Part 44
Sin embargo, la sentencia fué menos severa de lo que se hubiera podido presumir en relación con el crimen cometido. Quizá causó buena impresión que el reo, lejos de disculparse, procurase, por el contrario, empeorar su situación. Fueron tomadas en consideración todas las extrañas particularidades de la causa. El estado de enfermedad y estrechez en que se encontraba el acusado antes de la comisión de su delito, no dejaba lugar a la menor duda. Como no se había aprovechado de los objetos robados, se supuso, o que los remordimientos se lo habían impedido, o que sus facultades intelectuales no estaban intactas cuando cometió el hecho. El asesinato, en modo alguno premeditado, de Isabel, suministró un argumento en apoyo de esta última hipótesis: un hombre comete dos asesinatos, y se olvida al mismo tiempo de que la puerta está abierta. Por último, había ido a denunciarse en el momento en que las falsas confesiones de un fanático de espíritu desequilibrado (Mikolai), acababan de desviar completamente la instrucción, y cuando la justicia estaba a cien leguas de sospechar quién era el verdadero culpable. (Porfirio Petrovitch cumplió fielmente su palabra.) Todas estas circunstancias contribuyeron a suavizar la severidad del veredicto.
Por otra parte, los debates dieron a conocer muchos hechos en favor del acusado. Documentos facilitados por el antiguo estudiante Razumikin demostraron que, estando en la Universidad, Raskolnikoff había compartido sus escasos recursos con un compañero pobre y enfermo. Este último había muerto, dejando en la miseria a un padre enfermo, del cual era, desde la edad de trece años, único sostén. Raskolnikoff había hecho entrar al viejo en un asilo, y más tarde había costeado los gastos de su entierro. El testimonio de la viuda Zarnitzin, fué también muy favorable al acusado. Declaró que, en la época en que habitaba en los Cinco Rincones con su inquilino, habiéndose declarado un incendio una noche en cierta casa, Raskolnikoff, con riesgo de su vida, salvó de las llamas a dos niños pequeños, sufriendo graves quemaduras al realizar tal acto de valor. Se abrió una indagatoria a propósito de este hecho, y numerosos testigos certificaron la exactitud de él. En una palabra, el tribunal, teniendo en cuenta las confesiones del culpable, así como sus buenos antecedentes, le condenó tan sólo a ocho años de trabajos forzados (segunda categoría).
Desde la apertura de la vista, la madre de Raskolnikoff estaba mala. Dunia y Razumikin encontraron medio de alejarla de San Petersburgo durante todo el tiempo del proceso. Razumikin eligió una ciudad de la línea férrea, y a poca distancia de la capital; así podía seguir asiduamente las audiencias y ver a Advocia Romanovna. La enfermedad de Pulkeria Alexandrovna era una afección nerviosa bastante extraña, con desarreglo, a lo menos parcial, de las facultades mentales. De vuelta en su domicilio, después de la última entrevista con su hermano, Dunia había encontrado con mucha fiebre a su madre, y con delirio. Aquella misma noche se puso de acuerdo con Razumikin acerca de lo que había de responder cuando Pulkeria Alexandrovna pidiese noticias de Raskolnikoff; a tal fin inventaron una historia, esto es, que Rodia había sido enviado muy lejos a los confines de Rusia, con una misión que debía reportarle mucho honor y provecho. Pero, con gran sorpresa de los jóvenes, ni entonces, ni después, la madre les preguntó nada acerca de este asunto. Ella misma se había forjado en la imaginación una novela, a fin de explicar la brusca desaparición de su hijo. Contaba llorando la visita de despedida que éste le había hecho, con cuyo motivo daba a entender que ella solamente conocía circunstancias misteriosas y muy graves; Rodia se veía obligado a ocultarse, porque tenía enemigos muy poderosos; por lo demás, no dudaba de que el porvenir de su hijo fuese muy brillante, y de que ciertas dificultades serían vencidas. Aseguraba a Razumikin que, con el tiempo, su hijo llegaría a ser un hombre de Estado: tenía prueba de ello en el artículo que el joven había escrito, y que denotaba un talento literario inagotable. Leía sin cesar este artículo, a veces hasta en alta voz; podía decirse que dormía con él; sin embargo, no preguntaba jamás dónde se encontraba Rodia, aunque el cuidado mismo que se ponía para evitar esta conversación hubiese podido parecerle sospechoso. El extraño silencio de Pulkeria Alexandrovna sobre ciertos puntos, acabó por inquietar a Dunia y a Razumikin. Aquélla no se quejaba de que su hijo no la escribiese, siendo así, que antes, en su ciudad natal, esperaba con impaciencia suma las cartas de su querido Rodia. Tan inexplicable era esta última circunstancia, que Dunia llegó a alarmarse. A la joven le ocurrió la idea de que su madre tenía el presentimiento de una terrible desgracia ocurrida a Rodia, y de que no se atrevía a preguntar, temerosa de saber todavía alguna cosa peor. De todos modos, Dunia veía muy claramente que su madre tenía trastornado el cerebro.
Dos veces, sin embargo, condujo la conversación de tal manera, que fué imposible responderle sin indicar en dónde se encontraba Rodia. A continuación de las respuestas necesariamente equívocas y difíciles que se le dieron, cayó en profunda tristeza; durante muy largo tiempo se le vió sombría y taciturna como nunca había estado. Dunia, al cabo, llegó a advertir que las mentiras y las historias inventadas iban contra su propósito, y que lo mejor era encerrarse en un silencio absoluto sobre ciertos puntos; pero llegó a ser cada vez más evidente para ella que Pulkeria Alexandrovna sospechaba algo espantoso. Dunia sabía fijamente (su hermano se lo había contado) que su madre la oyó hablar en sueños la noche siguiente a su entrevista con Svidrigailoff. Las palabras que en el delirio se le escaparon a la joven, ¿no habrían derramado una luz siniestra en el espíritu de la pobre mujer? A menudo, después de días, y aun de semanas de continuo mutismo y de lágrimas silenciosas, se producía en la enferma una especie de exaltación histérica. Se ponía de repente a hablar alto, sin interrumpirse, de su hijo, de sus esperanzas y del porvenir... sus imaginaciones eran a veces muy extrañas. Se fingía ser de su opinión (quizá no era del todo engañoso este sentimiento); sin embargo, no cesaba de hablar.
La sentencia fué pronunciada cinco meses después de la confesión hecha por el criminal a Ilia Petrovitch. En cuanto fué posible, Razumikin visitó al condenado en la cárcel. Sonia le visitó también. Llegó al fin el momento de la separación. Dunia juró a su hermano que esta separación no sería eterna; Razumikin se expresó del mismo modo. El animoso joven tenía un proyecto firmemente formado en su espíritu; cuando ahorrase algún dinero, durante tres o cuatro años se trasladaría a Siberia, país en que tantas riquezas no esperan otra cosa, para ser puestas en circulación, que capitales y brazos. Allí se establecería, en la ciudad en que estuviese Rodia, y juntos comenzarían una nueva vida. Todos lloraban al decirse adiós. Desde hacía algunos días, Raskolnikoff se mostraba muy preocupado, multiplicaba las preguntas acerca de su madre, inquietándose continuamente por ella. Esta excesiva preocupación de su hermano daba pena a Dunia. Cuando el joven se hubo enterado con más detalles del estado enfermizo de Pulkeria Alexandrovna, se puso extremadamente sombrío. Con Sonia estaba siempre taciturno. Provista del dinero que Svidrigailoff le había entregado, la joven se hallaba dispuesta, desde hacía mucho tiempo, a acompañar el convoy de presos de que había de formar parte Raskolnikoff. Nunca había mediado una palabra sobre este particular entre ella y él; pero ambos sabían que sería así. En el momento de la última despedida, el condenado se sonrió de un modo extraño al oír hablar a su hermana y a Razumikin del próspero porvenir que se abriría para ellos después de su salida del presidio. Preveía que la enfermedad de su madre no tardaría en conducirla al sepulcro.
Dos meses después, Dunia se casó con Razumikin. Sus bodas fueron tranquilas y tristes. Entre los invitados se encontraron Porfirio Petrovitch y Zosimoff. Algún tiempo después, todo denotaba en Razumikin una resolución enérgica. Dunia creía ciegamente que realizaría todos sus designios, y no podía menos de creerlo, porque veía en él una voluntad de hierro. Comenzó por entrar de nuevo en la Universidad a fin de terminar sus estudios. Los dos esposos elaboraban sin cesar planes para el porvenir; tenían uno y otra la firme resolución de emigrar a Siberia en un plazo de cinco años. En tanto contaban con que Sonia los reemplazaría cerca del condenado...
Pulkeria Alexandrovna concedió, con alegría, la mano de su hija a Razumikin; pero después de este matrimonio, pareció más triste y preocupada. Para proporcionarle un momento agradable, Razumikin le contó la noble conducta de Raskolnikoff, a propósito del estudiante y de su anciano padre, y le refirió también cómo el año anterior Rodia había expuesto la vida para salvar a dos niños que estaban a punto de perecer en un incendio. Estos relatos exaltaron, hasta el más alto grado, el ya turbado espíritu de Pulkeria Alexandrovna. Desde entonces no hablaba más que de ello, y hasta en la calle refería tales hechos a los transeuntes, aunque la acompañaba siempre Dunia. En los ómnibus, en los almacenes, en todas partes en donde se encontraba un oyente benévolo, hablaba de su hijo, del artículo de su hijo, de la caridad de su hijo con un estudiante, de la valerosa abnegación de que había dado pruebas su hijo en un incendio, etc. Dunia no sabía cómo hacerla callar. Esta morbosa locuacidad no carecía de peligros: además de que agotaba las fuerzas de la pobre mujer, podía ocurrir que alguno, oyendo alabar de Raskolnikoff, se pusiese a hablar del proceso. Pulkeria Alexandrovna averiguó las señas de la mujer cuyos hijos habían sido salvados por el suyo, y quiso resueltamente ir a verlos. Finalmente, su exaltación llegó a los últimos límites. A veces se echaba de repente a llorar, y a veces tenía accesos de fiebre, durante los cuales deliraba. Una mañana declaró redondamente que, según sus cálculos, Rodia debía volver muy pronto, porque cuando se despidió de ella le había anunciado su vuelta en un plazo de nueve meses. Comenzó entonces a prepararlo todo en la casa, en atención a la próxima llegada de su hijo, destinándole su propia habitación; quitó el polvo a los muebles, fregó el suelo, cambió las cortinas, etc. Dunia estaba desolada, pero no decía nada, y hasta ayudaba a su madre en estas diversas ocupaciones. Después de un día lleno todo él de locas visiones, de sueños gozosos y de lágrimas, Pulkeria Alexandrovna se vió acometida de una fiebre alta y murió al cabo de quince días. Varias palabras pronunciadas por la enferma durante su delirio, hicieron creer que había casi adivinado el terrible secreto que con tanto trabajo trataron de ocultarle.
Por mucho tiempo ignoró Raskolnikoff la muerte de su madre, aunque por mediación de Sonia recibiese regularmente noticias de su familia. Cada mes enviaba la joven una carta dirigida a Razumikin, y cada mes se le respondía de San Petersburgo. Las cartas de Sonia parecieron en un principio, a Dunia y Razumikin, algo secas e insuficientes; pero más tarde comprendieron que era imposible escribirlas mejores, puesto que encontraban en ellas datos completos y precisos acerca de la situación de su desgraciado hermano. Sonia describía, de una manera muy sencilla y muy clara, la existencia de Raskolnikoff en la prisión. No hablaba de ella ni de sus propias esperanzas ni de sus conjeturas respecto al porvenir, ni de sus sentimientos personales. En vez de explicar el estado moral, la vida interior del condenado, se limitaba a citar hechos, es decir, las mismas palabras pronunciadas por él. Daba noticias detalladas acerca de su salud, decía qué deseos le había manifestado él, qué preguntas le había dirigido, qué encargos le había hecho durante sus entrevistas, etc.
Pero estos datos, por minuciosos que fuesen, no eran, empero, en los primeros tiempos sobre todo, muy consoladores. Dunia y su marido supieron, por la correspondencia de Sonia, que su hermano seguía siempre sombrío y taciturno. Cuando la joven le comunicaba noticias recibidas de San Petersburgo, apenas si prestaba atención; algunas veces se informaba de su madre, y cuando Sonia, viendo que el preso adivinaba la verdad, le hizo saber la muerte de Pulkeria Alexandrovna, observó con gran sorpresa que se había quedado poco menos que impasible. «Aunque parezca absorto en sí mismo y como extraño a todo lo que le rodea--escribía, entre otras cosas, Sonia--se hace cargo de su vida nueva, comprende muy bien su situación; ni espera nada mejor de aquí a largo tiempo, ni acaricia frívolas esperanzas, ni experimenta casi ningún asombro en este nuevo medio que tanto difiere del antiguo... Su salud es satisfactoria. Va al trabajo sin repugnancia y sin apresuramiento. Es casi indiferente a la comida; pero, excepto los domingos y los días de fiesta, esta nutrición es tan mala, que ha consentido en aceptar de mí algún dinero para procurársela todos los días. En cuanto a lo demás, me suplica que no me inquiete, porque, según asegura, le es desagradable que se ocupen de él.» «En la cárcel--se leía en otra carta--, está instalado con los otros presos; no he visitado el interior de la fortaleza, pero tengo motivos para creer que se está allí muy mal, muy estrechamente y en condiciones muy insalubres. Duerme en una cama de campaña, cubierto con una alfombra de fieltro, y no quiere otro lecho. Si rehusa hacer todo lo que podría proporcionarle su existencia material menos dura y menos grosera, no es, en lo más mínimo, en virtud de sus principios ni de una idea preconcebida, sino, sencillamente, por apatía, por indiferencia.» Sonia confesaba que, al principio, sobre todo, sus visitas, en vez de causar placer a Raskolnikoff, le producían una especie de irritación; no salía de su mutismo más que para decir groserías a la joven. Más tarde, es verdad, dichas visitas habían llegado a ser para él una costumbre, casi una necesidad, hasta el punto de que había estado muy triste cuando una indisposición de algunos días obligó a Sonia a interrumpirlas. Los días de fiesta se veían, ya en la puerta de la prisión, ya en el cuerpo de guardia, a donde se enviaba algunos minutos al prisionero, cuando la joven le hacía llamar. En tiempo ordinario, Sonia iba a buscarle al trabajo en los talleres, en las tejerías, en los tinglados establecidos a las orillas del Irtych. En lo tocante a ella, Sonia decía que había logrado crearse relaciones en su nueva residencia; que se ocupaba en coser, y que, no habiendo en la ciudad casi ninguna modista, se había hecho una buena clientela. Lo que callaba era que había atraído sobre Raskolnikoff el interés de la autoridad, y que, gracias a ella, se le dispensaba de los trabajos más penosos, etcétera. En fin, Razumikin y Dunia recibieron aviso de que Raskolnikoff esquivaba a todo el mundo; que sus compañeros de cadena no le querían; que permanecía silencioso durante horas enteras, y que, de día en día, su palidez era cada vez mayor. Dunia había notado ya cierta inquietud en las últimas cartas de Sonia, la cual no tardó en escribir diciendo que el condenado había caído gravemente enfermo, y que había sido llevado al hospital de la prisión...
II
Estaba enfermo desde hacía algún tiempo; pero lo que había quebrantado sus fuerzas no era ni el horror de la prisión, ni el trabajo, ni la mala alimentación, ni la vergüenza de tener la cabeza rapada e ir vestido de harapos. ¡Oh! ¿qué le importaban a él tales tribulaciones y miserias? Lejos de ello, estaba contento de tener que trabajar. La fatiga física le producía algunas horas de sueño agradable, y, ¿qué significaba para él el rancho, aquella mala sopa de coles en que solía encontrar hasta escarabajos? En otro tiempo, siendo estudiante, se hubiera dado algunas veces por muy contento de tener tal comida. Sus vestidos eran de abrigo y a propósito para aquel género de vida; en cuanto a la cadena, apenas si sentía el peso. Quedaba la humillación de tener la cabeza afeitada y llevar el uniforme del presidio; pero, ¿ante quién habría de ruborizarse? ¿Ante Sonia? La joven tenía miedo de él; ¿cómo había de ruborizarse ante ella?
Sin embargo, le daba vergüenza de la misma Sonia; por esta razón se mostraba brutal y despreciativo en sus relaciones con la joven. Pero no procedía esta vergüenza ni de su cabeza rapada, ni de su cadena. Su orgullo había sido cruelmente herido, y Raskolnikoff estaba enfermo de esta herida, ¡Oh, qué feliz habría sido si hubiera podido acusarse a sí mismo! Entonces lo hubiera soportado todo, hasta la vergüenza y el deshonor. Pero en vano se examinaba severamente; su conciencia endurecida no encontraba en su pasado ninguna falta que pudiera ocasionarle grandes remordimientos. Solamente se echaba en cara haber fracasado, cosa que podía ocurrir a todo el mundo. Lo que le humillaba, era verse él, Raskolnikoff, perdido tontamente, sin esperanza de rehabilitación, por una sentencia del ciego destino, y debía someterse, resignarse al absurdo de esa sentencia, si quería encontrar un poco de calma.
Una inquietud sin objeto y sin fin en el presente, un sacrificio continuo y estéril en el porvenir; esto es lo que le quedaba en la tierra. Vano consuelo para él decirse que, dentro de ocho años, no tendría más que treinta y dos, y que, en esta edad, podría aún recomenzar la vida. ¿Para qué vivir? ¿Con qué objeto? ¿Con qué fin? ¿Vivir para existir? En todo momento había estado pronto a dar su existencia por una idea, por una esperanza, por un capricho. Había hecho siempre poco caso de la existencia pura y sencilla; siempre había mirado más allá. Quizá la fuerza sólo de los deseos le había hecho creer en otro tiempo que era uno de esos hombres a quienes les está permitido más que a los otros.
Menos mal si el destino le hubiese enviado el arrepentimiento, el punzante arrepentimiento que rompe el corazón, que quita el sueño; el arrepentimiento cuyos tormentos son tales, que el hombre se ahoga o se ahorca para librarse de ellos. ¡Oh! Los hubiera acogido con felicidad. Sufrir y llorar es todavía vivir; pero no se arrepentía de su crimen.
Por lo menos hubiera podido echarse en cara su tontería, como se había reprochado en otro tiempo las acciones estúpidas y odiosas que le habían conducido a presidio. Pero ahora, que en el vagar de la prisión reflexionaba de nuevo sobre toda su conducta pasada, no la encontraba tan odiosa ni tan estúpida como le había parecido en otro tiempo.
«¿Es que--pensaba--mi idea era más tonta que las otras ideas y teorías que batallan en el mundo desde que el mundo existe? Basta considerar las cosas desde un punto de vista amplio, independiente, libre de los prejuicios del día, y, entonces ciertamente, mi idea no parecerá tan extraña. ¡Oh espíritus sedicentes, libres de prejuicios, filósofos de cinco kopeks! ¿por qué os detenéis a la mitad del camino?
»¿Y por qué les parece tan fea mi conducta?--se preguntaba--. ¿Por qué es un crimen? ¿Qué significa la palabra crimen? Mi conciencia está tranquila. Sin duda he cometido una acción ilícita, he violado la letra de la ley y he vertido sangre... Pues bien, tomad mi cabeza. Cierto es que, en este caso, aun los bienhechores de la humanidad, de aquellos a quienes el poder no ha venido por herencia, sino que se han apoderado de él a viva fuerza, hubieran debido desde sus comienzos ser entregados al suplicio. Pero estas personas han ido hasta el fin, y esto es lo que las justifica, en tanto que yo no he sabido continuar; por consiguiente, no tenía el derecho de comenzar.»
Unicamente se reconocía un error: el de haber cometido la debilidad de ir a denunciarse.
Pero un pensamiento le atormentaba también: ¿por qué no se había matado? ¿Por qué, más bien que arrojarse al agua, había preferido entregarse a la policía? ¿Es el amor de la vida un sentimiento tan difícil de vencer? Svidrigailoff, sin embargo, había triunfado de él.
Se planteaba dolorosamente esta cuestión y no podía comprender que, cuando enfrente del Neva, pensaba en el suicidio, quizá era que presentía en sí y en sus convicciones un error profundo. No comprendía que este pensamiento pudiese contener en germen un nuevo concepto de la vida, que pudiese ser el preludio de una revolución en su existencia, la prenda de su resurrección.
Admitía más bien que había cedido entonces por cobardía y defecto de carácter a la fuerza brutal del instinto. El espectáculo ofrecido por sus compañeros de presidio le asombraba. ¡Cómo amaban todos ellos la vida! ¡Cómo la apreciaban! Parecía a Raskolnikoff que este sentimiento era más vivo en el preso que en el hombre libre. ¡Qué terribles sufrimientos padecían aquellos desgraciados, los vagabundos, por ejemplo! ¿Era posible que un rayo de sol, un bosque sombrío, una fuente fresca, tuviesen tanto valor a sus ojos? A medida que los fué estudiando, descubrió hechos aún más inexplicables.
En el penal, en el ambiente que le rodeaba, se le escapaban, sin duda, muchas cosas; además, no quería fijar su atención en nada. Vivía, por decirlo así, sin levantar jamás los ojos, porque encontraba insoportable el mirar en su derredor. Pero, a la larga, muchas circunstancias le chocaron, e involuntariamente comenzó a advertir lo que ni siquiera había sospechado antes. En general, lo que más le asombraba, era el abismo espantoso, infranqueable, que existía entre él y toda aquella gente. Hubiérase dicho que pertenecían él y ellos a naciones diferentes. Se miraban con desconfianza y hostilidad recíprocas. Sabía y comprendía las causas generales de este fenómeno; pero, hasta entonces, jamás las había supuesto tan fuertes ni tan profundas. Además de los criminales de derecho común, había en la fortaleza polacos enviados a Siberia por delitos políticos. Estos últimos consideraban como brutos a sus compañeros de cadena, para los cuales no tenían más que desprecio; pero Raskolnikoff no participaba de esta manera de ver; advertíase muy bien que, bajo muchos aspectos, aquellos brutos eran más inteligentes que los mismos polacos. Había allí también rusos (un antiguo oficial y dos seminaristas), que despreciaban a la plebe de la prisión. Raskolnikoff advertía igualmente el error de ellos.
En cuanto a él, no se le amaba, se le esquivaba; hasta se acabó por odiarle; ¿por qué? Lo ignoraba. Los malhechores, cien veces más culpables que él, le despreciaban y hacíanle objeto de sus burlas; su crimen era el blanco de sus sarcasmos.
--Tú, tú no eres un _barin_--le decían--. ¿Por qué has asesinado a hachazos? Eso no es propio de un _barin_.
En la segunda semana de la gran Cuaresma, tuvo que asistir a las funciones religiosas con todos los de su cuadra. Fué a la iglesia y oró como los otros. Un día, sin que se supiese por qué motivo, sus compañeros estuvieron a punto de hacerle una mala partida. De repente se vió asaltado por ellos.
--Tú eres un ateo.
--Tú no crees en Dios--gritaban los forzados.
--Hay que matarle.
Jamás él les había hablado ni de Dios, ni de la religión, y, sin embargo, querían matarle por ateo. Raskolnikoff no les respondió ni una palabra. Un forzado, en el colmo de la exasperación, se lanzó sobre él; el joven, tranquilo y silencioso, le esperó sin pestañear, sin que ningún músculo de su rostro temblase. Un cabo de varas se interpuso a tiempo entre él y el asesino. Un instante más, y hubiera corrido la sangre.