Part 25
Los poderosos dan los cargos y se apasionan por los que menos los merecen y positivamente los desmerecen. Favorecen al ignorante, premian al adulador, ayudan al embustero, siempre adelantando los peores; y del más merecedor ni memoria, cuanto menos voluntad. El padre se apasiona por el peor hijo y la madre, por la hija más loca, el príncipe por el ministro más temerario, el maestro por el discípulo incapaz, el pastor por la oveja sarnosa, el prelado por el súbdito relajado, el capitán por el soldado más cobarde.
Y si no, mirad cuando gobiernan hombres de entereza y de virtud, como ahora, si son estimados los buenos, si son premiados los sabios.
Escoge el otro por amigo al enemigo de su honra y por confidente al más ruin. Con ése se acompaña, ése que le gasta la hacienda.
Creedme que en los mismos hombres está el mal. Ellos son los malos y los peores, ellos ensalzan el vicio y desprecian la virtud. Que no hay cosa hoy más aborrecida.
[Marginal: _Manos de la fortuna._]
Favorezcan ellos los hombres de bien, que yo no deseo otro. ¿Veis aquí mis manos? Miradlas, reconocedlas, que no son mías. Ésta es de un príncipe eclesiástico y esta otra de un seglar. Con éstas reparto los bienes, con éstas hago mercedes, con éstas dispenso las felicidades. Ved á quién dan estas manos, á quién adelantan, á quién elevan. Que yo siempre doy las cosas por manos de los mismos hombres ni tengo otras. Y para que veáis cuánta verdad es ésta:
¡Hola!, ¡hola!, llamadme aquí luego el Dinero, venga la Honra, los Cargos, Premios y Felicidades, venga acá cuanto vale y se estima en el mundo, comparezcan aquí todos cuantos se nombran bienes míos.
Concurrieron luego todos y comenzó á alborotarlos cuerdamente.
Venid acá, decía, ruin canalla, gente baja y soez, que vosotros, infames, me tenéis sin honra. Di, tú, bellaco, di, tú, dinero, [Marginal: _El dinero residenciado._] ¿por qué estás reñido con los hombres de bien? ¿Por qué no vas á casa de los buenos y virtuosos? ¿Es posible que me digan que siempre andas con gente ruin, haciéndote camarada con los peores del mundo, y me aseguran que nunca sales de sus casas? ¿Esto se puede tolerar?
Señora, respondió el Dinero, primeramente, todos los ruines, como son rufianes, farsantes, espadachines y rameras, jamás tienen un real ni para en su poder. Y si los buenos tampoco le tienen, no tengo yo la culpa.
¿Pues quién la tiene?
Ellos mismos.
¿Ellos? ¿De qué suerte?
Porque no me saben buscar. Ellos no roban, no trampean, no mienten, no estafan, no se dejan cohechar, no desuellan al pobre, no chupan la sangre ajena, no viven de embeleco, no adulan, no son terceros, no engañan: ¿cómo han de enriquecer, si no me buscan?
¿Qué, es menester buscarle? Váyase él, pues corre tanto, á sus casas mismas y ruégueles y sírvales.
Señora, ya voy tal vez ó por premio ó por herencia y no me saben guardar. Luego me echan puerta afuera, [Marginal: _Don Diego Antonio Francés._] haciendo limosnas, remediando necesidades, más que el arcipreste de Daroca. Pagan luego lo que deben, prestan, son caritativos, no saben hacer una ruindad y así luego me echan puerta afuera.
No es echarte á rodar; sino subirte bien alto, hasta el cielo. Y tú, Honra, ¿qué respondes?
Lo mismo. Que los buenos no son ambiciosos, no pretenden, no se alaban, no se entremeten; antes se humillan, se retiran del bullicio, no multiplican cartas, no se presentan y así ni me saben buscar ni á ellos los buscan.
¿Y tú, Hermosura?
[Marginal: _Belleza argüída._]
Que tengo muchos enemigos. Todos me persiguen, cuando más me siguen. Quiérenme para el mundo; nadie para el cielo. Siempre ando entre locas y necias. Las vanas me placean, me sacan á vistas; las cuerdas me encierran, me esconden, no se dejan ver y así siempre me topan con gente ruin á tontas y á locas.
Habla tú, Ventura.
Yo, señora, siempre voy con los mozos, porque los viejos no son atrevidos. Los prudentes, como piensan mucho, hallan grandes dificultades; los locos son arrojados, los temerarios no reparan, los desesperados no tienen qué perder. ¿Qué quieres tú que diga?
¿No veis, exclamó la Fortuna, lo que pasa?
Conocieron todos la verdad y valióle.
Sólo el soldado volvió á replicar y dijo:
Muchas cosas hay, que no dependen de los hombres; sino que tú absolutamente las dispensas, las repartes como quieres y se quejan que con notable desigualdad. Al fin, yo no sé cómo se es, que todos viven descontentos: las discretas porque las hiciste feas, las hermosas porque necias, los ricos porque ignorantes, los sabios porque pobres, los poderosos sin salud, los sanos sin hacienda, los hacendados sin hijos, los pobres cargados dellos, los valientes porque desdichados, los dichosos viven poco, los desdichados son eternos. Así que á nadie tienes contento. No hay ventura cumplida ni contento puro; todos son aguados.
Hasta la misma naturaleza se queja ó se escusa con que en todo te le opones. Siempre andáis las dos de punta, que tenéis escandalizado el mundo. Si la una echa por un cabo, la otra por el otro. [Marginal: _Fama, fortuna y naturaleza reñidas._] Por el mismo caso que la naturaleza favorece á uno, tú le persigues; si ella da prendas, tú las desluces y las malogras. Pues vemos infinitos perdidos por esto, grandes ingenios sin ventura, valentías prodigiosas sin aplauso, un Gran Capitán retirado, un rey Francisco de Francia preso, un Enrico IV muerto á puñaladas, un Marqués del Valle pleiteando, un rey don Sebastián vencido, un Belisario ciego, un Duque de Alba encarcelado, un don Lope de Hozes abrasado, un Infante Cardenal antecogido, un príncipe don Baltasar, sol de España, eclipsado. Dígoos que traéis revuelto el mundo.
[Marginal: _Contrapesos de las felicidades._]
Basta, dijo la Fortuna: que lo que más me habían de estimar los hombres eso me calumnian. ¡Hola!, Equidad, vengan las balanzas.
¿Veislas? ¿veislas? Pues sabed que no doy cosa, que no la pese y contrapese primero, igualando muy bien estas balanzas. Venid acá, necios, inconsiderados, si todo lo diera á los sabios, ¿qué hicierais vosotros? ¿Habíais de quedar destituídos de todo? ¿Qué había de hacer una mujer, si fuera necia, fea y desdichada? ¿Desesperarse? ¿Y quién se pudiera averiguar con una hermosa, si fuera venturosa y entendida? Y si no, hagamos una cosa.
Traigan acá todas mis dádivas, vengan las lindas: si tan desgraciadas son, truequen con las feas. Vengan los discretos: si tan descontentos viven, truequen con los ricos necios, que todo no se puede tener.
Fué luego pesando sus dádivas y disfavores, coronas, cetros, tiaras, riquezas, oro, plata, dignidades y venturas. Y fué tal el contrapeso de cuidados á las honras, de dolores á los gustos, de descréditos á los vicios, de achaques á los deleites, de pensiones á las dignidades, de ocupaciones á los cargos, de desvelos á las riquezas, de trabajos á la salud, de crudezas al regalo, de riesgo á la valentía, de desdoros á la hermosura, de pobreza á las letras, que cada uno decía:
¡Démonos por buenos!
Estas dos balanzas, proseguía la Fortuna, somos la naturaleza y yo, que igualamos la sangre. Si ella se inclina á la una parte, yo á la otra; si ella favorece al sabio, yo al necio; si ella á la hermosa, yo á la fea. Siempre al contrario, contrapesando los bienes.
[Marginal: _Fortuna justiciera._]
Todo está bien, replicó el soldado; pero ¿por qué no has de ser constante en una cosa y no andar variando cada día? ¿Para qué es buena tanta mudanza?
¿Qué más quisieran los dichosos?, respondió la Fortuna. ¡Bueno por cierto! ¿Que siempre gozasen unos mismos los bienes y que nunca les llegase su vez á los desdichados? Deso me guardaré yo muy bien.
¡Hola!, Tiempo, ande la rueda, dé una vuelta y otra vuelta y nunca pare. Abátanse los soberbios y sean ensalzados los humildes. Vayan á veces. Sepan unos qué cosa es padecer y los otros gozar. Pues, si aun con saber esto y llamarme la mudable, no se dan por entendidos los poderosos, los entronizados, ninguno se acuerda de mañana, despreciando los inferiores, atropellando los desvalidos, ¿qué hicieran, si ellos supieran que no había de haber mudanza?
¡Hola!, Tiempo, ande la rueda. Si aun deste modo son intolerables los ricos, los mandones, ¿qué fuera, si se aseguraran, echando un clavo á su felicidad? Éste sí que fuera yerro.
¡Hola!, Tiempo, ande la rueda y desengáñese todo el mundo, que nada permanece, sino la virtud.
No tuvo más que replicar el soldado; antes volviéndose al estudiante, le dijo:
Pues vosotros, los bachilleres, sois los que más satirizáis la Fortuna, ¿cómo calláis ahora? Decid algo, que en las ocasiones es el tiempo de hablar.
Confesó él que no lo era; sólo venía á pretender un beneficio bobo.
Mas la Fortuna: Ya sé, dijo, que los sabios son los que hablan más mal de mí y en eso muestran serlo.
Escandalizáronse todos mucho de oir esto.
Y ella: Yo me desempeñaré. No es porque ellos así lo sientan, sino porque lo sienta el vulgo, para tener á raya los soberbios. Yo soy el coco de los poderosos. Conmigo les hacen miedo. Teman los ricos, tiemblen los afortunados, escarmienten los validos, enfrénense todos. Una cosa os quiero confesar y es que los verdaderos sabios, que son los prudentes y virtuosos, son muy superiores á las estrellas. Bien es verdad que tengo cuidado no engorden, porque no duerman. Que el enjaulado jilguero, en teniendo que comer, no canta. Y porque veáis que ellos saben ser dichosos:
¡Hola!, arrastrad aquella mesa.
Era redonda y capaz de todos los siglos. En medio della se ostentaban muchas venturas, en bienes, digo cetros, tiaras, coronas, mitras, bastones, varas, laureles, púrpuras, capelos, toisones, hábitos, borlas, oro, plata, joyas y todas sobre un riquísimo tapete. [Marginal: _Mesa de la fortuna._] Mandó luego llamar todos los pretendientes de ventura, que fueron todos los vivientes, que ¿quién hay que no desee? Coronaron la gran mesa y, teniéndolos así juntos, les dijo:
Mortales, todos estos bienes son para vosotros. ¡Alto!, disponeos para conseguirlos, que yo nada quiero repartir, por no teneros quejosos. Cada uno escoja lo que quisiere y coja lo que pudiere.
Hizo señal de agarrar y al punto comenzaron todos á porfía á alargar los brazos y estirarse, para alcanzar cada uno lo que deseaba; pero ninguno podía conseguirlo. [Marginal: _Don Diego Jerónimo Sala._] Estaba ya uno muy cerca de alcanzar una mitra; aunque no la merecía tanto como un vicario general y sea el doctor Sala. Anduvo porfiando toda la vida tras ella; mas nunca la pudo asir y murió con aquel buen deseo.
Daba saltos un otro por una llave dorada y, aunque se fatigó y fatigó á otros, como tenía dientes, se le defendía.
Empinábanse algunos al rojo; al cabo se quedaban en blanco.
Anhelaba otro y aun sudaba tras un bastón; mas vino una bala y derribóle, cuando le iba á empuñar.
Cogían unos la carrera muy de atrás y á veces por rodeos é indirectas. Daban valientes saltos por alcanzar alguna cosa y quedábanse burlados.
Andaba cierto personaje, aunque á lo disimulado, por alcanzar una corona. Cansábase de ser príncipe de retén; mas quedóse con estas esperanzas.
Llegó un bravo gigantón, un castillo de huesos, que ya está dicho de carne, no se dignó de mirar á los demás, burlándose de todos.
Éste sí, dijeron, que se ha de alzar con todo y más que tiene cien garras.
Alzó el brazo, que fué izar una entena. Hizo temblar todos los bienes de la Fortuna; mas, aunque le alargó mucho y le estiró cuanto pudo y casi casi llegó á rozarse con una corona, no la pudo asir, de que quedó hostigadísimo, maldiciendo y blasfemando su fortuna.
Probábanse ya por una parte y ya por otra, porfiaban, anhelaban y al cabo todos se rendían.
¿No hay algún sabio?, gritó la Fortuna. Venga un entendido y pruébese.
[Marginal: _Sabio señor de todo._]
Salió al punto un hombre muy pequeño de cuerpo: que los largos, raras veces fueron sabios. Riéronse todos en viéndole y decían:
¿Cómo ha de conseguir un enano lo que tantos gigantes no han podido?
Mas él, sin hacer del hacendado, sin correr ni correrse, sin matarse ni matar, con linda maña, asiendo del tapete, lo fué tirando hacia sí y trayendo con él todos los bienes juntos.
Aquí alzaron todos el aplauso y la Fortuna dijo:
Ahora veréis el triunfo del saber.
Hallóse en un punto con todos los bienes en su mano, señor de todos ellos. Fuélos tanteando y, habiéndolos sospesado, ni tomó la corona ni la tiara ni el capelo ni la mitra; sino una medianía, teniéndola por única felicidad.
Viendo esto el soldado, llegóse á él y rogóle le alcanzase un bastón de aquéllos y el cortesano un oficio.
Preguntóle si quería ser ayuda de cámara. Y él dijo:
De cámara no; de mesa sí.
Mas no se halló tal plaza, que era muerta.
Dábale una tenencia de la guarda. Tampoco la aceptó, por ser oficio de coscorrones, de más ruido que provecho.
Toma, pues, esta llave capona.
¿Y cómo comeré yo sin dientes? No te canses en buscarme oficio en palacio, que todo es ser mozo; búscame un gobierno allá en Indias y mejor cuanto más lejos.
Al estudiante le alcanzó su beneficio. Para Critilo y Andrenio un espejo de desengaños.
Mas ya en esto tocaron á despejar, el Tiempo con su muleta, la Muerte con su guadaña, el Olvido con su pala, la Mudanza dando temerarios empellones, el Disfavor puntapiés, la Venganza mojicones.
Comenzaron á rodar unos y otros por una y otra parte. Que para el caer no había sino una grada y ésa deslizadero; todo lo demás era un despeño.
Cómo salieron deste común riesgo nuestros dos peregrinos de la vida, que lo mejor del correr es el parar bien y lo más dificultoso de la ventura es el buen dejo, ése será el principio de la Crisi siguiente.
TABLA
Páginas
PRÓLOGO VII
PRIMERA PARTE
CRISI I.--Náufrago Critilo, encuentra con Andrenio, que le da prodigiosamente razón de sí. 7
CRISI II.--El gran teatro del universo. 14
CRISI III.--La hermosa naturaleza. 23
CRISI IV.--El despeñadero de la vida. 35
CRISI V.--Entrada del mundo. 50
CRISI VI.--Estado del siglo. 62
CRISI VII.--La fuente de los engaños. 79
CRISI VIII.--Las maravillas de Artemia. 98
CRISI IX.--Moral anatomía del hombre. 112
CRISI X.--El mal paso del salteo. 128
CRISI XI.--El golfo cortesano. 143
CRISI XII.--Los encantos de Falsirena. 161
CRISI XIII.--La feria de todo el mundo. 177
SEGUNDA PARTE
CRISI I.--Reforma universal. 199
CRISI II.--Los prodigios de Salastano. 216
CRISI III.--La cárcel de oro y calabozos de plata. 234
CRISI IV.--El museo del discreto. 254
CRISI V.--Plaza del populacho y corral del vulgo. 274
CRISI VI.--Cargos y descargos de la Fortuna. 289
_Acabóse de imprimir esta edición de “El Criticón” en la imprenta “Renacimiento” el día 25 de Abril del año MCMXIII_