El criticón (tomo 1 de 2)

Part 13

Chapter 134,167 wordsPublic domain

Advirtió Critilo, con no poco espanto suyo, que todos cuantos veía entrar antes riendo, ahora salían llorando. Y es bien de notar cómo salían. Arrojaban á unos por las ventanas, que correspondían al cuarto de los jardines y daban en aquellas espinas tal golpe, que se les clavaban por todas las coyunturas, quedando llenos de dolores, tan agudos, que estando en un infierno, levantaban el grito hasta el cielo. Los que habían subido más altos daban mayor caída. Uno déstos cayó de lo más alto de palacio, con tanta fruición de los demás, como pena suya, que todos estaban aguardando cuándo caería. Quedó tan maltratado, que no fué más persona ni pudo hacer del hombre.

Bien merece, decían todos los de dentro y fuera, tanto mal, quien á nadie hizo bien.

El que causó gran lástima fué uno, que tuvo más de luna, que de estrella. Éste al caer se clavó un cuchillo por la garganta, escribiendo con su sangre el escarmiento sin segundo. Vió Critilo, que por la ventana, antes del oro y ya del lodo, despeñaban á muchos desnudos y tan abrumados, que parecían haberles molido las espaldas con saquillos de arenas de oro. Otros por las ventanas de la cocina caían en cueros. Y todos daban de vientre en aquel suelo, abominando tales crudezas. Sólo uno vió salir por la puerta y, admirado Critilo únicamente, se fué para él, dándole la singular enhorabuena. Al saludarle reparó que quería conocerle.

¡Válgame el cielo!, decía. ¿Dónde he visto yo este hombre? Pues yo le he visto y no me acuerdo.

¿No es Critilo?, preguntó él.

Sí, ¿y tú quién eres?

¿No te acuerdas que estuvimos juntos en casa de la sabia Artemia?

Ya doy en la cuenta. ¿Tú eres aquel de _Omnia mea mecum porto_?

El mismo y aun eso me ha librado deste encanto.

¿Cómo pudiste escapar una vez dentro?

Fácilmente, respondió. Y con la misma facilidad te desataré á ti, si quieres. ¿Ves todos aquellos ciegos nudos, que echa la voluntad con un sí? Pues todos los vuelve á deshacer con un no. Todo está en que ella quiera.

Quiso Critilo y así se vió luego libre de libros.

Mas díme, oh Critilo, ¿y tú cómo no entraste en este común cautiverio?

Porque siguiendo otro consejo de la misma Artemia, no puse el pie en el principio, hasta tocar con las manos el fin.

¡Oh dichoso hombre! Pero mal dije hombre, que no eres sino entendido.

¿Qué se hizo aquel tu compañero más mozo y menos cauto?

Ahora te quería preguntar dél si le viste allá dentro, que sin freno de razón se abalanzó allá y temo que como tal será arrojado.

¿Por qué puerta entró?

Por la del gusto.

Es la peor de todas. Saldrá tarde. Echarle ha el tiempo consumido de todas maneras.

¿No habría algún medio para su remedio?, replicó Critilo.

Sólo uno y ése, aunque fácil, dificultoso.

¿Cómo es eso?

Queriendo. Que haga como yo. Que no aguarde á que le echen; sino tomándose la honra y más el provecho, salir él. Que será por la puerta, despenado; y no por las ventanas, despeñado.

Una cosa te quisiera suplicar y no me atrevo, porque parece más necedad, que favor.

¿Qué es?

Que, pues tienes ya tomado el tino á la casa, volvieses á entrar y como sabio lo desengañases y librases.

No será de provecho, porque, aunque le halle y le hable, no me dará crédito sin el afecto. Mejor se moverá por ti. Y pues te ves obligado, que te pedirán la palabra, mejor es que tú entres y le saques.

Bien entraría, dijo Critilo, aunque lo siento. Pero temo que, como me falta la experiencia, me he de cansar en balde y no lo podré hallar, corriendo riesgo de ahogarnos todos. Hagamos una cosa: vamos los dos juntos, que bien es menester la industria doblada. Tú, como noticioso me guiarás, y yo, como amigo le convenceré y saldremos todos con victoria.

Parecióle bien el ardid. Fueron á ejecutarlo; mas la guarda, que la hay á la salida, teniendo por sospechoso al sabio, le detuvo.

Aquél sí, dijo señalando á Critilo. Que tengo orden de que entre y que le inste.

Mas él, volviendo atrás, se retiró con el sabio al reconsejo. Fuése informando de las entradas y salidas de la casa, de sus vueltas y revueltas y ya muy determinado iba á entrar, cuando de medio camino volvió atrás y dijo al sabio:

Una cosa se me ha ofrecido y es que troquemos de vestidos ambos. Toma el mío, conocido de Andrenio, que será recomendación y así disfrazado podrás desmentir la guarda entre dos luces; quedaré yo con el tuyo, ayudando al disimulo y aguardando por instantes siglos.

No le desagradó al sabio la invención. Vistióse á lo de Critilo, con que pudo entrar rogado.

Quedóse este viendo caer unos y otros, que no paraban un punto por aquellos despeñaderos del dejo. [Marginal: _Despeñadero de los vicios._] Vió un pródigo, que lo despeñaban mujeres por el ventanaje de las rosas en las espinas. Y como venía en carnes el desdichado, maltratóse mucho. Hízose las narices, cuando más se las deshizo. Comenzó á hablar gangoso y duróle toda la vida, diciendo todos los que le oían:

¡No es cosa rara, que éste hable con las narices, por no tenerlas! Justo castigo es de sus imprudentes mocedades.

Fué tal el asco, que éste y todos los de su séquito tuvieron de su misma inmundicia, que no paraban de escupir al vil deleite, en venganza y por remedio; que hubiera sido mejor antes.

Los que rodaban por las espaldas del descanso, tardaban en el mismo caer; pero mucho más en el levantarse, que de pereza aun no vivían. Gente muy para nada; sólo sirven para hacer número y gastar los víveres. Nada hacen con buen aire y en él se paraban al caer, apoyando mórulas á Cenón; pero una vez caídos, siempre quedaban por tierra. Daban fieros gritos los que rodaban por el cuarto de las armas, que parecía el de los locos.

Venían muy maltratados y eran tales los golpes que daban y recibían, que escupían luego sangre de sus valientes pechos, vomitando la que habían bebido antes á sus enemigos: que es bravo quebradero de cabeza una venganza.

Solos los del cuarto del veneno se estaban á la mira, holgándose de lo que los demás se lamentaban. Y había hombres déstos que, porque se quebrase el otro un brazo y se sacase un ojo, perdía él los dos. Reían de lo que los otros lloraban y lloraban de lo que reían. Y era cosa rara que los que á la entrada enflaquecieron, engordaban á la salida, gustando mucho de hacer aplauso de desdichas y campanear ajenas desventuras.

Estaba Critilo mirando aquel malparadero de todos. Al cabo de un día, de siglos, vió asomar á Andrenio á la ventana de las flores en espinas. Asustóse mucho, temiendo su despeño. No le osaba llamar, por no descubrirse; pero con acciones acordaba el desengaño. Cómo bajó y por dónde adelante lo diremos.

CRISI XI

_El golfo cortesano._

Visto un león, están vistos todos y vista una oveja, todas; pero visto un hombre, no está visto sino uno y aun ése no bien conocido. Todos los tigres son crueles, las palomas sencillas y cada hombre de su naturaleza diferente. Las generosas águilas siempre engendran águilas generosas; mas los hombres famosos no siempre engendran hijos grandes, como ni los pequeños pequeños. Cada uno tiene su gusto y su gesto: que no se vive con solo un parecer.

Proveyó la sagaz naturaleza de diversos rostros, para que fuesen los hombres conocidos; sus dichos y sus hechos no se equivocasen los buenos con los ruines; los varones se distinguiesen de las hembras y nadie pretendiese solapar sus maldades con el semblante ajeno. Gastan algunos mucho estudio en averiguar las propiedades de las yerbas; ¿cuánto más importaría conocer las de los hombres, con quien se ha de vivir ó morir?

Y no son todos hombres los que vemos, que hay horribles monstruos y aun acroceraumnios en los golfos de las grandes poblaciones, sabios sin obras, viejos sin prudencia, mozos sin sujeción, mujeres sin vergüenza, ricos sin misericordia, pobres sin humildad, señores sin nobleza, pueblos sin apremio, méritos sin premio, hombres sin humanidad, personas sin sustancia. Esto ponderaba el sabio á vista de la corte, después de haber rescatado á Andrenio con un tan ejemplar arbitrio.

Cuando Critilo le aguardaba á la puerta libre, le atendió á la ventana empeñado en el común despeño. Mas consolóse con que nadie le impelía; antes, quitándose la guirnalda de la frente, la fué destejiendo y, atando unas ramas con otras, hizo soga, por la cual se guindó y sin daño alguno se halló en tierra por gran felicidad. Al mismo tiempo asomó por la puerta el Sabio, doblándole á Critilo el contento; pero sin detenerse ni aun para abrazarse, picaron, como tan picados. Sólo Andrenio, volviendo la cabeza á la ventana, dijo:

Quede ahí pendiente ese lazo, escala ya de mi libertad, despojo eternizado del desengaño.

Tomaron su derrota para la corte, á dar, decía el sabio, de Caribdis en Escila. Acompañóles hasta la puerta, llevado de la dulce conversación, el mejor viático del camino de la vida.

¿Qué cosa y qué casa ha sido ésta?, decía Critilo. Contadme lo que en ella os ha pasado.

Tomó la mano el Sabio á cortesía de Andrenio y dijo:

Sabed, que aquella engañosa casa, al fin venta del mundo, por la parte que se entra en ella es del gusto y por la que se sale del gasto. Aquella agradable salteadora es la famosa Volusia, [Marginal: _Tiranía del deleite._] á quien llamamos nosotros delectación y los latinos _voluptas_, gran muñidora de los vicios, que á cada uno de los mortales le lleva arrastrado su deleite. Ésta los cautiva, los aloja ó los aleja, unos en el cuarto más alto de la soberbia, otros en el más bajo de la desidia; pero ninguno en el medio, que en los vicios no le hay. Todos entran, como visteis, cantando y después salen sollozando; si no son los envidiosos, que proceden al revés. El remedio para no despeñarse al fin es caer en la cuenta al principio: gran consejo de la sabia Artemia, que á mí me valió harto para salir bien.

Y á mí mejor para no entrar, replicó Critilo: que yo con más gusto voy á la casa del llanto, que de la risa, porque sé que las fiestas del contento fueron siempre vísperas del pesar. Créeme, Andrenio, que quien comienza por los gustos, acaba con los pesares.

Basta que este nuestro camino, dijo él, todo está lleno de trampas encubiertas, que no sin causa estaba el engaño á la entrada. ¡Oh casa de locos! ¡Y cómo lo es quien hace de ti caso! ¡Oh encanto de cantos imanes, que al principio atraen y á la postre despeñan!

Dios os libre, ponderaba el Sabio, de todo lo que comienza por el contento. Nunca os paguéis de los principios fáciles; atended siempre á los fines dificultosos y al contrario. La razón desto supe yo en aquella venta de Volusia, en este sueño que os ha de hacer despertar.

[Marginal: _Juguetes de la fortuna._]

Contáronme tenía dos hijos la Fortuna, muy diferentes en todo: pues el mayor era tan agradablemente lindo, cuanto el segundo desapaciblemente feo. Eran sus condiciones y propiedades muy conformes á sus caras, como suele acontecer. Hízoles su madre dos vaquerillos con la misma atención. Al primero de una rica tela, que tejió la primavera, sembrada de rosas y de claveles y entre flor y flor alternó una G, tantas como flores, sirviendo de ingeniosas cifras, en que unos leían gracioso, otros galán, gustoso, gallardo, grato y grande; aforrado en cándidos armiños, todo gala, todo gusto, gallardía y gracia. Vistió al segundo muy de otro genio, pues de un bocací funesto, recamado de espinas y entre ellas otras tantas efes, donde cada uno leía lo que no quisiera, feo, fiero, furioso, falto y falso, todo horror, todo fiereza.

Salían de casa de su madre á la plaza ó á la escuela y al primero en todo todos cuantos le veían le llamaban. Abríanle las puertas de sus corazones. Todo el mundo se iba tras él, teniéndose por dichosos los que le podían ver, cuanto más haber. El otro desvalido no hallaba puerta abierta y así andaba á sombra de tejados. Todos huían dél. Si quería entrar en alguna casa, dábanle con la puerta en los ojos y, si porfiaba, muchos golpes, con lo cual no hallaba dónde parar. Vivía ó moría, quien tan triste llegó á no poderse sufrir él á sí mismo. Y así tomó por partido despeñarse, para despenarse, escogiendo antes morir para vivir que vivir para morir.

Mas como la discreción es pasto de la melancolía, pensó una traza, que siempre valió más que la fuerza. Conociendo cuán poderoso es el engaño y los prodigios que obra cada día, determinó ir en busca suya una noche, que hasta la luz y él se aborrecían.

[Marginal: _Casa del Engaño._]

Comenzó á buscarle; mas no le podía descubrir. En mil partes le decían estaría y en ninguna le topaba. Persuadióse le hallaría en casa de los engañadores y así fué primero á la del Tiempo. Éste le dijo que no; que antes él procuraba desengañar á todos, sino que le creen tarde. Pasó á la del Mundo, tenido por embustero y respondióle que por ningún caso; que él á nadie engaña, aunque lo desea, que los mismos hombres son los que se engañan á sí mismos, se ciegan y se quieren engañar. Fué á la misma Mentira, que la halló en todas partes. Díjola á quién buscaba y respondióle ella:

¡Anda necio! ¿Cómo tengo yo de decir verdad?

¿Según eso, la Verdad me lo dirá?, dijo él; pero ¿dónde la hallaré? Más dificultoso será eso: que si al Engaño no le puedo descubrir en todo el mundo, ¿cuánto menos la Verdad?

Fuése á casa de la Hipocresía, teniendo por cierto estaría allí; mas ésta le engañó con el mismo Engaño. Porque torciendo el cuello á par de la intención, encogiéndose de hombros, frunciendo los labios, arqueando las cejas, levantando los ojos al cielo, que todo un hombre ocupa con la voz muy mirlada, le aseguró no conocía tal personaje ni le había hablado en su vida, cuando estaba amancebada con él.

Partió á casa de la Adulación, que era un palacio y ésta le dijo:

Yo, aunque miento, no engaño, porque echo las mentiras tan grandes y tan claras, que el más simple las conocerá. Bien saben ellos que yo miento; pero dicen que con todo eso se huelgan y me pagan.

¿Qué, es posible, se lamentaba, que esté el mundo lleno de engaños y que yo no le halle? ¡Parece ésta pesquisa de Aragón! Sin duda estará en algún casamiento: ¡vamos allá!

[Marginal: _Casamiento con eco._]

Preguntó al marido, preguntó á la mujer y respondiéronle ambos habían sido tantas y tan recíprocas de una y otra parte las mentiras, que ninguno podía quejarse de ser el engañado.

¿Si estaría en casa de los mercaderes, entre mohatras paliadas y desnudos acreedores?

Respondiéronle que no, porque no hay engaño, donde ya se sabe que le hay. Lo mismo dijeron los oficiales: que fué de tienda en tienda, asegurándole en todas que al que ya lo sabe y quiere, no se le hace agravio. Estaba desesperado, sin saber ya dónde ir.

Pues yo le he de buscar, dijo; aunque sea en casa del diablo.

Fuése allá, que era una Génova, digo una Ginebra. Mas éste se enojó fieramente y, dando voces endiabladas, decía:

¿Yo engaño? ¿Yo engaño? ¡Qué bueno es eso para mí!; antes yo hablo claro á todo el mundo. Yo no prometo cielos; sino infiernos acá y allá fuegos, que no paraísos. Y con todo eso, los más me siguen y hacen mi voluntad.

¿Pues en qué está el engaño?

[Marginal: _Engañador, engañado._]

Conoció decía esta vez la verdad y quitósele delante. Echó por otro rumbo, determinó ir á buscarle á casa de los engañados, los buenos hombres, los crédulos y cándidos, gente toda fácil de engañar. Mas todos ellos le dijeron que por ningún caso estaba allí; sino en casa de los engañadores, que aquéllos son los verdaderos necios, porque el que engaña á otro siempre se engaña y daña más á sí mismo.

¿Qué es esto?, decía. Los engañadores me dicen que los engañados se lo llevaron; éstos me responden que aquéllos se quedan con él. Yo creo que unos y otros le tienen en su casa y ninguno se lo piensa.

Yendo desta suerte, le topó á él la Sabiduría, que no él á ella y, como sabedora de todo, le dijo:

Perdido, ¿qué buscas? ¿Otro que á ti mismo? ¿No ves tú que el Engaño no le halla quien le busca y que, en descubriéndole, ya no es él? Ve á casa de algunos de aquellos, que se engañan á sí mismos, que allí no puede faltar.

Entró en casa de un confiado, de un presumido, de un avaro, de un envidioso y hallóle muy disimulado con afeites de verdad. Comunicóle sus desdichas y consultóle su remedio. Miróselo el Engaño muy bien, cuanto peor, y díjole:

Tú eres el mal, que tu mala catadura te lo dice. Tú eres la maldad, más fea aún de lo que pareces. Pero ten buen ánimo, que no faltará diligencia ni inteligencia. Huélgome se ofrezcan ocasiones como ésta para que luzca mi poder. ¡Oh, qué par haremos ambos! Anímate, que si el primer paso en la medicina es conocer la raíz del mal, yo la descubro en tu dolencia, como si la tocase con las manos.

Yo conozco muy bien los hombres; aunque ellos no me conocen á mí. Yo sé bien de qué pie cojea su mala voluntad. Y advierte que no te aborrecen á ti por ser malo. No por cierto; sino porque lo pareces, por ese mal vestido que tú llevas. Esos abrojos son los que les lastiman; que, si tú fueras cubierto de flores, yo sé te quisieran. Pero déjame hacer, que yo barajaré las cosas de modo que tú seas el adorado de todo el mundo y tu hermano aborrecido. Ya la tengo pensada, que no será la primera ni la última.

Asiéndole de la mano, se fueron pareados á casa de la Fortuna. Saludóla con todo el cumplimiento que él suele y encandilóla tan bien, que fué menester poco para una ciega. Ofreciósele por mozo de guía, representándole su necesidad y las muchas conveniencias. Abonóle el hijuelo de fiel y de entendido, pues sabe muchos puntos más que el diablo su discípulo. Sobre todo, que no quería otra paga, sino sus venturas. Y no se engañaba, que no hay renta, como la puerta falsa de la ambición. Calidades eran todas muy á cuento, si no muy á propósito, para mozo de ciego, y así le admitió la Fortuna en su casa, que es todo el mundo.

[Marginal: _Mozo de la Fortuna._]

Comenzó al mismo instante á revolverlo todo, sin dejar cosa en su lugar ni aun tiempo. Guíala siempre al revés. Si ella quiere ir á casa de un virtuoso, él la lleva á la de un malo y otro peor. Cuando había de correr, la detiene y, cuando había de ir con tiento, vuela. Barájale las acciones, trueca todo cuanto da. El bien que ella quería dar al sabio, hace lo dé al ignorante; el favor que va á hacer al valiente, lo encamina al cobarde. Equivócale las manos cada punto, para que reparta las felicidades y desdichas, en quien no las merece. Incítala á que esgrima el palo sin sazón y á tontas y á ciegas la hace sacudir palos de ciego en los buenos y virtuosos. Pega un revés de pobreza al hombre más entendido y da la mano á un embustero, que por eso están hoy tan validos.

[Marginal: _Don Baltasar de Zúñiga._]

¡Qué de golpes la ha hecho errar! Acabó de uno con un don Baltasar de Zúñiga, cuando había de comenzar á vivir. Acabó con un duque del Infantado, un marqués de Aitona y otros semejantes, cuando más era menester. Dió un revés de pobreza á un don Luis de Góngora, á un Agustín de Barbosa y otros hombres eminentes, cuando debiera hacerlos muchas mercedes. Erró el golpe también y escusábase el bellacón, diciendo:

Vinieran éstos en tiempo de un León X, de un rey Francisco de Francia, que éste no es su siglo.

¡Qué disfavores no hizo á un marqués de Torrecuso! Y jactábase dello, diciendo:

¿Qué hiciéramos sin guerra? Ya estuviera olvidada.

[Marginal: _Don Martín de Aragón._]

También fué errar el golpe darle un balazo á don Martín de Aragón, conociéndose bien presto su falta.

Iba á dar la Fortuna un capelo á un Azpilqueta Navarro, que hubiera honrado el Sacro Colegio; mas pególa en la mano un tal golpazo, que lo echó en tierra, acudiendo á recogerlo un clerizonte. Y riéndose el picarón, decía:

¡Eh! que no pudiéramos vivir con estos tales. Bástales su fama. Éstos otros sí, que lo reciben humildes y lo pagan agradecidos.

[Marginal: _España._]

Fué á dar á la monarquía de España muchas felicidades, por verla tan católica, como había hecho siempre, dándole las Indias y otros muchos reinos y victorias y el belitre la dió tal encontrón, que saltaron acullá á Francia, con espanto de todo el mundo. Él se escusaba con decir que se había acabado ya la semilla de los cuerdos en España y de los temerarios en Francia. [Marginal: _Venecia._] Y por desmentir el odio, que le acumulaba ya su malicia, dió algunas victorias á la república de Venecia contra el poder otomano y sola sin Liga, cosa que ha admirado al mundo, escusándose con el tiempo, [Marginal: _Casa otomana._] que se cansa ya de llevar á cuestas la felicidad otomana, más á fuerza, que de industria.

Desta suerte fué barajando todas las cosas y casos, tanto, que así las dichas como las desdichas se hallaban en los que menos las merecían.

Llegando ya á ejecutar su primer intento, observó allá á la noche, cuando la Fortuna desnudaba sus dos hijos, que de nadie los fiaba, donde ponía los vestidos de cada uno, que eso siempre era con cuidado, en diferentes puestos, porque no se confundiesen. Acudió, pues, el Engaño y, sin ser sentido, trocó los vestidos, mudó los del bien al puesto del mal y los del mal al del bien. Á la mañana la Fortuna, tan descuidada como ciega, vistió á la Virtud el vaquerillo de las espinas, sin más reparar. Y al contrario, el de las flores púsoselo al Vicio, con que quedó éste muy galán. Y ¡él que se ayudó con afeites del Engaño!

No había quien lo conociese. Todos se iban tras él. Metíanle en sus casas, creyendo llevaban el Bien. Algunos lo advirtieron á costa de la experiencia y dijéronlo á los otros. Pocos lo creyeron y, como le veían tan agradable y florido, prosiguieron en su engaño.

[Marginal: _Principios del vicio._]

Desde aquel día la Virtud y la Maldad andan trocadas y todo el mundo engañado ó engañándose: los que abrazan la maldad por aquel cebillo del deleite, hállanse después burlados, dan tarde en la cuenta y dicen arrepentidos: No está aquí el verdadero bien, éste es el mal de los males. ¿Luego errado habemos el camino? [Marginal: _Fines de la virtud._] Al contrario, los que desengañados apechugan con la virtud, aunque al principio les parece áspera y sembrada de espinas, pero al fin hallan el verdadero contento y alégranse de tener tanto bien en sus conciencias.

[Marginal: _Cargos cargas._]

¡Qué florida le parece á éste la hermosura y qué lastimado queda después con mil achaques! ¡Qué lozana al otro la mocedad!; ¡pero cuán presto se marchita! ¡Qué plausible se le representa al ambicioso la dignidad! Vestido viene el cargo de estimación; ¡mas qué pesado le halla después, que le abruma so la carga! ¡Qué gustosa imagina el sanguinario la venganza! ¡Cómo se relame en la sangre del enemigo! Y después, si le dejan, toda la vida anda basqueando lo que los agraviados no pueden digerir. Hasta el agua hurtada es más sabrosa. Chupa la sangre del pobrecillo el ricazo de rapiña; mas después ¡con qué violencia la trueca al restituirla! Dígalo la madre del milano.

[Marginal: _Gota grita._]

Traga el glotón exquisitos manjares, saboréase con los preciosos vinos y después, ¡cómo lo grita en la gota! No pierde el deshonesto coyuntura en su bestial deleite y págalo con dolor de todas las de su flaco cuerpo. Abraza espinas en riquezas el avaro, pues no le dejan morir y, sin poderlas gozar, deja en ellas lastimado el corazón.

Todos éstos pensaron traer á su casa el Bien, vestido del gusto; y de verdad, que no es sino el Mal solapado; no el contento, sino el tormento, también merecido de su engaño. Pero al contrario, ¡qué dificultosa y cuesta arriba se le hace al otro la virtud!, y después, ¡qué satisfacción la de la buena conciencia! ¡Qué horror el de la abstinencia y en ella consiste la salud del cuerpo y alma! Intolerable se le representa la continencia y en ella se halla el contento verdadero, la vida, la salud y la libertad.

El que se contenta con una medianía, tranquilo vive. El manso de corazón, posee la tierra. Desabrido se le propone el perdón del enemigo; pero ¡qué paz se le sigue y qué honra se consigue! ¡Qué frutos tan dulces se cogen de la raíz amarga de la mortificación! Melancólico parece el silencio; mas al sabio nunca le pesó de haber callado.