Part 1
EL CORAZÓN JUGLAR
_BIBLIOTECA HISPANO-AMERICANA_
LUIS G. URBINA
EL CORAZÓN JUGLAR
Creer-Crear.
MADRID EDITORIAL PUEYO ARENAL, 6 1920
Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.--Madrid.
_En memoria de JUSTO SIERRA vida pura, alma blanca, pensamiento altísimo_.
_Ofrenda de mi dolor devoto._
LUIS
LAMINA ANTIGUA
Ya es viejo, mas aun vive cual en sus años mozos, bajo un sol veraniego o una invernal ventisca; y, por esos caminos, va recitando trozos de romances en donde la tristeza se enrisca.
Para llorar dolores y reir alborozos, trae a cuestas el viejo la guitarra morisca, la obscura compañera de trémulos sollozos, «de las voces, aguda; de los puntos, arisca».
De villorrio en villorrio, de posada en posada, a la lumbre del día, o a la luz plateada de la noche, va el viejo desgranando el cantar.
Un niño se detiene, se asoma una vecina, una puerta se abre, un balcón se ilumina... Y, rumbo al Sueño, pasa mi corazón juglar.
Madrid, Mayo de 1919.
SOR MELANCOLIA
POEMA DE VIAJE
En un convento vivía una monja que pasaba por santa, y que se llamaba la Hermana Melancolía.
AMADO NERVO.
I
APARICIÓN
_Frente a Cádiz._
El _Infanta Isabel_ empieza el viaje: de la línea del muelle al fin se arranca, y la ciudad, como de fino encaje, se va esfumando, caprichosa y blanca, y se diluye, en gris, sobre el celaje.
El abigarramiento del paisaje, con ser tan pintoresco, no interesa como el claro horizonte. Es el momento en que una nube cárdena y espesa extiende un friso de rubí y argento.
Cuando vuelve la calma al entrepuente, de codos en la extensa barandilla, me pongo a contemplar la maravilla de sol, y cielo, y mar, en el Poniente.
Ha comenzado el viaje... De improviso una figura de mujer absorta cerca de mí se yergue, y se recorta sobre la luz, con un perfil preciso.
Es una monja que detuvo el paso y ve morir la tarde. En su cabeza hay una expresión vaga de tristeza digna de la hermosura del Ocaso.
El crepúsculo enciende, en fuego vivo, el oleaje de cristal sonoro. Y aquel semblante dulce y pensativo se envuelve en una atmósfera de oro y me recuerda un cuadro primitivo.
El barco avanza... Sobre el mar violeta cae la noche pávida y sombría; y yo, que siento una emoción secreta, que es como una naciente simpatía, mirando a la mujer humilde y quieta, me acuerdo de la monja del poeta, la que llamaban Sor Melancolía.
II
ENTRETENIMIENTO ROMÁNTICO
Hiende el trasatlántico las ondas obscuras y el vidrio del agua se rompe en blancuras; cielo y mar, y cielo y mar, día a día: mañanas de niebla; tardes blondas, puras noches que florecen en diamantería.
Pasan _cocottes_, monjas, histriones y curas; vanidades cursis, falsas hermosuras: vulgaridad todo; todo tontería. Un farandulero va hablando locuras enfáticamente; y una vieja harpía echa a un vecino miradas impuras con un senil gesto de coquetería. ¡Qué iguales las horas, qué largas, qué duras! ¡Qué imbécil pereza! ¡Qué monotonía! Hiende el trasatlántico las aguas obscuras... cielo y mar, y cielo y mar, día a día.
Mas yo, que rumiando voy mis desventuras mojadas en una gota de ironía, endulzo mis ocios y mis amarguras y enciendo la lámpara de mi poesía, mirando tus ojos, fuente de ternuras, profundos y negros, Sor Melancolía.
III
CASTO RUEGO
El amor ha pasado en todos sus martirios. No temas. En la hora doliente y sosegada, irán, como en un cofre dos olvidados lirios, tu juventud marchita, mi madurez cansada.
Mis ojos no fulguran con insanos delirios; y, por sentir el fuego de una lumbre sagrada, cual mariposas negras en torno de los cirios, mis pensamientos buscan la luz de tu mirada.
Ya están--¡oh candorosa!--muertas las ilusiones, dormidos los deseos y quietas las pasiones; ya no queda un rescoldo del incendio voraz.
No he de romper el frágil cristal de tu pureza... Permite que en tus ojos, veneros de tristeza, se bañe largamente mi aspiración de paz.
IV
INSINUACION
Di, Sor Melancolía, di tu secreto en una mirada, de esas hondas miradas cristalinas que son como un Ocaso que emblanqueció la luna y mancha un fugitivo volar de golondrinas.
¿Eres tú de las almas que ya desde la cuna van al dolor, y siguen coronadas de espinas, y tienen en el mundo la gracia inoportuna del lirio que florece clavado en las ruinas?
Dentro de las monjiles tocas, blancas y negras, en vano tu semblante con la sonrisa alegras: tu gesto es misterioso y amargo como el mar.
