El criticón (tomo 2 de 2)

Part 26

Chapter 264,038 wordsPublic domain

Llégate ahí y emprende de buen ánimo, que yo acometo cara á cara á los viejos, si á traición á los jóvenes. Y acaba ya con esos dos pasajeros de la vida y su peregrinación tan prolija, que tienen ya enfadado y cansado á todo el mundo. Vinieron á Roma en busca de la Felicidad y habrán encontrado la Desdicha.

Aquí perecemos sin remedio, iba á decir Andrenio.

Pero helósele la voz en la garganta y aun las lágrimas en los párpados, asiéndose fuertemente de su conducidor peregrino.

Buen ánimo, le dijo éste, y mayor en el más apretado trance, que no faltará remedio.

¿De qué suerte, replicó, si dicen que para todo le hay, sino para la muerte?

Engañóse quien tal dijo, que también le hay, yo le sé, y nos ha de valer agora.

¿Cuál sera ése?, instó Critilo. ¿Es acaso el valer poco, el servir de nada en el mundo, el ser suegro necio, el desearnos la muerte los otros por la expectativa, ó el dejarla nosotros por alivio, cargarnos de maldiciones, el ser desdichados?

Nada, nada de todo eso.

¿Pues qué será?

Remedio para no morir.

Ya muero por saberlo y por probarlo.

Tiempo tendremos, que el morir de viejos no suele ser tan de repente.

Este único remedio, tan plausible, cuan deseado, será el asunto de nuestra última Crisi.

CRISI XII

_La isla de la inmortalidad._

Error plausible, desacierto acreditado fué aquel tan celebrado llanto de Jerjes, cuando, subido en una eminencia, desde donde pudo dar vista á sus innumerables huestes, que agotando los ríos inundaban las campañas, cuando otro no pudiera contener el gozo, él no pudo reprimir el llanto. Admirados sus cortesanos de tan estraño sentimiento, solicitaron la causa tan escondida, cuan impensada. Aquí el rey, ahogando palabras en suspiros, les respondió:

Yo lloro de ver hoy los que mañana no se verán. Pues del modo que el viento lleva mis suspiros, así se llevará los alientos de sus vidas. Prevéngoles las obsequias á los que dentro de pocos años, todos los que hoy cubren la tierra, ella los ha de cubrir á ellos.

Celebran mucho los apreciadores de lo bien dicho, este dicho y este hecho; mas yo ríome de su llanto, porque, preguntárale yo al gran monarca del Asia:

Sire, estos hombres ó son insignes ó vulgares. Si famosos, nunca mueren; si comunes, mas que mueran. Eternízanse los grandes hombres en la memoria de los venideros; mas los comunes yacen sepultados en el desprecio de los presentes y en el poco reparo de los que vendrán. Así que son eternos los héroes y los varones eminentes inmortales.

Éste es el único y el eficaz remedio contra la muerte, les ponderaba á Critilo y á Andrenio su peregrino, tan prodigioso que nunca envejecía ni le surcaban los años el rostro con arrugas del olvido ni le amortajaron la cabeza con las canas, repitiendo para inmortal:

Seguidme, les decía, que hoy intento trasladaros de la casa de la muerte al palacio de la vida, desta región de horrores del silencio á la de los honores de la fama. Decidme: ¿nunca habéis oído nombrar aquella célebre isla de tan rara y plausible propiedad, que ninguno muere ni puede morir, si una vez entra en ella? Pues de verdad, que es bien nombrada y apetecida.

Ya yo he oído hablar de ella algunas veces, dijo Critilo; pero como de cosa muy allende, acullá en los antípodas, socorro ordinario de lo fabuloso lo lejos, y como dicen las abuelas, de largas vías cercanas mentiras. Por lo cual, yo siempre la he tenido por un espantavulgo, remitiéndola á su simple credulidad.

¿Cómo es eso de _bene trobato_?, replicó el peregrino. Isla hay de la inmortalidad, bien cierta y bien cerca, que no hay cosa más inmediata á la muerte que la inmortalidad: de la una se declina á la otra. Y así veréis que ningún hombre, por eminente que sea, es estimado en vida. Ni lo fué el Ticiano en la pintura ni el Bonarota en la escultura ni Góngora en la poesía ni Quevedo en la prosa. Ninguno parece, hasta que desaparece. No son aplaudidos, hasta que idos. De modo que, lo que para otros es muerte, para los insignes hombres es vida. Asegúroos que yo la he visto y andado, gozándome hartas veces en ella, y aun tengo por empleo conducir allá los famosos varones.

Aguarda, dijo Andrenio. Déjame hacer fruición de semejante dicha. ¿De veras que hay tal isla en el mundo y tan cerca y que, en entrando en ella, á Dios muerte?

Dígote, que la has de ver.

Aguarda, ¿y que ya no habrá ni el temor de morir, que aun es peor que la misma muerte?

Tampoco.

¿Ni el envejecer, que es lo que más sienten las Narcisas?

Menos: no hay nada de eso.

De modo que ¿no llegan los hombres á estar chochos ni decrépitos ni á monear aquellos tan prudentazos antes, que es brava lástima verlos después niñear, los que eran tan hombres?

Nada, nada de eso se experimenta en ella.

¡_Oh, la bella cosa_!

En entrando allá, digo, fuera canas, fuera toses y callos, á Dios corcova y me pongo tieso, lucido y colorado y me remozo y me vuelvo de veinte años, aunque mejor será de treinta.

¡Y qué daría por poder hacer otro tanto, quien yo me sé! ¡Oh, cuándo me veré en ella, libre de pantuflos y manguitos y muletillas! Y pregunto, ¿hay relojes por allá?

No por cierto, no son menester. Que allí no pasan días por las personas.

¡Oh qué gran cosa! Por solo eso se puede estar allá, que te aseguro que me muelen y me matan cada cuarto y cada instante. Gran cosa vivir de una tirada y pasar sin oir horas, como el que juega por cédulas sin sentir lo que pierde. ¡Qué mal gusto el de los que los llevan en el pecho, sisándose la vida y intimándose de continuo la muerte! Pero otra cosa, inmortal mío, díme, ¿no se come, no se bebe en esa isla? Porque, si no beben, ¿cómo viven? Si no se alimentan, ¿cómo alientan? ¿Qué vida sería ésa? Porque acá vemos que la sabia naturaleza de los mismos medios para el vivir hizo vida: el comer es vivir y el gustar. De modo que todas las acciones más necesarias para la vida las hizo más gustosas y apetecibles.

En eso del comer, respondió el inmortal, hay mucho que decir.

Y que pensar, añadió Andrenio.

Dícese que los héroes se sustentan de higadillas de la Fénix; los valientes, los Pablos de Parada y los Borros, de medulas de leones; pero los más noticiosos desto aseguran que se pasan como los del monte Amanos, del airecillo del aplauso, que corre con los soplos de la fama, con aquello de oir decir: no hay espada como la del señor don Juan de Austria, no hay bastón como el de Caracena, no hay testa como la de Oñate, no hay pico como el de Santillana. Esto es lo que los sustenta, este aplauso, este decir: ¡qué gran virrey el duque de Monte León! No le ha habido mejor en Aragón. No se ha visto otro embajador en Roma como el conde de Siruela, no hay garnacha como el regente de Aragón don Luis de Ejea, no hay mitra como la de Santos en Sigüenza, no hay tres bonetes como los tres hermanos, el deán de Sigüenza, arcipreste de Valpuesta y el arcediano de Zaragoza. Este aplauso les quita las canas y las arrugas y basta hacerlos inmortales. Vale mucho este decir universal: ¡qué gran ministro el presidente! ¡Pues el inquisidor general! No hay tiara como la de Alejandro el Máximo, el dos veces Santo. No hay cetro como el...

Aguarda, dijo Critilo, no querría que fuese esto de hacer los hombres eternos lo de aquel otro del secreto de hacer sólido el vidrio. De quien cuentan que un emperador le hizo hacer pedazos á él, porque no cayesen de su estimación el oro y la plata. Que, si aun desta suerte les decían los indios á los españoles: ¿teniendo el vidrio allá en el otro mundo, venís á buscar el oro en éste? ¿teniendo cristales, hacéis caso de metales?, ¿qué dijeran, si no fuera quebradizo, si le experimentaran durable? Por tan dificultoso tengo yo alcanzarle solidez á la frágil vida, como al delicado vidrio, que para mí, hombre y vidrio todo es uno, á un tris dan un tras y acábase vidrio y hombre.

He, seguidme, les decía su prodigioso. Que hoy mismo habéis de pasear por la gran plaza, por el anfiteatro de la inmortalidad. Fuélos sacando á luz por una secreta mina, pasadizo derecho de la muerte á la eternidad, del olvido á la fama. Pasaron por el templo del trabajo y díjoles:

Buen ánimo, que cerca estamos del de la fama.

Sacólos finalmente á la orilla de un mar tan estraño, que creyeron estar en el puerto, si no de Hostia, de víctima de la muerte, y más cuando vieron sus aguas tan negras y tan oscuras, que preguntaron si era aquel mar donde desagua el Leteo, el río del olvido.

Es tan al contrario, le respondió, y está tan lejos de ser el golfo del olvido, que antes es el de la memoria y perpetua. Sabed que aquí desaguan las corrientes de Elicona, los sudores hilo á hilo y más los odoríferos de Alejandro y de otros ínclitos varones, el llanto de las Eliades, los aljófares de Diana, linfas todas de sus bellas Ninfas.

¿Pues cómo están tan denegridas?

Es lo mejor que tienen. Porque este color proviene de la preciosa tinta de los famosos escritores, que en ella bañan sus plumas. De aquí se dice tomaron jugo la de Homero para cantar de Aquiles, la de Virgilio de Augusto, Plinio de Trajano, Cornelio Tácito de ambos Nerones, Quinto Curcio de Alejandro, Jenofonte de Ciro, Comines del gran Carlos de Borgoña, Pedro Mateo de Enrico Cuarto, Fuen Mayor de Pío Quinto y Julio César de sí mismo. Autores todos validos de la fama. Y es tal la eficacia deste licor, que una sola gota basta á inmortalizar un hombre, pues un solo borrón, que echaba en uno de sus versos Marcial, pudo hacer inmortales á Partenio y á Liciano (otros leen Liñano), habiendo perecido la fama de otros sus contemporáneos, porque el poeta no se acordó de ellos.

Yace en medio deste inmenso piélago de la fama aquella célebre isla de la inmortalidad, albergue feliz de los héroes, estancia plausible de los varones famosos.

Pues dínos ¿por dónde y cómo se pasa á ella?

Yo os lo diré. Las águilas volando, los cisnes surcando, las Fénix de un vuelo, los demás remando y sudando, ansí como nosotros.

Fletó luego una chalupa, hecha de incorruptible cedro, taraceada de ingeniosas inscripciones, con iluminaciones de oro y bermellón, relevada de emblemas y empresas, tomadas del Sorio, del Saavedra, de Alciato y del Solórzano. Y decía el patrón haberse fabricado de tablas, que sirvieron de cubiertas á muchos libros, ya de nota, ya de estrella. Parecían plumas sus dorados remos y las velas lienzos del antiguo Timantes y del Velázquez moderno. Fuéronse ya engolfando por aquel mar en leche de su elocuencia, de cristal en lo terso del estilo, de ambrosía en lo suave del concepto y de bálsamo en lo odorífero de sus moralidades. Oíanse cantar regaladamente los cisnes, que de verdad cantan los del Parnaso. Anidaban seguros los alciones de la historia y andaban saltando alrededor del batel con mucha humanidad los delfines. Iban perdiendo tierra y ganando estrellas y todas favorables, con viento en popa, por irse reforzando siempre más y más los soplos del aplauso. Y para que fuese el viaje de todas maneras gustoso, iba entreteniéndoles el inmortal con su sazonada erudición: que no hay rato hoy más entretenido ni más aprovechado, que el de un _bel parlar_ entre tres ó cuatro. Recréase el oído con la suave música, los ojos con las cosas hermosas, el olfato con las flores, el gusto en un convite; pero el entendimiento con la erudita y discreta conversación entre tres ó cuatro amigos entendidos y no más, porque en pasando de ahí, es bulla y confusión. De modo que es la dulce conversación banquete del entendimiento, manjar del alma, desahogo del corazón, logro del saber, vida de la amistad y empleo mayor del hombre.

Sabed, les decía, oh mis candidados de la fama, pretendientes de la inmortalidad, que llegó el hombre á tener, no ya emulación, pero envidia declarada á una de las aves y no atinaréis tan presto cuál fuese ésta.

¿Sería, dijeron, el águila, por su perspicacia, señorío y vuelo?

No por cierto, que se abate del sol á una vil sabandija, rozando su grandeza.

¿Sin duda que al pavón, por las atenciones de sus ojos, entre tanta bizarría?

Tampoco, que tiene malos dejos.

¿Y al cisne, por lo cándido y lo canoro?

Menos, que es un muy necio callar el de toda la vida.

¿Á la garza, por su bizarra altanería?

De ningún modo, que, aunque remontada, es desvanecida.

Basta ¿que sería la fénix, por lo única en todo?

Por ningún caso, que, demás de ser dudosa, no pudo ser feliz, pues le faltó consorte: si hembra, no tiene macho, y si macho, no tiene hembra.

Válgate por ave, dijeron, ¿y cuál sería, que no queda ya cosa, que envidiar?

Sí, sí queda.

¿Quién tal creyera?

No sé cómo me lo diga. No fué sino al cuervo.

¿Al cuervo?, dijo Andrenio. ¡Qué mal gusto de hombre!

No sino muy bueno y rebueno.

¿Pues qué tiene que lo valga? ¿Lo negro, lo feo, lo ofensivo de su voz, lo desazonado de sus carnes, lo inútil para todo? ¿Qué tiene de bueno?

Oh, sí, una cierta ventaja, que empareja todo eso.

¿Cuál es, que yo no topo con ella?

¿Parécete que es niñería aquello de vivir trecientos años y aún aún?

Sí, algo es eso.

¿Cómo algo? Y mucho y no como quiera.

Sin duda, dijo Critilo, que le viene eso por ser aciago, que todo lo malo dura mucho, los azares nunca se marchitan y todo lo desdichado es eterno. Sea lo que fuere, él llegó á lo que no el águila ni el cisne.

¿Es posible, decía el hombre, que un pájaro tan civil haya de vivir siglos enteros y que un héroe el más sabio, el más valiente, la mujer más linda, la más discreta, no lleguen á cumplir uno ni á vivir el tercio? ¿Qué haya de ser la vida humana tan corta de días y tan cumplida de miserias?

No pudo contener esta su desazón allá en sus interioridades á lo sagaz y prudente, sino que la manifestó luego á lo vulgar y llegó á dar quejas al Hacedor supremo. Oyóle las malfundadas razones de su descontento, escuchóle la prolija ponderación de su sentimiento y respondióle:

¿Y quién te ha dicho á ti que no te he concedido yo muy más larga vida que al cuervo y que al roble y que á la palma? He, acaba ya de reconocer tu dicha y de estimar tus ventajas. Advierte que está en tu mano el vivir eternamente. Procura tú ser famoso, obrando hazañosamente, trabaja por ser insigne, ya en las armas, ya en las letras, en el gobierno y, lo que es sobre todo, sé eminente en la virtud, sé heroico y serás eterno, vive á la fama y serás inmortal. No hagas caso, no, de esa material vida, en que los brutos te exceden. Estima sí la de la honra y de la fama y entiende esta verdad, que los insignes hombres nunca mueren.

Campeaban ya mucho y de muy lejos dejábanse ver entre brillantes esplendores unos portentosos edificios, que en divisándolos, gritó Andrenio:

Tierra, tierra.

Y el inmortal:

Cielo, cielo.

Aquéllos, sin más ver, dijo Critilo, son los obeliscos corintios, los romanos coliseos, las babilónicas torres y los alcázares persianos.

No son, dijo el inmortal, antes bien calle la bárbara Menfis sus pirámides y no blasone Babilonia sus homenajes, porque éstos los exceden á todos.

Cuando estuvieron ya más cerca, que pudieron distinguirlos, conocieron que eran de materia muy tosca y muy común, sin arte ni simetría, sin molduras ni perfiles. Tanto, que pasando Andrenio de admirado á ofendido, dijo:

¡Qué cosa tan baja y tan vil es ésta! ¡Qué edificios tan indignos de un tan sublime puesto!

Pues advierte, le respondió el inmortal, que éstos son los más celebrados del mundo. ¿Qué importa que lo material sea común, si lo formal de ellos es bien raro? Éstos han sido siempre venerados y plausibles y con mucho fundamento. Cuando los anfiteatros y los coliseos ya cayeron, éstos están en pie; aquéllos acabaron, éstos permanecen y durarán eternamente.

¿Qué muro viejo y caído es aquel, que causa horror el mirarle?

Aquel es más celebrado y más vistoso, que todas las suntuosas fachadas de los palacios más soberbios. Aquéllas son las almenas de Tarifa, por donde arrojó el puñal don Alonso Pérez de Guzmán.

Y es de notar, ponderó Critilo, que ese Guzmán el Bueno fué en tiempo de don Sancho el Cuarto.

Á par dél campea aquel otro, donde la no menos que valerosa matrona, levantando su falda, levantó bandera de gloriosa vitoria, que en una mujer y al verde gollar el hijo fué valor de singular alabanza.

¿Qué cueva es aquella, que allí se divisa, aunque tan oscura?

No es sino muy clara y muy esclarecida. Aquella es la tan nombrada cueva Donga del inmortal infante don Pelayo, más venerada, que los dorados alcázares de muchos de sus antecesores y aun descendientes.

¿Qué arrasada trinchera es aquella, que allí se admira?

Dígalo el conde de Ancurt, que se acordará bien, pues ahí perdió el renombre de invencible y lo ganó el valeroso duque del Infantado, mostrando bien ser nieto del Cid y heredero de su gran valor. Por aquellas otras tres brechas introdujeron el socorro en Valencianes aquellos tres rayos, tres bravos chocadores, el afortunado señor don Juan de Austria, el único francés en la constancia, el plausible príncipe de Condé y el Marte de España, Caracena.

¿Cómo no se descuellan aquí, replicó Critilo, las pirámides gitanas, tan decantadas y repetidas de los gramáticos pedantes?

Y aun por eso. Porque los reyes, que las construyeron, no fueron famosos por sus hechos, sino por su vanidad. Y así veréis que aun sus nombres se ignoran ni se sabe quiénes fueron. Sola queda la memoria de las piedras; pero no de las hazañas de ellos. Tampoco toparéis aquí las doradas casas de Nerón ni los palacios de Eliogábalo, que, cuando más duraban sus soberbios edificios, pavonaban más sus viles hierros.

Señores, decía Andrenio, ¿qué se ha hecho de tanto ostentoso sepulcro con sus necias inscripciones, hablando, no con los caminantes materiales, como creyeron algunos simples, sino con los pasajeros de la vida? ¿Dónde están, que no parecen?

Ésos sí que fueron obras muertas, fundadas en piedras frías. Gastaron muchos grandes tesoros en labrar mármoles y no en famosos hechos. Más les importara ahorrar de jaspes y añadir de hazañas. Y así vemos que no dura la memoria del dueño, sino de su desacierto. Alaban los que los miran los primores de las piedras; mas no las prendas. Y tal vez preguntan los pasajeros:

¿Quién fué el que allí yace?

Y no saben responderles, quedando en disputa del dueño. Eterna necedad, querer ser célebres después de muertos á porfía de losas, no habiendo sido vivos á costa de heroicos hechos.

¿Qué castillos son aquellos tan viejos, antiguallas, que caducan de piedras bastas y humildes, roídas del tiempo, indignos de estar á par de los pórfidos costosos?

Mucho más preciosos son éstos y de más estimación. Aquel que ves allí, míralo bien, que aún está sudando sangre sus cortinas, es el nunca bien celebrado, pero sí bien defendido de los valerosos cruzados caballeros los Medinas, Mirandas, Barraganes, Sanogueras y Guarales.

¿Según eso, ése es el Santelmo de Malta?

El mismo, el que basta á hacer sombra á todos los anfiteatros del orbe. Todos aquellos otros que allí ves los erigió el inmortal Carlos Quinto para defensa de sus dilatados reinos, digno empleo de sus flotas y millones. Que aun el palacio de recreación, que levantó en el Pardo, dispuso fuese en forma de castillo, por no olvidar el valor en el mismo deporte. En medio de arcos triunfales estaba una ni bien casa ni bien choza, ladeándose con ellos.

¡Hay tal desproporción!, exclamó Andrenio. ¡Que permanezca entre tanta grandeza tal bajeza, entre tanto lucimiento una cosa tan deslucida!

¡Qué bien lo entiendes!, dijo el inmortal. Pues advierte que compite estimaciones con los más empinados edificios y aun se honran mucho los majestuosos alcázares de estar á par de ella.

¿Qué dices?

Sí. Parece de madera y lo es, más incorruptible que de cedro, más duradera que los bronces.

¿Y qué cosa es?

Una media cuba.

Riólo mucho Andrenio y serenóse el inmortal, diciéndole:

Trocarás la risa en admiración y en aplauso el desprecio, cuando sepas que es la tan celebrada estancia del filósofo Diógenes, envidiada del mismo Alejandro, que rodeó muchas leguas por verla, cuando el filósofo le dijo:

Apártate, no me quites el sol.

Sin hacerle más fiesta al conquistador del mundo. Mas él mandó fijar al lado de ella su pabellón militar, como allí se ve.

¿Pues por qué no su palacio?, replicó Andrenio.

Porque no se sabe que le tuviese ni que le fabricase. La tienda fué siempre su alcázar, que para su gran corazón no bastaban palacios. Todo el mundo era su casa, que aun para morir se mandó sacar en medio la gran plaza de Babilonia á vista de sus vitoriosos ejércitos.

Muchos edificios echo yo aquí menos, dijo Critilo, que fueron muy celebrados en el mundo.

Así es, respondió el inmortal, por cuanto sus dueños tuvieron más de vanos, que de hazañosos. Y así no hallaréis aquí disparates de jaspe, necedades de bronce, frialdades de mármol. Más presto toparéis la puente de palo del César, que la de piedra de Trajano. No os canséis en buscar los pensiles, que no se aprecian aquí flores, sino frutos.

¿Qué trozos de naves son aquellos, que están pendientes del templo de la fama?

Son de las que llevaban el socorro á la Fénix de la lealtad, Tortosa. Y aquel prodigio del valor, el duque de Alburquerque, las rindió y desbarató en los mares de Cataluña, hazaña tan dificultosa, cuan aplaudida. Y de aquí es que aún le está ceñando Marte á otras gloriosas empresas.

Mas ya había llegado el bien seguro batelejo á besar las argentadas plantas de aquellos inaccesibles peñascos, atlantes de las estrellas, hallando por todas partes muy dificultoso el surgidero. Y deste achaque padecieron naufragio muchos y muy grandes bajeles y aun carracas, á vista del inmortal reino. Chocaban en aquellas duras inexorables rocas, donde se hacían pedazos lastimosamente. Perecían, porque no parecían. Y muchos, que habían navegado con próspero viento de la fama y la fortuna, habiendo comenzado bien, acabaron mal, estrellándose en el vil acroceraunio de algún vicio. Encallaban otros en algún bajío de su eterna infamia. Así le sucedió á un navío inglés y aun se dijo era la real del octavo de sus Enricos, que, habiendo navegado con favorable viento de aplauso y después de haber conseguido el glorioso renombre de Defensor de la Iglesia Católica, chocó con la torpeza y se fué á pique en la heregía, con todo aquel su desdichado reino. Siguiéronle casi todos los demás bajeles de su armada. Pero el más infeliz fué el de Carlos Estuardo, en quien se ostentó la monstruosidad de la heregía en él, muriendo á ciegas en los suyos, degollándole ciegos, de tal suerte, que quedó en duda cuál fuese mayor barbaridad, la de ellos en degollar su rey, sin ejemplar de la más bárbara fiereza; en él, de no confesarse católico. Amó la heregía, que tantas desdichas le ocasionaba, perdió ambas vidas, perdió ambas coronas, la temporal y la eterna, y, pudiendo inmortalizarse fácilmente declarándose católico, murió de todas maneras, de suerte que los hereges le degollaron y los católicos no le aplaudieron. En aquel otro de fiereza se estrelló Nerón, habiendo sido los seis primeros años de su imperio el mejor emperador y los seis últimos el peor. Allí pereció otro príncipe, que comenzó con bríos de un Marte y luego dió en las flaquezas de Venus. Desta suerte dieron al traste muchos famosos escritores, que, habiendo sacado á luz obras dignas de la eternidad, con el cacoetes del estampar y multiplicar libros se fueron vulgarizando; á otros sus apasionados con obras póstumas, maldigeridas ó impuestas, los deslucieron el crédito.