El criticón (tomo 2 de 2)

Part 22

Chapter 224,155 wordsPublic domain

Todos los mortales andan en busca de la felicidad, señal de que ninguno la tiene. Ninguno vive contento con su suerte ni la que le dió el cielo ni la que él se buscó. El soldado siempre pobre alaba las ganancias del mercader y éste recíprocamente la fortuna del soldado, el jurisconsulto envidia el retrato sencillo y verdadero del rústico y éste la comodidad del cortesano, el casado codicia la libertad del soltero y éste la amable compañía del casado. Éstos llaman dichosos á aquéllos y aquéllos al contrario á éstos, sin hallarse uno que viva contento con su fortuna. Cuando mozo piensa el hombre hallar la felicidad en los deleites y así se entrega ciegamente á ellos con muy costosa experiencia y tardo desengaño. Cuando varón la imagina en las ganancias y riquezas. Y cuando viejo en las honras y dignidades. Rodando siempre de un empleo en otro, sin hallar en ninguno la verdadera felicidad. Donosa ponderación del sentencioso lírico, si bien, aunque levantó la caza, no la dió mate, ni halló salida al reparo. Ésta hoy se libra á vuestro bizarro discurrir, siendo el asunto señalado para esta tarde, disputarse ha en qué consista la felicidad humana.

Dicho esto, volvió el rostro hacia el primero, que era el Barclayo, más por acaso, que por afectación. Éste, después de haber pedido la venia al príncipe y haber cabeceado á un lado y á otro, discurrió así:

De gustos siempre oí decir que no se ha de disputar, cuando vemos que la una mitad del mundo se está riendo de la otra. Tiene su gusto y su gesto cada uno y así yo hago burla de aquellos sabios á lo antiguo, que defendían consistir la felicidad, uno que en las honras, otro que en las riquezas, éste que en los deleites, aquél que en el mundo, tal que en el saber, y cual que en la salud. Digo que me río de todos estos filósofos, cuando veo tan encontrados los gustos, que, si el vano anhela por las honras, el sensual hace burla dél y dellas; si el avaro codicia los tesoros, el sabio los desprecia. Así que diría yo que la felicidad de cada uno no consiste en esto ni en aquello, sino en conseguir y gozar cada uno de lo que gusta.

Fué muy celebrado este decir y mantúvose buen rato en este aplauso, hasta que el Virago:

Reparad, señores, les dijo, en que los más de los mortales emplean mal su gusto, pues á veces en las cosas más viles y indignas de la naturaleza racional. Porque, si se halla uno, que guste de los libros, habrá ciento que de las cartas; si éste de las buenas musas, aquél de las malas sirenas. Y así entended que las más veces no es, no, felicidad conseguir uno su gusto, cuando le tiene tan malo. Demás que, por bueno y relevante que sea, de nada se satisface, no para en ningún empleo; antes, alcanzado uno, luego le enfada y busca otro, siendo la inconstancia evidencia de la no conseguida felicidad. Muchas habrían de ser las felicidades de los señores y príncipes, de quienes decía uno y no mal que todas son ganicas. Hoy asquean lo que aplaudieron ayer y mañana acriminarán lo que buscaron hoy. Cada día empleo flamante y cada instante obra nueva.

Borró con esto el concepto, que habían hecho de la pasada opinión y mereció la expectación de todos para la suya, que propuso así:

Principio es muy asentado entre los sabios que el bien ha de constar de todas sus causas, lleno de todas partes, sin que le falte la menor circunstancia. De modo que para el bien todas que sobren y para mal una que falte y, si esto se requiere para cualquier dicha, ¿qué será para una felicidad entera y consumada? Supuesta esta máxima, saquemos ahora las consecuencias. ¿Qué le importa á un poderoso tener todas las comodidades, si le falta la salud para gozarlas? ¿Qué tendrá el avaro con las riquezas, si no tiene ánimo para lograrlas? ¿De qué le sirve al sabio su mucho saber, si no tiene amigos capaces con quien comunicarlo? Digo, pues, que no me contento con poco; todo lo pretendo y juzgo que lo ha de tener todo el que se hubiere de llamar feliz, para que nada desee. De suerte que la felicidad humana consiste en un agregado de todos los que se llaman bienes, honras, placeres, riquezas, poder, mando, salud, sabiduría, hermosura, gentileza, dicha y amigos con quien gozarlo.