Tu juventud es como la rosa que en el vaso litúrgico, agoniza de sed, y, paso a paso, decora con sus pétalos las gradas del altar.
V
PRIMERA DIVAGACIÓN
_A merced de los hados._
Desde el sillón de cubierta mi fastidio ve pasar, en ensoñación incierta, la hora muerta. La hora muerta y el mar. El cielo y el mar.
Va el alma serena y sola, Y pienso ante el rebullir impaciente de la ola, en la muchacha española que lloró al verme partir.
Ola humana (¡pobrecilla!) que sin llegar a la orilla y anhelante de placer, huye, torna, salta y brilla y no cesa de correr.
¿Adónde irá? No respondas, corazón, en vano ahondas: está lleno de _quién sabes_ el destino de las ondas, de las nubes, de las aves.
Lo sé. Mas siento una leve inquietud que me conmueve, porque no logro entender qué hará el viento que los lleve, con aquel celaje breve que enrubia el atardecer, con aquella onda de nieve --luz y espuma en el zafir...-- con aquella mujer que lloró al verme partir.
VI
MADRIGAL RELIGIOSO
En el hábito negro brilla el marfil pulido de tus manos, que tienen, como las que pintó el Greco, el alargado dibujo, el colorido anémico y la rara nobleza de expresión.
Manos finas y exangües que mueven tu rosario con lentitud de abeja que labra su panal; y vuelan por las páginas de tu devocionario, como los colibríes, de rosal a rosal.
Las miro, y sueño. Huelen a mirra sus marfiles. ¡Qué buenas si se juntan en la santa oración! ¡Qué frescas si se posan en las sienes febriles! Y sobre las heridas, ¡qué bálsamo de amor!
Las miro, y me parece que en días ya lejanos, con su virtud hubieran revivido mi fe. ¡Qué caricia tan pura guardarán esas manos, la soñada caricia que jamás sentiré!
VII
LUNA NUEVA
Yo, mudo y solitario; tú, aislada y silenciosa; las gentes, aburridas, y el ambiente, vulgar; mas en tus ojos tristes se abre, como una rosa sobre un lago, tu alma que nos ve a mí y al mar.
Dos niños que corrieran tras una mariposa somos tú y yo. Y la vida nos quiere castigar poniéndonos, tal como la abuela cariñosa: al uno frente al otro, con prohibición de hablar.
Vuelven tus compañeras junto a ti. Yo las miro con interés discreto. Yo recojo el suspiro que no exhalas y escucho tus querellas sin voz.
Mientras el mar de raso, suavemente sonoro, se adormece en la noche, y la luna de oro va cortando celajes cual si fuese una hoz.
VIII
AUTOBIOGRAFÍA LÍRICA
Oyeme con los ojos, ya que están tan distantes los oídos.
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ.
Miras furtivamente, las cejas juntas, y cual niñas traviesas a la ventana asoman a tus ojos las preguntas. ¿Quieres saber cuál es mi vida, hermana?
Parece que me dices:--«¡Pobre viajero! Se ve que estás cansado. ¿Por qué sendero arrastraste la vida? ¿Por qué viniste a surcar estos mares como un aventurero? ¿Por qué estás siempre solo, callado y triste?»
Soy uno de la errante caravana de Caín. El desierto me vió pasar, hermana; pasé fácil al sueño, dócil a la alegría; bien dispuesto al pecado y a la melancolía. El mal filtró en mi vida su fragante veneno. Fuí malo, y--¡Dios lo sabe!--siempre quise ser bueno. De todos los placeres ninguno me da encanto tan hondo y tan sincero como el placer del llanto. De todas las virtudes, para mí, la más alta, es la piedad. ¡El mundo la necesita tanto! Toda vida es estéril si la piedad le falta. Tu Dios, ¿no es una inmensa piedad? Pues es el mío: a Él la piedad humana va como al mar el río.
Hermana: yo he gozado todas las impurezas, y he sufrido la angustia de todas las tristezas. Un día hallé un oasis en el camino; una fuente en la arena bajo una palma. El cielo era una joya, y el divino crepúsculo tenía piedad y calma.
Me senté rodeado de todos mis cariños: una canción, un sueño, una anciana y tres niños. Y esperé. Lentamente, la tarde iba abriendo en la penumbra su estrella pensativa. Y la noche llegaba, luminosa y risueña, diciéndome: Reposa; ama; medita; sueña. Por el rosado ambiente, brillante de reflejos de sol la caravana de Caín, a lo lejos, se perdía, abrumada con todas sus miserias, con todos sus pecados, con todas sus histerias. Y yo desfallecía, pleno de confianza, solo con mis amores; solo con mi esperanza...
No vino la piadosa muerte, no vino; la vida, deshaciéndose en torbellino, desató sus furores contra mi suerte. Me castigó la vida, no la muerte. (Y aun se debate el alma, sumergida en el inmenso asombro de la vida.) Me empujaron las fuerzas de mi destino incierto a la sombra, a la noche y al desierto. Y aquí estoy. Hace tiempo que el mundo he recorrido en busca de una paz y de un olvido. Arrastré sufrimientos por tierras y por mares; y he secado mis ropas en ajenos hogares.
