El criticón (tomo 2 de 2)

Part 2

Chapter 24,122 wordsPublic domain

Y así hay una gentil bota, respondió el Ermitaño. Éstos son los milagros desta casa, que siendo éste antes tenido por un Epicuro, en tomando tan buena capa, se ha trocado de modo, que compite con un Macario. Y es tanta verdad ésta, que antes de mucho le veréis con una dignidad.

¿También hay soldados cofadres de la apariencia?, preguntó Andrenio.

Y son los mejores, respondió el Ermitaño. Tan buenos cristianos, que aun al enemigo no le quieren hacer mala cara, con que no le querrían ver. [Marginal: _Soldado hipócrita._] ¿No ves aquél? Pues, en dando un Santiago, se mete á peregrino. En su vida se sabe que haya hecho mal á nadie. No tengan miedo que él beba de la sangre de su contrario. Aquellas plumas, que tremola, yo juraría que son más de Santo Domingo de la Calzada, que de Santiago. El día de la muestra es soldado y el de la batalla, Ermitaño. Más hace él con un lanzón, que otros con una pica. Sus armas siempre fueron dobles. Desde que tomó capa de valiente, es un Ruy Díaz atildado. Es de tan sano corazón, que siempre le hallarán en el cuartel de la salud. No es nada vanaglorioso y así suele decir que más quiere escudos, que armas. En dando un espaldar al enemigo, acude al consejo con un peto y así es tenido por un buen soldado, muy aplaudido y en competencia de dos Bernardos está consultado en un generalato. Y dicen que él será el hombre y los otros se lo jugarán. Que aquí más importa el parecer, que el ser.

[Marginal: _Sabiduría aparente._]

Aquel otro es tenido por un pozo de sabiduría, más honda que profunda. Y él dice que en eso está su gozo. Aquí más valen testos, que testa. Nunca se cansa de estudiar. Su mayor conceto dice ser el que dél se tiene y aun todos los ajenos nos vende por suyos, que para eso compra los libros. De letras, menos de la mitad basta y lo demás de fortuna. Que el aplauso más ruido hace en vacío. Y al fin, más fácil es y menos cuesta el ser tenido por docto, por valiente y por bueno, que el serlo.

¿De qué sirven, preguntó Andrenio, tantas estatuas como aquí tenéis?

¡Oh!, dijo el Ermitaño, son ídolos de la imaginación, fantasmas de la apariencia. Todas están vacías y hacemos creer que están llenas de sustancia y solidez. Métese uno por dentro en la de un sabio y húrtale la voz y las palabras; otro en la de un señor y á todos manda y todos sin réplica le obedecen, pensando que habla el poderoso y no es sino un vergante. Ésta tiene la nariz de cera, que se la tuercen y retuercen como quieren la información y la pasión, ya al derecho, ya al siniestro, y ella pasa por todo. Mirad bien, reparad en aquel ministro de Justicia, ¡qué celoso, qué justiciero se muestra! No hay alcalde Ronquillo rancio ni fresco Quiñones, que le llegue. Con nadie se ahorra y con todos se viste, á todos les va quitando las ocasiones del mal, para quedarse con ellas. Siempre va en busca de ruindades y con ese título entra en todas las casas ruines libremente, desarma los valientes y hace en su casa una armería. Destierra los ladrones, por quedar él solo. Siempre va repitiendo ¡justicia! mas no por su casa. Y todo esto con buen título y aun colorado.

Vieron otros dos, que con nombre de celosos eran dos grandísimos impertinentes. Todo lo querían remediar y todo lo inquietaban, sin dejar vivir á nadie, diciendo se perdía el mundo y ellos eran los más perdidos. Á esta traza iban encontrando raros milagros de la apariencia, estrañas maravillas de la hipocresía, que engañaran á un Ulises.

[Marginal: _Oficina de hipócritas._]

Cada día acontece, ponderaba el Ermitaño, salir de aquí un sujeto, amoldado en esta oficina, instruído en esta escuela, en competencia de otro de aquella de arriba, de la verdadera y sólida virtud, pretendiendo ambos una dignidad, y parecer éste mil veces mejor, hallar más favor, tener más amigos y quedarse el otro corrido y aun cansado. Porque los más en el mundo no conocen ni examinan lo que cada uno es; sino lo que parece. Y creedme que de lejos tanto brilla un claveque como un diamante. Pocos conocen las finas virtudes ni saben distinguirlas de las falsas. Veis allí un hombre más liviano que un bofe y parece en lo exterior más grave que un presidente.

¿Cómo es eso?, dijo Andrenio. Que querría aprender esta arte de hacer parecer. ¿Cómo se hacen estos plausibles milagros?

Yo os lo diré. Aquí tenemos variedad de formas para amoldar cualquier sujeto, por incapaz que sea, y ajustarle de pies á cabeza. [Marginal: _Arte de artimaña._] Si pretende alguna dignidad, le hacemos luego cargado de espaldas; si casamiento, que ande más derecho que un huso; y, aunque sea un chisgaravís, le hacemos que muestre autoridad, que ande á espacio, hable pausado, arquee las cejas, pare gesto de ministro y de misterio, y para subir alto, que hable bajo. Ponémosle unos antojos, aunque vea más que un lince, que autorizan grandemente. Y más, cuando los desenvaina y se los calza en una gran nariz y se pone á mirar de á caballo, hace estremecer los mirados.

Á más desto tenemos muchas maneras de tintes, que de la noche á la mañana transfiguran las personas, de un cuervo en un cisne callado y que, si hablare, sea dulcemente, palabras confitadas. Si tenía piel de víbora, le damos un baño de paloma, de modo, que no muestre la hiel, aunque la tenga, ni se enoje jamás, porque se pierde en un instante de cólera cuanto se ha ganado de crédito y de juicio en toda la vida. Mucho menos muestre asomo de liviandad ni en el dicho ni en el hecho.

Vieron uno, que estaba escupiendo y haciendo grandes ascos.

¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.

Acércate y le oirás decir mucho mal de las mujeres y de sus trajes.

Cerraba los ojos por no verlas.

Éste sí, dijo el Ermitaño, que es cauto.

Más valiera casto, replicó Critilo. Que desta suerte abrasan muchos el mundo en fuego de secreta lujuria. Introdúcense en las casas como golondrinas, que entran dos y salen seis.

Mas ahora, que hemos nombrado mujeres, díme, ¿no hay clausura para ellas? Pues de verdad, que pueden profesar de enredo.

Sí le hay, dijo el Ermitaño. Convento hay y bien malignante: Dios nos defienda de su multitud. Aquí están de parte.

Y asomóles á una ventana para que viesen de paso, no de propósito, su proceder. Vieron ya unas muy devotas, aunque no de San Lino ni de San Hilario, que no gustan de devociones al uso, sí de San Alejos y de toda romería.

Aquélla, que allí se aparece, dijo el Ermitaño, es la viuda recatada, que cierra su puerta al _Ave María_. Mira la doncella, qué puesta en pretina, no sea _en cinta_. [Marginal: _Profesas de enredo._] Aquella otra es una bella casada. Tiénela su marido por una santa y ella le hace fiestas, cuando menos de guardar. Á esta otra nunca le faltan joyas, porque ella lo es buena. Á aquélla la adora su marido: será porque lo dora. No gusta de galas, por no gastar la hacienda, y gástale la honra. De aquélla dice su marido que metería las manos en un fuego por ella. Más valiera que las pusiera en ella y apagara el de su lujuria.

Estaba una riñendo unas criadas pequeñas, porque brujuleó no sé qué ceños, y ella con mayor decía:

En esta casa no se consiente ni aun el pensamiento.

Y repetía entre dientes la criada el eco. Desta otra anda siempre predicando su madre lo que ella no se confiesa. Decía otra buena madre de su hija:

Es una bienaventurada.

Y era así, que siempre quisiera estar en gloria.

¿Cómo están tan descoloridas aquéllas?, reparó Andrenio.

Y el Ermitaño:

Pues no es de malas; sino de puro buenas. Son tan mortificadas, que echan tierra en lo que comen, no sea barro. Mira qué celosas se muestran éstas; más valiera celadas.

¿Nunca llegamos, dijo Critilo, á ver esta virtud acomodada, esta prelada suave, esta plática bondad?

No tardaremos mucho, respondió el Ermitaño: que ya entramos en el refitorio, donde estará sin duda haciendo penitencia.

Fueron entrando y descubriendo cuerpo y cuerpo y más cuerpo, al fin una mujer toda carne y nada espíritu. Tenía el gesto estragado; mas no el gusto, desmentidor del regalo.

[Marginal: _Engañamundo._]

Y cuanto más amarillo, dice que tiene mejor color.

