El Doctor Centeno (novela completa)

Part 15

Chapter 153,585 wordsPublic domain

Hacíanle preguntas de Historia Sagrada y profana, de Aritmética y Gramática, para reirse con lo que contestaba. Era, en efecto, divertidísimo oirle.

--Tiene tinturas de todo este Doctor--indicaba Zalamero riendo.--Á poco más estará en disposición de hacer oposiciones á alguna plaza de tintorero.

--Lo que es éste--decía Arias,--va á ser algo.

--Donde ustedes lo ven, éste hará dinero... Formal.

Pero Octubre corría y se pasaba la mejor sazón para sentar plaza de soldado raso en los ejércitos del bachillerato. Cienfuegos y Arias fueron los que un día decidieron á Miquis á matricular á su escudero... Gracias á Dios, ya tenemos á mi señor don Felipe en el Noviciado, metiéndole el diente al latín. La enseñanza primaria era en él tan incompleta como se ha visto; ¿pero qué importaba? Mejor.

Para lo que allí había de aprender, más valía que entrara limpito de toda ciencia, pues que limpito había de salir. Vedle cómo apechuga con su latín y con la abominable Gramática, de la cual maldijéralo Dios si entendía una sola palabra. Al dichoso latín debiera llamársele griego por lo obscuro. Ni él se explicaba para qué servía, ni á qué cuento venía en el problema de su educación. Y confuso, lleno de dudas, osaba, en su rudeza, protestar contra la mal enseñada y peor aprendida jerga, diciendo:

--Yo quiero que me enseñen cosas, no esto.

¡Cómo se reían sus amos con estos disparates! Pero él se esforzaría en cumplir sus deberes académicos, aprendiéndose de memoria el traqueteo de sílabas que componen la declinación, y pensaba así:

--Vamos á ver en qué para esto.

Apenas le dejaba Virginia el vagar necesario para ir diariamente tres horas al Instituto. Estudiaba un poco por las noches, pero de muy mala gana, porque francamente... Vamos, que se le indigestaba el latín... Era un narcótico... Le bastaba coger el libro para caerse de sueño.

Como Alejandro, desde que era rico, entraba á hora avanzadísima de la noche, Felipe pasaba el tiempo durmiéndose en una silla, ó visitando y acompañando á los amigos de su amo en sus respectivos aposentos. Cuando estaban en el café, gozaba el Doctor lo indecible yendo de cuarto en cuarto y examinando y registrando libros y apuntes de clase. Los libros de Sánchez de Guevara le producían pasmo, mareo, vértigo. Ver sus páginas era como asomarse á insondable y misterioso abismo. ¡Re... contra! ¿qué querían decir aquellas letras separadas por palitos, comas y tanto rabillo por acá y por allá? Luego había unos números montados sobre otros números, y letritas chicas por arriba, encima de palitroques que parecían grúas. Él miraba, miraba, volvía páginas, y luego observaba los apuntes que el cadete hacía con lápiz, en los cuales había los mismos signos, la propia mezcolanza de guarismos y letras. A, _palito_, B; y todo por el estilo. ¿Y aquello era la matemática? ¿Y para qué servía la matemática? Felipe alargaba el hocico husmeando el aire... ¡Vaya con Dios! ¿para qué ha de servir, recontra-córcholis, sino para saber todo lo que se sabe?

Pasaba luego al cuarto de Cienfuegos, y de todos los libros que sobre la mesa había, se iba derecho á uno lleno de láminas; ¡pero qué láminas! Inspiraban á Felipe una especie de horror sagrado y curiosidad febril. ¡Ave María Purísima! Allí había vientres abiertos, tripas sanguinolentas, cráneos levantados como se levanta la tapa de una fosforera. Era algo como lo que cuelga en los ganchos de las carnecerías... Con el alma en los ojos, Felipe leía los letreritos... _Páncreas_... _estómago_... Más adelante: _bronquios_. «Sopla, pues esto es los gofes.» _Músculo ciático_. Y se tentaba el cuerpo diciendo: «Aquí está. Estas figuras son lo propio de nuestro cuerpo.» Se pasaba allí las horas muertas, absorto, hasta que entraba Cienfuegos y le sorprendía: se enfadaba un poco; pero desenojándose pronto, decíale:

--Ve á ver si Guevara tiene cigarrillos.