Esto sí que es decir, exclamaron. No deja que discurrir á los demás.

Pero tomó la mano el Siri, intimando la atención para echar el bollo á la controversia.

Grandemente, dijo, os ha contentado este montón quimérico de gustos, este agregado fantástico de bienes; pero advertid que es tan fácil de imaginar, cuan imposible de conseguir. ¿Porque cuál de los mortales pudo jamás llegar á esta felicidad soñada? Rico fué Creso, pero no sabio; sabio fué Diógenes, pero no rico. ¿Quién lo obtuvo todo? Mas doy que lo consiga. El día, que no tenga que desear, ha de ser ya infeliz. Y que también hay desdichados de dichosos: suspiran y asquean algunos de hartos y les va mal, porque les va bien. Después de haberse señoreado Alejandro de este mundo, suspiraba por los imaginarios, que oyó quimerear á un filósofo. Con más facilidad querría yo la felicidad y así me calzo la opinión del revés y afirmo todo lo contrario. Estoy tan lejos de decir que consista la felicidad en tenerlo todo, que antes digo que en tener nada, desear nada y despreciarlo todo. Y ésta es la única felicidad, con facilidad, la de los discretos y sabios. El que más cosas tiene, de más depende y es más infeliz el que de más cosas necesita: así como el enfermo más cosas ha menester, que el sano. No consiste el remedio del hidrópico en añadir de agua, sino en quitar de sed. Lo mismo digo del ambicioso y del avaro. El que se contenta consigo solo es cuerdo y es dichoso. ¿Para qué la taza, donde hay mano con que beber? El que encarcelare su apetito entre un pedazo de pan y un poco de agua, trate de competir de dichoso con el mismo Jove, dice Séneca. Y sello mi voto, diciendo que la verdadera felicidad no consiste en tenerlo todo, sino en desear nada.

No queda más que oir, exclamó el común aplauso. Pero fué también descaeciendo este sentir y callaron todos, para que el Malveci filosofase desta suerte:

Digo, señores, que este modo de opinar procede más de una melancólica paradoja, que de un acierto político, y que es un querer reducir la noble humana naturaleza á la nada. Pues desear nada, conseguir nada y gozar de nada ¿qué otra cosa es, que aniquilar el gusto, anonadar la vida y reducirlo todo á la nada? No es otra cosa el vivir que un gozar de los bienes y saberlos lograr, tanto los de la naturaleza, como del arte, con modo, forma y templanza. No hallo yo que pueda ser perficionar al hombre el privarle de todo lo bueno; sino destruirle de todo punto. ¿Para qué son las perfecciones? ¿Para qué los empleos? ¿Para qué crió el sumo Hacedor tanta variedad de cosas con tanta hermosura y perfección? ¿De qué servirá lo honesto, lo útil y deleitable? Si éste nos vedara lo indecente y nos concediera lo lícito, pudiera pasar; pero bueno y malo, llevarlo todo por un rasero, á fe que es bravo capricho. Por lo tanto diría yo: ya veo que es una académica bizarría; pero en las grandes dificultades, arte es el saberse arrojar. Digo, pues, que aquel se puede llamar dichoso y feliz, que se lo piensa ser; y al contrario, aquel será infeliz, que por tal se tiene, por más felicidades y venturas, que le rodeen, quiero decir, que el vivir con gusto es vivir y que solos los gustosos viven. ¿Qué le aprovecha á uno tener muchas y grandes felicidades, si no las conoce, antes las juzga desdichas? Y al contrario, aunque al otro todas le falten, si él vive contento, eso le basta. El gusto es vida y la gustosa vida es la verdadera felicidad.

Arquearon todos las cejas, diciendo:

Esto ha sido dar en el blanco y apurar del todo la dificultad. De modo que cada sentencia les parecía la última y que no quedaba ya qué discurrir. Y es cierto se abrazara este dictamen, si no se le opusiera aquel águila, cisne digo, el culto Aquilini, diciendo:

Aguardad, reparad, señores, en que es de solos necios el vivir contentos de sus cosas, siendo la bienaventuranza de los simples la propia y plena satisfacción. Beato tú, le dijo el célebre Bonarota, al que le contentaban sus malos borrones, cuando á mí nada de cuanto pinto me satisface. Así que yo siempre me contenté mucho de aquella bella prontitud del Dante. Al fin, Alígero, por su alado ingenio. Tuvo mucho vivo aquella sazonada respuesta, cuando habiéndose disfrazado en uno de los días carnavales y mandándole buscar el Médicis su gran patrón y Mecenas, para poderle conocer entre tanta multitud de personados, ordenó que los que le buscasen fuesen preguntando á unos y á otros: ¿_Quién sabe del bien_? Y desatinando todos, cuando llegaron á él y le preguntaron: ¿_Chi sa del bene_? prontamente respondió: _Chi sa del male_. Con que al punto dijeron:

Tú eres el Dante.

¡Oh, gran decir: aquel sabe del bien, que sabe del mal! No gusta de los manjares, sino el hambriento y el sediento de la bebida. Dulce le es el sueño á un desvelado, así como el descanso al molido. Aquellos estiman la abundancia de la paz, que pasaron por las miserias de la guerra; el que fué pobre sabe ser rico; el que estuvo encarcelado goza de la libertad; el náufrago, del puerto; el desterrado, de su patria, y el que fué infeliz, de la dicha. Veréis á muchos malhallados con los bienes, porque no probaron de los males. Así que aquel diría yo es feliz, que fué primero desdichado.

Contentó mucho este discurso; mas entró á impugnarle el Mascardo, probando no poder ser dicha la que suponía la desdicha ni contento verdadero el que sucedía á la pena. Ya el mal va delante y el pesar gana de mano al placer. No sería esa felicidad entera; sino á medias, respecto de la desdicha. Y de esa suerte, ¿quién quisiera ser feliz? Viniendo, pues, á mi sentir, como yo tenga por máxima con otros muchos, que no hay dicha ni desdicha, felicidad ó infelicidad, sino prudencia ó imprudencia, digo que toda la felicidad humana consiste en tener prudencia y la desventura en no tenerla. El varón sabio no teme la fortuna; antes es señor de ella y vive sobre los astros, superior á toda dependencia. Nada le puede empecer, cuando él mismo no se daña. Y concluyo con que en todo lo que llena la cordura no cabe infelicidad.

Inclinó todo político la cabeza, haciéndole la salva como á vino de una oreja y todo crítico dijo:

Bueno.

Pero al mismo tiempo se vió sacudirlas ambas al caprichoso Capriata, diciendo:

¿Quién vió jamás contento á un sabio, cuando fué siempre la melancolía manjar de discretos? Y así veréis, que los españoles, que están en opinión de los más detenidos y cuerdos, son llamados de las otras naciones los tétricos y graves, como al contrario los franceses son alegres y que van siempre brincándose y bailando.

Los que más alcanzan, conocen mejor los males y lo mucho que les falta para ser felices. Los sabios sienten más las adversidades y, como á tan capaces, les hacen mayor impresión los topes. Una gota de azar basta á aguarles el mayor contento y, demás de ser poco afortunados, ellos mismos ayudan á su descontento con su mucho entender. Así que no busquéis la alegría en el rostro del sabio; la risa sí que la hallaréis en el del loco.

Al pronunciar esta palabra saltó uno muy célebre, que gustaba de llevar consigo el cuerdo embajador, para ganso de noticias y aun de verdades. Éste, pues, sin ton y sin son, hablando alto y riendo mucho, dijo:

De verdad, señor, que estos vuestros sabios son unos grandes necios, pues andan buscando por la tierra la que está en el cielo.

Y dicho esto, que no fué poco, dió las puertas afuera.

Basta, confesaron todos, que un loco había de topar con la verdad.

Y en confirmación, el Mascardo peroró así:

En el cielo, señores, todo es felicidad; en el infierno, todo es desdicha; en el mundo, como medio entre estos dos estremos, se participa de entrambos: andan barajados los pesares con los contentos, altérnanse los males con los bienes, mete el pesar el pie donde le levanta el placer, llegan tras las buenas nuevas las malas, ya en creciente la luna, ya en menguante, gran presidenta de las cosas sublunares. Sucede á una ventura una desdicha y así la temía Filipo el macedón, después de las tres felices nuevas. Tiempo señaló el sabio para reir y tiempo para llorar. Amanece un día nublado, otro sereno, ya mar en leche y ya en hiel. Viene tras una mala guerra una buena paz, con que no hay contentos puros, sino muy aguados y así los beben todos. No tenéis que cansaros en buscar la felicidad en esta vida; milicia sobre el haz de la tierra. No está en ella y convino así. Porque, si aun deste modo, estando todo lleno de pesares, sitiada nuestra vida de miserias, con todo eso no hay poder arrancar los hombres de los pechos desta villana nodriza, despreciando los brazos de la celestial madre, que es la reina: ¿qué hicieran, si todo fuera contento, gusto, placer, solaz y felicidad?

Con esto se dieron por entendidos nuestros dos peregrinos, Critilo y Andrenio y con ellos todos los mortales, añadiendo el cortesano:

En vano, oh peregrinos del mundo, pasajeros de la vida, os cansáis en buscar desde la cuna á la tumba esta vuestra imaginada Felisinda, que el uno llama esposa, el otro madre. Ya murió para el mundo y vive para el cielo. Hallarla heis allá, si la supiéredes merecer en la tierra.

Disolvióse la magistral junta, quedando desengañados todos al uso del mundo, tarde. Convidóles el cortesano á ver algo de lo mucho, que se logra en Roma.

Pero lo más que hay que ver, decían ellos y la mejor vista es ver tantas personas, que, habiendo nosotros peregrinado todo el mundo, podemos asegurar no haber visto otras tantas.

¿Cómo decís que habéis andado todo el mundo, no habiendo estado sino en cuatro provincias de la Europa?

¡Oh, bien!, respondió Critilo. Yo te lo diré. Porque, así como en una casa no se llaman parte de ella los corrales, donde están los brutos, no entran en cuenta los reductos de las bestias, así lo más del mundo no son sino corrales de hombres incultos, de naciones bárbaras y fieras, sin policía, sin cultura, sin artes y sin noticias, provincias habitadas de monstruos de la heregía, de gentes, que no se pueden llamar personas, sino fieras.

Aguarda, dijo, agora, que tocamos ese punto, vosotros, que habéis registrado las más políticas provincias del mundo, ¿qué os ha parecido de la culta Italia?

Vos lo habéis dicho en esa palabra culta, que es lo mismo que aliñada, cortesana, política y discreta, la perfecta de todas maneras. Porque es de notar que España se está hoy del mismo modo que Dios la crió, sin haberla mejorado en cosa sus moradores, fuera de lo poco, que labraron en ella los romanos. Los montes se están hoy tan soberbios y zahareños como al principio; los ríos innavegables, corriendo por el mismo camino que les abrió la naturaleza; las campañas se están páramos, sin haber sacado para su riego las acequias; las tierras incultas; de suerte que no ha obrado nada la industria. Al contrario la Italia está tan otra y tan mejorada, que no la conocerían sus primeros pobladores, que viniesen. Porque los montes están allanados, convertidos en jardines, los ríos navegables, los lagos son vivares de peces, los mares poblados de famosas ciudades, coronados de muelles y de puertos; las ciudades todas por un parejo, hermoseadas de vistosos edificios, templos, palacios y castillos, sus plazas adornadas de brolladores y fuentes; las campañas son elisios, llenas de jardines; de suerte, que hay más que ver y que gozar en sola una ciudad de Italia, que en toda una provincia de las otras. Ella es la política, madre de las buenas artes, que todas están en su mayor punto y estimación, la política, la poesía, la historia, la filosofía, la retórica, la erudición, la elocuencia, la música, la pintura, la arquitectura, la escultura. Y en cada una destas artes se hallan prodigiosos hombres. Por esto, sin duda, dijeron que, cuando las diosas se repartieron las provincias del mundo, Juno escogió la España, Belona la Francia, Proserpina á Inglaterra, Ceres á Sicilia, Venus á Chipre y Minerva á Italia. Allí florecen las buenas letras, ayudadas de la más suave, copiosa y elocuente lengua. Que aun por eso en aquella plausible comedia, que se representó en Roma, de la caída de nuestros primeros padres, se introducían donosamente los personajes, hablando el padre eterno en alemán, Adán en italiano: _Lo mio signore_, Eva en francés, _qui Monsiur_, y el diablo en español, echando votos y retos. Exceden los italianos á los españoles en los accidentes y á los franceses en la sustancia. Ni son tan viles como éstos ni tan altivos como aquéllos. Igualan á los españoles en ingenio y sobrepujan á los franceses en juicio, haciendo un gran medio entre estas dos naciones. Pero, si en manos de los italianos hubieran dado las Indias, ¡cómo que las hubieran logrado! Está Italia en medio de las provincias de la Europa, coronada de todas como reina, y trátase como tal. Porque Génova la sirve de tesorera, Sicilia de despensera, la Lombardía de copera, Nápoles de maestresala, Florencia de camarera, el Lacio de mayordomo, Venecia de aya, Módena, Mantua, Luca y Parma, de meninas y Roma de dueña.

Sola una cosa la hallo yo mala, dijo Andrenio.

¿Sola una?, replicó el cortesano. ¿Y cuál es?

Reparaba en decirla y quisiera que él la adivinara. Con esta atención le iba deteniendo y el otro instando.

Sería acaso el ser tan viciosa, porque eso le viene de ser tan deliciosa.

No es eso.

¿Aquello de oler aún á gentil, hasta en los nombres de Cipiones y Pompeyos, Césares y Alejandros, Julios y Lucrecias y en la vana estimación de las antiguas estatuas que parecen idolatrar en ellas, el ser tan supersticiosos y agoreros, porque todo eso les viene de gentil herencia?

Ni eso.

¿Pues qué? ¿El estar tan dividida y como hecha jigote en poder de tantos señores y señorcitos, saliéndole estéril toda su política y sirviéndola de nada toda su razón de estado?

Tampoco es eso.

¡Válgate Dios! ¿Pues qué será? ¿Es por ventura aquello de ser campo abierto á las naciones estranjeras, palenque de españoles y franceses?

He, que no es eso.

¿Si sería el ser maestra de invenciones y quimeras, porque eso pasó de la Grecia al Lacio juntamente con el imperio?

Ni eso ni estotro.

¿Pues qué puede ser? Que ya me doy por vencido.

¿Qué? El haber tantos italianos. Que si eso no tuviera, hubiera sido sin oposición el mejor país del mundo. Y vese claro, pues Roma con el concurso de las naciones se viene á templar mucho. Por eso dicen que Roma no es Italia ni España ni Francia; sino un agregado de todas. Gran ciudad para vivir; aunque no para morir. Dicen que está llena de santos muertos y de demonios vivos. Paradero de peregrinos y de todas las cosas raras, centro de maravillas, milagros y prodigios. De suerte, que más se vive en ella en un día, que en otras ciudades en un año, porque se goza de todo lo mejor.

Un secreto ha días deseo saber de la Italia, dijo Critilo.

¿Qué cosa?, le preguntó el cortesano.

Yo te lo diré. ¿Cuál sea la causa que, siendo los franceses tan fatales para ella, los que la inquietan, la azotan, la pisan, la saquean, cada año la revuelven y son su total ruina, y al contrario, siendo los españoles los que la enriquecen, la honran, la mantienen en paz y quietud, los que la estiman, siendo Atlantes de la iglesia católica romana, con todo eso se pierden por los franceses, se les va el corazón tras ellos, los alaban sus escritores, los celebran sus poetas con declarada pasión y á los españoles los aborrecen, los execran y siempre están diciendo mal de ellos?

¡Oh, dijo el cortesano, has tocado un gran punto! No sé cómo te lo dé á entender. ¿No has visto muchas veces aborrecer una mujer el fiel consorte, que la honra y que la estima, que la sustenta, la viste y la engalana, y perderse por un rufián, que la da de bofetadas cada día y la acocea, la azota y la roba, la desnuda y la maltrata?

Sí.

Pues aplica tú la semejanza.

Faltóles antes la luz del día para ver, que grandezas y portentos para ser vistos, con que hubieron de dar treguas á su bienlograda curiosidad hasta el siguiente día.

Mañana, les dijo el cortesano, os convido á ver, no sola Roma, sino todo el mundo de una vez, desde cierto puesto, de donde se señorea. Veréis, no sólo este siglo, esta nuestra era; sino las venideras.

¿Qué dices, cortesano mío?, replicó Andrenio. ¿Para otro mundo y otro siglo nos emplazas?

Sí, que habéis de ver cuanto pasa y ha de pasar.

Gran cosa será y gran día.

Quien quisiere lograrlo, madrugue en la siguiente Crisi.

CRISI X

_La rueda del tiempo._

Creyeron vanamente algunos de los filósofos antiguos que los siete errantes astros se habían repartido las siete edades del hombre, para asistirle desde el quicio de la vida hasta el umbral de la muerte. Señalábanle á cada edad su planeta por su orden y su puesto, avisando á todo mortal se diese por entendido, ya del planeta, que le presidía, ya del traste de la vida en que andaba. Cúpole, decían, á la niñez la luna con nombre de Lucina, comunicándole con sus influencias sus imperfecciones, esto es, con la humedad la ternura y con ella la facilidad y variedad, aquel mudarse á cada instante, ya llorando, ya riendo, sin saber de qué se enoja, sin saber con qué se aplaca, de cera á las impresiones, de masa á las aprehensiones, pasando de las tinieblas de la ignorancia á los crepúsculos de la advertencia. Desde los diez años hasta los veinte decían presidirle el planeta Mercurio, influyendo docilidades, con que se va adelantando ya muchacho, al paso que en la edad, en la perfección. Comienza á estudiar y á deprender, cursa las escuelas, oye las facultades y va enriqueciendo el ánimo de noticias y de ciencias. Pero descárase Venus á los veinte y reina con grande tiranía, hasta los treinta, haciendo cruda guerra á la juventud á sangre que yerve y á fuego en que se abrasa y todo esto con bizarra galantería. Amanece á los treinta años el sol, esparciendo rayos de lucimiento con que anhela ya el hombre á lucir y valer. Emprende con calor los honrosos empleos, las lucidas empresas y, cual sol de su casa y de su patria, todo lo ilustra, lo fecunda y lo sazona. Embístele Marte á los cuarenta, infundiéndole valor con calor. Revístese de aceros, muestra bríos, riñe, venga y pleitea. Entra á los cincuenta mandando Júpiter, influyendo soberanías. Ya el hombre es señor de sus acciones, habla con autoridad, obra con señoría, no lleva bien el ser gobernado de otros; antes lo querría mandar todo, toma por sí las resoluciones, ejecuta sus dictámenes, sábese gobernar y á esta edad, como á tan señora, la coronaron por reina de las otras, llamándola el mejor tercio de la vida. Á los sesenta anochece, que no amanece, el melancólico saturnino con humor y horror de viejo. Comunícale su triste condición y, como se va acabando, querría acabar con todos, vive enfadado y enfadando, gruñendo y riñendo y, á lo de perro viejo, royendo lo presente y lamiendo lo pasado, remiso en sus acciones, tímido en sus ejecuciones, lánguido en el hablar, tardo en el ejecutar, ineficaz en sus empresas, escaso en su trato, asqueroso en su porte, descuidado en su traje, destituído de sentidos, falto de potencias y á todas horas y de todas las cosas quejumbroso. Hasta los setenta es el vivir y en los poderosos hasta los ochenta, que de ahí adelante todo es trabajo y dolor, no vivir, sino morir. Acabados los diez años de Saturno, vuelve á presidir la luna y vuelve á niñear y á monear el hombre decrépito y caduco, con que acaba el tiempo en círculo, mordiéndose la cola la serpiente: ingenioso jeroglífico de la rueda de la humana vida.

Con esto entró el cortesano, no tanto á despertarles, cuanto á darles el buen día y aun el mejor de su vida, muy entretenido con la máscara del mundo, el baile y mudanzas del tiempo, el entremés de la fortuna y la farsa de toda la vida.

¡Alto! les dijo, que tenemos mucho que hablar, pues, deste mundo y del otro.