El criticón (tomo 1 de 2)

Part 9

Chapter 94,023 wordsPublic domain

No te espantes, que destas malas aves dijo una muy aguda necedad Pitágoras, prosiguiendo aquél su opinado disparate, de que Dios castigaba los malos en muerte, trasladando sus almas á los cuerpos de aquellos brutos, á quienes habían simbolizado en vida. Las de los crueles metía á tigres, las de los soberbios á leones, las de los deshonestos á jabalíes y así de todos. [Marginal: _Oficiales._] Dijo, pues, que las almas de los oficiales, especialmente aquellos que nos dejan en cueros, cuando nos visten, las daba á cuervos. Y, como siempre habían mentido, diciendo ¡mañana, señor, estará acabado, para mañana sin falta! ahora, prosiguiendo su misma canción, van repitiendo por castigo y por costumbre aquel su _¡cras, cras!_, que nunca llega.

En lo más interior ya de la ciudad vieron muchos y grandes palacios, muy ostentosos y magníficos.

Aquel primero, les dijeron antes de preguntarlo, es de Salomón. Allí está embelesado entre más de trescientas mujeres, equivocándose entre el cielo y el infierno.

En aquella, que parece fortaleza y no es sino una casa bien flaca, mora Hércules, hilando con Onfale la camisa ó mortaja de su fama.

Acullá Sardanápalo, vestido de mujer y revestido de su flaqueza. Más hacia acá Marco Antonio, el desdichado, por más que le diga la buenaventura una gitana.

En aquel arruinado alcázar no vive, sino que acaba, el godo Rodrigo, desde cuyo tiempo quedaron fatales los condes para España. Aquella otra, la mitad de oro y la mitad de lodo amasado con sangre humana, es la casa áurea de Nerón, el extremado, comenzando por una prodigiosa clemencia y acabando en una portentosa crueldad. Acullá hace ruido el más cruel de los Pedros, que no sólo los dientes, pero todos los huesos está crujiendo de rabia.

Aquellos otros palacios se están fabricando ahora á toda priesa. No se sabe aún para quién son; aunque muchos se lo sospechan. Lo cierto es que se edifican para quien no edifica y estas obras son para los que no las hacen.

Este lado del mundo embarazan los engañados, les dijo uno vestido de verde; aquel otro lo ocupan los engañadores. Aquéllos se ríen de éstos y éstos de aquéllos, que al cabo del año ninguno queda deudor.

[Marginal: _Engañados engañadores._]

Mostró grandes ganas Andrenio de pasar de la otra banda y verlo todo, no estando siempre entre los engañados; pero no topaban otro, que tiendas de mercaderes y muy á oscuras. Unas vendían borra y más borra, para hacer parecer, para suplir faltas, aun de las mismas personas. Otras, cartones para hacer figuras.

Había una llena de pieles de raposa y aseguraban eran más estimadas, que las martas cebellinas. Creyéronlo, cuando vieron entrar y salir en ella hombres famosos, como Temístocles y otros más modernos. Vestíanse muchos de ellas, á falta de pieles de león, que no se hallaban; pero los sagaces servíanse de ellas por aforro de los mismos armiños.

Vieron en una tienda gran cantidad de anteojos para no ver ó para que no viesen. Compraban muchos los señores, para los que los llevan acuestas, con que los tienen quietos y enfrenados. Las casadas los compraban, para que no se viesen sus antojos y hacer creer á los maridos se les antojan las cosas. También había para engrandecer y para multiplicar, de modo que había de viejos y de mozos, de hombres y de mujeres y éstos eran los más caros.

Toparon una tienda llena de corchos, para hacer personas y realmente, aunque se empinaban con ellos y parecían más de lo que eran, pero todo era poca sustancia. Lo que le contentó mucho á Andrenio fué una guantería:

¡Qué gran invención, dijo, ésta de los guantes! Para todo tiempo, contra el calor y contra el frío, defienden del sol y del aire; aunque no sea sino para dar qué hacer á algunos, que en todo el día no hacen otro, que calzárselos y descalzárselos.

[Marginal: _Cazar con guantes._]

Sobre todo, dijo Critilo, para que á poca costa echen buen olor las personas; que de otra suerte cuesta mucho y tal vez un ojo de la cara.

¡Qué bien lo entendéis!, replicó el guantero. Si dijerais que sirven ya para envainar las uñas, que no les puedan mirar á las manos, eso sí. Ni falta quien se los calza para cazar.

¿Cómo puede ser eso, dijo Critilo, si el mismo refrán lo contradice?

No hagáis caso de eso, señor mío, que ya hasta los refranes mienten ó los desmienten. Lo que yo sé decir es que más monta ahora lo que se da para guantes, que en otro tiempo para un vestido.

Dadme acá uno solo, dijo Critilo, que yo quiero asentarlo.

Después de haber pasado las calles de la Hipocresía, de la Ostentación y Artificio, llegaron ya á la plaza Mayor, que era la de palacio, porque estuviesen en su centro.

Era espacioso y nada proporcionado ni estaba á escuadra; todo ángulos y traveses, sin perspectiva ni igualdad. Todas sus puertas eran falsas y ninguna patente. Muchas torres, más que en Babilonia y muy airosas. Las ventanas verdes, color alegre, por lo que promete, y el que más engaña.

Aquí vivía ó aquí yacía aquel tan grande como escondido monarca, que muy entretenido asistía estos días á unas fiestas, dedicadas á engañar el pueblo, no dejándole lugar para discurrir en cosas mayores.

Estaba el príncipe viéndolas bajo celosía, ceremonia inviolable y más este día, que hubo unos juegos de mano, obra de gran sutileza, muy de su gusto y genio: toda tropelía.

Estaba la plaza hecha un gran corral del vulgo, enjambre de moscas en el zumbido y en sentarse en la basura de las costumbres, engordando con lo podrido y hediondo de las morales llagas.

Á tan mecánico aplauso, subió en puesto superior, más descarado que autorizado, cuales suelen ser todos los que sobresalen en las plazas, un elocuentísimo embustero, que después de una bien paloteada arenga, comenzó á hacer notables prestigios, maravillosas sutilezas, teniendo toda aquella innumerable vulgaridad embobada.

Entre otras burlas bien notables, les hacía abrir las bocas y aseguraba les metía en ellas cosas muy dulces y confitadas. Y ellos se lo tragaban. Pero luego les hacía echar cosas asquerosísimas, inmundicias horribles, con gran desaire de ellos y risa de todos los circunstantes. El mismo charlatán daba á entender que comía algodón muy blanco y fino; mas luego, abriendo la boca, lanzaba por ella espeso humo, fuego y más fuego, que aterraba. Tragaba otras veces papel y luego iba sacando muchas cintas de seda, listones de resplandor: y todo era embeleco, como se usa.

Gustó mucho á Andrenio y comenzó á solemnizarlo.

Basta, dijo Critilo; que tú también te pagas de las burlas, no distinguiendo lo falso de lo verdadero.

¿Quién piensas tú que es este valiente embustero?

Éste es un falso político, llamado el Maquiavelo, que quiere dar á beber sus falsos aforismos á los ignorantes. [Marginal: _Maquiavelistas._] ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles muy plausibles y verdaderos? Y bien examinados, no son otro que una confitada inmundicia de vicios y de pecados. Razones, no de estado, sino de establo. Parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su lengua y arroja fuego infernal, que abrasa las costumbres y quema las repúblicas. Aquéllas, que parecen cintas de seda, son las políticas leyes, con que ata las manos á la virtud y las suelta al vicio. Éste es el papel del libro que publica y el que masca: todo falsedad y apariencia, con que tiene embelesados á tantos y tontos. Créeme que aquí todo es engaño; mejor sería desenredarnos presto de él.

Mas Andrenio apelóse al entretenimiento del otro día, que lo publicaron de mucho deporte.

No bien amaneció, que allí aun el día nunca es claro, cuando se vió ocupada toda la plaza de un gran concurso de gente, con que no faltó quien dijo estaba de bote en bote vacía. La fiesta era una farsa con muchas tramoyas y apariencias: célebre espectáculo en medio de aquel gran teatro de todo el mundo. No faltó Andrenio de los primeros para su gusto ni Critilo para su provecho. En vez de la música, ensaladilla del gusto, se oyeron pucheros y, en lugar de los acordes instrumentos y voces regaladas, se oyeron lloros y, al cabo de ellos, si se acaban, salió un hombrecillo, digo que comenzaba á ser hombre. Conocióse luego ser extranjero en lo desarrapado.

Apenas se enjugó las lágrimas, cuando se adelantó á recibirle un grande cortesano, haciéndose muy amigo, dándole la bienvenida. Ofrecióle largamente cuanto pudiera el otro desear en tierra ajena y él no cumplir en la propia, con tal sobra de palabras, que el extranjero se prometió las obras. Convidóle lo primero á su casa, que se veía allí á un lado, tan llena de tramoyas, cuan vacía de realidades. Comenzó á franquearle riquezas en galas, que era de lo que él más necesitaba, por venir desnudo; pero con tal artificio, que lo que con una mano le daba, con la otra se lo quitaba, con increíble presteza. Calábase un sombrero, coronado de diamantes, y prontamente arrojaban un anzuelo, sin saber cómo ni por dónde y pescábanselo con sobrada cortesía. Lo mismo hicieron de la capa, dejándole gentilhombre. Poníale delante una riquísima joya; mas luego con gran destreza se la barajaba, suponiéndole otra falsa, que era tirarle piedras. Estrenábale una gala muy costosa y, en un cerrar y abrir de ojos, se convertía en una triste mortaja, dejándole en blanco.

Y todo esto con grande risa y entretenimiento de los presentes: que todos gustan de ver el ajeno engaño, faltándoles el conocimiento para el propio. Ni advertían que, mientras estaban embelesados, mirando lo que al otro le pasaba, les saqueaban á ellos las faltriqueras y tal vez las mismas capas. De suerte que al cabo, el mirado y los que miraban, todos quedaban iguales, pues quedaban todos desnudos en la calle y aun en la misma tierra.

Salió en esto otro agasajador y, aunque más humano, hechura del primero. Parecía del buen gusto y así le dijo tratase de emplearlo. Mandó parar la mesa á quien nunca para. Sacaron muchos platos; aunque los más comen sin plato. Arrastraron sillas y al punto que el convidado fué á sentarse en una, que no debiera tomarlo tan de asiento, falseóle á lo mejor y, al caer él, se levantó la risa en todo el teatro. Acudió compasiva una mujer y por lo joven muy robusta y, ayudándole á levantar, le dijo se afirmase en su rollizo brazo. Con esto pudo proseguir, si no hallara falsificada la vianda.

Porque al descoronar la empanada, hallaba sólo el eco y del pernil el _nihil_. Las aves sólo tenían el nombre de perdigones, todo crudo y sin sustancia. Al caer se quebró el salero, con que faltó la sazón y el agüero no. El pan, que parecía de flor, era con piedras, que aún no tenía salvados. [Marginal: _Vida tragedia._] Las frutas de Sodoma, sin fruto. Sirviéronle la copa de todas maneras penada, y tanto, que más fué papar viento que beber vino, que fué. En vez de música, era la vaya que le daban.

Á lo mejor del banquete, cansóse ó quiso cansarse el falso arrimo; al fin, por lo femenil, flaco y falso. Dejóle caer y contó al revés todas las gradas, hasta llegar á tierra y llenarse de lodo. Ninguno de cuantos asistían se comidió á ayudarle. Miró él á todas partes, por si alguno se compadecía y vió cerca un viejo cano. Rogóle que, pues no era hombre de burlas, como lo prometía su madurez, quisiese darle la mano. Respondióle que sí y aun le llevaría en hombros. Ejecutólo oficioso; mas él se hacía cojo, cuando no volaba, y no menos falso que los demás.

Á pocos pasos tropezó en su misma muleta, con que cayó en una encubierta trampa de flores y verduras, gran parte de la fiesta. Aquí lo dejó caer, cogiéndole de vuelo la ropa, que le había quedado; allí se hundió, donde nunca más fué visto ni oído, pereciendo su memoria con sonido, pues se levantó la grita de todo aquel mecánico teatro. Hasta Andrenio dando palmadas solemnizaba la burla de los unos y la necedad del otro.

Volvióse hacia Critilo y hallóle, que no sólo no reía, como los demás; pero estaba sollozando.

¿Qué tienes?, le dijo Andrenio. ¿Es posible que siempre has de ir al revés de los demás? ¿Cuando los otros ríen, tú lloras y cuando todos se huelgan, tú suspiras?

Así es, dijo él. Para mí ésta no ha sido fiesta, sino duelo; tormento, que no deporte. Y si tú llegases á entender lo que es esto, yo aseguro me acompañarías en el llanto.

¿Pues qué es esto, replicó Andrenio, sino un necio, que siendo extranjero, se fía de todos y todos le engañan, dándole el pago que merece su indiscreta facilidad?

De eso, yo más quiero reir con Demócrito, que llorar con Heráclito.

Y díme, le replicó Critilo, ¿y si fueses tú ese de quien te ríes? ¿Qué dirías?

¿Yo? ¿De qué suerte? ¿Cómo puedo ser él, si estoy aquí vivo y sano y no tan necio?

Ése es el mayor engaño, ponderó Critilo. Sabe, pues, que aquel desdichado extranjero es el hombre de todos y todos somos él. Entra en este teatro de tragedias llorando. Comiénzanle á cantar y encantar con falsedades. Desnudo llega y desnudo sale, que nada saca, después de haber servido á tan ruines amos.

Recíbele aquel primer embustero, que es el mundo. Ofrécele mucho y nada cumple. Dale lo que á otros quita, para volvérselo á tomar, con tal presteza, que lo que con una mano le presenta, con la otra se lo ausenta y todo para en nada. Aquel otro, que le convida á holgarse, es el gusto, tan falso en sus deleites, cuan cierto en sus pesares. Su comida es sin sustancia y su bebida venenos. Á lo mejor falta el fundamento de la verdad y da con todo en tierra. Llega la salud, que, cuando más se asegura, más le miente. Aquéllos, que le dan priesa, son los males. Las penas le dan vaya y gritan los dolores: vil canalla toda de la fortuna.

Finalmente, aquel viejo, peor que todos, de malicia envejecida, es el tiempo, que le da el traspié y le arroja en la sepultura, donde le deja muerto, solo, desnudo y olvidado.

De suerte que, si bien se nota, todo cuanto hay, se burla del miserable hombre: el mundo le engaña, la vida le miente, la fortuna le burla, la salud le falta, la edad se pasa, el mal le da priesa, el bien se le ausenta, los años huyen, los contentos no llegan, el tiempo vuela, la vida se acaba, la muerte le coge, la sepultura le traga, la tierra le cubre, la pudrición le deshace, el olvido le aniquila y el que ayer fué hombre hoy es polvo y mañana nada.

Pero ¿hasta cuándo, perdidos, habemos de estar perdiendo el precioso tiempo? Volvamos ya á nuestro camino derecho; que aquí, según veo, no hay que aguardar sino un engaño tras otro engaño.

Mas Andrenio, hechizado de la vanidad, había hallado gran cabida en palacio. Entraba y salía en él, idolatrando en la fantástica grandeza de un rey, sin nada de realidad. Estaba más embelesado, cuando más embelecado. Vendíanle los favores, hasta la memoria, con que llegó á prometerse una fortuna extraordinaria. Hacía vivas instancias por verle y besarle los pies, que aun no tenía. Ofreciéronle que sí una tarde, que sin llegar siempre lo fué.

Volvió Critilo á proponer las conveniencias de su ida, ya persuadiendo y ya rogando. Túvole finalmente, si no convencido, enfadado, de tanto _¡sin falta!_ con tantos. Llegaron ya á la puerta de la ciudad, con resolución de dejarla; ¡mas oh desdicha continuada! hallaron guardas en ella, que á nadie dejaban salir y á todos entrar. Con esto hubieron de volver atrás, Critilo apesarado de su poca suerte y Andrenio arrepentido de arrepentido. Volvió de nuevo á su necedad en pretensiones. Iba y venía á palacio. Y aunque para cada día había su excusa, nunca el cumplimiento ni el desengaño. No cesaba Critilo de pensar en su remedio; pero el extraordinario modo como lo consiguió, diremos adelante, entretanto se da noticia de las maravillas de la celebrada Artemia.

CRISI VIII

_Las maravillas de Artemia._

Buen ánimo contra la inconstante fortuna, buena naturaleza contra la rigurosa ley, buen arte contra la imperfecta naturaleza y buen entendimiento para todo. Es el arte complemento de la naturaleza y un otro segundo ser, que por extremo la hermosea y aun pretende excederla en sus obras. Préciase de haber añadido un otro mundo artificial al primero. Suple de ordinario los descuidos de la naturaleza, perfeccionándola en todo; que sin este socorro del artificio, quedara inculta y grosera.

Éste fué sin duda el empleo del hombre en el paraíso, cuando le revistió el Criador la presidencia de todo el mundo y la asistencia en aquél, para que lo cultivase: esto es, que con el arte lo aliñase y puliese. De suerte que es el artificio gala de lo natural, realce de su llaneza. Obra siempre milagros. Y si de un páramo puede hacer un paraíso ¿qué no obrará en el ánimo, cuando las buenas artes emprenden su cultura? Pruébelo la romana juventud y más de cerca nuestro Andrenio, aunque por ahora tan ofuscado en aquella corte de confusiones cuya libertad solicitaron los desvelos de Critilo con la felicidad que veremos.

Érase una gran reina, muy celebrada por sus prodigiosos hechos, confinante con este primer rey y por el consiguiente tan contraria suya, que de ordinario traían guerra declarada y muy sangrienta. Llamábase aquélla, que no niega su nombre ni sus hechos, la sabia y discreta Artemia, muy nombrada en todos siglos, por sus muchas y raras maravillas. Si bien se hablaba de ella con gran variedad. [Marginal: _Duque del Infantado._] Porque, aunque los entendidos sentían y entre ellos el primero el tan valeroso, como discreto duque del Infantado, de sus acciones, como quien ellos son y ella merece; pero lo común era decir ser una valiente maga, una grande hechicera; aunque más admirable que espantosa.

Muy diferente de la otra Circe, pues no convertía los hombres en bestias; sino al contrario, las fieras en hombres. No encantaba las personas; antes las desencantaba: de los brutos hacía hombres de razón.

Y había quien aseguraba haber visto entrar en su casa un estólido jumento y, dentro de cuatro días, salir hecho persona. De un topo hacer un lince era fácil para ella. Convertía los cuervos en cándidas palomas, que era ya más dificultoso, así como hacer parecer leones las mismas liebres y águilas los tagarotes. De un buho hacía un jilguero. Entregábanle un caballo y, cuando salía de sus manos, no le faltaba sino hablar. Y aun dicen que realmente enseñaba á hablar á las bestias; pero mucho mejor á callar, que no era poco recabarlo dellas.

Daba vida á las estatuas y alma á las pinturas. Hacía de todo género de figuras y figurillas, personas de sustancia. [Marginal: _Hombres muy hombres._] Y lo que más admiraba: de los titibilicios, cascabeles y esquiroles hacía hombres de asiento y muy de propósito y á los chisgarabises infundía gravedad. De una personilla hacía un gigante y convertía las monterías en madureces. De un hombre de burlas formaba un Catón severo. Hacía medrar un enano en pocos días, que llegaba á ser un Tifeo.

Los mismos títeres convertía en hombres sustanciales y de fondo, que no hiciera más la misma prudencia. Los ciegos del todo transformaba en Argos y hacía que los interesados no fuesen los postreros en saber las cosas. Los dominguillos de borra, los hombrecillos de paja convertía en hombres de veras. Á las víboras ponzoñosas, no sólo las quitaba todo el veneno; pero hacía triaca muy saludable dellas.

En las personas ejercitaba su saber y su poder con más admiración, cuanto era mayor la dificultad. Porque á los más incapaces infundía saber, que casi no ha dejado bobos en el mundo y, sí algunos maliciosos. Daba no sólo memoria á los entronizados; pero entendimiento á los infelices. [Marginal: _Duque de Alburquerque._] De un loco declarado hacía un Séneca y de un hijo de vecino, un gran ministro; de un alfeñique, un capitán general, tan valiente como un duque de Alburquerque; y de un osado mozo, un virrey excelentísimo del mismo Nápoles; de un pigmeo un gigantón de las Indias. De unos horribles monstruos hacía ángeles, cosa que estimaban mucho las mujeres.

Viéronla á veces de repente hacer de un páramo un pensil y que prendían los árboles, donde no prendieran las varas mismas. Dondequiera que ponía el pie formaba luego una corte y una ciudad tan culta, como la misma Florencia. Ni le era imposible erigir una triunfante Roma. Desta suerte y á esta traza contaban della, que no acababan, cosas tan maravillosas como plausibles.

Llegó esta noticia al no sordo Critilo, cuando más desahuciado estaba. Informóse muy por menudo de quién era Artemia, dónde y cómo reinaba y concibió al punto que en hablarla consistía su remedio. No pudo recabar de Andrenio, ni con ruegos ni razones, que le siguiese. Y así él, después de haber velado sobre el caso, trazó huirse y no tuvo tanta dificultad, como imaginaba. Que en este orden de cosas el que quiere, puede. Rompió con todo, que es el único medio y saltó por el portillo de dar en la cuenta: aquél que todos cuantos abren los ojos le hallan.

Salió al fin tan dichoso, como contento. Y ya libre, metióse en camino para la corte de la deseada Artemia, á consultarla el rescate de su amigo, que llevaba más atravesado en su corazón, cuanto más dél se apartaba. Encontró por el camino muchos, que también iban allá: unos por curiosidad y otros por su provecho, que eran más cuerdos.

Contaban todos cosas y casos portentosos. Que amansaba los leones y que con dos palabras, que les decía, los tornaba humanos y sufridos. Que desencantaba las serpientes y las hacía andar derechas. Tomaba de ojo á los basiliscos, quitándoles las niñas porque no matasen, ni miradas ni mirando: que todas eran cosas bien útiles y raras.

[Marginal: _Matronas castas._]

Todo eso es nada, dijo uno, con el prevalecer contra las mismas sirenas y transformarlas en matronas. Aquel convertir en tórtolas las lobas. Y lo más que se puede imaginar, que de una Venus bestial hizo una virgen vestal.

Eso es gran cosa, dijeron todos.

Campeaba ya su artificioso palacio, muy superior á todo. Y con estar en puesto tan eminente, hacía subir las aguas de los ríos á dar la obediencia á su poderosa maña, con un raro artificio, ejemplar de aquel otro del famoso artífice, que al mismo Tajo dió un corte de aguas cristalinas. Estaba todo él coronado de flores en jardines, prodigios también fragantes, porque las espinas eran rosas y las maravillas de todo el año. Hasta los olmos daban peras y uvas los espinos; de los más secos corchos sacaba jugo y aun néctar; y los peros, en Aragón tan indigestos, aquí se nacían confitados. Oíanse en los estanques cantar los cisnes en todo tiempo. Hízosele muy de nuevo á Critilo, porque en otras partes de tal suerte enmudecen, que aun en la hora de la muerte, aunque comúnmente se dice que cantan, ninguno se halla que los haya oído.

[Marginal: _Desengañados._]

Es, le dijeron, que, como son tan cándidos, si cantan, ha de ser la verdad y, como ésa es tan mal oída, han dado en el arbitrio de enmudecer. Sólo en aquel trance, apretados de la conciencia ó porque ya no tienen más que perder, cantan alguna verdad. Y de aquí se dijo que tal predicador ó tal ministro hablaron claro: el secretario Fulano desembuchó muchas verdades, el otro consejero descubrió su pecho, estando todos para morir.

Á la puerta estaba un león, que se había convertido en una mansísima oveja y un tigre en un cordero. Por los balcones había muchas parleras, digo aves, en conversación, manteniendo la tela los papagayos; aunque los tordos se picaban de su nombre. Los gatos y los alanos de su casa ya no arañaban apretados ni mordían rabiosos; sino que, reconociendo leales su gran dueño, besaban sus generosas plantas. Estábanlos aguardando á la puerta muchas y bienaliñadas doncellas; aunque mecánicas y de escalera abajo. Otras más nobles y liberales le subieron arriba y le ensalzaron á la oficina, en que la discretísima Artemia, asistida de los varones eminentes, [Marginal: _Don Vicencio de Lastanosa._] señalándole á cada uno su puesto el grande apreciador de las eminencias, don Vicencio de Lastanosa, estaba actualmente ocupada en hacer personas de unos leños.