Los libros de don Basilio no ofrecían maldito interés, y Felipe les habría arrojado al fuego si le dejaran. _La Deuda del Tesoro y el déficit. _Este folletito estaba encima de un voluminoso libro. ¿Á ver? _Presupuestos de_ 1862-63... ¡Vaya unas papas! El señor de los prismas no tenía en su cuarto más que un Calendario del Zaragozano y una novela de á peseta, cuya mugrienta cubierta estaba llena de redondeles de sebo, señal de que Montes apagaba la luz con el libro. Muchos volúmenes y apuntes tenía Zalamero; pero ¡qué cosas tan insulsas! Nunca pudo Felipe sacar substancia de aquello. _La Cuarta Falcidia_... _Los Testamentos._ ¿Qué le importaban á él los testamentos?... La mesa de su amo contenía revuelta colección de obras diferentes; pero había sin fin de libracos en francés... ¿Á ver? Balzac, Scribe... ¿De qué trataría aquello? _Le pe... re Gori... Gori... Memo... moires_, memorias de _Deux jeunes_... de _Diógenes_ querría decir... El demonio que lo entendiera. Centeno no acertaba á comprender para qué leía su amo aquellas tonterías... _Don Víctor Hugo_... _Ruy Blas_... esto sí era claro. _Schiller_... _Don Carlos_... también clarito. Seguían muchas comedias ó dramas en verso castellano. Aquello ya era más claro. Leía mi Doctor las primeras escenas; pero luego se cansaba, porque, á su parecer, todas decían lo mismo.

Poleró, que le tenía cariño, le llamaba:

--Ponte á estudiar, Felipe. No le revuelvas los papeles á tu amo. Ven á mi cuarto... Siéntate aquí, á mi lado. Coge tu libro.

Y él se ponía á estudiar Analítica y Mecánica. El Doctor leía también un poco; pero aburrido muy pronto, salía y entraba para matar el fastidio.

--Estate quieto. Me estás distrayendo. Mira que te pego... ¿Quién anda ahora por el pasillo?

--El señor de Zalamero.

--¿Pero estaba en casa Zalamero?

--Sí, señor. Ahora salía del cuarto de la patrona.

Poleró rompió á reir. Endeble tabique separaba su cuarto del de Zalamero, y en él daba algunos golpes el maligno catalán diciendo:

--Zalamerín, ¿estabas en casa?

No respondía el otro. Mas Poleró, saliendo al pasillo, se ponía á toser fuerte.

--Ejem, ejem.

Y Sánchez de Guevara respondía desde su cuarto con iguales toses. Arias aparecía también tosiendo.

--Vete al comedor--decían á Felipe,--y mira á ver si está Alberique.

--¿Qué ha de estar? La señora le dió dinero para que se fuera al café...

Cuchicheos, risas, reunión de los tres en el cuarto de Poleró, y redobles en el tabique, sin lograr que Zalamero responda. Felipe, mensajero de Cienfuegos, entra de súbito:

--Dice don Juan que si alguno de ustedes tiene cigarrillos.

--Toma dos... ¿Ha entrado don Leopoldo?

--Sí, señor. Está en su cuarto remendando la levita y pegándose botones.

--¿Y don Basilio?

--Ahora entra.

Oíase el resoplido de aquel señor, que hasta en el respirar revelaba autoridad. Salía Poleró al pasillo, para trastearlo un poco:

--¿Qué ha habido hoy, don Basilio?

--Nada. Siguen con el _delirium tremens_. De Santo Domingo hay muy malas noticias. Esto no tiene atadero. Á todos lo digo y no me hacen caso. Con su pan se lo coman. Yo no sé lo que va á venir aquí... no sé. Me asusto, créalo usted... Ahora tengo entre manos un trabajo, que me parece ha de meter ruido. Pruebo con números... porque todo lo que no sea números es música... Pase usted á mi cuarto y le enseñaré...

--Otra noche... Estamos aquí con mucho cuidado. ¿Sabe usted que Zalamero se nos ha puesto malo?

--¿Sí? ¿Y qué es?

--No sabemos. Entre usted en su cuarto... Á nosotros no nos quiere decir lo que tiene.

Entra don Basilio en el cuarto de Zalamero, y al poco rato sale y hace este diagnóstico:

--Está delirando... Me ha despedido á cajas destempladas... ¿No llaman ustedes un médico?

--Cienfuegos dirá.

--Porque... Buenas noches, jóvenes. Con permiso de ustedes, me voy á mis habitaciones.

Las habitaciones de don Basilio eran el cuarto más obscuro y estrecho de la casa. No era mejor el de don Leopoldo Montes, que, al decir de Felipe, estaba disimulando los deterioros de su ropa para poder salir bien compuestito y reluciente al otro día. Poleró y Cienfuegos le visitaban á tal hora para sorprenderle y avergonzarle; pero él, siempre en su papel, escondía rápidamente los chismes de costura y afectaba ocuparse de ordenar papeles.

--¿Cuándo es ese viaje á París?

Aquel viaje era la muletilla de todos los días, porque Montes lo estaba anunciando siempre.

--Creo que no pasará del jueves. Aquí tengo dos partes que he recibido esta mañana... El jueves ó viernes á más tardar.

Después que le mareaban un rato, se iban á la puerta del cuarto de don Jesús Delgado, anhelosos de descubrir el misterio de sus ocupaciones epistolares. El huésped taciturno trabajaba aún: se oía el rasguear de su pluma y los suspiros que daba.

De pronto salía Guevara al pasillo:

--Á ver si dejan estudiar. ¡Qué ruido!

Reuníanse los tres en el cuarto de Arias, que se estaba acostando, y hablaban de Zalamero:

--Vaya con el moderadito. Un hombre que defiende á los Paúles...

--El año pasado había aquí un huésped... ¿Le alcanzaste tú, Guevara? Aquel Romero, andaluz. Daba de palos á Virginia y á Alberique... ¡qué escenas!... ¡Felipe!

--Señor.

--¿Ha entrado Alberique?

--Ahora llega. Voy á abrirle la puerta.

Oíanse pasos de elefante.

--Hola, amigo Alberique... ¿no sabe usted lo que hemos tenido aquí?

--¿Qué... ¡verbo! qué?

--Fuego. Por poco nos quemamos todos.

--¿En dónde, verbo?

--Ya está apagado...

--Váyanse ustedes á... ¿En dónde está mi cuarto? ¡Felipe, condenado, verbo!... trae luz: no se ve.

--¡Arre!--murmuraba Felipe empujándole hacia el gabinete matrimonial.

Abrían la puerta, le empujaban dentro y... buenas noches.

--¿Pero ese Miquis no viene todavía? Es la una.

--¡Pobre Alejandro! Ya sé dónde está. Nada, nada: se lo beben, se lo sorben...

--Acabará mal.

Y quebrando el diálogo, subdividiéndolo hasta llegar á frases y palabras sueltas pronunciadas en éste ó el otro cuarto, se iban retirando, cada cual al suyo. Uno se acostaba y seguía leyendo; otro, después de cumplir con las matemáticas, hacía rezos de Balzac y se encomendaba á Víctor Hugo; todos tenían aficiones literarias. Por último, reinaba el silencio del sueño en la casa, y muy tarde, sobre las dos ó las tres, entraba Alejandro. Sus primeras palabras eran siempre: «Felipe, acuéstate.»

Y él permanecía en vela, leyendo ó escribiendo. Se acostaba de día, y casi nunca se levantaba antes de las cuatro. La hora de sus trabajos era la madrugada, hora febril, hora de caldeamiento cerebral y de emancipación del espíritu. Dormíase Felipe en el sofá, y á lo mejor despertaba asustado oyendo á su amo declamar...

Vive Dios, que es tal hazaña digna de un Téllez Girón...

Como ecos, repercutían en su cerebro las rimas de la redondilla: _galardón... España._ Y volvía á dormirse para despertar de nuevo alarmado con estos gritos:

¡Hola!... ¡prendedle!... ¡traición! ¡Necio, atrás!... ¡Italia es mía!

V

Porque Alejandro era autor dramático. Tenía tres dramas, ya desechados por su propio criterio, y uno flamante, nuevecito, que era su sueño, su gloria, su ambición, sus amores. Tan cierto estaba él de que se había de representar como de su propia existencia, y tan seguro y patente consideraba el éxito, cual si lo estuviera viendo con los ojos de la cara... Ideas para otros dramas, planes brillantísimos, ¡oh! teníalos por docenas y se le ocurrían á cada momento: al levantarse, al salir, al tomar café; mas érale forzoso apartarlos de sí para que no le atormentaran, apoderándose antes de tiempo de los ricos moldes de su cerebro. Convenía que tanto verbo fecundo aguardase la oportunidad de su encarnación, y que tanta vida nueva tuviera calor interno antes de ser sometida al trabajo de forja. Después que se representara _El Grande Osuna_, vendrían otras obras y éxitos más colosales, ¡Misión altísima la suya! Iba á reformar el Teatro; á resucitar, con el estro de Calderón, las energías poderosas del arte nacional. Como los más puros místicos ó los mártires más exaltados creen en Dios, así creía él en sí mismo y en su ingenio, con fe ardientísima, sin mezcla de duda alguna, y mayor dicha suya, sin pizca de vanidad.

¿Y por qué no había de tener razón? Entre sus compañeros y amigos no eran unánimes los pareceres respecto al superior ingenio de Miquis. Unos le tenían en mucho; otros en poco; quién por un visionario; quién por tonto ó algo menos. Los compañeros de casa le amaban por sus prendas morales, entre las cuales descollaba el corazón más generoso, más expansivo, más copioso de afectos que puede imaginarse; pero en lo tocante al numen, también variaban las opiniones. Poleró, sin conocer el drama, sostenía que era un hatajo de inocentadas, y que el mayor favor que se podía hacer al joven manchego era quitarle de la cabeza sus pretensiones de autor dramático. Cienfuegos no pensaba lo mismo, y veía en Alejandro, mejor dicho, columbraba en aquel espíritu algo misterioso y grande que no existía en los demás.

Físicamente era raquítico y de constitución muy pobre, con la fatalidad de ser dado á derrochar sus escasas fuerzas vitales. Sus nervios se hallaban siempre en grado muy alto de tensión, y todo él vibraba constantemente, como cuerda de templado metal, sin cesar herida por el divino plectro de las ideas. La fiebre era en él fisiológica, y el organismo del cerebro constitucional y normal. Era un enfermo sin dolor, quizás loco, quizás poeta. En otro tiempo se habría dicho que tenía los demonios en el cuerpo. Hoy sería una víctima de la neurosis.

Desde la infancia se había distinguido por su precocidad. Era un niño de éstos que son la admiración del pueblo en que nacieron, del cura, del médico y del boticario. Á los cuatro años sabía leer, á los seis hacía prosa, á los siete versos, á los diez entendía de Calderón, Balzac, Víctor Hugo, Schiller, y conocía los nombres de infinitas celebridades. Á los doce había leído más que muchos que á los cincuenta pasan por eruditos. Su feliz retentiva le había familiarizado con la historia de los libros de texto. Á los catorce Abriles, varones graves del país le consultaban sobre materias de Historia, Mitología y Lenguaje. Era general allí la creencia de que el Toboso, ya tan célebre en el mundo por imaginario personaje, lo iba á ser por uno de carne y hueso. Destináronle á estudiar Leyes. Los amigos de su papá decían:

--Éste que empieza por literato y poeta, acabará, como todos, por orador político y ministro de cuenta. El Toboso tendrá al fin su prohombre.

Le hemos conocido cuando llevaba tres años en Madrid y veintiuno de existencia... ¡Pobre Miquis, trabajador incansable de lo ideal, aprendiz de creador! Merecería ingresar en las familias mitológicas y que le representaran en figura de un forjador maravilloso, alumno de Vulcano, ó ladrón de sagrado fuego como Prometeo. ¡Desgraciado Miquis, siempre devorado del afán del arte; perseguidor con fiebre y congoja de la forma fugaz, y rara vez aprehensible; atormentado por feroces apetitos mentales; ávido del goce estético, de esa inmaterial cópula con la cual verdad y belleza se reproducen y hacen familias, generaciones, razas! También las ideas son una especie inmortal que habla con briosos instintos en las entrañas del artista, diciéndole: «Propágame, auméntame.»

Hombre dado á los demonios, ó en otros términos, consagrado al peligrosísimo ejercicio de la imaginación, odiaba el Derecho. Para él, la humanidad inteligente no había echado de sí cosa más antipática que aquel _jus_, idea suspicaz, prosáica y reglamentadora de la vida; idea enemiga de la pasión, de lo ideal, destructora de la personalidad libre y de la poesía. El _jus_ no era otra cosa que _el eterno Sancho Panza_... Iba Alejandro á clase lo menos posible, y siempre de mala gana. Pero había sabido ganar sus cursos y aun obtener con poco trabajo regulares notas. Nunca fuiste tirano, amigo Sancho.

En los primeros años de la vida de este jovenzuelo en Madrid, era su carácter jovial, exaltado, bullicioso. Amenizaba el círculo del café con su peregrino ingenio. Las metáforas símiles y paradojas brotaban de sus labios como de un manantial inagotable. Cuando él no iba, faltaba el espíritu de la tertulia, el sentido cómico y transcendente de todo lo que allí se hablaba... Pero al tercer año empezó á determinarse en Miquis una transformación que había de ser pronto mudanza profundísima ó paso orgánico, precursor de otro paso moral. Su humor festivo se trocó en melancólico; cada día le eran menos simpáticos el bullicio y la gárrula palabrería del café, y si bien quería con leal cariño á todos sus amigos, muchos de éstos le molestaban. La gran batahola que se hacía en su cuarto érale ya insoportable. No teniendo carácter para expulsar á los intrusos, pues era incapaz de ofender á sus compañeros, esperaba las horas silenciosas para aislarse. De día paseaba por lugares solitarios, buscando la dulce impresión que traen al alma los objetos extraños y no vistos constantemente. De noche y á la hora en que nadie podía turbarle, leía y escribía, protegido del silencio y paz de la madrugada.

El drama, aquel pedazo de Cielo caído sobre la frente de un hombre, estaba ya terminado. ¡Feliz suceso que dejaba una marca indeleble en el tiempo! Él solo bastaba á hacer rosadas las auroras, suaves y poéticas las noches y las tardes, hermosas las horas todas. Alejandro lo había leído á un autor mediano, pero muy corrido en la escena, hombre de éstos que llaman prácticos en el arte, el cual, callándose su opinión sobre el mérito real de la obra, hizo observaciones que dejaron helado al pobre Miquis. La división en cinco actos era inadmisible. Habían de ser tres solamente, porque nuestro público no aguanta más. Pues, y aquella lista de treinta personajes, ¿cómo podía ajustarse al exiguo personal de nuestras compañías? El Schiller hispano había explanado sus ideas, como el tudesco, en un escenario inmenso, lleno de diversas figuras, con pueblo y todo. ¡Qué inocencia! Forzoso era cortar por lo sano, no dejando más que el cogollo de la obra. ¡Fuera aquel cardenal Borja, el gonfalonier, los cuatro capitanes ó arraeces de galeras, los dos _lazzaronis_, el príncipe Colonna! ¡Fuera también el jefe de los _uscoques_, los dos frailes camaldulenses y otras figuras que más eran decorativas que esenciales! Resumen: hacer de cinco actos tres, sin que ninguno subiera de 1.000 ó 1.100 versos; quitar quince personajes lo menos; simplificar mucho, y hacer decoraciones fáciles, pues la que decía _Ribera de Chiaja, con varias galeras atracadas á la derecha, el palacio vicerreal á la izquierda y al fondo el Vesubio_, era para hacer morir de espanto al pintor y maquinista.

Con grandísimo dolor emprendió el manchego la refundición de su obra. Á cada miembro cortado, echaba sangre su corazón de padre; pero no había remedio, ¡zas! Más que trabajo de reducción, debía serlo de compresión. Era necesario coger al gigante y comprimirlo hasta poder encerrarlo en un frasco de alcohol, como los fetos. Mucho padeció el poeta; pero al fin triunfó de sí mismo. Sólo que no pudo reducir los cinco actos á tres, y la obra quedó en cuatro. Había quitado trece personajes, y entresacado casi la mitad de los versos.

¡Gracias á Dios! El director de un teatro leyó la obra y la encontró excepcional. Estaba el hombre entusiasmado; pero al expresar su regocijo á Miquis y al felicitarle, indicóle la necesidad de nuevas modificaciones. Todavía era forzoso comprimir más. La obra cabía ya en un frasco: era menester que cupiera dentro de un dedal. ¡Nuevo trabajo, nuevos afanes! En esto se ocupaba Alejandro en aquellas madrugadas, viviendo solo en el gabinete de la esquina, después de su cambio de fortuna. Á tales horas, excitado por su labor, sentía febril entusiasmo; había algo de convulsivo y epiléptico en la onda de vibraciones nerviosas que de su cerebro salía, viniendo á morir en su epidermis. Su sangre era lumbre; el pulso se aceleraba, corría, como viajero impaciente. Su fantasía poderosa encendíase á la acción magnética de aquel estilo ampuloso y calderoniano. Los personajes del drama tomaban á sus ojos figura y realidad teatral; vivían, si no la vida del mundo, la oropelesca y convencional del teatro, cubierta de vistosos remedos vitales. Veía, tan claramente cual si lo tuviese delante, á don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, virrey de Nápoles, insigne caudillo de mar y tierra, político, diplomático y muy galán, figura que el poeta soñaba como la más gallarda muestra del ánimo español, de la ambición sublime y del desorden caballeresco; veía también al solapado veneciano Ángelo Barbarigo, figura sombría y trágica con olor y color de sangre; al aventurero normando Jacques Pierres; al sarcástico y honradísimo Quevedo, secretario del Duque, y, por último, á la enamorada Catalina Paoli, _la Carniola_, robada á los _uscoques_ por Jacques Pierres, como verían bien los que la obra conocieran. El lugar de la escena igualmente revivía en la fantasía del poeta, y poco le faltaba para ver con los ojos mortales al propio Nápoles con su Vesubio ardiente, su pintoresco mercado, su mar y su cielo más azules que lo azul, la delirante alegría de su pueblo, su naturaleza á la vez florida y plutónica, llena de hierbas y lavas, prodigio de la Naturaleza, arca del paganismo, compendio de toda la hermosura terrestre.

Sentir este entusiasmo vidente y no poder comunicarlo á otro sér, era el mayor de los tormentos. Sus amigotes no le comprendían, y algunos de sus compañeros de casa se burlaban de él. Ya el maligno Poleró, hablando del drama, lo había llamado _El gran Cerco de Viena_, y Cienfuegos, el mejor amigo de Alejandro, no le mostraba un afecto muy vivo sino cuando necesitaba de él para salir de sus apuros. No podía comunicarse más que con Felipe, él cual era un inocente y no entendía palotada de teatro, ni de arte, ni de historia; pero tenía un alma cariñosa y entusiasta, que respondía siempre con dulces vibraciones de amor á toda acción ó ideas procedentes del alma idolatrada de su amo.

Dormíase Felipe algunas noches en el sofá del gabinete. Su sueño era profundo; pero bastaba que Alejandro le llamase para que se despertara, como él excitado, como él dispuesto á las alucinaciones. Sin duda, por la simpatía y parentesco de ambas almas, la pasión artística de la una se comunicaba á la otra, venciendo su rudeza.

Entre serio y burlón, Alejandro le decía:

--El célebre Molière le leía sus comedias á la criada. Yo te voy á leer á tí algunos pasajes...