El Criterio

Chapter 11

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Puede aplicarse á todas las ciencias el consejo que se da á los que quieren aprender la historia: ántes de comenzar su estudio, es necesario leer un compendio. A este propósito son notables las palabras de Bossuet en la dedicatoria que precede á su _Discurso sobre la historia universal_. Asienta la necesidad de estudiar la historia en compendio, para evitar confusion y ahorrar fatiga, y luego añade: «Esta manera de exponer la historia universal la compararemos á la descripcion de los mapas geográficos: la historia universal es el mapa general comparado con las historias particulares de cada pais y de cada pueblo. En los mapas particulares veis menudamente lo que es un reino, ó una provincia en si misma; en los universales aprendeis á fijar estas partes del mundo en su todo; en una palabra, veis la parte que ocupa Paris ó la isla de Francia en el reino, la que el reino ocupa en la Europa, y la que la Europa ocupa en el universo.» Pues bien: la oportuna y luminosa comparacion entre el _Mapa mundi_ y los particulares, se aplica á todos los ramos de conocimientos. En todos hay un conjunto de que es preciso hacerse cargo, para comprender mejor las partes, y no andar confuso y perdido en la manera de ordenarlas. Aun las ideas que se adquieren por este método, son casi siempre incompletas, á menudo inexactas, y algunas veces falsas; pero todos estos inconvenientes aun no pesan tanto como los que resultan de acometer á tientas, sin antecedentes ni guia, el estudio de una ciencia.

Las obras elementales, se nos dirá, no son mas que un esqueleto; es verdad, pero tal como es, ahorra muchísimo trabajo; hallándole formado ya, os será mas fácil corregir sus defectos, cubrirle de nervios, músculos y carne; darle calor, movimiento y vida.

Entre los que han estudiado por principios una ciencia, y los que, por decirlo así, han cogido sus nociones al vuelo, en enciclopedias y diccionarios, hay siempre una diferencia que no se escapa á un ojo ejercitado. Los primeros se distinguen por la precision de ideas y propiedad de lenguaje; los otros se lucen tal vez con abundantes y selectas noticias, pero á la mejor ocasion dan un solemne tropiezo que manifiesta su ignorante superficialidad[17].

CAPÍTULO XVIII.

LA INVENCION.

§ I.

Lo que debe hacer quien carezca del talento de invencion.

Creo haber dicho lo suficiente con respecto á los métodos de enseñar y aprender; paso á tratar del método de invencion.

Conocidos los elementos de una ciencia, y llegado el hombre á edad y posicion en que puede dedicarse á estudios de mayor extension y profundidad, está en el caso de seguir senderos ménos trillados, y acometer empresas mas osadas. Si la naturaleza no le ha dotado del talento de invencion, preciso le será contentarse por toda su vida con el método elemental, bien que tomado en mayor escala. Necesita guias, y este servicio le prestarán las obras magistrales. Mas no se crea que deba entenderse condenado á ciego servilismo, y no haya de atreverse á discordar nunca de la autoridad de sus maestros; en la milicia científica y literaria, no es tan severa la disciplina que no sea lícito al soldado dirigir algunas observaciones á su jefe.

§ II.

La autoridad científica.

Los hombres capaces de alzar y llevar adelante una bandera, son muy pocos; y mejor es alistarse en las filas de un general acreditado, que no andar á manera de miserable guerrillero, afectando la importancia de insigne caudillo.

Diciendo esto, no es mi ánimo predicar la autoridad en materias puramente científicas y literarias; en todo el decurso de la obra he dado bastante á entender que no adolezco de tal achaque; solo me propongo indicar una necesidad de nuestro entendimiento, que siendo por lo comun muy flaco, ha menester un apoyo. La hiedra entrelazándose con un árbol, se levanta á grande altura; si creciese sin arrimo, yaceria tendida por el suelo pisoteada por todos los transeuntes. Ademas, que no por haber hecho esta observacion, se ha de cambiar el órden regular de las cosas: pues con ella mas bien he consignado un hecho que ofrecido un consejo. Sí un hecho, porque á pesar de tanto como se blasona de independencia, es mas claro que la luz del medio dia que esta independencia no existe, que gran parte de la humanidad anda guiada por algunos caudillos, y que estos á su talante la llevan por el camino de la verdad ó del error.

Este es un hecho de todos los paises y de todos los siglos; hecho indestructible porque está fundado en la misma naturaleza del hombre. El débil siente la superioridad del fuerte, y se humilla en su presencia; el genio no es el patrimonio del linaje humano, es un privilegio á pocos concedido: quien le posee ejerce sobre los demas un ascendiente irresistible. Se ha observado con mucha verdad que las masas tienen una tendencia al despotismo; esto dimana de que sienten su incapacidad para dirigirse, y naturalmente buscan un jefe: la que se experimenta en la guerra y la política, se nota tambien en las ciencias. La generalidad de los que las profesan son tambien masas, son verdadero vulgo que entregado á si mismo no sabria qué hacerse; por lo mismo se arremolina á manera de grupos populares en torno de los que le hablan algo mejor de lo que él sabe, y manifiestan conocimientos que él no posee. El entusiasmo penetra tambien en la plebe sabia, y lo mismo que la otra en sus asonadas, aplaude y grita: «muy bien, muy bien!... tú lo entiendes mejor que nosotros; tú serás nuestro jefe....»

§ III.

Modificaciones que ha sufrido en nuestra época la autoridad científica.

A medida que se han generalizado los conocimientos con el inmenso desarrollo de la prensa, se ha podido creer que el indicado fenómeno habia desaparecido; pero no es así; lo que ha hecho, ha sido modificarse. Cuando los caudillos eran pocos, cuando el mando estaba entre pocas escuelas, andaban los entendimientos á manera de ejércitos disciplinados, siendo tan patente la dependencia que no era posible equivocarse. Ahora sucede de otra manera: los caudillos y las escuelas son en mayor número; la disciplina se ha relajado: pasan los soldados de uno á otro campo; estos se adelantan un poco, aquellos se quedan rezagados; algunos se separan y se empeñan en escaramuzas sin instrucciones ni órdenes de sus jefes; diríase que los grandes ejércitos han dejado de existir y que cada cual marcha por su lado: pero no os hagais ilusiones, los ejércitos existen á pesar de ese desórden, todos saben bien á cuál pertenecen; si desertan del uno se unirán al otro; y cuando se vean en aprieto, todos se replegarán en la direccion donde saben que está el cuerpo principal para cubrir su retirada.

Y si entrar quisiésemos en minuciosas cuentas, hallaríamos que no es tan exacto que los caudillos de ahora sean en mucho mayor número que los de tiempos anteriores. Formando un cuadro de clasificaciones científicas y literarias encontraríamos fácilmente que en cada género son muy pocos los que llevan la bandera, y que sobre sus pasos se precipita la multitud ahora como siempre.

El teatro y la novela ¿no tienen un pequeño número de _notabilidades_, cuyas obras se imitan hasta el fastidio? La política, la filosofía, la historia, ¿no cuentan tambien unos pocos adalides, cuyos nombres se pronuncian sin cesar, y cuyas opiniones y lenguaje se adoptan sin discernimiento? La _independiente_ Alemania, ¿no tiene sus escuelas filosóficas, tan marcadas y caracterizadas como serlo pudieron las de santo Tomas, Escoto y Suarez? ¿Qué son en Francia la turba de los filósofos universitarios, sino humildes discípulos de Cousin? ¿y qué ha sido Cousin á su vez sino un vicario de Hegel, y de Schelling? y su filosofía, que tambien forceja por introducirse entre nosotros, ¿no comienza con tono magistral, exigiendo respeto y deferencia, á manera de ministerio sagrado que se dirige á la conversion de las gentes sencillas? La mayor parte de los que profesan la filosofía de la historia, ¿hacen mas que recitar trozos de las obras de Guizot, ó de otros escritores muy contados? Los que se complacen en declamaciones sobre elevados principios de legislacion, ¿no son con frecuencia plagiarios de Becaria y Filangieri? Los utilitarios ¿nos dicen por ventura otra cosa que lo que acaban de leer en Bentham? Los escritores sobre derecho constitucional, ¿no tienen siempre en la boca á Benjamin Constant?

Reconozcamos pues un hecho que tan de bulto se presenta, y no nos lisonjeemos de haber destruido lo que es mas fuerte que nosotros, pero guardémonos de sus malos efectos, en cuanto nos sea posible. Si á causa de la debilidad de nuestras luces, estamos precisados á valernos de las ajenas, no las recibamos tampoco con ignoble sumision, no abdiquemos el derecho de examinar las cosas por nosotros mismos, no consintamos que nuestro entusiasmo por ningun hombre llegue á tan alto punto, que sin advertirlo le reconozcamos como oráculo infalible. No atribuyamos á la criatura lo que es propio del Criador.

§ IV.

El talento de invencion. Carrera del ingenio.

Si el entendimiento es tal que pueda conducirse á sí mismo, si al examinar las obras de los grandes escritores, se siente con fuerza para imitarlos, y se encuentra entre ellos, no como pigmeo entre gigantes, sino como entre sus iguales, entónces el método de invencion le conviene de una manera particular, entónces no debe limitarse á _saber los libros_, es preciso que _conozca las cosas_; no ha de contentarse con seguir el camino trillado, sino que ha de buscar veredas que le lleven mejor, mas recto, y si es posible á puntos mas elevados. No admita idea sin analizar, ni proposicion sin discutir, ni raciocinio sin examinar, ni regla sin comprobar; fórmese una ciencia propia, que le pertenezca como su sangre, que no sea una simple recitacion de lo que ha leido, sino el fruto de lo que ha observado y pensado.

¿Qué reglas deberá tener presentes? Las que se han señalado mas arriba para todo pensador. El entrar en pormenores seria inútil y tal vez imposible; que el empeño de trazar al genio una marcha fija, es no ménos temerario que el de sujetar las expresiones de animada fisonomía al mezquino círculo de compasados gestos. Cuando le veis abalanzarse brioso á su gigantesca carrera, no le dirijais palabras insulsas, ni consejos estériles, ni reglas que no ha de observar; decidle tan solo: «Imágen de la divinidad, marcha á cumplir los destinos que te ha señalado el Criador; no te olvides de tu principio y de tu fin; tú levantas el vuelo y no sabes adónde vas: alza los ojos al cielo, y pregúntaselo á tu Hacedor. Él te mostrará su voluntad; cúmplela fielmente; que en cumplirla estan cifrados tu grandor y tu gloria[18].»

CAPÍTULO XIX.

EL ENTENDIMIENTO, EL CORAZON Y LA IMAGINACION.

§ I.

Discrecion en el uso de las facultades del alma. La reina Dido. Alejandro.

He dicho (Cap. XII) que para conocer la verdad en ciertas materias, era necesario desplegar á un mismo tiempo diferentes facultades del alma, y entre ellas he contado el sentimiento. Ahora añadiré que si bien esto es preciso cuando se trata de aquellas verdades, cuya naturaleza consiste en relaciones con dicho sentimiento, como todo lo bello ó tierno, ó melancólico ó sublime; no lo es cuando la verdad pertenece á un órden distinto que nada tiene que ver con nuestra facultad de sentir.

Si quiero apreciar todo el mérito de Virgilio en el episodio de Dido, es menester que no raciocine con sequedad, sino que imagine y sienta; pero si me propongo juzgar bajo el aspecto moral la conducta de la reina de Cartago, es preciso que me despoje de todo sentimiento, y que deje encomendado á la fria razon el fallar conforme á los eternos principios de la virtud.

Al leer á Quinto Curcio, admiro al héroe macedon, y me complazco en verle cuando se arroja impávido al traves del Gránico, vence en Arbela, persigue y anonada á Darío, y señorea el oriente. En todo esto hay grandeza, hay rasgos que no fueran debidamente apreciados, si se cerrara el corazon á todo sentimiento. La sublime narracion del sagrado Texto (1. Mach. Cap. 1) no será estimada en su justo valor, por quien no haga mas que analizar con frialdad. «Y sucedió que despues que Alejandro Macedon, hijo de Filipo, que fué el primero que reinó en Grecia, salido de la tierra de Cethim, derrotó á Dario rey de los Persas y de los Medos, dió muchas batallas, y conquistó las fortalezas de todos, y mató á los reyes de la tierra. Y pasó hasta los confines del mundo, y se apoderó de los despojos de numerosas gentes, _y la tierra calló en su presencia_....» Cuando uno llega á esta expresion, el libro se cae de las manos, y el asombro se apodera del alma. En presencia de un hombre _la tierra calló_..... Sintiendo con viveza la fuerza de esta imágen, se forma la mayor idea que formarse pueda del héroe conquistador. Si para conocer esta verdad, abstraigo y discurro y cavilo, y ahogo mis sentimientos, nada comprenderé; es preciso que me olvide de toda filosofía, que no sea mas que hombre, y que dejando la fantasía en libertad, y el corazon abierto, mire al hijo de Filipo, saliendo de la tierra de Cethim, marchando con pasos de gigante hasta la extremidad del orbe, y contemple á la tierra, que amedrentada calla. Pero si me propongo examinar la justicia y la utilidad de aquellas conquistas, entónces será preciso cortar el vuelo á la imaginacion, amortiguar los sentimientos de admiracion y entusiasmo; será preciso olvidar al jóven monarca rodeado de sus falanges, y descollando entre sus guerreros como el Júpiter de la fábula entre el cortejo de los dioses; será necesario no pensar mas que en los eternos principios de la razon, y en los intereses de la humanidad. Si al hacer este exámen dejo campear la fantasía y dilatarse el corazon, erraré; porque la radiante auréola que orla las sienes del conquistador, me deslumbrará, me quitará la osadía de condenarle, me inclinará á la indulgencia por tanto genio y heroismo; y se lo perdonaré todo, cuando vea que en la cumbre de su gloria, á la edad de 33 años, _se postra en un lecho y conoce que se muere_. Et post hæc decidit in lectum, et cognovit quia moreretur. (Machab. lib. 1. cap. 1.)

§ II.

Influencia del corazon sobre la cabeza. Causas y efectos.

A cada paso se observa la mucha influencia que sobre nuestra conducta tienen las pasiones; y el insistir en probar esto, seria demostrar una verdad demasiado conocida. Pero no se ha reparado tanto en los efectos de las pasiones sobre el entendimiento, aun con respecto á verdades que nada tienen que ver con nuestras acciones. Quizas sea este uno de los puntos mas importantes del arte de pensar, y por lo mismo lo expondré con algun detenimiento.

Si nuestra alma estuviese únicamente dotada de inteligencia, si pudiese contemplar los objetos sin ser afectada por ellos, sucederia que en no alterándose dichos objetos, los veríamos siempre de una misma manera. Si el ojo es el mismo, la distancia la misma, el punto de vista el mismo, la cantidad y direccion de la luz las mismas, la impresion que recibamos no podrá ménos de ser siempre la misma. Pero cambiada una cualquiera de estas condiciones, cambiará la impresion; el objeto será mas ó ménos grande, los colores mas ó ménos vivos ó quizas del todo diferentes; su figura sufrirá considerables modificaciones, ó tal vez se convertirá en otra nada semejante. La luna conserva siempre su misma figura, y no obstante nos presenta de continuo variedad de fases; una roca informe y desigual se nos ofrece á lo léjos como una cúpula que corona un soberbio edificio; y el monumento que mirado de cerca es una maravilla del arte, se divisa á larga distancia como una peña irregular, desgajada, caida á la aventura en las faldas del monte.

Lo propio sucede con el entendimiento: los objetos son á veces los mismos, y no obstante se ofrecen muy diferentes, no solo á distintas personas, sino á una misma; sin que para esta mudanza sea necesario mucho tiempo. Quizas un instante de intervalo es suficiente para cambiar la escena; nos hallamos ya en otra parte; se ha corrido un velo, y todo ha variado; todo ha tomado otras formas y colores; diriase que los objetos han sido tocados con la varita de un mago.

¿Y cuál es la causa? es que el corazon se ha puesto en juego, es que nosotros nos hemos mudado, y nos parece que se han mudado los objetos. Así al darse á la vela la embarcacion que nos lleva, el puerto y las costas huyen á toda prisa; cuando en realidad nada se ha movido sino la nave.

Y nótese que esta mudanza no se realiza tan solo cuando el ánimo se conmueve profundamente, y puede decirse que las pasiones estan levantadas; en medio de una calma aparente sufrimos á menudo esta alteracion en la manera de ver, alteracion tanto mas peligrosa, cuanto ménos se hacen sentir las causas que la producen. Se han dividido en ciertas clases las pasiones del corazon humano, pero sea que no se hayan comprendido todas en la clasificacion filosófica, sea que cada una de ellas entraña en su seno otras muchas que deben ser consideradas como sus hijas, ó como transformaciones de una misma, lo cierto es que quien observe con atencion la variedad y graduacion de nuestros sentimientos creerá estar asistiendo á las mudables ilusiones de una vision fantasmagórica. Hay momentos de calma y de tempestad, de dulzura y de acritud, de suavidad y de dureza, de valor y de cobardia, de fortaleza y de abatimiento, de entusiasmo y de desprecio, de alegría y de tristeza, de orgullo y de anonadamiento, de esperanza y de desesperacion, de paciencia y de ira, de postracion y de actividad, de expansion y de estrechez, de generosidad y de codicia, de perdon y de venganza, de indulgencia y de severidad, de placer y de malestar, de saboreo y de tedio, de gravedad y de lijereza, de elevacion y de frivolidad, de seriedad y de chiste, de.... pero adónde vamos á parar, enumerando la variedad de disposiciones que experimenta nuestra alma? No es mas mudable é inconstante el mar azotado por los huracanes, mecido por el zéfiro, rizado con el aliento de la aurora, inmóbil con el peso de una atmósfera de plomo, dorado con los rayos del sol naciente, blanqueado con la luz del astro de la noche, tachonado con las estrellas del firmamento, ceniciento como el semblante de un difunto, brillante con los fuegos del medio dia, tenebroso y negro, como la boca de una tumba.

§ III.

Eugenio. Sus transformaciones en veinte y cuatro horas.

Érase una hermosa mañana de abril, Eugenio se habia levantado muy temprano, habia extendido maquinalmente el brazo á su librería, y con el tomito en la mano, pero sin abrir, se habia asomado al balcon que daba vista á una risueña campiña. ¡Qué dia mas bello! ¡qué hora tan embelesante! El sol se levanta en el horizonte matizando las nubecillas con primorosos colores, y desplegando en todas direcciones madejas de luz, como la dorada cabellera ondeante sobre la cabeza de un niño; la tierra ostenta su riqueza y sus galas, el ruiseñor gorjea y trina en la cercana arboleda, el labrador se encamina á su campo, saludando al luminar del dia con cantares de dicha y de amor. Eugenio contempla aquella escena con un placer inexplicable. Su ánimo tranquilo, sosegado, apacible, se presta fácilmente á emociones gratas y suaves. Goza de completa salud, disfruta de pingüe fortuna; los negocios de la familia andan con viento en popa, y cuantos le rodean, se esmeran en complacerle. Su corazon no está agitado por ninguna pasion violenta; anoche concilió sin dificultad el sueño, que no se ha interrumpido hasta el rayar del alba; y espera que las horas se adelanten para entregarse al ordinario curso de sus tranquilas tareas.

Abre por fin el libro: es una novela romántica. Un desgraciado á quien el mundo no ha podido comprender, maldice á la sociedad, á la humanidad entera, maldice á la tierra y al cielo, maldice lo pasado, lo presente y lo futuro, maldice al mismo Dios, se maldice á sí mismo; y cansado de mirar un sol helado y sombrío, una tierra mustia y agostado, de arrastrar una existencia que pesa sobre su corazon, que le oprime, que le ahoga como los brazos del verdugo al infeliz ajusticiado, se propone dar fin á sus dias. Miradle, ya está en el borde del precipicio fatal, ya está escrita en la cartera la palabra _á Dios_; ya vuelve en torno su cabeza desgreñada, su semblante pálido, sus ojos hundidos é inflamados, sus facciones alteradas; y ántes de consumar el atentado se queda un momento en silencio, y luego reflexiona sobre la naturaleza, sobre los destinos del hombre, sobre la injusticia de la sociedad. «Esto es exagerado, dice con impaciencia Eugenio; en el mundo hay mucho malo, pero no lo es todo. La virtud no está todavía desterrada de la tierra; yo conozco muchas personas que sin atroz calumnia no pueden ser contadas entre los criminales. Hay injusticias, es cierto; pero la injusticia no es la regla de la sociedad; y si bien se observa, los grandes crímenes son excepciones monstruosas. La mayor parte de los actos que se cometen contra la virtud proceden de nuestra debilidad; nos dañan á nosotros mismos, pero no traen perjuicios á otros; no aterrorizan al mundo, y los mas se consuman sin llegar á su noticia. Ni es verdad que el bienestar sea tan imposible; los infortunados son muchos, pero no todo dimana de injusticia y crueldad; en la misma naturaleza de las cosas se encuentra la razon de estos males, que ademas no son ni tantos ni tan negros como se nos pintan aquí. No sé qué modo de mirar los objetos tienen esos hombres; se quejan de todo, blasfeman de Dios, calumnian á la humanidad entera, y cuando se elevan á consideraciones filosóficas, llevan el alma por una region de tinieblas, donde no encuentra mas que un caos desesperante. Cuando vuelve de semejantes excursiones, no sabe pronunciar otras palabras que _maldicion_ y _crímen_. Esto es insoportable; esto es tan falso en filosofía como feo en literatura.» Así discurria Eugenio, y cerraba buenamente el libro, y apartaba de su mente aquellos tétricos recuerdos, entregándose de nuevo á la contemplacion de la bella naturaleza.

Pasan las horas, suena la de comenzar sus tareas; y aquel dia parece el de las desgracias. Todo va mal; diríase que le han alcanzado á Eugenio las maldiciones del suicida. Muy de mañana corre por la casa un mal humor terrible; N ha pasado malísima noche; M se ha levantado indispuesto, y todos son mas agrios que zumo de fruta verde. A Eugenio se le pega tambien algo de la malignidad atmosférica que le rodea; pero todavía conserva alguna cosa de las apacibles emociones de la salida del sol.

El dia se va encapotando, el tiempo no será tan bueno como se prometia el espectador de la mañana. Sale Eugenio á sus diligencias, la lluvia comienza, el paraguas no basta para cubrir al viandante, y en una calle estrecha y atestada de lodo se encuentra Eugenio con un caballo que galopa, sin atender á que los chispazos de fango de sus cascos dejan al pobre pasajero pedestre hecho una lástima de pies á cabeza. Ya es preciso retroceder, volverse á casa, entre irritado y mohino, no maldiciendo tan alto como el romántico, pero sí haciendo no muy piadosa plegaria para el caballo y el jinete. La vida no es ya tan bella, pero todavía es soportable; la filosofía se va encapotando como el tiempo, pero el sol no ha desaparecido aun. Los destinos de la humanidad no son desesperantes, pero los lances de los hombres son algo pesados. Al fin siempre seria mejor que las caras domésticas no fueran de cuaresma, que las calles estuviesen limpias, ó que si estaban sucias, no galopasen los caballos á la inmediacion de los transeuntes.