El crimen y el castigo

Part 43

Chapter 433,931 wordsPublic domain

--Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso es lo mejor. Hay una circunstancia... pero esto sería largo de contar, y no tengo tiempo. ¿Sabes lo que me irrita? Me pone furioso pensar que en un instante me van a rodear todos esos brutos; que todos me asestarán sus miradas, me dirigirán estúpidas preguntas, a las cuales tendré que responder; me señalarán con el dedo... No iré a casa de Porfirio; no puedo aguantar a ese hombre. Prefiero ir a buscar a mi amigo _Pólvora_. ¡Lo que va a sorprenderse éste! Puedo contar de antemano con un excelente éxito de asombro. Pero me convendría tener más sangre fría. En este último tiempo me he hecho muy irritable. ¿Lo creerás? hace un momento ha faltado muy poco para que amenazase con el puño a mi hermana, porque se había vuelto para verme por última vez. Ya ves lo bajo que he caído. Bueno; ¿dónde están las cruces?

El joven no parecía que se hallase en su estado normal. Ni podía permanecer un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos en un objeto; sus ideas se sucedían sin transición; por mejor decir, deliraba. Le temblaban ligeramente las manos.

Sonia guardaba silencio. Sacó de una caja de cruces una de madera de ciprés y otra de cobre; después se santiguó, y luego de repetir la misma ceremonia en la persona de Raskolnikoff, le puso al cuello la cruz de ciprés.

--¿Es ésta una manera de expresar que yo cargo con la cruz? ¡Je, je, je! ¡Como si empezase a sufrir ahora! La cruz de ciprés es la de los humildes. La cruz de cobre perteneció a Isabel. Tú la guardas para ti; déjamela ver. ¿De modo que la llevaba... en aquel momento? Conozco otros dos o tres objetos de piedad: una cruz de plata y una imagen. Los eché entonces sobre el pecho de la vieja. Esos son los que debiera colgarme yo ahora al cuello. Pero no digo más que tonterías, y olvido mi asunto. Estoy distraído. He venido, sobre todo, para prevenirte, a fin de que sepas... Pues bien; esto es todo... no he venido más que para eso. (¡Hum! Creía, sin embargo, que tenía que decirle otra cosa.) Vamos a ver: tú misma me has exigido que dé este paso. Voy a entregarme, y tu deseo será satisfecho. ¿Por qué lloras entonces? ¡Tú también! ¡Basta, basta! ¡Oh, qué penoso me es todo esto!

Al ver llorar a Sonia, se angustió el corazón del joven. «¿Qué soy yo para ella?--pensaba--. ¿Por qué se interesa por mí tanto como podría interesarse mi madre o Dunia?»

--Haz la señal de la cruz. Di una oración--suplicó con voz temblorosa la joven.

--Sea. Rezaré cuanto quieras y de buena voluntad, Sonia, de buena voluntad.

El hizo muchos signos de cruz. Ella se puso a la cabeza un pañuelo verde, el mismo, probablemente, de que Marmeladoff había hablado en la taberna, y que servía entonces para toda la familia. Tal pensamiento cruzó por la mente de Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar nada a este propósito. Comenzaba a advertir que tenía distracciones continuas, y que estaba extremadamente turbado; esto le inquietaba. De repente advirtió que Sonia se preparaba a salir con él.

--¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Quédate, quédate!--exclamó con risa irritada y se dirigió a la puerta--. ¿Qué necesidad tengo de ir allí con acompañamiento?

Sonia no insistió. El, ni siquiera le dijo adiós; se había olvidado de ella, le preocupaba tan sólo una idea.

«Realmente, ¿está ya hecho todo?--se preguntaba al bajar la escalera--. ¿No habrá medio de volverse atrás, de arreglarlo todo... y de no ir allí?»

Sin embargo, siguió su camino, comprendiendo súbitamente que había pasado la hora de las vacilaciones. En la calle se acordó de que no había dicho adiós a Sonia, que se había detenido en medio de la sala, y de que una orden suya la había como clavado en el suelo. Se planteó entonces otra cuestión, que desde hacía algunos minutos flotaba en su espíritu sin formularse con claridad.

«¿Por qué le he hecho yo esta visita? Le he dicho que venía para un asunto: ¿qué asunto? Ninguno tenía con ella. ¿Para decirle que iba allí? ¡Vaya una necesidad! ¿Para decirle que la amo? ¡Si acabo de rechazarla como a un perro! En cuanto a su cruz, ¿qué necesidad tenía yo de ella? ¡Oh, qué bajo he caído! No; lo que yo buscaba eran lágrimas; lo que yo quería era gozar de los desgarramientos de su corazón. ¡Acaso he buscado, yendo a verla, ganar tiempo, retardar un momento el instante fatal! ¡Y me he atrevido a soñar con altos destinos! ¡Y me he creído llamado a hacer grandes cosas! ¡Yo, tan vil, tan miserable, tan cobarde!»

Caminaba a lo largo del muelle, y no tenía que ir más lejos; pero cuando llegó al puente suspendió un instante su marcha, y se dirigió después bruscamente hacia el Mercado del Heno.

Sus miradas se fijaban con avidez en la derecha y en la izquierda. Se esforzaba en examinar cada objeto que encontraba y en nada podía concentrar su atención.

«Dentro de ocho días, dentro de un mes, volveré a pasar por este puente; un coche celular me llevará yo no sé dónde. ¿Con qué ojos contemplaré este canal? ¿Me fijaré entonces en esa muestra? Ahí está escrita la palabra _Compañía_. ¿La leeré yo entonces como la leo ahora? ¿Cuáles serán mis sensaciones y mis pensamientos?... ¡Dios mío, qué mezquinas son todas estas preocupaciones! Sin duda es curioso esto en su género. ¡Ja, ja, ja! ¡De qué cosas me preocupo! Hago como los niños: me engaño a mí mismo, porque, en efecto, debería sonrojarme de mis pensamientos. ¡Qué barullo! Ese hombretón, un alemán, según todas las apariencias, que acaba de empujarme, ¿sabe a quién ha dado con el codo? Esa mujer, que lleva un niño en la mano y que pide limosna, me cree, quizá, más feliz que ella. Casualmente llevo cinco kopeks en el bolsillo. Tómalos, _matuchka_.»

--Dios te lo pague--dijo la mendiga con tono plañidero.

El Mercado del Heno estaba lleno de gente. Esta circunstancia desagradó mucho a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigió al sitio en que la multitud era más compacta. Hubiera comprado la soledad a cualquier precio; pero se daba cuenta de que no podría gozar de ella ni un solo instante. Al llegar en medio de la plaza, el joven se acordó de repente de las palabras de Sonia: «Ve a la encrucijada; besa la tierra que has manchado con tu delito, y di en voz alta a la faz del mundo: ¡Soy un asesino!»

Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeció. Las angustias de los días anteriores de tal modo habían desecado su alma, que se consideró feliz al encontrarla accesible a una sensación nueva, y se abandonó por completo a ella. Se apoderó de él un enternecimiento dulcísimo y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Se puso de rodillas en medio de la plaza, se inclinó hasta el suelo, y besó con alegría la tierra fangosa. Después de haberse levantado, se arrodilló de nuevo.

--He ahí uno que ha empinado el codo más de lo regular--exclamó un joven que estaba a su lado.

Esta observación provocó muchas carcajadas.

--Es un peregrino que va a Jerusalén, amigos míos. Se despide de sus hijos, de su patria; saluda a todo el mundo, y da el beso de la despedida al suelo de la capital--añadió un menestral que estaba ligeramente ebrio.

--Es todavía muy joven--dijo un tercero.

--Es un noble--observó gravemente otro.

--En la actualidad, no se distingue a los nobles de los que no lo son.

Viéndose objeto de la atención general, Raskolnikoff perdió un poco de su serenidad, y las palabras «Soy un asesino», que iban quizá a salir de su boca, expiraron en sus labios. Las exclamaciones y los gestos de la multitud le dejaron, por otra parte, indiferente, y con mucha calma se encaminó a la comisaría de policía. Conforme iba andando, una sola visión atrajo sus miradas; por lo demás, había esperado encontrarla en la calle, y no se asombró.

En el momento en que acababa de prosternarse en el Mercado del Heno por segunda vez, vió a Sonia a una distancia de cincuenta pasos. La joven trató de substraerse a las miradas de Raskolnikoff, ocultándose detrás de una de las barracas de madera que se encuentran en la plaza. ¡Así le acompañaba cuando él subía este calvario! Desde aquel instante, Raskolnikoff adquirió la convicción de que Sonia era suya para siempre, y de que le seguiría a todas partes, aunque su destino hubiera de conducirle al fin del mundo.

Llegó finalmente al sitio fatal. Entró en el zaguán con paso bastante firme. La oficina de policía estaba situada en el tercer piso. «Antes que llegue arriba tengo tiempo de volverme»--pensaba el joven. En tanto que nada había confesado, se complacía en pensar en que podía cambiar de resolución.

Como en su primera visita, encontró la escalera cubierta de suciedad, impregnada de las exhalaciones que vomitaban las cocinas, abiertas sobre cada descansillo. Mientras subía, se le doblaban las piernas, y tuvo que detenerse un instante para tomar aliento, recobrarse un poco, y preparar su entrada.

«Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué?--se preguntó de repente--. Puesto que hay que apurar el vaso, poco importa cómo he de beberlo. Más valdrá cuanto más amargo sea.»

Después se ofrecieron a su espíritu las imágenes de Ilia Petrovitch y del oficial _Pólvora_. «¿Por qué voy a él? ¿No podría dirigirme a otro? ¿A Nikodim Fomitch, por ejemplo? ¿No sería mejor ir a buscar al comisario a su domicilio particular, y contárselo todo en una conversación privada?... No, no; hablaré a _Pólvora_, y esto se acabará más pronto.»

Con el rostro inundado de frío sudor y casi sin darse cuenta de lo que hacía, Raskolnikoff abrió la puerta de la comisaría. Esta vez no vió en la antesala más que a un _dvornik_ y a un hombre del pueblo. El joven pasó a la otra habitación, donde trabajaban dos escribientes. Zametoff no estaba allí ni Nikodim Fomitch tampoco.

--¿No hay nadie?--dijo Raskolnikoff, dirigiéndose a uno de los empleados.

--¿Por quién pregunta usted?

--A... a...

--Al oír sus palabras, sin ver su rostro, he adivinado la presencia de un ruso... como se dice en no sé qué cuento. Mis respetos--gritó bruscamente una voz conocida.

Raskolnikoff tembló. _Pólvora_ estaba delante de él; acababa de salir de una tercera habitación. «El destino lo ha querido»--pensó el joven.

--¿Usted por aquí? ¿Con qué motivo?--exclamó Ilia Petrovitch, que parecía de muy buen humor y muy animado--. Si ha venido por algún asunto, es aún demasiado pronto. Por una casualidad me encuentro aquí yo... ¿En qué puedo...? Confieso que no le... ¿Cómo, cómo es su nombre?... Perdóneme usted.

--Raskolnikoff.

--¡Ah! Sí; Raskolnikoff. ¡Ha podido usted creer que le había olvidado! Le suplico que no me crea tan... Rodión Ra... Radionitch, ¿no es eso?

--Rodión Romanovitch.

--Sí, sí; Rodión Radiovitch, Rodión Romanovitch; lo tenía en la punta de la lengua. Confieso a usted que siento sinceramente la manera que tuvimos de portarnos con usted hace tiempo. Después me lo explicaron todo y he sabido que era usted un escritor, un sabio... He tenido también noticia de que empezaba usted la carrera de las letras. ¡Oh Dios mío! ¿Cuál es el literato, cuál es el sabio que en sus comienzos no ha hecho más o menos la vida de bohemio? Tanto mi mujer como yo estimamos la literatura; en mi mujer es una pasión. Es loca por las letras y las artes. Excepto el nacimiento, todo lo demás puede adquirirse por el talento, el saber, la inteligencia, el genio. Un sombrero, por ejemplo, ¿qué significa? Un sombrero lo puedo comprar en casa de Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero, eso no puedo comprarlo. Confieso que quería ir a casa de usted a darle explicaciones; pero, he pensado que quizá usted... De todos modos, con estas charlas no le he preguntado el objeto de su visita. ¿Parece que la familia de usted está ahora en San Petersburgo?

--Sí, mi madre y mi hermana.

--He tenido el honor y el placer de encontrar a su hermana de usted. Es una persona tan encantadora como distinguida. Verdaderamente deploro con toda mi alma el altercado que tuvimos aquel día. En cuanto a las conjeturas fundadas en el desmayo de usted, se ha reconocido su falsedad. Comprendo la indignación de usted. Ahora que su familia vive en San Petersburgo, ¿va usted, acaso, a cambiar de domicilio?

--No, no por el momento. Había venido a preguntar... Creí encontrar aquí a Zametoff.

--¡Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo; lo he oído decir. Pues bien: Zametoff no está ya con nosotros. Sí, lo hemos perdido; nos ha dejado ayer, y antes de su partida ha habido entre él y nosotros un fuerte altercado. Es un galopín sin consistencia; nada más. Había hecho concebir algunas esperanzas; pero ha tenido la desgracia de frecuentar el trato de nuestra brillante juventud, y se le ha metido en la cabeza sufrir exámenes, para poder darse tono y echárselas de sabio. Hay que advertir que Zametoff no tiene nada de común con usted, con usted y con el señor Razumikin. Ustedes han abrazado la carrera de la ciencia, y los reveses de la fortuna no les arredran. Para ustedes los atractivos de la vida no valen nada; hacen la existencia austera, ascética, monacal, del hombre de estudio. Un libro, una pluma detrás de la oreja, una investigación científica, son cosas que bastan para la felicidad de ustedes. Yo mismo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted la correspondencia de Livingstone?

--No.

--Yo sí la he leído. Ahora el número de los nihilistas ha aumentado considerablemente, lo cual no es asombroso en una época como la nuestra. De usted para mí... ¿no es usted nihilista? Respóndame francamente.

--No.

--No tenga usted temor de ser franco conmigo, como lo sería consigo mismo. Una cosa es el servicio y otra cosa... ¿Usted creería que iba a decir la _amistad_?, pues se engaña. No es la amistad, sino el sentimiento del hombre y del ciudadano, el sentimiento de la humanidad y del amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un personaje oficial, un funcionario; pero no por eso debo dejar de sentir en mí el hombre y el ciudadano. ¿Hablaba usted de Zametoff? Pues bien, Zametoff es un muchacho que copia el _chic_ francés, que da ruido en los sitios sospechosos cuando ha bebido un vaso de _Champagne_ o de vino del Don. Ahí tiene usted a Zametoff. Quizá he sido un poco vivo con él, pero si mi indignación me ha llevado demasiado lejos, tuvo su origen en un sentimiento elevado: el celo por los intereses del servicio. Por otra parte, yo poseo un cargo, una posición, cierta importancia social; soy casado y padre de familia, y lleno mi deber de hombre y de ciudadano; en tanto que él, ¿qué es él? Permítame usted que se lo pregunte. Me dirijo a usted como a un hombre favorecido con los beneficios de la educación. Ahí tiene usted; las profesoras en partos, por ejemplo, se han multiplicado de un modo extraordinario.

Raskolnikoff miró al oficial con aire asombrado. Las palabras de Ilia Petrovitch, que violentamente acababa de levantarse de la mesa, produjeron en su ánimo una impresión que él no se explicaba. Sin embargo, algo comprendía. En aquel momento preguntaba con los ojos a su interlocutor e ignoraba cómo acabaría todo aquello.

--Hablo de estas jóvenes que llevan el cabello corto a lo Tito--continuó el inagotable Ilia Petrovitch--. Yo las llamo profesoras en partos, y el nombre me parece muy bien aplicado. ¡Je, je! Siguen cursos de anatomía. Dígame, si me pusiese enfermo, ¿cree usted que me dejaría tratar por una de esas señoritas? ¡Je, je!

Ilia Petrovitch se echó a reír encantado de su chiste.

--Admito la sed de instrucción; pero, ¿no se puede uno instruir sin dar en semejantes excesos? ¿Por qué ser insolente? ¿Por qué insultar a nobles personalidades, como lo hace ese necio de Zametoff? ¿Por qué me ha insultado, le pregunto a usted? Otra epidemia que hace terribles progresos, es la del suicidio. Se gasta uno todo lo que tiene, y en seguida se mata. Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos sabido últimamente que un señor recién llegado aquí acaba de poner fin a sus días. ¡Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! ¿cómo se llama el caballero que se ha matado esta mañana en la Petersburgskeria?

--Svidrigailoff--dijo uno que se encontraba en la habitación inmediata.

Raskolnikoff tembló.

--¡Svidrigailoff! ¡Svidrigailoff se ha levantado la tapa de los sesos!

--¡Cómo! ¿Usted conocía a Svidrigailoff?

--Sí; en efecto, había venido hace poco. Acababa de perder a su esposa; era un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones muy escandalosas. Han encontrado sobre su cadáver un librito de notas en que estaban escritas estas palabras: «Muero en posesión de mis facultades; que no se acuse a nadie de mi muerte.» Este hombre tenía, según se dice, dinero. ¿De qué le conocía usted?

--¿Yo...? Había sido mi hermana institutriz en su casa.

--¡Ah, ah!... Entonces puede usted dar noticias acerca de él. ¿No tenía usted sospechas de su proyecto?

--Le vi ayer. Le encontré bebiendo vino... Nada sospeché.

A Raskolnikoff le parecía que tenía una montaña sobre el pecho.

--¿Qué es eso? Se pone usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera de esta habitación!

--Sí; ya es tiempo de que me vaya--balbuceó el joven--. Perdóneme usted si le he molestado.

--Nada de eso. Aquí estamos siempre a su disposición. Me ha causado gran placer y me complazco en declararlo.

Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch tendió la mano al joven.

--Quería solamente... Tenía un asunto que tratar con Zametoff.

--Comprendo, comprendo. Tanto gusto en haberle visto.

--También yo lo he tenido... Hasta la vista--dijo Raskolnikoff sonriendo.

Salió tambaleándose. Le daba vueltas la cabeza. Apenas podía tenerse en pie, y, al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse en la pared para no caerse. Le pareció que un _dvornik_, que se dirigía al despacho de policía, tropezaba con él al pasar; que un perro ladraba en una habitación del primer piso, y que una mujer gritaba para hacer callar al animal. Llegado al pie de la escalera, entró en el patio. Erguida, no lejos de la puerta, Sonia, pálida como la muerte, le miraba con asombro. Se detuvo frente a ella. La joven se retorcía las manos; su fisonomía expresaba la más terrible desesperación. Al verla, Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con qué sonrisa! Un instante después volvía a entrar en la oficina de policía.

Ilia Petrovitch estaba ojeando unos papeles. Delante de él se hallaba el mismo _mujik_ que un momento antes había tropezado con Raskolnikoff en la escalera.

--¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?

Con los labios descoloridos, fija la mirada, Raskolnikoff avanzó lentamente hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con la mano en la mesa ante la cual estaba sentado el oficial de policía, quiso hablar, pero no pudo pronunciar más que sonidos ininteligibles.

--¿Está usted enfermo? ¡Una silla! Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua!

Raskolnikoff se dejó caer en el asiento que se le ofrecía; pero sus ojos no se apartaban de Ilia Petrovitch, cuyo semblante expresaba una sorpresa muy desagradable. Durante un minuto ambos se miraron en silencio. Trajeron agua.

--Yo soy...--empezó a decir Raskolnikoff.

--Beba usted.

El joven rechazó con un ademán el vaso que le presentaban, y en voz baja pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas veces, la siguiente declaración:

--_Yo soy quien asesinó a hachazos, para robarlas, a la vieja prestamista y a su hermana Isabel._

Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas partes.

Raskolnikoff repitió su confesión.

EPILOGO

I

Siberia. A la orilla de un río ancho y desierto se levanta una ciudad, uno de los centros administrativos de Rusia. En la ciudad hay una fortaleza; en la fortaleza una prisión. En la prisión está, desde hace nueve meses, Rodión Romanovitch Raskolnikoff, condenado a trabajos forzados (segunda categoría). Cerca de diez y ocho meses han pasado desde el día que cometió su crimen.

En la instrucción de su proceso no hubo apenas dificultades. El culpable renovó sus confesiones con tanta fuerza como claridad y precisión, sin confundir las circunstancias, sin suavizar el horror, sin falsear los hechos, sin olvidar el menor detalle. Hizo una relación completa del asesinato, esclareció el misterio del objeto encontrado en manos de la vieja (se recordará que era un trozo de madera junto con una placa de hierro), contó cómo había tomado las llaves del bolsillo de la víctima, describió estas llaves y describió también el asesinato de Isabel, que hasta entonces había sido un enigma. Contó cómo Koch había venido y llamado a la puerta, y cómo, después de él, había llegado un estudiante. Refirió minuciosamente la conversación habida entre los dos hombres; cómo, en seguida, el asesino se había lanzado a la escalera y había oído los gritos de Mikolai y de Milka, ocultándose en el cuarto vacío y dirigiéndose después a su casa. Finalmente, en cuanto a los objetos robados, manifestó que los había enterrado debajo de una piedra en un corral que daba a la perspectiva Ascensión. Se encontraron allí, en efecto. En una palabra, todo se esclareció. Lo que, entre otras cosas, asombraba a los jueces, fué la circunstancia de que el asesino, en vez de aprovecharse de los objetos robados a la víctima, fuese a ocultarlos bajo una piedra. Todavía comprendían menos que, no solamente no se acordase de los objetos robados por él, sino que hasta se engañase acerca de su número. Se encontraba, sobre todo, inverosímil que no hubiera abierto una sola vez la bolsa, y que ignorase el contenido de ella. (Encerraba ésta trescientos diez y siete rublos y tres monedas de veinte kopeks cada una; a consecuencia de haber sido enterrados largo tiempo, los billetes se habían deteriorado considerablemente.) Se procuró adivinar por qué únicamente sobre este punto mentía el acusado, cuando en todo lo demás había dicho espontáneamente la verdad. En fin, algunos, principalmente entre los psicólogos, admitieron como posible que, en efecto, no hubiera abierto la bolsa; y que, por consiguiente, se hubiera desembarazado de ella sin saber lo que contenía; pero sacaron asimismo la conclusión de que el crimen había sido necesariamente cometido bajo la influencia de una locura momentánea. El culpable--dijeron--ha cedido a la monomanía morbosa del asesinato y del robo, sin objeto ulterior, sin cálculo interesado. Era aquella ocasión excelente para sostener la teoría moderna de la alienación temporal, teoría con la que se busca actualmente tan a menudo explicar los actos de ciertos criminales. Además, numerosos testigos habían declarado que Raskolnikoff padecía hipocondría. Estos testigos eran; el doctor Zosimoff, los antiguos compañeros del acusado, su patrona, los criados, etc. Todo esto daba muchos fundamentos para pensar que Raskolnikoff no era un asesino vulgar, un malhechor ordinario, sino que había alguna otra cosa en aquel proceso. Con gran despecho de los partidarios de esta opinión, el culpable no se cuidó de defenderse. Interrogado acerca de los motivos que habían podido inducirle al asesinato y al robo, declaró con brutal franqueza que había sido impulsado por la miseria. Esperaba--dijo--encontrar en casa de su víctima lo menos tres mil rublos, y contaba con esta suma asegurar sus primeros pasos en la vida; su carácter ligero y bajo, agriado por las privaciones y las contrariedades, había hecho de él un asesino. Cuando se le preguntó por qué había ido a denunciarse, respondió redondamente que había representado la farsa del arrepentimiento. Todo aquello era casi cínico...