Part 15
Sucedió puntualmente que al retirarse el Embustero, aquel su diptongo de águila y bestia, tan mentida aquélla, cuan cierta ésta, al mismo instante comenzaron unos y otros á hablar claro:
Juro, decía uno, que no era ingenio; sino un bruto.
¡Qué brava necedad la nuestra!, dijo otro.
Conque se fueron animando todos y decían:
¡Hay tal embuste! De verdad que no le oímos decir cosa, que valiese, y le aplaudimos. Al fin, él era un jumento y nosotros merecemos la albarda.
Mas ya en esto volvía á salir el Charlatán, prometiendo otro mayor portento:
Agora sí, decía, que os propongo no menos, que un famoso gigante, un prodigio de la fama: fueron sombra con él Encélado y Tifeo. Pero también digo que el que le aclamare gigante será de buenaventura, porque le hará grandes honras y amontonará sobre él riquezas, los mil y los diez mil de renta, la dignidad, el cargo, el empleo; mas el que no le reconociere jayán, desdichado dél: no sólo no alcanzará merced alguna; pero le alcanzarán rayos y castigos. ¡Alerta todo el mundo!, que sale, que se ostenta, ¡oh, cómo se descuella!
Corrió una cortina y apareció un hombrecillo, que aun encima de una grulla no se divisara. Era como del codo á la mano, un nonada, pigmeo en todo, en el ser y en el proceder.
¿Qué hacéis, que no gritáis? ¿Cómo no le aplaudís? Vocead, oradores; cantad, poetas; escribid, ingenios; decid todos: _¡el famoso, el eminente, el gran hombre!_
Estaban todos atónitos y preguntábanse con los ojos:
¿Señores, qué tiene éste de gigante? ¿Qué le veis de héroe?
Mas ya la runfla de los lisonjeros comenzó á voz en grito á decir:
¡Sí, sí, el gigante, el gigante, el primer hombre del mundo! ¡Qué gran príncipe tal! ¡Qué bravo mariscal aquél! ¡Qué gran ministro fulano!
Llovieron al punto doblones sobre ellos. Componían los autores, no ya historias, sino panegíricos, hasta el mismo Pedro Mateo. Comíanse los poetas las uñas para hacer pico. No había hombre, que se atreviese á decir lo contrario; antes todos, al que más podía, gritaban:
¡El gigante, el máximo, el mayor!, esperando cada uno un oficio y un beneficio y decían en secreto allá en sus interioridades:
¡Qué bravamente que miento! Que no es crecido, sino un enano. ¿Pero qué he de hacer? Mas no, sino andaos á decir lo que sentís y medraréis. Deste modo visto yo y como y bebo y campo y me hago gran hombre, mas que sea él lo que quisiere. Y aunque pese á todo el mundo, él ha de ser gigante.
Trató Andrenio de seguir el corriente y comenzó á gritar:
¡El gigante, el gigante, el gigantazo!
Y al punto granizaron sobre él dones y doblones y decía:
¡Esto sí que es saber vivir!
Estaba deshaciéndose Critilo y decía:
Yo reventaré, si no hablo.
No hagas tal, le dijo el Descifrador, que te pierdes. Aguarda á que vuelva las espaldas el tal gigante y verás lo que pasa.
Así fué, que al mismo punto, que acabó de hacer su papel de gigante y se retiró al vestuario de las mortajas, comenzaron todos á decir:
¡Qué bobería la nuestra! He, que no era gigante, sino un pigmeo, que ni fué cosa ni valió nada.
Y dábanse el cómo unos á otros.
¡Qué cosa es, dijo Critilo, hablar de uno en vida ó después de muerto! ¡Qué diferente lenguaje es el de las ausencias! ¡Qué gran distancia hay del estar sobre las cabezas ó bajo los pies!
No pararon aquí los embustes del Sinón moderno; antes echando por la contraria, sacaba hombres eminentes, gigantes verdaderos, y los vendía por enanos y que no valían cosa, que eran nada y menos que nada. Y todos daban en que sí y habían de pasar por tales, sin que osasen chistar los hombres de juicio y de censura. Sacó la fénix y dió en decir que era un escarabajo. Y todos que sí, que lo era, y hubo de pasar por tal. Pero donde se acabó de apurar Critilo fué cuando le vió sacar un grande espejo y decir con desvergonzado despejo:
Veis aquí el cristal de las maravillas. ¿Qué tenía que ver con éste el del Faro? Si ya no es el mismo, pues hay tradición que sí y lo atestiguó el célebre don Juan de Espina, que le compró en diez mil ducados y le metió al lado del ayunque de Vulcano. Aquí os le pongo delante, no tanto para fiscal de vuestras fealdades, cuanto para espectáculo de maravillas. Pero es de advertir que el que fuere villano, malnacido, de mala raza, hombre vil, hijo de ruin madre, el que tuviere alguna mancha en su sangre, el que le hiciere feeza su esposa bella, que las más lindas suelen salir con tales fealdades, aunque él no lo supiera, pues basta que todos le miren como al toro, ni los simples ni los necios no tienen que llegarse á mirar, porque no verán cosa. ¡Alto!, que le descubro, que le careo. ¿Quién mira? ¿Quién ve?
Comenzaron unos y otros á mirar y todos á remirar y ninguno veía cosa. Mas, ¡oh, fuerza del embuste!, ¡oh, tiranía del artificio! Por no desacreditarse cada uno, porque no le tuviesen por villano malnacido, hijo de... etc., ó tonto, ó mentecato, comenzaron á decir mil necedades de marca:
Yo veo, yo veo, decía uno.
¿Qué ves?
La misma fénix con sus plumas de oro y su pico de perlas.
Yo veo, decía otro, resplandecer el carbunclo en una noche de Diciembre.
Yo oigo, decía otro, cantar el cisne.
Yo, dijo un filósofo, la armonía de los cielos al moverse.
Y se lo creyeron algunos simples. Hombre hubo, que dijo veía el mismo Ente de razón tan claro, que le podía tocar con las manos.
Yo veo el punto fijo de la longitud del orbe.
Yo, las partes proporcionales.
Y yo las indivisibles, dijo un secuaz de Zenón.
Pues yo, la cuadratura del círculo.
Más veo yo, gritaba otro.
¿Qué cosa?
¿Qué cosa? El alma en la palma. Por señas, que es sencillísima.
Nada es todo eso, cuando yo estoy viendo un hombre de bien en este siglo, quien hable verdad, quien tenga conciencia, quien obre con entereza, quien mire más por el bien público, que por el privado.
Á esta traza decían cien imposibles. Y con que todos sabían que no sabían y creían que no veían ni decían verdad, ninguno osaba declararse, por no ser el primero á romper el yelo. Todos agraviaban la verdad y ayudaban al triunfo de la mentira.
¿Para cuándo aguardas tú, le dijo Critilo á su Descifrador, esa tu habilidad, si aquí no la sacas? Ea, acaba ya de descifrarnos este embeleco al uso. Dínos, por tu vida, ¿quién es este insigne embustero?
Éste es..., le respondió; mas al pronunciar esta sola palabra, al mismo punto que le vió mover los labios el famoso Tropelista, que en todo aquel rato no había apartado los ojos dél, temiendo se les descifrase sus embustes y diese con todo su artificio al traste, comenzó á echar por la boca espeso humo, habiendo antes engullido grosera estopa, y vomitó tanto, que llenó todo aquel claro hemisferio de confusión. Y cual suele la jibia, notable pececillo, cuando se ve á riesgo de ser pescado, arrojar gran cantidad de tinta, que tiene recogida en sus senillos y muy guardada para su ocasión, con que enturbia las aguas y escurece los cristales y escapa del peligro, así éste comenzó á esparcir tinta de fabulosos escritores, de historiadores manifiestamente mentirosos. Tanto, que hubo un autor francés entre éstos, que se atrevió á negar la prisión del rey Francisco en Pavía. Y diciéndole ¿cómo escribía una tan desvergonzada mentira?, respondió:
He, que de aquí á docientos años, tan creído seré yo, como ellos. Por lo menos causaré razón de dudar y pondré la verdad en disputa. Que desta suerte se confunden las materias.
No paraba de arrojar tinta de mentiras y fealdades, espeso humo de confusión, llenándolo todo de opiniones y pareceres, con que todos perdieron el tino y sin saber á quién seguir ni quién era el que decía la verdad, sin hallar á quién arrimarse con seguridad, echó cada uno por su vereda de opinar y quedó el mundo bullendo de sofisterías y caprichos. Pero el que quisiere saber quién fuese este embustero político, prosiga en leer la Crisi siguiente.
CRISI V
_El palacio sin puertas._
Varias y grandes son las monstruosidades, que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana.
Entre todas la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño á la salida. Inconveniente tan perjudicial, que basta á echar á perder todo el vivir.
Porque, si son fatales los yerros en los principios de las empresas, por ir creciendo siempre y aumentándose cuanto más va hasta llegar en el fin á un exorbitante exceso de perdición, errar, pues, los principios de la vida ¿qué será si no un irse despeñando con mayor precipitación de cada día, hasta venir á dar al cabo en un irremediable abismo de perdición y desdicha? ¿Quién tal dispuso y desta suerte? ¿Quién así lo ordenó? Ahora me confirmo en que todo el mundo anda al revés y todo cuanto hay en él es á la trocada.
El Desengaño, para bien ir, había de estar en la misma entrada del mundo, en el umbral de la vida, para que al mismo punto, que el hombre metiera el pie en ella, se le pusiera al lado y le guiara, librándole de tanto lazo y peligro, como le está armado. Fuera un ayo puntual, que siempre le asistiera, sin perderle ni un solo instante de vista. Fuera el numen vial, que le encaminara por las sendas de la Virtud al centro de su felicidad destinada. Pero como, al contrario, topa luego con el Engaño, el primero que le informa de todo al revés, hácele desatinar y le conduce por el camino de la mano izquierda al paradero de su perdición.
Así se lamentaba Critilo, mirando á una y otra parte en busca de su Descifrador, que en aquella confusión universal de humo y de ignorancia, le habían perdido. Mas fuese su suerte que otro, que les estaba oyendo y percibió los estremos de su sentimiento, se fué llegando á ellos y les dijo:
Razón tenéis de quejaros del desconcierto del mundo. Mas no habéis de preguntar quién así lo ordenó, sino quién lo ha desordenado; no quién lo ha dispuesto, sino quién lo ha descompuesto. Porque habéis de saber que el artífice supremo muy al contrario lo trazó de como hoy está, pues colocó el Desengaño en el mismo umbral del mundo y echó el Engaño acullá lejos, donde nunca fuera visto ni oído, donde jamás los hombres le encontraran.
¿Pues quién los ha barajado deste modo? ¿Quién fué aquel tan atrevido hijo de Jafet, que así los ha trastrocado?
¿Quién? Los mismos hombres, que no han dejado cosa en su lugar, todo lo han revuelto de alto á bajo con el desconcierto que hoy le vemos y lamentamos. Digo, pues, que estaba el bueno del Desengaño en la primera grada de la vida, en el zaguán desta casa común del orbe, con tal atención, que en entrando alguno, al punto se le ponía al lado y comenzaba á hablarle claro y desengañarle:
Mira, le decía, que no naciste para el mundo; sino para el cielo. Los halagos de los vicios matan y los rigores de las virtudes dan vida. No te fíes en la mocedad, que es de vidrio. No tienes de qué desvanecerte, le decía al presumido, por tus presentes; vuelve los ojos á tus pasados, reconócelos bien á ellos, para que no te desconozcas á ti. Advierte, le decía al tahur, que pierdes tres cosas, el precioso tiempo, la hacienda y la conciencia. Avisábala de su fealdad á la resabida y de su necesidad á la bella; á los varones de prendas, de su corta ventura, y á los venturosos, de sus pocos méritos; al sabio, de su desestimación y de su incapacidad al poderoso. Al pavón le acordaba el potro de sus pies, y al mismo sol sus eclipses. Á unos su principio, á otros su paradero. Á los empinados su caída y á los caídos su merecido.
Andábase de unos en otros estrellando verdades. Decíale al viejo que tenía todos los sentidos consentidos y al mozo que sin sentir; al español que no fuese tan tardo y al francés que no se moviese tan de ligero; al villano que no fuese malicioso y al cortesano, adulador. No se ahorraba con ninguno. Pues, aunque fuera un gran señor, le avisaba que no le caía bien el _vos_ con todos, que podría tal vez descuidarse con su príncipe y hablarle del mismo modo ó tan sin él. Y á otro, que siempre estaba de chanza, le advirtió que podría ser le llamasen el Duque de Bernardina.
Traía el espejo cristalino del propio conocimiento muy á mano y plantábasele delante á todos. No gustaba desto el malcarado y menos el mascarado ni el tuerto ni el boquituerto, el cano, el calvo. Decíale á uno que le bobeaba el gesto y al otro que tenía ruin fachada. Las feas le hacían malísima cara y las viejas le paraban arrugado ceño.
Hízose con esto malquisto en cuatro días y á cuatro verdades tan aborrecible, que no le podían ver. Comenzaron á darle de mano y aun del pie. Buenos porrazos asentó él de verdades; pero también se llevó malos empellones de enfados. Éste le arrojaba á aquél y aquél al otro de más allá, hasta venir á dar con él en la vejez, acullá en el remate de la vida. Y si pudieran más lejos, aun allí no le dejaran parar.
Al contrario, lisonjeados grandemente del Engaño, aquel plausible hechicero, comenzaron á tirar dél, cada uno hacia sí, hasta traerlo al medio de la vida y de allí poco á poco á los principios de ella. Con él comienzan, con él prosiguen. Á todos les venda los ojos, jugando con ellos á la gallina ciega, que no hay hoy juego más introducido. Todos andan desatinados, dando de ojos de vicio en vicio, unos ciegos de amor, otros de codicia, éste de venganza, aquél de su ambición y todos de sus antojos, hasta que llegan á la vejez, donde topan con el Desengaño.
Él los halla á ellos. Quítales las vendas y abren los ojos, cuando ya no hay que ver. Porque con todo acabaron, hacienda, honra, salud y vida. Y lo que es peor, con la conciencia. Ésta es la causa de estar hoy el Engaño á la entrada del mundo y el Desengaño á la salida, la mentira al principio, la verdad al fin, aquí la ignorancia y acullá la ya inútil experiencia.
Pero lo que más es de ponderar y de sentir, que, aun llegando tan tarde el Desengaño, ni es conocido ni estimado. Como os ha sucedido á vosotros, que habiendo tratado, conversado y comunicado con él, no le habéis conocido.
¿Qué dices, hombre? ¿Nosotros vístole, hablado y comunicado con él? ¿Cuándo y dónde?
Yo os lo diré. ¿No os acordáis de aquel, que todo lo iba descifrando y no se descifró á sí mismo? ¿Aquel que os dió á entender todas las cosas y á él no le conocisteis?
Sí y harto, que yo le suspiro, dijo Critilo.
Pues ése era el Desengaño, el querido hijo de la Verdad, por lo hermoso y lo lucido. Ése, el que causa los dolores, después de haberle sacado á luz.
Aquí hizo estremos de sentimiento Critilo, lamentándose agriamente de que todo lo que más importa no se conoce cuando se tiene, ni se estima cuando se goza y después, pasada la ocasión, se suspira y se desea: la verdad, la virtud, la dicha, la sabiduría, la paz y agora el desengaño.
Al contrario, Andrenio, no sólo no mostró sentimiento, sino positivo gozo, diciendo:
He, que ya nos enfadaba y aun tenía muy hartos de tanta verdad á las claras. ¡Qué buen gusto tuvieron los que supieron sacudir de sí al aborrecible entremetido, mosca importuna! Él podía ser hijo de la verdad; mas á mí me pareció padrastro de la vida. ¡Qué enfado tan continuo! ¡Qué cosa tan pesada! ¡Su desengaño cada día, aquello de desayunarse con un desengaño á secas! No paraba de ir diciendo necedades á título de verdades.
Tú eres un desatinado, le decía al uno sin más ni más.
Y al otro:
Tú eres un simple en seco y sin llover. Tú una necia y tú una fea.
¡Mirá quién le había de esperar, cuando no hay cosa más pesada, que una verdad no pensada! Siempre andaba diciendo:
¡Qué mal hiciste, qué mal lo pensaste, qué mala resolución la tuya!
He, quitádmelo delante, no le vea más de mis ojos.
Lo que yo más siento, ponderaba Critilo, fué el perderle, cuando más le deseaba, cuando había de descifrarnos al mismo Descifrador, que estaba leyendo cátedra de embustes en medio la gran plaza de las apariencias.
¿Pues qué os pareció de aquella afectación de unos en acreditar las cosas y los sujetos, y la vulgaridad de los otros en creerlo? ¿Aquel dar en una opinión tanto necio? Aquélla es la tiranía de la fama hechiza, el monopolio de la alabanza. Apodéranse del crédito cuatro ó cinco embusteros aduladores y cierran el paso á la Verdad con el afectado artificio de que no lo entienden los otros y que es necio el que dice lo contrario. Y así veréis que los ignorantes se lo beben, los lisonjeros lo aplauden y los sabios no osan chistar. Conque triunfa Aragne contra Palas, Marsias contra Apolo. Y pasa la necedad por sutileza y la ignorancia por sabiduría.
¡Oh cuántos autores hay hoy muy acreditados por esta opinión común, sin haber hombre que se les atreva! ¡Cuántos libros y cuántas obras en gran predicamento, que bien examinados no merecen el crédito que gozan! Pero yo me guardaré muy bien de poner nota en quien tiene estrella. ¡Cuántos sujetos sin valor y sin saber son celebrados á esta traza, sin haber hombre, que ose hablar, sino algún desesperado Bocalini!
Si dan en decir que una es linda, lo ha de ser, aunque sea un trasgo. Si dan en que uno es sabio, se saldrá con ello, aunque sea un idiota. Si en que es gran pintura, aunque sea un borrón. Y de éstas toparéis mil vulgaridades. Tal es la tiranía de la afectada fama, la violencia del dar á entender todo lo contrario de lo que las cosas son. De suerte que hoy todo está en opinión y según como se toman las cosas.
Pero ¡qué gran arte aquella del descifrar!, ponderaba Critilo. No sé qué me diera por saberla. Que me pareció de las más importantes para la humana vida.
Sonrióse aquí el nuevo camarada y añadió:
Otra me atrevo yo á comunicaros, harto más sutil y de mayor maestría.
¿Qué dices?, le replicó Critilo. ¿Otra mayor puede hallarse en el mundo?
Sí, respondió, que de cada día se van adelantando las materias y sutilizando las formas. Mucho más personas son los de hoy, que los de ayer y lo serán mañana.
¿Cómo puedes decir eso, cuando todos convienen en que ya todo ha llegado á lo sumo y que está en su mayor pujanza, tan adelantadas todas las cosas de naturaleza y arte, que no se pueden mejorar?
Engáñase de medio á medio quien tal dice, cuando todo lo que discurrieron los antiguos es niñería, respeto de lo que se piensa hoy, y mucho más será mañana. Nada es cuanto se ha dicho con lo que queda por decir. Y creedme, que todo, cuanto hay escrito en todas las artes y ciencias, no ha sido más que sacar una gota de agua del océano del saber. ¡Bueno estuviera el mundo, si ya los ingenios hubieran agotado la industria, la invención y la sabiduría! No sólo no han llegado las cosas al colmo de su perfección; pero ni aun á la mitad de lo que pueden subir.
Dínos por tu vida, así llegue á ser más rancia, que la de Néstor, ¿qué arte puede ser esa tuya? ¿Qué habilidad, que sobrepuje al ver con cien ojos, al oir con cien orejas, al obrar con cien manos, proceder con dos rostros, doblando la atención al adevinar cuanto ha de ser y al descifrar un mundo entero?
Todo eso, que exageras, es niñería, pues no pasa de la corteza. Es un discurrir de las puertas afuera. Aquello de llegar á escudriñar los senos de los pechos humanos, á descoser las entretelas del corazón, á dar fondo á la mayor capacidad, á medir un cerebro, por capaz que sea, á sondar el más profundo interior: eso sí que es algo, ésa sí que es fullería y que merece la tal habilidad ser estimada y codiciada.
Estaban atónitos ambos peregrinos, oyendo tal destreza del discurrir, cuando prorrumpió Andrenio y le dijo:
¿Quién eres, hombre ó prodigio, si ya no eres algún malicioso, algún malintencionado ó algún vecino, que es el que ve más?
Nada de eso soy.
¿Pues qué eres, que no te queda ya que ser, sino algún político ó un veneciano estadista?
Yo soy, dijo, el Veedor de todo.
Explícate, que menos te entiendo.
¿Nunca habéis oído nombrar los zahoríes?
Aguarda, ¿aquel disparate vulgar? ¿Aquella necedad celebrada?
¿Cómo necedad?, les replicó. Zahoríes hay tan ciertos como perspicaces: por señas, que yo soy uno de ellos. Yo veo clarísimamente los corazones de todos, aun los más cerrados, como si fuesen de cristal. Y lo que por ellos pasa, como si lo tocase con las manos: que todos para mí llevan el alma en la palma. Vosotros, los que no gozáis de esta eminencia, asegúroos que no veis la mitad de las cosas ni la centésima parte de lo que hay que ver en el mundo. No veis sino la superficie, no ahondáis con la vista. Y así os engañáis siete veces al día. Hombres al fin superficiales. Pero á los que descubrimos cuanto pasa allá en las ensenadas de una interioridad, acullá dentro en el fondo de las intenciones, no hay echarnos dado falso. Somos tan tahures del discurrir, que brujuleamos por el semblante lo más delicado del pensar. Con sólo un ademán tenemos harto.
¿Qué puedes tú ver, replicó Andrenio, más de lo que vemos nosotros?
Sí y mucho. Yo llego á ver la misma sustancia de las cosas en una ojeada y no solos los accidentes y las apariencias, como vosotros. Yo conozco luego si hay sustancia en un sujeto, mido el fondo que tiene, descubro lo que tira y dónde alcanza, hasta dónde se estiende la esfera de su actividad, dónde llega su saber y su entender, cuánto ahonda su prudencia. Veo si tiene corazoncillo y el que bravos hígados y si se le han convertido en bazo. Pues el seso, yo le veo con tanta distinción, como si estuviese en un vidrio. Si está en su lugar, que algunos le tienen á un lado; si maduro ó verde. En viendo un sujeto, conozco lo que pesa y lo que piensa. Otra cosa más, que he topado muchos, que no tenían la lengua trabada con el corazón ni los ojos unidos con el seso, con dependencia dél. Otros, que no tienen hiel.
¡Qué linda vida pasarán ésos!, dijo Critilo.
Sí, porque nada sienten, de nada se consumen ni melancolizan. Pero, lo que es más de admirar, que hay algunos, que no tienen corazón.
¿Pues cómo pueden vivir?
Antes más y mejor, sin cuidados. Que corazón se dijo del curarse y tener cuidados. Á los tales nada les da pena, no se les viene á consumir, como al célebre duque de Feria, que, cuando llegaron á embalsamarle, le hallaron el corazón todo arrugado y consumido, conque le tenía grande. Yo veo si está sano y de qué color, si amarillo de envidia y si negro de malicia. Percibo su movimiento y me estoy mirando hacia dónde se inclina. Las más cerradas entrañas están á mis ojos muy patentes y descubro si están gastadas ó enteras. La sangre veo en sus venas y advierto el que la tiene limpia, noble y generosa. Lo mismo puedo decir del estómago. Luego conozco qué estómago le hacen á cualquiera los sucesos, si puede digerir las cosas. Y me río las más veces de los médicos, que estará el mal en las entrañas y ellos aplican los remedios al tobillo, procede el mal de la cabeza y recetan el untar los pies. Veo y distingo clarísimamente los humores y el de cada uno, si está ó no de buen humor, observándolo para la hora del despacho y conveniencia; si reina la melancolía, para remitirlo á mejor sazón; si gasta cólera ó flema.
Válgate Dios por zahorí, dijo Andrenio, y lo que penetras.
Pues aguarda, que eso es nada. Yo veo, yo conozco si uno tiene alma ó no.
¿Pues hay quien no la tenga?
Sí y muchos y por varios modos.
¿Y cómo viven?
En diptongo de vida y muerte. Andan sin alma como cántaros y sin corazón como hurones. Y en una palabra, de pies á cabeza, comprendo un sujeto, por dentro y fuera le reconozco y le defino, con que á muchos no les hallo definición. ¿Qué os parece de la habilidad?
Que es cosa grande.
Mas pregunto, dijo Critilo, ¿procede de arte ó naturaleza?
Mi industria me cuesta y advierte que todas estas artes son de calidad, que se pegan platicando con quien las tiene.
Yo la renuncio desde luego, dijo Andrenio; no trato de ser zahorí.
¿Por qué no?
Porque tú no has dicho lo malo que tiene.
¿Qué le hallas tú de malo? ¿No es harto aquello de ver los muertos en sus sepulcros, aunque estén metidos entre mármoles ó siete estados bajo tierra, aquellas horribles cataduras, hormigueros de sabandijas, visiones de corrupción?
Quita allá y líbreme Dios de tan trágico espectáculo, aunque sea de un rey. Dígote que no podría comer ni dormir en un mes.