Part 2
_Es Gracián el continuador de Séneca, de Mateo Alemán y de Quevedo, como satírico moralista; pero diferénciase de todos ellos por haber buscado más en lo hondo, sacando como personajes de su obra las puras ideas platónicas y dádoles con todo eso vida en un diálogo tan vivo y real como el_ Guzmán de Alfarache, _obra de filósofo realista de fuera adentro. Tan variado y ligero es Gracián en su_ Criticón, _como en sus_ Sueños _es Quevedo, tan sentencioso y dogmático como en sus_ Epístolas _Séneca. Gana á Séneca en lo ceñido, escultural y hondo de los dictámenes, á Mateo Alemán en el mismo realismo al modo dicho, á Quevedo en lo macizo, sistemático y escéptico de las doctrinas, á todos tres en la profundidad filosófica._
_Óigase el juicio de Menéndez y Pelayo[3]: “Talento de estilista de primer orden, maleado por la decadencia literaria, pero así y todo, el segundo de aquel siglo en originalidad de invenciones fantástico-alegóricas, en estro satírico, en alcance moral, en bizarría de expresiones nuevas y pintorescas, en humorismo profundo y de ley, en vida y movimiento y efervescencia continua, de imaginación tan varia, tan amena, tan prolífica, sobre todo en su_ Criticón, _que verdaderamente maravilla y deslumbra, atando de pies y manos el juicio, sorprendido por las raras ocurrencias y excentricidades del autor, que pudo no tener gusto, pero que derrochó un caudal de ingenio como para ciento.”_
[3] _Ideas estéticas_, t. II, vol. II, p. 535.
_Este juicio del maestro me parece atinado, si al llamarle el segundo de su siglo miraba á Cervantes, como al primero de él; pero no, si miraba á Quevedo. Tampoco admito lo del mal gusto ni las excentricidades tratándose de_ El Criticón, _aunque sí tratándose de algunas otras de sus obras._
_Algo, muy poco, de la falsa bambolla, propia del tiempo, empaña alguna que otra vez el mismo_ Criticón; _pero fuera de esto, el estilo es claro y transparente, como no suele serlo en sus obrillas menudas de estilo puramente sentencioso, y el lenguaje tan castizo y rico en modismos y rodeos castellanos como el de Cervantes, Mateo Alemán y Quevedo._
_Cuanto á la profundidad de concepción de la obra total, á la fuerza y amargor de la sátira de la sociedad, al escudriñamiento de las almas y al conocimiento del mundo y de la vida, de lo cual nada dice Menéndez y Pelayo, no sólo es para mí_ El Criticón _la obra más grande escrita en España, pero acaso en el mundo entero._
_“Más obran quintas esencias, que fárragos”, decía Gracián, y verdaderamente sus obras son quintas esencias. Gran artista de la palabra, maestro del arte de hablar le creyeron sus contemporáneos, y de hecho_ El Criticón _es un raudal bullente y despeñado, que salta de un solo chorro y corre por entre peñascales sin el menor tropiezo, arrollándolo todo y cual si deslizase por un cauce de arena. Pero no es raudal de retórico desfrenado, no es folla ni soniquete huero; es raudal quintesenciado de acendradísimo oro, donde no huelga una frase ni desdice un pensamiento de la más elevada filosofía. Cada_ Crisi _es un estudio acabado con maestría sin igual y las_ Crisis _van creciendo en importancia cada vez mayor, y el teatro de la vida humana ensanchándose y las negras tintas, que sombrean las miserias de los hombres ennegreciéndose y ensombreciéndose por momentos. Las más profundas sentencias de los mayores pensadores han desaguado en_ El Criticón; _pero hánse revestido de una tan nueva y desusada forma, hánse concentrado en un tan fuerte elixir, que están desconocidas y nos muestran el poder de aquel asombroso cerebro, que como ningún otro alcanzaba á alquitarar la expresión y dar espíritu á los pensamientos._
_Era incapaz un tan hondo filósofo de aderezar una novela, por filosófica que fuese, metiendo en una acción y en unos personajes particulares la filosofía de la vida, como ella verbeneaba en su cabeza; tuvo que vaciar esa filosofía en símbolos condensados, en matrices de novelas, en un cuadro fantasmagórico de tanto alcance, que puede servir de clave á todas las novelas de hechos particulares, que artistas menos preñados de pensamientos y de más vagar que este pensador, verdaderamente volcánico, saben tomar de la realidad y describir despaciosamente._
_Torno á repetirlo: Baltasar Gracián es el más grande pensador de la raza hispana y uno de los grandes pensadores de la humanidad. Leed_ El Criticón _y lo veréis._
_JULIO CEJADOR._
EL CRITICÓN
PRIMERA PARTE
EN LA PRIMAVERA DE LA NIÑEZ Y EN EL ESTÍO DE LA JUVENTUD
Á DON PABLO DE PARADA
CABALLERO DE CRISTO, GENERAL DE LA ARTILLERÍA Y GOBERNADOR DE TORTOSA
Si mi pluma fuera tan biencortada como la espada de V. S. cortadora, aun pareciera escusable la ambición del patrocinio; ya que no llegue á tanto, solicita una muy valiente defensa. Nació con V. S. el valor en su patria Lisboa, creció en el Brasil entre plausibles bravezas y ha campeado en Cataluña entre célebres victorias.
Rechazó V. S. al bravo Mariscal de la Mora en los asaltos, que dió á Tarragona por el puesto de San Francisco, que V. S. con su tercio y su valor tan bizarramente defendió. Desalojó después al que llamaban el invencible Conde de Arcuhurt, sacándole de las trincheras sobre Lérida, acometiendo con su regimiento de la Guarda el fuerte real, que ocupó y defendió contra el general recelo. Y desta calidad pudiera referir otras muchas facciones, aconsejadas primero de la prudencia militar de V. S. y ejecutadas después de su gran valor. Emula dél la felicidad, le asistió á V. S., siendo General de la flota, para que la condujese á España con tanta prosperidad y riqueza. Y de aquí se ha ocasionado aquella altercación entre los grandes Ministros, si es V. S. mejor para las armadas de mar ó para las de tierra, siendo eminente en todas. Por no hacer sospechosas estas verdades, aunque tan sabidas, con el afecto de amigo, quisiera hablar por boca de algún enemigo; pero ninguno le hallo á V. S. Sólo uno que, para desconocer obligaciones quiso afectarlo, no pudo. Pues él mismo decía, ¡brava cosa!, que: “Quisiera decir mal deste hombre y no hallo qué poder decir”.
Pero lo que yo más celebro es que, siendo V. S. hombre tan sin embeleco, se haya hecho lugar en la mayor estimación de nuestro siglo.
El cielo le prospere. B. L. M. de V. S. su más apasionado
_LORENZO GRACIÁN_
Á QUIEN LEYERE
Esta Filosofía cortesana, el curso de tu vida en un discurso, te presento hoy, lector juicioso, no malicioso. Y aunque el título está ya provocando ceño, espero que todo entendido se ha de dar por desentendido, no sintiendo mal de sí.
He procurado juntar lo seco de la filosofía con lo entretenido de la invención, lo picante de la sátira con lo dulce de la épica, por más que el rígido Gracián lo censure, juguete de la traza en su más sutil que provechosa Arte de ingenio. En cada uno de los autores de buen genio he atendido á imitar lo que siempre me agradó, las alegorías de Homero, las ficciones de Esopo, lo doctrinal de Séneca, lo juicioso de Luciano, las descripciones de Apuleyo, las moralidades de Plutarco, los empeños de Eliodoro, las suspensiones del Ariosto, las crisis del Boquelino y las mordacidades de Barclayo. Si lo habré conseguido, siquiera en sombras, tú lo has de juzgar.
Comienzo por la hermosa naturaleza, paso á la primorosa arte y paro en la útil moralidad. He dividido la obra en dos partes, treta de discurrir lo penado, dejando siempre picado el gusto, no molido.
Si esta primera te contentare, te ofrezco luego la segunda, ya dibujada, ya colorida; pero no retocada y tanto más crítica, cuanto son más juiciosas las otras dos edades de quienes se filosofa en ella.
CRISI PRIMERA
_Náufrago Critilo, encuentra con Andrenio, que le da prodigiosamente razón de sí._
Ya entrambos mundos habían adorado el pie á su universal monarca el católico Filipo. Era ya real corona suya la mayor vuelta, que el sol gira por el uno y otro hemisferio. Brillante círculo, en cuyo cristalino centro yace engastada una pequeña isla ó perla del mar ó esmeralda de la tierra. Dióla nombre augusta emperatriz, para que ella lo fuese de las islas, corona del océano. Sirve, pues, la isla de Santa Elena en la escala del un mundo al otro, de descanso á la portátil Europa y ha sido siempre venta franca, mantenida de la divina próvida clemencia en medio de inmensos golfos á las católicas flotas del oriente.
Aquí, luchando con las olas, contrastando los vientos y más los desaires de su fortuna, mal sostenido de una tabla, solicitaba puerto un náufrago, monstruo de la naturaleza y de la suerte, cisne en lo ya cano y más en lo canoro, que así exclamaba entre los fatales confines de la vida y de la muerte: ¡Oh vida! [Marginal: _Vida._] ¡No habías de comenzar; pero, ya que comenzaste, no habías de acabar! No hay cosa más deseada ni más frágil que tú eres y el que una vez te pierde, tarde te recupera: desde hoy te estimaría como á perdida. Madrastra se mostró la naturaleza con el hombre, pues lo que le quitó de conocimiento al nacer, le restituye al morir: allí porque se perciban los bienes que se reciben y aquí porque se sientan los males que se conjuran.
¡Oh tirano mil veces de todo el ser humano aquel primero, que con escandalosa temeridad fió su vida en un frágil leño al inconstante elemento! Vestido dicen que tuvo el pecho de aceros, mas yo digo que revestido de hierros. En vano la superior atención separó las naciones con los montes y los mares, si la audacia de los hombres halló puentes para trasegar su malicia. Todo cuanto inventó la industria humana ha sido perniciosamente fatal y en daño de sí misma. La pólvora es un horrible estrago de las vidas, instrumento de su mayor ruina y una nave no es otro, que un ataúd anticipado. Parecíale á la muerte teatro angosto de sus tragedias la tierra y buscó modo cómo triunfar en los mares, para que en todos elementos se muriese.
¿Qué otra grada le queda á un desdichado para perecer, después que pisa la tabla de un bajel, cadalso merecido de su atrevimiento? Con razón censuraba el Catón, aun de sí mismo, entre las tres necedades de su vida, el haberse embarcado por la mayor. ¡Oh suerte! ¡Oh cielo! ¡Oh fortuna! Aun creería que soy algo, pues así me persigues y, cuando comienzas, no paras hasta que apuras. Válgame en esta ocasión el valer nada, para repetir de eterno.
De esta suerte hería los aires con suspiros, mientras azotaba las aguas con los brazos, acompañando la industria con minerva. [Marginal: _Grandes hombres._] Pareció ir sobrepujando el riesgo, que á los grandes hombres los mismos peligros ó los temen ó los respetan. La muerte á veces recela el emprenderlos y la fortuna los va guardando los aires. Perdonaron los aspides á Alcides, las tempestades á César, los aceros á Alejandro y las balas á Carlos V. ¡Mas ay!, que, como andan encadenadas las desdichas, unas á otras se introducen y el acabarse una es de ordinario el engendrarse otra mayor. Cuando creyó hallarse en el seguro regazo de aquella madre común, volvió de nuevo á temer que, enfurecidas las olas, le arrebataban para estrellarle en uno de aquellos escollos, duras entrañas de su fortuna, Tántalo de la tierra, huyéndosele de entre las manos, cuando más segura la creía: que un desdichado, no sólo no halla agua en el mar, pero ni tierra en la tierra.
Fluctuando estaba entre uno y otro elemento, equívoco entre la muerte y la vida, hecho víctima de su fortuna, cuando un gallardo joven, ángel al parecer y mucho más al obrar, alargó sus brazos para recogerle en ellos, amarras de un secreto imán, si no de hierro, asegurándole la dicha con la vida. En saltando en tierra, selló sus labios en el suelo, logrando seguridades y fijó sus ojos en el cielo, rindiendo agradecimientos. Fuése luego con los brazos abiertos para el restaurador de su vida, queriendo desempeñarse en abrazos y en razones. No le respondió palabra el que le obligó con las obras; sólo daba demostraciones de su gran gozo en lo risueño y de su mucha admiración en lo atónito en el semblante. Repitió abrazos y razones el agradecido náufrago, preguntándole de su salud y fortuna y á nada respondía el asombrado isleño.
Fuéle variando idiomas de algunos que sabía; mas en vano, pues, desentendido de todo, se remitía á las extraordinarias acciones, no cesando de mirarle y de admirarle, alternando extremos de espanto y de alegría.
Dudara con razón el más atento ser inculto parto de aquellas selvas, si no desmintieran la sospecha lo inhabitado de la isla, lo rubio y tendido de su cabello, lo perfilado de su rostro, que todo le sobrescribía europeo. Del traje no se podían rastrear indicios, pues era sola la librea de su inocencia.
Discurrió más el discreto náufrago, si acaso viviría destituído de aquellos dos criados del alma, el uno de traer y el otro de llevar recados, el oir y el hablar. Desengañóle presto la experiencia, pues al menor ruido prestaba atenciones prontas sobre el imitar con tanta propiedad los bramidos de las fieras y los cantos de las aves, que parecía entenderse mejor con los brutos, que con las personas: tanto pueden la costumbre y la crianza. Entre aquellas bárbaras acciones rayaba como en vislumbres la vivacidad de su espíritu, trabajando el alma, por mostrarse: que donde no media el artificio, toda se pervierte la naturaleza.
Crecía en ambos á la par el deseo de saberse las fortunas y las vidas; pero advirtió el entendido náufrago que la falta de un común idioma les tiranizaba esta fruición. Es el hablar efecto grande de la racionalidad: que quien no discurre, no conversa. [Marginal: _Conversación._] Habla, dijo el filósofo, para que te conozca. Comunícase el alma noblemente, produciendo conceptuosas imaginaciones de sí en la mente del que oye, que es propiamente el conversar. No están presentes los que no se tratan ni ausentes los que por escrito se comunican. Viven los sabios varones ya pasados y nos hablan cada día en sus eternos escritos, iluminando perennemente los venideros. Participa el hablar de lo necesario y de lo gustoso. Que siempre atendió la sabia naturaleza á hermanar ambas cosas en todas las funciones de la vida. Consíguense con la conversación á lo gustoso y á lo presto las importantes noticias y es el hablar atajo único para el saber. Hablando los sabios engendran otros y por la conversación se conduce al ánimo la sabiduría dulcemente.
De aquí es que las personas no pueden estar sin algún idioma común para la necesidad y para el gusto. Que aun dos niños, arrojados de industria en una isla, se inventaron lenguaje para comunicarse y entenderse. De suerte que es la noble conversación hija del discurso, madre del saber, desahogo del alma, comercio de los corazones, vínculo de la amistad, pasto del contento y ocupación de personas.
Conociendo esto el advertido náufrago, emprendió luego el enseñar á hablar al inculto joven y púdolo conseguir fácilmente, favoreciéndole la docilidad y el deseo. Comenzó por los nombres de ambos, proponiéndole el suyo, que era el de Critilo, imponiéndole á él el de Andrenio, que llenaron bien el uno en lo juicioso y el otro en lo humano. El deseo de sacar á luz tanto concepto por toda la vida repasado y la curiosidad de saber tanta verdad ignorada picaban la docilidad de Andrenio.
Ya comenzaba á pronunciar, ya preguntaba y respondía. Probábase á razonar, ayudándose de palabras y de acciones. Y tal vez lo que comenzaba la lengua lo acababa de exprimir el gesto. Fuéle dando noticia de su vida á centones y á remiendos, tanto más extraña, cuanto menos entendida. Y muchas veces se achacaba al no acabar de percibir lo que no se acababa de creer. Mas, cuando ya pudo hablar seguidamente y con igual copia de palabras á la grandeza de sus sentimientos, obligado de las vivas instancias de Critilo y ayudado de su industria, comenzó á satisfacerle de esta suerte.
[Marginal: _Conocimiento._]
Yo, dijo, ni sé quién soy ni quién me ha dado el ser ni para qué me le dió. ¡Qué de veces y sin voces me lo pregunté á mí mismo, tan necio como curioso! Pues, si el preguntar comienza en el ignorar, mal pudiera yo responderme. Argüíame tal vez para ver si empeñado me excedería á mí mismo. Duplicábame aun no bien singular, por ver si, apartado de mi ignorancia, podría dar alcance á mis deseos. Tú, Critilo, me preguntas quién yo soy y yo deseo saberlo de ti. Tú eres el primer hombre, que hasta hoy he visto y en ti me hallo retratado más al vivo, que en los mudos cristales de una fuente, que muchas veces mi curiosidad solicitaba y mi ignorancia aplaudía. Mas, si quieres saber el material suceso de mi vida, yo te lo referiré, que es más prodigioso, que prolijo.
La vez primera, que me reconocí y pude hacer concepto de mí mismo, me hallé encerrado dentro de las entrañas de aquel monte, que entre los demás se descuella: que aun entre peñascos debe ser estimada la eminencia. Allí me ministró el primer sustento una de éstas, que tú llamas fieras y yo llamaba madre, creyendo siempre ser ella la que me había parido y dado el ser que tengo: corrido lo refiero de mí mismo.
[Marginal: _Niñez._]
Muy propio es, dijo Critilo, de la ignorancia pueril el llamar á todos los hombres padres y á todas las mujeres madres. Y al modo que tú hasta una bestia tenías por tal, creyendo la maternidad en la beneficencia, así el mundo en aquella su ignorante infancia á cualquier criatura su bienhechora llamaba padre y aun le aclamaba Dios.
Así yo, prosiguió Andrenio, creía madre la que me alimentaba fiera á sus pechos. Me crié entre aquellos sus hijuelos, que yo tenía por hermanos, hecho bruto entre los brutos, ya jugando y ya durmiendo. Dióme leche diversas veces que parió, partiendo conmigo de la caza y de las frutas, que para ellos traía. Á los principios no sentía tanto aquel penoso encerramiento; antes con las interiores tinieblas del ánimo desmentía las exteriores del cuerpo y con la falta de conocimiento disimulaba la carencia de la luz, si bien algunas veces brujuleaba unas confusas vislumbres, que dispensaba el cielo á tiempos por lo más alto de aquella infausta caverna.
[Marginal: _La luz de la razón._]
Pero, llegado á cierto término de creer y de vivir, me salteó de repente un tan extraordinario ímpetu de conocimiento, un tan grande golpe de luz y de advertencia, que revolviendo sobre mí, comencé á reconocerme, haciendo una y otra reflexión sobre mi propio ser.
¿Qué es esto?, decía, ¿soy ó no soy? Pero, pues vivo, pues conozco y advierto, ser tengo. Mas si soy, ¿quién soy yo? ¿Quién me ha dado este ser y para qué me lo ha dado? Para estar aquí metido: ¡grande infelicidad sería! ¿Soy bruto como éstos? Pero no, que observo entre ellos y entre mí palpables diferencias: ellos están vestidos de pieles, yo desabrigado, menos favorecido de quien nos dió el ser.
También experimento en mí todo el cuerpo muy de otra suerte proporcionado, que en ellos: yo río y yo lloro, cuando ellos aúllan: yo camino derecho, levantando el rostro hacia lo alto, cuando ellos se mueven torcidos é inclinados hacia el suelo. Todas éstas son bien conocidas diferencias y todas las observaba mi curiosidad y las confería mi atención conmigo mismo.
Crecía de cada día el deseo de salir de allí, el conato de ver y saber, si en todos natural y grande, en mí como violentado, insufrible; pero, lo que más me atormentaba era ver que aquellos brutos, mis compañeros, con extraña ligereza trepaban por aquellas inhiestas paredes, entrando y saliendo libremente, siempre que querían y que para mí fuesen inaccesibles, sintiendo con igual ponderación que aquel gran don de la libertad á mí solo se me negase.
Probé muchas veces á seguir aquellos brutos, arañando los peñascos, que pudieran ablandarse con la sangre que de mis dedos corría. Valíame también de los dientes; pero todo en vano y con daño, pues era cierto el caer en aquel suelo, regado con mis lágrimas y teñido con mi sangre. Á mis voces y á mis llantos acudían enternecidas las fieras, cargadas de frutas y de caza, con que se templaba en algo mi sentimiento y me desquitaba en parte de mis penas.
¡Qué de soliloquios hacía tan interiores, que aun este alivio del habla exterior me faltaba! ¡Qué de dificultades y dudas trababan entre sí mi observación y mi curiosidad, que todas se resolvían en admiraciones y en penas!
Era para mí un repetido tormento el confuso ruido de estos mares, cuyas olas más rompían en mi corazón, que en estas peñas. ¿Pues qué diré, cuando sentía el horrísono fragor de los nublados y sus truenos? Ellos se resolvían en lluvia; pero mis ojos en llanto. Lo que llegó ya á ser ansia de reventar y agonía de morir era que á tiempos, aunque para mí de tarde en tarde, percibía acá fuera unas voces como la tuya, al comenzar con grande confusión y estruendo; pero después poco á poco más distintas, que naturalmente me alborozaban ó se me quedaban muy impresas en el ánimo.
Bien advertía yo que eran muy diferentes de las de los brutos, que de ordinario oía. Y el deseo de ver y de saber quién era el que las formaba y no poder conseguirlo me traía á extremos de morir. Poco era lo que unas y otras veces percibía; pero discurríalo tan mucho, como de espacio.
[Marginal: _Concierto de el Universo._]
Una cosa puedo asegurarte, en que imaginé muchas veces y de mil modos, lo que habría acá fuera, el modo, la disposición, la traza, el sitio, la variedad y máquina de cosas, según lo que yo había concebido; jamás di en el modo ni atiné con el orden, variedad y grandeza de esta gran fábrica, que vemos y admiramos.
¡Qué mucho, dijo Critilo, pues, si aunque todos los entendimientos de los hombres, que ha habido ni habrá, se juntaran antes á trazar esta gran máquina del mundo y se les consultara cómo había de ser, jamás pudieran atinar á disponerla! ¿Qué digo el universo? La más mínima flor, un mosquito, no supieran formarlo. Sola la infinita sabiduría de aquel supremo Hacedor pudo hallar el modo, el orden y el concierto de tan hermosa y perenne variedad.
Pero, díme, que deseo mucho saberlo de ti y oírtelo contar, ¿cómo pudiste salir de aquella tu penosa cárcel, de aquella sepultura anticipada de tu cueva? Y sobre todo, si es posible el exprimirlo, ¿cuál fué el sentimiento de tu admirado espíritu, aquella primera vez que llegaste á descubrir, á ver, á gozar y admirar este plausible teatro del universo?
Aguarda, dijo Andrenio, que aquí es menester tomar aliento para relación tan gustosa y peregrina.
CRISI II
_El gran teatro del universo._
Luego que el supremo Artífice tuvo acabada esta gran fábrica del mundo, dicen trató repartirla, alojando en sus estancias sus vivientes. Convocólos todos, desde el elefante hasta el mosquito. Fuéles mostrando los repartimientos y examinando á cada uno, cuál de ellos escogía para su morada y vivienda. Respondió el elefante que él se contentaba con una selva, el caballo con un prado, el águila con una de las regiones del aire, la ballena con un golfo, el cisne con un estanque, el barbo con un río y la rana con un charco.
[Marginal: _La ambición humana._]
Llegó el último el primero, digo el hombre y, examinado de su gusto y de su centro, dijo que él no se contentaba con menos, que con todo el universo y aún le parecía poco. Quedaron atónitos los circunstantes de tan exorbitante ambición; aunque no faltó luego un lisonjero, que defendió nacer de la grandeza de su ánimo.
Pero la más astuta de todos: Eso no creeré yo, les dijo; sino que procede de la ruindad de su cuerpo. Corta le parece la superficie de la tierra y así penetra y mina sus entrañas en busca del oro y de la plata, para satisfacer en algo su codicia. Ocupa y embaraza el aire con lo empinado de sus edificios, dando algún desahogo á su soberbia. Surca los mares y sonda sus más profundos senos, solicitando las perlas, los ámbares y los corales, para adorno de su bizarro desvanecimiento. Obliga todos los elementos á que le tributen cuanto abarcan, el aire sus aves, el mar sus peces, la tierra sus cazas, el fuego la sazón, para entretener, que no satisfacer su gula. ¡Y aún se queja de que todo es poco! ¡Oh monstruosa codicia de los hombres!