Hasta el rosario era de palo santo y tenía por estremo, que siempre anda por ellos, una muerte para darse mejor vida. Estaba sentada, que no podía tenerse en pie, equivocando regüeldos con suspiros, muy rodeada de novicios del mundo, dándoles liciones de saber vivir.

No me seáis simples, les decía; aunque lo podéis mostrar. Que es gran ciencia saber mostrar no saber. Sobre todo os encomiendo el recato y el no escandalizar.

Ponderábales la eficacia de la apariencia.

Aquí está todo en el bienparecer, que ya en el mundo no se atiende á lo que son las cosas; sino á lo que parecen. Porque, mirad, decía, unas cosas hay que ni son ni lo parecen y ésa es ya necedad. Que, aunque no sea de ley, procure parecerlo. Otras hay que son y lo parecen y eso no es mucho. Otras que son y no parecen y ésa es la suma necedad. Pero el gran primor es no ser y parecerlo. Eso sí que es saber. Cobrad opinión y conservadla, que es fácil. Que los más viven de crédito. No os metáis en estudiar; pero alabaos con arte. Todo médico y letrado han de ser de ostentación. Mucho vale el pico: que hasta un papagayo, porque le tiene, halla cabida en los palacios y ocupa el mejor balcón. Mirá que os digo que, si sabéis vivir, os sabréis acomodar y sin trabajo alguno, sin que os cueste cosa. Sin sudar ni reventar, os he de sacar personas. Por lo menos que lo parezcáis, de modo, que podáis ladearos con los más verdaderos virtuosos, con el más hombre de bien. Y si no, tomad ejemplo en la gente de autoridad y de experiencia y veréis lo que han aprovechado con mis reglas y en cuán grande predicamento están hoy en el mundo ocupando los mayores puestos.

Estaba tan admirado Andrenio, cuan pagado de tan barata felicidad, de una virtud tan de balde, sin violencias, sin escalar montañas de dificultades, sin pelear con fieras, sin correr agua arriba, sin remar ni sudar. Trataba ya de tomar el hábito de una buena capa, para toda libertad y profesar de hipócrita, cuando Critilo, volviéndose al Ermitaño, le preguntó:

Díme, por tu vida larga, si no buena, ¿con esta virtud fingida miremos nosotros conseguir la felicidad verdadera?

¡Oh, pobre de mí!, respondió el Ermitaño: en eso hay mucho que decir. Quédese para otra sitiada.

CRISI VIII

_Armería del valor._

Estando ya sin virtud el Valor, sin fuerzas, sin vigor, sin brío á punto de espirar, dícese que acudieron allá todas las naciones, instándole hiciese testamento en su favor y les dejase sus bienes.

No tengo otros, que á mí mismo, les respondió. [Marginal: _Testamento del valor._] Lo que yo os podré dejar será este mi lastimoso cadáver, este esqueleto de lo que fuí. Id llegando, que yo os lo iré repartiendo.

Fueron los primeros los italianos, porque llegaron primeros pidieron la testa.

Yo os la mando, dijo. Seréis gente de gobierno, mandaréis el mundo á entrambas manos.

Inquietos los franceses, fuéronse entremetiendo y, deseosos de tener mano en todo, pidieron los brazos.

Temo, dijo, que, si os los doy, habéis de inquietar todo el mundo. Seréis activos, gente de brazo. No pararéis un punto. Malos sois para vecinos.

Pero los ginoveses de paso les quitaron las uñas, no dejándoles ni con qué asir ni con qué detener las cosas. Pero á los españoles les han dado tan valientes pellizcos en su plata, que no hiciera más una bruja, chupándoles la sangre, cuando más dormidos.

Item más, dejo el rostro á los ingleses. Seréis lindos, unos ángeles; mas temo que, como las hermosas, habéis de ser fáciles en hacer cara á un Calvino, á un Lutero y al mismo diablo. Sobre todo, guardaos no os vea la vulpeja, que dirá luego aquello de ¡hermosa fachata, mas sin cerebro!

Muy atentos los venecianos, pidieron los carrillos. Riéronse los demás; pero el Valor:

No lo entendéis, les dijo: dejad, que ellos comerán con ambos y con todos.

Mandó la lengua á los sicilianos y, habiendo duda entre ellos y los napolitanos, declaró que á las dos Sicilias. Á los irlandeses el hígado. El talle á los alemanes.

Seréis hombres de gentil cuerpo; pero mirá que no lo estiméis más que el alma.

La melsa á los polacos, el liviano á los moscovitas. Todo el vientre á los flamencos y holandeses.

Con tal que no sea vuestro Dios.

El pecho á los suecos. Las piernas á los turcos, que con todos pretenden hacerlas y, donde una vez meten el pie, nunca más lo levantan.

Las entrañas á los persas, gente de buenas entrañas.

Á los africanos los huesos, que tengan que roer, como quien son.

Las espaldas á los chinos, el corazón á los japoneses, que son los españoles del Asia, y el espinazo á los negros. [Marginal: _Manda á los Españoles._] Llegaron los últimos los españoles, que habían estado ocupados en sacar huéspedes de su casa, que vinieron de allende á echarlos de ella.

¿Qué nos dejas á nosotros?, le dijeron:

Y él:

Tarde llegáis: ya está todo repartido.

¿Pues á nosotros, replicaron, que somos tus primogénitos qué menos que un mayorazgo nos has de dejar?

No sé ya qué daros. Si tuviera dos corazones, vuestro fuera el primero; pero mirá, lo que podéis hacer es que, pues todas las naciones os han inquietado, revolved contra ellas y lo que Roma hizo antes, haced vosotros después: dad contra todas, repelad cuanto pudiéredes, en fe de mi permisión.

No lo dijo á los sordos. Hanse dado tan buena maña, que apenas hay nación en el mundo, que no la hayan dado su pellizco, y á pocos repelones se hubieran alzado con todo el Valor de pies á cabeza.

Esto les iba exagerando á Critilo y Andrenio á la salida de Francia por la Picardía un hombre, que lo era y mucho. Pues, así como tienen unos cien ojos para ver y otros cien manos para obrar, éste tenía cien corazones para sufrir y todo él era corazón.

¿Saldréis, decía, con cariño de la Francia?

No por cierto, le respondieron, cuando sus mismos naturales la dejan y los estranjeros no la buscan.

[Marginal: _Francia definida._]

¡Gran provincia!, dijo el de los cien corazones.

Sí, respondió Critilo, si se contentase con sí misma.

¡Qué poblada de gentes!

Pero no de hombres.

¡Qué fértil!

Mas no de cosas sustanciales.

¡Qué llana y qué agradable!

Pero combatida de los vientos, de donde se les origina á sus naturales la ligereza.

¡Qué industriosa!

Pero mecánica.

¡Qué laboriosa!

Pero vulgar.

La provincia más popular, que se conoce. ¡Qué belicosos y gallardos sus naturales!

Pero inquietos: los duendes de la Europa en mar y tierra. Son un rayo en los primeros acometimientos y un desmayo en los segundos.

Son dóciles.

Sí; pero fáciles.

Oficiosos.

Pero despreciables y esclavos de las otras naciones. Emprenden mucho y ejecutan poco y conservan nada. Todo lo emprenden y todo lo pierden.

¡Qué ingeniosos! ¡qué vivos! ¡y qué prontos!

Pero sin fondo.

No se conocen tontos entre ellos.

Ni doctos, que nunca pasan de una medianía.

Es gente de gran cortesía.

Mas de poca fe, que hasta sus mismos Enricos no viven esentos de sus alevosos cuchillos.

Son laboriosos.

Así es, al paso que codiciosos.

No me podéis negar que han tenido grandes reyes.

Pero los más de poquísimo provecho.

Tienen bizarras entradas para hacerse señores del mundo.

¡Pero, qué desairadas salidas! Que, si entran á laudes, salen á vísperas.

Acuden con sus armas á amparar cuantos se socorren de ellas.

Es que son los rufianes de las provincias adúlteras.

¿Son aprovechados?

Sí y tanto, que estiman más una onza de plata, que un quintal de honra. El primer día son esclavos; pero el segundo amos, el tercero tiranos insufribles. Pasan de estremo á estremo sin medio: de humanos á insolentísimos. Tienen grandes virtudes y tan grandes vicios, que no se puede fácilmente averiguar cuál sea el rey, y al fin, ellos son antípodas de los españoles.

Pero decidme, ¿cómo fué aquello del Ermitaño? ¿Qué salida dió á la sagaz pregunta de Critilo?

Confesóme que á la virtud aparente no le corresponde premio sólido ni verdadero. Que bien se les puede echar dado falso á los hombres; pero que Dios no es reído. Oyendo esto, hicímonos del ojo y, en viendo la nuestra, tratamos de colgar el mal hábito de fingidos y saltar las bardas de la vil hipocresía.

¡Oh, qué bien hicistes! Porque el gozo del hipócrita no dura un instante entero, es como un punto. Entended una verdad, que de cien leguas se conoce la que es verdadera virtud ó falsa. Está ya muy despabilada la advertencia. Luego le conocen á uno de qué pie se mueve y de cuál cojea. Al paso que el engaño anda metafísico, también la cautela sutil le va á los alcances, y por más capa que tome de bondad, no se le escapa de vicio. La virtud sólida y perfecta es la que puede salir á vistas del cielo y de la tierra. Ésa la que vale y dura, que es tenida por clara y por eterna. La bellísima Virtelia es la que importa buscar y no parar hasta hallarla; aunque sea pasando por picas y por puñales, que ella os encaminará á vuestra Felisinda, en cuya busca toda la vida vais peregrinando.

Animábales mucho á emprender aquel montón de dificultades, que tan acobardado tenía á Andrenio.

Ea, acaba, le decía: que esa tu cobarde imaginación te pinta aquel leonazo del camino muy más bravo de lo que es. Advierte que muchos tiernos mancebos y delicadas doncellitas le han desquijarado.

¿De qué suerte?, preguntó Andrenio.

Armándose primero muy bien y peleando mejor después: que todo lo vence una resolución gallarda.

¿Qué armas son ésas y dónde las hallaremos?

Venid conmigo, que yo os llevaré donde las podréis escoger, si no al gusto, al provecho.

Íbanle ya siguiendo y razonando.

¿Qué importa, decía, sobren armas, si falta el Valor? Eso, más sería llevarlas para el enemigo.

¿De modo, que ya finó el Valor?, preguntó Critilo.

Sí, ya acabó, respondió él. Ya no hay Hércules en el mundo, que sujeten monstruos, que deshagan entuertos, agravios y tiranías; que las hagan, sí; que las conserven, también, obrando cien mil monstruosidades cada día. Un solo Caco había entonces, un embustero sólo, un ladrón en toda una ciudad; y ahora en cada esquina hay el suyo y cada casa es su cueva. Muchos Anteos, hijos del siglo, nacidos del polvo de la tierra. ¡Pues harpías agarradoras, hidras de siete cabezas y de siete mil caprichos, jabalís de su torpeza, leones de su soberbia! Todo está hirviendo de monstruos adocenados, sin hallarse ya quien tenga valor para pasar las columnas de la fortaleza y fijarlas en los fines de los humanos intentos, poniendo término á sus quimeras.

[Marginal: _El valor apurado._]

¡Qué poco duró el Valor en el mundo!, dijo Andrenio.

Poco: que el hombre valiente y aquellas sus camaradas nunca duran mucho.

¿Y de qué murió?

De veneno.

¡Qué lástima!

Si fuera en una inmortal, por tan mortal, batalla de Norlinguen, en un sitio de Barcelona, pase: que un buen fin toda la vida corona; ¿pero de veneno? ¡Hay tal fatalidad! ¿Y en qué se le dieron?

En unos polvos más letíferos, que los de Milán; más pestilentes, que los de un royo, de un malsín, de un traidor, de una madrastra, de un cuñado y de una suegra.

¿Diráslo porque estos valientes siempre acaban levantando polvaredas, que paran en lodos de sangre?

No; sino con toda realidad digo que la malicia humana se ha adelantado de modo, que no deja de obrar á los venideros. Ella ha inventado ciertos polvos tan venenosos y tan eficaces, que han sido la peste y la ruina de todos los grandes hombres. Y desde que éstos corren y aun vuelan, no ha quedado hombre de valor en el mundo. Con todos los famosos han acabado. No hay que tratar ya de Cides ni de Roldanes, como en otros tiempos. Fuera ahora Hércules juguete, viviera Sansón de milagro. Dígoos que han desterrado del mundo la valentía y la braveza.

¿Y qué polvos son esos tan traidores?, preguntó Critilo. ¿Son acaso de basiliscos molidos? ¿De entrañas de víboras destiladas? ¿De colas de escorpiones? ¿De ojos envidiosos ó lascivos? ¿De intenciones torcidas? ¿De voluntades malévolas? ¿De lenguas maldicientes? ¿Hase vuelto á quebrar otra redomilla en Delfos, apestando toda la Asia?

Aún son peores y, aunque dicen componerse de aquel alcrebite infernal, del salitre estigio y de carbones alentados á esternudos del demonio; pero yo digo que del corazón humano, que excede á la intratabilidad de las Furias, á la inexorabilidad de las Parcas, á la crueldad de la guerra, á la tiranía de la muerte. Que no puede ser otro una invención tan sacrílega, tan execrable, tan impía y tan fatal, [Marginal: _Estragos de la pólvora._] como es la pólvora, dicha así, porque convierte en polvo el género humano. Ésta ha acabado con los Héctores de Troya, con los Aquiles de Grecia, con los Bernardos de España. Ya no hay corazón ni valen fuerzas ni aprovecha la destreza. Un niño derriba un gigante, un gallina hace tiro á un león y al más valiente el cobarde, con que ya ninguno puede lucir ni campear.

Antes ahora, dijo Critilo, he oído ponderar que está más adelantado el valor, que antes. Porque ¿cuánto más corazón es menester para meterse un hombre por cien mil bocas de fuego? ¿Cuánto más ánimo para esperar un torbellino de bombardas, hecho terrero de rayos? Ése sí que es valor; que todo lo antiguo fué niñería. Ahora está el valor en su punto, que es en un corazón intrépido; que entonces en un buen brazo, en tener más fuerza que un gañán, en los jarretes de un salvaje.

Engáñase de barra á barra quien tal dice. ¡Qué dictamen tan exótico y errado! [Marginal: _Temeridad valerosa._] Pues ése, que él celebra, no es valor ni lo conoce; no es sino temeridad y locura, que es muy diferente.

Ahora digo, confirmó Andrenio, que la guerra es para temerarios y aun por eso diría aquel gran hombre, tan celebrado de prudente en España, en la primera batalla y la última en que se halló, oyendo zumbir las balas:

¿Es posible, que desto gustaba mi padre?

Y hanle seguido muchos, confirmándose en su opinión tan segura. Siempre oí decir que desde que riñeron la Valentía y la Cordura, nunca más han hecho paz. Aquélla salió de sus casillas á campaña y ésta se apeló el juicio.

No tienes razón, dijo el Valeroso. ¿Qué hiciera la fortaleza, sin la prudencia? Que por eso en la varonil edad está en su sazón, y del valor tomó el renombre de varonil. Es en ella valor lo que en la mocedad audacia y en la vejez recelo. Aquí está en un medio muy proporcionado.

[Marginal: _Armería victoriosa._]

Llegaron ya á una gran casa, tan fuerte como capaz. Dieron y tomaron el nombre: que aquí se cobra la fama. Entraron dentro y vieron un espectáculo de muchas maravillas del valor, de instrumentos prodigiosos de la fortaleza. Era una armería general de todas armas antiguas y modernas, calificadas por la experiencia y á prueba de esforzados brazos, de los más valientes hombres, que siguieron los pendones marciales. Fué gran vista lograr juntos todos los trofeos del valor, espectáculo bien gustoso y gran empleo de la admiración.

Acercaos, decía, reconocé y estimá tanto y tan ejecutivo portento de la fama.

Pero salteóle de pronto un intensísimo sentimiento á Critilo, que le apretó el corazón hasta exprimirle por los ojos. Reparando en ello el Valeroso, solicitó la causa de su pena y él:

¿Es posible, dijo, que todos esos fatales instrumentos se forjaron contra una tan frágil vida? Si fuera para conservarla, estuviera bien: merecían toda recomendación; ¿pero para ofendella y destruilla, contra una hoja, que se la lleva el viento, tantas hojas afiladas ostentan su potencia? ¡Oh, infelicidad humana, que haces trofeo de tu misma miseria!

Señor, los filos deste alfanje cortaron el hilo de la vida á un famoso rey don Sebastián, digno de la vida de cien Néstores. Este otro, la del desdichado Ciro, rey de Persia. Esta saeta fué la que atravesó el lado al famoso rey don Sancho de Aragón y esta otra al de Castilla.

¡Malditos sean tales instrumentos y execrable su memoria! No los vea yo de mis ojos. Pasemos adelante.

Esta tan luciente espada, dijo el Valeroso, fué la celebrada de Jorge Castrioto y esta otra del marqués de Pescara.

Déjamelas ver muy á mi gusto.

Y después de bien miradas, dijo: