Part 37
Haciéndose estas reflexiones salió presuroso del cafetín. De repente, el pensamiento de su madre y de su hermana le llenó de terror. Pasó aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despertó antes de la aurora, temblando de fiebre y se encaminó a su casa a donde llegó muy temprano. Después de algunas horas de sueño, desapareció la fiebre, pero se despertó tarde: a las dos.
Se acordó de que aquel día era el señalado para las exequias de Catalina Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido a ellas. Anastasia le trajo la comida; el joven comió y bebió con mucho apetito, casi con avidez. Tenía la cabeza más fresca y disfrutaba de una calma que le era desconocida desde tres días antes. Hubo un instante en que se asombró de los accesos de terror pánico que había experimentado.
La puerta se abrió y entró Razumikin.
--¡Ah! Comes, luego no estás malo--dijo el visitante, tomando una silla y sentándose enfrente de Raskolnikoff.
Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con cólera visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se comprendía que su venida era motivada por alguna causa grave.
--Escucha--comenzó a decir en tono resuelto--; pienso dejar a todos ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es indescifrable para mí. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras todos tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría y me iría. Vengo con el único objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay personas que te creen loco de remate o en vísperas de estarlo, y te confieso que me sentía inclinado a participar de esa opinión, en vista de que tu proceder es estúpido, bastante feo y completamente inexplicable. Además, ¿qué pensar de tu reciente conducta con tu madre y con tu hermana? ¿Qué hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se hubiera portado con ellas como te has portado tú? Luego estás loco.
--¿Cuándo las has visto?
--Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, te lo ruego, ¿dónde has estado metido todo el día? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia Romanovna se esforzó por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no quiso hacer caso de nada... «Si está malo, si está perturbado--dijo--, ¿quién ha de cuidarle sino su madre?» Para no dejarla venir sola, la acompañamos, suplicándole sin cesar que se tranquilizase. Cuando llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese sitio, ha estado sentada por espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callábamos. «Puesto que sale--dijo levantándose--, es señal de que no está enfermo y de que olvida a su madre; no está bien, por lo tanto, que venga yo a mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió a su casa y se metió en la cama. Ahora tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente--dice--; le dedica a ella todo el tiempo.» Supone que Sonia Semenovna es tu novia o tu amante. Fuí en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mío, me corría prisa comprobar ese punto. Entro, y ¿qué es lo que veo? un ataúd, niños que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de luto. Tú no estabas allí. Después de haberte buscado con los ojos, he dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa. Aquí no se trata de ningún amorío; resta, pues, como lo más probable, la hipótesis de la locura. He aquí que ahora te encuentro con trazas de comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque tú no me hayas dicho una palabra, no estás loco... pondría por ello la mano en el fuego. Para mí, éste es un punto fuera de discusión. Así, pues, os envío a todos al diablo, en vista de que hay aquí un misterio y de que no tengo la intención de romperme la cabeza con vuestros secretos. He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazón. Por lo demás, yo sé lo que tengo que hacer.
--¿Qué vas a hacer?
--¿Qué te importa?
--¿Vas a dedicarte a la bebida?
--¿Cómo lo has adivinado?
--No es muy difícil adivinarlo.
Razumikin se quedó un momento silencioso.
--Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado loco--observó luego--. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la bebida. Adiós.
Y dió un paso hacia la puerta.
--Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana--dijo Raskolnikoff.
Razumikin se detuvo de repente.
--¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?--preguntó, poniéndose un tanto pálido. Estaba agitadísimo.
--Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo.
--¿Ella?
--Sí; ella.
--¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto.
--Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le he dicho que tú la amabas, porque lo sabe.
--¿Que ella lo sabe?
--Claro que sí. Le he dicho también que, aunque yo me vaya, ocúrrame lo que me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo, por decirlo así, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque sé perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus sentimientos. Sé también que ella puede amarte, si es que ya no te ama. Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida.
--Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no hay que hablar de ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. Estoy convencido de que no es una cosa seria, sino tonterías con las cuales forma monstruos tu imaginación; tú eres un hombre excelente. Sí, un hombre excelente.
--Quería añadir: pero me has interrumpido, que tenías razón hace un momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No te preocupes. Las cosas se descubrirán a su tiempo, y lo sabrás todo cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que quieren decir sus palabras.
Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurrió esta idea:
«Es, de seguro, un conspirador político y está en vísperas de una tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe», pensó de repente.
--¿De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa--repuso recalcando cada frase--, y tú tratas de ver a alguno que dice que es menester más aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre.
--¿Qué carta?
--Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle de ti y me ha suplicado que me callase. Después... después me dijo que nos separaríamos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida conmigo, tras de lo cual se encerró en su cuarto.
--¿Ha recibido una carta?--preguntó Raskolnikoff intrigado.
--Sí. ¿No lo sabías?
Los dos permanecieron callados durante un minuto.
--Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto tiempo... Vamos, adiós... Tengo también que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no haré tal cosa: es inútil.
Salió muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando volvió a abrirla de repente, mirando de través.
--A propósito, ¿te acuerdas de aquel crimen? ¿del asesinato de aquella vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; él mismo se ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias en apoyo de sus afirmaciones. Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores a los cuales defendía yo con tanto ardor. ¿Querrás creerlo? La persecución de los dos obreros, corriendo el uno detrás del otro en la escalera, mientras subían el _dvornik_ y los dos testigos, los cachetes que se daban riendo, todo ello no era más que una treta imaginada para evitar sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia de ánimo en ese tunante! Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo. ¡Qué despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo y de la astucia. Después de esto, no hay ya nada de qué asombrarse. Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y he roto lanzas yo por esos dos hombres?
--Te ruego que me digas cómo lo has sabido, y por qué te interesa tanto ese asunto--preguntó Raskolnikoff visiblemente agitado.
--¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien me lo ha dicho casi todo.
--¿Porfirio?
--Sí.
--¿Y qué es lo que te ha dicho?--preguntó Raskolnikoff inquieto.
--Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el método psicológico, según su costumbre.
--¿Y te lo ha explicado él mismo?
--El mismo; adiós. Algo te diré más adelante. Ahora tengo necesidad de dejarte... Hubo un tiempo en que llegué a creer... vamos, ya te lo contaré otro día... ¿Qué necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin haber bebido una gota de vino. Adiós, hasta muy pronto.
Y salió.
«Es un conspirador político; sí, de seguro, de seguro--acabó definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.--Ha comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura es muy probable, dado el carácter de Advocia Romanovna. Han celebrado entrevistas... Ya me lo habían hecho sospechar ciertas palabras... esas alusiones... sí, eso es. De otro modo, ¿cómo encontrar una explicación? ¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, había formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de él. La otra noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la lámpara, tuve un minuto de alucinación. ¡Oh, qué idea tan horrible pude concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. Sí, al presente se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extrañeza de su conducta, aquel humor sombrío o feroz que manifestaba ya cuando era estudiante... Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de dónde procede? Algo todavía hay ahí... Yo sospecho... no tendré reposo hasta que halle la clave de todo esto.»
Al pensar en Dunia, sintió que se le helaba el corazón y se quedó como clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre sí mismo.
En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levantó y se acercó a la ventana; luego se paseó de un rincón a otro, como si hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin, volvió a sentarse en el sofá. Un repentino cambio habíase operado en él; tenía aún que luchar; era un recurso.
Sí, un recurso; un medio de escapar de su penosa situación y de la angustia que padecía desde que vió a Mikolai en el despacho de Porfirio. Después de aquel dramático incidente, en el mismo día, ocurrió la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias y desenlaces habían engañado las previsiones de Raskolnikoff. Se había mostrado débil; había reconocido, de acuerdo con la joven, y reconocido sinceramente, que no podía llevar solo semejante fardo. ¿Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra manera; existía quizá medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de Porfirio era harina de otro costal.
«¿De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el método psicológico?--continuaba diciéndose Raskolnikoff--. De seguro hay aquí algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio? ¿Cómo Porfirio ha podido creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, después de la escena que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite más que _una_ solución? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en él una convicción tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas confesiones de Mikolai.
»Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor le ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a casa de Porfirio; pero, ¿por qué este último le ha engañado de este modo? Es evidente que no ha hecho tal cosa sin ningún motivo; debe de tener sus intenciones; pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel día, y no tengo aún ni rastro de noticias de Porfirio. Quién sabe, sin embargo, si éste no será un mal signo...»
Raskolnikoff tomó la gorra, y, después de ligera reflexión, se decidió a salir. Aquel día, por primera vez, después de muy largo tiempo, se sentía en plena posesión de sus facultades intelectuales.
«Es preciso acabar con Svidrigailoff--pensaba--, y, cueste lo que cueste, terminar este asunto lo más pronto posible. Además, parece que espera mi visita.»
En aquel instante se desbordó el odio de tal manera en su corazón, que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habría vacilado en hacerlo.
Mas apenas había acabado de abrir la puerta, cuando se encontró cara a cara con Porfirio en persona. El juez de instrucción venía a su casa. Al pronto Raskolnikoff se quedó estupefacto; pero se repuso en seguida. Cosa extraña: aquella visita, ni le asombró demasiado, ni le causó casi ningún terror.
«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por qué ha amortiguado el ruido de sus pasos? Nada he oído. Quizá estaba escuchando detrás de la puerta.»
--No esperaba usted mi visita--dijo alegremente Porfirio Petrovitch--. Tenía desde hace mucho tiempo el propósito de venir a verle y, al pasar delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. ¿Iba usted a salir? No le detendré. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un cigarrillo...
--Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, siéntese usted--dijo Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable y satisfecho, que él mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido verse.
Habían desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes. Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado luchando con un ladrón experimentando angustias mortales, no siente ningún temor cuando el puñal del bandido llega a su garganta.
El joven se sentó enfrente de Porfirio y fijó en él una mirada tranquila. El juez de instrucción guiñó los ojos y comenzó por encender un cigarrillo.
«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba mentalmente Raskolnikoff.
II
--¡Oh, estos cigarrillos--dijo por fin Porfirio--son mi muerte, y no puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritación en la garganta, y, además, soy asmático. No hace mucho que me hice visitar por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media hora; después de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me dijo, entre otras cosas: «No le prueba a usted el tabaco; tiene usted los pulmones dilatados.» Está bien; pero, ¿cómo dejar de fumar? ¿cómo substituir una costumbre? Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia; ¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff.
«He aquí otra vez un preámbulo que deja traslucir la astucia jurídica», murmuró aparte Raskolnikoff.
Se acordó de su reciente entrevista con el juez de instrucción, y aquel recuerdo aumentó la cólera de que su alma rebosaba.
--Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?--continuó Porfirio Petrovitch, paseando la mirada en derredor suyo;--estuve en este mismo cuarto. Halléme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurrió hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entré, le esperé un momento, y fuí después, sin decir mi nombre a la criada. ¿No cierra usted nunca?
La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía cada vez más. Porfirio Petrovitch adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando.
--He venido a explicarme, querido Rodión Romanovitch. Debo a usted una explicación--prosiguió sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del joven; pero casi al mismo instante tomó su cara una expresión seria, hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de instrucción se mostraba ahora bajo una fase inesperada--. La última vez que nos vimos pasó entre nosotros una extraña escena. Quizá he cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordará usted cómo nos separamos. Ambos teníamos los nervios muy excitados. Hemos faltado a las más elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros.
«¿A dónde va a parar?»--se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos de Porfirio con inquieta curiosidad.
--He pensado que haríamos mejor en adelante en obrar con sinceridad--repuso el juez de instrucción, bajando un poco los ojos, como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su víctima--; no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro día, sin la entrada de Mikolai no se adónde habrían llegado las cosas. Usted es muy irascible por temperamento, Rodión Romanovitch, y sobre esto me apoyé, porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos. ¡Si yo pudiese, me decía, arrancar una prueba cualquiera, aunque fuese la más insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa distinta, en fin, que todas esas inducciones psicológicas! Tal es el cálculo que había yo hecho. Algunas veces este método da el resultado apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasión de comprobar. Me hacía muchas ilusiones respecto del carácter de usted.
--¿Pero usted, por qué me dice todo eso?--balbuceó Raskolnikoff, sin acabar de darse cuenta de la cuestión que se planteaba--. «¿Me creerá acaso inocente?»--añadió para sí.
--¿Por qué digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel tortura, y no quiero, Rodión Romanovitch, que me considere como un monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y naturaleza creo superfluo hablar; inútil creo también decirle a usted en qué ocasión se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En cuanto a mí, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido para mí la misma conclusión. Lo confieso francamente, porque, a decir verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete. Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo género nada significan. Estando en esto, tuve ocasión de conocer el incidente ocurrido en el despacho de policía. Aquella escena me fué referida con todo género de pormenores por alguno que había desempeñado su papel a las mil maravillas. Pues bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse en cierta dirección? «Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones no hacen una prueba», dice el proverbio inglés; esto también es lo que aconseja la razón; pero, ¿quién puede luchar contra las pasiones? El juez de instrucción es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me acordé también del trabajo que publicó usted en una Revista. Me había gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de la juvenil pluma de usted. Se veía allí una convicción sincera y un entusiasmo ardiente. Aquel artículo debió de ser escrito con mano febril durante una noche de insomnio. «El autor no se detendrá aquí», pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, no relacionar esto con lo que luego se siguió? La atracción era irresistible. ¡Ah, señor! ¿Digo algo? ¿Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a señalar una reflexión que me hice entonces. ¿Qué es lo que pienso ahora? Nada; es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos a Mikolai y hay hechos que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le digo todo esto, es para que no dé usted torcida interpretación a mi conducta del otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, no se hizo un registro en mi casa? Estuve aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba usted enfermo, no como magistrado, sin carácter oficial. El cuarto de usted, desde las primeras sospechas, fué registrado minuciosamente, pero sin resultado. Entonces me dije: «Este hombre vendrá a mi casa, vendrá él mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable, no puede dejar de venir. Otro no vendría, pero éste no faltará. ¿Se acuerda usted de las palabrerías de Razumikin? Le habíamos comunicado de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que él excitaría a usted hasta el punto de hacerle confesar. El señor Zametoff estaba asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba para decir en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente cosa muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he aquí que Dios le envió. ¡Con qué fuerza latía mi corazón cuando le vi a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía usted de ir? Sin duda recordará también que entró riéndose a carcajadas. Su risa me dió mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no hubiera fijado mi atención en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir de la piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra bajo la cual están ocultos los objetos. Me parece que la estoy viendo desde aquí, no sé dónde, en un huerto. ¿No es de un huerto de lo que usted habló a Zametoff? Después, cuando hablamos del artículo de la Revista, creímos ver una segunda intención detrás de cada una de las palabras de usted. He aquí cómo, Rodión Romanovitch, mi convicción se ha ido formando poco a poco. «Ciertamente esto puede explicarse de otra manera», solía decirme yo, y aun podría ser que fuese más natural; convengo en ello. Mejor sería una prueba, por pequeña que fuese. Pero al saber la historia del cordón de la campanilla, no tuve ya duda alguna; creí poseer la prueba deseada, y ya no he querido reflexionar más. En aquel momento hubiera dado de buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgués que le había llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle. Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, después de lo sucedido, ¿cómo ha podido asombrarse usted, Rodión Romanovitch, de la manera como me he portado? ¿Y por qué, precisamente en aquel momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impulsó a usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... ¿Se acuerda usted de la entrada de Mikolai? Aquello fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Después que usted se marchó seguí interrogándole. Me respondió sobre ciertos puntos de una manera tan exacta, que me quedé asombrado; a pesar de esto, sus declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me quedé tan inquebrantable como una roca.»
--Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le había asegurado que...
Le faltó el habla y no pudo continuar.