El Doctor Centeno (novela completa)
Part 16
Felipe no había visto nunca una verdadera función de teatro. El origen de sus conocimientos en el arte dramático no podía ser más humilde. Una tarde de Navidad se había colado con Juanito del Socorro en un teatrucho donde representaban el Nacimiento con figuras, no con actores; y aún no habían tenido tiempo de reir las gracias del pastor Bato y de la tía Gila, cuando les echaron á la calle. Esto y los cosmoramas ó _tutilimundis_ instalados en la vía pública, diéronle la noción primera del arte de fingir sucesos y personas... Desde que su amo empezó á leer, comprendió Centeno que aquello pertenecía á un orden más elevado, al teatro grande que él no había visto, aunque lo soñaba y como que lo presentía. Así, el efecto de la lectura en su atento espíritu era extraordinario, colosal. Sin entender la mayor parte de las cosas, parecía como que se las apropiaba por el sentimiento, extrayendo del seno de un lenguaje no bien comprendido, el espíritu y esencia de ellas. La armonía de versos, ahora floridos, ahora graves; la música de las rimas, el relumbrar de las imágenes, el énfasis de los apóstrofes, producían en él efectos de vértigo y desmayo. Era como el influjo, en los sentidos, de multiplicadas luces giratorias ó de aromas muy fuertes. Se aturdía y se mareaba... En cuanto á la acción, la realidad misma no tuviera poder más grande que aquella mentira para cautivar el espíritu del buen Centeno. Cuando llegaba Alejandro á una escena dramática en que había choque de espadas, uno que se cae, otro que grita, ó cosa así, ya estaba Felipe con los pelos de punta, lo mismo que si presenciara el lance entre personas de carne y hueso. Pues digo... si el poeta leía una escena de amor, con ternezas y sentimientos expresados á lo vivo, ya estaba Felipe soltando de sus ojos lagrimones como garbanzos.
La aurora les sorprendía en esta exaltación, ambos gozando lo increíble: el uno por lo sabio, el otro por lo ignorante. Siendo tan diferentes, algo les era común: el entusiasmo, quizás la inocencia. La excitación cerebral de Miquis concluía en enfermizo marasmo. Se acostaba rendido de fatiga, y le entraba delirio, con escalofríos muy penosos. Felipe le arropaba, echándole encima hasta el tapete de la mesa y parte de la ropa, pues el abrigo de la cama no era suficiente, y apagaba la luz, á quien hacía lúgubre la claridad del día. Cerraba las maderas para fingir la noche, y acostábase vestido en el sofá. Por un rato, oía el canto de los machos de perdiz, colgados en el balcón del vecino, y los pasos de los madrugadores, que sonaban secos en la calle aún casi desierta; al fin se dormía profundamente para soñar con magnates, con príncipes vestidos de tela como la de las casullas, con _venecianos forrados de hierro_, con las _galeras_ del Duque, que él creía eran carromatos; con el Vesubio, que es un monte encendido, y con aquellas frases tan bonitas, tan finas y amorosas que _la Carniola_ decía siempre que hablaba.
Levantábase Alejandro muy tarde, cada día más tarde; sentía, al despertar, un embrutecimiento invencible. La pereza le dominaba y no podía vencerla. Su cuerpo era de plomo... Felipe iba á clase, si había tiempo, generalmente sin saber palotada de la lección, y á su regreso, ya doña Virginia le tenía preparadas diversas faenas. Como pudiera no hacía nada, y se metía en el cuarto de su amo á arreglar la desordenada mesa y limpiar un poco. Andaba de puntillas, por no despertar á Miquis, y movía con mucho cuidado los muebles. Si el drama había quedado en la mesa, cogía uno á uno los cuadernos y les quitaba el polvo con su mano con un respeto tal, que no lo empleara mayor el cura para coger la Hostia consagrada. Á veces aventurábase á leer un poquito, con cuidado, se entiende, por ver en qué paraba tal ó cual lance que su amo en la lectura había dejado á la mitad. Después ponía los cuadernos uno sobre otro, á un lado, muy bien colocaditos por orden de actos; los libros á otra parte, el tintero en medio, las plumas en su sitio; en fin, todo como Dios mandaba.
Los malignos huéspedes, que se enteraron de que leía Miquis al criado sus composiciones, hicieron la burla que puede imaginarse. Uno de ellos dijo á Felipe con mucha sorna:
--¿Y qué opina del drama el Doctor Centeno, hombre inteligente?
El muchacho se ruborizaba y no respondía nada. Pero en su fuero interno, decía con rabia: «¡Valiente ganso estás tú!... Mejor te pusieras á estudiar...»
Para Felipe, las obras más perfectas, las creaciones más sublimes del humano entendimiento, en lo antiguo y en lo moderno, eran las de su amo.
VI
El hidalguete manchego, cuya primera hazaña fué arrancar á la historia la figura de _El Grande Osuna_ para vaciarla en un molde dramático, estaba cada día más triste, por motivos que no eran de arte. Á medida que iba gastando lo que le diera su tía, más se aplanaba su ánimo, y no por la idea de que el tesoro se acabase, sino por los remordimientos que el gastarlo tan sin substancia le causaba. Pasado algún tiempo desde la famosa noche de la calle del Almendro, parecía que se enfriaba su caldeado cerebro, permitiéndole ver la verdad de aquel caso peregrino. Su tiíta estaba loca, y él, recibidos los dineros, debió ponerlos á disposición de su padre. No lo había hecho, por afán de satisfacer gustos y deseos irresistibles de la niñez y de la juventud... Había dispuesto de lo que casi no era suyo, de un caudal venido á sus manos por caminos torcidos... Pero el hervor de su sangre y el iluminismo de su mente habían podido más que su conciencia. Poseer dinero era para él como la razón del vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer de ello se asemejaba á un árbol que tiene raíces, leña y hojas; pero nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno. ¡Disponer, pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella, no cubrirse de la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no dar á los labios el auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan á la mano...! ¡Oh! esto era superior á su conciencia de hombre, á su respeto de hijo. En el estado actual del mundo, la vida sin moneda es una vida teórica, un mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir á los verdaderos hombres, á los que están provistos de aquel Jugo vital. Hemos de remontarnos á la época del pastoreo para imaginar al hombre indiferente á las ideas de _tuyo_ y _mío_, y considerarlo como tal hombre á pesar de la mutilación de esa víscera que se llama bolsillo. Esto pensaba Miquis, y añadía Cienfuegos que no era mutilación la voz propia, sino que aquella entraña estuvo mucho tiempo en forma rudimentaria, y así siguió hasta que el uso hizo de un elemento orgánico un verdadero órgano.
¡Pobre Miquis, qué cosas pensaba para disculparse á sí mismo y atenuar la falta que le atormentaba! Y derretía de lo lindo el dinero más en el prójimo que en sí mismo. Era en esto secuaz ardiente del Evangelio. Desde que un amigo se veía en apuro, lo que pasaba un día sí y otro no, ya le faltaba tiempo á Miquis para volar á socorrerle. Muchos ¡tales traiciones tiene la amistad! fingían penurias para sacarle dinero y gastarlo en francachelas. En la cómoda tenía los billetes, y conforme iba necesitando jugo, iba sacando de aquel depósito, sin enterarse de lo que salía ni de lo que daba.
Porque Miquis, dirémoslo claro, era refractario á la cantidad. Así como el aceite sobrenada en el agua sin penetrar jamás en ella, así la idea de cantidad flotaba sobre el espíritu de Alejandro, saturado de poesía, de ideales. Si teóricamente distinguía bien la idea de 100 de la de 10, en el tráfago del vivir, cuando aquellas cifras eran cosa monetaria, venían á resultar indistintas, cual los tamaños y forma de las nubes. ¡Ay, cómo resbalan en vuestras rosadas manos, ¡oh Musas locas! estos pedazos de papel, hechura de los modernos Bancos, y que llevan impresos, como signo de andar á prisa, los alados borceguíes de vuestro hermanito Mercurio!
Porque habíais de ver al célebre manchego entrando en una y otra tienda para comprar cosas que, á su parecer, necesitaba, y metiéndose en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito, obras de lujo que maldita falta le hacían, y que vistas una vez no servían para nada. En los puestos de libros dejó también puñados de dinero, porque no había autor clásico ó romántico, español ó extranjero, que él no quisiera poseer. Para enterarse bien de todo lo que compraba, necesitaría la vida eterna.
Pero la mayor parte de sus caudales no tomaban el camino de las librerías. Iban presurosos hacia otra parte, llevados por magnética ó nerviosa corriente... ¡Pobre Alejandro! Sus compañeros de casa conocían bien el género de vida que llevaba, y los unos con interés y lástima, los otros con desdén y mofa, hacían comentarios mil y tristísimos augurios.
--Es un perdido. ¡Lástima de talento!... Corazón demasiado grande y jamás harto de sensaciones... ¡Pobre Alejandro! Se consume en su propio fuego.
--Es un tontaina... Cualquiera le engaña... Pero de ésta las pagará todas juntas, porque me parece que se lo sorben.
El bondadoso Zalamero le disculpaba diciendo: «Se detendrá á tiempo.» Poleró le zahería, Arias y Guevara le desollaban. El informal Cienfuegos afectaba un interés fraternal por Alejandro, y lo expresaba así: «Le voy á coger de una oreja y á sujetarle... ¡Vicioso! Yo le quiero mucho: impediré que corra al abismo... Verán, verán ustedes...» Pero con tanto hablar no hacía nada, y era el primero que, á solas con él, disculpaba sus errores.
Por su parte, Miquis se mostraba cada vez más esquivo con sus compañeros. No iba de tertulia al cuarto de ninguno de ellos; había cerrado el suyo á las reuniones tumultuosas de las tardes, y muchos días faltaba á comer, lo que ponía en gran confusión y sobresalto al ama de la casa.
--Este don Dulcineo del Toboso arruinará á su padre--decía.--No estudia, y gasta el dinero que es un primor. ¡Pobre padre!
Más de una vez, cuando le pillaba solo y en buena ocasión, se permitía sermonearle cariñosa. Era buena Virginia y gustaba de hacer de madre con los huéspedes.
--Pero don Alejandro... está usted muy echadito á perder. Su papá haciendo tanto sacrificio, y usted aquí gastándole el dinero, y lo que, es peor, sin estudiar... Porque dicen que no coge un libro de los de clase, y es lástima... Dice don Basilio que usted es el de más talento que hay en la casa. ¿Y de qué le sirve? Porque eso de las comedias... desengáñese usted, niño: eso no da de comer... Y, sobre todo, no sea usted perdido, no gaste su salud. En Madrid hay mucha perdición. ¡Pobres chicos, y cómo caen en las trampas que les arman por ahí! ¡Qué bribonadas! Crea usted que me pongo furiosa. ¡Cuándo habrá un Gobierno, Señor, un Gobierno que haga una buena limpia de gentuza, echando una red en que ningún pájaro se escape...! Los padres lo agradecerían. Anoche estábamos hablando de esto, y el señor Caña dijo que tengo razón... Con que, don Dulcineo, no sea malo. ¿Se va usted á enmendar? ¿Me lo promete usted?... Dice que sí, y después como si tal cosa... Á ver, sea usted franco conmigo: ¿qué gusto encuentra en ser malo? ¿No se cansa, no se aburre?... Porque á otros engañará usted, haciéndose pasar por un santito; pero á mí no. Á ver, dígame, confiese, tenga conmigo franqueza... yo no lo he de decir á nadie. ¿En dónde se pasa las noches? ¿Por qué viene á casa á las tantas de la mañana? ¡Ah! Si fuera usted hijo mío, á bofetones de cuello vuelto le enderezaba.
Atendía sonriendo el estudiante á estas razones, y parecía conforme con ellas. Sin duda había en su alma propósitos de enmienda... Y en prueba de ello, viósele algunos días bastante corregido: entraba temprano, iba á clase; pero lentamente á las andadas volvía y á su vida miserable.
Su capital mermaba rápidamente, creciendo en igual grado sus remordimientos. Cuando pensaba en la ira de su padre, entrábanle congojas. Era don Pedro Miquis de carácter violento, y como llegara á entender el uso que había hecho su hijo del dinero recibido de una loca, bueno se pondría. Falta grave, delito más bien, había cometido Alejandro. Con ninguna argucia podía disculparse ni acallar su conciencia; y cuando el dinero se acababa, cuando anunciadas por síntomas lúgubres volvían las escaseces, iba faltando ya el atenuador de los remordimientos, que era el dinero mismo y los goces que proporcionaba.
Una carta de su padre le puso en gran zozobra. «Me han asegurado--le decía,--que te estás dando vida de príncipe. Haz el favor de explicarme esto.» Cobarde para afrontar la verdad, negó, y á poco le escribía su padre: «Trata de averiguar con buenos modos si la tiíta ha realizado una cierta cantidad de juros, etc.. Es lástima que intereses de cuantía estén en manos de una demente...»
Para ahogar la pena que esto le causaba, érale preciso engolfarse en el arte, sumergirse en sus ondas purísimas y engañar la imaginación con soñados triunfos y delicias. Como otros lo están de vanidad, estaba él hinchado de optimismo. _El Grande Osuna_ se representaría en aquella temporada. Dudar esto era como no ver la luz del sol. Teníalo Alejandro por tan seguro como si viera la obra en los carteles. ¿Y qué más? Siempre que leía un periódico, se asombraba de que las gacetillas no anunciaran ya el estreno, y deploraba lo mal montado que está el servicio de noticias teatrales. Siempre que sonaba la campanilla de la casa salía presuroso, creyendo que venía recado del empresario llamándole. El curso de uno y otro día sin cartas, sin gacetilla, sin recado, no le quitaba su dulce ilusión... Sentía lástima de los que no eran autores de _El Grande Osuna_, y de Madrid por lo mucho que tardaba en gozarlo.
Pues bien: representada la obra, había de tener éxito colosal. Esto era como el Evangelio. Le daría mucho, muchísimo dinero... Con este capital tendría lo bastante para reintegrar á su padre el dinero de la loca... ¡Hermoso plan! y podría hacerlo sin que su padre se enterase de nada. ¡Vaya una cartita que le pondría! «Mi querido papá: ayer me entregó la tiíta diez y seis mil doscientos doce reales... etc. Usted me dirá cómo se los envío, ó si los entrego á...» Lo más bonito era que después de este rasgo de honradez y respeto filial, aún le había de quedar abundante moneda para seguir divirtiéndose... ¡Y luego...! Tenía ya pensada otra obra que al teatro llevaría en cuanto se representara _El Grande Osuna_... ¡Vaya una obrita! Se había de llamar _El condenado por confiado_, y era cosa sublime: un señor de horca y cuchillo que se hacía fraile, y después de hecho fraile se enamoraba de una monja... En fin, había tela, y honda materia dramática, religiosa y hasta filosófica... Con los inefables placeres mentales de la gestación se consolaba el infeliz de sus dolores morales y físicos.
Físicos, sí, porque empezaba á padecer cruelmente de una como debilidad general con desvanecimientos de cabeza. La tos penosísima le quitaba el sueño; no apetecía más que golosinas, y se alimentaba con caramelos, café y fruta. Para que la depravación de su paladar fuera completa, hasta llegó á aceptar invitaciones de su tía, y se hartaba de gachas, cañamones, y bebía tazones de salvia. Por grandes que fueran sus sufrimientos, nunca tuvo aprensión ni miedo á la muerte. Su optimismo le llevaba hasta creerse poco menos que exento del fuero de la Parca; y el hábito de mirar cara á cara la inmortalidad, inspirábale confianza en su existencia carnal, y con la confianza el deseo de comprometerla á cada instante. Por esto dijo tantas veces: «La pulmonía que á mí me ha de matar no se ha fundido aún.»
VII
La tertulia que se había formado en el gabinete de Alejandro, pasó, á causa de los desvíos de éste, al cuarto de Arias Ortiz. Este era muy devoto de Balzac, lo tenía casi completo, y á los personajes de la _Comedia humana_ conocía como si los hubiera tratado. Rastignac, el barón Nucingen, Ronquerolles, Vautrin, Adjuda Pinto, Grandet, Gobseck, Chabert, el primo Pons y los demás, éranle tan familiares como sus amigos. Locamente aficionado á la música, era el más inteligente de todos en este arte. Como la reunión era en su cuarto, decía que _daba té_ y que _se quedaba en casa_. Era un salón literario y artístico. La parte de concierto corría á cargo del mismo Arias, que tenía prodigiosa memoria musical.
Formóse, pues, una sociedad comanditaria para tomar café mañana y tarde. Poleró había trazado un plan, ¡oh grandeza de los principios económicos! y resultaba que haciendo el café en una maquinilla, salía á cuatro cuartos por barba y taza. Además, era mejor que el del café. Por las noches, á primera hora, aquello era una Babel. Poca gracia le hacían á doña Virginia los planes económicos de Poleró, por el gran estrépito que de ellos resultaba; y Alberique, que en casos tales la echaba muy de bravo, decía que les iba á tirar á todos por el balcón. Una noche que daba gritos en el comedor, salió Poleró del cuarto y con serenidad burlona le dijo:
--Señor Alberique... Parece que está usted incomodado, y que me ha nombrado usted... Repítalo delante de mí, porque quiero enterarme.
Amedrentado el berberisco, respondió con gruñido de lisonja:
--Nada, señor Poleró... sostenía que tiene usted mucho talento.
Pero el catalán, por seguir la camorra, decía:
--¿Y usted qué sabe si yo tengo talento ó no?...
Virginia, deseando paz, daba algún dinero á su fornido esposo para que se fuese á correrla al café ó al billar. Ya se sabía que el morazo no había de volver hasta la madrugada.
Volvió Poleró al cuarto-casino á referir la escena. Felipe no descansaba un momento en la noble tarea de hacer el café. Salía y entraba con éste ó el otro recado del comedor al cuarto, del cuarto á la cocina.
--Doña Virginia, que si quiere usted café.
--No, hijo: que les aproveche.
--Doña Virginia, que me dé usted otra taza.
--Que manden por ella á la cacharrería.
En el cuarto crecía el barullo y se espesaba la atmósfera.
--No eches todavía el agua caliente.
--¡Pero si esta taza está sucia!... ¡Felipe!...
--Falta una cucharilla... ¡Doctor!
--¡Alguien se ha comido el azúcar!... ¡Centeno!
--Si ya hierve.
--No hacerlo muy fuerte, que quita el sueño.
--¡Eh!... cuidado, que se come un terrón Julián de Capadocia...
--¡Felipe!... ¿Pero dónde se mete éste?
--Si ha ido por cigarros.
--El de los prismas está aún en su cuarto, de punta en blanco, con el mondadientes de plata en la boca. Está haciendo tiempo á ver si le convidamos.
--No convidarle.
--Dárselo sin azúcar... ¡Eh!... ¡Felipe...!
--¿Y Zalamero, dónde está?
--Ahora viene.
El señor de los prismas, antes de partir para la calle, llegábase á la puerta y saludaba cortésmente á todos.
--¿Usted gusta?
--Gracias...
--¿Y cuándo...?
--Si quieren ustedes algo para París...
Risas generales y sofocadas.
--Aguarde usted y le daremos una taza de café.
--Son ustedes muy amables...
--¿Y don Basilio ha salido?... Felipe, llama á don Basilio.
--Permítanme ustedes, señores--decía el redactor de Hacienda, asomándose ala puerta.--Hace tiempo que he renunciado al café, porque me quita el sueño. Si me hicieran el favor de un poco de azúcar para un vaso de agua...
--Oro molido que fuera...
--Pues muchas gracias... Permítanme ustedes que me retire. Me toca hacer artículo esta noche.
--Don Leopoldo, nos va usted á traer de París una buena maquinilla de café... ¡Felipe!
--No tienen más que darme una notita... No: lo apuntaré en mi cartera.
--Apunte usted... maquinilla de hacer café, para... doce tazas.
--Bien, bien: no se me olvida ya...
--Tome usted... vea si tiene poco azúcar...
--Si no tiene ninguno...
--¡Felipe... condenado... el azúcar!...
--¡Un terrón!
--¿Pero dónde está el azúcar?...
--Se lo ha comido Julián de Capadocia.
--Todos están concluyendo su ración, y no ha sobrado nada de azúcar... ¡Qué descuido!
--Señores, si esto es veneno...
--Perdone usted, don Leopoldo...
--Abajo con él... Aunque sea amargo...
--Así es más estomacal.
--Muchas gracias, señores...
--Que usted se divierta mucho, y haga muchas conquistas esta noche.
Sale Montes. Jaleo, risas, música... Óyese aquello de: _Don Basilio, giungete á tempo_... _¿La calunnia cos’è, voi non sapete?_... _Se don Basilio venessi á ricercarmi, ditelli ch’aspetti_, y otras frases en que sonaba el venerable nombre de aquel buen sujeto que estaba no lejos de allí, sacando de su seco caletre el tremendo artículo sobre el _déficit_, todo números y cálculos; artículo que si alguien lo leyera se quedaría yerto de patriótico espanto.
Lo mismo Poleró que Arias y el propio Miquis tenían, de tiempo atrás, vivísimos deseos de entablar conversación con el taciturno huésped don Jesús Delgado, para del coloquio pasar á la confianza y poder con ella penetrar el misterio de aquel hombre y sus inexplicables quehaceres epistolares. Todo era inútil. Sucesivas noches le enviaron con Felipe un recado invitándole á tomar café. Pero respondía siempre con mucha finura, dando las gracias y declinando el honor que se le hacía.
Poleró, con ardiente curiosidad, no perdía ocasión de hablarle. Si le encontraba por acaso en el pasillo, le detenía:
--Muy ocupado, ¿eh...?
--¡Ah!... eso siempre, figúrese usted, ¡oh!...--respondía el otro haciendo visajes, pues los nervios de su cara estaban siempre tan alborotados que ninguna facción quería estar en su sitio.
Otra vez le decía el catalán:
--¿Estuvo usted malo anoche? Me parece que le sentí levantarse...
--No, señor... ¡oh! Trabajando hasta la madrugada... Figúrese usted... á lo mejor recibo trece, catorce, quince cartas, y á todas, ¡ah! he de contestar. Buenas noches.
Poleró vivía en el cuarto próximo al de don Jesús Delgado, y algunas noches, subiéndose en una silla, se asomaba á un tragaluz abierto en lo alto del tabique. Había observado que el bendito señor, cuando no se paseaba de largo á largo por la habitación, escribía cartas en su pupitre.
Conforme iba despachando epístolas, les ponía los sobres; luego los sellos, de que tenía buen acopio, y las agrupaba á un lado, y con las contestadas hacía gruesos paquetes que guardaba en un arcón. Como nunca salía á la calle sino para ir al Correo, y al salir echaba la llave á su cuarto, no había medio de penetrar en la misteriosa oficina. Receloso hasta lo sumo y atento siempre á su secreto, si secreto había, don Jesús no evacuaba la plaza ni en el acto de la limpieza, y se tragaba todo el polvo del barrido antes que dejar expuestos sus papeles á un ataque de los huéspedes.
Arias sostenía que Delgado, hombre ya próximo á los cincuenta, tenía una novia perpetua, relaciones de esas que no terminan ni en el matrimonio ni en el olvido; pero este caso de platonismo de toda la vida, verosímil en el melancólico personaje, no explicaba las catorce cartas, á no ser que tuviera don Jesús catorce novias platónicas, todas poseídas de epistolaria demencia.
Aportó Zalamero algunos antecedentes del señor Delgado. Pertenecía éste á una familia bastante acomodada; era soltero, y había servido veinte años en la Dirección de Instrucción pública, desempeñando uno de los mejores destinos. Le apoyaban eminencias del partido moderado. Zalamero no recordaba bien qué clase de disgustos, qué contrariedades oficinescas obligaron á tan apreciable sujeto á dejar su destino. Tiempo hacía que estaba cesante, y la familia le trataba como á loco pacífico, sin tener con él relaciones directas.
Una noche, aguijoneados por su ardiente curiosidad, hicieron propósito los huéspedes de sacarle del cuarto, valiéndose de cualquier ardid, aunque no fuese prudente ni delicado. Invitáronle á tomar café, y como contestara negativamente dando las gracias, imaginaron atacarle con una burla de gran aparato. Miquis redactó al instante un mensaje, y se encargaron de llevarlo Poleró y Sánchez de Guevara, para cuyo acto solemne, el primero se puso un frac viejo de don Basilio y el segundo su uniforme. Entraron con toda ceremonia en el aposento, y sin preámbulo alguno, sacó Poleró su papel y empezó á leer con enfática entonación lo que sigue: