El criticón (tomo 2 de 2)

Part 16

Chapter 164,185 wordsPublic domain

¡Qué bien lo entiendes! Ésos, nosotros no los vemos, que allí no hay que ver, pues todo paró en tierra, en polvo, en nada. Los vivos son los que á mí me espantan; que los muertos nunca me dieron pena. Los verdaderos muertos, que nosotros vemos y huímos, son los que andan por su pie.

Si muertos, ¿cómo andan?

Ahí verás que andan entre nosotros y arrojan pestilencial olor de su hedionda fama, de sus gastadas costumbres. Hay muchos ya podridos, que les huele mal el aliento; otros, que tienen roídas las entrañas, hombres sin conciencia, hembras sin vergüenza, gente sin alma; muchos, que parecen personas y son plazas muertas. Todos éstos sí que me causan á mí grande horror y tal vez se me espeluzan los cabellos.

¿Según esto, replicó Critilo, también debes de ver lo que se cocina en cada casa?

Sí, y á fe, muchos malos guisados. Veo maldades emparedadas que se cometen en los más escondidos retretes, fealdades arrinconadas que se echan luego á volar por las ventanas y andan de corrillo en corrillo corriendo á sus avergonzados dueños. Sobre todo, yo veo si uno tiene dinero y me río muchas veces de ver que algunos los tienen por ricos, por hombres adinerados y poderosos y yo sé que es su tesoro de duendes y sus baúles como los del Gran Capitán y aun sus cuentas. Á otros veo tenerlos por unos pozos de ciencia y yo llego y miro y veo que son secos. Pues de bondad, asegúroos que no veo la mitad. Así que no hay para mi vista cosa reservada ni escondida. Los billetes y las cartas, por selladas que estén, las leo y atino lo que contienen, en viendo para quién van y de quién vienen.

Ahora no me espanto, decía Critilo, que oigan las paredes y más las de palacio, entapizadas de orejas. Al fin todo se sabe y se huele.

¿Qué ves en mí?, le preguntó Andrenio. ¿Hay algo de sustancia?

Eso no diré yo, respondió el Zahorí, porque, aunque todo lo veo, todo lo callo, que quien más sabe suele hablar menos.

Procedían gustosamente embelesados, viéndole hacer maravillosas experiencias, cuando descubrieron á un lado del camino un estraño edificio, que en lo encantado parecía palacio y en lo ruidoso casa de contratación y en lo cerrado brete. No se le veían ventanas, ni puertas.

¿Qué diptongo de estancia es ésta?, preguntaron.

Y el Zahorí:

Éste es el escándalo mayor.

Pero al decir eso salió dél sin que advirtiese cómo ni por dónde un monstruo, sobre raro, formidable, mezcla de hombre y caballo, de aquellos que los antiguos llamaban centauros. Éste en dos brincos estuvo sobre ellos y, formando algunos caracoles, se fué arrimando á Andrenio y, asiéndole de un cabello, que para ocasión basta y para afición sobra, metióle á las ancas de aquel su semicaballo con alas, que todos los males vuelan, y en un instante dió la vuelta para su laberinto corriente y confusión al uso. Dieron voces los camaradas; mas en vano, porque dejaba atrás el viento y del mismo modo que saliera, sin saberse cómo ni por dónde, le metió allá, dejándole muy encastillado en nuevas monstruosidades.

¡Hay tal violencia!, se lamentaba Critilo. ¿Qué casa ó qué ruina es ésta?

Y el Zahorí suspirando le respondió:

No es edificio, sino desedificación de tanto pasajero, casa hecha á cien malicias, bajío de la vejez, seminario de embustes y, para decirlo de una vez, éste es el palacio de Caco y de sus secuaces, que ya no habitan en cuevas.

Diéronle muchas vueltas, sin poder distinguir la frente del envés. Rodeáronle todo muchas veces, sin poderle hallar entrada ni salida. Sonaban y aun tonaban los de dentro y aseguraba Critilo que sentía la voz de Andrenio, mas no percibía lo que decía ni descubría por donde podía haber entrado, afligiéndose en gran manera y desconfiando de poder penetrar allá.

Ten pecho y espera, le dijo el Zahorí, y advierte que con gran facilidad habemos de entrar bien presto.

¿Cómo, si no se le conocen entradas ni salidas ni un resquicio ni una rendrija?

Ahí verás el primor de la industria cortesana. ¿No has visto tú entrar á muchos en los palacios sin saberse cómo ni por dónde y apoderarse de ellos y llegar á mandarlo todo? ¿No viste en Inglaterra introducirse un hijo de un carnicero á hacer carnicería de sangre noble, en Francia un cierto Noves á llevar al retortero los mismos pares? Nunca has oído preguntar á algunos simples: Señores ¿cómo entró aquél en Palacio, cómo consiguió el puesto y el empleo, con qué méritos por qué servicios? Y todo hombre encoge los hombros, cuando ellos se desencogen y hombrean. Yo tengo de introducirte en él.

¿Cómo, no siendo mozo vergonzoso ni venturoso?

Pues tú has de entrar como Pedro por Huesca.

¿Qué Pedro fué ése?

El famoso que la ganó.

He, que no veo puerta ni ventana.

No faltará alguna, que los que no pueden por las principales, entran por las escusadas.

Aun ésas no descubro.

Alto, entra por la de los entremetidos, que son los más.

Y realmente fué así, que entraron allá con grande facilidad entremetiéndose.

Luego que se vieron dentro, comenzaron á discurrir por el embustero palacio, notando cosas bien raras, aunque muy usadas en el mundo. Oían á muchos y á ninguno veían ni sabían con quién hablaban.

¡Estraño encanto!, ponderaba Critilo.

Has de saber, le dijo el Zahorí, que en entrando acá los más se vuelven invisibles, todos los que quieren y obran sin ser vistos. Verás cada día hacerse malos tiros y esconder la mano, tirar guijarros sin atinar de dónde vienen y echar voz que son duendes. Lo más se obra bajo manga. Hacen la copla y no la dicen. Mas, como yo tengo en estos ojos un par de viejas, en vez de niñas, todo lo descubro, que en eso consiste mucho el ser Zahorí. Sígueme, que has de ver bravas tramoyas y raros modos de vivir, no olvidando el descubrir á Andrenio.

Introdújole en el primer salón desahogadamente capaz. Tendría cuatrocientos pasos de ancho, como dijo aquel otro duque, exagerando uno de sus palacios. Y riéndose los otros señores, que le escuchaban, le preguntaron:

¿Pues cuánto tendrá de largo?

Aquí él queriendo reparar su empeño, respondió:

Tendrá algunos ciento y cincuenta.

Estaba todo él coronado de mesas francesas con manteles alemanes y viandas españolas, muchas y muy regaladas, sin que viese ni supiese de dónde salían ni cómo venían; sólo se veían de cuando en cuando unas blancas y hermosas manos, con sus dedos coronados de anillos, con macetas de diamantes, muchos finos, los más falsos, que por el aire de su donaire servían á las mesas los regalados platos. Íbanse sentando á las mesas los convidados ó los comedores. Descogían los paños de mesa; mas no desplegaban sus labios. Comían y callaban, ya el capón, ya la perdiz, el pavo y el faisán, á costa de sus fénix, sin costarles un maravedí y cuando más una blanca, sin meterse en averiguar de dónde salía el regalo ni quién lo enviaba.

¿Quién son éstos, preguntó Critilo, que comen como unos lobos y callan como unos borregos?

Éstos, le respondió su veedor Zahorí, son los que de nada tienen asco, los que sufren mucho.

Pues moscas en la delicada honra, ¿qué tienen que sufrir los que están tan regalados?

Y aun por eso.

¿De dónde sale tanta abundancia, Zahorí mío?

De la copia de Amaltea; pero déjalos, que todo esto es un encanto de mediterráneas sirenas.

Pasaron á otra mesa y allí vieron comer á otros muy buenos bocados, lo mejor que llegaba á la plaza ó á las despensas, la caza reciente, el pescado fresco y exquisito. Y esto sin tener rentas ni juros, aunque sí votos.

Éste sí que es raro encanto, decía Critilo, que coman éstos como unos príncipes, siendo unos desdichados, y, lo que es más, sin tener hacienda, sin censos, sin conocérseles cosa sobre que llueva Dios, sin trabajar ni cansarse, antes holgándose y paseando todos los días. ¿De dónde sale esto, señor Zahorí, vos que lo veis todo?

Aguarda, le respondió, y verás el misterio.

Asomaron en esto unas garras, no de nieve como las primeras, sino de neblí y todas de rapiña, que traían velando, esto es, por el aire, el pichón y el gazapo. Quedó atónito Critilo y decía:

¡Esto sí que es cazar! Ya echan piernas los que uñas y todo es comer por encanto.

¿No has oído contar, le decía el Zahorí, que á algunos les traían de comer los cuervos y los perros?

Sí; pero eran santos y éstos son diablos: aquello era por milagro.

¿Pues esto es por misterio? Mas esto es niñería, respeto de lo que tragan aquellos otros, que están acullá más altos. Acerquémonos y verás los prodigios del encanto. Allí hay hombre que come los diez mil y los veinte mil de renta, que, cuando llegó á meter la mano en la masa y en la mesa, no traía mas que su capa y bien raída.

¡Bravo encanto!

Pues ésos son migajuelas reales. Mira aquellos otros.

Y señalóle unos bien señalados.

Aquéllos sí que tragan, pues, millones enteros.

¡Qué bravos estómagos, oh avestruces de plata!

Dejaron ésta y pasaron á otra sala, que parecía el vestuario, y aquí vieron sobre bufetes moscovitas muchos tabaques indianos con ricas y vistosas galas, lamas de Milán, telas de Nápoles, brocados y bordados, sin saberse quién los cosió ni de dónde venían. Echábase voz que eran para la casta Penélope y servían después para la Tais y la Flora. Decíase que para la honesta consorte y rozábalas la ramera. Todo se hacía invisible, todo noche y todo encanto. Había unas grandes fuentes, que brindaban hilos de perlas á unas y hacían saltar hilo á hilo las lágrimas á otras, á la mujer legítima y á la recatada hija. Chorrillos de diamantes, dichos así con propriedad, porque ya se ha hecho chorrillo del pedir. Salía la otra transformada de Guinea en una India de rubíes y esmeraldas, sin costarle al marido ó al hermano ni aun una palabra.

¿De dónde tanta riqueza, Zahorí mío?

Y él:

¿De dónde? De esas fuentes. Ahí mismo manan. Que por eso se llamaron fuentes, porque son brulladores de perlas entre arenas de oro, riéndose de tanto necio.

Llegaban los maridos y vestían muy á lo príncipe. Calzábanse el sombrero de castor á costa del menos casto. Sacaban ellas las randas al aire de su loca vanidad y todo paraba en aire. Aquí toparon el caballero del milagro y, no uno solo, sino muchos de aquellos que visten y comen, pasean y campan, sin saberse cómo ni de qué.

¿Qué es esto?, decía Critilo. ¿Al que tiene lucida hacienda, rentas pingües, juros y posesiones, le pone grima el vivir, el poder pasar; y éstos, que no tienen dónde caer muertos, lucen, campan y triunfan?

¿No ves tú, respondía el Zahorí, que á éstos nunca se les apedrean las viñas, jamás se les anieblan las hazas, no les llevan las avenidas los molinos, no se les mueren los ganados, por maravilla tienen desgracia alguna y así viven de gracia y chanza?

Lo que fué mucho de ver, la sala de los presentes, que no de los pasados. Y aquí notaron los raros modos por donde venían los sobornos, los varios caminos por do llegaban los cohechos, la lámina preciosa por devoción, la pieza rica por cosa de gusto, la vajilla de oro por agradecimiento, el cestillo de perlas por cortesía, la fuente de doblones para alegrar la sangría, vaciando las venas y llenando la bolsa, los perniles para el unto, los capones para regalo y los dulces por chuchería.

Señor Zahorí, decía Critilo, ¿cómo es esto, que los presentes antes estaban helados y ahora vienen llovidos?

He, le respondía, ¿no veis que las cargas siguen á los cargos? Y es de notar que todo venía por el aire y en el aire.

Raro palacio es éste, censuraba Andrenio, que sin cansarse los hombres, coman y beban, vistan y luzgan á pie quedo y á manos holgadas. ¡Valiente encanto! Y porfiaban algunos que no hay palacios encantados y se burlan y ríen, cuando los oyen pintar. De ellos me río yo, aquí los quisiera ver.

Lo que á mí más me admira, decía Critilo, es ver cómo se hacen las personas invisibles, no sólo los pequeños y los flacos, que eso no sería mucho, pero los muy grandes y que lo son mucho para escondidos; no sólo los flacos y exprimidos, pero los gordos y los godos, que no se dejan ver ni hablar ni parecen. En habiendo menester alguno que os importe, no le toparéis ni hay darle alcance: nunca están en casa. Y así decía uno:

¿No come ni duerme este hombre, que á ninguna hora le topo?

¿Pues qué, si ha de pagar ó prestar? No le hallaréis en todo el año. Hombre había, que se le sentía hablar y se negaba y él mismo decía:

Decidle que no estoy en casa.

Las mujeres entre mantos de humo envolvían mucha confusión y se hacían tan invisibles, que sus mismos maridos las desconocían y los propios hermanos, cuando las encontraban callejeando. Corrían voces, dejando á muchos muy corridos, y no se sabía quién las echaba ni de dónde salían; antes decían todos:

Esto se dice; no me deis á mí por autor.

Publicábanse libros y libelos, pasando de mano en mano, sin saberse el original. Y había autor, que, después de muchos años enterrado, componía libros y con harto ingenio, cuando no había ya ni memoria dél. Entremetiéronse en los más íntimos retretes, alcobas y camarines, donde toparon varias sombras de trasgos y de duendes, nocturnas visiones, que, aunque se decía no hacían daño, no era pequeño el robar la fama y descalabrar la honra. Andaban á escuras buscando los soles, los trasgos tras los ángeles. Aunque decía bien uno que las hermosas son diablos con caras de mujeres y las feas son mujeres con caras de diablos. Mas en esto de duendes los había estremados, que arrojaban piedras crueles, tirando al aire y aun al desaire, que abrían una honra de medio á medio. Y era de notar que las más locas acciones se obraban bajo cuerda, sin poder atinar con el intento ni el brazo: que fueron siempre muy otros los títulos, que se dan á las cosas, de los verdaderos motivos por que se hacían. Caían muchas habas negras, que mascaraban mucho á muchos, sin atinar quién las echaba. Y tal vez salían de la mano del más confidente. Y así aconsejaba bien el sabio á no comerlas, por ser de perversa digestión y mal alimento.

Agora verás, le dijo el Zahorí, á vista de tal confusión de invisibilidades, si tuvo razón aquel otro filósofo, aunque se burlaron dél y hicieron fisga los más bachilleres.

¿Y qué decía el tal estoico?

Que no había verdaderos colores en los objetos. Que el verde no es verde ni el colorado, colorado; sino que todo consiste en las diferentes disposiciones de las superficies y en la luz que las baña.

¡Rara paradoja!, dijo Critilo.

Y el Veedor:

Pues advierte que es la misma verdad y así verás cada día que de una misma cosa uno dice blanco y otro negro. Según concibe cada uno ó según percibe, así le da el color que quiere, conforme al afecto y no al efecto. No son las cosas mas de como se toman. Que de lo que hizo admiración Roma hizo donaire Grecia. Los más en el mundo son tintoreros y dan el color que les está bien al negocio, á la hazaña, á la empresa y al suceso. Informa cada uno á su modo: que según es la afición, así es la afectación. Habla cada uno de la feria, según le fué en ella. Pintar como querer. Que tanto es menester atender á la cosa alabada ó vituperada, como al que alaba ó vitupera. Ésta es la causa que de una hora para otra están las cosas de diferente data y muy de otro color. ¿Pues qué es menester ya para hacer verbo de lo que se habla y de lo que se dice y de lo que corre? Aquí es el mayor encanto. No hay poder averiguar cosa de cierto. Así que es menester valerse del arte de discurrir y aun adivinar y no porque se hable en otra lengua que la del mismo país; pero con el artificio del hacer correr la voz y pasar la palabra, parece todo algarabía.

Había al revés otros, que se hacían invisibles á ratos, el día que más eran menester en el trabajo, en la enfermedad, en la prisión, en la hora de hacer la fianza. Olían los males de cien leguas y huían de ellos otras tantas; pero pasada la borrasca, se aparecían como santelmos. Á la hora del comer se hacían muy visibles y más, si olían el capón de leche ó de Caspe, en la huelga, en el merendón, al dar barato, que no había librarse dellos; al punto se los hallaba un hombre al lado y en todas partes.

Sin duda, decía Critilo, que éstos son demonios meridianos, pues todo el día andan asombrados y á la hora del comer se nos comen por pies. Cuando más son menester, se ocultan y, cuando menos, se aparecen.

Sentían gorjear á Andrenio; mas sin verle. Que, en entrando allí, se había hecho invisible, muy hallado con el encanto, cuando más perdido en el común embeleco. Sentía Critilo en no atinar con él ni percibir de qué color estaba ni en qué pasos andaba, porque todos afectaban el negarse al conocimiento ajeno, que es tahurería el no jugar á juego descubierto. Hasta el hijo se celaba al padre y la mujer se recelaba del marido, el amigo no se concedía todo al mayor amigo. Ninguno había, que en todo procediese liso ni aun con el más confidente. Era muy aborrecida la luz, de unos por lo hipócrita, de otros por lo político, por lo vicioso y maligno. Maleábase Critilo de no poder dar alcance á su buscado Andrenio, descubriendo su nuevo modo de vivir de tramoya.

¿De qué sirve, le decía á su camarada perspicaz, el ser zahorí toda la vida, si en la ocasión no nos vale? ¿Qué haces, si aquí no penetras?

Pero consolóle, ofreciéndole descubrirle bien presto y aun á dar en tierra con todo aquel encanto embustero. Pero quien quisiere ver el cómo y aprender á desencantar casas y sujetos, que lo habrá tal vez menester y le valdrá mucho, estienda la paciencia, si no el gusto, hasta la otra Crisi.

CRISI VI

_El saber reinando._

No hay maestro que no pueda ser discípulo, no hay belleza que no pueda ser vencida. El mismo sol reconoce á un escarabajo la ventaja del vivir. Excédenle, pues, al hombre en la perspicacia el lince, en el oído el ciervo, en la agilidad el gamo, en el olfato el perro, en el gusto el jimio y en lo vivaz la fénix. Pero entre todas estas ventajas, la que él más codició fué aquella del rumiar, que en algunos de los brutos se admira y no se imita.

¡Qué gran cosa, decía, aquello de volver á repasar segunda vez lo que la primera á medio mascar se tragó, aquel desmenuzar despacio lo que se devoró apriesa!

Juzgaba ésta por una singular conveniencia y no se engañaba, ya para el gusto, ya para el provecho. Contentóle de modo, que aseguran llegó á dar súplica al soberano Hacedor, representándole que, pues le había hecho uno como epílogo de todas las criadas perfecciones, no le quisiese privar de ésta, que él la estimaría, al paso que la deseaba. Vióse la petición humana en el consistorio divino y fuéle respondido que aquel don por que suplicaba ya se le había concedido anticipadamente desde que naciera. Quedó confuso con semejante respuesta y replicó cómo podía ser, pues nunca tal cosa había experimentado en sí ni platicado. Volviósele á responder advirtiese que con mayores realces la lograba, no en rumiar el pasto material, de que se sustenta el cuerpo, sino el espiritual, de que se alimenta el ánimo. Que realzase más los pensamientos y entendiese que el saber era su comer y las nobles noticias su alimento. Que fuese sacando de los senos de la memoria las cosas y pasándolas al entendimiento. Que rumiase bien lo que sin averiguar ni discurrir había tragado. Que repasase muy despacio lo que de ligero concibió. Piense, medite, cave, ahonde y pondere, vuelva una y otra vez á repasar y repensar las cosas. Consulte lo que ha de decir y mucho más lo que ha de obrar. Así que su rumiar ha de ser el repensar, viviendo del reconsejo muy á lo racional y discursivo.

Esto le ponderaba el Zahorí á Critilo, cuando más desesperado andaba de poder dar alcance á su disimulado Andrenio.

He, no te apures, le decía, que así como pensando hallamos la entrada en este encanto, así repensando hemos de topar la salida.

Discurrió luego en abrir algún resquicio, por donde pudiese entrar un rayo de luz, una vislumbre de verdad. Y al mismo instante ¡oh cosa rara!, que comenzó á rayar la claridad, dió en tierra toda aquella máquina de confusiones. Que toda artimaña, en pareciendo, desaparece. Deshízose el encanto, cayeron aquellas encubridoras paredes, quedando todo patente y desenmarañado. Viéronse las caras unos á otros y las manos tan escondidas á los tiros. Constó del modo de proceder de cada uno. Así que, en amaneciendo la luz del desengaño, anocheció todo artificio. Mas para que se vea cuán hallados están los más con el embuste, especialmente cuando viven dél, al mismo punto, que se vieron desencastillados de aquel su Babel común y que habían dado en tierra con aquel su engañoso modo de pasar, que ya no llegaban á mesa puesta, como solían, con sus manos lavadas y la honra no limpia, luego, que comenzaron á echar menos la gala y la gula, el vestido guisado de buen gusto, sin costarles mas que una gorra, enfurecidos contra el que había ocasionado tanta infelicidad, arremetieron contra el Zahorí, descubridor de su artificio, llamándole enemigo común. Mas él, viéndose en tal aprieto, apretó los pies, digo las alas, y huyóse al sagrado de mirar y callar, voceándoles á los dos camaradas, que ya se habían abrazado y reconocido, tratasen de hacer lo mismo, prosiguiendo el viaje de su vida hacia la Corte del saber coronado, tan encomendada dél y de todos los sabios aplaudida.

¡Qué entrada de Italia ésta!, ponderaba Critilo. ¡Qué de laberintos á esta traza, se nos aguardan en ella! Conviene prevenirnos de cautela, así como hacen los atentos en las entradas de las provincias donde llegan, en España contra las malicias, en Francia contra las vilezas, en Inglaterra las perfidias, en Alemania las groserías y en Italia los embustes.

No les salió vana su presunción, pues á pocos pasos dieron en raro bivio, dudosa encrucijada, donde se partía el camino en otros dos, con ocasionado riesgo de perderse muy al uso del mundo. Comenzaron luego á dificultar cuál de las dos sendas tomarían, que parecían estremos. Estaban altercando al principio con encuentro de pareceres y después de afectos, cuando descubrieron una banda de cándidas palomas por el aire y otra de serpientes por la tierra. Parecieron aquéllas con su manso y sosegado vuelo venir á pacificarlos y mostrarles el verdadero camino con tan fausto agüero, quedando ambos en curiosa expectación de ver por cuál de las dos sendas echarían. Aquí ellas, dejada la de mano derecha, volaron por la siniestra.

Esto está decidido, dijo Andrenio: no nos queda que dudar.

Oh sí, respondió Critilo: veamos por dónde se deshilan las serpientes. Porque advierte que la paloma no tanto guía á la prudencia cuanto á la simplicidad.

Eso no, replicó Andrenio; antes suelo yo decir que no hay ave ni más sagaz ni más política, que la paloma.

¿En qué lo fundas?

En que ella es la que mejor sabe vivir, pues en fe de que no tiene hiel dondequiera halla cabida. Todos la miran con afecto y la acogen con regalo. No sólo no es temida como las de rapiña ni odiada como la serpiente, sino acariciada de todos, alzándose con el agrado de las gentes. Otra atención suya, que nunca vuela, sino á las casas blancas y nuevas y á las torres más lucidas. Pero ¿qué mayor política, que aquella de la hembra? Pues con cuatro caricias, que le hace al palomo, le obliga á partirse el trabajo de empollar y sacar los hijuelos, aviniéndose muy bien con el esposo y enseñando á las mujeres bravas y fuertes á templarse y saberse avenir con sus maridos. Mas donde ella juega de arte mayor es en lo de sus polluelos, que, aunque se los hurten y delante de los ojos se los maten, no por eso se mata ella ni se mete en guerra por defenderlos, no pasa pena alguna; sino que come y vive de ellos. ¿Pues qué diré de aquella espaciosa ostentación, que suele hacer de sus plumas, cambiando visos y brillando argentería? Así que no hay otra razón de estado como la sinceridad y la mansedumbre de la paloma y que ella es la mayor estadista.

Vieron en esto que la otra tropa de serpientes se fué deshilando por la senda contraria de la mano derecha, con que se aumentó su perplejidad.

Éstas sí, decía Critilo, que son maestras de toda sagacidad. Ellas nos muestran el camino de la prudencia. Sigámoslas, que sin duda nos llevarán al Saber reinando.