Part 10
--Pobreza no es vicio, amigo mío--replicó Nikodim Fomitch--. Sabemos perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha podido contenerse--prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff--; pero se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento le llamábamos «el oficial pólvora...»
--¡Qué regimiento aquél!--exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado.
Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos.
--Perdóneme usted, capitán--comenzó a decir en tono melifluo, dirigiéndose a Nikodim Fomitch--. Póngase usted en mi lugar. Estoy pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.
--Eso no es de mi incumbencia--observó de nuevo el jefe de la Cancillería.
--Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique--...replicó Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch, aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera absorto en sus papeles--. Permítanme ustedes que les diga que vivo en casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.
--No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no tenemos tiempo de escuchar--interrumpió groseramente Ilia Petrovitch; pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo hablar.
--Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus; yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento, continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma! ¿Qué les parece a ustedes?
--Todos esos pormenores patéticos no nos interesan--replicó con insolencia Ilia Petrovitch--. Tiene usted que prestar la declaración y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver con ellos.
--¡Oh, qué cruel eres!--murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía avergonzado.
--Escriba usted--dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería.
--¿Qué es lo que tengo que escribir?--preguntó el joven brutalmente.
--Lo que yo le dicte.
Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se había apoderado en su espíritu instantáneamente.
Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se había vaciado su corazón.
Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado. Apenas habría oído su sentencia hasta el fin.
Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana, que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel.
El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que poseo, etc.»
--No puede usted escribir, le tiembla la mano--dijo el jefe de la Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff--. ¿Está usted enfermo?
--Sí; se me va la cabeza. Siga usted.
--Ya está todo; firme usted.
El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes.
Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica.
--¿No sería mejor reflexionar un instante?--pensó--. No, más vale dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta carga.
Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff.
--¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al _dvornick_ para denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No, eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos _dvorniks_ y una vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse le oyeron preguntar a los _dvorniks_ dónde vivía la vieja. ¿Hubiera hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subió a las habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta...
--Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica. Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos después, cuando volvieron con el _dvornik_, estaba abierta.
--Ahí está el _busilis_; es indudable que el asesino se encontraba en el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la simpleza de bajar en busca del _dvornik_. Sin duda el asesino aprovechó ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!» Quiere mandar que canten un _Te Deum_. ¡Je, je, je!
--¿Y nadie vió al asesino?
--¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?--dijo el jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación.
--La cosa es clara, la cosa es clara--repitió vivamente Nikodim Fomitch.
--Antes digo yo que es muy obscura--repitió Ilia Petrovitch.
Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff se levantó.
--¿Está usted enfermo?--le preguntó con tono bastante seco el comisario de policía.
--Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la pluma--dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.
--¿Hace mucho tiempo que está usted malo?--dijo desde su sitio Ilia Petrovitch.
--Desde ayer--balbució el joven.
--¿Ayer salió usted de casa?
--Sí.
--¿A qué hora?
--Entre siete y ocho de la tarde.
--¿Y a dónde fué usted?
--A la calle.
Breve y compendioso, pálido como la cera, Raskolnikoff dió nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos ante la mirada del oficial.
--Puede apenas tenerse en pie, y tú...--empezó a decir Nikodim Fomitch.
--No importa--respondió enigmáticamente Ilia Petrovitch.
El comisario de policía quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos al jefe de la Cancillería, encontró la mirada del funcionario fija en él y guardó silencio.
--Está bien--dijo Ilia Petrovitch--; puede usted retirarse.
Raskolnikoff salió, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando ya habían reanudado su conversación los dos funcionarios de policía con mayor animación y viveza. Por encima de todas las otras voces se elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando...
En la calle, el joven recobró todos sus ánimos.
--Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin pérdida de tiempo--repetía, dirigiéndose a buen paso hacia su casa--. ¡Los bribones! ¡Sospechan!
Volvió a asaltarle el terror.
II
--¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?
Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las alhajas, que en junto eran ocho.
Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser una condecoración. Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió, dejando la puerta abierta de par en par.
Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir?
Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto.
Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se ocupaba en él.
Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración importante, estaría más lejos de su barrio.
--¿En qué consiste--se preguntó, con asombro Raskolnikoff--, que desde hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi resolución en un momento de delirio.
Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era preciso apresurarse.
Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba andando, se le ocurrió otra idea.
--¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo? Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder reconocerlo más tarde.
Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió llevarla a cabo.
Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera.
No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan. Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que lo menos pesaría sesenta libras.
Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por consiguiente, le convenía apresurarse.
Se inclinó sobre la piedra; la aferró con ambas manos por arriba, y, reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes; lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y nada podía notarse.
Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi imposible de soportar.
--Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda, ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!
Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente.
Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión.
--¡Vaya al diablo todo ello!--se dijo en un repentino acceso de cólera--. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno!
Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión hasta entonces inesperada y excesivamente simple.
--Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto?
Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff, se detuvo cerca del puente.
--¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita?
Y subió al quinto piso en que vivía su amigo.
Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo estupor.
--¡Caramba! ¿Tú por aquí?--exclamó, mirándole de pies a cabeza, e interrumpiéndose empezó a silbar--. ¿Es posible que tan mal vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este servidor--continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos de su compañero--. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado.
Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.
--¿Sabes que estás enfermo de verdad?
Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.
--Es inútil--dijo--. He venido porque... no tengo lecciones... y quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?
--¿Sabes una cosa? Que estás disparatando--observó Razumikin mirando atentamente a su amigo.
--No, no disparato--repuso levantándose Raskolnikoff.
Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado el umbral de Razumikin.
--¡Adiós!--dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.
--¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!
--Es inútil--replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había tomado.
--Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi una ofensa y no te dejaré marchar.
--Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que me dejen en paz es lo que deseo!
--¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes. Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original, pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?
Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina, volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar los labios.
--¡Tú estás loco!--vociferó Razumikin, ya colérico--. ¿Qué comedia estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios has venido?
--No tengo necesidad de traducciones--murmuró Raskolnikoff empezando ya a bajar la escalera.
--Entonces, ¿de qué tienes necesidad?--le gritó Razumikin desde el rellano de su puerta.
El otro, callado, siguió bajando.
--Dime siquiera dónde vives.
Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.
--¡Ea! ¡vete a freír espárragos!
Raskolnikoff estaba ya en la calle.
El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó dormido...
Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible. ¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona.