El corazón juglar

Part 2

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Madrid, Calle del Pez, 1916.

A UN RINCÓN MADRILEÑO

Plaza de Santa Ana, vieja plaza mía, de árboles añosos y ágil alegría, donde, tarde a tarde de verano, el sol, frente a mis curiosas miradas ponía los brillos fugaces de su pedrería sobre la fachada del Teatro Español.

¡Plaza de Santa Ana que me diste abrigo, que me recibiste como a buen amigo, y, paciente abuela, con sabia bondad me contaste cuentos de Lope y Cervantes, de Felipe Cuarto, de los comediantes, de amor y de ingenio, de gloria y piedad!

Bien supiste cómo no era yo un extraño, y entonces sacaste tus galas de antaño: un tapiz pendiendo de cada balcón; y en un esplendente desfile de trajes espadas, brocados, joyeles, encajes, las calzas de seda y el negro jubón.

Cruza el mercedario Téllez. ¡Qué galana llega la figura de Villamediana! Por aquí una dueña, por allí un truhán. Viene, en alboroto, la _mosquetería_... ¡Plaza de Santa Ana, vieja plaza mía, por tu claro ambiente cuántas sombras van!

Poetas famélicos, mujeres gentiles, enhiestas las varas de los alguaciles; lámparas que humean del retablo al pie. Lances picarescos de amor y fortuna, la mitad en sombra, la mitad en luna, y un heroico anhelo de codicia y fe.

Junto al terciopelo, la estameña parda; junto al ciego músico, los ojos de Anarda; la bella Amarilis con Ruiz de Alarcón. Del _corral_ se escapan ritmos de Chacona, jácaras risueñas y versos que entona con énfasis lleno de gracia el histrión.

¡Tiempos de malicia, de plegaria y canto, de lujo y miseria, de risa y de llanto, de monjes y cómicos, de bien y de mal! ¡Siglo diez y siete, que yo amo y admiro; comedias del _Príncipe_, fiestas del _Retiro_, calles solitarias, de muro claustral!

Hoy todo ha cambiado menos tú. Lozana, tu vieja alegría, plaza de Santa Ana, tiene, como entonces, luz, vida y color: galán que provoca, niño que vocea, dama que se encubre y cura que haldea detrás de las mozas que venden amor.

Entre dos portales, como en hornacina, el mendigo ciego toca la ocarina, la sucia gitana dice el porvenir. Lleva el viento voces, y la luz, diamantes; y--orquesta del coro de los estudiantes--en techos y frondas charlan, como antes, los gorriones, esos hijos de Madrid.

¡Plaza de Santa Ana, donde yo vivía dos horas de fuego, de luz y alegría, las tardes del limpio verano español. Para que diviertas mi melancolía, mientras que yo vuelvo, guarda, plaza mía, tu júbilo arcaico, tu ensueño y tu sol!

Madrid, Diciembre 30 1918.

EL BESO DE LA SOMBRA

A veces, en la noche, mientras leo --olvidado de todo lo que existe-- y oigo en mi estancia sola el aleteo de mi espíritu triste,

baja a mi frente, a refrescar mis males, un soplo, cual un hálito de brisa; el que abrió en unos labios virginales la flor de la sonrisa.

Aroma que aspiré cuando compuse el madrigal más puro y más risueño; suspiro de una boca en la que puse por cada ósculo, un sueño.

¡Suave aliento de amor que me circunda de ultraterrestre luz desconocida, llévame al seno de la paz profunda, y, como sobre llama moribunda, sopla sobre mi vida!

Avita, Febrero 1919.

EL DOLOR CANSADO

Hoy, como aquel poeta de las _Rimas_, la viste, y ni sonrió el cielo, ni brilló más la luz. _Ella_ posó en tus ojos una mirada triste... y tú ya no tenías ni fe ni juventud.

Pero bajo la sombra de un doloroso olvido se estremeció la angustia de tu pasión fatal, y se avivó el recuerdo, y el corazón herido sintió que lo punzaban con una espina más...

México, Julio 1918.

LA VISITA DEL EXTASIS

Tenía la tristeza a flor de alma bajo la noche azul, radiante y bella. Ví la ciudad dormida, el mar en calma... Y, de pronto, cayó sobre la palma de mi mano, una estrella.

Lleno de vida, el sideral diamante, en brillos expresaba su emoción. Venía de un misterio muy distante, y entre mi mano estaba palpitante, tal como un corazón.

Sentí en el pecho una caricia pura que con su refulgencia cristalina fundió mi ser en no sé qué ternura religiosa y divina.

Fué un instante sublime de consuelo que lo infinito puso en mi vivir... Después, la estrella prófuga del cielo, como ave de luz trémula, alzó el vuelo y se volvió a clavar en el zafir.

Habana, 1915.

VESPERTINA

Un largo silencio en mi vida; en el alma un obscuro pesar. --¡Y la tarde en zafir encendida! ¡Y la tierra sensual y florida! ¡Y amoroso el arrullo del mar!

Un recuerdo que en mí desfallece. Un afán que los ojos cerró. --¡Y la luz de este ocaso que ofrece un camino al ensueño y parece ave azul que las alas abrió!

Ansiedad, como en noches de infancia, de dormir sin dolor ni placer... --¡Y una dulce canción que, a distancia, va esparciendo, como una fragancia, una trémula voz de mujer!...

Fuenterrabía, Septiembre 1918.

CUADRO DE GÉNERO

INTERIOR

Un tiesto de porcelana de China, blanco y azul, con su cimera de rosas desmayadas por la luz. En el balcón está el tiesto; y el balcón es como un cuadrado de nieve y de oro, (sol, mañana, cielo y tul).

En el interior sonríe todo: el biombo de bambú en cuyo zigzag de raso tiemblan flores al trasluz; el verde tapiz del muro donde un reloj de _cucú_ cuelga su caja de cedro --en la que suena el _run-run_ de la fina maquinaria de los tiempos de Mambrú--; la mesa Primer Imperio con la amarillenta cruz de marfil, bajo el fanal de vidrio; el negro baúl con repujados adornos de hierro; el busto de Glück en una vieja aguafuerte; la estampa bíblica (Ruth y Noemi); el sillón de coro, la arcaica y noble curul cuyos brazos platerescos se abren en forma de U. ¡Antiguallas que sonríen tocadas de juventud!

Afuera, el día que esplende, la plaza sola, ningún ruido, el adormilado arrabal en plenitud de sol, el dorado gris del polvo; el calvo sauz que en una tapia de adobe apoya su senectud.

Medio día. Una voz canta a lo lejos. Aire, luz, bochorno, apaciguamiento; todo sonríe en quietud. ¡Y tú, rumiando tristezas, sientes llegar del azul del cielo; del aire, de las cosas, la juventud, alma mía, y el ensueño, que fué milagroso augur, y la ilusión, hada buena, cuya vara de virtud dibujó en tus horizontes una divina Stambul! ¡Antigualla dolorosa, te invita el ambiente; haz un esfuerzo; todo sonríe; sonríe, alma mía, tú!

México, Colonia de la Bolsa, 1914.

UN VIAJE AUDAZ

Frente al gran Ocaso lento me hice todo pensamiento y un capricho extraño tuve: en el esquife de argento de una nube, embarquéme a la conquista de un ensueño tenue y vago. --El crepúsculo era un lago de amatista.-- Y partí nimbo a la flava isla, donde lisonjera y amorosa me esperaba la Quimera. Ví a lo lejos lirios, rosas, en florestas de ideal, y ciudades milagrosas de cristal. Ví un alcázar escarlata, y un jardín de pedrería y una negra cabalgata que corría. Ví plomizas catedrales, grises torres, áureos domos, y calados de vitrales policromos. Ví en la testa de un endriago una rútila guirnalda. --El crepúsculo era un lago de esmeralda.--

Y bogué, bogué... Mi esquife, hecho de argentino encaje, sorteaba el arrecife del celaje. Ví una nube con un mago de fantástica silueta. --El crepúsculo era un lago de violeta.-- ¡Qué horizonte tan profundo, tan joyante, tan sedeño! ¡Qué ansiedad la de ir al mundo del ensueño!... Yo iba en éxtasis, absorto de seguir la blanca huella que en la nube dejó el orto de una estrella.

Pero la isla nacarada de repente se hizo obscura y fué niebla salpicada de blancura. Y mi esquife era disforme barca negra en la extensión alargándose en enorme nubarrón. ¿Cuánto tiempo mi esperanza bogó en esa triste nave? No lo sé... La lontananza no lo sabe.

Volví solo y sin amparo; no halló nada mi delirio. Al regreso, como un faro, me guió Sirio. ¡Mentiroso firmamento! La Quimera, ¿dónde está? --Más allá--me dijo el viento--; ¡más allá! Y grité desesperado: --¿Dónde te alzas, Eldorado en que el alma busca asilo? ¡Y la noche era un callado mar tranquilo!

Buenos Aires, junio 1918.

EN CASTILLA

Tarde nublada y húmeda. El callejón se empina y se tuerce. Los viejos muros hacen zig-zag. Nadie asoma... Y de pronto, de la plaza vecina llega una dama: el manto cubre, a medias, su faz.

En pos viene la dueña, corva y magra... ¡Qué fina la altivez en la joven! ¡Qué donaire al andar! En la vieja, ¡qué gesto de lechuza mohina! Y en las cosas, ¡qué hermética y vetusta hosquedad!

Robusto y lento, un fraile, que aparece en la esquina, frente a moza y a vieja reverente se inclina: sus ojos son burlones y luenga su nariz...

Hiere un cuadro del siglo catorce mi retina: (La audaz Trotaconventos, la hermosa doña Endrina y el risueño poeta y arcipreste Juan Ruiz.)

Segovia, septiembre 1916.

LOS TRES RUEGOS

Yo sufrí. Mas siento que la vida es buena porque poco a poco mi dolor serena y apacigua el ímpetu de mis alas rotas. ¡Corazón que fuiste como ánfora llena de tenues perfumes de pena, déjame que aspire las últimas gotas!

Yo soñé. Soñé mucho, y aun creo que el soñar eleva, y es virtud divina porque puso en mi sombra un gorjeo y encendió en mi noche la luz matutina. ¡Pasión insaciable, loco devaneo, deja que en el mustio jardín del deseo corte yo la rosa sin sentir la espina!

Yo esperé. Yo tuve profunda confianza en que, tras el negro viaje de la suerte, mi espíritu, libre de toda asechanza, saldría más puro, más alto, más fuerte. ¡Ciérrame los ojos, piadosa esperanza, si en la hora de la secreta mudanza abiertos de espanto los deja la muerte!

Hay luz tramontana; pero ya se llena de brumas la tarde. El cielo es como una vaguedad serena... ¡Vida que se acaba, vida noble y buena, déjame que sufra, déjame que sueñe, déjame que aguarde!

San Sebastián, septiembre 1918.

NOCHE VAGABUNDA

Vieja ciudad que vive y se recata en un ambiente arcaico: las callejas obscuras, las dormidas candilejas, el silencio, claustral; la quietud, grata.

Ciudad de desafío y serenata, de amor oculto y de tupidas rejas; ciudad que tiene, entre sus cosas viejas, el hosco templo y el jardín de plata.

Con española austeridad vigila --del grave siglo diez y siete, espejo-- bajo la noche fúlgida y tranquila. Y yo, pensando voy mientras me alejo con rumbo al mar distante que cintila: Para vieja ciudad, corazón viejo.

Matanzas, 1915.

EL CEMENTERIO

Pero yo soy el mismo, soy el mismo de ayer.

GONZÁLEZ MARTÍNEZ.

No, poeta, te engañas, no eres el mismo. ¡Tienes tantos muertos sepultos dentro del corazón! Aquel que amaba, libre de males y de bienes, sonámbulo de un mundo de luz y de ilusión.

Aquel que ansiaba un fresco laurel sobre las sienes como un premio al glorioso ritmo de una canción; aquel que, malherido de engaños y desdenes, pedía la limosna de una consolación.

Y aquel... Y aquel... ¡Han muerto tantos en ti, poeta!

Los recuerdos se agolpan en la cripta secreta donde yacen tu anhelo, tu fe, tu juventud.

Tu _yo_ actual sufre porque a sus muertos no olvida, y con recelo espera que lo acueste la vida, blandamente, en el fondo del último ataúd.

Madrid, Noviembre 1917.

ALBORADA

Es hora ya de levantarse, hermana. Por la rendija del balcón ha entrado sutil velo de luz. En el granado hay trinos. Hay en la penumbra, grana.

Ya despertó en la torre la campana... ¡Qué gran fatiga! ¡Cómo hemos velado! Abre la puerta; el cielo nos ha dado un día más.--La sombra está lejana.--

El insomnio sacude; no me dejes buscar el pan sin ti; nunca te alejes del corazón.--Despunta la mañana.-- ¡Tristeza, humilde y tímida tristeza, abandona el delirio y la pereza; es hora ya de levantarse, hermana!

Habana, Agosto 1915.

EL SIMIL

La casa solariega que esfuma en el borroso ambiente su fachada de sucias piedras rojas, sirve de fondo al viejo jardín abandonado, todo él ramas desnudas en las que tiemblan hojas de un ocre acarminado. Aquí y allá verdean las cabelleras flojas de los pinos... ¡Qué fría la mañana de enero! Llueve. Caen las hojas con un vuelo cansado, navegan en las charcas plomizas del sendero; y un árbol que se apoya sobre la tapia mustia el rudo tronco inclina con tan doliente angustia que es como un hombre herido que dijese: ¡me muero!

De pronto de las ásperas y obscuras ramazones, como un collar de alas desgranado en las brumas, salen, alegremente jugando, unos gorriones sin miedo a la llovizna que les mojó las plumas.

Yo sonrío y evoco.--¡Oh, mi símil eterno; ágiles pajarillos, últimas ilusiones que alegráis la tristeza de mi vida en invierno!...

Madrid, 1919.

LA OFRENDA

Pena, la más grande de mi vida, pena que en lo más oculto de mi ser te hallas, pena que yo arrastro como una cadena, pena que te envuelves en obscuras mallas!

En el pecho, a todos mis males ajena, como en una triste cárcel te amurallas. Yo sufro inquietudes y tú estás serena; yo olvido y tú añoras; yo canto y tú callas.

Tú siempre callaste, por miedo a la mofa; nunca tu secreto reveló la estrofa; vives en un largo silencio profundo.

Mas sé que mi espíritu dirá a Dios un día: --¡Señor: aquí tienes esta pena mía; es todo lo bueno que traigo del mundo!

En el Atlántico, Agosto 9, 1918.

DEL COMBATE INTERIOR

A Carlos Gutiérrez Palacios.

Yo sé que está muy cerca la muerte... Mas no importa. Viví una vida cálida de bien y de pasión. Si para mis delirios fué la existencia corta, ¡qué larga ha sido, en cambio, para mi corazón!

La fantasía anduvo, sonámbula y absorta, por tierras de milagro, de sueño y de ilusión. El sentimiento, a rastras y herido, no soporta ya la fatiga, y pide paz, descanso y perdón.

Yo sé que está muy cerca la muerte... ¡Desventura! ¡No ver la flor que se abre ni el astro que fulgura!--; dice, con insaciada sed, la imaginación.

Y el sentimiento, humilde: ¡Qué bien está!--murmura--; ¡aun puedo con las pálidas heces de la ternura manchar el cristalino vaso del corazón!

Madrid, Diciembre 1918.

SEMBLANZA

Un platónico. Un cazador de estrellas con un temperamento ultrasensual. Mi alma es como un camino, todo huellas del paso, así del Bien como del Mal.

Salió a veces mi aliento en un suspiro que quería ser ósculo. Yo estuve clavado a un seno en flor, como un vampiro, o como un ave, envuelto en nube.

Abrí celajes y crucé pantanos; y hoy, con tristeza resignada, veo flamear, moribunda entre mis manos, la lámpara de arcilla del deseo.

No hay aceite en mi lámpara de arcilla; pero ya no es preciso que me alumbre: puedo llegar con luz a la otra orilla: sobre mi corazón el sueño brilla como puesta de sol sobre una cumbre.

Me salvan de la sombra del abismo alas de fe, que respetó la edad. La carne se cansó; pero es el mismo mi terco y juvenil romanticismo bajo mi débil voluptuosidad.

Madrid, Febrero 1919.

LA CITA

Estas voces de otoño, que va hilando la rueca de la imaginación, están descoloridas y suenan a hoja seca y a vetusto esquilón. Es que mi fantasía pagó al tiempo el tributo; mas rememoro, a veces, con goce juvenil, que el árbol de mi lírica dió sazonado fruto y floreció en abril. Hoy mi vida está opaca de bruma cenicienta, pero en mi corazón un apacible fuego primaveral calienta a una anciana ilusión. Puedes venir. Acaso mi soledad se alumbre con tu presencia--¡oh tímida virgen!--. Puedes entrar. ¡Tal vez cuando te acerques avivarán su lumbre los leños del hogar!

Buenos Aires, Julio 1919.

PIGRICIA

No es dolor, es un dulce cansancio. Yo he vivido camina que camina por la llanura inmensa, y tengo la fatiga que pide, en recompensa, echarse sobre el polvo como un perro aterido.

Lo que de andar me falta con desencanto mido, y el árido horizonte, que sabiamente piensa, me dice:--Tú no eres para la vida intensa; tiéndete bajo un árbol y quédate dormido.

No es dolor, no es hastío; es descoyuntamiento que tenue y suavemente debilita mi aliento y que a llorar me obliga sin saber yo por qué.

El cansancio del río que a la mar se avecina, la pereza apacible de la luz vespertina, la tristeza del nido que sin alas se ve.

Madrid, Octubre 1916.

LA CASTAÑERA

Hace un frío que hiela el aliento. El ocaso envuelve en púrpura a Madrid. Todos los transeuntes van con ligero paso. Y son, cristal la calle; la lejanía, raso, y cúpulas y torres y remates, rubí.

Al pie del muro--códice de históricas hazañas--, frente al brasero mustio que apenas da calor, está una viejecita, que, asando sus castañas, murmura _sotto voce_ quién sabe qué canción.

La viejecita canta con voz alegre y suave; la viejecita canta cuando el atardecer es limpio... Canta a solas, con júbilo, quién sabe qué canción de placer.

Yo me detengo y digo:--Viejecita, ¿qué cantas? Ella me ve y responde:--Señor, lo que sentí. ¡Y estoy emocionado, porque recuerdo a tantas gentes que son así!...

Madrid, 25 Enero 1919.

MAÑANA DE ENERO

En el Paseo del Prado.

Largas filas de troncos negros que, en lo alto, engreñan su varillaje y fingen un dibujo nipón hecho, a líneas obscuras, en seda blanca. Sueñan, a lo lejos, dos fuentes de colmado tazón.

Los árboles son gruesas barras de tinta china; el agua de la fuente de vidrio ahumado es; es un manchón de niebla la gente que camina, y el fango del suelo hunden las huellas de los pies.

Al fondo, el horizonte su espesa bruma prende con un clavo de plata, lívido y diagonal, y en planos nebulosos, el caserío extiende sobre el espacio una silueta fantasmal.

En la banca de piedra, cautivo del ambiente húmedo y penumbroso del invierno español, ¡qué solo y qué nostálgico mi espíritu se siente!... Me acuerdo de mis lares y digo de repente, como el Osvaldo de Ibsen: --¡Madre, yo quiero el sol!

Madrid, Enero 1919.

ALMA CIEGA

Yo nada supe de Filosofía... Anduve el mundo con el alma ciega. Imaginóse el alma que veía, y fué una mariposa en la bujía, y fué una flor que al huracán se entrega.

Frente a toda ilusión abrió los brazos. Junto a toda promesa de cariño, de la veste carnal rompió los lazos y se mostró desnuda como un niño.

Pasó cándida y triste por la vida; en las rutas del mal, dejó sus huellas; y algunas veces se quedó dormida a la piadosa luz de las estrellas.

A tientas fué con ansia voluptuosa de aspirar el perfume de la rosa, y oir del ave el canto, de la hoja el vuelo y de la fuente el llanto.

Siguió siempre las voces del destino; y a cada instante, hambrienta de ilusiones, detúvose en la orilla del camino a oler el campo y a cantar canciones.

Vivió en su sombra azul, tranquila y buena; mas presintió la claridad del día, y recibió con voluntad serena el placer fácil y la dócil pena...

Yo nada supe de filosofía.

Madrid, Diciembre 1918.

MI AMIGO EL POETA

Yo tengo un amigo--¡parece mentira!-- que no me traiciona ni habla mal de mí. Es también poeta; tiene voz y lira. Hace ya tres años que lo conocí.

Fué en la primavera de mil novecientos diez y seis. Yo andaba por un sitio agreste; la tarde encendía magias y portentos en el solitario Parque del Oeste.

Una banca humilde me invitó al descanso; un fresco ramaje me dió sombra buena; y oí, como en sueños, el _ruido manso_ que pone en olvido gloria, ambición, pena.

Me ví bajo un pino de tronco robusto, que, entre la arboleda, noblemente erguido, tendía sus ramas, sereno y augusto, como un candelabro de jade bruñido.

Caía en las lomas verdicenicientas la noche: un lucero brillaba en la cumbre; y las guiñadoras luces de las ventas brincaban como unos insectos de lumbre.

Perdido en la sombra quedaba algún rayo de sol. Todo era misterio divino. Y el pino cantaba, y el viento de Mayo cantaba... Cantaban el viento y el pino.

Yo, rememorando mis viejas historias, olvidé pesares que al pecho se clavan, y las juveniles y dulces memorias, como árbol y viento, cantaban, cantaban.

Desde entonces toda mi amistad consagro en el bondadoso parque madrileño al noble poeta que me hizo el milagro de arrullar mi angustia y evocar mi ensueño.

¡Pino de olorosa y eterna frescura, gracias por tus leves canciones suaves, y por la caricia de tu fronda obscura y por el angélico trinar de tus aves!

Tú, que mi punzante nostalgia mitigas; tú, que me recuerdas las frondas amigas del jardín remoto de mi amor primero; tú, que mi cansada soledad abrigas: cuando ya no queden ni huellas de enero y el campo se cubra de flores y espigas, ¡tiéndeme tus ramas, árbol extranjero, para que a tu sombra duerman mis fatigas!

Madrid, Febrero 1919.

DONES

Mi padre fué muy bueno: me donó su alegría ingenua; su ironía amable: su risueño y apacible candor. ¡Gran ofrenda la suya! Pero tú, madre mía, tú me hiciste el regalo de tu suave dolor.

Tú pusiste en mi alma la enfermiza ternura, el anhelo nervioso e incansable de amar; las recónditas ansias de creer; la dulzura de sentir la belleza de la vida, y soñar.

Del ósculo fecundo que se dieron dos seres --el gozoso y el triste--en una hora de amor, nació mi alma inarmónica: pero tú, madre, eres quien me ha dado el secreto de la paz interior.

A merced de los vientos, como una barca rota va, doliente, el espíritu, desesperado, no. La placidez alegre poco a poco se agota; mas sobre la sonrisa que me dió el padre, brota de mis ojos la lágrima que la madre me dió.

Madrid, Febrero 8-1919.

IGNORANCIA

Por entre los días ásperos y graves que del misterioso destino recibes, se deslizan horas alegres y suaves: tú, como un sonámbulo, las gozas, las vives, pero no lo sabes.

Una canción leve suena en tu camino; la sombra de un ángel visita tu casa; tu vaso se colma de lúcido vino... Oyes, sueñas, bebes... Y todo no es sino la dicha que pasa.

Tú ignoras y olvidas... Mas con oportuna sorpresa, en tu alma brilla de repente, como en negra cárcel un rayo de luna, el dulce recuerdo que orea, como una caricia, tu frente.

Entonces comprendes: te engañó la vida; en lugar del triunfo te dió la derrota. Mas como las cumbres, la ventura ida parece más bella, más azul y erguida cuanto más remota.