Part 14
De suerte que desde entonces la Virtud anda vestida de espinas por fuera y de flores por dentro. Al contrario del Vicio. Conozcámoslos y abracémonos con aquélla, á pesar del engaño tan común cuan vulgar.
Á vistas estaba ya de la corte y mirando Andrenio á Madrid con fruición grande preguntóle el Sabio:
¿Qué ves en cuanto miras?
Veo, dijo él, una real madre de tantas naciones, una corona de dos mundos, un centro de tantos reinos, un joyel de entrambas Indias, un nido del mismo fénix y una esfera del sol católico, coronado de prendas en rayos y de blasones en luces.
Pues yo veo, dijo Critilo, una Babilonia de confusiones, una Lutecia de inmundicias, una Roma de mutaciones, un Palermo de volcanes, una Constantinopla de nieblas, un Londres de pestilencias y un Argel de cautiverios.
[Marginal: _Madrid madre, madrastra._]
Yo veo, dijo el Sabio, á Madrid, madre de todo lo bueno, mirada por una parte, y madrastra por la otra. Que así como á la corte acuden todas las perfecciones del mundo, mucho más todos los vicios, pues los que vienen á ella nunca traen lo bueno, sino lo malo de sus patrias. Aquí yo no entro, aunque se diga que me volví del puente Milvio.
Y con esto despidióse. Fueron entrando Critilo y Andrenio, como instruídos, por la espaciosa calle de Toledo. Toparon luego una de aquellas tiendas donde se feria el saber. Encaminóse Critilo á ella y pidió al librero si tendría un _Ovillo de oro_ que venderle. No le entendió, que leer los libros por los títulos no hace entendidos. Pero sí un otro, que allí estaba de asiento, graduado cortesano por años y suficiencia:
¡Eh!, que no piden, le dijo, sino una aguja de marear en este golfo de Circe.
Menos lo entiendo ahora, respondió el librero. Aquí no se vende oro ni plata; sino libros, que son mucho más preciosos.
Esto, pues, buscamos, dijo Critilo, y entre ellos alguno, que nos dé avisos para no perdernos en este laberinto cortesano.
[Marginal: _Libros libres._]
De suerte, señores, que ¿ahora llegáis nuevos? Pues aquí os tengo este librillo, no tomo sino átomo; pero que os guiará al norte de la misma felicidad.
Ésa buscamos.
Aquí la tenéis. Á éste le he visto yo hacer prodigios, porque es arte de ser personas y de tratar con ellas.
Tomóle Critilo. Leyó el título que decía:
_El Galateo Cortesano._
¿Qué vale?, preguntó.
Señor, respondió el librero, no tiene precio. Mucho le vale al que le lleva. Estos libros no los vendemos; sino que los empeñamos por un par de reales, que no hay bastante oro ni plata para apreciarlos.
Oyendo esto el cortesano, dió una tan descompuesta risada, que causó no poca admiración á Critilo y mucho enfado al librero, y preguntóle la causa.
Porque es digno de risa lo que decís, respondió él, y cuanto este libro enseña.
Ya veo yo, dijo el librero, que _El Galateo_ no es más que la cartilla del arte de ser personas y que no enseña más del a, b, c; pero no se puede negar que sea un brinquiño de oro, tan plausible como importante. Y aunque pequeño, hace grandes hombres, pues enseña á serlo.
[Marginal: _Galateo al revés._]
Lo que menos hace es eso, replicó el cortesano. Este libro, dijo tomándole en las manos, aún valdría algo, si se practicase todo al revés de lo que enseña. En aquel buen tiempo, cuando los hombres lo eran, digo buenos hombres, fueran admirables estas reglas; pero ahora en los tiempos que alcanzamos no valen cosa. Todas las lecciones, que aquí encarga, eran del tiempo de las ballestas; mas ahora, que es el de las gafas, creedme que no aprovechan. Y para que os desengañéis, oid esta de las primeras.
Dice, pues, que el discreto cortesano, cuando esté hablando con alguno, no le mire al rostro y mucho menos de hito en hito, como si viese misterios en los ojos.
Mirad qué buena regla ésta para estos tiempos, cuando no están ya las lenguas asidas al corazón. ¿Pues dónde le ha de mirar? ¿Al pecho?
Eso fuera, si tuviera en él la ventanilla, que deseaba Momo.
Si, aun mirándole á la cara que hace, al semblante que muda, no puede el más atento sacar traslado del interior, ¿qué sería, si no le mirase?
Mírele y remírele y de hito en hito y aun plegue á Dios que dé en el hito de la intención y crea que ve misterios. Léale el alma en el semblante. Note si muda colores, si arquea las cejas. Brujuléele el corazón. Esta regla, como digo, quédese para aquella cortesía del buen tiempo, si ya no la entiende algún discreto por activa, procurando conseguir aquella inestimable felicidad de no tener que mirar á otro á la cara.
Oid esta otra, que me da gran gusto siempre que la leo. Pondera el autor que es una bárbara asquerosidad, después de haberse sonado las narices, ponerse á mirar en el lienzo la inmundicia, como si echasen perlas ó diamantes del cerebro.
Pues esa, señor mío, dijo Critilo, es una advertencia tan cortesana, cuan precisa, si ya no prolija; mas para la necedad nunca sobran avisos.
No, replicó el cortesano: no lo entendéis. Perdóneme el autor y enseñe todo lo contrario. Diga, que sí, que miren todos y vean lo que son en lo que echan. Advierta el otro presumido de bachiller y conózcase que es un rapaz mocoso, que aún no discurre ni sabe su mano derecha: no se desvanezca. Entienda el otro, que se estima de nasudo y de sagaz, que no son sentencias ni sutilezas las que piensa; sino crasicies, que destila del alambique de su nariz aguileña. Persuádase la otra linda que no es tan ángel como la mienten ni es ámbar lo que alienta; sino que es un albañal afeitado. Desengáñese Alejandro que no es hijo de Júpiter; sino de la pudrición y nieto de la nada. [Marginal: _Sonado mocoso._] Entienda todo divino que es muy humano y todo desvanecido que, por más viento que tenga en la cabeza y por más humo, todo viene á resolverse en asco y, cuando más sonado, más mocoso. ¡Eh!, conozcamos todos y entendamos que somos unos sacos de hediondez: cuando niños, mocos; cuando viejos, flemas; y cuando hombres, apostemas.
Esta otra, que se sigue, es totalmente superflua. Dice que por ningún caso el cortesano, estando con otros, se saque la cera de los oídos ni la esté retorciendo con los dedos, como quien hace fideos. Pregunto, señores: ¿quién hay que pueda hacer esto? ¿Á quién han dejado ya cera en los oídos unos y otras, aquéllos y éstas; cuanto menos, que sobre para hacer fideos? Mas sin cera está la era. Lo que él había de encargar es que no nos la sacasen tanto embestidor, tanta harpía, tanto agarrador, tanto escribano y otros que callo.
Pero con la que yo estoy muy mal, es con aquella otra, que enseña que es grande vulgaridad, estando en un corrillo ó conversación, sacar las tijerillas del estuche y ponerse muy de propósito á cortar las uñas. Ésta la tengo por muy perniciosa doctrina, porque á más de que ellos se tienen buen cuidado de no cortárselas ni aun en secreto, cuanto menos en público, fuera mejor que mandara se las cortaran delante de todo el mundo, [Marginal: _Señor almirante._] como hizo el almirante en Nápoles, pues todo él está escandalizado de ver algunos cuán largas las tienen. ¡Sí!, ¡sí señor! Saquen tijeras, aunque sean de tundir; mas no de trasquilar. Y córtense estas uñas de rapiña y atúsenlas hasta las mismas manos, cuando las tienen tan largas.
Algunos hombres hay caritativos, que suelen acudir á los hospitales á cortarles las uñas á los pobres enfermos. ¡Gran caridad es por cierto! Pero no fuera malo ir á las casas de los ricos y cortarles aquellas uñas gavilanes, con que se hicieron hidalgos de rapiña y desnudaron á estos pobrecitos y los pusieron por puertas y aun los echaron en el hospital.
Tampoco tenía que encargar aquello de quitar el sombrero con tiempo. ¡Gran liberalidad de cortesía es ésta! No sólo quitan ya el sombrero, sino la capa y la ropilla, hasta la camisa, hasta el pellejo, pues desuellan al más hombre de bien y dicen que le hacen mucha cortesía. Guardan otros tanto esta regla, que se entran de gorra en todas sus partes. Á esta traza os aseguro que no hay regla con regla.
[Marginal: _Cortesía engaño._]
Ésta, que leo aquí, es sin duda contra toda buena moralidad. Yo no sé cómo no la han prohibido. Dice que, cuando uno se pasea, no vaya con cuidado á no pisar las rayas ni atienda á poner el pie en medio, sino donde cayere.
¿No digo yo? ¡En lugar de aconsejar al cortesano que atienda mucho á no pisar la raya de la razón ni pasarla, que esté muy á la raya de la ley de Dios, que lo contrario es quemarse, y que no pase los límites de su estado, que por eso tantos han caído, que no pise la raya, sino el espacio, que eso es compasarse y medirse, que no alargue más el brazo ni el pie de lo que puede! Todo esto le aconsejaría yo: que mire dónde pone el pie y cómo lo asienta, vea dónde entra y dónde sale, pise firme siempre en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos en todo, y eso es andar bien.
¡Señor, que no vaya hablando consigo, que es necedad!
¿Pues con quién mejor puede hablar, que consigo mismo? ¿Qué amigo más fiel? Háblese á sí y dígase la verdad, que ningún otro se la dirá. Pregúntese y oiga lo que dice su conciencia, aconséjese bien, dé y tome consigo y crea que todos los demás le engañan y que ningún otro le guardará secreto, ni aun la camisa al rey don Pedro.
¡Que no pegue de golpes hablando, que es aporrear alma y cuerpo!
Dice bien, si el otro escucha; ¿pero si hace el sordo y á veces á lo que más importa? ¡Pues qué, si duerme! Menester es despertarle. Y hay algunos, que aun á mazadas no les entran las cosas ni se hacen capaces de la razón. ¿Qué ha de hacer un hombre, si no le entienden ni le atienden? Por fuerza ha de haber mazos en el hablar, ya que los hay en el entender.
¡Que no hable recio ni muy alto, que desdice de la gravedad!
¡Según con quien habla! Crea que no son buenas palabras de seda para orejas de buriel.
¡Pues qué otra ésta! Que no haga acciones con las manos, cuando habla, ni bracee, que parece que nada, ni saque el índice, que parece que pesca.
No fuera malo aquí distinguir de los que las tienen malas á los que buenas. Y las que se precian dellas, toman aquí el cielo con las manos. Con licencia deste autor, yo diría lo contrario, que haga y diga, no sea todo palabras, haya acción y ejecución también. Hable de veras. Si tiene buena mano, póngala en todo.
[Marginal: _Dichos y hechos._]
Así como tiene algunas reglas superfluas, otras tiene muy frías, como lo es ésta: que no se acerque mucho, cuando hablare, ni salpique, que verdaderamente algunos poco atentos en esto, deberían avisar antes de abrir la boca y decir: ¡agua va!, para que se apartasen los oyentes ó se vistiesen los albornoces, porque de ordinario éstos hablan sin escampar.
Yo, señores, por más dañoso tengo el echar fuego por la boca, que agua, y más son los que arrojan llamas de malignidad, de murmuración, de cizaña, de torpeza y de escándalo. Harto peor es echar espumajos, sin decir primero: ¡cólera va!
Reprehenda el vomitar veneno, que ya niñería es el escupir. Poco mal puede hacer una rociada de perdigones. Dios nos libre de la bala rasa de la injuria, de la jara de una barrilla, de la bomba de una traición, de las picas en picones y de la artillería del artificio maldiciente.
También hay algunas muy ridículas, como aquella otra que, cuando hablare con alguno, no le esté pasando la mano por el pecho ni madurando los botones de la ropilla, hasta hacerlos caer á puro retorcerlos.
¡Eh, que sí; déjelos tomar el pulso en el pecho y dar un tiento al corazón! Déjelos examinar si palpita. Tienten también si tienen almilla en los botones, que hay hombres, que aun allí no la tienen. Tírenle de la manga al que se desmanda y de la faldilla al que se estira, porque no salga de sí.
Ésta, que se sigue, en ninguna república se practica ni aun en la de Venecia. Era del tiempo antiguo. ¡Que no coma á dos carrillos, que es una grande fealdad!
Veis aquí una lección, que las más lindas la practican menos; antes dicen que están más hermosas de la otra suerte y se les luce más.
Que no ría mucho ni muy alto, dando grandes risadas.
¡Ay tantas y tales monstruosidades en el mundo, que no basta ya reir debajo la nariz, aunque frescamente á su sombra!
Va otra semejante: que no coma con la boca cerrada. Por cierto, sí. ¡Qué buena regla ésta para este tiempo, cuando andan tantos á la sopa! Aun dese modo no está seguro el bocado, que nos lo quitan de la misma boca; ¿qué sería á boca abierta? No habría menester más el otro, que come y bebe de cortesía. Á más de que en ninguna ocasión importa tanto tenerla cerrada y con candados, que cuando se come y se bebe. [Marginal: _Marqués de Espínola._] Así lo observó el célebre marqués de Espínola, cuando le convidó á su mesa el atento Henrico.
Y para ser nimio y menudo de todas maneras, encarga ahora que su cortesano de ningún modo regüelde: que, aunque es salud, es grosería. Créame y déjelos que echen fuera el viento, de que están ahitos y más llenos, cuando más vacíos. ¡Ojalá acabaran de despedir de una vez todo el que tienen en aquellas cabezas! Que tengo para mí que por eso al que estornuda le ayuda Dios á echar el viento de su vanidad y le damos la norabuena. Conozcan en la hediondez del aliento cómo se gasta el aire, cuando no está en su lugar.
Sólo un consejo me contentó mucho de _El Galateo_ y me pareció muy sustancial, para que se verifique aquel dicho común, que no hay libro sin algo bueno. Encarga, pues, por capital precepto y como el fundamento de toda su obra cortesana, que el galante _Galateo_ procure tener los bienes de fortuna, para vivir con lucimiento, que sobre esta basa de oro le han de levantar la estatua de cortesía y discreción, galantería, despejo y todas las demás prendas de varón culto y perfecto; y advierta que, si fuere pobre, jamás será ni entendido ni cortés ni galante ni gustoso. Y esto es lo que yo siento de _El Galateo._
Pues si ése no os contenta, dijo el librero, porque no instruye sino en la cortesía material, no da más de una capa de personas, una corteza de hombres, aquí está la juiciosa y grave instrucción del prudente Juan de Vega á su hijo, cuando le enviaba á la corte. Realzó esa misma instrucción, [Marginal: _Conde de Portalegre._] que no la comentó muy á lo señor y portugués, que es cuanto decir se puede, el conde de Portalegre en semejante ocasión de enviar otro hijo á la corte.
Es grande obra, dijo el cortesano, y sobrado grande, pues es sólo para grandes personajes; y yo no tengo por buen oficial al que quiere calzar á un enano el zapato de un gigante.
Creedme que no hay otro libro ni arte más á propósito, que parece la escribió viendo lo que en Madrid pasa.
Ya sé que me tendréis por paradojista y aun estoico, pero más importa la verdad. Digo que el libro, que habéis de buscar y leerlo de cabo á cabo, es la célebre Ulisiada de Homero. ¡Aguardad! No os admiréis hasta que me declare. ¿Qué pensáis? ¿Que el peligroso golfo, que él describe, es aquel de Sicilia, y que las sirenas están acullá en aquellas Sirtes con sus caras de mujeres y sus colas de pescados, la Circe encantadora en su isla y el soberano Cíclope en su cueva? Sabed que el peligroso mar es la corte con la Escila de sus engaños y la Caribdis de sus mentiras.
¿Veis esas mujeres, que pasan tan prendidas de libres y tan compuestas de disolutas? Pues ésas son las verdaderas sirenas y falsas hembras, con sus fines monstruosos y amargos dejos. Ni basta que el cauto Ulises se tape los oídos; es menester que se ate al firme mástil de la virtud y encamine la proa del saber al puerto de la seguridad, huyendo de sus encantos.
[Marginal: _Circes lindas._]
Hay encantadoras Circes, que á muchos, que entraron hombres, los han convertido en brutos. ¿Qué diré de tantos Cíclopes, tan necios como arrogantes, con solo un ojo, puesta la mira en su gusto y presunción?
Este libro os digo que repaséis, que él os ha de encaminar, para que como Ulises escapéis de tanto escollo como os espera y tanto monstruo como os amenaza.
Tomaron su consejo y fueron entrando en la corte, experimentando al pie de la letra lo que el cortesano les había prevenido y Ulises enseñado. No encontraron pariente ni amigo ni conocido, por lo pobre. No podían descubrir su deseada Felisinda.
Viéndose, pues, tan solos y tan desfavorecidos, determinó Critilo probar la virtud de ciertas piedras orientales muy preciosas, que había escapado de sus naufragios. Sobre todo quiso hacer experiencia de un finísimo diamante, por ver si vencía tan grandes dificultades su firmeza, y una rica esmeralda, si conciliaba las voluntades, como escriben los filósofos. Sacólas á luz, mostrólas y al mismo punto obraron maravillosos efectos, porque comenzaron á ganar amigos. Todos se les hacían parientes y aun había quien decía eran de la mejor sangre de España, galanes, entendidos y discretos.
Fué tal el ruido que hizo un diamante, que se les cayó en un empeño de algunos centenares, que se oyó por todo Madrid. Con que los embistieron enjambres de amigos, de conocidos y de parientes, más primos que un rey, más sobrinos que un papa. Pero el caso más agradablemente raro fué el que le sucedió á Andrenio, desde la calle Mayor á palacio. Llegóse á él un pajecillo, galán de librea y libre de desenfado, que desenvainando una hoja en un billete, le dejó tan cortado, que no acertó á descartarse Andrenio. Antes, brujuleándole, descubrió una prima su servidora en la firma. Dábale la bienvenida á la corte y muchas quejas de que, siendo tan proprio, se hubiese portado tan extraño. Suplicábale se dejase ver, que allí estaba aquel paje para que le guiase y le sirviese. Quedó atónito Andrenio, oyendo el reclamo de su prima, cuando él no creyera tener madre y, llevado más de su curioso deseo, que del ajeno agasajo, asistido del pajecillo, tomó el rumbo para la casa. Lo que aquí vió en maravillas y le sucedió en portentos dirá la siguiente Crisi.
CRISI XII
_Los encantos de Falsirena._
Fué Salomón el más sabio de los hombres y fué el hombre á quien más engañaron las mujeres. Y con haber sido el que más las amó, fué el que más mal dijo dellas. Argumento de cuán gran mal es el del hombre la mujer mala y su mayor enemigo. Más fuerte es que el vino, más poderosa que el rey y que compite con la verdad, siendo toda mentira. Más vale la maldad del varón, que el bien de la mujer, dijo quien más bien dijo, porque menos mal te hará un hombre que te persiga, que una mujer que te siga.
Mas no es un enemigo sólo; sino todos en uno, que todos han hecho plaza de armas en ella. De carne se compone, para descomponerle. El mundo la viste, que para poder vencerle á él, se hizo mundo della. Y la que el mundo se viste, del demonio se reviste en sus engañosas caricias.
Gerión de los enemigos, triplicado lazo de la libertad, que difícilmente se rompe. De aquí sin duda procedió el apellidarse todos los males hembras, las furias, las parcas, las sirenas y las harpías, que todo lo es una mujer mala.
Hácenle guerra al hombre diferentes tentaciones, en sus edades diferentes, unas en la mocedad y otras en la vejez; pero la mujer en todas. Nunca está seguro dellas ni mozo ni varón ni viejo ni sabio ni valiente ni aun santo. Siempre está tocando al arma este enemigo común y tan casero, que los mismos criados del alma la ayudan, los ojos franquean la entrada á su belleza, los oídos escuchan su dulzura, las manos la atraen, los labios la pronuncian, la lengua la vocea, los pies la buscan, el pecho la suspira y el corazón la abraza. Si es hermosa, es buscada; si fea, ella busca. [Marginal: _Trono de la necedad._] Y si el cielo no hubiera prevenido que la hermosura de ordinario fuera trono de la necedad, no quedara hombre á vida, que la libertad lo es. ¡Oh, cómo le previno el escarmentado Critilo al engañado Andrenio! Mas ¡qué poco le aprovechó!
Partió ciego á buscar luz á la casa de los incendios. No consultó á Critilo, temiéndole severo. Y así solo y malguiado de un pajecillo, que suelen ser las pajuelas de encender el amoroso fuego, caminó un gran rato, torciendo calles y doblando esquinas.
Mi señora, decía el rapaz, la honestísima Falsirena vive muy fuera del mundo, ajena del bullicio cortesano, ya por natural recato, haciendo desierto de la corte, ya por poder gozar de la campaña en sus alegres jardines.
Llegaron á una casa, que en la apariencia aún no prometía comodidad, cuanto menos magnificencia, estrañándolo harto Andrenio. Mas luego que fué entrando, parecióle haber topado el mismo alcázar de la aurora. Porque tenía las entradas buenas á un patio muy desahogado, teatro capaz de maravillosas apariencias. Y aun toda la casa era harto desenfadada. En vez de firmes atlantes en columnas, coronaban el atrio hermosas ninfas por la materia y por el arte raras, asegurando sobre sus delicados hombros firmeza á un cielo, alternado de serafines; pero sin estrellas.
[Marginal: _Amor llorando quema._]
Señoreaba el centro una agradable fuente, equívoca de aguas y fuegos, pues era Cupidillo, que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas y ya linfas. Íbanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro, deslizándose siempre y huyendo de los que le seguían y murmurando después de los mismos que lisonjearon antes.
Donde acababa el patio, comenzaba un Chipre tan verde, que pudiera darlo el más buen gusto; si bien todas sus plantas eran más lozanas que fructíferas, todo flor y nada fruto. Coronábase de flores, vistosamente odoríferas, parando todo en espirar humos fragantes. El vulgo de las aves le recibió con salvas de armonía; si ya no fué darle la vaya, silbándole á porfía el Céfiro y Fabonio, que él lo tuvo todo por donaire.
Era el jardín con toda propiedad un pensil, pues á cuantos le lograban, suspendía. Fuése acercando Andrenio al mejor centro de su amenidad, donde estaba la primavera deshilando copos en jazmines, digo la vana Venus de este Chipre, que nunca hay Chipre sin Venus.
Salió Falsirena á recibirle, hecha un sol muerto de risa y, formando de sus brazos la media luna, le puso entre las puntas de su cielo. Mezcló favores con quejas, repitiendo algunas veces:
¡Oh primo mío sin segundo! ¡Oh, señor Andrenio! Seáis tan bienvenido como deseado.
Mas, ¿cómo? decía mudando á cada palabra su afecto, ensartando perlas hilo á hilo y mentiras en cadena, ¿cómo os lo ha permitido el corazón, que estando aquí esta casa tan vuestra, os hayáis desterrado á una posada, siquiera por las obligaciones de parentesco, cuando no por la conveniencia de regalo? Viéndoos estoy y no lo creo: ¡Qué retrato tan al vivo de vuestra hermosa madre! ¡Á fe que no la desmentís en cosa! ¡No me harto de miraros! ¿De qué estáis tan encogido? ¡Al fin como tan fresco cortesano!
Señora, respondió, yo os confieso que estoy turbadamente admirado de oiros decir que seáis mi prima, cuando yo ignoro madre, desconociendo á quien tanto me ha desconocido. Yo no sé que tenga pariente alguno: tan hijo soy de la nada. Mirad bien no os hayáis equivocado con algún otro más dichoso.
¡Que no, dijo, señor Andrenio! No por cierto. Muy bien os conozco y sé quién sois y cómo nacisteis en una isla en medio de los mares. Muy bien sé que vuestra madre es mi tía y señora. ¡Ah, qué linda era! Y aunque por eso tan poco venturosa. ¡Oh, qué gran mujer y qué discreta! [Marginal: _Violencias del amor._] ¿Pero qué Dánae escapó de un engaño? ¿Qué Elena de una fuga? ¿Qué Lucrecia de una violencia? ¿Y qué Europa de un robo? Viniendo, pues, Felisinda, que éste es su dichoso nombre...
Aquí Andrenio se conmovió entrañablemente, oyendo nombrar por madre suya la repetida esposa de Critilo. Notólo luego Falsirena y porfió en saber la causa.
Porque he oído hartas veces ese nombre, dijo Andrenio.
Y ella: