Part 8
Espera, dijo el Quirón; que no está el mal en el cielo, sino en el suelo. Que no sólo anda el mundo al revés, en orden al lugar; sino al tiempo. Ya los hombres han dado en hacer del día noche y de la noche día. Ahora se levanta aquél, cuando se había de acostar. Ahora sale de casa la otra con la estrella de Venus y volverá, cuando se ría de ella la aurora. Y es lo bueno que los que tan al revés viven [Marginal: _El día noche._] dicen ser la gente más ilustre y la más lucida; mas no falta quien afirma que, andando de noche como fieras, vivirán de día como brutos.
Esto ha sido, dijo Critilo, quedarnos á buenas noches y no me pesa, porque no hay cosa de ver.
¡Que á éste llamen mundo, ponderaba Andrenio! Hasta el nombre miente.
Calzósele al revés. Llámese inmundo y de todas maneras disparatado.
Algún día, replicó Quirón, bien le convenía su nombre. En verdad que era definición, cuando Dios quería y lo dejó tan concertado.
¿Pues de dónde le viene tal desorden?, preguntó Andrenio. ¿Quién le trastornó de alto abajo, como hoy lo vemos?
En eso hay mucho que decir, respondió Quirón. Harto lo censuran los sabios y lo lloran los filósofos. Aseguran unos que la Fortuna, como está ciega y aun loca, lo resuelve todo cada día, no dejando cosa en su lugar ni tiempo. Otros dicen que, cuando cayó el lucero de la mañana, aquel aciago día, dió tal golpe en el mundo, que le sacó de sus quicios, trastornándole de alto abajo. Ni falta quien eche la culpa á la mujer, llamándola el duende universal, que todo lo revuelve. [Marginal: _Mundo trabucado._] Mas yo digo que donde hay hombres no hay que buscar otro achaque: uno solo basta á desconcertar mil mundos y el no poderlo era lo que lloraba el otro grande inquietador.
Más digo: que, si no previniera la divina Sabiduría que no pudieran llegar los hombres al primer móvil, ya estuviera todo barajado y anduviera el mismo cielo al revés: un día saliera el sol por el poniente y caminara al oriente y entonces fuera España cabeza del mundo, sin contradicción alguna, que no hubiera quien viviera con ella.
Y es cosa de notar que, siendo el hombre persona de razón, lo primero que ejecuta es hacerla á ella esclava del apetito bestial. De este principio se originan todas las demás monstruosidades. Todo va al revés, en consecuencia de aquel desorden capital. La virtud es perseguida, el vicio aplaudido, la verdad muda, la mentira trilingüe, los sabios no tienen libros y los ignorantes librerías enteras. Los libros están sin doctor y el doctor sin libros. La discreción del pobre es necedad y la necedad del poderoso es celebrada. Los que habían de dar vida matan. Los mozos se marchitan y los viejos reverdecen. El derecho es tuerto y ha llegado el hombre á tal punto de desatino, que no sabe cuál es su mano derecha, pues pone el bien á la izquierda. Lo que más le importa echa á las espaldas, lleva la virtud en tres pies y, en lugar de ir adelante, vuelve atrás.
Pues si esto es así, como lo vemos, dijo Andrenio, ¿para qué me has traído al mundo, oh Critilo? ¿No me estaba yo bien á mis solas? Yo resuelvo volverme á la cueva de mi nada. ¡Alto!, huyamos de tan insufrible confusión, sentina, que no mundo.
Esto es lo que ya no se puede, respondió Critilo. ¡Oh cuántos volvieran atrás, si pudieran! No quedaran personas en el mundo. Advierte que vamos subiendo por la escalera de la vida y las gradas de los días, que dejamos atrás, al mismo punto, que movemos el pie, desaparecen. No hay por donde volver á bajar ni otro remedio, que pasar adelante.
¿Pues cómo hemos de poder vivir en un mundo como éste, porfiaba, afligiéndose Andrenio, y más para mi condición, si no me mudo? Que no puedo sufrir cosas malhechas. Yo habré de reventar sin duda.
¡Eh!, que te harás á ello en cuatro días, dijo Quirón, y serás tal como los otros.
¡Eso no! ¿Yo loco? ¿Yo necio? ¿Yo vulgar?
Ven acá, dijo Critilo. ¿No podrás tú pasar por donde tantos sabios pasaron, aunque sea tragando saliva?
Debía estar de otra data el mundo.
[Marginal: _Conde de Castrillo. Marqués de Grana._]
El mismo fué siempre que es. Así le hallaron todos y así le dejaron. Vive un entendedor conde de Castrillo y no revienta un entendido marqués Carreto y pasa.
¿Pues cómo hacen para poder vivir, siendo tan cuerdos?
¿Cómo? Ver, oir y callar.
Yo no diría de esa suerte; sino ver, oir y reventar.
No dijera más Heráclito.
Ahora díme, ¿nunca se ha tratado de adobar el mundo?
Sí. Cada día lo tratan los necios.
¿Por qué necios?
Porque es tan imposible como concertar á Castilla y descomponer á Aragón. ¿Quién podrá recabar que unos no tengan nepotes y otros privados? Que los franceses no sean tiranos, los ingleses tan feos en el alma, cuan hermosos en el cuerpo, los españoles soberbios y los genoveses...
No hay que tratar. Yo me vuelvo á mi cueva y á mis fieras, pues no hay otro remedio.
Yo te le he de dar, dijo el Quirón, tan feliz como verdadero, si me escuchas en la Crisi siguiente.
CRISI VII
_La fuente de los engaños._
Declararon todos los males al hombre por su enemigo común, no más de por tener él razón. Estando ya para darle la batalla, dicen que llegó al campo la Discordia, que venía, no del infierno como algunos pensaron, ni de los pabellones militares como otros creyeron; sino de casa de la hipócrita Ambición. En estando allí, hizo de las suyas.
Movió una reñida competencia sobre quién había de llevar la vanguardia, no queriendo ceder ningún vicio esta ventaja del valor y del valer. Pretendía la Gula, por primera pasión del hombre, que comienza á triunfar desde la cuna. La Lascivia llevábalo por valiente, jactándose de la más poderosa pasión, refiriendo sus victorias y favorecíanla muchos. La Codicia alegaba ser la raíz de todos los males. La Soberbia blasonaba su nobleza, haciéndose oriunda del cielo y ser el vicio más de hombres, cuando los demás son de bestias. La Ira lo tomaba fuertemente. De esta suerte peleaban entre sí y todo paraba en confusión.
Tomó la mano la Malicia y hízoles una pesadamente grave arenga. Encargóles sobre todo la unión, aquel ir encadenados todos y, tocando el punto de la dificultad, les dijo:
Esta bizarría del embestir, sabida cosa es que toca á mi hija primogénita la Mentira. ¿Quién dudó jamás de eso? Ella es la autora de toda maldad, fuente de todo vicio, madre del pecado, arpía que todo lo inficiona, Fitón que todo lo anda, hidra de muchas cabezas, Proteo de muchas formas, Centimano que á todas manos pelea, Caco que á todos desmiente, progenitora al fin del engaño, aquel poderoso rey, que abarca todo el mundo entre engañadores y engañados, unos de ignorancia y otros de malicia.
La Mentira, pues, con el Engaño embistan la incauta candidez del hombre, cuando mozo y cuando niño, valiéndose de sus invenciones, ardides, estratagemas, asechanzas, trazas, ficciones, embustes, enredos, embelecos, dolos, marañas, ilusiones, trampas, fraudes, falacias y todo género de italiano proceder: que de este modo, entrando los demás vicios por su orden, sin duda que tarde ó temprano, á la mocedad ó la vejez, se conseguirá la deseada victoria.
Cuánta verdad sea ésta confírmelo lo que les sucedió á Critilo y Andrenio, á poco rato que se habían despedido del sagaz Quirón. El cual, habiéndolos sacado de aquel confuso Babel, registro de todo el mundo, é introducídolos en el camino más derecho, volvióse á encaminar otros y ellos pasaron adelante en el peregrino viaje de su vida.
Iba muy consolado Andrenio con el único remedio que le dió para poder vivir y fué que mirase siempre al mundo, no como ni por donde le suelen mirar todos; [Marginal: _Conde de Oñate._] sino por donde el buen entendedor conde de Oñate, esto es al contrario de los demás, por la otra parte de lo que parece. Y con eso, como él anda al revés, el que le mira por aquí, le ve al derecho, entendiendo todas las cosas al contrario de lo que muestran.
Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio. Ten al rico por pobre de los verdaderos bienes. El que á todos manda es esclavo común. El grande de cuerpo no es muy hombre; el grueso, tiene poca sustancia. El que hace el sordo oye más de lo que querría. El que mira lindamente es ciego ó cegará. El que huele mucho huele mal á todos. El hablador no dice cosa. El que ríe regaña. El que murmura se condena. El que come más come menos. El que se burla tal vez se confiesa. El que dice mal de la mercadería la quiere. El que hace el simple sabe más. Al que nada le falta él se falta á sí mismo. El avaro, tanto le sirve lo que tiene, como lo que no tiene. El que gasta más razones tiene menos. El más sabio suele ser menos entendido. Darse buena vida es acabar. El que la ama la aborrece. El que te unta los cascos, ése te los quiebra; el que te hace fiestas, te ayuda. La necedad la hallarás de ordinario en los buenos pareceres. [Marginal: _Saber discurrir._] El muy derecho es tuerto. El mucho bien hace mal. El que excusa pasos da más. Por no perder un bocado se pierden ciento. El que gasta poco gasta doblado. El que te hace llorar te quiere bien. Y al fin, lo que uno afecta y quiere parecer, éso es menos.
De esta suerte iban discurriendo, cuando interrumpió su filosofar otro monstruo, aunque no lo extrañaron, porque en este mundo no se topa sino una monstruosidad tras otra. Venía hacia ellos una carroza, cosa bien rara en camino tan dificultoso, aunque tan derecho; pero ella era tan artificiosa y de tan enteras vueltas, que atropellaba toda dificultad. Las pías, que la tiraban, más remendadas que pías, eran dos serpientes y el cochero una vulpeja.
Preguntó Critilo si era carroza de Venecia; pero disimuló el cochero, haciendo del desentendido. Venía dentro un monstruo, digo, muchos en uno, porque ya era blanco, ya negro, ya mozo, ya viejo, ya pequeño, ya grande, ya hombre, ya mujer, ya persona, ya fiera, tanto, que dijo Critilo si sería éste el celebrado Proteo.
Luego que llegó á ellos, se apeó con más cortesías que un francés novicio, primera especie de engaño. Y con más cumplimientos que una despedida aragonesa, les dió la bienvenida, ofreciéndoles, de parte de su gran dueño su palacio, donde descansasen algunos días del trabajo de tan enfadoso camino.
Agradecidos ambos á tan anticipado favor, le preguntaron ¿quién era el tal señor, que sin conocerlo ni conocerlos, así los obligaba?
Es, dijo, un gran príncipe, que, si bien su señorío se extiende por toda la redondez de la tierra, aquí al principio del mundo, en esta primera entrada de la vida tiene su metrópoli. Es un gran rey y con toda propiedad monarca, pues tiene vasallos reyes, que son bien pocos los que no le rinden parias. Su reino es muy florido, donde, á más de que se premian las armas y se estiman las letras, [Marginal: _Hacer parecer._] quien quisiere entender de raíz la política, el modo, el artificio, curse esta corte: aquí le enseñarán el atajo para medrar y valer en el mundo, el arte de ganar voluntades y tener amigos y sobre todo el hacer parecer las cosas, que es el arte de las artes.
Picado el gusto, picábanle los pies á Andrenio por ir allá. No veía la hora de hallarse en una corte tan política. Y, obligado del agasajo, estaba ya dentro de la carroza, dando la mano á Critilo y estirándole á que entrase. Mas éste, como iba con pies de oro, volvió á informarse cómo se nombraba aquel príncipe. Que siendo tan grande, como decía, no podía dejar de tener gran nombre.
Muchos tiene, respondió el ministro, mudando á cada palabra su semblante. Nombres y renombres tiene y, aunque en cada provincia el suyo y para cada acción, pero el verdadero, el más propio, pocos le saben, porque muy pocos llegan á verle y menos á conocerle. Es príncipe de mucha autoridad; que no es de éstos de á docena en provincia. Guarda gran recato; no se permite así vulgarmente. Que consiste su mayor estimación en el retiro y en no ser descubierto. Al cabo de muchos años llegan algunos á verle y eso por gran ventura; que otros ni en toda su vida.
Ya en esto les había sacado del camino derecho y metido en otro muy intrincado y torcido. Cuando lo advirtió Critilo, comenzó á malearse; pero ya no era fácil volver atrás y desenredarse, asegurándoles la guía que aquél era el atajo de medrar, que le siguiesen, que él les ofrecía sacarlos á lucimiento, y que advirtiesen que casi todos los pasajeros echaban por allí.
No es eso lo mejor, dijo Critilo; antes lo trivial le hace sospechoso, y previno á Andrenio fuese muy sobre sí y doblase la cautela.
Llegaron ya á la gran fuente de la gran sed, tan nombrada, como deseada de todos los fatigados viandantes. Famosa por su artificio, injuria de Juanelo y célebre por la perennidad de sus líquidos cristales. Estaba en medio de un gran campo y aun no bastante para la mucha gente que concurría, solicitando alivio á tanta sed y fatiga. Veíase en aquella ocasión tan coronada de sedientos pasajeros, que parecía haberse juntado todo el mundo: que bien pocos de los mortales faltaban. Brollaba el agua por siete caños en gran abundancia; aunque no eran de oro, sino de hierro, circunstancia que la notó bien Critilo. Y más cuando vió que, en vez de grifos y leones, eran sierpes y eran canes. No había estanque donde el agua rebalsase, porque no sobraba gota, donde se desperdiciaban tantas, asegurando todos, cuantos la gustaban, era la más dulce que en su vida habían bebido. Y con este cebillo, sobre el cansancio, no cesaban de brindarse, hidrópicos de dulzura. Para la gente de cuenta, que siempre éstos son contados, había cálices de oro, que una agradable ninfa, tabernera de Babilonia, con extremada cortesía les ministraba y las más veces bailándoles el agua delante.
Aquí Andrenio, tan apretado de la sed, cuan obligado del agasajo, sin más reparo, se precipitó al agua. Poca pudo pasar, que le gritó Critilo:
¡Aguarda, espera! Mira primero si es agua.
¿Pues qué ha de ser?, replicó él.
Bien puede ser veneno, que aquí todo es de temer.
Agua veo yo que es y muy clara y bien risueña.
Esto, replicó Critilo, es lo peor: aun del agua clara ya no hay que fiar, pues con todo ese claro proceder adultera las cosas, representándolas mayores de lo que son y á veces más altas y otras las esconde en el profundo: ya ríe, ya murmura, que no hiciera más un áulico.
Déjame siquiera enjuagar, replicó Andrenio: que estoy que perezco.
No hagas tal, que el enjuagar siempre fué reclamo de beber.
¿Siquiera no podría bañarme estos ojos, limpiándome del polvo que me ciega y del sudor que me ensucia?
Ni aun eso. Créeme y remítete siempre á la experiencia, con enseñanza tuya y riesgo ajeno. Nota el efecto que hará en éstos, que ahora llegan. Míralos bien primero, antes que beban, y vuelve á reconocerlos después de haber bebido.
Llegaba en esto una gran tropa de pasajeros que, más sedientos que atentos, se lanzaron al agua. Comenzaron á bañarse lo primero y restregarse los ojos blandamente; pero ¡cosa rara é increíble! al mismo punto que les tocó el agua en ellos, se les trocaron, de modo que, siendo antes muy naturales y claros, se les volvieron de vidrio de todos colores.
[Marginal: _Satisfecho._]
Á uno tan azules, que todo cuanto veía le parecía un cielo, que estaba en gloria: éste era un gran necio, que vivía muy satisfecho de sus cosas. Á otro se le volvieron cándidos, como la misma leche: todo cuanto veía le parecía bueno, sin género alguno de malicia. De nadie sospechaba mal y así todos le engañaban, todo lo abonaba y más si eran cosas de sus amigos: hombre más sencillo que un polaco.
[Marginal: _Malicioso._]
Al contrario, á otro se le pusieron más amarillos que una hiel: ojos de suegra y cuñada. En todo hallaba dolo y reparo, todo lo echaba á la peor parte y, cuantos veía, juzgaba que eran malos y enfermos. Éste era uno más malicioso que juicioso.
Á otros se les volvían verdes, que todo se lo creían y esperaban conseguir: ojos ambiciosos. Los amartelados cegaban de todo punto y de ajenas legañas. Á muchos se les paraban sangrientos que parecían calabreses.
¡Cosa rara! que, aunque á algunos daba buena vista, veían bien y miraban mal: debían ser envidiosos. No sólo se les alteraban los ojos en orden á la calidad; sino á la cantidad y figura de los objetos y de suerte que á unos todas las cosas les parecían grandes y más las propias, á lo castellano; á otros todo les parecía poco, gente de malcontentar.
Había uno, que todas las cosas le parecían estar muy lejos, acullá cien leguas, y más los peligros, la misma muerte. Éste era un incauto. Al contrario, á otro le parecía, que todo lo tenía muy cerca y los mismos imposibles muy á mano. Todo lo facilitaba: pretendiente había de ser.
[Marginal: _Confiado._]
Notable vista era la que les comunicaba á muchos, que todo les parecía reírseles y que todos les hacían fiestas y agasajos: condición de niños. Estaba uno muy contento, porque en todo hallaba hermosura, pareciéndole que veía ángeles: éste dijeron que era ó portugués ó nieto de Macías.
Hombre había, que en todo se veía á sí mismo: necio Antiferonte. Á otro se le equivocó la vista de modo, que veía lo que no miraba: bizco de intención y de voluntad torcida. Había ojos de amigos y ojos de enemigos muy diferentes; ojos de madre, que los escarabajos le parecían perlas, y ojos de madrastra, mirando siempre de mal ojo; ojos españoles, verdinegros, y azules los franceses.
Todos estos monstruosos efectos causó aquel venenoso licor en los que se lavaron con él; que en otros, que llegaron á tomarle en la boca y enjuagarse, ya obró más prodigiosas violencias, pues las lenguas, que antes eran de carne sólida y sustancial, las trocó en otras de bien extraordinarias materias. [Marginal: _Lengua de seda._] Unas de fuego, que abrasaban el mundo y otras de aguachirle, muy á la clara. Muchas de viento, que parecían fuelles en llenar las cabezas de mentiras, de soplos y de lisonjas. Algunas, que habían sido de seda, las volvía de bayeta y las de terciopelo en raso. Transformaba otras en lenguas de burlas, nada sustanciales y las más de borra, que se embarazaban mucho en decir lo que convenía. Á muchas mujeres las quitó del todo las lenguas; pero no el habla, que antes hablaban más, cuanto más deslenguadas.
[Marginal: _Modos de hablar._]
Comenzó uno á hablar muy alto.
Éste, dijo Andrenio, español es.
No es sino un presuntuoso, dijo Critilo: que los que habían de hablar más quedo, hablan de ordinario más alto.
Así es, dijo uno, con una voz afeminada, que parecía francés y no era; sino un melindroso.
Salióle al encuentro otro, que parecía hablar entre boca de noche y todos creyeron era tudesco; mas él mismo dijo:
No soy sino uno de éstos que, por hablar culto, hablo á oscuras.
Ceceaba uno tanto, que hacía rechinar los dientes y todos convinieron en que era andaluz ó gitano. Otros se escuchaban y eran los que peor decían. Muy alborotado comenzó uno á inquietarlo todo y á revolver el mundo, sin saber él mismo por qué; sólo dijo que era su natural. Creyeron todos que era mallorquín; mas no era, sino un bárbaro furioso.
Hablaba uno y nadie le entendía: pasó plaza de vizcaíno; mas no lo era, sino uno que pedía. Perdió de todo punto la habla un otro, procurando darse á entender por señas y todos se reían de él.
Éste, sin duda, dijo Critilo, quiere decir la verdad y no acierta ó no se atreve.
Hablaban otros muy ronco y con voz muy baja.
Éstos, dijo, habían de ser del parlamento; pero no son sino del consejo de sí mismos.
Algunos hablaban gangoso; si bien no faltaba quien les entendía la ganga, tartamudeando los que negaban, los que ni bien decían de sí, ni bien de no. Muchos no hablaban seguido y muy pocos se mordían la lengua. Pronunciaban algunos como botijas á lo enfadado y más á lo enfadoso. Éstos entonado, aquéllos mirlado, especialmente cuando querían engañar.
Fué de modo, que ninguno quedó con su voz, ni buena ni verdadera. No había hombre, que hablase llanamente, igual, consiguiente y sin artificio; todos murmuraban, fingían, malsinaban, mentían, engañaban, chismeaban, injuriaban, blasfemaban y ofendían.
Desde aquí aseguran que á los franceses, que bebieron más que todos y les brindaron los italianos, les quedó el no hablar como escriben, ni el obrar lo que dicen: de modo, que es menester atenderles mucho á lo que pronuncian y escriben, entendiéndolo todo al revés.
Pero donde mostró su eficacia el licor pestilencial fué en aquellos que bebieron dél. Porque al mismo punto que le tragaron, ¡cosa lastimosa, pero cierta! todo el interior se les revolvió y mudó de suerte, que no les quedó aquella sustancia verdadera, que antes tenían; sino que quedaron llenos de aire, rebutidos de borra. Hombres de burla, todo mentira y embeleco.
[Marginal: _Hombres de ahora._]
Los corazones se les volvieron de corcho, sin jugo de humanidad ni valor de personas; las entrañas se les endurecieron más que de pedernales; los sesos, de algodón, sin fondo de juicio; la sangre, agua, sin color ni calor; el pecho, de cera, no ya de acero; los nervios, de estopa, sin bríos; los pies, de plomo para lo bueno y de pluma para lo malo; las manos, de pez, que todo se les pega; las lenguas, de borra; los ojos, de papel. Y todos ellos engaño de engaños y todo vanidad.
Al desdichado Andrenio una sola gota, que tragó, que las demás se las hizo verter Critilo, le hizo tal operación, que quedó vacilando siempre en la virtud.
¿Qué te parece, le dijo Critilo? ¿Qué perennidad ésta de engaños? ¿Qué manantial de mentiras en el mundo? Mira que bueno hubieras quedado, si hubieras bebido á hartar, como hacen los más. [Marginal: _Duque de Osuna. Príncipe de Condé._] ¿Piensas tú que valen poco unos ojos claros, una lengua verdadera, un hombre sustancial, un duque de Osuna, una persona que lo sea, un príncipe de Condé? Créeme y estima el serlo, que es un prodigio de fénix.
¡Ay tal suceso!, decía Andrenio. ¿Quién tal creyera de una agua tan mansa?
Ésta es la peor.
¿Cómo se llama esta fuente? preguntó á unos y á otros. Y ninguno supo responderle.
No tiene nombre, dijo el Proteo: que en no ser conocida consiste su eficacia.
Pues llámese, dijo Critilo, la fuente de los engaños, donde el que una vez bebe, después todo se lo traga y todo lo trueca.
Quisiera volver atrás Critilo; mas no pudo ni vino en ello Andrenio. [Marginal: _Necio con todos._] Ya maleado, instando en pasar adelante el Proteo y diciendo: ¡Ea!, que más vale ser necio con todos, que cuerdo á solas.
Fuélos desviando, que no guiando, por unos prados amenos, donde se estaba dando verdes la juventud. Caminaban á la fresca de árboles frondosos, todos ellos descorazonados: gran señal de infructíferos. Divisábase ya la gran ciudad, por los humos: vulgar señal de habitación humana, en que todo se resuelve. Tenía extremada apariencia y mejor cuanto más de lejos era. Era increíble el concurso, que de todas las provincias y á todos tiempos acudían á aquel paradero de todos, levantando espesas nubes de polvo, que quitaban la vista.
Cuando llegaron á ella, hallaron que lo que parecía clara por fuera, era confusa por dentro. Ninguna calle había derecha ni despejada: modelo de laberintos y centro de minotauros. Fué á meter el pie el arrojado Andrenio y dióle un grito Critilo:
Abre los ojos primero, los interiores digo, y por que adviertas donde entras, mira.
Bajóse á tierra y, escarbando en ella, descubrió lazos y más lazos, de mil maneras, hasta de hilos de oro y de rubios cabellos. De suerte que todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas.
Nota, le dijo, dónde y cómo entras, considera á cada paso que dieres dónde pones el pie y procura asentarlo. No te apartes un punto de mi lado, si no quieres perderte. [Marginal: _Regla de vivir._] Nada creas de cuanto te dijeren, nada concedas de cuanto te pidieren, nada hagas de cuanto te mandaren. Y en fe de esta lección, echemos por esta calle, que es la del callar y ver para vivir.
Eran todas las casas de oficiales; no se veía un labrador: gente que no sabe sentir. Vieron cruzar de una parte á otra muchos cuervos domésticos y muy hallados con sus amos. Extrañólo Andrenio y aun lo tuvo por mal agüero; mas díjole el Proteo: