Part 9
--Así, ni visto ni conocido--pensó con alegría, medio incorporándose; y, mirando como atontado el ángulo en que la tapicería estaba desgarrada, bostezaba más aún.
De pronto, el terror agitó sus miembros.
--¡Dios mío!--murmuró con desesperación--. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se esconden estas cosas?
A la verdad, no era aquél el botín de que había esperado apoderarse; su intento era apropiarse del dinero de la vieja; así es que la necesidad de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido.
--¿Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?--se decía--. ¿Es éste el modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razón.
Falto de fuerzas, extenuado, se sentó en el diván, acometido de fuerte temblor.
Maquinalmente tomó un gabán viejo de invierno hecho jirones, que se encontraba en una silla, y se tapó con él; le invadió inmediatamente un sueño mezclado de delirio y perdió la conciencia de sí mismo.
Cinco minutos después se despertó sobresaltado, y su primer movimiento fué examinar de nuevo sus vestidos.
--¿Cómo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo corredizo está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no haber pensado en ello! ¡Semejante pieza de convicción!
Arrancó la venda de tela, la redujo a trozos pequeños y los confundió con la ropa que tenía debajo de la almohada.
--Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar sospechas; por lo menos así lo creo--repetía en pie, en medio de la sala, con una atención que el esfuerzo hacía dolorosa, y miraba en derredor suyo para cerciorarse de que no había olvidado nada.
Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razón, hasta la más elemental prudencia, le abandonaba.
--¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, sí... así es, en efecto.
Los hilachos que había cortado del pantalón estaban en el suelo en medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase.
--¿Pero dónde tengo yo la cabeza?--exclamó como anonadado.
Entonces le asaltó una idea extraña; pensó que su traje estaba todo ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se había enterado de las manchas.
De repente se acordó de que la bolsa estaba también manchada de sangre.
Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba húmeda cuando la guardé.
En seguida dió la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontró manchas en el forro.
--La razón no me ha abandonado por completo; soy capaz todavía de reflexionar, puesto que he podido hacer esta observación--pensó gozoso, lanzando un suspiro de satisfacción--; todo ello ha sido un instante de fiebre que me ha privado momentáneamente del juicio.
Arrancó inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del pantalón. En aquel momento un rayo de sol fué a dar en la punta de la bota izquierda: al joven le pareció que había allí indicios reveladores. Se descalzó.
--¡En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota está llena de sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... ¿Pero qué hacer ahora de tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta bota, de estos trapajos y del forro del bolsillo?
Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos que le denunciaban y le comprometían.
--Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarán primero será en la chimenea. Si los quemase... ¿pero con qué? No tengo ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, lo mejor será tirarlo--repetía sentándose nuevamente en el diván--; pero en seguida, sin pérdida de tiempo.
Mas en vez de ejecutar esta resolución dejó caer la cabeza en las manos; empezó de nuevo el temblor, pero transido de frío se envolvió en su gabán de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo presente en su espíritu: «Es preciso arrojar esto cuanto antes en cualquier parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, quiso levantarse y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos dados a la puerta le sacaron de su abstracción. Era Anastasia quien llamaba.
--¡Abre si no te has muerto!--gritó la criada--. ¡Se pasa la vida durmiendo, tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! ¡Abreme, te digo; son ya las diez dadas!
--Puede que no esté--dijo una voz de hombre.
--Es la voz del _dvornik_...--se dijo Raskolnikoff, y temblando se sentó en el sofá.
Le latía el corazón hasta hacerle daño.
--¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?--dijo Anastasia--. Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve. Abre, despiértate...
--¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el _dvornik_? Todo se ha descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean!
Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin levantarse del sofá. Anastasia y el _dvornik_ aparecieron en el umbral. La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.
--Es una citación. Procede de la comisaría--dijo el _dvornik_.
--¿De qué comisaría?
--¡De cuál ha de ser! De la de policía.
--¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué?
--¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en boca.
El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor suyo y se dispuso a retirarse.
--Parece que estás peor--observó Anastasia, que no separaba los ojos de Raskolnikoff.
El _dvornik_ volvió la cabeza.
--Desde ayer tiene fiebre--añadió la criada.
El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo.
--Quédate acostado--prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver que se disponía a levantarse--. Estás enfermo, no vayas. No es cosa urgente. ¿Qué tienes en las manos?
El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde, tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto, en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho quedándose luego dormido sin aflojar los dedos.
--¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un tesoro!...
Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que le era habitual.
Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?»
--¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo...
--No, voy allá, voy en seguida--balbuceó.
--¿Pero podrás bajar la escalera?
--Quiero ir.
--Allá tú.
Anastasia salió detrás del _dvornik_. Raskolnikoff se puso en seguida a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!»
Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las nueve y media de aquel mismo día.
--¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y hoy precisamente!--se dijo, presa de la más viva ansiedad--. ¡Señor, haced que esto acabe lo más pronto posible!
En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente.
--Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor, me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al polvo de la calle, se advertirán menos las manchas.
Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner riéndose otra vez.
--Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo único que puede haber son conjeturas, suposiciones y nada más.
Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, no le impedía temblar.
--¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo.
Al abatimiento siga la hilaridad.
--No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan... ¡Esto es miedo!
Le dolía la cabeza a causa del calor.
--Es un lazo que se me tiende, lo sé. Se valen de la astucia para atraerme, y cuando esté allí descubrirán de repente sus baterías--continuaba diciéndose al tiempo que se aproximaba a la escalera--. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna tontería.
Ya en la escalera pensó que los objetos robados en casa de la usurera estaban mal ocultos en el sitio que los había puesto.
--Quizá me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia.
Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdición, por decir así, con tal cinismo, que esta preocupación le detuvo apenas un minuto.
--¡Con tal de que se acabe pronto!
Al llegar a la esquina de la calle que había doblado la víspera, dirigió furtivamente una mirada inquieta a _la casa_; pero al punto volvió la vista.
--Si me interrogan quizá confiese--pensaba al aproximarse a la oficina.
Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisaría en el cuarto piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes de que la policía se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven había sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin importancia, y de esto había transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar en el patio vió a un _mujick_ con un libro en la mano, que bajaba una escalera situada a la derecha.
--Debe de ser un _dvornik_; por consiguiente, es aquí donde se encuentra la oficina.
Subió al azar; no quería preguntar a nadie.
--Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo--pensaba mientras subía al cuarto piso.
La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el día, lo cual hacía que el calor fuera sofocante. Subían y bajaban los _dvorniks_ con sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de policía e individuos de uno u otro sexo, que sin duda tenían asuntos en la oficina. La puerta de la comisaría estaba también abierta de par en par.
Raskolnikoff entró y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos _mujicks_. Allí, como en la escalera, el calor era asfixiante. Además, el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza que daba náuseas. Después de una corta espera decidióse a entrar en el departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeñas y bajas. El joven estaba cada vez más impaciente por saber a qué atenerse. Nadie hacía caso de él. En la segunda habitación trabajaban varios escribientes, vestidos poco más o menos como él estaba. Todos tenían extraño aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de ellos.
--¿Qué se le ofrece?
El joven mostró la citación enviada por la comisaría.
--¿Es usted estudiante?--preguntó el escribiente después de haber ojeado el papel.
--Sí, antiguo estudiante.
El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija.
--De éste nada he de saber, porque todo le es igual--pensó Raskolnikoff.
--Diríjase usted al jefe de la Cancillería--añadió el escribiente señalando con la mano la última dependencia.
Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto, denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía lo que este funcionario le dictaba.
La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud expectante.
Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó sobre él una rápida ojeada y dijo:
--Espere usted un poco--y siguió dictando a la señora de luto.
El joven respiró con más libertad.
--Indudablemente no se me llama para _aquello_. Poco a poco recobraba valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo.
--La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme... es un mal que no haya aire aquí--añadió--; se ahoga uno y mi razón vacila...
Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad; vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en francés y se quedó tan satisfecho.
--Tome usted asiento, Luisa Ivanovna--dijo a la señora lujosa, que permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al lado.
--_Itch danke_--respondió la señora sentándose y ahuecando con un ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.
Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro, guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho; pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada; sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra galoneada y se sentó en una butaca.
Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse.
Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la mirada del oficial, que éste se ofendió.
--¿Qué se te ofrece?--dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.
--Se me ha hecho venir... He sido citado--balbució Raskolnikoff.
--Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda--se apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus papelotes--. Entérese usted--y presentó un cuaderno a Raskolnikoff señalándole una parte de lo escrito--. Lea usted.
--¿Dinero? ¿Qué dinero?--pensó el joven sorprendido y alegre al mismo tiempo--. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir aquí?
Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...
--¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?--le preguntó el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento--. Se le cita a usted a las nueve y son más de las once.
--Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora--replicó vivamente Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se abandonaba con placer--; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo, aquí me tienen ustedes.
--¡No grite usted!
--No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy estudiante y no permito que se me hable de este modo.
Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su asiento y dijo:
--¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted insolente!
--También lo está usted--replicó Raskolnikoff con violencia--, y no contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta usted a todos al respeto.
Pronunció estas palabras con indecible satisfacción.
El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El fogoso ayudante se quedó con la boca abierta.
--Eso no le importa a usted--respondió levantando aún más la voz a fin de ocultar su cortedad--; preste la declaración que se le pide. Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro!
Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel, impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos veces, sin comprender nada.
--¿Qué es esto?--preguntó al jefe de la Cancillería.
--Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las leyes.
--¡Si no debo nada a nadie!
--Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio, protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a usted para tomarle declaración.
--Pero desde el momento que se trata de mi patrona...
--¿Qué importa que sea la patrona de usted?
El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores. ¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas? Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel momento todo su ser.
En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta, inmediata, puramente instintiva.
De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría. El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida sonrisa.
--Y di tú, bribona--gritó el ayudante (la señora de luto se había retirado ya)--, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada? ¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras! ¡Estás empeñada en dar con tus huesos en la cárcel! Te he advertido ya diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me agota la paciencia!
El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba, y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír.
--Ilia Petrovitch--comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería inoportuna, se detuvo.
Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada podía contenerlo.
En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña, a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas reverencias y esperaba que se la dejase hablar.
--En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor capitán--se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)--. No, señor, no hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que, como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el _dvornick_, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta, y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco. ¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos, señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha armado todo el escándalo.
--¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...
--¡Ilia Petrovitch!--volvió a decir en tono significativo el jefe de la Cancillería.
El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente la cabeza.
--Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra, respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo!
Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro; pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho dando saltitos.
--¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba, el huracán!--dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a su ayudante--. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te has disparado. Te he oído desde la escalera.
--¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?--repuso negligentemente Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa--. Ese caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está. ¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna?