El Doctor Centeno (novela completa)
Part 10
--Sea donde fuere... Ese es atroz cuando da en encontrar dificultades y en echar lamentos.
--Vamos á casa--dijo Ruiz.--Veremos si hay algún ordenanza. Don Florencio nos sacará del paso...
Salieron, y lo primero que vió Miquis fué el famoso héroe de aquel otro domingo, que gozoso y algo conmovido se acercó á saludarle, gorra en mano.
--Hola, mequetrefe, ¿tú por aquí otra vez? ¿Qué es de tu vida?
Felipe, confuso, no sabía qué contestar, pues érale muy difícil exponer en breves palabras los motivos de su salida de la paternal casa de don Pedro. Temía que su protector, por falta de explicaciones circunstanciadas, atribuyera la expulsión á cualquier falta denigrante y odiosa.
--Te has civilizado... ¡Pero qué bonita has puesto mi ropa! Es verdad que lleva tiempo... Y hablas ya como la gente. Lo que menos creías tú era verme aquí.
--Señor, estoy viniendo todos los días á ver si le veo...
--Pues mira, hoy caes aquí como agua de Mayo. Nunca podrías ser más oportuno. Me vas á hacer un recado.
--¡Un recado!...--exclamó el Doctor con alegría.--Si los señoritos me buscaran una colocación...
--Sí, para colocaciones estamos,--dijo Cienfuegos.
--Como me traigas buenas noticias--indicó Miquis,--te prometo...
--¡Adiós! ya está éste tocando el violón... No prometas nada, Alejandro, no prometas.
--Vas á llevarme esta carta.
--Sí, señor.
--Á la calle del Almendro. Entérate bien ó te pego. ¿Sabes dónde está?
Felipe vacilaba.
--Entras por Puerta Cerrada...
--Sí, sí... démela, démela.
--Bien claritas he puesto las señas. Número 11, cuarto segundo. ¿Sabes leer?
--¡Pues ya!...
--Preguntas por doña Isabel... esperas contestación, te la da, y me la traes aquí.
Llegó cuando menos se le esperaba don Florencio, muy peripuesto, vestido de negro, con el rostro enmascarado de cierta tristeza fúnebre, y saludó á los tres amigos.
--Ya sabemos á dónde va usted, señor Morales y Tempra...do, don Florencio.
Con solemnidad luctuosa, haciendo con ambas manos una elocuente mímica de ese dolor mesurado y correcto que es propio de las tragedias clásicas, el señor don Florencio dejó caer de su boca esta frase:
--Voy al entierro del gran hombre.
--¡Pobre Calvo Asensio!
En tal día enterraban con gran aparato de gente y público luto al atleta de las rudas polémicas, al luchador que había caído en lo más recio del combate, herido de mortal cansancio y de fiebre; hombre tosco y valiente, inteligencia ruda, que no servía para esclarecer, sino para empujar; voluntad de acero, sin temple de espada, pero con fortaleza de palanca; palabra áspera y macerante; temperamento organizador de la demolición. Reventó como culebrina atacada con excesiva carga, y su muerte fué una prórroga de las catástrofes que la Historia preparaba. Don Florencio, que era su amigo, hacía aspavientos de dolor comedido y decía:
--Entre paréntesis, si no hubiera cambiado su farmacia por esta condenada política, todavía viviría. Era un mocetón... Vamos á echarle un puñado de tierra.
Después, fijándose en Felipe, que oía con el mayor respeto aquellas elegiacas razones, le consagró también á él, pequeñito, una frase llena de socrático sentido:
--Doctor Centeno, ¿qué haces por aquí? ¿Sirves á estos señores? Como te portes bien, medrarás. Si no... Ya me contó Pedro que tienes mañas sacrílegas y dices muchas mentiras... Ojo, señores, ojo...
Ofendido y malhumorado oyó Felipe estos conceptos; mas nada quiso contestar. Apremiado por Miquis para que fuera pronto al recado de la cartita, echó á correr por la rampa abajo, dejando atrás muy pronto á Morales, que iba con su metódico paso de procesión cívica.
III
Quince días habían pasado desde que el buen Doctor dejó con tan mala ventura la casa de don Pedro Polo... Cayó, como el cabello que cortado se arroja, á los rincones y vertederos urbanos, allá donde las escobas parece que arrastran, con los restos de todo lo útil, algo que es como desperdicio vivo, lo que sobra, lo que está de más, lo que no tiene otra aplicación que descomponerse moralmente y volver á la barbarie y al vicio. ¿Quién le seguirá por esta zona, á donde llegan arrastrados todos los despojos de la eliminación social en uno y otro orden? ¿Quién le seguirá á las casas de dormir, á las compañías del Rastro, á los bodegones y tabernas, á los tejares y chozas de la Arganzuela ó las Yeserías, á la vagancia, á las rondas del Sur, inundadas de estiércol, miseria y malicia? La historia del héroe ofrece aquí un gran vacío que es como reticencia hecha en lo mejor de una confesión. Sólo se sabe que á los dos días de su salida de la casa de Polo, se extinguió el último ochavo de las seis pesetas que le diera la cristiana y al mismo tiempo pagana _Emperadora_, figura hermosísima que él había visto en alguna parte, sí: en ésta ó la otra página de sus estudios, en la Doctrina Cristiana y en la Mitología. ¡Misterios de la óptica moral! Fuera lo que Dios quisiere, él se había prometido no olvidar á aquella señora en todo el tiempo que durase su vida...
Se sabe también que algunas noches durmió en lo que vulgarmente se llama la _posada de la estrella_, ó sea al aire libre; que pasó grandes y tormentosas escaseces; que iba todos los días á la subida del Observatorio con esperanza de encontrar al que le protegió, le amparó y le dió ánimos en aquella feliz ocasión; que al fin su puntual fidelidad obtuvo recompensa, como se ha visto, deparándole Dios el encuentro de Alejandro Miquis, prólogo de los importantes acontecimientos que vienen ahora, y paso primero en el nuevo rumbo que toma la vida del héroe, como verán los que no se hayan aburrido de esta lectura y quieran seguir adelante.
Emprendió, pues, la marcha el Doctor para desempeñar su recado, y en la Puerta del Sol, ¡inesperado estorbo! se encontró con que no podía pasar, parque todo estaba lleno y apelmazado de gente. Él, no obstante, había de penetrar entre la multitud para ver por qué motivo se reunían tantas personas. Metióse por las grietas que en la humana masa se abrían; navegó con trabajo por entre codos, piernas, espaldas, y pudo ganar al fin la esquina de la calle de Carretas. Felizmente, había allí un farol que no estaba ocupado, y se subió á él, guardando cuidadosamente la carta en el pecho. ¡Qué bien se veía todo desde aquella altura! «¡Ya!... entierrito tenemos.» Y que el muerto era persona grande lo manifestaba la muchedumbre de acompañantes y de curiosos. Vió Felipe el carro mortuorio, tirado por caballos negros y flacos, con penachos que parecían haber servido para limpiar el polvo de los cementerios; vió el armatoste donde el difunto venía, balanceándose como una lancha negra en medio de las olas de un mar de sombreros de copa; vió los asilados, los lacayos fúnebres, de malísima catadura, y el lucido acompañamiento, ejército sin fin de personas diversas, elevadas y humildes, todo obscuro, triste y hosco. Iba detrás, en primer término, un señor alto y gordo, de presencia majestuosa; á su lado otros muchos, gruesos ó flacos, y detrás un río de levitas y chaquetas. ¡Cómo serpenteaba la fatídica procesión, cómo se detenía de trecho en trecho, cómo empujaba! Era cuña que en las plazas abría la masa de curiosos, y en las calles se dejaba oprimir á su vez por aquélla... Felipe se unió á la comitiva. Tan pronto iba delante con los incluseros, tan pronto atrás, cerca de aquellos señores tan guapotes. Pero él se mantenía siempre á respetuosa distancia: miraba, y nada más. No era como el intruso y farsante Juanito del Socorro, á quien Felipe vió delante de los caballos, apartando el gentío con ridículos y oficiosos aspavientos. «¡Fantasioso!» pensó el Doctor; y poco después, allá cuando iban por la calle de la Concepción Jerónima, vióle atrás, pegado á los faldones del respetabilísimo caballero obeso y de blancas patillas que presidía... «¡Otro más entrometido que Juanito...!»
Por la calle de Toledo, _Redator_ distinguió á su amigo entre la multitud y se fué derecho á él. ¡Qué facha la de Juanito! Llevaba las mismas alpargatas ó babuchas de orillo que usaba siempre, una chaqueta de papá y una corbata negra que su mamá le había hecho para aquella lúgubre ocasión. Se saludaron con un par de estrujones, y Juanito dijo al otro:
--Estoy rendido... Yo fui á avisar á la parroquia para que llevaran los _Oles_... Después, recado por arriba y por abajo... llevar mucha papeleta, y ahora traer coches... Voy aquí con don Salustiano. Hijí... éste sí que es peje.
Al decir esto, señalaba al señor grueso, persona de tan admirable presencia que á Felipe le parecía, si no rey, un dedito menos. En efecto: el Doctor vió á su amigo meterse entre los señores que iban en la delantera del acompañamiento, estrujándoles la ropa y estorbándoles el paso. Alguien le daba empellones para echarle fuera; pero él á meterse volvía. Al fin de la calle de Toledo, muchos empezaron á ocupar los coches... Felipe entonces, satisfecho de haber visto bastante, acordóse de su deber, y retrocedió para buscar la calle del Almendro.
La cola del inmenso cortejo estaba aún por San Isidro. Allí se apartó Felipe; dió varias vueltas por Puerta Cerrada, mirando letreros, y por fin se internó en la calle del Nuncio. Estaba en camino. Los lacayos de la Nunciatura excitaron su curiosidad, y perdió un ratito admirando tanto galón y tan buenas aposturas. Algunos pasos más, y ya estaba mi hombre en el fin de su viaje. ¡Qué silencio, qué sepulcral quietud la de aquellos lugares! Eran más fúnebres que el entierro y más solitarios que la soledad. Después del bullicio, de la confusión y gentío que había presenciado, verse allí era como caer en un pozo. Y la tal calle se enroscaba marcando una vuelta tan brusca, que no se veía ni el principio ni el fin de ella. Parecía una trampa armada al descuidado transeunte; y todo el que entrase en ella, no como Felipe, sin ver, por ser niño, el sentido de las cosas, creeríase más en Toledo que en Madrid, ó bajo la dominación de los reyes austríacos, amenazado de las uñas de Rinconete. Hoy es la calle del Almendro recogida y silenciosa; júzguese cómo sería hace veinte años, cuando aún la ley de las transformaciones municipales no la había comunicado, derribando casas, con la Cava Baja. Entonces, nadie pasaba por allí que no fuera habitante de la misma calle. Componían gran parte de su caserío las cocheras de la casa de Aransis; la casa de Vargas, sola, misteriosa, abandonada, pues al parecer sólo mora en ella el espíritu de San Isidro. No se conocía en ella ninguna industria, como no fuera la de un colchonero que tenía por muestra un colchoncito de media vara. Había escudos sobre puertas que jamás se abrían, y balcones de hierro que á pedazos, corroídos por el orín, se desbarataban. Dos ó tres casas de alquiler, relativamente modernas, existían en la tortuosa longitud de la calle. Una de ellas, la del núm. 11, que era la que buscaba Felipe, estaba en la rinconada que ha desaparecido para establecer la comunicación de aquel embudo con la Cava Baja. De modo que la casa de la tía de Miquis no existe ya. Hay que figurarla; pero como no faltan memoria y datos, puede decirse que era un edificio del siglo XVII, ordinario, vulgarísimo, feo, con dos pisos altos, puerta de piedra, en cuyo clave se veía grabada la común inscripción _Jesús, María y José_, y lo demás de revoco.
Nos hallamos en el rincón más interesante quizás de este Madrid que tantas curiosidades encierra, y que hoy presenta revueltas, en algunas zonas, las primicias de la civilización y los restos agonizantes del mundo antiguo. Dos huecos tenía cada piso de la casa vetusta, que Felipe comparó, _in mente_, con un seis de copas. En la ventana baja, inmediata á la puerta, no había señal de vivienda humana. Rotos estaban los vidrios y cerradas las maderas. Era el depósito de una cofradía caducada, y ya se ignoraba quién tenía las llaves. En los dos balcones del principal había muchos tiestos, descollando entre ellos una grande y bien florecida adelfa que daba alegría á la casa y aun á la calle toda. No tengamos reparo en decir, aunque sea indiscreto y prematuro, que allí vivía una mujer ó señora que _echaba las cartas_ y tenía gran parroquia, muy tapadamente, en todo Madrid.
Si los balcones del principal eran alegritos con tanta hierba y verdura, los del segundo éranlo mucho más, porque en ellos el follaje se desbordaba por los hierros, subía y aun daba grata sombra. Era ya una vegetación arborescente, impropia de balcones y que traía á la memoria lo que de Babilonia se cuenta. Los tiestos de diversa forma estaban unos sobre otros; había pucheros, cajones, tibores, medias tinajas y barriletes, todo admirablemente cultivado y lleno de variedad gratísima de plantas. Descollaban una higuera con higos, un manzano con manzanas, un níspero también con fruto, un albaricoque y hasta una parra que ofrecía en sus ya pintados racimos abundante esquilmo de Octubre. Y entre estas familias mayores, las capuchinas de doradas florecillas subían por la jamba, agarrándose á cuerdas muy bien colocadas; lo mismo hacían las campánulas, el guisante de olor y otras trepadoras. Achaparrados y asomando por entre los hierros, veíanse los claveles, el sándalo, la hierba-buena, la medicinal ruda, la balsamina, el perejil de la reina, el geranio de pluma y otras especies domésticas. Colgadas á un lado y otro de los balcones había hasta media docena de jaulas chiquitas con verderones y jilgueros presos; pero tan cantantes, que no cesaban ni un momento de arrojar sobre la calle sus deliciosos trinos.
Al reconocer el número, avanzó Felipe hasta el centro del arroyo y se quedó como lelo, mirando la casa. Era para él tan misteriosa, emblemática é incomprensible como una de aquellas páginas de la Gramática ó de la Aritmética, llenas de definiciones y guarismos que no había entendido nunca. Miraba y miraba, descifrando con el incipiente prurito de su mente investigadora... Hacía lo menos quince minutos que duraba este contemplativo examen, cuando observó que se abrían los cristales de uno de los balcones del segundo. Por entre el follaje distinguió una mano delgadísima que apretaba los higos de la higuera como para ver si estaban maduros. Luego acariciaba los racimitos de la frondosa parra... Mirando más, y cambiando de sitio, pudo distinguir una cara... Era blanca, fina y lustrosa, como las caras de las muñecas de barniz que se ven en las tiendas de juguetes, con ojos negros y vivos. En la cabeza tenía un lío amarillo, al modo de turbante... Felipe se vió mirado y examinado por los ojos de la muñeca, pero con tal fijeza, que hubo de turbarse y no supo qué hacer. Aquélla era la tía del señor de Miquis. ¿Por qué le tenía miedo? ¿por qué se quedaba absorto y como fascinado delante de la casa...? Es preciso entrar. Atrévete, hombre.
IV
Cuando la criada de la tiíta Isabel abría la puerta, lo primero que se veía... Hablemos con claridad: allí no se veía nada hasta que el visitante se iba acostumbrando á la obscuridad; hasta que sus ojos, ávidos de ver, no pescaban, digámoslo de este modo, en el fondo de las tinieblas, éste ó el otro objeto para sacarlo al espacio visible. Antes que ocurriera tal fenómeno, y no ocurría jamás sin gran trabajo y paciencia de la retina, el visitante percibía gratísimos olores de plantas aromáticas, tomillo, mejorana y orégano, de tal manera fuertes, que se creía en un establecimiento de herbolario... Después que había olido bien, empezaba la percepción visual, y lo primerito era una pareja de gatos, grandes, gordos, manchados, saltones. Se daban á conocer primeramente por sus dorados ojos, alguna vez con reflejos verdosos como los del fondo del mar, y luego se distinguían sus blandas piruetas y sus escurridizos rabos. En la sala, repentino contraste: mucha luz esparcida y un no sé qué de regocijo. Allí aparecía de nuevo la familia gatesca, aumentada con dos ó tres chiquitos y muy monos, y reforzada con vivaracho perrillo, el cual no cesaba de ladrar ó de rezongar, debajo de un mueble, todo el tiempo que duraba la visita.
La sala tiene que ver. El que no sepa guardar las formas respetuosas que exigen ciertos lugares consagrados por el tiempo y la virtud, que se vaya á la calle y me deje solo. Solo y extático contemplaré el nogal de aquellos sillones y mesas, bruñido por la edad y el aseo; nogal que salió de los primeros árboles que dieron cosecha de nueces en el mundo. Admiraré aquella madera tan fregoteada, que algunas cosas de mérito se hallan deslucidas y feas de puro limpias.
¿Quién no hace una reverencia ante el paleontológico sofá, interesantísimo, pintado que fué de rojo y oro, con patas curvas y dos respaldos tiesos con cojincillos de tela encarnada; pieza de tal forma, que el que se apoyara sin estudio en cualquiera de sus costados, corría peligro de romperse un codo? Vargueño y tablas que en esta pared estáis, ¿quién os lavó tanto que os quitó la mitad de la pintura y casi todo el dorado, dejándoos en los huesos? Los candeleros de oro echan chispas de sus repulidas facetas, y hasta la estera de junco, amarillosa con golpes rojos, parece que se compone de varillas metálicas, según lo lustrosa que está... Veamos esas láminas. Sus rótulos nos dirán lo que representan: _Diana, hallándose con sus ninfas en el baño, sorprende y descubre el estado interesante de la ninfa Calisto_... _Juno convierte á Calisto en osa_... _Matilde, hermana de Ricardo Corazón de León, desembarca vestida de monja en la Tierra Santa_... _Matilde ve á Malek-Adhel_... _Malek-Adhel roba á Matilde, y echa á correr con ella por los desiertos campos_. Á esta otra parte hallamos algo más que admirar: _Vista de Mahón y sus fortalezas_... Muy bien. Pero lo que más nos cautiva es una miniatura sobre marfil, monísima, graciosa de contornos, transparente y fina de color. Es retrato de esbelta y delicada joven, como de quince años, de negros ojos y ensortijado cabello. Su talle es alto, muy alto; su cuerpo enjuto, enjutísimo. Con su mano derecha nos muestra una rosa, tamaña como un cañamón, y en la izquierda tiene un abanico semiabierto, en el cual se lee su bonito nombre: «Isabel Godoy de la Hinojosa.» La fecha está borrada.
El gabinete que con la sala se comunica podría llamarse bien _el museo de las cómodas_, porque hay tres... ¿qué tres? Al entrar vemos que son cuatro, de diferente forma y edad, siendo la más notable una panzuda, estilo Luis XV, pintada de rojo y oro. Su vecina es de taracea, y ambas ostentan encima cofrecillos y algún santo vestido con ropita limpia, búcaros con flores y tocador de aquéllos que tienen el espejo montado á pivote sobre dos columnas. Almohadilla con muchos alfileres y agujas no faltaba en otra de las cómodas, la cual sostenía también un camello de porcelana cargado de un montón de botellitas y copas de limpio cristal.
Brasero de cobre sobre claveteada tarima ocupaba el centro del gabinete; pero no le veríais lleno de frías cenizas ni de brasas ardientes, pues jamás, ni en invierno ni en verano, sirvió para calentar la habitación, sino que hacía diariamente el papel de búcaro, ostentando un gran ramo de hierbas olorosas y algunas flores. Era pebetero más que estufa. En vez de calentarse con fuego, sin duda la habitadora de aquel recinto se confortaba con aromas y se templaba con poesía.
Ya llega: vedla salir por la puerta de su alcoba, y venir afable y obsequiosa á nuestro lado... ¡Admirable figura! Sólo el que en absoluto esté privado de memoria, podría dejar de recordarla. Tenía el cabello enteramente blanco y rizado; los ojos obscuros, alegres y amorosos; era delgada, derecha como un huso, ágil, dispuesta, y más que dispuesta, inquieta y con hormiguilla. Su edad, ¿quién la sabe? Decía Alejandro que su tiíta era contemporánea del protoplasma, para expresar así la más larga fecha que cabe imaginar. Puede decirse, en corroboración de esto, que la señora era una de esas naturalezas escogidas que han celebrado tregua ó armisticio con el tiempo, y que tienen el don de prolongarse y conservarse momificadas en vida para dar qué decir y qué envidiar á dos ó tres generaciones. Quién le echaba noventa años, quién sólo le contaba setenta y seis, y no faltaba algún computador que ponía ciento y un pico. Cualquiera que fuese su edad, era gran maravilla cómo sabía conservar su salud y sus bríos. Mujeres hay de veinte años que si se sentaran y se levantaran, y dieran las vueltas por la casa que daba esta señora al cabo del día, caerían rendidas de cansancio. No le hablaran á ella de estarse quieta. Sin movimiento y vaivén constante no podía aquella señora vivir. Tenía la ligereza de la ardilla, y algo de lo impalpable y escurridizo de la salamanquesa. Entraba y salía por aquellas puertas sin hacer ruido alguno. Sus pasos no se sentían. Calzaba zapatillas con suela de fieltro, y su cuerpo, más que compuesto de huesos y músculos, parecía un apretado y enjuto lío de algodón en rama. Su cara, como observó muy bien Felipe, era cual las de las muñecas de barniz, con un rosicler intenso y extraordinario lustre. Por don especial de su naturaleza, aquel lustre purísimo le disimulaba las arrugas, y su estirada piel se había endurecido, tomando aspecto de porcelana. Atribuía ella esta virtud á la costumbre de lavarse y fregotearse bien con agua fría y jabón de Castilla todas las mañanas, y darse luego unos restregones que la ponían como un tomate. Se envolvía la cabeza con un pañuelo de hierbas, cruzándolo y anudándolo con cierto arte á estilo vizcaíno, dejando ver parte de sus cabellos blancos y ensortijados como el vellón del Cordero Pascual.
Tenía un fanatismo que la avasallaba: el de la limpieza. Su vida se distribuía en dos clases de ocupaciones, correspondiendo á una división metódica del día en dos partes. Por la mañana, consagraba tres horas á la parroquia de San Pedro, donde oía cuatro ó cinco misas. Desde que tornaba á su casa hasta la noche, pasaba invariablemente el tiempo limpiando todo, frotando el nogal de los muebles, lavando con un trapito las imágenes de madera y los cristales de los cuadros, persiguiendo el polvo hasta en los más recónditos huequecillos, dando sustento á los pájaros y limpiándoles los comederos, las jaulas, los palitos en que se posan, regando las flores de sus amenos balcones. Esto no había tenido variación en muchísimos años, ni lo tendría hasta el acabamiento de doña Isabel Godoy de la Hinojosa. La limpieza general se hacía diariamente. Ya no era costumbre, era un dogma. Tenía doña Isabel una criada, de edad madura, de toda confianza, y entre ambas se repartían el trabajo por igual. Doña Isabel barría también, sacudía, estropajeaba, llevaba muebles de aquí para allí, y metía sus activas manos en todo.