El criticón (tomo 2 de 2)

Part 19

Chapter 194,101 wordsPublic domain

Sí, porque ellos se pagan de él. ¿Nunca has oído decir que con el humo de España se luce Roma? ¿Sabes tú qué cosa es tener un caballero humos de título y su mujer de condesa y de marquesa y que les llamen señoría? ¿Humos de mariscal, de par de Francia, de grande de España, de palatino de Alemania, de baiboda de Polonia? ¿Piensas tú que se estiman en poco estas penacheras, tremolando al aire de su vanidad? Con este humo de la honrilla se alienta el soldado, se alimenta el letrado y todos se van tras él. ¿Qué piensas tú que fueron y son todas las insignias, que han inventado, ya el premio, ya la ambición, para distinguirse de los demás, las coronas romanas cívicas ó murales de encina ó grama, las cidaris persianas, los turbantes africanos, los hábitos españoles, las jarreteras inglesas y las bandas blancas? Un poco de humo, ya colorado, ya verde y de todas maneras y en todas partes plausible.

Íbanse encaramando por aquellas alturas y subidas con buen aire y mucho aliento, cuando se sintió un extraordinario ruido dentro en el humoso palacio.

¿Y esto más?, ponderó Andrenio. ¿Sobre humo ruido? Parece cosa de herrería de modo, que ya tenemos dos de aquellas tres cosas, que basta cada una á echar un cuerdo de sus casillas.

También eso, acudió el Vano, es de las cosas más acreditadas y pretendidas en el mundo.

¿El ruido estimado?, replicó Andrenio.

Sí, porque aquí toda es gente ruidosa, todos se pican de hacer ruido en el mundo y que se hable de ellos. Para esto se hacen de sentir y hablan alto, hombres plausibles, hembras famosas, sujetos célebres. Que, si no es de ese modo, no se hace caso de un hombre en el mundo. Que, en no llevando el caballo campanillas ni cascabeles, nadie se vuelve á mirarle, el mismo toro le desprecia. Aunque sea el hombre de más importancia, si no es campanudo, no vale dos chochos. Por docto, por valiente que sea, en no haciendo ruido, no es conocido ni tiene aplauso ni vale nada.

Reforzábase por puntos la vocería, que pareció hundirse el teatro de Babilonia.

¿Qué será esto?, preguntó Critilo. Aquí alguna grande novedad hay.

Es que vitorean algún gran sujeto, dijo el Fantástico.

¿Y quién será el tal? Acaso algún insigne catedrático, algún vitorioso caudillo, decía Andrenio.

No tanto como eso, respondió con mucha risa el Ocioso; en menos se emplean ya los vítores de estos tiempos. No será, sino que habrá dicho alguna chancilla de las que se usan algún farsante ó habrá recitado de buen aire su papel y ésa es la celebridad.

¡Hay tal fruslería!, exclamaron. De modo ¿que éstos son los vítores de agora?

Basta, que se celebra hoy más una chanza, que una hazaña. Todos cuantos vienen de unas partes y otras no traen otro, que referirnos, sino el cuentecillo, el chiste, la chancilla, y con eso pasan y se deslumbran los males. Más sonada es una tramoya, que una estratagema. Solemnizábanse en otro tiempo las graves sentencias, los heroicos dichos de los príncipes y señores; pero ahora la frialdad del truhán y el chiste de la cortesana.

Comenzó á resonar por todas aquellas raridades del aire un bélico clarín, alborozando los espíritus y realzando los ánimos.

¿Qué es esto?, preguntó Andrenio. ¿Á qué toca este noble instrumento, alma del aire, aliento de la fama? ¿Despierta acaso á dar alguna insigne batalla ó á celebrar el triunfo de alguna conseguida vitoria?

Que no será eso, respondió el Ocioso; ya yo adivino lo que es, por la experiencia que tengo. Habrá pedido de beber algún cabo, algún señorazo de los muchos, que aquí yacen.

¿Qué dices, hombre?, se impacientó Critilo. Dí que ha ejecutado alguna inmortal hazaña, dí que ha triunfado gloriosamente, que toca á beber la sangre de los enemigos; y no digas que brinda el otro en el banquete, que es afrenta vil emplear en acciones tan civiles las sublimes trompas del aplauso, reservadas á la heroica fama.

Estaban ya para entrar, cuando se divirtió Andrenio en mirar la ostentosa pompa del arrogante edificio.

¿Qué miras?, dijo el Fantástico.

Miraba, respondió él, y aun reparaba que para ser ésta una casa tan majestuosa y un tanto monta de todas las ilustres casas, con tantas y tan soberbias torres, que dejan muy abajo á las de la imperial Zaragoza y ocupan esas regiones del aire, parece que tiene poco fundamento y ése flaco y falso.

Rióse aquí mucho el Ocioso, que siempre iba picándoles á la retaguardia.

Volvióse Andrenio y en amigable confianza le preguntó si sabía de quién era aquel alcázar y quién le habitaba.

Sí, dijo, y más de lo que quisiera.

Pues dínos, así te vea yo siempre lleno de dejadme estar, ¿quién es el que le embaraza, si no le llena?

Éstos, dijo, son los célebres desvanes de aquella tan nombrada reina, la hija sin padres.

Causóles mayor admiración.

Hija y sin padres ¿cómo puede ser? Contradicción envuelve. Si es hija, padre ha de tener y madre también, que no viene del aire.

Antes sí y dígoos que no tiene ni uno ni otra.

¿Pues de quién es hija?

¿De quién? De la nada y ella lo piensa ser todo y que todo es poco para ella y que todo se le debe.

¡Hay tal hembra en el mundo! ¡Y que no la conozcamos nosotros!

No os admiréis de eso, que os aseguro que ella misma no se conoce y los que más la tratan menos la entienden y viven desconocidos de sí mismos y quieren que todos los conozcan. Y si no, preguntadle de qué se desvanece el otro, no ya el que se levantó del polvo de la tierra, el nacido entre las malvas; sino el más estirado, el que dice se crió en limpios pañales. Á todos cuantos hay, que todos son hijos del barro y nietos de la nada, hermanos de los gusanos, casados con la pudrición. Que, si hoy son flores, mañana estiércol, ayer maravillas y hoy sombras, que aquí parecen y allí desaparecen.

Según eso, dijo Andrenio, ¿esta vana reina es ó quiere ser la hinchadísima Soberbia?

Puntualmente, ella misma. La que, siendo hija de la nada, presume ser algo y mucho y todo. ¿No reparáis qué huecos, qué entumecidos entran todos cuantos vienen, sin tener de qué ni saberse por qué? Antes bien, teniendo muchas causas de confundirse. Que, si ellos oyesen lo que los otros dicen, se hundirían siete estados bajo tierra. Que, como yo suelo ponderar, las más veces entra el viento de la presunción por los resquicios por donde había de salir. Que hacen muchos vanidad de lo que debieran humillación.

Mas id ya reprimiendo la risa, que hallaréis bien donde emplearla.

Entraron y volviendo la mira á todas partes, no hallaban dónde parar. No se veían en toda aquella gran concavidad ni columnas firmes, que la sustentasen, ni salones reales ni cuadras doradas, que la enriqueciesen, como se ven en otros palacios; sino desvanes y más desvanes, huequedades sin sustancia, bóvedas con mucha necedad. Todo estaba vacío de importancia y relleno de impertinencia. Encaminólos el Desvanecido al primer desván tan espacioso y estendido como hueco y al punto los emprendió un cierto personaje, diciéndoles:

Señores míos, cosa sabida es que el señor conde Claros, mi tartarabuelo paterno, casó...

Aguardad, señor, le dijo Critilo: mirad no fuese el conde Oscuros, cuando no hay cosa más escura que los principios de las prosapias. Á Alciato con eso en su Emblema de Proteo, donde pondera cuán oscuros son los cimientos de las casas.

Por línea recta, decía otro, probaré yo descender del señor infante don Pelayo.

Eso creeré yo, dijo Andrenio: que los más linajudos suelen venir de Pelayo en lo pelón, de Laín en lo calvo y de Rasura en lo raído.

Estuvo precioso otro, que hacía vanidad de que en seiscientos años no había faltado varón en su casa, por no decir macho.

Riólo mucho Andrenio y díjole:

Señor mío, eso cualquier pícaro lo tiene. Y si no, veamos los esportilleros ¿descienden acaso de hombres ó de duendes? Desde Adán acá venimos todos de varón en varón, que no de trasgo en trasgo.

Yo, decía una muy desvanecida, en verdad que vengo, y sépalo todo el mundo, de mi señora la infanta doña Toda.

Poco le aprovecha eso, señora doña Calabaza, si vuestra señoría es doña Nada.

Blasonaban muchos su casa de solar y ninguno contradecía. Hombre hubo de tan estraño capricho, que enfilaba su ascendencia de Hércules Pinario; que eso de el Cid y de Bernardo es de ayer. Y le averiguaron, curiosos de enfadados, que no descendía sino de Caco y de su mujer doña Etcétera.

Que no son hidalguillos los míos, decía otra impertinentísima; sino un muy de los gordos.

Y respondiéronla:

Y aun de los hinchados.

¿Qué bravo desván éste?, ponderaba Critilo. ¿No sabríamos cómo le nombran?

Respondiéronle que aquélla era la sala del aire.

Y lo creo, que no corre otro en el mundo.

De la mejor cepa del reino, decía uno.

Según eso, no será de blanco ni tinto; sino moscatel.

Toparon un grande personaje, que estaba sacando un grande árbol de su genealogía, que eso de cepas es niñería. Iba injiriendo ramas de acá y de acullá y, después de haberse enramado mucho, paró todo en hojarascas, sin género de fruto.

Desengáñense, dijo el Jactancioso, que no hay más casa en el mundo que la de Enríquez.

Buena es ésa, respondió el Ocioso; pero aténgome á la de Manrique.

Sí, es más rica.

Lo que solemnizaron mucho fué ver fijar á muchos grandes escudos de armas á las puertas de sus casas, cuando no había un real dentro. Por eso decía aquél que no hay otra sangre que la real y mis armas son reales. En esto de los escudos de armas había donosas quimeras. Porque unos los llenaban de árboles y pudieran de troncos, otros de fieras y pudieran de bestias, de torres de viento muchos y todo era Babilonia. Valía allí un tesoro un cuarto de hierro, porque decían ser vizcaíno, á pesar de el Búho gallego, frío, infausto y de mal pico.

¿No notáis, decía el Poltrón, las colas, que añaden todos á sus apellidos: González de tal, Rodríguez de cual, Pérez de allá y Fernández de acullá? ¿Es posible que ninguno quiere ser de acá?

Procuraban todos injerirse en buenos troncos y de buen tamaño, unos á púa, otros á escudete. Jactábanse algunos descender de las casas de los ricos hombres y era verdad, porque ascendieron primero por los balcones y ventanas.

No se vuelve colorada mi sangre, decía un gentilhombre.

Y respondióle otro:

Pues de verdad que ni de carne de doncella.

No hay cuarto como el real, concluyó Andrenio, y más, si fuere de á ocho.

¡Qué cansado salgo, decía Critilo, del primer desván!

Pues advierte que aún nos quedan muchos y más enfadosos. Dirálo éste.

Era muy ostentoso, porque había en él sitiales, doseles, tronos y troneras.

Aquí habéis de entrar, les dijo el Jactancioso, y ya ceremonioso, haciendo cortesías y zalemas: á tantos pasos una inclinación y á tantos otra, de modo, que á cada paso su ceremonia y á cada razón su lisonja. Como si entrásedes á la audiencia del rey don Pedro el Cuarto de Aragón, llamado el Ceremonioso, por lo puntual y por lo autorizado en el modo del portarse. Aquí veréis las humanidades, afectando divinidades; toparéis adoradas muchas estatuas de insensibilidad. Vieron ya en un estrado una muy desvanecida hembra, que sin título ni realidad, se hacía servir de rodillas y muy mal, porque si aun ministrando el paje con manos y con pies y con toda la acción del cuerpo, se turba y no acierta á hacer cosa, ¿qué será sirviendo á medias, torciendo el cuerpo, doblando la rodilla, en gran daño de los búcaros y vidrios?

Viendo esto, dijo Critilo:

Mucho me temo que estas rodillas de estrado han de venir á parar en rodillas de cocina.

Y realmente fué así, que toda aquella fantasía de adoraciones vino á parar en humillaciones y toda la afectación de grandeza se trocó en confusión de pobreza. Pero lo que les cayó muy en gusto y aun donaire fué ver tres casas llenas de pepitoria de familia, que con un solo título pretendían todos la señoría, unas por tías, otras por cuñadas, los hijos por herederos, las hijas por damas. De modo que entre padres y hijos, tíos y cuñados, llegaban á ser ciento. Y así dijo una harto entendida que aquella señoría parecía ciento en un pie.

Era de reir oirles hablar hueco y entonado y con tal afectación, que aseguran que un cierto gran señor hizo junta de físicos para ver si podrían darle modo cómo hablar por el cogote, para distinguirse del pueblo: que eso de hablar por la boca era una cosa común y vulgar.

Tenían muy medidas las cortesías, ¡ojalá las acciones! contados los pasos, que habían de dar al entrar y al salir, ¡así tuvieran ajustados los que daban en el vicio! Todo su cuidado ponían en los cumplimientos, ¡ojalá en las costumbres! Todo su estudio en estos puntos, metiendo en ello grandes metafísicas, á quién habían de dar asiento y á quién no, dónde y á qué mano: que, si no fuera por esto, no supieran muchos cuál era su mano derecha. Causóle gran risa á Andrenio, haciendo gusto del enfado, ver amo, que estaba en pie todo el día, cansado y aun molido, manteniendo la tela de su impertinencia.

¿Por qué no se sienta este señor, preguntó, siendo tan amigo de su comodidad?

Y respondiéronle:

Por no dar asiento á los otros.

¡Hay tal impertinencia! ¡De modo que, porque no se sienten los demás delante dél, él tampoco se sienta delante de ellos! Y es lo bueno que se conciertan los tacaños en darle chasco, yéndose unos y viniendo otros, con que no están en pie media hora, y á él le tienen así todo el día.

¿Y aquel otro por qué no se cubre, que se está helando el mundo?

Porque no se cubran delante dél.

Ésa sí que es una gran frialdad, pues él, como más delicado, estando todo el día descubierto, recoge un romadizo, con que por hacer del grave vendrá á ser el mocoso.

Si daban silla á alguno, después de bien escrupuleada, y el tal quería acercarse para pregonar lo que pedía secreto, sentía que se la detenía el paje por detrás, como diciendo: _non plus ultra_. Y de verdad que las más veces será conveniencia, ya para no sentir el mal olor del afeite, cuidadoso della, ya del achaque, descuidado dél. En esto de las cortesías acontecía desayunarse cada mañana con un par de enfados. Porque había algunos de bravo humor, que se iban todo el día de casa en casa, de estrado en estrado, dándoles valientes sustos, escaseándoles la señoría, cercenándoles la excelencia. Que por eso dijo bien una que la pregmática de poderles dar señoría ó excelencia había sido ciencia para hacerles muchos desaires. Al contrario otro, cuando les iba á hablar, por haberles menester, llevaba consigo un gran saco de borra y, preguntándole para qué aquella prevención, respondió:

De borra de cumplimientos, de paja de lisonjas y cortesías, cuanto quisieren, á hartar: que me cuesta poco y me vale mucho. Y más, cuando voy por mi negocio á pedir ó pretender, vacío mi saco de señorías y llénole de mercedes.

Pero donde fué ya poco la risa y llegó á irrisión, donde Critilo exclamó diciendo: ¡Oh, Demócrito! ¿y dónde estás?, fué al ver la afectada femenil divinidad. Porque, si ellos son vanos, ellas desvanecidas, mas siempre andan por estremos.

No hay ira, dijo el Sabio, sobre la de la mujer.

Y podría añadirse ni soberbia. Sola una tiene desvanecimiento por diez hombres. Bien pueden ser ellos camaleones del viento; pero á fe que son ellas piraustas de la humareda. Estaban endiosadas en tronos de borra, sobre cojines de viento, más huecas que campanas, moviendo aprisa los abanicos, como fuelles de su hinchazón, papando aire, que no pueden vivir sin él. Si caminaban, era sobre corcho. Si dormían, en colchones de viento ó pluma. Si comían, azúcar de viento. Si vestían, randas al aire, mantos de humo y todo huequedad y vanidad. Más profanas, cuando más superiores. Adoradas de los serviles criados, que desta desvanecida adoración les debieron llamar gentiles hombres, que no de su gallardía. No se comunicaban con todas, sino con otras como ellas.

Mi prima la duquesa, mi sobrina la marquesa. En no siendo princesa, no hay que hablar. Traedme la taza del duque, el anis del almirante, visíteme el médico de los príncipes y señores, aunque sea el más matante, recéteme el jarabe del rey, venga ó no venga bien, basta ser del rey; llamadme el sastre de la princesa.

Faltóles la paciencia y pasaron al desván de la Ciencia, que de verdad hincha mucho y no hay peor locura que enloquecer de entendido ni mayor necedad que la que se origina del saber. Toparon aquí raras sabandijas del aire, los preciados de discretos, los bachilleres de estómago, los doctos legos, los conceptistas, las cultas resabidas, los miceros, los sabiondos y dotorcetes; pero á todos ellos ganaban en tercio y quinto de desvanecimiento los puros gramáticos, gente de brava satisfacción. Y así decía uno que él bastaba á inmortalizar los hombres con su estilo y hacer emes con su pluma. Decía ser el clarín de la fama, cuando todos le llamaban el cencerro del orbe.

¡Ver éstos, ponderaba Critilo, cuando estampan algún mal librillo, la audacia con que entran, la satisfacción con que hablan! ¡Mal año para Aristóteles con todas sus metafísicas y á Séneca con sus profundidades!

Achaque también de poetillas intrépidos, cuando desconfía Virgilio y manda quemar su inmortal Eneida y el ingenioso Bocalini comienza en su Prólogo recelando. Pues oir un astrólogo, el desvanecimiento, con que habla en un pronostiquillo de seis hojas y seis mil disparates, como si fuese el mejor tomo del Tostado.

Aquí hallaron los Narcisos del aire, que pareció novedad. Porque los de los cristales, los pasados por agua, son ya vistos, aunque no vistosos. ¡Qué bien glosaban ellos mismos á todo lo que decían y las más veces era un disparate!:

¿Digo algo?

Arqueando las cejas.

¿No os parece que dije bien?

Dictaba uno de estos, que se escuchan, un memorial para el rey y díjole al escribiente, que no llegaba á secretario:

Escribí, señor.

Y no bien hubo escrito esta sola palabra, cuando le dijo:

Leed.

Leyó _señor_ y él, cayéndosele la baba, comenzó á exclamar:

Qué bien, señor, bien, mil veces bien.

Había muchos déstos, que como si echaran preciosidades por la boca, peores que los que miran en el lienzo lo que arrojan por las narices, á cada palabra hacían pausa, solicitando el aplauso. Y si el oyente ó enfadado ó frío se les escusaba, ellos mismos le acordaban el descuido:

¿Qué os parece? ¿No estuvo bien dicho?

Pero los rematados eran algunos oradores, que en puesto tan grave y alto decían:

¡Esto sí que es discurrir! Aquí, aquí ingenios míos, de puntillas, de puntillas.

Cuando menos se tenía lo que decían, cuando menos subsistía el conceptillo.

Y así decía uno déstos:

Séneca dijo esto; pero más diré yo.

¡Hay necedad más garrafal!, glosó Andrenio. ¡Qué esto pueda decir un blanco!

Dejadlo, que es andaluz, dijo otro, ya tienen licencia.

Esto dificultan los sabios, proseguía; yo daré la solución, yo lo diré y más y más.

Juro por vida de la cordura, exclamó Critilo, que sueñan todos éstos en opinión de juicio y que dijo bien aquel gran monarca, habiendo oído á uno déstos:

Traedme quien ore con seso.

Y á otro semejante le apodó buñuelo de viento.

Lástima es, ponderaba Critilo, que no haya un avisado avisador, que tuerza la boca, guiñe el ojo, doble el labio y se ageste de licenciado de Salamanca. Pero ya Momo anda á sombra de tejado y campea en su lugar el aplauso, cabeceando á lo necio, con la simplicísima lisonja, aquella hermosa, que basta á desvanecer al mismo bruto de Apuleyo.

Señores, ponderaba Andrenio, que á los grandes hombres no les pese de haber nacido, que los entendidos quieran ser conocidos, súfraseles; pero que el nadilla y el nonadilla quieran parecer algo y mucho, que el niquilote lo quiera ser todo, que el villanón se ensanche, que el ruincillo se estire, que el que debría esconderse quiera campear, que el que tiene por qué callar blasfeme, ¿cómo nos ha de bastar la paciencia?

Pues no hay sino tenerla y prestarla, dijo el Jactancioso. Que aquí no hay hombre sin penacho ni hembra sin garzota. Y muchos con penacheras de tornear de á doce palmos en alto y los avestruces baten las mayores, porque dicen les vienen nacidas. Y es de notar que, cuando parecían irlos dejando caer, los echan hacia atrás, haciendo cola de las que fueron crestas. Atended cuáles andan todos los pequeños de puntillas para poder ser vistos, ayúdanse de ponlevíes, ya para hacer ruido, ya para ser mirados. Hombrean aquéllos y alargan el cuello para ser estimados. Los otros hacen de los graves muy hinchados con fuelles de lisonja y desvanecimiento. Précianse éstos de muy apersonados y de tener gentil fachada, porque los exprimidos dicen no valer nada, gente de poca sustancia.

¡Oh lo que importa la buena corpulencia!, decía uno de ellos, que da autoridad, no sólo para con el vulgo, sino para con un Senado: que los más son superficiales. Suple mucha falta de alma: que un abultado tiene andado mucho para parecer hombre de autoridad. Gran hombre y gran nombre prometen gran persona: que hace mucho ruido lo campanudo y parece gran cosa lo abultado.

¿Qué hiciera el mundo sin mí?, pasaba diciendo un mochillero y no era español.

Mas luego pasó otro, que lo era, y decía:

Nosotros nacimos para mandar.

Paseaba un mal gorrón, paseando la mano por el pecho, y decía:

¡Qué arzobispo de Toledo se cría aquí! ¡Qué patriarca!

Yo seré un gran médico, decía otro, que tengo buen talle y mejor parola.

No faltaba en Italia soldado español, que no fuese luego don Diego y don Alonso. Y decía un italiano:

¿_Signori, en España quién guarda la pécora_?

Andá, le respondió uno, que en España no hay bestias ni hay vulgo como en las demás naciones.

Llegaron actualmente á darle la enhorabuena á un cierto personaje de harto poca monta, de una merced muy moderada, y respondía:

Pecho hay para todo. Dándose en él dos palmadas. Procedía otro muy á lo fantástico, hinchando los carrillos y soplando.

Á éste, dijo Andrenio, sin duda que no le cabe el viento y humo en los cascos, cuando se le rezuma por la boca.

Pasó en esto otro con un gran tizón en la mano, humeando ambos.

¿Quién es éste?, preguntaron. Y respondiéronles:

Éste es el que pegó fuego al célebre templo de Diana. En efecto, no más de porque se hablase dél en el mundo.

¡Oh mentecato!, dijo Critilo. ¿Pues no advirtió que todos le habían de quemar la estatua y que su fama había de ser funesta?

Que no se le dió á él nada de eso; no pretendió mas de que se hablase dél en el mundo, fuese bien ó mal. ¡Oh cuántos han hecho otro tanto, abrasando las ciudades y los reinos, no más de porque se hablase de ellos, pereciendo su honra, pero no su infamia! ¡Cuántos y cuántos sacrifican sus vidas al ídolo de la vanidad, más bárbaros que los caribes, exponiéndose á los choques y á los asaltos, no más de por andar en las gacetas, embarazando las cartas novas!

¡Qué caro ruido!, ponderaba Critilo: dígole sonada necedad.

Pero no se admiraron ya de haber visto todos estos imaginarios espacios, con caramanchones de la loca fantasía, desde el un cabo del mundo al otro, comenzando por Inglaterra, que es el estremo del desvanecimiento y aun de toda monstruosidad, compitiendo la belleza de sus cuerpos con la fealdad de sus almas. No estrañaron ya el desván de los necios linajudos ni el de los poderosos altivos por verse en alto, el de los hinchados sabios, de las insufribles hembras, con todos los demás. El que les hizo grande novedad fué uno, llamado el desván viejo, lleno de ratones ancianos, muy autorizados de canas y de calvas.

Basta, dijo Andrenio, que yo siempre creí que el encanecer era un rezumarse el mucho seso; y agora conozco que en los más no es sino quedárseles el juicio en blanco.

Escucharon lo que conversaban y hallaron que todo era jactarse y alabarse.

En mi tiempo, decía uno, cuando yo era, cuando yo hacía y acontecía, entonces sí que había hombres; que agora todos son muñecas.

Yo conocí, yo traté, decía otro, ¿no os acordáis de aquel gran maestro, el otro famoso predicador, pues aquel gran soldado? ¡Qué grandes hombres había en todo género de cosas! ¡Qué mujeres! Más valía una de entonces, que un hombre de agora.