El criticón (tomo 1 de 2)

Part 24

Chapter 244,169 wordsPublic domain

¿Y hay, preguntó Andrenio, quien se paga de tan vulgar aplauso?

¿Cómo si hay?, respondió el Sabio. ¡Y muchos, hombres vulgares, chabacanos, amigos de la popularidad y que la solicitan con milagrones, que llamamos pasmasimples y espantavillanos! Obras gruesas y plausibles. Porque aquí no tienen lugar los primores ni los realces.

Páganse mucho otros de la gracia de las gentes, del favor del populacho; pero no hay que fiar en su gracia, que hay gran distancia de sus lenguas á sus manos. ¡Qué fué verlos bravear ayer en un motín en Sevilla y enmudecer hoy en un castigo! ¿Qué se hicieron las manos de aquellas lenguas y las obras de aquellas palabras? Son sus ímpetus como los del viento que, cuando más furioso, calma.

Entraron con unos, que estaban durmiendo y no apriesa, como encargaba el otro á su criado. No movían pie ni mano. [Marginal: _Aplauso necio._] Y era tal la vulgaridad, que los despiertos soñaban lo que los otros dormían, imaginando que hacían grandes cosas. Y era de modo, que no corría otro en toda la plaza; sino que estaban peleando y triunfando de los enemigos. Dormía uno á pierna tendida y decían ellos estaba desvelándose, estudiando noche y día y quemándose las cejas. Desta suerte publicaban que eran los mayores hombres del mundo y gente de gran gobierno.

¿Cómo es esto?, dijo Andrenio. ¡Hay tamaña vulgaridad!

Mira, dijo el Sabio: aquí, si dan en alabar á uno, si una vez cobra buena fama, aunque se eche después á dormir, él ha de ser un gran hombre. Aunque ensarte después cien mil disparates, dicen que son sutilezas y que es la primera cosa del mundo. Todo es que den en celebrarle.

Y, por el contrario, á otros, que estarán muy despiertos, haciendo cosas grandes, dicen que duermen y que nada valen. ¿Sabes tú lo que le sucedió aquí al mismo Apolo con su divina lira? Que, desafiándole á tañer un zafio gañán con una pastoril zampoña, nunca quiso el culto numen salir, aunque se lo rogaron las musas. Y el selvajazo le zahería su temor y se jactaba de la victoria. No hubo remedio. No más, que porque había de ser [Marginal: _Juicio sin él._] su juez el vulgacho, no queriendo arriesgar su gran reputación á un juicio tan sin él. Y por no haber querido hacer otro tanto, fué condenada la dulcísima Filomena en competencia del jumento. Y aun la Rosa dicen estuvo á pique de ser vencida de la Adelfa, que desde entonces por su indigno atrevimiento quedó letal á los suyos. Ni el pavón se atrevió á competir de belleza con el cuervo ni el diamante con el guijarro ni el mismo sol con el escarabajo, con tener tan asegurado su partido, por no sujetarse á la censura de un vulgo tan desatinado.

Mala señal, decía un discreto, cuando mis cosas agradan á todos. Que lo muy bueno es de pocos y el que agrada al vulgo, por consiguiente, ha de desagradar á los pocos, que son los entendidos.

Asomó en esto por la plaza, haciéndola, un raro ente. Todos le recibieron con plausible novedad. Seguíale la turba, diciendo:

Ahora en este punto llega del Jordán. Más tiene ya de cuatrocientos años.

Mucho es, decía uno, que no le acompañen ejércitos de mujeres, cuando va á desarrugarse.

¡Oh no!, decía otro. ¿No veis que va en secreto? Pues, si eso no fuera, ¿qué fuera?

¿Por lo menos no se pudiera traer por acá una botija de aquella agua, que yo sé que vendiera cada gota á doblón de oro?

No tiene él necesidad de dineros, pues cada vez que echa mano á la bolsa, topa un patacón. ¡Qué otra felicidad ésa! No sé yo cuál me escogiera de las dos.

¿Quién es éste? preguntó Andrenio.

Y el Sabio: Éste es Juan de para siempre, que Juan había de ser.

Vertían destas donosillas vulgaridades y todas muy creídas, levantando mil testimonios á la naturaleza y aun á la misma posibilidad. Sobre todo estaban muy acreditados los duendes. Había pase dellos, como de hechizadas. No había palacio viejo donde no hubiese dos por lo menos.

Unos los veían vestidos de verde, otros de colorado y los más de amarillo. Y todos eran tamañicos y tal vez con su capuchito, inquietando las casas. Y nunca se aparecían á las viejas, porque no dicen bien trasgos con trasgos.

[Marginal: _Varias vulgaridades._]

No moría mercader, que no fuese rodeado de monas y de micos.

Había brujas tantas como viejas y todas las malcontentas endiabladas.

Tesoros encantados y escondidos, sin cuenta y con cuento, cavando muchos tontos por hallarlos. Minas de oro y de plata, riquísimas; pero tapiadas, hasta que se acaben las Indias, las cuevas de Salamanca y de Toledo. ¡Mal año para quien se atreviera á dudarlas!

Mas de aquí á un instante se conmovió toda aquella acorralada necedad, sin saber cómo ni por qué, por ser tan ordinario como fácil. Alborótase un vulgo y más si es tan crédulo como el de Valencia, tan bárbaro como el de Barcelona, tan necio como el de Valladolid, tan libre como el de Zaragoza, tan novelero como el de Toledo, tan insolente como el de Lisboa, tan hablador como el de Sevilla, tan sucio como el de Madrid, tan vocinglero como el de Salamanca, tan embustero como el de Córdoba y tan vil como el de Granada.

Fué el caso que asomó por una de sus entradas, no la principal, donde todas son comunes, un monstruo, aunque raro, muy vulgar. No tenía cabeza y tenía lengua, sin brazos y con hombros para la carga. No tenía pecho, con llevar tantos; ni mano en cosa alguna; dedos sí, para señalar. Era su cuerpo en todo disforme. Y, como no tenía ojos, daba grandes caídas. Era furioso en acometer y luego se acobardaba. Hízose en un instante señor de la plaza, llenándola toda de tan horrible oscuridad, que no vieron más el sol de la verdad.

¿Qué horrible aborto es éste, preguntó Andrenio, que así lo ha eclipsado todo?

Éste es, respondió el Sabio, el hijo primogénito de la Ignorancia, el padre de la mentira, hermano de la necedad, casado con su malicia: éste es el tan nombrado Vulgacho.

Al decir esto descolgó el rey de los Cécropes de la cinta un retorcido caracol, que hurtó á un Fauno, y alentándolo de vanidad, [Marginal: _Terror loco._] fué tal su ruido y tan grande el horror que les causó, que agitados todos de un terror fanático, dieron á huir por cosa que no montaba un caracol. No fué posible ponerlos en razón ni detenerlos, que no se desgalgasen muchos por las ventanas y balcones, más á ciegas que pudieran en la plaza de Madrid. Huían los soldados gritando:

Que nos cortan, que nos cortan.

Comenzaron algunos á herirse y á matarse más bárbaramente, que gentílicos bacanales. Fuéle forzoso á Andrenio retirarse á toda fuga, tan arrepentido como desengañado. Echaba mucho menos á Critilo; pero valióle la asistencia de aquel Sabio y la luz, que la antorcha de su saber le comunicaba. Dónde fué á parar dirá la Crisi siguiente.

CRISI VI

_Cargos y descargos de la Fortuna._

Comparecieron ante el divino trono de luceros el hombre y la mujer á pedir nuevas mercedes, que á Dios y al rey, pedir y volver. Solicitaban su perfección, de manos de quien habían recibido el ser. [Marginal: _El saber del hombre._] Habló allí el hombre en primer lugar y pidió como quien era, porque, viéndose cabeza, suplicó le fuese otorgada la inestimable prenda de la sabiduría. Pareció bien su petición y decretósele luego la merced, con tal que pagase en agradecimientos la media anata. Llegó ya la mujer y, atendiendo á que, si no es cabeza, tampoco es pies, sino la cara y suplicó con mucho agrado al Hacedor divino que la dotase en belleza.

[Marginal: _La hermosura de la mujer._]

Hecha la gracia, dijo el gran Padre celestial, serás hermosa; pero con la pensión de tu flaqueza.

Partiéronse muy contentos de la divina presencia, que de ella nadie sale descontento, estimando el hombre por su mayor prenda el entendimiento y la mujer la hermosura, él la testa y ella el rostro. Llegó esto á oídos de la Fortuna y dicen cuestionó agravios, dando quejas de que no hubiesen hecho caso de la Ventura.

¿Es posible, decía con profundo sentimiento, que nunca haya él oído decir: Ventura te dé Dios, hijo; ni ella, ventura de fea? Dejadles y veremos qué hará él con su sabiduría y ella con su lindeza, si no tienen ventura. Sepa, sabio él y linda ella, que de hoy adelante me han de tener por contraria: desde aquí me declaro contra el Saber y la Belleza. Yo les he de malograr sus prendas: ni él será dichoso ni ella venturosa.

Desde este día aseguran que los sabios y entendidos quedaron desgraciados: todo les sale mal, todo se les despinta; los necios son los venturosos, los ignorantes favorecidos y premiados. Desde entonces se dijo: Ventura de fea. Poco vale el saber, el tener, los amigos y cuanto hay, si no tiene un hombre dicha, y poco le importa ser un sol á la que no tiene estrella.

Esto le ponderaba un enano al melancólico Critilo, desengañándole de su porfía en querer ver en persona la misma Sofisbella, empeño en que le había puesto el varón alado. El cual, sin poderle satisfacer, se le había desaparecido.

Créeme, decía el enano, que todo pasa en imagen y aun en imaginación en esta vida: hasta esa casa del saber, toda ella es apariencia. ¿Qué? ¿Pensabas tú ver y tocar con las manos la misma Sabiduría? [Marginal: _Fuga de Astrea._] Muchos años ha que se huyó al cielo con las demás virtudes en aquella fuga general de Astrea. No han quedado en el mundo sino unos borrones della en estos escritos, que aquí se eternizan. Bien es verdad que solía estar metida en las profundas mentes de sus sabios; mas ya aun ésos acabaron. No hay otro saber, sino el que se halla en los inmortales caracteres de los libros. Ahí la has de buscar y aprender.

¿Quién, pues, fué, preguntó Critilo, el hombre de tan bizarro gusto, que juntó tanto precioso libro y tan selecto? ¿Cúyo es un tan erudito museo?

Si estuviéramos en Aragón, dijo el Pigmeo, yo creyera ser del duque de Villahermosa don Fernando. Si en París, del erudito duque de Orleans. Si en Madrid, del gran Filipo. Y si en Constantinopla, del discreto Osman, conservado entre cristales. Mas, como digo, ven conmigo en busca de la Ventura, que sin ella ni vale el saber ni el tener y todas las prendas se malogran.

Quisiera hallar primero, replicó Critilo, aquel mi camarada, que te he dicho, que echó por la vereda de la Necedad.

Si por ahí fué, ponderó el enano, sin duda estará ya en casa de la Dicha: que antes llegan ésos que los sabios. Ten por cierto que le hallaremos en aventajado puesto.

¿Y sabes tú el camino de la Dicha?, preguntó Critilo.

Ahí consiste la mayor dificultad, que una vez puesto en él, nos llevará al colmo de toda felicidad.

Con todo, paréceme que es éste, en lo desigual. Demás que me dieron por señas esas hiedras, que arrimadas se empinan y entremetidas crecen.

Llegó en esto un soldado muy de leva, que es gente que vive apriesa y preguntó si iba bien para la Ventura.

¿Cuál buscáis, dijo el enano: la falsa ó la verdadera?

¿Pues qué, hay Ventura falsa? Nunca tal oí.

[Marginal: _Ventura hipócrita._]

¡Y cómo si la hay! ¡Ventura hipócrita! Antes es la que hoy más corre. Tiénese por dichoso uno en ser rico y es de ordinario un desventurado. Cuenta el otro por gran dicha el haber escapado en mil insultos de las manos de la justicia y es ése su mayor castigo.

Un ángel fué para mí aquel hombre, dice éste: y no fué sino un demonio, que le perdió.

Tiene aquél por gran suerte el no haber padecido jamás ni un revés de fortuna y no es sino un bofetón, de que no le ha tenido por hombre el cielo para fiarle un acto de valor.

Tal dice: Dios me vino á ver. Y no fué, sino el mismo Satanás en sus logros. Cuenta el otro por gran felicidad el no haber estado en su vida indispuesto y hubiera sido su único remedio, para sanar en el ánimo. Alábase el lascivo de haber sido siempre venturoso con mujeres y ésa es su mayor desventura. Estima la otra desvanecida por su mayor dicha su buena gracia y ésa fué su mayor desgracia. Así que los más de los mortales yerran en este punto, teniendo por felicidad la desdicha. Que errando los principios, todas salen falsas las consecuencias.

Entremetióseles un pretendiente (¡qué otro trato éste del enfado!), y al punto comenzó á quejarse y murmurar y un estudiante á contradecirle. Que todos cuantos piensan saber algo dan en espíritu de contradicción. Pasaron de una en otra á burlarse del enano.

Y tú, dijo el estudiante, ¿qué vas á buscar?

Voy, dijo, á ser gigante.

¡Bravo aliento! Pero, ¿cómo podrá ser eso?

Muy bien, como quisiere mi señora la Fortuna. Que, si ella favorece, los pigmeos son gigantes. Y si no, los gigantes son pigmeos. Otros más ruines que yo están hoy bien encaramados. Que no hay prendas que tengan ni hay sabiduría ni ignorancia ni valor ni cobardía ni hermosura ni fealdad; sino ventura ó desdicha. Tener lunar ó estrella. Todo es risa lo demás. Al fin, ella se dará maña, cómo yo sea grande ó lo parezca: que todo es uno.

Voto á tal, dijo el soldado, que quiera ó no, ella habrá de hacer la razón.

No tan alto, señor soldado, dijo el estudiante: ¡más bajo!

Éste es mi bajo y mucho más he de alzar la voz, aunque sea en la sala de D. Fernando Ruiz de Contreras. Peor es acobardarse con la Fortuna. Sino mostrarla dientes, que sólo se burla con los sufridos. Y así veréis que unos morlonazos, cuatro bellacones atrevidos se salen con cuanto quieren y se burlan de todo el mundo. Ellos son los felices; que de los hombres de bien no hay quien se acuerde. Juro y voto que hemos de andar á mojicones y que ha de hacerme favor, aunque reviente.

No sé yo cómo será eso, replicó el licenciado: que la Fortuna no hay entenderla. Tiene bravos reveses. Á otros más estirados he oído ponderar que no hay tomarla el tino.

Yo, por lo menos, dijo el cortesano, de mis zalamerías pienso valerme y mil veces hacerla el buz.

Buz de arca, dijo el soldado, ha de ser el mío. ¿Yo besarla la mano? Si me hiciese merced, eso bien; y si no, lo dicho, dicho.

[Marginal: _Fortuna ciega._]

Ya me parece que me la veo, decía el enano, y que ella no me ve á mí, por ser pequeño. Que sólo son visibles los bienvistos.

Menos me verá á mí, dijo el estudiante, por ser pobre. Que á los deslucidos nadie los puede ver, aunque les salten al rostro los colores.

¿Cómo os ha de ver, dijo el cortesano, si es ciega?

¿Eso más?, ponderó Critilo. ¿De cuándo acá ha cegado?

No corre otra en la corte.

¿Pues cómo podrá repartir los bienes?

¿Cómo? Á ciegas.

Así es, dijo el estudiante, y así la vió un sabio entronizada en un árbol muy copudo, de cuyas ramas, en vez de frutos, pendían coronas, tiaras, capelos, mitras, bastones, hábitos, borlas y otros mil géneros de insignias, alternados con cuchillos, dogales, remos, grillos y corozas. Estaban bajo el árbol confundidos hombres y brutos, un sabio y un jumento, un lobo y un cordero, una sierpe y una paloma. Sacudía ella á ciegas, esgrimiendo su palo, dé donde diere y Dios te la depare buena. Caía sobre la cabeza de uno una corona y sobre el cuello del otro un cuchillo, sin más averiguar que la suerte. Y las más veces se encontraban, pues daba en manos de uno un bastón, que estuviera mejor un remo. Á un docto le caía una mitra allá en Cerdeña ó acá en Jaca y á un idiota bien cerca, todo á ciegas.

Y aun á locas, añadió el estudiante.

¿Cómo es eso?, replicó Critilo.

Todos lo dicen, que ha enloquecido, y se conoce, pues no va cosa con concierto.

¿Y de qué enloqueció?

Cuéntanse varias cosas. La más constante opinión es que la malicia la ha dado un brebaje y, á título de descansarla, se le ha alzado con el mando y así da á sus favorecidos cuanto quiere: á los ladrones las riquezas, á los soberbios las honras, á los ambiciosos las dignidades, á los menguados las dichas, á las necias la hermosura, á los cobardes las victorias, á los ignorantes los aplausos y á los embusteros todo. El más ruin jabalí se come la mejor bellota y así no van ya por méritos los premios ni por culpas los castigos. Unos yerran y otros los murmuran. Al fin, todo va á locas, como digo.

[Marginal: _Amiga de ruines._]

¿Y por qué no á malas también, añadió el soldado, pues la hacen fama de ruin, amiga de los jóvenes, siempre favoreciéndolos y contraria de los varones ancianos y maduros, madrastra de los buenos, envidiosa con los sabios, tirana con los insignes, cruel con los afligidos, inconstante con todos?

¿Es posible, ponderó Critilo, que de tantos azares se compone? ¿Y con todo eso la vamos á buscar desde que nacimos? ¿Y más ciegos y más locos nos vamos tras ella?

Ya en esto se descubría un extravagante palacio, que por una parte parecía edificio y por la otra, ruina. Torres de viento sobre arena, soberbia máquina sin fundamentos. Y de todo el que imaginaron edificio no había sino la escalera, que en esta gran casa de la Fortuna no hay otro que subir y caer. Las gradas parecían de vidrio, más quebradizas cuanto más dobles y todas llenas de deslizaderos. No había barandillas para tenerse; riesgos sí para rodar.

El primer escalón era más dificultoso de subir que una montaña; pero una vez puestos en él, las demás gradas eran facilísimas. Al contrario sucedía en las de la otra banda para bajar, procediendo con tal correspondencia que, así como comenzaba uno á subir por esta parte, al punto caía otro por la otra, aunque más apriesa.

Llegaron, cuando actualmente rodaba uno con aplauso universal. Porque, al punto que comenzó á caer, soltó de las manos la gran presa, que había hecho de oficios y represa de beneficios. Cargos, dignidades, riquezas, encomiendas, títulos, todo iba rodando allí abajo. Daba aquí un bote una encomienda y saltaba acullá á manos de un enemigo suyo. Agarraba otro de vuelo el oficio y todos andaban á la rebatiña, haciendo grande fiesta al trabajo ajeno. Mas así se usa. Solemnizólo mucho Critilo y riéronlo todos, diciendo:

¡Qué bravo chasco de la Fortuna!

¡Pues, si hubierais visto rodar á Alejandro el Magno, aquel verle soltar un mundo entero y saltar tantas coronas, reinos y provincias, como nueces cuesta abajo y coja quien pudiere! Asegúroos, que fué una Babilonia.

[Marginal: _Definición del favor._]

Acercóse Critilo á la primer grada con sus camaradas, donde estaba toda la dificultad del subir. Porque aquí asistía el Favor, primer ministro de la Fortuna y muy su confidente. Éste alargaba la mano á quien se le antojaba, para ayudarle á subir y esto sin más atendencia, que su gusto, que debía ser muy malo. Pues por maravilla daba la mano á ningún bueno, á ninguno que lo mereciese; siempre escogía lo peor.

En viendo un ignorante, le llamaba y dejaba mil sabios. Y aunque todo el mundo le murmuraba, nada se le daba. Que de sus temeridades tenía hechos callos en el _qué dirán_. De una legua acechaba un embustero y á los hombres de sustancia y de entereza no los podía ver, porque le parecía le notaban sus locuras y abominaban de sus quimeras.

Pues á un adulador, á un mentiroso, no ya la mano, entrambos brazos le echaba. Y para los hombres de veras y de su palabra era un topo. Que jamás topó con un hombre de verdad; siempre echaba mano de tales como él. Perdíase naturalmente por los hombres de tronera, entregándolos cuanto hay y así todo lo confundían. Había millares de hombres por aquel suelo, aguardando los favoreciese; pero él, en viendo un entendido, un varón de prendas, decía:

Hete allá, puto, ¡quién á tal le ayudase! Es muy hombre: no conviene. Sujeto, al fin, de bravo capricho.

Era de modo, que acababa con todos los hombres eminentes en gobierno, en armas, en letras, en grandeza y en nobleza, que había muchos y muy á propósito. Pero ¿qué mucho, si descubrieron que estaba ciego de todas pasiones y andaba á ciegas, topando con las paredes del mundo y acabando con todo él?

Ésta, como digo, era la escala para subir á lo alto. No tenía remedio Critilo por desconocido ni el cortesano por conocido ni el estudiante ni el soldado por merecerlo; sólo el enano tuvo ventura, porque se le hizo pariente y así luego estuvo arriba. Apurábase el soldado de ver que los gallinas volaban y el estudiante, de que los bestias corrían.

Estando en esta dificultad, asomóse acullá en lo más alto Andrenio, que por lo vulgar había subido tan arriba y estaba muy adelantado en el valer. Conoció á Critilo, que no fué poco desde tan alto y de donde muchos desconocieron á sus padres é hijos; mas fué llamada de la sangre. Dióle luego la mano y levantóle y entre los dos pudieron ayudar á subir los demás. Iban trepando por aquellas gradas con harta facilidad de una en otra, ganada la primera, de un cargo en otro y de un premio en muchos.

[Marginal: _Escala de la fortuna._]

Notaron una cosa bien advertida, estando á media escalera, y fué que todos, cuantos miraban de la parte de arriba y que subían delante, les parecían grandes hombres, unos gigantes, y gritaban:

¡Qué gran rey el pasado! ¡Qué capitán aquel que fué! ¡Qué sabio el que murió!

Y al revés, todos cuantos venían atrás les parecían poca cosa y unos enanos.

¡Qué cosa es, dijo Critilo, ir un hombre delante! ¡Aquello de ser primero ó venir detrás! Todos los pasados nos parece que fueron grandes hombres y todos los presentes y los que vienen nos parecen nada. Que hay gran diferencia en el mirar á uno como superior ó inferior desde abajo.

Llegaron ya á la última grada, donde estaba la Fortuna. Pero, ¡oh cosa rara! ¡oh prodigio nunca creído y de que quedaron atónitos y aun pasmados! Digo, cuando vieron una reina totalmente diversa de lo que habían concebido y muy otra de lo que todo el mundo publicaba. Porque no sólo no era ciega, como se decía; pero tenía una cara de cielo al mediodía, con unos ojos más perspicaces que un águila, más penetrantes que un lince. Su semblante, aunque grave, muy sereno, sin ceños de madrastra. Y toda ella muy compuesta.

No estaba sentada, porque siempre estaba de leva y en continuo movimiento. Calzaba ruedecillas por chapines. Su vestir era la mitad de luto y la otra mitad de gala. Miráronla y miráronse unos á otros, encogiéndose de hombros y arqueando las cejas, admirados de tal novedad y aun dudaron si era ella.

¿Pues quién había de ser?, respondió la Equidad, que la asistía con unas balanzas en la mano.

Oyólo la misma Fortuna, que ya había notado de reojo los ademanes de su espanto, y con voz harto agradable les dijo:

[Marginal: _Audaces afortunados._]

Llegaos acá. Decid, ¿de qué os habéis turbado? No reparéis en decir la verdad, que yo gusto mucho de los audaces.

Estaban todos tan mudos, como encogidos. Sólo el soldado con valentía en el desahogo y desahogo en el hablar, alzando la voz de modo, que pudo oirle todo el mundo, dijo:

Gran señora de los favores, reina poderosa de las dichas, yo te he de decir hoy las verdades. Todo el mundo de cabo á cabo, desde la corona á la abarca, está murmurando de ti y de tus procederes. Yo te hablo claro, que los príncipes nunca estáis al cabo de las nuevas, siempre ajenos de lo que se dice.

Ya sé que todos se quejan de mí, dijo ella misma; pero ¿de qué y por qué? ¿Qué es lo que dicen?

Mas ¿qué no dicen? respondió el soldado. Al fin yo comienzo con tu licencia, si no con tu agrado. Dicen lo primero que eres ciega. Lo segundo que eres loca. Lo tercero necia. Lo cuarto...

Aguarda, aguarda, basta, vete poco á poco, dijo: que hoy quiero dar satisfacción al universo. Protesto lo primero que soy hija de buenos, pues vengo de Dios y de su divina Providencia y tan obediente á sus órdenes, [Marginal: _Fortuna sin hijos._] que no se mueve una hoja de un árbol ni una paja del suelo sin su sabiduría y dirección. Hijos es verdad que no los tengo. Porque no se heredan ni las dichas ni las desdichas.

El mayor cargo, que me hacen los mortales y el que yo más siento, es decir que favorezco á los ruines. Que aquello de ser ciega seréis vosotros testigos. Pues yo digo que ellos son los malos y de ruines procederes, que dan las cosas á otros tales como ellos. El ricazo da su hacienda al asesino, al valentón, al truhán, los ciento y los doscientos á la ramera y traerá desnuda al ángel de una hija y el serafín de una virtuosa consorte. En esto emplean sus grandes rentas.