El Doctor Centeno (novela completa)
Part 12
Doña Isabel trabó amistad con su vecina: hizo la prueba de un oráculo, y quedó tan complacida, que le entró descomunal afición á tales patrañas. No había semana que no bajase un par de veces á consultar la filosofía hermética en el libro de las cuarenta y ocho hojas, y de cada consulta le salían admirables predicciones y avisos que escrupulosamente seguía. La vecina de doña Isabel gozó en aquellos años de mucho auge y prosperidad. Tenía para sus trabajos de cartomancia un aposento con muchas imágenes de santos, alumbrados con velas verdes, y sobre una mesa bonitísima hacía sus juegos y arrumacos. Según lo que se le pagaba, así eran largos ó breves los aspavientos y el quita y pon de naipes, todo acompañado de palabras obscuras.
Doña Isabel se iba siempre á lo más gordo, haciéndose aplicar la tarifa máxima, que le aseguraba misterios muy hondos y desconocidos. ¡Eterno anhelo de ciertas almas, ver lo distante, conocer lo que no ha pasado aún, robar al tiempo sus secretos planes, plagiar á Dios, y hacer una escapada y meterse en lo infinito! Doña Isabel había consultado últimamente un negocio de la mayor importancia. Cortada la baraja con la mano izquierda, y divididos los naipes de cinco en cinco, la pitonisa había contado de derecha á izquierda (uso oriental) explicando la significación de los que aparecían en la séptima y sus múltiplos. Veamos: el _tres de copas_ anunciaba un negocio próspero; el _rey de espadas_, que un letrado se mezclaría en el asunto; el _caballo de copas_, ó sea el Diablo, procuraría echarlo á perder; finalmente, el _as de oros_ decía clarito, como tres y dos son cinco, que todo saldría por maravilla, y que el maldito renegado _caballo de copas_ (léase don Pedro Miquis) quedaría confundido, maltrecho y hecho pedazos.
Vivía doña Isabel de las rentas de sus tierras, que no eran valiosas. Casi toda su fortuna estaba en fragmentos ó piezas muy pequeñas, diseminadas por los términos de Miguel Esteban, el Toboso y Villanueva del Gardete. Junto á las lagunas de Ruidera poseía unas estepas salitrosas de más de dos leguas, que no le daban veinte duros al año. Las piezas de valor teníalas arrendadas á los labradores pobres de la comarca, que cultivan el azafrán, esa droga que debiera llamarse oro vegetal, porque vale tanto como el más fino de la Arabia ó el de los peruanos montes. No obstante, los que crían y peinan las doradas hebras de esta rica florecilla son los más pobres de la Mancha, porque el cultivo del azafrán es muy costoso y el mucho esmero que exige embebe todas las ganancias. Doña Isabel vivía, pues, de esa pintura de las comidas españolas; droga, además, de valor en la farmacia y en la industria tintórea. Sus tierras daban los menudos hilillos de oro, que el mercader coge con respeto en las puntas de los dedos para pesarlo. Se cotizaba antes á onza la onza, es decir, oro por oro. Hoy vale doce duros y aún menos.
El administrador de la señora en el Toboso se entendía con Muñoz y Nones, Notario de Madrid, manchego, y éste entregaba mensualmente á doña Isabel una cantidad no grande, pero sobrada para sus necesidades. Todos los años, al dar cuentas, recogía los ahorros de la señora para ponerlos á interés.
Vamos al negocio.--En la dirección de la Deuda tenía doña Isabel un expediente de liquidación y conversión de juros. El origen de este papel era un préstamo hecho por Godoy á la Real Hacienda, allá en tiempos remotísimos, con la garantía de las alcabalas de Almagro. Solicitó la señora la conversión con arreglo á la ley del 55; pero lo que pasa... el expediente se eternizaba en el encantado laberinto de nuestras oficinas. Por dicha, desde que lo tomó por su cuenta Muñoz y Nones, el expediente empezó á despertar de su letargo, dió señales de vida, fué de aquí para allá, de mesa en mesa, de departamento en departamento, y ahora me le echan una firma, después dos, ya le añadían papelotes, ya le agregaban números, hasta que por fin se le señaló día para salir de aquel Purgatorio, y fué un hecho la conversión de la antigua deuda por renta perpetua del 3 por 100.
Es incalculable lo que pierde el dinero en estos traspasos y caídas al través de la tortuosa Historia nacional. Los 900.000 reales que los Godoyes, con patriótica candidez, prestaron al Rey, quedaban reducidos, á causa de los rozamientos financieros, á 48.636 reales. La tercera parte era, según convenio, para Muñoz y Nones. Doña Isabel percibió 32.424 reales. ¿Á quién pertenecía este capital? Á doña Isabel y á su hermana Piedad. No existiendo ésta jurídicamente, si bien su espíritu existía compenetrado en la propia alma de doña Isabel, la mitad de los dinerillos correspondía en rigor de derecho (porque el jus no entiende de transubstanciaciones), correspondía, decimos, á los herederos de Piedad, á su hija única, Piedad también, esposa de _Micomicón_... ¡Dar á Miquis los 16.212 reales que á su mujer pertenecían! ¡Jesús, qué absurdo! Antes se partiría el mundo en dos pedazos... Porque si el dinero se le entregaba á Piedad, lo cogería Miquis, administrador de los bienes matrimoniales. No, y mil veces no.
El encono profundísimo que la Godoy sentía contra aquella nefanda estirpe de plebeyos groserísimos, avarientos y sin ley, sugirióle los razonamientos que puntualmente se copian aquí:
«Si doy el dinero á mi sobrina, se lo doy al cafre de los cafres, que bastante ha tragado ya, prestando dinero á mi familia al 18 por 100. No, no, Dios de justicia: con tu santo permiso, voy á jugarle una trastada... ¡Pero qué linda y pesada jugarreta! Me la aconseja San Antonio bendito, y la he visto clara en el frío lenguaje de las cartas, movidas y barajadas por los mismos ángeles... Pero si me guardo ese dinero, es pecado. ¿Lo daré á mi hija, encargándole...? No, no puede ser... El salvaje metería sus uñas al instante... No, no; digo que no. Veamos: ¿cuál es el pecado de aquel bárbaro entre los bárbaros? La avaricia. ¿Cuál es el castigo del avaro? La forzada liberalidad. Pues yo hago forzosamente generoso al _Mecifuf_, y le doy grandísima desazón entregando el dinero á su hijo y mi nieto, no para que lo gaste en golosinas, no para que lo tire con amigotes soeces, sino para que lo emplee en buenos libros, para que emprenda algún instructivo viaje, para que se haga ropas muy majas con que ir á las embajadas y al Real Palacio, para que se afine y decore, viva como un caballero y sepa ilustrar el hermosísimo nombre de Herrera.»
Esto pensó, esto dijo, y se estuvo riendo tres horas seguidas. Aquella noche soñó con la venganza que de los aborrecidos _Mengues_ tomaba, y vió á don Pedro zumbar en torno á su cabeza en forma de caballito del diablo. Pero ella, valerosa, le decía: «Rabia, rabia, que el dinero no es para tí. Revienta, Judas; muérete, Holofernes.»
VII
Desde que Muñoz y Nones le dijo: «La cosa es hecha; esto es claro como la luz del mediodía: la semana que entra le traigo á usted su dinero,» doña Isabel creyó oportuno comunicar su vengativo pensamiento al bueno de Alejandro, el cual lo tuvo, justo es decirlo, por el más disparatado que podía nacer en humano cerebro. Ya tenía él vislumbres de que, en el de su tiíta, la cantidad de seso iba mermando rápidamente; pero al llegar aquella ocasión, lo juzgó completamente vacío. Cosa más inverosímil y absurda no había él oído jamás. Se avenía bien con la casa de su tía, y con la persona de ésta; persona, casa, trato y aliños en que todo semejaba embrujamientos y hechicerías. Mas como era tan en provecho suyo la locura que la dama cometía; como en aquellos días estaba escasísimo de dinero y sólo abundante de compromisos, deudas y necesidades, no tuvo nada que decir contra la generosa oferta. Eso sí: cuando la Godoy le puso por condición el honrado y juicioso empleo del dinero, hizo él votos solemnes de consagrarlo á su mejoramiento social y educativo... ¡Pues á fe que era poco formal! En la vida más entraría en un café: todo el que quisiera verle, que le buscara en las bibliotecas, en las cátedras, y por las noches en algún salón de embajada ó en cualquiera palaciega tertulia, donde el trato de finísimas damas perfilara sus modales.
--Eso, eso, eso--dijo la tiíta con crédulo alborozo.--Si no lo haces así, perderemos las amistades. Ya ves, sería un cargo de conciencia... Bueno, pues la semana que entra... ¡Caballito del diablo, arre... arre!
Al decir esto, la aristocrática manchega no se estaba quieta, sino que iba de un paraje á otro de la sala, sin dirección ni tino, trémula y como picada de la tarántula. Sus brazos hacían la mímica de apartar algo que revolaba en su alrededor, y sus ojos echaban unos reflejos plateados y verdosos que habrían dado á Miquis mucho miedo si éste no hubiese visto repetidas veces á su tiíta en tan lastimoso estado.
Ahora se comprende el desasosiego de Alejandro en los días que mediaron desde la promesa de su tía hasta la realización del donativo. Estaba el infeliz muchacho como el que padece obsesión, pensando siempre en la fortuna que se le ofrecía, lleno de dudas y congojas. Porque el dinero le venía como aguas de Abril. ¿Y si después de prometérselo resultaba que todo era un estrafalario juego de los derretidos sesos de su tía...? Si el metal entraba en su bolsa, creeríase el más venturoso de los nacidos; si todo era una burla, ¡qué horrendo desengaño! Por esto en la noche del sábado no se le podía sufrir: tan caviloso y pesado estaba. Sin explicar el motivo de su pena, á todos sus amigos nos pedía que le tomáramos el pulso... Tenía fiebre.
--Y quién sabe--decía.--Puede ser que la semana que entra no me cambie por el duque de Osuna.
Vino el domingo, memorable por el entierro de Calvo Asensio, y en la mañana de aquel día fué con Cienfuegos al Observatorio, y ocurrió aquello del horóscopo, el encuentro de Centeno y el recado que éste llevó... Volviendo á la casa de la calle del Almendro, se dirá que el sábado recibió doña Isabel, de Muñoz y Nones, la suma producida por la venta del papel que la Hacienda reintegraba en pago de la secular deuda. Llevóse el notario su parte, y de lo restante hizo doña Isabel dos, que, bien separaditas, guardó en el lugar de los secretos, tabernáculo de dulces memorias, que era un cajoncillo situado en la tercera gaveta de la cómoda panzuda. El domingo por la tarde, cuando abrió su balcón para ver qué tal iba la cosecha de higos, vió un desalmado chico que desde media calle la miraba. ¡Insolente!... Á poco rato llamaron. La señora leyó la carta de su sobrino, en la cual, con expresivas y francas razones, inspiradas en la verdad, le hacía ver que la pingüe oferta nunca como en aquella ocasión sería tan feliz y oportuna si se realizaba. La misma doña Isabel salió al recibimiento á decir á Felipe:
--Dí á mi sobrino que sí, ¿entiendes? que sí, y que puede venir cuando quiera.
Como exhalación corrió Centeno al Observatorio, donde estaba Alejandro, más muerto que vivo, cual en día de examen, lleno de ansias y sobresalto. Sus dos amigos se habían ido al entierro, y él se quedó solo, paseando de una casa á otra. Dióle Felipe el recado, y el estudiante, que con las nuevas verbales sentía en el alma los turbulentos halagos de la esperanza sin perder sus dudas, hizo propósito de salir de ellas al momento, corriendo á casa de su tía.
--No puedo pasar la noche en esta incertidumbre--afirmó resueltamente.--Vamos allá.
Al decir «vamos,» Felipe se cosió á los faldones del manchego, y éste, en un rapto de amistad, de generosidad, de benevolencia, que eran el destellar más común de su alma, le dijo así cuando iban por la rampa abajo:
--Te tomo de criado... Si esto me sale bien, serás mi criado... mi escudero, porque verdaderamente necesito... ¡Qué lejos está esa calle del Almendro!
El otro, de puro asombrado y agradecido, no decía nada. En su alma se había metido también una desusada grandeza, una esperanza embargante, un pedazo de cielo que entró en su cuerpo con el aliento y se le atravesaba al respirar. Ambos tenían una suerte de inspiración, de Dios interior que les agitaba y les hacía pensar, si no decir, cosas admirables... ¡Y cómo corrían! La noche estaba próxima, y Alejandro anhelaba llegar de día, porque la Godoy tenía la costumbre de echar todos los cerrojos de su casa á la hora en que se acuestan las gallinas. ¡Ay! á todo término, por lejano que sea, llegamos al fin, y ambos muchachos entraron en la calle del Almendro. ¡Qué soledad, qué paz! y ellos dos ¡qué palpitación de corazones, qué latido de arterias! Llevaban en sí toda la vida que faltaba al dormido barrio, y podrían derramarla á raudales sobre aquel vacío escenario de las aventuras matritenses de otros siglos.
VIII
La casa del seis de copas estaba aún abierta... Adentro. Llamaron á la puerta de aquel templo de la Quiromancia. La mente de Alejandro ardía con vagorosa luz, desparramada y flotante como la llama que baila sobre el alcohol. Sorprendida quedó doña Isabel de verse visitada por su sobrino á hora tan intempestiva, pues nunca lo había visto en su casa de noche. También mostró la señora alguna extrañeza al ver á Felipe.
--Es un chico que me acompaña y me hace recados,--dijo Alejandro con voz trémula.
Permaneció Felipe en el recibimiento, sentado sobre un cajón, y al punto rodeáronle los gatos y el perrillo, con tantas pruebas de amistad, que él les estaba muy agradecido. Doña Isabel entró con Alejandro en el gabinete de las cuatro cómodas, alumbrado por un candil de cuatro mecheros, de aquéllos bien labrados y pesadísimos que van desapareciendo con la industria española. Lo primero que hizo la señora fué tomar una mano de su sobrino y acercarla á la luz para mirarla bien, diciendo:
--¡Qué uñas!... ¡Pero, hijo!...
Alejandro sintió vivamente haber olvidado aquel detalle, pues la primera condición para agradar á su tía era el aseo.
--Es que... estuve toda la tarde revolviendo libros muy empolvados...
--Pero dí--prosiguió ella observándole la ropa.--¿No tienes cepillo en casa? ¿Pues y esa cabeza? Parece que te has peinado con una escoba... ¡Qué niños éstos del día!... Luego queréis agradar á las damas. No sé cómo hay mujer que os mire... Verdad que ellas están buenas también. Muy emperejiladas por fuera, y luego, si se va á mirar... Veremos si te modificas, ahora que no te faltará dinero...
Al oir esta última palabra, Alejandro se estremeció de íntimo placer. Los dedos de una divinidad escondida y misteriosa le acariciaban las entrañas.
--¿Pero qué?...--dijo la tiíta con vacilación, acercando sus manos de torneado marfil á la cómoda.--¿Te vas á llevar eso esta noche?... ¿No tienes miedo á los ladrones?
No queriendo mostrar Alejandro, por delicadeza, los abrasadores deseos que tenía de poseer aquel tesoro, murmuró estas palabras:
--Como usted quiera, tiíta...
--Mañana...
Aquel mañana le parecía á Alejandro inesperado alejamiento de un día grande, la inmistión antipática de lo infinito entre el hoy y su felicidad. ¡Mañana!... ¡el siglo que viene!...
--Por los ladrones no sea... ¿Cree usted que me voy á dejar robar?... Pero si usted no quiere...
--Pues de una vez,--dijo la Godoy tirando del tercer cajón de la cómoda, que hizo un ruido músico y dulce como de puerta celestial de áureos goznes.
Y tornando á vacilar:
--La cosa es que...
En lo íntimo de su ser, Miquis se sublevaba contra la prórroga de su dicha. Tenía los labios secos... le ocurrió una idea...
--La cosa es--observó,--que mañana quizás no pueda venir.
--Ya que estás aquí...--indicó la señora sacando al fin el pesado cajón.
Alejandro echó sus ansiosas miradas dentro de aquella cavidad, de la cual salía fortísimo aroma de flores secas, de rosas seculares y como embalsamadas. Los dedos de la señora abrieron la tapa de una caja, que tenía encima una bonita pintura de Adonis herido, y expirando en brazos de Venus. Dentro vió Alejandro las que fueron rosas y eran ya una masa seca, pero aún olorosa, cual momia que conservara también momificada el alma... Después apareció un retrato, preciosa miniatura. Era un joven muy guapo, pálido, con los cabellos encrespados y revueltos... Alejandro se inclinó, movido de curiosidad, para ver aquella imagen, que al pronto creyó la de su abuelo; mas doña Isabel, con movimiento rapidísimo y airado, le apartó diciendo:
--Quita de aquí tus ojos puercos...
Él se apartó con discreción, no sin atisbar algún paquete de cartas de color amarillo, atadas con cintita roja, de las que sirven de marca en los devocionarios. De debajo del paquete sacó al fin la tiíta una cartera de terciopelo, y de la cartera... ¡ay!...
--Aquí tienes tu parte...
Al decir esto, despedían sus ojos los mismos fulgores plateados y verdosos que Alejandro había observado otras veces en el extraño mirar de su tía. Y otra vez hacía la Godoy el consabido gesto en el aire con la nerviosa mano, diciendo:
--Arre, arre, caballito del diablo... ¡Esto no es tuyo, no es tuyo!
Sintió Miquis como un gran temor, y alargando la mano para tomar lo que se le daba, apenas á tocarlo se atrevía. Pero ella, cerrada de un golpe la cómoda, se sentó, y extendiendo sobre su regazo los billetes de Banco, puso las cosas en la realidad con esta salmodia aritmética:
--Entérate... Quinientos y quinientos, mil... Dos mil, cuatro, ocho... doce, diez y seis... El pico aquí está: diez duros y tres pesetas...
¿Qué pensaba y qué sentía el estudiante al ver aquel sueño hecho vida, aquella mentira verdad, aquella fiebre de su alma resuelta en oro, ni más ni menos que todo el movimiento del Universo, según dicen, se resuelve en calor? Pues su mente poderosa, aunque infantil, no sabía descender á la realidad desde el firmamento de las leyendas; cerníase arriba, en las preñadas nubes de donde llueven la magia, la quiromancia y los sortilegios. No podía bajar á la verdad terrestre; y como por la mañana había entretenido su afán con aquellas quimeras de los astros que hablan y del horóscopo, creíase en lo más tenebroso y poético de la Edad Media, entre magos y nigromantes. Conociendo la afición de su tía á echar las cartas, todos los pormenores de aquel suceso estaban muy en su lugar: era la casa laboratorio de alquimista, al cual sólo faltaban las telarañas para estar en perfecto carácter. Sí: aquel dinero había venido á sus manos por arte de alquimia ó por dictamen de estrellas, coluros ó melenudos cometas. Quizás eran figurados los billetes, en realidad engañosos naipes egipcios, que se iban á deshacer en sus manos tan pronto como los tocara.
--Cuéntalos tú ahora...
--No, si está bien... No faltaba más.
--Hazme el favor de contarlo... No quiero que...
--Por Dios, tiíta...--balbució Miquis con gran torpeza de lengua y de manos.
Los billetes eran billetes... Al tomarlos, sensación dulce y placentera se extendió por su cuerpo, partiendo de las yemas de los dedos. Contarlos no le parecía bien. Además, en su febril dicha, no le importaba recibir un billete de menos.
--Como quieras...
Y él los recogía, los doblaba... ¡Ay, qué momento! Si se hubiera puesto á contar el dinero, de seguro lo habría contado mal. Su espíritu, súbitamente atacado de una exaltación loca, no estaba para cuentas; era insensible al orden y á la fría disciplina de los números... Perdió la noción de la cantidad que representaban aquellos sobados papeles verdes y azules, y no veía más que un caudal abrupto, una suma tan grande como sus sueños, suficiente á todas las necesidades del momento y de mucha parte de su juventud; una suma que duraría eternidades... Se lo metió todo en el bolsillo del pecho, y á cada instante, con disimulo, tocaba á la parte donde su corazón y su ventura estaban, juntitos, como amantes en la luna de miel...
Y en tanto, doña Isabel, atacada de la verbosidad que era uno de los caracteres de su mental dolencia, hablaba, hablaba... ¿De qué? Alejandro la oía sin entender nada. Hacía que escuchaba, moviendo afirmativamente la cabeza, cual muñeco que tiene por pescuezo un resorte; pero estaba su espíritu en otras regiones, y sólo llegaban hasta él palabras sueltas, una cantinela monstruosa: los Herreras, los Miquis, el fielato, la subasta de bienes del clero, la juventud ordinaria del día, las tierras plantadas de anís, el precio del azafrán, la Virgen de la Piedad...
Como se oye una campanada lúgubre, oyó Alejandro al fin de la cancamurria esta horripilante cláusula:
--Te quedarás á cenar conmigo.
¡Alquimia y cartomancia! Cenar con la tía era permanecer allí dos horas más, oyendo la cansada cantinela; era igualmente el mal paso de tener que comer gachas, piruétanos, cañamones, y beberse á la postre un jarro de aguas cocidas; era oir una salmodia antiestomacal, impregnada de orégano; estar bajo la presión y entre las garras de un desordenado y misterioso genio de ojos plateados y verdes; caer bajo el obscuro poder de la magia; era beber, con la salvia, el jugo de la locura, y comer, con los cañamones, el tuétano y substancia de todos los desvaríos posibles.
--¡Cenar con usted!--murmuró vacilante entre el horror y la cortesía.--¡Qué más quisiera yo que cenar con usted, tiíta... qué más quisiera yo...! Pero es el caso que en mi casa me esperan, y los demás compañeros se estarán sin comer hasta que yo vaya... Gastan en mi casa unos cumplidos...
Al decir esto, Miquis sentía que en su cuerpo le habían nacido alas. Su impaciencia por echar á correr era, no ya febril, sino como desazón epiléptica. Le quemaba el asiento, y en pies y manos tenía hormigueo abrasador.
--Entonces--indicó doña Isabel con el más dulce tono de su bondad tolerante,--más vale que te vayas.
Por poco da Miquis un salto al oir el _vayas_; pero no le faltó fuerza de voluntad para reportarse, y levantándose con estudiada lentitud, dijo en un tono que parecía el de la mayor naturalidad:
--¡Qué tarde se ha hecho!
--Sí: ya los días son nada.
--¡Cosa tan rara!... á las seis de la tarde, noche.
--El tiempo vuela.
Alejandro le alargaba su mano, cuando la señora, resistiéndose á estrecharla con la suya, le dijo:
--No, grandísimo gorrino; no juntarás tu mano asquerosa con la de una dama... Es preciso que te civilices. Ven acá y lávate.
Llevóle á su cuarto, y echando agua en la jofaina, le obligó á darse una buena fregadura en las manos. Ella misma le ayudaba con tanta fuerza, que por poco le despelleja. Esto lo hacía casi siempre que el estudiante iba á su casa. Mientras se lavaba, la Godoy decía:
--Así, así. ¡Oh! ¡qué niños éstos! ¡Cuándo se había de ver en mi tiempo un joven con esas manazas de cavador!... Otra cosa hay que me estomaca, y es esas barbas que han dado en usar ahora todos los hombres.
Alejandro tenía en su cara un vello, ya muy crecido para bozo, si bien corto aún para ser barba, en el cual nunca había entrado la navaja, por tener su dueño el propósito de ser con el tiempo un sujeto barbudo, conforme á la moda corriente. Doña Isabel, mientras él purificaba sus manos, tirábale de aquellos miserables pelos, diciéndole:
--¡Qué bonito! Pero ¿qué hermosura encontráis en esta suciedad? Por fuerza los espejos de hoy no son como los de mi tiempo, y hacen ver las cosas de otro modo. Pareces un chivo. Si quieres que te quiera, échate abajo ese perejil mal sembrado.
Á todo se mostraba él conforme, y más cuando ella pronunció, con tono de familiar amenaza, estas palabras:
--Cuidadito con el comportamiento... Cuidadito con la manera de gastar el dinero... Mira que yo lo sé todo; mira, Alejandro, que nada se me oculta, y que sin salir nunca de este rincón, puedo enterarme de todo lo que haces. ¡Mira, Alejandrito, que yo he nacido en Jueves Santo!... Tú no seas malo... Mira que te estoy mirando siempre...