principios. La hora de que el gran reformador salga de su escondite y manifieste al mundo atónito sus planes, ha llegado, señor don Jesús. ¡Viva el Mesías de la _Educación Completa_, base de la _Completa Vida_!

Con ferviente entusiasmo le saluda y abraza su afectísimo--JESÚS DELGADO.»

Mientras más el infeliz leía, mayor era su desasosiego. Estaba el pobre como fuera de sí, con grandísima zozobra en su alma. Pero mucho más se alteró cuando, al fijarse en la fecha de la carta, vió que claramente decía: «8 de Noviembre de 1883...» Se le erizaba el cabello mirando estos guarismos. Tal efecto le hicieron, que sus nervios se desataron en vibración loca, y empezando por dar vueltas en la habitación, luego salió disparado al pasillo.

Julián, ¡cosa extraña y rara vez acontecida! ladraba tras él... ¡Pero cómo ladraba el bueno de Capadocia! Era el canino lenguaje un aullar lastimero que más tenía de exhortación de amigo que de amenazas de guardián. Asustado del ruido salió don Basilio, y con cariño puso la mano en el hombro del _eautepistológrafos_, y le dijo:

--¿Qué le pasa al buen amigo? El tiempo Sur es malo, ¿eh?

Pero Delgado se metió bruscamente en su cuarto, sin responder nada al de la Caña, lo que sorprendió mucho á éste, por ser don Jesús la misma cortesía. Bernardina salió también, y entre los dos hicieron callar á Julián.

--¡Este maldito tiempo Sur...!--repetía don Basilio, acompañando á la Bernardina hasta el comedor; sentándose á su lado.

--Esta noche le da fuerte, ¿dice que es el viento? Hasta Julián se encalabrina...--observó la moza; y don Basilio, recreándose en contemplar los torneados brazos de ella, repetía:

--Este maldito viento Sur no sé lo que tiene. También á mí me pone la cabeza... y los nervios... no sé cómo.

IX

Al siguiente día, doña Virginia, malhumorada con los huéspedes, les hablaba así:

--¡Alguna picardía me le han hecho ustedes á ese bendito don Jesús! Como yo lo descubra, van todos á la calle. Cuidado con echármele á perder, que él con nadie se mete, y es el hombre más calladito, más respetuoso que se puede ver... ¡Ay de aquél que me le trastorne con bromas pesadas!... Me parece que voy á dar azotes... Porque si yo tuviera muchos huéspedes como don Jesús, no quería más. Él no dice esta boca es mía; jamás me ha roto un plato; no alborota, ni es tragón... Todos los meses viene un señor de la familia y me pregunta: «¿cómo está? ¿sigue pacífico?» y yo le digo: «está como un ángel, y de buen color...» El encargado abre una _miajita_ de la puerta para verle... Siempre en su faena de las cartas, ¡pobre ángel!... Después me paga el hospedaje en bonitos napoleones, y hasta otro mes...

Estas exhortaciones de la hermosa Virginia no hacían efecto. Los muy tunos idearon otra broma aquella misma noche (que fué la del lunes), y al punto la pusieron por obra. Escribieron al _eautepistológrafos_ una carta con su imitada letra y tinta; pero para confundirle más, la firmaron así:

_Su afectísimo amigo y capellán_,--JULIÁN DE CAPADOCIA.

Y dando las señas de la casa, rogaban al señor don Jesús pronta contestación á un difícil punto que el firmante se permitía someter al elevado criterio de nuestro reformador pacífico. Pasaron dos días, y la contestación no llegaba. Pero una tarde, hallándose todos en casa en expectativa de la anhelada respuesta, llamó el cartero del interior, el cual, después de entregar la diaria remesa de don Jesús, enseñó otra carta, diciendo:

--¿Don Julián de Capadocia?

--¡Aquí es, aquí es...!

Con febril alegría y curiosidad se reunieron á leer, y puestos todos en rueda, leyó Alejandro en voz baja lo siguiente:

«Señor don Julián de Capadocia.--Muy respetable señor mío y capellán: Por su atenta del 4 me he enterado del delicadísimo problema que se sirve someter á mi humilde criterio, esto es, cuáles serían los medios más adecuados para que usted pudiera reintegrarse á su sér total, y si los procedimientos de la _Educación Completa_, que tengo el honor de defender y propalar, serían eficaces para aquel alto fin.

¡Ah!... señor de Capadocia, diga usted á los mal educados jóvenes que le han dirigido á mí, que no es de corazones nobles hacer escarnio de principios que no se comprenden; dígales que mis planes no son para perros ni para gandules que padecen, entre otros males, la mutilación del rudimento cristiano del respeto á los semejantes. Excluídos están ¡ah! todos ellos, por su grosería, por su falta de sentimiento social y caritativo, de los beneficios de la _Educación Completa_. Y pues el señor don Julián ha de tener sobre ellos alguna influencia, siquiera por el parentesco patológico ó la comunidad de dolencia, convénzales de su triste situación, y hágales ver que están llenos de vicios físicos, morales é intelectuales. Á los que heredaron de sus padres y maestros, reúnen los que ellos adquieren todos los días con su vida disipada y antihigiénica, así como en el estudiar vicioso. ¡Oh! son enfermos que me dan lástima, porque veo mejor que nadie sus llagas horrorosas. Esos pobres tontos no comprenden que la adquisición de todo conocimiento tiene dos valores: uno como _saber_, y otro como _disciplina_. Este último ¡ah! lo desconocen, como el ciego de nacimiento desconoce la luz, estando rodeado de ella.

Repítales usted estas palabras á todos, y particularmente á ese caballerito, autor de dramas, que le ha escrito á usted la carta. Ese es el más enfermo y el que más necesita de mejores aires. Es el más lisiado, ¡ah! el más leproso, el más cojo, manco y ciego de la cuadrilla. Desconoce la moralidad física; el culto de la salud, tan respetable como el de la conciencia, como el de la inteligencia. Es un triple suicida; se está matando por tres partes á la vez, ¡pobre niño! Á éste es al que más compadezco, por lo cual debe usted decirle, de mi parte, que lo mejor que puede hacer es morirse, para que resucite purificado.

Esto dirá usted á sus amigos y consejeros. Y usted, señor capellán, reciba una puntera de su afectísimo

JESÚS DELGADO.»

Pasmados quedaron los muchachos del contenido de la epístola, en la cual, junto á los despropósitos, se veían razones y frases que demostraban agudo entendimiento. Por de pronto, don Jesús había comprendido la mofa que se le hacía, lo que probaba cierta limitación en su locura. Los burladores no sabían qué juicio formar de aquel hecho, y hubo pareceres distintos. Quién le tuvo por hombre superior, extraviado; quién por un humano alambique de frases extraídas de doctos libros extranjeros, entonces desconocidos en España. Unos sentían lástima y aun algo de respeto, por lo cual no querían llevar adelante la jarana; otros, más audaces y atentos sólo á divertirse, sostuvieron que la carta era un hatajo de desatinos, y proponían escribirle más. Contra todos se desató en dicterios Virginia, porque le alborotaban su huésped más querido. Estaba furiosa y con ganas de poner á alguno en la calle. No lo hubiera hecho, sin embargo, si no le apretaran á ello otros sucesos peregrinos que contaremos sin pérdida de tiempo.

Alberique, moro de Cocentaina, tenía el genio repentino, irascible, fanfarrón, siempre que fuera pequeño el motivo que lo provocaba. Contar los improperios que le decía á una pobre mosca que cometiera la irreverencia de posarse sobre sus dibujos, sin saber lo que hacía, fuera reunir aquí lo más atrabiliario y soez del idioma. Su mujer y Bernardina eran torpes, idiotas, bestias y acémilas con faldas. Él solo tenía las manos delicadas; él solo sabía poner cada cosa en su sitio, sin manchar nada... La casa era _el puerto de arrebata-capas_. Allí no se podía tener nada. Tan pronto le cogían un lápiz para apuntar la ropa; tan pronto le quitaban el cazuelillo del agua para hacer guisotes. No se podía trabajar, no se podía vivir allí.

--¡Verbo! ¿dónde están mis pinceles?... ¡Verbísimo! ya me han cogido la lámina con los dedos manchados de petróleo.

Esta era la música de todo el día, cuando Alberique trabajaba. Á la sazón traía entre manos una hermosa ejecutoria en vitela para cierto sujeto que había sido hecho marqués. El trabajo no carecía de mérito artístico ni de limpieza y minuciosidad benedictinas. Todo se volvía escudos tajados y tronchados, con sínople, rojo, blea, y mucha banda, lambeles, losanges, mallas y rustros.

Serían las once de aquel infausto día, cuando en toda la casa se oyó la terrorífica voz del berberisco que así gritaba:

--¡Verbo! ¿quién me echó esta gota de tinta encima del dragón de gules? Me recopilo en la re-espantadísima madre de Reus...

--Habrás sido tú mismo, sin pensar...--murmuró Virginia, que al estruendo de los apóstrofes salió de la cocina con una sartén en la mano.

--¡Verbo!... esto es un presidio... Si supiera quién fué el re-indecentísimo que me hizo esta cochinada, ahora mismo, ahora mismo le hacía una tortilla contra la pared.

Felipe entraba. Verle el morazo y lanzarse sobre él, como tigre hambriento sobre la espantada res, fué todo uno.

--¡Tú fuiste, perro, tú!