Part 25
No paraban de entrar achaques y sin saberse por dónde, aunque por todas partes. Y decía Andrenio:
Hartazgo mío ¿por dónde entran éstos?
¿Por dónde? Muerte no venga, que achaque no falta. Pero atended, que entra ya ella misma, si no en persona, en sombra y en huesos.
¿En qué lo conoces?
En que comienzan á entrar ya los médicos, que son los inmediatos á ella, los más ciertos ministros, los que la traen infaliblemente.
No me dejes, Hartazgo mío, que querría dármelo de curiosidad, demás que estoy ya temblando aquel su mal gesto.
Pues advierte que no le tiene ni malo ni bueno para proceder más descarada.
¿Con qué ojos nos mirará?
Con ningunos, que no tiene miramiento.
¡Qué mala cara nos hará!
Antes no la hace, sino que la deshace.
Hablemos bajo, no nos oiga.
No hay que temer, que á nadie escucha ni oye razón ni querella.
Entró finalmente la tan temida reina, ostentando aquel su tan estraño aspecto á media cara. De tal suerte, que era de flores la una mitad y la otra de espinas; la una de carne blanda y la otra de huesos; muy colorada aquélla y fresca, que parecía de cosas entreveradas de jazmines; muy seca y muy marchita ésta, con tal variedad, que al punto que la vieron dijo Andrenio:
¡Qué cosa tan fea!
Y Critilo:
¡Qué cosa tan bella!
¡Qué monstruo!
¡Qué prodigio!
De negro viene vestida.
No, sino de verde.
Ella parece madrastra.
No, sino esposa.
¡Qué desapacible!
¡Qué agradable!
¡Qué pobre!
¡Qué rica!
¡Qué triste!
¡Qué risueña!
Es, dijo el ministro que estaba en medio de ambos, que la miráis por diferentes lados y así hace diferentes visos, causando diferentes efectos y afectos. Cada día sucede lo mismo, que á los ricos les parece intolerable y á los pobres, llevadera; para los buenos viene vestida de verde y para los malos de negro; para los poderosos no hay cosa más triste ni para los desdichados más alegre. ¿No habéis visto tal vez un modo de pinturas, que, si las miráis por un lado, os parece un ángel, y si por el otro, un demonio? Pues así es la muerte. Haceros heis á su mala cara dentro de breve rato, que la más mala no espanta en haciéndose á ella.
Muchos años serán menester, replicó Andrenio.
Sentóse ya en aquel trono de cadáveres, en una silla de costillas mondas, con brazos de canillas secas y descarnadas, sitial de esqueletos, y por cojines calaveras, bajo un deslucido dosel de tres ó cuatro mortajas, con goteras de lágrimas y randas al aire de suspiros, como triunfando de soberanías, de bellezas, de valentías, de riquezas, de discreciones y de todo cuanto vale y se estima.
Luego que estuvo de asiento, trató de tomar residencia á sus ministros, comenzando por el valido. Y cuando la imaginaran terrible: ¡Será horrenda y espantosa, al fin de residencia!, la experimentaron al revés, gustosa, placentera y entretenida y muy de recreo. Cuando aguardaban que arrojase en cada palabra un rayo, oyeron una y otra chanza. Y en vez de una envenenada saeta en cada razón, comenzó con lindo humor á entretenerse desta suerte:
Venid acá, pesares, decía, y no os me alleguéis muy cerca; más allá, más de lejos. ¿Cómo os va de matar necios? Y vosotros, cuidados, ¿cómo os va de asesinar simples? Salid acá, penas, ¿cómo va de degollar inocentes?
Muy mal, señora, la respondieron, que ya todos caen en la cuenta de no caer ni en la cama, cuanto menos en la sepultura. No se usa ya el morir de tontos; todo va á la malicia.
Apartaos, pues, vosotros matabobos, y salid acá vosotros, matalocos.
Saltó al punto la guerra con sus asaltos y choques.
¡Oh, amiga mía!, la dijo: ¿Cómo te va de degollar centenares de millares de franceses en España y de españoles en Francia? Que, si se sacase la cuenta de los que han muerto las gacetas francesas y relaciones españolas, llegaría sin duda á docientos mil españoles cada año y otros tantos franceses, pues no viene relación, que no traiga veinte y treinta mil degollados.
Es engaño, señora, que no mueren peleando al cabo del año ocho mil de ambas partes. Mienten las relaciones y mucho más las gacetas.
¿Cómo no, cuando yo veo que de todos, cuantos van á la campaña, no vuelve ninguno? ¿Qué se hacen?
¿Qué? Mueren de hambre, señora, de enfermedades, de malpasar, de necesidad, de desnudez y de desdichas.
He, que todo es uno para mí, dijo la Muerte. ¿Ellos al cabo no perecen todos? Sea de pelear, sea de no pelear, sea de lo que fuere, ¿sabéis lo que me parece? Que la campaña es como la casa del juego, que todo el dinero se hunde en ella, ya en barajas, ya en baratos, en luces y en refrescos ¡Oh, buen príncipe aquel y grande amigo mío, que acorralaba veinte mil españoles en una plaza y los hacía perecer todos de hambre, sin dejarles echar mano á la espada! Si eso hicieran, no había para comenzar de toda Francia. Que á los españoles no les han faltado sino cabos chocadores, no soldados avanzadores. ¡Pues aquel otro, que hizo perecer más de otros tantos, á vista del enemigo, todos de hambre y de desdicha de jefes! Pero quítateme de delante, anda de ahí, guerra malnacida y peor ejercitada. Pues sin pelear, ¿cuándo el ejército se denominó del ejercicio?
Yo sí, señora, que mato y asuelo y destruyo en estos tiempos todo el mundo.
¿Quién eres tú?
¿Pues no me conoces? ¿Ahora sales con eso, cuando yo creí que estaba en tu valimiento?
No doy en la cuenta.
Yo soy la peste, que todo lo barro y todo lo ando, paseándome por toda la Europa, sin perdonar la saludable España, afligida de guerras y calamidades: que allá va el mal donde más hay. Y todo esto no basta para castigo de su soberbia.
Saltó al punto un tropel de entremetidos, diciendo:
¿Qué dices? ¿Qué blasonas tú? ¿No sabes que toda esta matanza á nosotros se nos debe?
¿Quién sois vosotros?
¿Quiénes? Los contagios.
¿Pues en qué os diferenciáis de las pestes?
¿Cómo en qué? Díganlo los médicos, ó si no, dígalo mi compañero, que es más simple que yo.
Lo que sé es que, mientras los ignorantes médicos andan disputando sobre si es peste ó es contagio, ya ha perecido más de la mitad de una ciudad y al cabo toda su disputa viene á parar en que la que al principio ó por crédito ó por incredulidad se tuvo por contagio, después al echar de las sisas ó gabelas fué peste confirmada y aun pestilencia incurable de las bolsas. Al fin, vosotros pestes ó contagios, sus alcahuetes, quitáosme de delante, que no hacéis cosa á derechas, pues sólo las habéis con los pobres desdichados y desvalidos, no atreviéndoos á los ricos y poderosos, que todos ellos se os escapan con aquellas tres alas de las tres eles, luego, lejos y largo tiempo, esto es, luego en el huir, lejos en el vivir y largo tiempo en volver. De modo que no sois sino matadesdichados, aceptadores de personas y no ministros fieles de la divina justicia.
Yo sí, señora, que soy el verdugo de los ricos, la que no perdono á los poderosos.
¿Quién eres tú, que pareces la Fénix entre los males?
Yo, dijo, soy la gota, que no sólo no perdono á los poderosos; pero me encarnizo en los príncipes y los mayores monarcas.
Gentil partida, dijo la Muerte. Tú no sólo no les quitas la vida; pero dicen que se les alargas veinte ó treinta años más desde que comienzas. Y lo que se ve es que están muy bienhallados contigo, sirviéndoles de arbitrio de su poltronería y de alcahueta de su ocio y su regalo. Sepan que yo tengo de hacer reforma de malos ministros y desterrarlos á todos por inútiles y ociosos donde hay médicos. Y he de comenzar por aquella gran follona la cuartana, por quien jamás dobla campana. Que no sirve sino de hacer regalones los hombres, agotando el vino blanco y encareciendo las perdices. Mirad qué cara de hipócrita. Ella come bien y bebe mejor y sin hacerme servicio alguno pide premio, después de muchas ayudas de costa. Hola, mis valientes, los matantes, ¿dónde andáis? Dolores de costado, tabardillos y detenciones de orina, andad luego y acabad con estos ricos, con estos poderosos, que se burlan de las pestes y se ríen de la gota y hacen fisga de la cuartana y jaqueca.
Rehusaban ellos la ejecución del mandato y no se movían.
¿Qué es esto?, dijo la Muerte. Parece que teméis la empresa. ¿De cuándo acá?
Señora, la respondieron, mándanos matar cien pobres, antes que un rico; docientos desdichados, antes que un próspero, aunque sea Colona. Porque, demás de que son muy dificultosos de asesinar éstos, nos concitamos el odio universal de todos los otros.
¡Oh, qué bueno está eso!, ponderó la Muerte. ¿Y ahora estamos en eso? Si en eso reparamos, nada valdremos. Ora, yo os quiero contar al propósito y al ejemplo y demos este rato de treguas á los mortales, que no hay suspensión de mis flechas, como un rato de olvido, cuando la memoria de la muerte toda la vida desazona. Habéis de saber que, cuando yo vine al mundo, hablo de mucho tiempo, allá en mi noviciado, aunque entré con vara alta y como plenipotenciaria de Dios, confieso que tuve algún horror al matar y que anduve en contemplaciones á los principios, si mataré éste, no sino aquél, si el rico, si el poderoso, si la hermosa, no sino la fea, si el mozo gallardo, si el viejo; pero al fin ya me resolví con harto dolor de mi corazón. Aunque dicen que no le tengo ni entrañas y que soy dura. ¿Qué mucho, si soy toda huesos? Determiné comenzar por un mozo rollizo y bello como un pino de oro, déstos que hacen burla de mis tiros. Parecióme que no haría tanta falta en el mundo ni en su casa, como un hombre de gobierno hecho y derecho. Encaréle mi arco, que aún no usaba de guadaña ni la conocía. Confieso que me temblaba el brazo, que no sé cómo me acerté el tiro; pero al fin él quedó tendido en aquel suelo y al mismo punto se levantó todo el mundo contra mí, clamando y diciendo:
¡Oh cruel, oh bárbara Muerte! Mirad quién ha asesinado á un mancebo el más lindo, que agora comenzaba á vivir, en lo más florido de su edad, qué esperanzas ha cortado, qué belleza ha malogrado la traidora. Aguardara á que se sazonara y no cogiera el fruto en agraz y en una edad tan peligrosa. ¡Oh malograda juventud!
Llorábanle sus padres, lamentábanse sus amigos, suspiraban muchas apasionadas, hizo duelo á toda una ciudad. De verdad que quedé confusa y aun arrepentida de lo hecho. Estuve algunos días sin osar matar ni parecer; pero al fin él pasó por muerto para ciento y un año. Viendo esto, traté de mudar de rumbo, encaré el arco contra un viejo de cien años.
Á éste sí, decía yo, que no le plañirá nadie; antes todos se holgarán, que á todos los tenía cansados con tanto reñir y dar consejos. Á él mismo pienso haberse hecho favor, que vivía muriendo. Que, si la muerte para los mozos es naufragio, para los viejos, tomar puerto. Flechéle un catarro, que le acabó en dos días y, cuando creí que nadie me condenara la acción, antes bien todos me la aplaudieran y aun la agradecieran, sucedió tan al contrario, que todos á una voz comenzaron á malearla y á decir mil males de mí, tratándome, si antes de cruel, agora de necia, la que así mataba un varón tan esencial á la república.
Éstos, decían, con sus canas honran las comunidades y con sus consejos las mantienen. Agora había de comenzar á vivir éste lleno de virtud, hombre de conciencia y de experiencia. Estos agobiados son los puntales del bien común.
Quedé, cuando oí esto, de todo punto acobardada, sin saber á quién llevarme. Mal, si al mozo; peor, si al anciano. Tuve mi reconsejo y determiné encarar el arco contra una dama moza y hermosa.
Esta vez sí, decía, que he acertado el tiro, que nadie me hará cargo, porque ésta era una desvanecida, traía en continuo desvelo á sus padres y con ojeriza á los ajenos, la que volvía locos, digo más de lo que lo estaban, á los mozos, tenía inquieto todo el pueblo. Por ella eran las cuchilladas, el ruido de noche, sin dejar dormir á los vecinos, trayendo sobresaltada la justicia. Y para ella es ya favor, cuando fuera venganza el dejarla llegar á vieja y fea. Al fin yo la encaré unas viruelas, que ayudadas de un fiero garrotillo en cuatro días la ahogaron. Mas aquí fué el alarido común, aquí la conjuración universal contra mis tiros. No quedó persona, que no me murmurase, grandes y pequeños, echándome á centenares las maldiciones.
¡Hay tan mal gusto, decían, como el desta muerte! ¡Hay semejante necedad! ¡Que una sola hermosa, que había en el pueblo, ésa se la haya llevado, habiendo cien feas en que pudiera escoger y nos hubiera hecho lisonja en quitárnoslas de delante!
Concitaban más el odio contra mí sus padres, que llorándola noche y día, decían:
¡La mejor hija, la que más estimábamos, la más bienvista, que ya se estaba casada! Llevárase la tuerta, la coja, la corcovada: aquéllas serán eternas, como vajilla quebrada.
Impacientes los amantes me acuchillaran si pudieran:
¡Hay tal crueldad! ¡Que no la enterneciesen aquellas dos mitades del sol en sus dos ojos y ni la lisonjeasen aquellos dos floridos meses de sus dos mejillas, aquel oriente de perlas de su boca y aquella madre de soles de su frente, coronada de los rayos de sus rizos! Ello ha sido envidia ó tiranía.
Quedé aturdida desta vez. Quise hacer el arco mil astillas; mas no podía dejar de hacer mi oficio: los hombres á vivir y yo á matar. Volví la hoja y maté una fea.
Veamos agora, decía, si callará esta gente, si estaréis contentos.
¡Pero quién tal creyera! Fué peor, porque comenzaron á decir:
¡Hay tal impiedad! ¡Hay tal fiereza! ¿No bastaba que la desfavoreció la naturaleza, sino que la desdicha la persiguiese? No se diga ya ventura de fea.
Clamaban sus padres:
La más querida, decían, el gobierno de la casa; que estas otras lindas no tratan sino de engalanarse, mirarse al espejo y que las miren.
¡Qué entendida!, decían los galanes. ¡Qué discreta!
Asegúroos, que no sabía ya qué hacerme. Maté un pobre, pareciéndome le hacía mercedes, según vivía de laceriado: ni por ésas; antes bien todos contra mí.
Señor, decían, que matara un ricazo, harto de gozar del mundo, pase; pero un pobrecillo, que no había visto un día bueno, ¡gran crueldad!
Calla, dije, que yo me enmendaré, yo mataré antes de muchas horas un poderoso.
Y así lo ejecuté; mas fué lo mismo que amotinar todo el mundo contra mí. Que tenía infinitos parientes, otros tantos amigos, muchos criados y á todos dependientes. Maté un sabio y pensé perderme, porque los otros fulminaron discurso y aun sátiras contra mí. Maté después un gran necio y salióme peor, que tenía muchos camaradas y comenzaron á darme valientes mazadas.
¿Señores, en qué ha de parar esto?, decía yo. ¿Qué he de hacer? ¿Á quién he de matar?
Determiné consultar primero los tiros con aquellos mismos en quienes se habían de ejecutar y que ellos mismos se escogiesen el modo y el cuándo; pero fué echarlo más á perder, porque á ninguno le venía bien ni hallaban el modo ni el día. Para holgarse y entretenerse, eso sí; pero para morir, de ningún modo.
Déjame, decían, concluir con estas cuentas, agora estoy muy ocupado. ¡Oh qué mala sazón! Querría acomodar mis hijos, concertar mis cosas.
De modo que no hallaban la ocasión ni cuando mozos ni cuando viejos ni cuando ricos ni cuando pobres. Tanto, que llegué á un viejo decrépito y le pregunté si era hora y respondióme que no, hasta el año siguiente. Y lo mismo dijo otro. Que no hay hombre, por viejo que esté, que no piense que puede vivir otro año. Viendo que ni esto me salía, di en otro arbitrio y fué de no matar sino á los que me llamasen y me deseasen, para hacer yo crédito y ellos vanidad; pero no hubo hombre que tal hiciese. Uno sólo me envió á llamar tres ó cuatro veces. Híceme de rogar, para ver si la misma privación le causaría apetito y, cuando llegué, me dijo:
No te he llamado para mí, sino para mi mujer.
Mas ella, que tal oyó, enfurecida dijo:
Yo me tengo lengua para llamarla, cuando la hubiere menester. ¿Quién le mete á él en eso? Mirad ¡qué caritativo marido!
Así que ninguno me buscaba para sí, sino para otro, las nueras para las suegras, las mujeres para los maridos, los herederos para los que poseían la hacienda, los pretendientes para los que gozaban de los cargos, pegándome bravas burlas, haciéndome todos ir y venir, que no hay mejor deuda ni más mala paga. Al fin, viéndome puesta en semejante confusión con los mortales y que no podía averiguarme con ellos, mal si mato al viejo, peor si al mozo, si la fea, si la hermosa, si el pobre, si el rico, si el ignorante, si el sabio:
Gente de la maldición, decía, ¿á quién he de matar? Concertaos. Veamos qué ha de ser. Vosotros sois mortales, yo matante: yo he de hacer mi oficio.
Viendo, pues, que no había otro expediente ni modo de ajustarnos, arrojé el arco y así de la guadaña, cerré los ojos y apreté los puños y comencé á segar todo parejo, verde y seco, crudo y maduro, ya en flor, ya en grano, á roso y á belloso, cortando á la par rosas y retamas, dé donde diere.
Veamos agora si estaréis contentos.
Con este modo de proceder me hallé bien. Que el poco mal espanta y el mucho amansa. Con él me he quedado, así prosigo y digan lo que dijeren, murmuren cuanto quisieren, que ellos me lo pagarán. Digan ellos, que yo haré y así habéis de hacer vosotros.
En confirmación de esto, llamó uno de aquellos sus fieros ministros y dióle un apretado orden, aun desorden: que fuese y asesinase un poderoso, que de nada hacía caso. Comenzó á embarazarse el verdugo y aun hacerse de pencas.
¿De qué temes?, le dijo. ¿Á éste hallas dificultad en chocar con él?
No señora, que éstos, el primer día están malos, el segundo mejores, al tercero no es nada y al cuarto mueren.
¿Pues qué?, los muchos remedios, ¿qué se han de hacer?
Menos, que antes éstos nos ayudan, atropellándose unos á otros, sin dejarles obrar los segundos á los primeros, por lo malsufrido del enfermo, hecho á su gusto é imperio.
¿Recelas las muchas plegarias y oraciones, que se han de mandar hacer por él?
Tampoco, que tienen éstos poco obligado al cielo en salud y, aunque se manden enterrar tal vez con un hábito bendito, no por eso los deja de conocer el diablo.
¿Pues en qué reparas?
En el odio, que te has de conciliar, por tener muchos parientes y dependientes.
Eso es lo de menos; antes bien no hay tiro más acreditado y que mejor nos salga, que el que se emplea en uno déstos, porque son los puercos de la casa del mundo, que el día que los matan, ellos gruñen y los demás se ríen, ellos gritan y los demás se alegran. Porque aquel día todos tienen que comer, los parientes heredan, los sacristanes repican, aunque dicen que doblan, los mercaderes venden sus bayetas, los sastres las cosen y hurtan, los lacayos las arrastran, páganse las deudas, danse limosnas á los pobres. De suerte que á todos viene bien, lloran de cumplimiento y ríen de contento.
¿Recelas el descrédito?
De ningún modo, porque antes éstos vuelven por nosotros, diciendo todos que él se ha muerto, él se tiene la culpa, era un desreglado, no sólo en salud, pero aun enfermo: enjaguaráse cien veces, variando tazas el día de la mayor fiebre; tenía en un salón doce camas, pegada la una con la otra y íbase revolcando por todas ellas del un lado al otro y volviendo á deshacer la rueda en el mayor crecimiento; viven aprisa y así acaban presto.
¿Pues en qué reparáis?
Yo te lo diré. Reparo, señora, y dijo esto con notable sentimiento y aun con lágrimas, en que con todo lo que matamos, hacemos más riza que provecho, pues no enmiendan sus vidas los mortales ni corrigen sus vicios; antes se experimenta que hay más pecados después de una gran peste y aun en medio della, que antes.
Luego hallé una ciudad de rameras y, en lugar de una que pereció, acuden cuatro y cinco. Matamos á unos y á otros y ninguno de los que quedan se da por entendido. Si muere el joven, dice el viejo:
Éstos son unos desreglados, fíanse en sus robusteces, atropellan con todo, no hay que espantar. Nosotros sí que vivimos, que nos sabemos conservar, caemos de maduros. De aquí es que mueren más mozos que viejos. Toda la dificultad está en pasar de los treinta, que de ahí adelante es un hombre eterno.
Al contrario discurren los mozos, cuando muere el viejo:
¿Qué se podía esperar déste? Bien logrado va, todos como él, de lo que ha vivido me admiro.
Si muere el rico, se consuela el pobre:
Éstos son voraces, comen bien, cenan mejor, hasta reventar, no hacen ejercicio, no dijieren, no consumen los malos humores, no trabajan, no sudan como nosotros.
Pero si muere el pobre, dice el rico:
Estos desdichados comen poco y mal alimento, andan desarrapados, duermen por los suelos. ¿Qué mucho? Para ellos se hicieron los contagios y faltaron las medicinas.
Si muere el poderoso, luego dicen que de pesares; si el príncipe, de veneno; si el docto, trabajaba de cabeza; si el letrado, tenía muchos negocios; si el estudiante, estudiaba mucho, viviera un poco más y supiera un poco menos; si el soldado, llevaba jugada la vida, como si él la llevase ganada; si el sano, fíase en la salud; si el enfermizo, estábase dicho. Desta suerte todos tratan y piensan vivir ellos, lo que los otros dejan. Ninguno escarmienta ni se da por entendido.
Buen remedio, dijo la Muerte: matar de todo y por un parejo, mozos y viejos, ricos y pobres, sanos y enfermos, para que viendo el rico que no solos mueren los pobres y el mozo que no solos los viejos, escarmienten todos y cada uno tema. Con eso no echarán el perro muerto á la puerta del vecino ni se apelarán al otro reloj, como el que está cenando capones en víspera de ayuno. Por eso yo doy bravos saltos de la choza al alcázar y de la barraca al homenaje.
Señora, yo no sé ya qué hacerme, dijo un malcarado ministro. No sé de qué valerme contra un cierto sujeto, que ha muchos años que ando tras acabarle y él bueno que bueno.
Si eso es, no le acabarás ni bastan con él pesares, desdichas, malas nuevas, pérdidas grandes, muertes de hijos y parientes: siempre vivo que vivo.
¿Es italiano?, preguntó la muerte. Porque eso sólo le basta, que saben vivir.
No señora, que, si eso fuera, no me cansara.
¿Es necio? Porque ésos antes matan que mueren.
No lo creo, que harto sabe quien sabe vivir. Él no trata sino de holgarse. No hay fiesta que no goce, paseo en que no se halle, comedia que no vea, prado que no desfrute ni día bueno que no le logre. ¿Cómo puede ser necio?
Sea lo que fuere, concluyó la Muerte, no hay tal cosa como echarle un médico ó un par, para más asegurarlo. Mirad, decía, ministros míos, no os canséis, no pongáis estudio en matar los muy sanos y robustos, los valientes, que la misma confianza los engaña; en quien habéis de poner todo el cuidado y conato es en matar un achacoso, un enfermizo, un podrido, uno déstos que cenan huevos. Ahí está toda la dificultad, porque éstos cada día acaban y cada día resucitan y así veréis que, mientras acaba de acabar uno déstos, mueren ciento de los muy robustos y llevan traza de acabar con todos.
Despachaba dos esbirros, un Ahito á matar un pobre, y una Inedia á un rico. Replicaron ellos que llevaban encontrados los frenos.
He, que no lo entendéis, les dijo. ¿No habéis oído, cuando enferma el pobre, decir á todos que es de hambre y unos y otros le envían y hacen que comer y le embuten, con que viene á morir de repleción? Al contrario al rico luego dicen que es de ahito, que todo su mal es de tragar, con que le quitan el comer y viene á morir de hambre.
Iban llegando ministros de la cruda reina de varias partes y decíales:
¿De dónde venís? ¿Dónde habéis andado?
Y respondían: las Mutaciones de Roma, los Letargos de España, las Apoplejías de Alemania, las Disenterías de Francia, los Dolores de costado de Inglaterra, los Romadizos de Suecia, los Contagios de Constantinopla y la Sarna de Pamplona.
¿Y en la isla pestilente, quién ha estado?
Ella es tal, que todos la habemos huído, que dicen se llamó así, más por sus moradores, que por sus males.
Pues alto, id allá todos juntos y no me dejéis extranjero á vida.
¿Y también los prelados?
Mejor, que no tienen el vulgar remedio.
Esto estaban viendo y oyendo, no en sueños ni por imaginación fantástica, sino muy en desvelo y muy de veras, olvidados de sí mismos, cuando ceñó la Muerte á una Decrepitud y la dijo: