Part 21
No vengo, respondió él; sino que me traen.
Á fe que no es buena escusa.
Entraban hombres de valor á valer nada, floridos ingenios á marchitarse, hombres de prendas á nunca desempeñarse. Pasaban del holgarse y del entretenerse á no ser estimados y del prado á la cueva de la nada, condenados á olvido sempiterno. Tenía ya el un pie en el umbral de la cueva un cierto personaje, que parecía de importancia, cuando llegó un otro de barbas tan agrias como su condición, que parecía persona de gobierno. Y tirándole de la capa, le dió un recado de parte de su gran dueño, ofreciéndole una embajada de las de primera clase y que otros muchos la pretendían; mas él, haciendo burla, no la quiso aceptar, diciendo:
Yo renuncio todos los cargos con las cargas.
Volvióle á hacer instancia tomase un bastón de general y él:
Quita allá, que no quiero nada, sino á mí mismo y todo entero.
¡Siquiera un virreinato!
Nada, nada; déjenme estar en mis gustos y mis gastos.
Y quedóse muy casado con su nada.
Válgate por cueva de la nada, decía Critilo, y lo que te sorbes y te tragas.
Estaban dos ruincillos, que no les dieran del pie, arrojando á puntillazos allá dentro á muchos hombres grandes, gente sin cuento por no ser de cuenta, sin darse manos de echar por no tenerlas.
Allá van, decían, noblezas, hermosuras, gallardías, floridos años, bizarrías, galas, banquetes, paseos, saraos, entretenimientos, al covachón de la nada.
¡Hay tal monstruosidad!, se lastimaba Critilo. ¿Y quién es esta vil canalla?
Aquel es el Ocio y este otro es el Vicio, camaradas inseparables.
Oyeron que estaba un ayo ponderándole á un hijo segundo de una de las mayores casas del reino:
Mirad, señor, que podéis ser mucho.
¿Cómo?
Queriendo.
He, que nací tarde.
Adelantaos con la industria y con el mérito, recompensando con el valor el poco favor de la fortuna, que ése fué el atajo del Gran Capitán y algunos otros, que se aventajaron á sus venturosos mayorazgos. Pudiendo ser un león en la campaña, ¿queréis ser un lechón en el cenagal de la torpeza? Oid cómo os llaman los bélicos clarines á emplear las trompas de la fama. Cerrad los oídos á las cómicas Sirenas, que os quieren echar á pique de valer nada.
Mas él, haciendo chanzas de las hazañas, respondía:
¿Yo balas, yo asaltos, yo campañas, pudiéndome andar del paseo al juego, de la comedia al sarao? De eso me guardaré yo muy bien.
Mirad que valdréis nada.
Que no se me da nada.
Y así fué, que tampoco se le dió nada y alcanzó nada.
Á quien se le logró la diligencia fué al Honroso, que, viendo que un padre verdadero y muy prudente enviaba un hijo suyo, mozo de buenas esperanzas, á la Universidad de Salamanca para que por el atajo de las letras, que de verdad lo es así como rodeo el de las armas, llegase á conseguir un gran puesto, él en vez de ir á cursar, echó por el divertimiento y se encaminaba al paradero ordinario de valer nada. Compasivo el Honroso de ver perderse tan voluntariamente un tan buen ingenio, llegóse á él y díjole:
Señor legista, qué malparecer habéis tomado, pudiendo estudiar y velando lucir y pretendiendo un colegio mayor, pasar á una chancillería y á un consejo real, que no hay más seguro pasadizo, que una beca. Olvidando todo esto, queréis malograr el precioso tiempo, hundir la hacienda y frustrar las esperanzas de vuestros padres. Cierto, que habéis tomado mal consejo.
Valióle este aviso y aun desengaño, que importa mucho el tener buen entendimiento para abrazar la verdad. Y aseguran que velando y valiendo de grada en grada llegó á una presidencia, honrando su casa y su patria. Pero fué éste la Fénix entre muchos patos. Que lo común es trocar el libro por la baraja, el teatro literario por el cómico corral y el vade por la guitarra, con que el derecho anda tuerto y aun á ciegas, el digesto maldigerido, yendo á parar en la cueva de la nada, no siendo ni valiendo nada.
Señores, ponderaba Critilo, que un hombre común, un plebeyo, trate de entrarse en esta cueva vulgar, pase, no me admiro: que de verdad les cuesta mucho el llegar á valer algo, estáles muy cara la reputación, cuéstales mucho la fama; pero los hombres de mucha naturaleza, los de buena sangre, los de ilustres casas, que por poco, que se ayuden, han de venir á valer mucho y dándoles todos la mano han de venir á tener mano en todo, que ésos se quieran enviciar y anonadar y sepultarse vivos en el covachón de la nada, cierto que es lastimosa infelicidad. Si los otros pelean con balas de plomo, el noble con balas de oro. Las letras, que en los demás son plata, en los nobles son oro y en los señores, piedras preciosas. ¡Oh, cuántos, por no cansarse media docena de cursos, anduvieron corridos toda la vida, por no lograr breve tiempo de trabajo, perdieron siglos de fama!
Pero entre muchos de aquellos viles ministros, sepultureros del vicio, vieron que andaba muy atareada una bellísima hembra, convirtiendo en azar con manos de jazmín cuanto tocaba. Teníalas de nieve, pues todo lo elevan, tanto, que, en tocando el mayor hombre, el más prudente, el más sabio, le convertía en estatua de pórfido ó de mármol frío y no paraba un punto ni un momento de arrojar gente en aquella funesta sima del desprecio. Ni era menester traerlos con sogas ni con maromas; que sólo un cabello bastaba. Pero, ¿qué mucho, si los llevaba cuesta abajo? Hacía mayor estrago cuanto mayor prodigio era de belleza.
¿Quién es ésta, preguntó Andrenio, que lleva traza de despoblar el mundo?
¿Es posible, que no la conoces?, respondió su gran contrario el Honroso. ¿Ahora estamos en eso? Ésta es mi mayor antagonista, la misma deidad de Chipre, sino en persona, en sirena, en cuerpo, que no en espíritu. Huid de ella, que no hay otro remedio. Que, si eso hubiera hecho aquel príncipe, que tiene asido con mano de nieve y garra de neblí, no hubiera tan presto descaecido de héroe, que ya andaba en ese predicamento y muy adelante.
¡Oh, qué lástima, se lamentaba Critilo, que al más empinado cedro, al más copado árbol, al que sobre todos se descollaba, se le fuese apegando esta inútil yedra, más infructífera cuanto más lozana! Cuando parece que le enlaza, entonces le aprisiona; cuando le adorna, le marchita; cuando le presta la pompa de sus hojas, le despoja de sus frutos, hasta que de todo punto le desnuda, le seca, le chupa la sustancia, le priva de la vida y le aniquila. ¿Qué más? ¿Y á cuántos volviste vanos? ¿Cuántos linces cegaste, cuántas águilas abatiste, á cuántos ufanos pavones hiciste abatir la rueda de su más bizarra ostentación? ¡Oh á cuántos, que comenzaban con bravos aceros, ablandaste los pechos! Tú eres, al fin, la aniquiladora común de sabios, santos y valerosos.
Á otro lado de la cueva vieron un raro monstruo con visos de persona, haciendo á todo muy mala cara. Tenía estrañas fuerzas, pues asiendo con solos dos dedos, como haciendo asco, algunos suntuosos edificios, los arrojaba al centro de la nada.
Allá va, decía, ese dorado palacio de Nerón, esas termas de Domiciano, esos jardines de Eliogábalo. Porque todos valieron nada y sirvieron de nada. No así los castillos fuertes, las incontrastables ciudadelas, que erigieron los valerosos príncipes, para llaves de sus reinos y freno de los contrarios. No los famosos templos, que eternizaron los piadosos monarcas; las dos mil iglesias, que dedicó á la madre de Dios el rey don Jaime.
Allá van, decía, esos serrallos de Amurates, ese alcázar de Sardanápalo.
Pero lo que mayor novedad les hizo fué verle asir las obras del ingenio y con notable desprecio vérselas arrojar allá. Hízole duelo á Critilo verle asir de un libro muy dorado y que amagaba sepultarle en el eterno olvido y rogóle no lo hiciese; más él, haciendo burla, le dijo:
He, vaya allá, pues entre mucha adulación no tiene rastro de verdad ni de sustancia.
Basta, replicó Critilo, que el dueño de que habla y á quien lo dedica le hará inmortal. No podrá, respondió él, que no hay cosa que más presto caiga que la mentirosa lisonja, que no tiene fundamento, antes solicita enfado.
Echóle allá y tras él otros muchos libros, voceando:
Allá van esas novelas frías, sueños de ingenios enfermos, esas comedias silbadas, llenas de impropiedades y faltas de verisimilitud.
Apartó unas y dijo:
Éstas no; resérvense para inmortales por su mucha propiedad y donoso gracejo.
Miró el título Critilo, creyendo fuesen las de Terencio y leyó:
Parte primera de Moreto.
Éste es, le dijo, el Terencio de España. Allá van, decía, esos autores italianos.
Reparó Critilo y díjole:
¿Qué haces? Que se escandalizará el mundo, pues están hoy en tanta reputación las plumas italianas, como las espadas españolas.
He, dijo, que muchos de estos italianos debajo de rumbosos títulos no meten realidad ni sustancia; los más pecan de flojos, no tienen pimienta en lo que escriben ni han hecho otros muchos dellos que echar á perder buenos títulos, como el autor de la Plaza universal. Prometen mucho y dejan burlado al lector y más si es español.
Alargó la mano hacia otro estante y comenzó con harto desdén á arrojar libros. Leyó los títulos Critilo y advirtió eran españoles, de que se maravilló no poco y más cuando conoció eran historiadores y sin poder contenerse le dijo:
¿Por qué desprecias esos escritos, llenos de inmortales hazañas?
Y aun ésa es la desdicha, le respondió, que no corresponde lo que éstos escriben á lo que aquéllos obran. Asegúrote que no ha habido más hechos ni más heroicos, que los que han obrado los españoles; pero ningunos más malescritos, por los mismos españoles. Las más de estas historias son como tocino gordo, que á dos bocados empalagan. No escriben con la profundidad y garbo político, que los historiadores italianos, un Guiciardino, Bentivollo, Catarino de Ávila, el Siri y el Virago en sus Mercurios, secuaces todos de Tácito. Creedme que no han tenido genio en la historia, así como ni los franceses en la poesía.
Con todo, de algunos reservaba algunas hojas; mas á otros todos enteros y aun sin desatarlos los tiraba de revés hacia la nada y decía:
Nada valen, nada.
Pero notó Critilo que por maravilla desechaba obra alguna de autor portugués.
Éstos, decía, han sido grandes ingenios, todos son cuerpos con alma.
Alteróse mucho Critilo al verle alargar la mano hacia algunos teólogos, así escolásticos, como morales y expositivos y respondióle á su reparo:
Mira: los más déstos ya no hacen otro que trasladar y volver á repetir lo que ya estaba dicho. Tienen bravo cacoetes de estampar y es muy poco lo que añaden de nuevo, poco ó nada inventan.
De solos comentarios sobre la primera parte de santo Tomás le vió echar media docena y decía:
Andad allá.
¿Qué decís?
Lo dicho. Y haréis lo hecho. Allá van esos expositivos secos como esparto, que tejen lo que ha mil años que se estampó.
De los legistas arrojaba librerías enteras y añadió que, si le dejaran, los quemara todos, fuera de unos cuantos. De los médicos echaba sin distinción, porque aseguraba que ni tienen modo ni concierto en el escribir.
Mirad, decía, qué tanto, que aún no saben disponer un índice y esto habiendo tenido un tan prodigioso maestro como Galeno.
Entretanto que esto le pasaba á Critilo, fuése acercando Andrenio al boquerón de la cueva y puso el pie en el deslizadero de su umbral; mas al punto arremetió á él el Honroso, diciéndole:
¿Dónde vas? ¿Es posible que tú también te tientas de ser nada?
Déjame, le respondió, que no quiero entrar; sino ver desde aquí lo que por allá pasa.
Riólo mucho el Honroso y díjole:
¿Qué has de ver, si todo en entrando allá es nada?
Oiré.
Siquiera menos. Porque las cosas, que una vez entran, nunca más son vistas ni oídas.
Llamaré alguno.
¿De qué suerte, que ninguno tiene nombre? Y si no, díme ¿del infinito número de gentes, que en tantos siglos han pasado, qué ha quedado de ellos? Ni aun la memoria de que fueron ni que hubo tales hombres. Solos son nombrados los que fueron eminentes en armas ó en letras, gobierno y santidad. Y porque lo consideremos más de cerca, díme: en este nuestro siglo entre tantos millares, como hoy embarazan la redondez de la tierra, en tantas provincias y reinos ¿quiénes son nombrados? Media docena de hombres valerosos, aun no otros tantos sabios, no se habla sino de dos ó tres reyes, un par de reinas, de un santo padre, que resucita los Leones y Gregorios; todo lo demás es número, es broma, no sirven sino de consumir los víveres y aumentar la cuantidad, que no la calidad. Pero ¿qué estás mirando con mayor ahinco, cuando ves nada?
Miro, dijo, que aún hay menos que nada en el mundo. Díme por tu vida ¿quién son aquellos, que están arrinconados aún en la misma nada?
¡Oh, le respondió: mucho hay que decir desa nada! Ésos son...
Pero dejémoslos, si te parece, para la siguiente Crisi.
CRISI IX
_Felisinda descubierta._
Cuentan que un cierto curioso, mas yo le definiera necio, dió en un raro capricho de ir rodeando el mundo y aun rodando con él en busca, cuando menos, del contento. Llegaba á una provincia y comenzaba á preguntar por él á los ricos los primeros, creyendo que ellos le tendrían, cuando la riqueza todo lo alcanza y el dinero todo lo consigue; pero engañóse, pues los halló cuidadosos siempre y desvelados. Lo mismo le pasó con los poderosos, viviendo penados y desabridos. Fuese á los sabios y topólos muy melancólicos, quejándose de su corta ventura, á los mozos con inquietud, á los viejos sin salud, con que todos de conformidad le respondieron que ni le tenían ni aun le habían visto; pero, sí oído á sus antepasados que habitaba en el otro país de más adelante. Pasaba luego allá, tomaba lengua de los más noticiosos y respondíanle lo mismo, que allí no; pero, que se decía estar en el que se seguía. Fué pasando desta suerte de provincia en provincia, diciéndole en todas:
Aquí no, allá, acullá, más adelante.
Subió á la Islandia, de allí á la Groelandia, hasta llegar al Tile, que sirve al mundo de tilde, donde oyendo la misma canción, que en las otras, abrió los ojos para ver que andaba ciego y conocer su vulgar engaño y aun el de todos los mortales, que desde que nacen van en busca del contento sin topar jamás con él, pasando de edad en edad, de empleo en empleo, anhelando siempre á conseguirle. Conocen los de el un estado que allí no está, piénsanse que en el otro y llámanles felices y aquéllos á los otros, viviendo todos en un tan común engaño, que aún dura y durará mientras hubiere necios.
Así les sucedió á nuestros dos peregrinos del mundo, pasajeros de la vida, que ni en la vana presunción ni en el vil ocio pudieron hallar descanso y así no hicieron su mansión ni el uno en el palacio de la vanidad ni el otro en la cueva de la nada. En medio el umbral de ella persistía Andrenio, solicitando saber quién fuesen aquellos, que estaban metidos de medio á medio en la nada.
Ésos, le respondió el Fantástico, son unos ciertos sujetos, que aun son menos que nada.
¿Cómo puede ser eso? ¿Qué menos pueden ser que nada?
Muy bien.
¿Pues qué serán?
¿Qué? Nonadillas, que aun de la nada no se hartan, y así les llaman cosidas y figurillas y ruincillos y nonadillas. Mira, mira aquél, cómo anda echando piernas sin tener pies ni cabeza, hombreando el otro sin ser hombre. ¡Qué cosilla tan ruincilla aquella de allá, acullá! Pues á fe que tiene harto malas entrañuelas. Verás hombres de carne momia y momios los que debrían ser los primeros. Mira qué de sombras sin cuerpo y qué de figurillas de sombra y sobra: hallarás títulos sin realidad y muchas cosas de sólo título. Mira qué de impersonales personas y qué de estatuas sin estatua. Verás magnates servidos con vajillas de oro, entre costumbres de lodo y aun estiércol. Muchos nacidos, que aún no viven y muertos, que no vivieron. Aquellos de acullá eran leones, que en teniendo cama fueron liebres. Y estos otros nacidos como hongos, sin saberse de dónde ni de qué. Mira hacer los estoicos á muchos epicúreos y la follonería pasar por filosofía. Mira lejos de aquí la fama y muy cerca la fame. Verás malvistos los que están en alto y muchos hijos de algo, que pararon en nada. Verás muchas hermosuras perderse de vista y las más lindas por bellas. Verás que no son de gloriosa fama los que de golosa voluntad y venir á morir de hambre los más hartos. Verás pedir y tomar á los que no se les da nada y á muchos tenidos por ricos, que aun el nombre no es suyo. No hallarás sí sin no ni cosa sin un sino. Verás que por no hacer caso se pierden las casas y aun los palacios y por no curarse de lo mucho todo fué nada. Mira muchos cabos, que acaban con todo, sino con el enemigo, y por eso nunca se acaban las guerras, porque hay cabos. Verás que todo buen verde fué sin fruto y que las verduras no granan. Toparás muchas arrugas en agraz seco y pocas en sazonadas pasas. Sentirás lo más biendicho sin dicha y toda gracia en desgracia, grandes ingenios sin genio y sin dotor muchas librerías. Oirás locos á gritos y las menos cuerdas más tocadas. Los que debrían ser Césares son nada y las más grandes casas sin un cuarto. Verás encogidos los más estirados y á muchos hacer vanidad de lo que es nada. Buscarás hombres y toparás con trasgos y el que creíste ser de terciopelo es de bayeta. Verás sin ceros los más sinceros y al que no tiene cuentos no ser de cuenta. Ya las dádivas y dones son aire, pues donaire. Verás finalmente cuán mucha es la nada y que la nada querría serlo todo.
Mucho más dijera, que tenía mucho que decir de la nada, á no interrumpirle el Ocioso que, acercándose á Andrenio, intentó á empellones de dejamiento arrojarle dentro de la infeliz cueva y sepultarle en medio del fondón de la nada. Viendo esto el Fantástico, asió de Critilo y comenzó á tirar de él hacia el palacio de la vanidad, llenándole los cascos de viento, fatales ambos escollos de la vejez, tan por estremo opuestos, que en el uno suele peligrar de ociosa y en el otro de vana. Pero fué único remedio darse ambos las manos, con que pudieron templarse y hacer un buen medio entre tan peligrosos estremos. Asieron de la ocasión que, aunque cana, no calva, y á pura fuerza de razón y de cordura salieron del evidente riesgo de su pérdida.
Trataron ya vitoriosos de encaminarse á triunfar á la siempre augusta Roma, teatro heroico de inmortales hazañas, corona del mundo, reina de las ciudades, esfera de los grandes ingenios, que en todos siglos, aun los mayores, las águilas caudales tuvieron necesidad de volar á ella y darse unos filos de Roma. Hasta los mismos españoles, Lucano, Quintiliano, ambos Sénecas cordobeses, Luciano y Marcial bilbilitanos. Trono del lucimiento, que lo que en ella luce por todo el mundo campea. Fénix de las edades, que cuando otras ciudades perecen, ella renace y se eterniza. Emporio de todo lo bueno, corte de todo el mundo, que todo él cabe en ella. Pues el que ve á Madrid, ve á solo Madrid, el que á París, no ve sino á París, y el que ve á Lisboa, ve á Lisboa; pero el que ve á Roma, las ve todas juntas y goza de todo el mundo de una vez, término de la tierra y entrada católica del cielo.
Y si ya la veneraron de lejos, agora la admiraron de cerca, sellaron sus labios en sus sagrados umbrales, antes de estampar sus plantas. Introdujéronse con reverencia en aquel _non plus ultra_ de la tierra y un tanto monta del cielo. Discurrían mirando y admirando sus novedades, que parecen antiguas; y sus antigüedades, que siempre se hacen nuevas.
Reparó en su reparar un mucho hombre, que cortesanamente se les fué acercando ó ellos á él para informarse. Á pocos lances, que hizo con destreza, conoció que eran peregrinos y ellos que él era raro y tanto, que pudiera dar liciones de mirar al mismo Argos, de penetrar á un zahorí, de prevenir á un Jano y de entender al mismo Descifrador. Pero ¿qué mucho, si era un cortesano viejo de muchos cursos de Roma, español inserto en italiano, que es decir, un prodigio? Era gran hombre de notas y de noticias, con los dos realces de buen ingenio y buen gusto, el cortesano de más buenos ratos, que pudieran desear.
Vosotros, les dijo, según veo, habéis rodeado mucho y avanzado poco. Que, si de primera instancia hubiérades venido á este epílogo del político mundo, todo lo bueno hubiérades logrado y visto de la primera vez, llegando por el atajo del vivir al colmo del valer. Porque advertid que, si otras ciudades son celebradas por oficinas de maravillas mecánicas, en Milán se templan los impenetrables arneses, en Venecia se clarifican los cristales, en Nápoles se tejen las ricas telas, en Florencia se labran las piedras preciosas, en Génova se ahuchan los doblones; Roma es oficina de los grandes hombres. Aquí se forjan las grandes testas, aquí se sutilizan los ingenios y aquí se hacen los hombres muy personas.
Y si son dichosos los que habitan las ciudades grandes, añadió otro, porque se halla en ellas todo lo bueno y lo mejor, en Roma se vive dos veces y se goza muchas, paradero de prodigios y centro de maravillas. Aquí hallaréis cuanto pudiéredes desear. Sola una cosa no toparéis en ella.
Y será sin duda, replicaron ellos, la que nosotros venimos á buscar, que ése suele ser el ordinario chasco de la fortuna.
¿Qué es lo que buscáis?, les dijo.
Y Critilo:
Yo una esposa.
Y Andrenio:
Yo una madre.
¿Y cómo se nombra?
Felisinda.
Dudo que la halléis, por lo que dice de felicidad. ¿Pero dónde tenéis nueva que se alberga?
En el palacio del embajador del rey Católico.
Oh sí y aun el rey de los embajadores. Llegáis á ocasión que ya es parte de dicha. Allá me encaminaba yo esta tarde, donde concurren los ingenios á gozar del buen rato de una discreta academia. Es el embajador príncipe de bizarro genio, originado de su grandeza. Que, así como otros príncipes ponen su gusto en tener buenos caballos, que al fin son bestias, otros en lebreles, dados á perros, en tablas y en lienzos muchos, que son cosas pintadas, en estatuas mudas, en piedras preciosas, que si un día amaneciese el mundo con juicio, se hallarían muchos sin hacienda, este señor gusta de tener cerca de sí hombres entendidos y discretos, de tratar con personas, que cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene.
Llegaron ya al genial albergue, entraron en un salón bien aliñado y capaz, teatro de Apolo, estancia de sus galantes Gracias y coro de sus elegantes Musas. Allí apreciaron mucho el ver y conocer los mayores ingenios de nuestros tiempos, hombres tan eminentes, que con cada uno se pudiera honrar un siglo y desvanecerse una nación. Íbaselos nombrando el cortesano y dándoseles á conocer.
Aquel que habla el francés en latín es el Barclayo, venturoso en aplausos, por no haber escrito en lengua vulgar.
Aquel otro de la bieninventada invectiva es el que supo más bien decir mal, el Bocalini. Conoced el Malvezi, filosofando en la historia, estadista de sí mismo. Aquel Tácito á las claras es Henrico Caterino. Mas aquel otro, que está embutiendo de borra, de memoriales, de cartas y de relaciones de la tela de oro de su Mercurio, es el Siri. Vale á los alcances su antagonista el Virago, más flojo y más verídico. Ved el Góngora de Italia, como si él se fuese el Aquilino. Aquel elocuentísimo polianteísta es Agustín Mascardo. Y así otros singulares ingenios de valiente rumbo y mucho garbo.
Fueron ocupando sus puestos y llenándolos también y, después de conciliada, no sólo la atención, pero la expectación, arengó el Marino, cumpliendo con el oficio de secretario y dando principio con el más célebre de sus epigramas morales, que comienza:
Abre el hombre infeliz, luego que nace, antes que al sol, los ojos á la pena, etcétera.
Aunque no pudo librarse de la censura de que no concluye al propósito, pues, habiendo referido la prolijidad de miserias por toda la vida del hombre, da fin, diciendo:
De la cuna á la urna hay sólo un paso.
Acabado de relatar el soneto, prosiguió así: