El criticón (tomo 1 de 2)

Part 3

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Tomó la mano el soberano Dueño y dijo: Mirad, advertid, sabed que al hombre le he formado yo con mis manos para criado mío y señor vuestro y como rey, que es, pretende señorearlo todo. Pero entiende, oh, hombre, aquí hablando con él, que esto ha de ser con la mente, no con el vientre; como persona, no como bestia. Señor has de ser de todas las cosas criadas, pero no esclavo de ellas; que te sigan, no te arrastren. Todo lo has de ocupar con el conocimiento tuyo y reconocimiento mío: esto es, reconociendo en todas las maravillas criadas las perfecciones divinas y pasando de las criaturas al Criador.

Á este grande espectáculo de prodigios, si ordinario para nuestra acostumbrada vulgaridad, extraordinario hoy para Andrenio, sale atónito á lograrlo en contemplaciones, á aplaudirlo en pasmos y á referirlo de esta suerte.

Era el sueño, proseguía, el mismo vulgar refugio de mis penas, especial alivio de mi soledad. Á él apelaba de mi continuo tormento y á él estaba entregado una noche, aunque para mí siempre lo era, con más dulzura que otras, presagio infalible de alguna infelicidad cercana.

Y así fué, pues me lo interrumpió un extraordinario ruido, que parecía salir de las más profundas entrañas de aquel monte. Conmovióse todo él, temblando aquellas firmes paredes. Bramaba el furioso viento, vomitando en tempestades por la boca de la gruta. Comenzaron á desgajarse con horrible fragor aquellos duros peñascos y á caer con tan espantoso estruendo, que parecía quererse venir á la nada toda aquella gran máquina de peñas.

[Marginal: _La instabilidad._]

Basta, dijo Critilo, que aun los montes no se libran de la mudanza, expuestos al contraste de un terremoto y sujetos á la violencia de un rayo, contrastando la común estabilidad su firmeza.

Pero, si las mismas peñas temblaban ¿qué haría yo? prosiguió Andrenio. Todas las partes de mi cuerpo parecieron quererse desencajar también, que hasta el corazón dando saltos, no hice poco en detenerlo. Fuéronme destituyendo los sentidos y halléme perdido de mí mismo, muerto y aun sepultado entre peñas y entre penas.

El tiempo, que duró aquel eclipse del alma, paréntesis de mi vida, ni pude yo percibirlo ni de otro alguno saberlo. Al fin, ni sé cómo ni sé cuándo, volví poco á poco á recobrarme de tan mortal deliquio. Abrí los ojos á lo que comenzaba á abrir el día.

Día claro, día grande, día felicísimo, el mejor de toda mi vida: notélo bien con piedras y aun con peñascos. Reconocí luego quebrantada mi penosa cárcel y fué tan indecible mi contento, que al punto comencé á desenterrarme, para nacer de nuevo á todo un mundo, en una bien patente ventana, que señoreaba todo aquel espacioso y alegrísimo hemisferio.

Fuí acercándome dudosamente á ella, violentando mis deseos; pero ya asegurado, llegué á asomarme del todo á aquel rasgado balcón del ver y del vivir. Tendí la vista aquella vez primera por este gran teatro de tierra y cielo. Toda el alma, con extraño ímpetu, entre curiosidad y alegría, acudió á los ojos, dejando como destituídos los demás miembros, de suerte, que estuve casi un día insensible, inmoble y como muerto, cuando más vivo.

Querer yo aquí exprimirte el intenso sentimiento de mi afecto, el conato de mi mente y de mi espíritu, sería emprender cien imposibles juntos; sólo te digo que aún me dura y durará siempre el espanto, la admiración, la suspensión y el pasmo, que me ocuparon toda el alma.

Bien lo creo, dijo Critilo, que, cuando los ojos ven lo que nunca vieron, el corazón siente lo que nunca sintió.

Miraba el cielo, miraba la tierra, miraba el mar y á todo junto, y á cada cosa de por sí: y en cada objeto de éstos me transportaba, sin acertar á salir de él, viendo, observando, advirtiendo, admirando, discurriendo y lográndolo todo con insaciable fruición.

[Marginal: _La novedad._]

¡Oh, lo que te envidio, exclamó Critilo, tanta felicidad no imaginada! Privilegio único del primer hombre y tuyo llegar á ver con novedad y con advertencia la grandeza, la hermosura, el concierto, la firmeza y la variedad de esta gran máquina criada. Fáltanos la admiración comúnmente á nosotros, porque falta la novedad y con ésta la advertencia. Entramos todos en el mundo con los ojos del alma cerrados y, cuando los abrimos al conocimiento y á la costumbre de ver las cosas, por maravillosas que sean, no deja lugar á la admiración.

Por esto los varones sabios se valieron siempre de la reflexión, imaginando llegar de nuevo al mundo, reparando en sus prodigios, que cada cosa lo es, admirando sus perfecciones y filosofando artificiosamente.

Á la manera, que el que paseando por un deliciosísimo jardín, pasó divertido por sus calles, sin reparar en lo artificioso de sus plantas ni en lo vario de sus flores, vuelve atrás, cuando lo advierte, y comienza á gozar otra vez poco á poco y de una en una cada planta y cada flor: así nos acontece á nosotros, que vamos pasando desde el nacer al morir, sin reparar en la hermosura y perfección de este universo; pero los varones sabios vuelven atrás, renovando el gusto y contemplando cada cosa con novedad, en el advertir, si no en el ver.

La mayor ventaja mía, ponderaba Andrenio, fué llegar á gozar este colmo de perfecciones á deseo y después de una privación tan violenta.

Felicidad fué tu prisión, dijo Critilo, pues llegaste por ella á gozar todo el bien junto y deseado. Que, cuando las cosas son grandes y á deseo, dos veces se logran. Los mayores prodigios, si son fáciles y á todo querer, se envilecen: el uso libre hace perder el respeto á la más relevante maravilla. Y en el mismo sol fué favor que se ausentase de noche, para que fuese deseado á la mañana. ¡Qué concurso de afectos sería el tuyo! ¡Qué tropel de sentimientos! ¡Qué ocupada andaría el alma, repartiendo atenciones y dispensando afectos! Mucho fué no reventar de admiración, de gozo y de conocimiento.

Creo yo, respondió Andrenio, que ocupada el alma en ver y en entender, no tuvo lugar de partirse y, atropellándose unos á otros los objetos, al paso que la entretenían, la detenían.

[Marginal: _Sol espejo divino._]

Pero ya en esto los alegres mensajeros de este gran monarca de la luz, que tú llamas sol, coronado augustamente de resplandores, ceñido de la guarda de sus rayos, solicitaban mis ojos á rendirle veneraciones de atención y de admiración. Comenzó á ostentarse por este gran trono de cristalinas espumas y con una soberana callada majestad se fué señoreando de todo el hemisferio, llenando todas las demás criaturas de su esclarecida presencia. Aquí yo quedé absorto y totalmente enajenado de mí mismo, puesto en él, émulo del águila más atenta.

¡Oh, qué será, alzó aquí la voz Critilo, aquella inmortal y gloriosa vista de aquel infinito sol divino, aquel llegar á ver su infinitamente perfectísima hermosura! ¡Qué gozo, qué fruición, qué dicha, qué felicidad, qué gloria!

Crecía mi admiración, prosiguió Andrenio, al paso que mi atención desmayaba, porque al que deseé distante, ya le temía cercano. Y aun observé que á ningún otro prodigio se rindió la vista, sino á éste, confesándole inaccesible y con razón solo.

Es el sol, ponderó Critilo, la criatura, que más ostentosamente retrata la majestuosa grandeza del Criador. Llámase sol, porque en su presencia todas las demás lumbreras se retiran; él solo campea. Está en medio de los celestes orbes, como en su centro, corazón del lucimiento y manantial perenne de la luz. Es indefectible, siempre el mismo, único en la belleza. Él hace que se vean todas las cosas y no permite ser visto, celando su decoro y recatando su decencia. Influye y concurre con las demás causas á dar el ser á todas las cosas, hasta el hombre mismo. Es afectadamente comunicativo de su luz y de su alegría, esparciéndose por todas partes y penetrando hasta las mismas entrañas de la tierra. Todo lo baña, alegra é ilustra, fecunda é influye. Es igual, pues nace para todos. Á nadie ha menester de sí abajo y todos le reconocen dependencias. Él es al fin criatura de ostentación, el más luciente espejo, en quien las divinas grandezas se representan.

Todo el día, dijo Andrenio, empleé en él, contemplándole, ya en sí, ya en los reflejos de las aguas, olvidado de mí mismo.

Ahora no me espanto, ponderó Critilo, de lo que dijo aquel otro filósofo, que había nacido para ver el sol. Dijo bien, aunque le entendieron mal é hicieron burla de sus veras. Quiso decir este sabio que en ese sol material contemplaba él aquel divino, realzadamente filosofando que, si la sombra es tan esclarecida ¿cuál será la verdadera luz de aquella infinita increada belleza?

[Marginal: _El cielo estrellado._]

¡Mas ay!, dijo lamentándose Andrenio, que al uso de acá abajo, la grandeza de mi contento se convirtió presto en un exceso de pesar, al ver, digo al no verle. Trocóse la alegría del nacer en el horror del morir, el trono de la mañana en el túmulo de la noche: sepultóse el sol en las aguas y quedé yo anegado en otro mar de mi llanto. Creí no verle más, con que quedé muriendo; pero volví presto á resucitar entre nuevas admiraciones á un cielo coronado de luminarias, haciendo fiesta á mi contento. Asegúrote que no me fué menos agradable vista ésta; antes más entretenida, cuanto más varia.

¡Oh, gran saber de Dios!, dijo Critilo, que halló modo cómo hacer hermosa la noche, que no es menos linda que el día. [Marginal: _Noche serena._] Impropios nombres la dió la vulgar ignorancia, llamándola fea y desaliñada; no habiendo cosa más brillante y serena. Injúrianla de triste, siendo descanso del trabajo y alivio de nuestras fatigas. Mejor la celebró uno de sabia, ya por lo que se calla, ya por lo que se piensa en ella. Que no sin enseñanza fué celebrada la lechuza en la discreta Atenas por símbolo del saber. No es tanto la noche para que duerman los ignorantes, cuanto para que velen los sabios. Y si el día ejecuta, la noche previene.

En otra gran función y más á lo callado me hallaba muy hallado con la noche, metido en aquel laberinto de las estrellas, unas centellantes, otras lucientes. Íbalas registrando todas, notando su mucha variedad en la grandeza, puestos, movimientos y colores, saliendo unas y ocultándose otras.

Ideando, dijo Critilo, las humanas, que todas caminan á ponerse.

En lo que yo mucho reparé, dijo Andrenio, fué en su maravillosa disposición. Porque, ya que el soberano Artífice hermoseó tanto esta artesonada bóveda del mundo con tanto florón y estrellas, ¿por qué no las dispuso, decía yo, con orden y concierto, de modo que entretejieran vistosos lazos y formaran primorosas labores? No sé cómo me lo diga ni cómo lo declare.

[Marginal: _Estrellas, su variedad._]

Ya te entiendo, acudió Critilo: quisieras tú que estuvieran dispuestas en forma, ya de un artificioso recamado, ya de un vistoso jardín, ya de un precioso joyel, repartidas con arte y correspondencia.

Sí, sí, eso mismo. Porque á más de que campearan otro tanto y fuera un espectáculo muy agradable á la vista, brillantísimo artificio, destruía con eso del todo el divino Hacedor aquel necio escrúpulo de haberse hecho acaso y declaraba de todo punto su divina Providencia.

Reparas bien, dijo Critilo; pero advierte que la divina Sabiduría, que las formó y las repartió de esta suerte, atendió á otra más importante correspondencia, cual lo es de sus movimientos y aquel templarse las influencias. Porque has de saber que no hay astro alguno en el cielo, que no tenga su diferente propiedad: así como las yerbas y las plantas de la tierra. Unas de las estrellas causan el calor y otras el frío; unas secan, otras humedecen; y de esta suerte alternan otras muchas influencias y con esa esencial correspondencia unas á otras se corrigen y se templan. La otra disposición artificiosa, que tú dices, fuera afectada y uniforme; quédese para los juguetes del arte y de la humana niñería. De este modo se nos hace cada noche nuevo el cielo y nunca enfada el mirarlo: cada uno proporciona las estrellas como quiere. Á más de que en esta variedad natural y confusión grave parece tanto más, que el vulgo las llama innumerables y con esto queda como en enigma la suprema asistencia, si bien para los sabios muy clara y entendida.

Celebraba yo mucho aquella gran variedad de colores, dijo Andrenio: unas campean blancas, otras encendidas, doradas y plateadas; sólo eché menos el color verde, siendo el más agradable á la vista.

Es muy terreno, dijo Critilo; quédanse las verduras para la tierra. Acá son las esperanzas, allá la feliz posesión. Es contrario ese color á los ardores celestes, por ser hijos de la humedad corruptible. ¿No reparaste en aquella estrellita, que hace punto en la gran plana del cielo, objeto de los imanes, blanco de sus saetas? Allí el compás de nuestra atención fija la una punta y con la otra va midiendo los círculos, que va dando en vueltas, aunque de ordinario, rodando nuestra vida.

[Marginal: _Luna, símbolo del hombre._]

Confiésote que se me había pasado por pequeña, dijo Andrenio, á más de que ocupó luego toda mi curiosidad aquella hermosa reina de las estrellas, presidente de la noche, sustituta del sol y no menos admirable, ésa que tú llamas luna. Causóme, si no menos gozo, mucha más admiración con sus uniformes variedades, ya creciente, ya menguante y á poco rato llena.

Es segunda presidente del tiempo, dijo Critilo: tiene á medias el mando con el sol. Si él hace el día, ella la noche: si el sol cumple los años, ella los meses; calienta el sol y seca de día la tierra, la luna de noche la refresca y humedece; el sol gobierna los campos, la luna rige los mares: de suerte que son las dos balanzas del tiempo. Pero lo más digno de notarse es que, así como el sol es claro espejo de Dios y de sus divinos atributos, la luna lo es del hombre y de sus humanas imperfecciones: ya crece, ya mengua, ya nace, ya muere, ya está en su lleno, ya en su nada, nunca permaneciendo en un estado. No tiene luz de sí, participa la del sol, eclípsala la tierra, cuando se le interpone. Muestra más sus manchas, cuando está más lucida. Es la ínfima de los planetas en el puesto y en el ser. Puede más en la tierra, que en el cielo. De modo que es mudable, defectuosa, manchada, inferior, pobre, triste y todo se le origina de la vecindad con la tierra.

Toda esta noche y otras muchas, dijo Andrenio, pasé en tan gustoso desvelo, haciendo tantos ojos como el cielo mismo, yo por mirarle y él para ser visto. Mas ya los clarines de la aurora en cantos de las aves comenzaron á hacer salva á la segunda salida del sol, tocando á despejar estrellas y despertar flores. Volvió él á nacer y yo á vivir con verle. Saludéle con afectos ya más tibios.

Que aun el sol, dijo Critilo, á la segunda vez ya no espanta ni á la tercera admira.

Sentí menos viva la curiosidad, cuanto más despierta la hambre. Y así, después de agradecidos aplausos, valiéndome de su luz, en que conocí que era criatura y que como paje de luz me servía, traté de descender á la tierra, obligándome la asistencia del cuerpo á faltar al ánimo, abatiéndome de la más alta contemplación á tan materiales empleos. Fuí bajando, digo humillándome, por aquella mal segura escala, que formaron las mismas ruinas: que de otro modo fuera imposible, y ese favor más reconocí al cielo. Pero, antes de estampar la primera huella en tierra, me falta ya el aliento y aun la voz y así te ruego me socorras de palabras, para poder exprimir la copia de mis sentimientos, que otra vez te convido á nuevas admiraciones, aunque en maravillas terrenas.

CRISI III

_La hermosa naturaleza._

Condición tiene de linda la varia naturaleza, pues quiere ser atendida y celebrada. Imprimió para ello en nuestros ánimos una viva propensión de escudriñar sus puntuales efectos. Ocupación pésima la llamó el mayor sabio. Y de verdad lo es, cuando para en sola una inútil curiosidad; menester es se realce á los divinos aplausos, alternados con agradecimientos. Y, si la admiración es hija de la ignorancia, también es madre del gusto.

El no admirarse procede del saber en los menos; que en los más, del no advertir. No hay mayor alabanza de un objeto que la admiración, si calificada, que llega á ser lisonja, porque supone excesos de perfección, por más que se retire á su silencio. Pero está muy vulgarizada; que nos suspenden las cosas, no por grandes, sino por nuevas. No se repara ya en los superiores empleos por conocidos: y así andamos mendigando niñerías en la novedad, para acallar nuestra curiosa solicitud con la extravagancia.

Gran hechizo es el de la novedad, que como todo lo tenemos tan visto, pagámonos de juguetes nuevos, así de la naturaleza, como del arte, haciendo vulgares agravios á los antiguos prodigios por conocidos. Lo que ayer fué un pasmo, hoy viene á ser desprecio, no porque haya perdido de su perfección, sino de nuestra estimación; no porque se haya mudado, antes porque no y porque no se nos hace de nuevo.

Redimen esta civilidad del gusto los sabios con hacer reflexiones nuevas sobre las reflexiones antiguas, renovando el gusto con la admiración.

Mas, si ahora nos admira un diamante, por lo extraordinario, una perla peregrina ¿qué ventaja sería en Andrenio llegar á ver de improviso un lucero, un astro, la luna, el sol mismo, todo el campo matizado de flores y todo el cielo esmaltado de estrellas? Díganoslo él mismo, que así proseguía su gustosa relación.

[Marginal: _Fecundidad de la tierra._]

En este centro de hermosas variedades, nunca de mí imaginado, me hallé de repente, dando más pasos con el espíritu, que con el cuerpo, moviendo más los ojos, que los pies. En todo reparaba como nunca visto y todo lo aplaudía como tan perfecto. Con esta ventaja, que ayer, cuando miraba al cielo, sólo empleaba la vista; mas aquí todos los sentidos juntos y aun no eran bastantes, para tanta fruición. Quisiera tener cien ojos y cien manos, para poder satisfacer curiosidades del alma y no pudiera. Discurría embelesado, mirando tanta multitud de criaturas, tan diferentes todas en propiedades y en esencias, en la forma, en el color, en efectos y movimientos. Cogía una rosa, contemplaba su belleza, percibía su fragancia, no hartándome de mirarla y admirarla. Alargaba la otra mano á alguna fruta, empleando de más á más el gusto: ventaja que llevan los frutos á flores. Halléme á poco rato tan embarazado de cosas, que hube de dejar unas para lograr otras, repitiendo aplausos y renovando gustos.

[Marginal: _Diversa multitud de criaturas._]

Lo que yo mucho celebraba era el ver tanta multitud de criaturas con tanta diferencia entre sí, tanta pluralidad con tan rara diversidad, que ni una hoja de una planta ni una pluma de un pájaro se equivoca con las de otra especie.

Es que atendió, ponderó Critilo, aquel sabio Hacedor, no sólo á la precisa necesidad del hombre, para quien todo esto se criaba, sino á la comodidad y regalo, ostentándose en esto su infinita liberalidad, para obligarle á él, que con la misma generosidad le sirva y le venere.

Conocí luego, prosiguió Andrenio, muchas de aquellas frutas, por haber traído mis brutos á la cueva; mas tuve especial gusto de ver cómo nacen y se crían en sus ramas, cosas que jamás pude atinar, aunque lo discurrí mucho. Burláronme otras no conocidas con su desazón y acedía.

Ése es otro bien admirable asunto de la divina Providencia, dijo Critilo, pues previno que no todos los frutos se sazonasen juntos; sino que se fuesen dando vez, según la variedad de los tiempos y necesidad de los vivientes. Unos comienzan en la primavera, primicias más del gusto, que del provecho, lisonjeando antes por lo temprano, que por lo sazonado; sirven otros más frescos para aliviar el abrasado estío y los secos, como más durables y calientes, para el estéril invierno. Las hortalizas frescas templan los ardores del Julio y las calientes confortan contra los rigores del Diciembre. De suerte que, acabado un fruto, entra el otro, para que con comodidad puedan recogerse y guardarse, entreteniendo todo el año con abundancia y con regalo. ¡Oh, próvida bondad del Criador, y quién puede negar, aun en el secreto de su necio corazón, tan atenta providencia!

Hallábame, proseguía Andrenio, en medio de tan agradable laberinto de prodigios en criaturas, gustosamente perdido, cuando más hallado, sin saber dónde acudir. Dejábame llevar de mi libre curiosidad siempre hambrienta. Cada empleo era para mí un pasmo, cada objeto una nueva maravilla. Cogía esta y aquella flor, solicitada de su fragancia. Lisonjeado de su belleza, no me hartaba de verlas y de olerlas, descogiendo sus hojas y haciendo prolija anatomía de su artificiosa composición. Y de aquí pasaba á aplaudir toda junta la belleza, que en todo el universo resplandece. [Marginal: _Utilidad con hermosura._] De modo, ponderaba yo, que si es hermosa una flor, mucho más todo el prado; brillante y linda una estrella, pero más vistoso y lindo todo el cielo. Porque ¿quién no admira, quién no celebra tanta hermosura junta con tanto provecho?

Tienes buen gusto, dijo Critilo; mas no seas tú uno de aquellos, que frecuentan cada año las florestas, atentos no más que á recrear los materiales sentidos, sin emplear el alma en la más sublime contemplación. Realza el gusto á reconocer aquella beldad infinita de el Criador, que en esta terrestre se representa, infiriendo que, si la sombra es tal, ¿cuál será su causa y la realidad á quien sigue? Haz el argumento de lo muerto á lo vivo y de lo pintado á lo verdadero. Y advierte que, cual suele el primero artífice en la real fábrica de un palacio, no sólo atender á su estabilidad y firmeza, á la comodidad de la habitación; sino á la hermosura y á la elegante simetría, para que le pueda gozar el más noble de los sentidos, que es la vista: así aquel divino Arquitecto de esta gran casa del orbe, no sólo atendió á su comodidad y firmeza; sino á su hermosa proporción. De aquí es que no se contentó con que los árboles rindiesen solos frutos; sino también flores. Júntese el provecho con las delicias. Fabriquen las abejas sus dulces panales y para esto soliciten de una en una toda flor, destílense las aguas saludables y odoríferas, que recreen el olfato y conforten el corazón, tengan todos los sentidos su gozo y su empleo.

¡Mas ay!, replicó Andrenio, que lo que me lisonjearon las flores primero tan fragantes, me entristecieron después ya marchitas.

Retrato, al fin, ponderó Critilo, de la humana fragilidad. Es la hermosura agradable ostentación del comenzar. Nace el año entre las flores de una alegre primavera, amanece el día entre los arreboles de una risueña aurora: y comienza el hombre á vivir entre las risas de la niñez y las lozanías de la juventud; mas todo viene á parar en la tristeza de un marchitarse, en el horror de un ponerse y en la fealdad de un morir, haciendo continuamente del ojo la inconstancia común al desengaño especial.

Después de haber solazado la vista deliciosamente, dijo Andrenio, en un tan extraño concurso de beldades, no menos se recreó el oído con la agradable armonía de las aves. [Marginal: _Excelencias de las aves._] Íbame escuchando sus regalados cantos, sus quiebros, trinos, gorjeos, fugas, pausas y melodía, con que hacían en sonora competencia bulla el valle, brega la vega, trisca el risco y los bosques voces, saludando lisonjeras siempre al sol que nace. Aquí noté, con no pequeña admiración que á solas las aves concedió la naturaleza este privilegio del cantar, alivio grande de la vida, pues no hallé bruto alguno de los terrestres, con que los examiné uno á uno, que tuviese la voz agradable; antes todos las forman, no sólo insuaves, pero positivamente molestas y desapacibles. Debe de ser por lo que tienen de bestias.