El crimen y el castigo

Part 38

Chapter 384,001 wordsPublic domain

--¡Ah, Razumikin!--exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía satisfecho de haber oído, al cabo, que salía una observación de labios de Raskolnikoff--. ¡Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que venía a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en este negocio. Dejémosle a un lado, si a usted le parece. ¿Quiere usted saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un niño; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una naturaleza pusilánime, es impresionable como un artista. No se ría usted si le caracterizo de ese modo: es cándido, sensible, fantástico. En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a oír los campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razón; no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho, sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropiándose de un estuche que ha encontrado. «Puesto que lo he encontrado en el suelo, dice, tenía perfecto derecho a tomarlo.» Según los vecinos de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltación: pasaba las noches rezando y leía sin cesar libros religiosos (los viejos, los verdaderos). San Petersburgo ha influído mucho en él, y una vez aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar la religión. Sé que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere usted? Nuestro pueblo no puede sacudir de su espíritu el prejuicio de que todo hombre buscado por la policía es hombre condenado. En la prisión, Mikolai ha vuelto al misticismo de sus primeros años. Ahora tiene sed de expiación, y sólo por eso se ha confesado culpable. Mi convicción en este punto está basada en ciertos hechos que él mismo no conoce. Por lo demás, acabará por confesarme toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá su papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya verá cómo rectifica sus confesiones. Además, si logra dar sobre ciertos puntos un carácter de verosimilitud a su declaración, en cambio sobre otros se encuentra en completa contradicción con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente a un hecho fantástico y sombrío; este crimen tiene la marca del siglo y lleva hondamente grabado el sello de una época que hace consistir toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un tétrico, una víctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta audacia es de un género particular: es la de un hombre que se precipita desde lo alto de una montaña o de un campanario. Ha olvidado cerrar la puerta detrás de él y ha matado a dos personas para poner en práctica una teoría. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. No bastándole las angustias pasadas en la antesala mientras oía los golpes dados a la puerta y el sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad de experimentar la misma emoción, fué más tarde a visitar el cuarto vacío y a tirar del cordón de la campanilla. Atribuyamos esto a la enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aquí un punto digno de notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado, desprecia a los demás, y se da aires de ángel pálido. No, no se trata aquí de Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai no es culpable.

Este golpe era tanto más inesperado, cuanto que llegaba después de la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instrucción. Raskolnikoff se echó a temblar.

--Entonces, ¿quién es el que ha matado?--balbuceó con voz entrecortada.

El juez de instrucción se recostó en el respaldo de la silla, como asombrado de semejante pregunta.

--¿Cómo? ¿Que quién ha matado?--replicó, como si no hubiese dado crédito a sus oídos--. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch, usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...--añadió en voz baja y en tono de profundo convencimiento.

Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras convulsiones agitaban los músculos de su rostro.

--Le tiemblan a usted las manos como el otro día--hizo notar con interés Porfirio--. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del objeto de mi visita, Rodión Romanovitch--prosiguió, después de una pausa--. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para decirlo todo y esclarecer la verdad.

--¡Yo no he matado!--murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un niño sorprendido en falta.

--Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted solo--replicó severamente el juez de instrucción.

Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos diez minutos.

Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado.

--Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya?

--No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción está formada.

--Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?--preguntó con mal gesto Raskolnikoff--; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice: Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra mí?

--¡Vaya una pregunta! Le responderé a usted punto por punto: en primer lugar, la detención de usted no me serviría para nada.

--¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted de nada? Puesto que está convencido, debería usted...

--¿Qué importa mi convicción? Hasta el presente no descansa más que sobre nubes. ¿Y para qué había de poner a usted _en reposo_? Usted lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que careado con el burgués, usted diría: «Tú, de seguro, estabas bebido. ¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente por lo que eres, por un borracho.» ¿Qué podría yo replicarle entonces, tanto más, cuanto que la respuesta de usted sería más verosímil que la declaración de él, que es de pura psicología, y porque, además, la apreciación de usted sería exacta, puesto que ese hombre es conocido por su afición a los licores? Muchas veces le he confesado a usted con franqueza que toda esta psicología tiene dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el momento, ninguna prueba tengo contra usted. Claro es que, al cabo, le detendré, y he venido aquí para avisárselo, y, sin embargo, no vacilo en manifestarle que eso no me servirá de nada. El segundo objeto de mi venida...

--¿Cuál es?--preguntó Raskolnikoff anhelante.

--... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle mi conducta, porque no quiero pasar a los ojos de usted por un monstruo, y además, porque, créalo o no, mis intenciones son muy favorables a usted. En vista, pues, del interés que yo siento por usted, le propongo francamente vaya a denunciarse. He venido aquí para darle este consejo. Es el partido más ventajoso que puede tomar, ventajoso para usted y para mí, que me vería desembarazado de este asunto. ¿Qué le parece a usted? Soy bastante franco?

Raskolnikoff reflexionó durante un minuto.

--Escuche usted, Porfirio Petrovitch; según sus propias palabras, no tiene contra mí más que inducciones psicológicas y aspira a la evidencia matemática. ¿Quién le dice que no se engaña?

--No, Rodión Romanovitch, no me engaño. Tengo una prueba, que encontré el otro día; Dios me la ha enviado.

--¿Qué prueba es ésa?

--No se lo diré a usted; pero, en todo caso, no tengo el derecho de contemporizar; voy a hacerle detener. Ahora juzgue usted. Cualquier resolución que tome actualmente, poco me importa; cuanto le he dicho es únicamente en interés suyo. La mejor solución es la que yo le indico: créalo usted, Rodión Romanovitch.

El joven se sonrió con expresión de cólera.

--El lenguaje de usted es más que ridículo: es impudente. Supongamos que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): ¿por qué he de ir a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, allí, en la cárcel, estaría _en reposo_?

--¡Oh Rodión Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la letra. Puede usted encontrar allí reposo, y puede no encontrarlo. Tengo, es cierto, la creencia de que la prisión tranquiliza al culpable; pero esto no es más que una teoría, y una teoría mía personal. Así, pues, ¿soy yo una autoridad para usted? ¡Quién sabe si en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir que le entregue todos mis secretos, ¡je, je, je! Lo incontestable es el provecho que sacará usted haciendo lo que yo le propongo: irá ganando, puesto que su condena disminuirá notablemente. Piense usted un poco en qué momento vendría a denunciarse: en el que otra persona ha asumido sobre sí la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo, el proceso. Por lo que a mí toca, juro ante Dios dejarle a usted en el tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarán, se lo prometo, toda esa psicología, todas las sospechas recaídas sobre usted y su conducta tendrá a los ojos de aquellos magistrados un carácter absolutamente espontáneo. En el crimen de usted no se verá más que el resultado de una impulsión fatal, y no otra cosa. Soy un hombre honrado, Rodión Romanovitch, y mantendré mi palabra.

Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó durante largo tiempo; luego sonrióse de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melancólica.

--¿Qué me importa?--dijo, sin parecer que se daba cuenta de que su lenguaje equivalía casi a una confesión--, ¿qué me importa la diminución de pena de que usted me habla? No la necesito para nada.

--Vamos, lo que yo temía--exclamó, como a pesar suyo, Porfirio--. Ya me temía yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.

Raskolnikoff le miró con expresión grave y triste.

--No desprecie usted la vida--continuó el juez de instrucción--. Todavía es muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere una diminución de pena? ¡A fe que no es usted descontentadizo!

--¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?

--La vida. ¿Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le reserva? Busque usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba a usted. Por otra parte, su condena no será perpetua.

--¡Obtendré circunstancias atenuantes!...--dijo riendo Raskolnikoff.

--¿Es quizá, vergüenza burguesa lo que le impide a usted confesarse culpable? ¡Es preciso sobreponerse a eso!

--¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!--murmuró con tono despreciativo el joven.

Hizo ademán de levantarse; pero se quedó sentado, abatidísimo.

--Es usted desconfiado, y piensa, sin duda, que trato de embaucarle groseramente; pero, ¿acaso ha vivido usted mucho? ¿qué sabe usted de la existencia? Ha imaginado usted una teoría que ha venido a producir en la práctica consecuencias cuya falta de originalidad le avergüenza ahora. Ha cometido usted un crimen, es verdad; pero no es usted, ni con mucho, un criminal irremisiblemente perdido. ¿Cuál es mi opinión acerca de usted? Le considero como uno de esos hombres que se dejarían arrancar las entrañas sonriendo a sus verdugos, con tal solamente de haber encontrado una fe o un Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad, desde hace tiempo, de cambiar de aire. Además, el sufrimiento es una buena cosa. Sufra usted. Quizá Mikolai tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que es usted un escéptico, pero sin razonar, abandónese usted a la corriente de la vida; esta corriente le llevará a alguna parte. ¿A dónde? No se preocupe usted; ya llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro, creo solamente que usted debe vivir todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa usted ahora que estoy representando el papel de juez; pero acaso más tarde se acuerde usted de mis palabras y saque provecho de ellas; por eso le hablo así. Todavía es una ventaja que no haya usted matado más que a una mala vieja. Con otra teoría, habría cometido usted una acción cien mil veces peor. Puede usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede saber cuáles son sus altos designios acerca de usted! Recobre usted su valor, no retroceda por pusilaminidad ante lo que exige la justicia. Sé que usted no me cree; pero con el tiempo volverá a tomar gusto a la vida. Ahora lo que le hace falta solamente es aire, aire, aire.

Raskolnikoff se estremeció.

--Pero, ¿quién es usted--gritó--para hacerme esas profecías? ¿Qué suprema sabiduría le permite adivinar mi porvenir?

--¿Que quién soy? Un hombre acabado, y nada más. Un hombre sensible y compasivo, a quien la experiencia ha enseñado quizás algo; pero un hombre completamente acabado. Usted es otra cosa; usted se halla al principio de la existencia, y esta aventura, ¿quién sabe? quizá no dejará ninguna huella en la vida de usted. ¿Por qué temer tanto el cambio que va a experimentar en su situación? ¿Son acaso las comodidades de la vida las que usted ha de echar de menos? ¿Se aflige usted pensando que ha de estar largo tiempo confinado en la obscuridad? De usted depende que esta obscuridad no sea eterna. Sea usted un sol, y todo el mundo le verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa que éstas son maniobras de juez de instrucción? Es muy posible, ¡je, je! No le pido que me crea bajo mi palabra, Rodión Romanovitch; hago mi oficio, convengo en ello; pero acuérdese de lo que le digo. Los acontecimientos le demostrarán si soy un impostor o un hombre honrado.

--¿Cuándo piensa usted detenerme?

--Puedo dejarle a usted aún día y medio o dos días en libertad. Haga usted sus reflexiones, amigo mío; ruegue usted a Dios que le inspire. El consejo que le doy es bueno, créalo usted.

--¿Y si me escapase?--preguntó Raskolnikoff con equívoca sonrisa.

--No se escapará. Un _mujik_ huiría: un revolucionario de ahora, esclavo de pensamiento ajeno, huiría también, porque tiene un _credo_ ciegamente aceptado para toda la vida; pero usted no cree en su teoría. ¿Qué quedaría de ella si huyera usted? Y, por otra parte, ¿puede darse una existencia más innoble y penosa que la de un fugitivo? Si huyese usted, volvería para entregarse espontáneamente... _¡Usted no puede pasarse sin nosotros!_ Cuando yo le detuviese al cabo de un mes o dos, pongamos tres, se acordaría de mis palabras y confesaría. Vendría usted a parar a esto insensiblemente, casi sin darse cuenta de ello. Más aún, estoy persuadido de que, después de haberlo reflexionado usted bien, se decidirá usted a aceptar la expiación. En este momento no lo cree; pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch, el sufrimiento es una gran cosa. En boca de un hombre que no se priva de nada, este lenguaje puede parecer ridículo. No importa; hay una idea en el sentimiento. Mikolai tiene razón. Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch.

Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra; el juez hizo lo mismo.

--¿Va usted a pasearse? La tarde será buena; sólo que no hay tormenta. Sería conveniente, porque refrescaría la temperatura.

--Porfirio Petrovitch--dijo el joven con tono seco y breve--, le ruego que no vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. Es usted un hombre extraño, y le he escuchado por pura curiosidad; pero no he confesado nada... no lo olvide usted.

--Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo tiembla! No se inquiete usted, querido: tomo nota de su recomendación. Pasee usted un poco; pero no traspase ciertos límites. En todo caso, tengo un pequeño encargo que hacer a usted--dijo bajando la voz--; es algo delicado, pero tiene su importancia: en el caso, poco probable según mi creencia, de que durante esas cuarenta y ocho horas le dé a usted la humorada de acabar con su vida (perdóneme esta absurda suposición), deje usted un billetito, nada más que dos líneas, indicando el sitio donde está la piedra; eso será más noble. Ea, hasta la vista; que Dios le inspire buenos pensamientos.

Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff, y éste se acercó a la ventana y esperó con impaciencia el momento en que, según sus cálculos, el juez de instrucción debía de estar lejos de la casa. En seguida salió de ella apresuradamente.

III

Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba qué era lo que podía esperar de aquel hombre que ejercía sobre él un poder tan misterioso. Desde que Raskolnikoff se hubo convencido de ello, le devoraba la inquietud, y al presente no podía retrasar el momento de una explicación.

Conforme iba andando le preocupaba, sobre todo, esta sospecha: ¿habrá ido Svidrigailoff a casa de Porfirio?

Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff no debía haber ido. Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido aún, no quería decir que no lo haría más tarde.

Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba también a creer que no iría. ¿Por qué? No habría podido aducir las razones en que se fundaba, y aunque hubiera podido explicárselo, no se habría preocupado demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le eran casi indiferentes. Cosa extraña, casi increíble: por crítica que fuese su situación actual, Raskolnikoff no tenía, a causa de ella, más que una débil inquietud. Lo que le ponía en cuidado era una cuestión mucho más importante, que no era aquélla. Experimentaba, además, un inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor estado que los días precedentes.

Después de tantos combates librados, ¿sería menester aún nueva lucha para triunfar de aquellas miserables dificultades? ¿Convendría, por ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a casa del juez de instrucción?

¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!

Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. ¿Esperaba de él algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situación? Los náufragos se agarran a una paja. ¿Era el destino o el instinto lo que empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quizá Raskolnikoff daba este paso sencillamente porque no sabía a qué santo encomendarse; tal vez tenía necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba a este último a falta de otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de ir a casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar más? Por otra parte, Sonia le daba espanto. Esta joven era para él el decreto irrevocable, la sentencia sin apelación. En aquel momento no se sentía con fuerzas para afrontar la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde hacía largo tiempo Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario.

No obstante, ¿qué podía haber de común entre ellos? Su criminalidad misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba mucho, pues evidentemente era muy disipado y quizá muy malo. Acerca de él corrían siniestras leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos de Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía por qué obraba de este modo? Tratándose de semejante hombre, había de temer siempre algún tenebroso designio.

Desde muchos días antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento, aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo.

«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mío--se decía--; ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana... quizá las tiene todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto de emplearlo como arma contra Dunia?»

Este pensamiento, que solía preocuparle hasta en sueños, no se había presentado jamás a su imaginación con tanta claridad como en aquel momento en que se dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se le ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, lo que cambiaría extraordinariamente la situación. Pensó después que haría bien en denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. ¿Y la carta? Aquella mañana Dunia había recibido una. ¿Quién, en San Petersburgo, podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era buen guardián, pero no sabía nada. «¿No debería yo contárselo todo a Razumikin?--se preguntó Raskolnikoff con alivio de corazón--. En todo caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios, los pormenores importan aquí menos que el fondo de la cuestión; pero si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi hermana, le mataré.»

Tenía el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio de la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino había tomado? ¿En dónde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un café; todas las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que allí se veían, el café debía estar lleno de gente. En la sala se cantaba, se tocaba el violín, el clarinete y el tambor turco; se oían también gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas vió a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una mesa de tomar te. Aquella vista le causó asombro mezclado de terror. Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombró aún más a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió no verle, y se puso a mirar hacia otro lado; pero continuaba siguiéndole con el rabillo del ojo. La inquietud le hacía latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff no quería ser visto. Se quitó la pipa de la boca y quiso retirarse; pero al levantarse reconoció, sin duda, que era demasiado tarde. Repitióse sobre poco más o menos la misma escena que al principio de la entrevista en la habitación de Raskolnikoff; cada uno de ellos sabía que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa erró en los labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa carcajada.

--¡Pues bien, entre usted, si quiere; aquí estoy!--gritó desde la ventana.

El joven subió.

Encontró a Svidrigailoff en un gabinete pequeño contiguo a una gran sala, en la cual había muchos parroquianos: comerciantes, funcionarios, y otros estaban tomando te y oyendo a los coristas que hacían un estruendo espantoso. En una habitación inmediata se jugaba al billar. Svidrigailoff tenía delante una botella de _Champagne_ empezada y un vaso medio lleno. Le acompañaban dos músicos callejeros: un organillero y una cantante. Esta, muchacha de diez y ocho años, fresca y bien portada, llevaba un traje a rayas y un sombrero tirolés adornado de cintas. Acompañada por el organillero cantaba con voz de contralto, bastante fuerte, una canción trivial en medio del ruido que llegaba de la otra sala.

--¡Ea, basta!--dijo Svidrigailoff cuando entró el hermano de Dunia.

La cantante se detuvo en seguida y esperó en actitud respetuosa. Antes también, mientras dejaba oír sus vulgaridades melódicas, mostraba en su fisonomía cierta expresión de respeto.

--¡Eh, Felipe, un vaso!--gritó Svidrigailoff.

--No bebo vino--dijo Raskolnikoff.

--Como usted guste. Bebe, Katia. Ahora no tengo necesidad de ti; puedes retirarte.

Sirvió un gran vaso de vino y le dió un billetito de color amarillo. Katia bebió el vaso de _Champagne_ a pequeños sorbos como suelen hacerlo las mujeres, y después de haber tomado el billete, besó la mano de Svidrigailoff, que aceptó con aire grave el testimonio de aquel respeto servil.

Aun no hacía ocho días que Arcadio Ivanovitch había llegado a San Petersburgo, y ya se le tenía por un antiguo parroquiano del establecimiento.