Chapter 10
Dos hábiles jugadores de ajedrez estan empeñados en una complicada partida. Uno de ellos hace una jugada al parecer tan indiferente..... «tiempo perdido,» dicen los espectadores; luego abandona una pieza que podia muy bien defender, y se entretiene en acudir á un punto por el cual nadie le amenaza. «Vaya una humorada, exclaman todos, esto le hará á V. mucha falta.» «¿Qué quieren Vds.? dice el taimado, no atina uno en todo,» y continúa como distraido. El adversario no ha penetrado la intencion, no acude al peligro, juega, y el distraido que perdia tiempo y piezas, ataca por el flanco descubierto, y con maligna sonrisa dice: «jaque mate.» Tiene razon, gritan todos, y ¿cómo no lo habiamos visto? y una cosa tan sencilla!.... pues es claro, perdió el tiempo para enfilar por aquel lado, abandonó una pieza para abrirse paso; acudió allí, no para defenderse sino para cerrar aquella salida; parece imposible que no lo hubiéramos advertido.»
Estan los turcos acampados delante de Viena; cada cual discurre por donde se deberá atacarlos cuando llegue el deseado refuerzo á las órdenes del rey de Polonia. Las reglas del arte andan de boca en boca, los proyectos son innumerables. Llega Sobieski, echa una ojeada sobre el ejército enemigo: «es mio, dice, está mal acampado.» Al dia siguiente ataca, los turcos son derrotados, y Viena es libre. Y despues de visto el plan de ataque y su feliz éxito, todos dirian: «los turcos cometieron tal ó cual falta, tenia razon el rey, estaban mal acampados;» todos veian la verdad, la encontraban muy sencilla, pero despues de habérsela mostrado.
Todos los matemáticos sabian las propiedades de las progresiones aritméticas y geométricas; que el exponente de 1 era 0, que el de 10 era 1, que el de 1000 era 2, y así sucesivamente, y que el de los números medios entre 1 y 10 era un quebrado; pero nadie veia que con esto se pudiese tener un instrumento de tantos y tan ventajosos usos como son las tablas de los logaritmos. Neper dijo «hélo aquí;» y todos los matemáticos vieron que era una cosa muy sencilla.
Nada mas fácil que el sistema de nuestra numeracion; y sin embargo, no lo conocieron ni los griegos, ni los romanos. ¿Qué fenómeno mas sencillo, mas patente á nuestros ojos, que la tendencia de los flúidos á ponerse á nivel, á subir á la misma altura de la cual descienden? ¿No lo estamos viendo á cada paso en las retortas, y en todos los vasos donde hay dos ó mas tubos de comunicacion? ¿Qué cosa mas sencilla que la aplicacion de esta ley de la naturaleza á objeto de tanta utilidad como es la conduccion de las aguas? Y sin embargo ha debido trascurrir mucho tiempo ántes que la humanidad se aprovechara de la leccion que estaba recibiendo todos los dias en un fenómeno tan sencillo.
Dos artesanos poco diestros se hallan embarazados en una obra. El uno consulta al otro, ambos cavilan, ensayan, malbaratan, sin conseguir nada. Acuden por fin á un tercero de aventajada nombradía. ¿A ver si V. nos saca de apuros?--Muy sencillo, de esta manera--Tiene V. razon, era tan fácil y no habíamos sabido dar en ello.
Está Aníbal á la víspera de un combate naval, da sus disposiciones, y entre tanto vuelven á bordo algunos soldados que llevan un gran número de vasos de barro bien tapados, cuyo contenido conocen muy pocos. Comienza la refriega, los enemigos se rien de que los marinos de Aníbal les arrojen aquellos vasos en vez de flechas; el barro se hace pedazos, y el daño que causa es muy poco. Pasan algunos momentos, un marino siente una picadura atroz: al grito del lastimado sucede el de otro, todos vuelven la vista y notan con espanto que la nave está llena de víboras. Introdúcese el desórden, Aníbal maniobra con destreza y la victoria se decide en su favor. Ciertamente que nadie ignoraba que era posible recoger muchas víboras, y encerrarlas en vasos de barro, y tirarlos á las naves enemigas; pero la ocurrencia solo la tuvo el astuto cartagines. Y él sin duda encontró el infernal ardid, sin raciocinios ni cavilaciones; bastóle tal vez que alguien mentase la palabra _víbora_, para atinar desde luego en que este reptil podia servirle de excelente auxiliar.
¿Qué nos dicen estos ejemplos? nos dicen que el talento consiste muchas veces en ver una relacion que está patente, y en la cual nadie atina. Ella en sí no es dificil, y la prueba está en que tan pronto como alguno la descubre, y la señala con el dedo diciendo: «mirad;» todos la ven sin esfuerzo, y hasta se admiran de no haberla advertido. Así que el lenguaje, llevado por la fuerza misma de las cosas, los llama á estos pensamientos _ocurrencias_, _golpes_, _inspiraciones_, expresando de esta manera que no costaron trabajo, que se ofrecieron por sí mismos.
§ VI.
Regla para meditar.
De lo dicho inferiré que para pensar bien no es buen sistema poner el espíritu en tortura, sino que es conveniente dejarle con cierto desahogo. Está meditando sobre un objeto, al parecer no adelanta; con la atencion sobre una cosa, diríase que está dormitando. No importa; no le violenteis; mira si descubre algun indicio que le guie; se asemeja al que tiene en la mano una cajita cerrada con un resorte misterioso, en la cual se quiere poner á prueba el ingenio, por si se encuentra el modo de abrirla. La contempla largo rato, la vuelve repetidas veces, ora aprieta con el dedo, ora forcejea con la uña, hasta que al fin permanece un instante inmóbil y dice: «aquí está el resorte, ya está abierta.»
§ VII.
Carácter de las inteligencias elevadas. Notable doctrina de santo Tomas de Aquino.
¿Porqué no se ocurren á todos ciertas verdades sencillas? ¿cómo es que el linaje humano haya de mirar cual espíritus extraordinarios á los que ven cosas que al parecer todo el mundo habia podido ver? Esto es buscar la razon de un arcano de la Providencia, esto es preguntar porqué el Criador ha otorgado á algunos hombres privilegiados una gran fuerza de intuicion, ó sea vision intelectual inmediata, y la ha negado al mayor número.
Santo Tomas de Aquino desenvuelve sobre este particular una doctrina admirable. Segun el santo Doctor, el discurrir es señal de poco alcance del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido para suplir á nuestra debilidad; y así es que los ángeles entienden, mas no discurren. Cuanto mas elevada es una inteligencia, ménos ideas tiene; porque encierra en pocas, lo que las mas limitadas tienen distribuido en muchas. Así los ángeles de mas alta categoría entienden por medio de pocas ideas; el número se va reduciendo á medida que las inteligencias criadas se van acercando al Criador, el cual como ser infinito é inteligencia infinita, todo lo ve en una sola idea, única, simplicísima, pero infinita: su misma esencia. ¡Cuán sublime teoría! Ella sola vale un libro; ella prueba un profundo conocimiento de los secretos del espíritu; ella nos sugiere innumerables aplicaciones con respecto al entendimiento del hombre.
En efecto, los genios superiores no se distinguen por la mucha abundancia de las ideas; sino en que estan en posesion de algunas, capitales, anchurosas, donde hacen caber al mundo. El ave rastrera se fatiga revoloteando, y recorre mucho terreno, y no sale de la angostura y sinuosidades de los valles: el águila remonta su majestuoso vuelo, posa en la cumbre de los Alpes, y desde allí contempla las montañas, los valles, la corriente de los rios, divisa vastas llanuras pobladas de ciudades, y amenizadas con deliciosas vegas, galanas praderas, ricas y variadas mieses.
En todas las cuestiones hay un punto de vista principal, dominante; en él se coloca el genio. Allí tiene la clave, desde allí lo domina todo. Si al comun de los hombres no les es posible situarse de golpe en el mismo lugar, al ménos deben procurar llegar á él á fuerza de trabajo; no dudando que con esto se ahorrarán muchísimo tiempo, y alcanzarán los resultados mas ventajosos. Si bien se observa, toda cuestion y hasta toda ciencia, tienen uno ó pocos puntos capitales á los que se refieren los demas. En situándose en ellos, todo se presenta sencillo y llano, de otra suerte no se ven mas que detalles y nunca el conjunto. El entendimiento humano, ya de suyo tan débil, ha menester que se le muestren los objetos tan simplificados como sea dable; y por lo mismo es de la mayor importancia desembarazarlos de follaje inútil, y que ademas, cuando sea preciso cargarle con muchas atenciones simultáneas, se las distribuya de suerte que queden reducidas á pocas clases, y cada una de estas vinculada en un punto. Así se aprende con mas facilidad, se percibe con lucidez y exactitud, y se auxilia poderosamente la memoria.
§ VIII.
Necesidad del trabajo.
De las doctrinas de este capítulo sobre la inspiracion é intuicion, ¿podremos inferir la conveniencia de abandonar el discurso, y hasta el trabajo, y de entregarnos á una especie de quietismo intelectual? No ciertamente. Para el desarrollo de toda facultad hay una condicion indispensable: el ejercicio. En lo intelectual como en lo físico, el órgano que no funciona se adormece, pierde de su vida, el miembro que no se mueve se paraliza. Aun los genios mas privilegiados no llegan á adquirir su fuerza hercúlea, sino despues de largos trabajos. La inspiracion no desciende sobre el perezoso; no existe cuando no hierven en el espíritu ideas y sentimientos fecundantes. La intuicion, el _ver_ del entendimiento, no se adquiere sino con un hábito engendrado por el mucho _mirar_. La ojeada rápida, segura y delicada de un gran pintor, no se debe solo á la naturaleza, sino tambien á la dilatada contemplacion y observacion de los buenos modelos: y la magia de la música no se desenvolveria en la organizacion mas armónica, sujeta únicamente á oir sonidos ásperos y destemplados[16].
CAPÍTULO XVII.
LA ENSEÑANZA.
§ I.
Dos objetos de la enseñanza. Diferentes clases de profesores.
Distinguen comunmente los dialécticos entre el método de enseñanza y el de invencion. Sobre uno y otro voy á emitir algunas observaciones.
La enseñanza tiene dos objetos: 1º. instruir á los alumnos en los elementos de la ciencia: 2º. desenvolver su talento para que al salir de la escuela puedan hacer los adelantos proporcionados á su capacidad.
Podria parecer que estos dos objetos no son mas que uno solo; sin embargo no es así. Al primero alcanzan todos los profesores que poseen medianamente la ciencia; al segundo no llegan sino los de un mérito sobresaliente. Para lo primero, basta conocer el encadenamiento de algunos hechos y proposiciones, cuyo conjunto forma el cuerpo de la ciencia; para lo segundo es preciso saber cómo se ha construido esa cadena que enlaza un extremo con otro; para lo primero bastan hombres que conozcan los libros, para lo segundo son necesarios hombres que conozcan las cosas.
Mas diré: puede muy bien suceder que un profesor superficial sea mas á propósito para la simple enseñanza de los elementos que otro muy profundo; pues que este sin advertirlo, se dejará llevar á discursos que complicarán la sencillez de las primeras nociones, y así dañará á la percepcion de los alumnos poco capaces.
La clara explicacion de los términos, la exposicion llana de los principios en que se funda la ciencia, la metódica coordinacion de los teoremas y de sus corolarios, hé aquí el objeto de quien no se propone mas que instruir en los elementos.
Pero al que extienda mas allá sus miradas, y considere que los entendimientos de los jóvenes no son únicamente tablas donde se hayan de tirar algunas líneas que permanezcan allí inalterables para siempre, sino campos que se han de fecundar con preciosa semilla, á este le incumben tareas mas elevadas y mas difíciles. Conciliar la claridad con la profundidad, hermanar la sencillez con la combinacion, conducir por camino llano y amaestrar al propio tiempo en andar por senderos escabrosos, mostrando las angostas y enmarañadas veredas por donde pasaron los primeros inventores, inspirar vivo entusiasmo, despertar en el talento la conciencia de las propias fuerzas, sin dañarle con temeraria presuncion, hé aquí las atribuciones del profesor que considera la enseñanza elemental no como fruto, sino como semilla.
§ II.
Genios ignorados de los demas, y de sí mismos.
¡Cuán pocos son los profesores dotados de esta preciosa habilidad! Y ¿cómo es posible que los haya en el lastimoso abandono en que yace este ramo? ¿Quién cuida de aficionar á la enseñanza á los hombres de capacidad elevada? ¿Quién procura fijarlos en esta ocupacion, si se deciden alguna vez á emprenderla? Las cátedras son miradas á lo mas como un hincapié para subir mas arriba, con las arduas tareas que ellas imponen, se unen mil y mil de un órden diferente; y se desempeña corriendo y á manera de distraccion lo que deberia obsorber al hombre entero.
Así, cuando entre los jóvenes se encuentra alguno en cuya frente chispea la llama del genio, nadie la advierte, nadie se la avisa, nadie se lo hace sentir: y encajonado entre los buenos talentos, prosigue su carrera sin que se le haya hecho experimentar el alcance de sus fuerzas. Porque es preciso saber que estas fuerzas no siempre las conoce el mismo que las posee, aun cuando sean con respecto á lo mismo que le ocupa. Podrá muy bien suceder que el fuego del genio permanezca toda la vida entre cenizas, por no haber habido una mano que las sacudiera. ¿No vemos á cada paso que una lijereza extraordinaria, una singular flexibilidad de ciertos miembros, una gran fuerza muscular y otras calidades corporales, estan ocultas hasta que un ensayo casual viene á revelárselas al que las posee? Si Hércules no manejara mas que un bastoncito, nunca creyera ser capaz de blandir la pesada clava.
§ III.
Medios para descubrir los talentos ocultos, y apreciarlos en su valor.
Un profesor de matemáticas que explique á sus alumnos la teoría de las secciones cónicas les dará una idea clara y exacta de dichas curvas, presentándoles las ecuaciones que expresan su naturaleza, y deduciendo las propiedades que de esta se originan. Hasta aquí el discípulo aprende bien los elementos, pero no se ejercita en el desarrollo de sus fuerzas intelectuales; nada se le ofrece que pueda hacerle sentir el talento de invencion, si es que en realidad le posea. Pero si el profesor le hace notar que aquella ecuacion fundamental, al parecer de mera convencion, no es probable que se le haya establecido sin motivo, desde luego el jóven se halla mal seguro sobre la basa que reputaba sólida, y busca el medio de darle algun apoyo. Si el alumno no acierta en el principio generador de dichas curvas, se le puede hacer notar el nombre que llevan, y recordarle que la seccion paralela á la base del cono es un círculo. Entónces naturalmente el alumno corta el cono con planos en diferentes posiciones, y á la primera ojeada advierte que si la seccion es cerrada, y no paralela á la base, resultan curvas cuya figura se parece á la que se ha llamado elipse. Ya imagina la seccion mas cercana al paralelismo, ya mas distante, y siempre nota que la figura es una elipse, con la única diferencia de su mayor aplanacion por los lados, ó bien de la mayor diferencia de los ejes. ¿Será posible expresar por una ecuacion la naturaleza de esta curva? ¿Hay algunos datos conocidos? ¿Tienen alguna relacion con las propiedades del cono, y de la seccion paralela? ¿La mayor ó menor inclinacion del plano cambia la naturaleza de la seccion? Dando al plano otras posiciones, de suerte que no salga cerrada la seccion, ¿qué curvas resultan? ¿Hay alguna semejanza entre ellas, y las parábolas é hipérboles? Estas y otras cuestiones se ofrecen al discípulo dotado de capacidad; y si es de muy felices disposiciones, veréisle al instante tirar líneas dentro del cono, compararlas unas con otras, concebir triángulos, calcular sus relaciones, y tantear mil caminos para llegar á la ecuacion deseada. Entónces no aprende simplemente las primeras nociones de la teoría; se ha convertido ya en inventor; su talento encuentra pábulo en que cebarse; y cuando aislado en los procedimientos de primera enseñanza contaba muchos iguales en la inteligencia de la doctrina explicada, ahora echaréis de ver que deja á sus compañeros muy atras, que ellos no han dado un paso, miéntras él, ó ha obtenido el resultado que se buscaba, ó adelantado en el verdadero camino. Entónces da á conocer sus fuerzas, y las conoce él mismo; entónces se palpa que su capacidad es superior á la rutina, y que quizas andando el tiempo podrá ensanchar el dominio de la ciencia.
Un profesor de derecho natural explicará cumplidamente los derechos y deberes de la patria potestad, y las obligaciones de los hijos con respecto á los padres, aduciendo las definiciones y razones que en tales casos se acostumbran. Hasta aquí llegan los elementos; pero nada se encuentra para desenvolver el genio filosófico de un alumno privilegiado, ni que pueda hacerle sobresalir entre el comun de sus compañeros, dotados de una capacidad regular. El hábil profesor desea tomar la medida de los talentos que hay en la cátedra, y el tiempo que le sobra despues de la explicacion le emplea en hacer un experimento.
--¿Sobre estos deberes le parece á V. si nos dicen algo los sentimientos del corazon? Las luces de la filosofía ¿estan de acuerdo con las inspiraciones de la naturaleza? A esta pregunta responderán hasta los medianos, observando que los padres naturalmente quieren á los hijos, y estos á los padres, y que así estan enlazados nuestros deberes con nuestros afectos, instigándonos estos al cumplimiento de aquellos. Hasta aquí no hay diferencia entre los alumnos que se llaman de buen talento. Pero prosigue el profesor analizando la materia y pregunta.
--¿Qué le parece á V. de los hijos que se portan mal con los padres, y no corresponden con la debida gratitud al amor que estos les prodigaron?
--Que faltan á un deber sagrado y desoyen la voz de la naturaleza.
--Pero ¿cómo es que vemos tan á menudo á los hijos no cumplir como deben con sus padres, miéntras estos si en algo faltan, suele ser por sobreabundancia de amor y ternura?
--En esto hacen muy mal los hijos, dirá el uno.
--Los hombres se olvidan fácilmente de los beneficios recibidos, dirá el otro; quien alegará que los hijos á medida que adelantan en edad se hallan distraidos por mil atenciones diferentes; quien recordará que los nuevos afectos engendrados en sus ánimos á causa de la familia de que se hacen cabezas, disminuyen el que deben á sus padres: y cada cual andará señalando razones mas ó ménos adaptadas, mas ó ménos sólidas, pero ninguna que satisfaga del todo. Si entre vuestros alumnos se encuentra alguno que haya de adquirir con el tiempo esclarecida nombradía, dirigidle la misma pregunta, á ver si acierta á decir algo que la desentrañe y la ilustre.
--Es demasiado cierto, os responderá, que los hijos faltan con mucha frecuencia á sus deberes para con sus padres; pero, si no me engaño, la razon de esto se halla en la misma naturaleza de las cosas. Cuanto mas necesario es para la conservacion y buen órden de los seres el cumplimiento de un deber, el Criador ha procurado asegurar mas dicho cumplimiento. El mundo se conserva, mas ó ménos bien, á pesar del mal comportamiento de los hijos; pero el dia que los padres se portasen mal, y olvidasen el cuidar de sus hijos, el linaje humano caminaria á su ruina. Así es de notar que los hijos, ni aun los mejores, no profesan á sus padres un afecto tan vivo y ardiente como los padres á los hijos. El Criador podia sin duda comunicar á los hijos un amor tan apasionado y tierno como lo es el de los padres, pero esto no era necesario, y por lo mismo no lo ha hecho. Y es de notar que las madres, que han menester mayor grado de este amor y ternura, lo tienen llevado hasta los limites del frenesí, habiéndolas pertrechado el Criador contra el cansancio que pudieran producirles los primeros cuidados de la infancia. Resulta pues que la falta del cumplimiento de los deberes en los hijos, no procede precisamente de que estos sean peores, pues ellos si llegan á ser padres, se portan como lo hicieron los suyos; sino de que el amor filial es de suyo ménos intenso que el paternal, ejerce mucho ménos ascendiente y predominio sobre el corazon, y por lo mismo se amortigua con mas facilidad; es ménos fuerte para superar obstáculos, y ejerce menor influencia sobre la totalidad de nuestras acciones.
En las primeras respuestas encontrabais discípulos aprovechados, en esta descubrís al jóven filósofo que empieza á descollar, como entre raquíticos arbustos se levanta la tierna encina, que andando los años se hará notar en el bosque por su corpulento tronco y soberbia copa.
§ IX.
Necesidad de los estudios elementales.
No se crea por lo dicho, que juzgue conveniente emancipar á la juventud de la enseñanza de los elementos; muy al contrario, opino que quien ha de aprender una ciencia, por grandes que sean las fuerzas de que se sienta dotado, es preciso se sujete á esta mortificacion que es como el noviciado de las letras. De esto procuran muchos eximirse apelando á artículos de diccionario que contiene lo bastante para hablar de todo sin entender de nada; pero la razon y la experiencia manifiestan que semejante método no puede servir sino á formar lo que llamamos eruditos á la violeta.
En efecto: hay en toda ciencia y profesion un conjunto de nociones primordiales, voces y locuciones que le son propias, las cuales no se aprenden bien sino estudiando una obra elemental: de suerte que cuando no mediaran otras consideraciones, la presente bastaria á demostrar los inconvenientes de tomar otro camino. Estas nociones primordiales, y esas voces y locuciones, deben ser miradas con algun respeto por quien entra de nuevo en la carrera, pues ha de suponer que no en vano han trabajado hasta aquí los que á ella se dedicaron. Si el recien venido tiene desconfianza de sus predecesores, si espera poder reformar la ciencia ó profesion, y hasta variarla radicalmente, al ménos ha de reflexionar, que es prudente enterarse de lo que han dicho los otros, que es temerario el empeño de crearlo todo por sí solo, y es exponerse á perder mucho tiempo, el no quererse aprovechar en nada de las fatigas ajenas. El maquinista mas extraordinario empieza quizas á dedicarse á su profesion en la tienda de un modesto artesano; y por grandes esperanzas que puedan fundarse en sus brillantes disposiciones, no deja por esto de aprender los nombres y el manejo de los instrumentos y enseres del trabajo. Con el tiempo hará en ellos muchas variaciones, los tendrá de otra materia mas adaptada, cambiará su forma y tal vez su nombre; mas por ahora es preciso que los tome tales como los encuentra, que se ejercite con ellos, hasta que la reflexion y la experiencia le hayan mostrado los inconvenientes de que adolecen y las mejoras de que son susceptibles.