El Doctor Centeno (novela completa)
Part 14
Puesta la mesa y llegada la hora, iban entrando los huéspedes y cada cual ocupaba su sitio. Temporada hubo en que se reunieron veinte, la mayor parte jóvenes. Siempre había tres ó cuatro señores graves que daban respetabilidad á la mesa y á la casa. Entre los jóvenes distinguíanse los estudiantes, y no faltaba algún empleado ó pretendiente. De los señores que se denominaban _fijos_, merece principal mención uno que habitaba la casa desde que la estableciera doña Virginia. Su fijeza era ya proverbial, su persona y circunstancias dignas de estudio. Había, sin duda, misterio en aquel señor tan circunspecto y prudente, que nunca decía esta boca es mía, sequito, canoso, correcto y urbano. No molestaba á nadie, y se pasaba la vida en su cuarto escribiendo y leyendo cartas; no salía jamás como no fuera para ir al correo, ni recibía más visitas que la de un cierto sujeto, apoderado de la familia, que venía una vez al mes á pagar el hospedaje y á enterarse de sus necesidades. Se llamaba don Jesús Delgado, y cuando decían «á comer,» era el primero que franqueaba la puerta del comedor, y se paseaba un rato esperando á que vinieran los demás. Rara vez se le oía el metal de voz, y cuando éste sonaba era para preguntar á la criada ó á Virginia si había venido el cartero.
Contrastaba con este señor, en lenguaje y modales, un don Leopoldo Montes, andaluz, medio empleado y medio pretendiente, medio literato, medio propietario, medio agradable y medio antipático, hombre que de todo hacía un poco y de todo nada, que á veces parecía acomodado, á veces más pobre que las ratas, fachendoso, verboso, ampuloso, y que, por contera de su huero carácter, tenía la flaqueza de suponerse amigo de cuantos personajes crió Dios. También observábamos en la vida de don Leopoldo algo de misterio, pues no se le conocía empleo. Sin embargo, solía decir: «hoy, al salir de la oficina...» y otras cosas que ponían en grande confusión á los que le escuchábamos. Á éste le llamaban el _Señor de los prismas_, porque en su lenguaje petulante, hablando de cuanto hay que hablar, usaba de continuo la frase: «mirando tal ó cual cosa _bajo el prisma_...» En toda discusión política de las que un día y otro se trataban en la mesa, salían á relucir tantos prismas, que á poco más se vuelven prismáticos la mesa y los huéspedes.
Merece otro lugar aquí don Basilio Andrés de la Caña, persona mayor, de suma importancia, de un peso tal que se podría creer que á todos les hacía favor en estar allí, y que, por descuido de la fortuna, no se sentaba en la poltrona de un ministerio. Lo que decía en las disputas de la mesa, considerábalo él mismo como la cifra y resumen de la sabiduría, y no debía ser puesto en duda. Era hombre de edad y sin familia ó apartado de ella, redactor de un periódico en la parte más difícil y áspera de cuanto contiene la Prensa, que es el ramo de Hacienda. Para atar cabos, conviene decir que este señor era el mismo á quien Felipe Centeno había visto por la ventana de la redacción, admirándole como á un ser superior, comprensivo de toda la humana ciencia. Era el mismo que en la memorable noche de Febrero, cuando Alejandro Miquis trajo á Felipe á su casa y le dió ropas y comida, había pronunciado las palabras aquéllas sentenciosas y solemnísimas, que no sé si recordarán los que esto han leído: «Concluirá en San Bernardino.»
Había otros de fisonomía moral y física menos caracterizada, y que además no tenían residencia constante en la casa. Cierto sujeto, que estuvo bastantes años en Filipinas, ocupaba un gabinete sólo por temporadas, pues su residencia habitual era Illescas. Había dos propietarios de la Alcarria que venían alternativamente á negocios y se alojaban en la sala; y además otros que se han desvanecido en la memoria, y si quisiéramos traerlos aquí, ocuparían término muy lejano en esta galería de verdad, presidida por la excelsa doña Virginia, teniendo á sus pies la modesta imagen canina de Julián de Capadocia.
Vamos ahora con la juventud que daba carácter, ruido, alegría y sér y espíritu á la casa. Entre éstos descollaba Zalamero, ofreciendo la singularidad de ser un estudiante ordenadísimo, puntual en todo, lo mismo en asistir á clase que en pagar su hospedaje. Estudiaba Leyes, y sólo con su asistencia se ganaba las notas de sobresaliente que era un primor. Su cuarto era el más arreglado de la casa. Tenía la ropa muy bien cepillada, distribuída en perchas ó cajones de cómoda; no conocía deudas, iba á misa los domingos, no alborotaba, no entraba tarde, ni se estaba las mañanas durmiendo, como tantos gandules. Observad ahora las pasmosas armonías que hay en la Naturaleza humana. Era Zalamero un buen mozo, de facciones bonitas y correctas, rubio, el pelo ensortijado, dividido en dos desde el occipucio á la frente por una raya que parecía pintada. Tenía barbita dorada, rubia, muy mona. En su hablar era el mismo comedimiento.
Sánchez de Guevara, el de Estado Mayor, era bastante parecido á Miquis en el carácter pronto y resuelto, pero más desordenado aún que el joven manchego. El cuarto del cadete tenía que ver. Por el suelo yacía el uniforme abrazado con la toalla. Se acostaba á dormir, en las noches de invierno, con el ros puesto, y después de leer un rato en la cama, apagaba la luz con la espada. Era guapo chico, pundonoroso; se pasaba las noches en vela, engolfado en las matemáticas, haciendo funcionar á muy alta presión esa energía intelectual y volitiva que los alumnos de estas carreras difíciles han llamado _potencia empollatriz_.
Poleró, catalán tan castellanizado que apenas se le traslucía el acento, era también bravo joven, estudiante de Caminos, con poca afición á la carrera; de buena figura, atlético, estudioso por pundonor más que por gusto. Á menudo se distraía del estudio, pasándose las horas muertas en los cuartos de sus compañeros charlando de teatros, chicas, política y música. En la mesa se divertía buscando camorra al _de los prismas_, y tomándole las vueltas para que se enredase en sus propios embustes. Se burlaba con frecuencia de don Basilio Andrés de la Caña, haciéndole creer que todos respetaban su opinión y que le conceptuaban hombre de gran seso, cuando en realidad le tenían por el mayor majadero del mundo. Era agresivo, pendenciero; gustaba de llevar la contraria, y si, por ejemplo, se hacía en la mesa política progresista, que era lo más común, salía él, como un rehilete, defendiendo el espadón de Narváez. Si, por el contrario, alguien abominaba de la revolución, ya le teníamos sacando á relucir las famosas llagas y el padre Claret ó _Clarinete_, que eran la comidilla más salada y gustosa de aquellos días. Espíritu activo, indagador, controversista, Poleró estaba destinado á ser hombre de provecho, como en efecto lo ha sido.
Arias Ortiz, alumno de Minas, era un andaluz serio (ave rara), apasionado de su carrera y de la metalurgia; mas con cierto desorden y falta de método, que felizmente han ido desapareciendo más tarde. Le faltaba una rueda, como suele decirse; pero el tiempo y el estudio han completado la máquina de su cerebro, y hoy no tiene más desvarío que el inocente de cultivar la música en sus ratos perdidos, que son pocos. Por las noches compone polkas y toca el piano, como recurso contra la soledad en que vive. Era en aquellos tiempos tan enfermizo, que se retrasaba en sus estudios más de lo que él quisiera; ahora, con los aires de Barruelo, con el polvo, el humo y las polkas se ha fortalecido tanto, que da gusto verle.
Á Cienfuegos ya le conocemos. Era hijo de viuda, y seguía la carrera de médico con grandes escaseces y humillaciones. Lo que el infeliz padecía y la hiel que tragaba por esta nefanda ley de relación entre las necesidades y el dinero, no se puede contar brevemente. Á veces desmayaba, y hacía propósito de ahorcar los libros y ponerse á cavar en Barajas de Melo, su patria; pero secreta energía le aguijaba, y al remo del estudio volvía, despreciando obstáculos y arrostrando los vejámenes de la pobreza con ánimo estóico. Llegó á adquirir con esto cierta rudeza glacial que algunos tomaban por cinismo. Su sereno desdén de ciertas conveniencias era más bien como una actitud de defensa contra la desgracia, ó bien el egoísmo del combatiente que en nada repara para evitar un golpe. No condenemos á este gladiador de la vida sin admirar antes su fortaleza y sufrimiento, y aquella calma solapada tras la cual se escondía pasmosa agilidad de espíritu.
III
Sentados á la mesa, cual hemos dicho, los quince ó más huéspedes, y servida la sopa de arroz, siempre tan igual á sí propia que la de hoy parecía la misma de ayer, empezaba el alboroto. Tal como se ponía aquel comedor algunas noches, la torre de Babel resultaría, en parangón suyo, lugar de recogimiento y devoción. En pocas épocas históricas se ha hablado tanto de política como en aquélla, y en ninguna con tanta pasión. Jamás tuvieron parte tan principal en las conversaciones populares los chismes palaciegos y las anécdotas domésticas de altas personas. No gozando de libertad la prensa para la controversia, se la tomaba el pueblo para la difamación. No se ponen puertas al campo, ni mordazas á la malicia humana. La opinión tiene muchas bocas á cual más fieras. Cuando se le tapa la del lenguaje impreso, abre la de las hablillas. Si con la primera hiere, con la segunda asesina. Estaba muy en la infancia la política española para conocer que nada adelantaba con suprimir las cortadoras espadas del periodismo, cuyos filos se embotan pronto cuando se les permite el constante uso. En tanto los cuentecillos envenenaban la atmósfera haciéndola irrespirable, y lo que se quería conservar y defender se moría más pronto. De fuertes y seculares imperios se cuenta que, habiendo podido defenderse de terribles discursos y escritos fogosos, han caído destrozados por los cuchicheos.
¿Quién podrá repetir la algarabía de aquel comedor virgiñesco? ¡Ay, Miquis, quién tuviera tu retentiva para intentarlo! Pero si tal lograra, el lector se volvería loco; con que más vale que se quede inédita esta parte tan principal de la historia de Centeno. Tan sólo retazos y frases sueltas que el héroe conservó en su memoria saldrán al descaro de las letras de molde. Él recordaba perfectamente haber oído á su amo una frase provocativa.
--Ó la Señora los llama, ó esto se lo lleva el Demonio... Yo lo digo muy alto: esto repugna, esto abochorna. ¿Qué gente le queda? Veamos: O’Donnell...
--O’Donnell es un pillo.
--¿Pues y Narváez? ¡Hombre de Dios...!
--Señores, calma, calma. Es porque aquí se han de mirar siempre todas las cosas _bajo el prisma_ democrático... No, no es eso.
--¿Á mí qué me viene usted con historias...?
--Permítanme ustedes, señores...
--Dejemos á un lado la vida privada. Yo sostengo que...
--Permítame usted... pero permítanme ustedes...
El que esto decía, sin poder hacer silencio en la mesa para dejar oír su campanuda opinión, era don Basilio Andrés de la Caña, la voz más autorizada de la casa. Se ponía furioso cuando no le dejaban hablar...
--Silencio, que quiere hablar don Basilio.
--Permítanme, señores...
--Lo sé, lo sé de buena tinta por uno que va á Palacio. Á O’Donnell le desprecian allá, y sólo se aguarda una ocasión...
--Historias... ¿Á mí qué me viene usted con cuentos...? Esas son pamplinas.
--Verdad. ¡Pero si se cae de su peso!
--Permítanme...
--¡Silencio!
--Yo, francamente, no lo veo así... Qué quiere usted... Seré torpe. Siempre miro las cosas _bajo el prisma_ de la lógica.
--Ya esto no tiene soldadura. Ya el partido ha declarado que va á la revolución.
--Al pesebre.
--Al presupuesto... Pero óigame usted... Así no se puede discutir.
--Permítanme ustedes, señores...
--Si tergiversamos las cuestiones...
--Permítanme...
Por fin tanto trabajó, tanto sudó, tantas manotadas repartió á un lado y otro en ademán neptuniano de aplacar tempestades; tanto hizo aquel bendito don Basilio para que emergiera su personalidad en el proceloso mar de las disputas, que al fin se callaron. Silencio imponente.
--Están ustedes fuera de la cuestión--dijo con reposado lenguaje.--Se ocupan aquí de si la situación tiene ésta ó la otra herida, cuando está comida por un cáncer interior que la devorará antes de que la maten las armas y la política. ¿Y cuál es este cáncer?
Pasmo expectante. Sólo se oye el ruido de los tenedores picando garbanzos.
--Ese cáncer es la Hacienda, ese cáncer es la cuestión económica, ese cáncer es el estado del Tesoro, ese cáncer es el _déficit_... Porque, señores, lo he dicho y no me cansaré de repetirlo, con los números no se juega. Para los conflictos de números no tienen solución la espada ni la oratoria. El país, entregado por una parte á los chismes y por otra á las conspiraciones, no se ocupa de esto. Los que estudiamos día y noche estas áridas cuestiones sabemos que el mal es grave, y lo que es peor, señores, que el mal no tiene remedio.
Terror. Doña Virginia oculta la cabeza detrás del hombro de su marido para poder reir á sus anchas. Cáusale más risa que el discurso de don Basilio la seriedad con que le oye Poleró.
--El _déficit_, señores, sube ya á la aterradora cifra de ochenta y cinco millones, y no hay que fiarse de lo que diga el ministro, presentando las cosas...
--Bajo un falso _prisma_...
--Permítanme ustedes... Á esto hay que añadir la deuda del Tesoro... los compromisos que traerá la última operación con la casa Laffitte, las resultas del empréstito Mirés...
--La verdad, señor de la Caña, nosotros no entendemos de eso...--dijo Arias interpretando el cansancio de algunos.--En lo que usted cuenta habrá, sin duda, mucho de fantasmagórico...
--Permítame usted...
--Tiene razón don Basilio--gritó Poleró saliendo á su defensa y enredando la cuestión á ver si se sulfuraba el hacendista, que era el paso más cómico que podían desear.--Así no se puede discutir. Los que no conocen bien la Hacienda...
--Eso es música.
--Por Dios, Caña, no nos hable usted de jeroglíficos.
--Para ustedes, lo que no sea traer y llevar á Sor Patrocinio y á... Que les aproveche.
--No es eso, no es eso.
--Cállate, Poleró.
--Cállate tú, Cienfuegos.
--Dejar hablar, hombre, dejar hablar. Cuando vuelva Narváez...
--Si no ha de volver...
--Lo dijiste tú... Nada: estos señores, después que han planteado su fórmula de _todo ó nada_...
--No se les puede sufrir.
--Permítanme ustedes...
--Y sobre todo, ¿de qué se trata?
--Á mí no me embaucan esos señores con tanto discurso, con su retraimiento estúpido...
--Más estúpido es quien no ve venir la tormenta y se empeña en...
--¿Qué dices tú? Eso es comulgar con ruedas de molino.
--Poleró, que le va á hacer á usted daño la comida...
Para mofarse de don Basilio, Poleró le decía cualquier día con énfasis y misterio: «¿No sabe usted, amigo Caña? Ya se habla de otro empréstito...» Oyendo lo cual, el eximio Necker se llevaba las manos á la cabeza y murmuraba: «Perdición, ruína... ¡Pobre país!... Yo lo digo un día y otro; no me canso de predicar... Pero no hacen caso... Al freir será el reir.»
Y al de los prismas le decían siempre: «¿Á ver, don Leopoldo, á que no cuenta dónde ha estado usted hoy?... ¿Cuántas conquistas lleva esta semana? Porque usted las mata callando. ¿Ha sido marquesa ó qué ha sido?»
El tal Montes se reía, dando por ciertas, con su silencio, las indicaciones de Cienfuegos y Poleró. Luego contaba historias de mujeres, en las que, á ser verdaderas, se dejaba atrás á don Juan, á Lovelace y á cuantos conquistadores de este linaje ha tenido el mundo. Una vez en Sevilla... aquél sí que fué lance. Otra vez en Valencia... ¡oh... cosa más dramática! Lo extraño era que él no las buscaba, y se le venían á las manos las aventuras ya bien amasadas y cocidas. Pues cuando estuvo en París, á negocios de la casa... (por cierto que nunca se pudo averiguar qué casa era aquélla). En fin, si lo iba á contar todo, no acabaría nunca. Precisamente aquella mañana, cuando salía de la oficina... (nadie sabía nunca cuál oficina era), vió una moza de buen trapío que pasó á la acera de enfrente y le miró... ¿Para qué seguir? Era la historia de siempre. Después había estado en el café con Milans del Bosch, y al poco rato entró Sagasta, el cual le dijo... Pero ¿á qué referirlo? ¡Qué máquina de embustes! Él no se ocupaba más que de sus negocios, y cuando volviera á Sevilla, lo haría sin que se enterase nadie, porque con sigilo es como se llevan adelante las grandes empresas. Bien querían los progresistas conquistarle; pero él no les hacía caso, porque veía las cosas _bajo el prisma_ de la serena razón, y... á buena parte iban...
Concluído el comer, la única persona que no había desplegado sus labios en toda la noche, el taciturno y comedido don Jesús Delgado, era quien primero se levantaba, y dando tímidamente las buenas noches, íbase tranquilo á su cuarto, donde le aguardaba la interrumpida obra de sus cartas. Los demás salían en tropel ó separadamente. Unos corrían presurosos al café; los más aplicados se encerraban á empollar las lecciones del día siguiente, y en el comedor sólo quedaban al fin Virginia y su berberisco esposo, el cual, á tal hora, siempre había de tener reyerta con ella, unas veces en bárbaro tono, otras humorísticamente, siendo el motivo y término de tales disputas que Virginia le diera algún dinero para irse al café y al billar. Cuando ella sacaba, generosa, un portamonedas más mugriento que su conciencia; paz y risotadas; cuando no, mugidos y un soliloquio de _verbos_ y amenazas que duraba hasta media noche... Comparada con él, era Virginia una hembra superior, heroína de virtud, abnegación y trabajo. La explicación de que una mujer de mérito (relativo) estuviese unida á un bárbaro semejante y que trabajase para mantenerle, no se encuentra, no, en la superficie de la humana naturaleza; hay que ir á buscarla á los senos más hondos y secretos de ella. Pero Virginia se vengaba de su gigante aborreciéndole y despreciándole en gran parte de las ocasiones de su vida, de tal manera, que le ponía en el postrer lugar de sus afectos y le consideraba menos que al último de los huéspedes, menos que á la criada, menos que á _Julián de Capadocia_.
IV
Á vivir en esta sociedad y entre tales personas quiso la Providencia llevar á Felipe, después de pasarle por la escuela y familia de don Pedro Polo. Ella se sabrá por qué lo hacía. Hubo dimes y diretes entre Virginia y el manchego Alejandro sobre la admisión de Felipe en la casa. Era muy desusado, en verdad, que los huéspedes tuvieran sirvientes, y un estudiante con escudero no lo había visto Virginia en todos los días de su vida. Pero á Miquis no había quien le quitara de la cabeza el proteger á su querido Doctor y facilitarle medios de aprender alguna cosa. Tocado de una como demencia filantrópica, estaba decidido á pagarle hospedaje, como lo hizo, celebrando formal convenio con su patrona... No faltaba en la buhardilla un huequecito, ni en la mesa de la cocina un plato más ó menos lleno. Convenido y realizado. Siempre que aprontase un diario de seis reales por cabeza de criado, don Alejandro podría llevar á la casa todos los Doctores que quisiera.
Por de pronto, Centeno estaba contentísimo, y no se habría cambiado por los mortales más dichosos, ni por los que se hartan de honores y ganancias en elevados puestos, ni por los que vuelven de América cargados de caudales. ¡Verse entre tanto señorito listo, entre estudiantes que hablaban y contendían á todas horas sobre cosas de sabiduría, y además de esto comer bien, no recibir porrazos, no ver á doña Claudia...! Esto era como vivir en la gloria y ver colmadas las ambiciones más atrevidas.
Fuera de Cienfuegos, ninguno de los compañeros de Miquis sabía el origen del repentino engrandecimiento de éste. Quién lo atribuía á inesperada herencia, quién á lotería ó hallazgo. Y que la cosa era gorda no podía ponerse en duda, porque las liberalidades del manchego casi rayaban en sardanapalescas. Por mañana y tarde no cesaba de convidar á los amigos en el café; había saldado las cuentas con el mozo y con cierto usurero á quien Arias llamaba _Gobseck_, y se puso en paz con otros _británicos_ de menor cuantía. Entre los del cotarro que se formaba en un rincón del café, se hizo corriente y como proverbial, siempre que se proyectaba teatro, diversión ó merienda, la locución: «Miquis paga.»
Y para no ser el último en gozar del provecho de su opulencia, el manchego se lanzaba ¡oh sibaritismo! á la vida de gran señor, proporcionándose unos lujos, señores; unas tan grandes pompas mundanas... ¿Qué hizo nuestro hombre? Pues tomar para su vivienda exclusiva el gabinete de la esquina, que no se daba sino á dos ó tres que vivieran juntos y pagaran el máximum de pupilaje. ¡Qué gusto vivir él solo en aquella habitación regia, donde había una cama semidorada, alfombra mosaico hecha de distintos pedazos de fieltro y moqueta, consola de caoba, cajas que fueron de dulces, un espejo de los de ver visiones, y dos grandes láminas compuestas de retratitos fotográficos de todos los alumnos de un curso final de Medicina ó Derecho! Para rematar dignamente su señorío, conveníale tener un servidor, ayuda de cámara, ó si se quiere secretario particular y del despacho, y para todos estos menesteres le venía de molde el insigne Felipe, que era listo, activo, obediente y le manifestaba un afecto rayano en la idolatría.
Con esto cumplía Alejandro dos fines: el egoísta de ser amo de alguien, y el nobilísimo y cristiano de amparar al chico y ponerle al estudio. Convinieron en que le daría libros y le matricularía en un Instituto. ¡Qué gustazo tener un paje á quien mandar, á quien dar gritos, á quien decir á toda hora: «Felipe, tráeme esto... ven acá, corre allá... muévete...!» Lo peor del caso era que, pasados dos días de la entrada de Felipe en la casa, éste resultó ser criado de todos, y todos eran sus amos, porque sin cesar le mandaban á la calle con éste ó el otro recadillo. No era la última en aprovecharle Virginia, que vió en el chico una buena ayuda de su negocio. Cuando no le ponía á limpiar cubiertos, me le mandaba por carbón; ya le llevaba consigo á la compra, ya, en fin, le hacía barrer la casa. No tenía, en verdad, Felipe un momento de sosiego. Era, pues, muy común que Alejandro llamaba á su criado, y que éste no respondiese. El impetuoso amo sé ponía furioso, y sus gritos y aspavientos casi se oían desde la calle: «Le voy á matar... esto no se puede sufrir.» Pero todo concluía cuando entraba don Basilio Andrés de la Caña, diciendo:
--Permítame usted, señor de Miquis. Me tomé la libertad de mandar á Felipe por una cajetilla.
Ó bien era Alberique, que decía:
--¡Si fué á traerme tinta china y cerveza...!
Á esta comunidad de los servicios de Felipe correspondía la comunidad del lujoso gabinete de Miquis, pues los huéspedes amigos le tomaron por suyo. Era el casino de la casa, el disputadero, Ateneo, Bolsa, club, salón de conferencias, el Prado y el Conservatorio, porque allí se charlaba, se fumaba, se discutían cosas hondas, se leían los autores sublimes, se contaban aventuras, se escribían versos, se leían cartas de novias, se tiraba al sable, se hacían contratos y se cantaban óperas. Contentísimo estuvo Alejandro algún tiempo en medio de aquel bullicio; pero, al fin, tan larga y fastidiosa era la invasión en su cuarto, que llegó á cansarse. Algunos días se encerraba con llave y se estaba solo largas horas. Poleró y Zalamero, acercándose á la puerta, tocaban suavemente. «¿Cómo va esa escena?» le decían... Desde fuera le oían recitar versos, y daban palmadas, gritando: «¡Bien, bravo; que salga el autor!»
No está de más decir que tanto Poleró como Arias y Sánchez de Guevara se permitían bromas, á veces pesadas, con Felipe; pero éste lo llevaba todo con paciencia. Lo que no parecía era el estudio, ni las prometidas matrículas.
--Tiempo tienes todavía--le decía el bueno de Arias viéndole impaciente.--Á tu edad yo no sabía ni leer. Estás aventajadísimo, y casi, casi eres un pozo de ciencia.