Chapter 2
Pablo se acercó a su familia, retorciéndose de risa.
—¿Qué te ha pasado?—le pregunta doña Paula, sonriendo también.
—Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano con Ramona—dijo el joven, acercando la boca al oído de su hermana Ventura.
—¿Sí?... ¿Qué le decía?—preguntó ésta con gran curiosidad.
—Pues le decía... (una avenida de risa lo interrumpió por algunos momentos). Le decía... «Ramona, te amo».
—¡Ave María! ¡A una sardinera!—exclamó la niña riendo también y haciéndose cruces.
—¡Si vieras con qué voz temblorosa lo decía, y cómo ponía los ojos en blanco!... Aquí está Piscis, que también lo oyó...
Piscis dejó escapar un gruñido corroborante.
En aquel momento, Periquito, que era un muchacho pálido y enteco, de ojos azules y poca y rala barba rubia, apareció en las lunetas. Las miradas de toda la familia Belinchón se clavaron en él sonrientes y burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente regocijados a su vista. Periquito levantó la cabeza y saludó. La familia Belinchón contestó al saludo sin dejar de reir. Tornó a levantar la cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se sintió molesto y salió al pasillo.
Levantóse nuevamente el telón. La decoración representaba unas cavernas del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la orquesta, dignamente dirigida por el señor Anselmo, ebanista de la villa. Figuraban en ella como bombardinos el señor Matías, el sacristán, y el señor Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado (escribiente del Ayuntamiento) y Próspero (carpintero); como trompas _Mechacan_ (zapatero) y el señor Romualdo (enterrador); como cornetines Pepe de la Esguila (albañil) y Maroto (sereno); como figle el señor Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la iglesia). Había otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que acompañaban. El señor Anselmo, en vez de batuta, tenía en la mano para dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller.
El preludio era muy triste y temeroso; como que estábamos en el infierno. El público guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo que iba a salir de allí, clavados los ojos en las trampas abiertas en el suelo del escenario. De pronto, de aquella música suave y misteriosa salió un trompetazo desafinado. El señor Anselmo se volvió y dirigió una mirada de reprensión al músico, que se puso colorado hasta las orejas. Hubo en el público fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela salió entonces una voz que gritó:
—Fué Pepe de la Esguila.
Las miradas del público se dirigieron hacia este menestral, que se hizo el distraído sacando la boquilla del cornetín y sacudiéndola; pero estaba cada vez más colorado.
—Si no sabe tocar que se vaya a la cama—gritó la misma voz.
Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila montó en cólera de pronto, dejó el instrumento en el suelo, y alzándose del asiento con los ojos encendidos y agitando los puños frente a la cazuela, gritó:
—¡Ya te arreglaré en cuanto salgamos, Percebe!
—¡Chis, chis! ¡Silencio, silencio!—exclamó todo el público.
—¡Qué has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta.
—¡Silencio, silencio! ¡Qué escándalo!—volvió a exclamar el público.
Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde.
Era éste un hombre de sesenta, a setenta años, bajo de estatura y muy subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las mejillas rasuradas, la nariz borbónica, los ojos grandes, redondos y saltones. Parecía un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande.
Don Roque, que así se llamaba, se revolvió en el asiento y dió una voz.
—¡Marcones!
Un alguacil octogenario se acercó al respaldo del palco con la gorra azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenció con él algunos momentos. Marcones subió a la cazuela bajando poco después con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se acercaron al palco presidencial.
Don Roque comenzó a increparle procurando apagar la voz y consiguiéndolo a medias. Se oía de vez en cuando:—«¡Zopenco!»... «no tenéis pizca de educación»... «animal de bellota»... «¿Te figuras que estás en la taberna?» El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo.
Una voz gritó desde el patio:
—Que lo lleven a la cárcel.
Pero desde la cazuela contestó otra al instante:
—Que lleven también a Pepe de la Esguila.
—¡Silencio! ¡Silencio!
El alcalde, después de haber reprendido y amenazado ásperamente a Percebe, le dejó volver otra vez a su sitio, con gran satisfacción de la cazuela, que lo recibió con hurras y aplausos.
La orquesta, callada un instante, tornó a su infernal preludio. Antes que éste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el rabo de etiqueta, y teas encendidas en las manos. Así como se hallaron sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron comienzo, como es lógico, a una danza fantástica; pues bien sabido es de antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con furor al baile.
Los espectadores seguían con extremada curiosidad sus vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo lloró. El público obligó a su madre a que lo sacase.
Mas hete aquí que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de Belcebú en aquel no muy amplio recinto, una tea llegó a prender fuego a la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello, siguió bailando cada vez con más infernal arrebato. El público reía a carcajadas esperando el próximo desenlace de aquel incidente. En efecto, cuando sintió caliente la cabeza más de la cuenta el espíritu maligno, se apresuró a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto el rostro de _Levita_, donde se pintaba el terror.
—_¡Levita!_—gritó el público alborozado.
El granuja que tenía este apodo, privado de sus atributos infernales, confuso y avergonzado, se retiró de la escena.
Al poco rato empezó a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor ansiedad por ver la metempsícosis de aquel ángel exterminador. No se hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por el aire como encendido cometa.
—_¡Matalaosa!_—gritaron todos. Una inmensa carcajada sonó en el teatro.
—_Mátala_, no te descubras que te vas a constipar—dijo uno desde la cazuela.
_Matalaosa_ se retiró avergonzado como su compañero _Levita_.
Todavía ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergüenza a otros tantos pillastres de la calle que servían de comparsas en el teatro. El baile se terminó al fin sin más incendios.
Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se habían salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una hermosa doncella de idéntica profesión. Los cuales, en el mismo punto, siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su diálogo, donde las quejas amorosas y los tiernos lamentos de él contrastaban con las indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oyó una gran voz que dijo:
—Don Rosendo, está entrando la _Bella-Paula._
El efecto que aquel inesperado grito produjo, fué inexplicable. Porque no sólo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se apresura con mano trémula a ponerse el abrigo para salir, sino que por todo el concurso se esparció un fuerte rumor acompañado de viva agitación que estuvo a punto de interrumpir el diálogo pastoril. Los menestrales del patio lanzáronse acto continuo a la calle. De la cazuela bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que allí había. Y de los palcos y butacas salieron también numerosas personas. A los pocos minutos no quedaban apenas en el teatro más que las mujeres.
Cecilia se había quedado inmóvil, pálida, con los ojos clavados en la escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risueño.
—¿Por qué me miráis de ese modo?—exclamó volviéndose de pronto. Y al decir esto se puso fuertemente colorada.
Doña Paula y Venturita soltaron una carcajada.
II
DEL FELIZ ARRIBO DE LA «BELLA-PAULA»
El pelotón de espectadores corrió por las calles en dirección al muelle. Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los comentarios de sus acompañantes, que los pronunciaban con la voz entrecortada por la fatiga.
—Tiene suerte don Domingo; llega con más de media marea—dijo un marinero aludiendo al capitán de la _Bella-Paula._
—¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la tarde—respondió otro.
—¿Dónde?
—¿Dónde ha de ser, mamón? en la concha—replicó el otro enfureciéndose.
—Si hubiera estado se vería, tío Miguel.
—¿Cómo lo habías de ver, papanatas?... ¿Has estado por si acaso en la peña Corvera?
—La bandera de la _Bella-Paula_ se ve por encima de la peña, tío Miguel.
—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta!
—¿Qué carga trae, don Rosendo?—preguntóle al armador uno de los que le acompañaban.
—Cuatro mil quintales.
—¿Escocia?
—No; todo Noruega.
—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha cada vez más precipitada, se volvió diciendo:
—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando la _Bella-Paula_.
—Yo iré—respondió un marinero destacándose del pelotón y marchando a internarse otra vez en el pueblo.
Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin estrellas: el viento acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se dirigieron a la punta del Peón recién construída que avanzaba bastante más por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los barcos anclados. Apenas se advertía la espesa red de su jarcia. Los cascos aparecían como una masa negra informe.
Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se apiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzándose por advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que rompían blandamente contra las peñas más próximas, blanqueaban de vez en cuando en la obscuridad.
—¿Dónde está?—preguntaron varios de los espectadores del teatro sacándose los ojos por ver algo.
—Allí.
—¿Dónde?
—¿No ve usted aquí, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga usted mi mano.
—¡Ah, sí, ya la veo!
Don Rosendo subió al segundo cuerpo del paredón, y encontró allí ya a don Melchor de las Cuevas. Era éste un caballero alto, muy alto, enjuto, afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el cuello como una venda. Tenía más razón para ello que la mayoría de los vecinos de Sarrió que se afeitaban de este modo, pues pertenecía al honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los puertos de mar, particularmente cuando la población es pequeña, como la en que nos hallamos, el elemento marítimo predomina y se infiltra de tal modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los marinos.
Habría sido apuesto y galán el señor de las Cuevas en sus tiempos juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro años, es un hombre brioso, erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguileña, noble y descubierta frente. Toda su figura anuncia energía y decisión.
Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredón, con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que brillaba con intermitencias allá a lo lejos. Era con mucho la figura más elevada que salía del grupo de espectadores.
—¡Don Melchor, usted aquí ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa.
—Hace una hora que he venido—repuso el señor de las Cuevas, separando los anteojos de la cara.—He visto la barca desde el mirador poco después de puesto el sol.
—Debía suponerlo. ¿Cómo se le había a usted de escapar nada que pase por ahí afuera?
—Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte años—dijo don Melchor con firme entonación y en voz alta para que lo oyesen.
—Lo creo, lo creo, don Melchor.
—A quince millas veo virar una lancha bonitera.
—Lo creo, lo creo.
—Y si me apuran un poco—profirió en voz más alta aún,—les cuento las portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.
—Arríe, arríe un poco, don Melchor—dijo una voz.
Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el señor de las Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinería.
El viejo marino volvió airado la cabeza hacia el sitio donde había salido la cuchufleta. Esforzóse en penetrar las tinieblas en silencio algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca:
—Si supiese quién eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar.
Nadie osó decir una palabra, ni hubo el más leve conato de risa. En Sarrió se sabía que el señor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como lo decía. Había servido en la marina de guerra más de cuarenta años, gozando siempre opinión de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ningún comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas marítimas, don Melchor se empeñaba en ponerlas en práctica y en todo su rigor. Contábase con terror en el pueblo, que había ahogado a un marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, según prescribía la ordenanza para ciertas faltas; y a más de ciento había derrengado a palos o les había levantado el pellejo con el chicote. Además no había en Sarrió piloto o marinero que se las pudiese haber con él en lo referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegación.
La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percibíase ya el bulto de la _Bella-Paula_ a simple vista, y además otros dos o tres puntitos negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha del práctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta mantenía izadas todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del paredón para que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor así lo entendió, porque comenzó a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No pudiendo resistir más, a sabiendas de que no le habían de oir, gritó:
—Aferra las gavias, Domingo. ¿Qué aguardas?
Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros.
—¡Acabáramos!—exclamó don Melchor.
—¡Sí, que Domingo se chupa el dedo!—dijo por lo bajo el marinero a quien el señor de las Cuevas había amenazado.
El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra muerta, se destacó al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los espectadores, habituados ya a las tinieblas, veían perfectamente todo lo que pasaba a bordo. Sobre el puente había dos bultos, el del capitán y el del práctico. En la proa uno, el del piloto.
—¿Y la escandalosa?—gritó de nuevo don Melchor.
La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cayó. La barca siguió acercándose cada vez con más pausa. El viento no conseguía henchir las velas bajas: la cangreja pendía del palo lacia y desmayada como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aquéllas y arriada ésta, y el barco comenzó a caminar con sosiego desesperante remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones gritando:—¡Hala avante! ¡hala duro!—rompió con brío el silencio de la noche.
Pero los tirones eran tan débiles con relación a la masa, que el buque apenas se movía. Cuando al cabo de un cuarto de hora consiguió acercarse unas treinta brazas de la punta del Peón, largó un cabo, que uno de los botes trajo al malecón para ayudar a virar a la corbeta.
—¡Capitán, capitán!—gritó uno con voz estentórea desde el grupo.
—¿Qué hay?—contestaron del buque.
—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
—Sí.
—Pues ojo con el señorito de las Cuevas... Los demás que se ahoguen.
La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvió a reinar el silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra, que rechinaba con la tensión. La gente del muelle se puso a hablar con la de a bordo. Pero ésta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a las maniobras más que a las preguntas que les dirigían. Entonces el temperamento burlón de la marinería en aquella comarca se ostentó de nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo a un cierto sujeto que parecía un montón de pelos, a quien apodaban Tanganada, el cual se movía de un lado a otro, con la gracia de un oso, manejando los cables, y lanzando gruñidos de desprecio a la muchedumbre.
—Oyes, Tanganada; ya tendrás ganas de comer una cazuela de bacalao, ¿verdad?
—Alégrate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones.
—¿Hacía calor en Noruega?
—¡Allí te quisiera ver yo, ladrón!—gruñó Tanganada, mientras aferraba una vela.
Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas.
—¡Larga tierra!—gritó el práctico desde el puente.
—¡Hala a bordo!—contestó el marinero que tenía el socaire soltando el chicote. El cable cayó al mar, y comenzó a subir velozmente por el costado del buque.
Este se encontraba al abrigo del malecón, pero no había marea bastante para atracar al antiguo muelle. El capitán dió una voz al piloto.
—¡Fondo!
El piloto dijo a los marineros que tenía a su lado:
—¡Arría!
El ancla cayó al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se dispuso a virar sobre ella.
—¿Vas a amarrarte a tierra, Domingo?—preguntó don Melchor.
—Sí, señor—respondió el capitán.
—No hay necesidad; amárrate en dos. Dentro de una hora podrás enmendarte.
—Tanto me cuesta uno como otro—dijo en voz baja el capitán alzando los hombros, y luego en voz alta añadió:
—¡Echa la de uso!
Otra ancla cayó al mar con el mismo ruido.
—¿Cómo le va a usted, tío?—dijo una voz dulce y varonil desde a bordo.
—Hola, Gonzalito. ¿Llegas bueno, hijo mío?
—Perfectamente; voy allá ahora mismo.
Y se bajó con gran agilidad por un cable al bote.
—Vamos a esperarle—dijo don Rosendo poniéndose a andar.
Pero la mano del señor de las Cuevas le sujetó como unas tenazas por el brazo.
—¿Dónde va usted, hombre de Dios?
—¿Qué es eso?—preguntó el armador asustado.—¡Ah, es cierto! ¡No me acordaba de que estábamos en el segundo paredón!... La obscuridad... Tanto tiempo aquí... El mareo de estar con la vista fija... en el barco... ¡Dios mío! ¿Qué hubiera sido de mí si usted no me sujeta?
—Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de abajo.
—¡Virgen Santísima!—exclamó don Rosendo poniéndose horriblemente pálido. La frente se le cubrió de un sudor frío, y las piernas le flaquearon.
—No tenga usted miedo por lo que ya pasó, amigo. Bajemos a recibir a Gonzalito.
Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto, rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gabán que casi le llegaba a los pies.
—¡Tío!
—¡Gonzalo!
Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes. También don Rosendo saludó con efusión al joven; pero estaba tan preocupado con el peligro que había corrido su existencia, que al instante volvió a ponerse sombrío y melancólico. Apenas pudo contestar a las preguntas que el contramaestre le hizo, pidiéndole instrucciones por encargo del capitán.
Pusiéronse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo más alto de la villa, señoreando una extensión inmensa de mar. Durante el camino, Gonzalo dejó que su tío fuese delante, y un poco acortado hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia.
—¿Cómo está doña Paula? ¿Le ha desaparecido la rija del ojo? ¿Y Pablo? ¿Continúa con la misma afición a los caballos? ¿Y Venturita? Estará hecha una mujer ya, ¿verdad?... (Pausa.) ¿Cecilia está buena?—terminó preguntando rápidamente.
A todas sus preguntas respondió el señor de Belinchón con monosílabos.
—¿Sabes, Gonzalo—dijo parándose de pronto,—que por un poco me mato ahora mismo?
—¡Cómo!
Le contó con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato, cayó en una profunda consternación.
—¿Supongo que la familia ya estará en la cama?—preguntó Gonzalo después que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el peligro del comerciante.
—No; están en el teatro... No sabe uno dónde la tiene; ¿verdad, querido?
—¡Hola! ¿Hay compañía?
—Sí, desde hace unos días. ¿Crees que me hubiera matado, Gonzalo?
—Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una costilla.
—¡Menos malo!—exclamó el señor de Belinchón dejando escapar un suspiro.
En esto se habían internado ya bastante en la población, y al llegar a cierta calle, don Rosendo se despidió del tío y del sobrino. Dióle éste la mano con visible tristeza.
—Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta mañana; que descanses, Gonzalo.
—Hasta mañana... Recuerdos.
El señor de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente la vuelta de la casa del primero. Cayó entonces sobre el viajero un chaparrón de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino todas ellas referentes al viaje por mar. «¿Qué tal el viento? de bolina siempre, ¿verdad?... ¿No se os cayó alguna vez? El barco no cabecearía mucho; viene bien cargado... ¿Y las corrientes? No marearíais siempre con toda la tela, ¿eh? ¿A que habéis arrizado a la salida de Liverpool? ¡Conozco, conozco el paño!
Respondía Gonzalo con distracción a las preguntas, que, por otra parte, entendía a duras penas. Iba cabizbajo y melancólico. Observándolo al fin su tío, se paró en firme y dijo:
—¿Qué tienes, Gonzalito? Parece que estás triste.
—¿Yo? ¡Ca! No, señor.
—Juraría que sí.
Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, dándose una palmada en la frente, exclamó:
—¡Ya sé lo que tienes!
—¿Qué?
—Mal de la tierra. A mí me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba en tierra después de algún viaje ¡me entraba una desazón, una tristeza, un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres días hasta que me iba acostumbrando. El caso es que tenía afán de llegar al puerto; pero, una vez en él, echaba de menos la vida de a bordo. No sé lo que tiene el mar que atrae, ¿verdad?... ¡Aquel aire tan puro!... ¡Aquel movimiento!... ¡Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al barco, ¿eh?—terminó diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba su extremada perspicacia.
—Malditas... De lo que tengo gana, tío, voy a decírselo en confianza... es de ver a mi novia.
Don Melchor quedó asombrado.
—¿De veras?
—Lo que usted oye.
Reflexionó un momento el señor de las Cuevas, y al cabo dijo:
—Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo voy a ver cómo se enmienda Domingo.
—¿De qué se ha de enmendar? Es una persona excelente—repuso el joven sonriendo.
El tío, sin comprender la ironía, le miró con desprecio.
—Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para cenar.
—No me aguarde usted, tío—contestó Gonzalo, que ya estaba lejos.—Quizá no cene.