Así, en un tono lírico, te cuento el cuento; y siento que tú me compadeces mientras yo te lo cuento. A tus ojos, que brillan bajo las cejas juntas, ya no salen curiosas las preguntas. Ya lo dije: soy uno de la gran caravana de Caín; el desierto me vio pasar, hermana.
No sé ni lo que busco, ni lo que espero: caí, y al levantarme, perdí el sendero. Besé mi cruz. Y sigo: y amo mi pena. Compadéceme, hermana, tú que eres buena: soy más desventurado que aventurero.
IX
SALUDO MATINAL
Hoy has amanecido más pálida, hermanita, ¿Qué tienes? El insomnio te sombreó la tez. El mar de la mañana refleja su infinita luz de piedra preciosa sobre tu palidez.
¿Anoche recibiste la celestial visita como Santa Teresa? ¿O volaste, tal vez, con alas transparentes, por la región bendita que sueñas en tus cándidas horas de placidez?
¿O recordaste alguna novela favorita devorada en el claro jardín de la niñez: --el castillo; la escala; Gerineldos; la cita, y el pañuelo que asoma por el alto ajimez?-- Hoy has amanecido más pálida, hermanita: te ha pintado el insomnio de amarillo la tez.
X
SEGUNDA DIVAGACIÓN
Este es el romance vulgar del hombre sepultado en el mar.
Fué en la noche. Estaba el mar alterado y taciturno cual si protestase de que le volvieran sepulcro. Tenia brillos siniestros de plata vieja; y obscuros manchones; y parecía terciopelo azul y sucio.
Un cordón de extrañas testas, como goyesco dibujo, se inclinó en la barandilla de estribor--hilo de frutos fantásticos--: los curiosos miraban serios y mudos.
En el alba de aquel día, abajo, entre fuego y humo de máquinas, dos vulcanos riñeron, y cayó uno. El homicida, a la barra; y el muerto, al mar. Era justo. --Los de arriba, los felices, ¡qué saben de fuego y humo! Mas la noticia era trágica y original, y entretuvo.--
En la negrura del casco se abrió una escotilla; un brusco resplandor amarillento hirió las aguas, y, al punto, una cárdena linterna apareció y echó un fúlgido torrente de sangre, en el mar, que enrojeció de súbito.
Chirriaron cordeles, y salió el ataúd, de rudos tablones, balanceándose sobre el abismo, un minuto.
El capellán, invisible, rezó en alta voz algunos latines. Dos marineros --el cordel entre los puños-- fueron dejando caer, en su líquido sepulcro, el ataúd. Se abrió el mar compasivo y taciturno; y argentado y azul, era como un palpitante túmulo.
Resplandecían los astros en el horizonte adusto, y entre las sombras, fingían ojos de mirar ceñudo. En aquel supremo instante me acordé de Víctor Hugo. «¡Un hombre al mar!» Sin embargo, el buque no se detuvo. Algunas gotas de llanto; algunas caras de susto; algún dicho filosófico; algún chiste audaz y estúpido...
El barco, lleno de luz, siguió tranquilo su rumbo. Sonó el piano en el salón; tocaron un vals los músicos; se cantó el _Vorrei morir_, se aplaudió algún cuento burdo.
Tres vaporosas _cocottes_ y cuatro _monoclos_ lúcidos mezclaban _champagne_ y risas en la _cámara de lujo_. Hervía el _piccolo mondo_ en un regocijo absurdo.
Sólo la hélice gemía, solo el mar llevaba luto.
XI
ADIVINACIONES
La biografía soñada.
Oh, los símiles viejos, que entretienen la sed de imaginar, las viejas flores retóricas que se abren y que tienen la verdad, el hechizo y los fulgores de esos paisajes que a nosotros vienen en un cinematógrafo a colores!)]
La brisa es un suspiro de abril. El mar, un campo azul. El cielo, un pálido zafiro. La nube, un cisne. El barco va, en su vuelo, con levedad ingrávida de pluma, envuelto en telas diáfanas y blondas, y bordando en la seda de las ondas arabescos de espuma.--
Hermana, tú reposas en la silla de cubierta, y señalas en tu actitud una emoción sencilla, y en el perfume de éxtasis que exhalas ante la maravilla de la serena inmensidad que brilla, el pensamiento y el mirar resbalas.
--El barco va, con levedad de pluma envuelto en finas claridades blondas, y bordando en la seda de las ondas arabescos de espuma.
Miro tu éxtasis, Sor Melancolía, y sobre el mar risueño, voy con los hilos de la fantasía; dibujando una flor de poesía en el lino de un sueño.
...La empinada calleja, siempre polvosa y solitaria; el muro, alto y sombrío, y el portal obscuro, y la vetusta reja.
¿Toledo? ¿Avila? ¿Burgos? Quizá... Alguna ciudad llena de sol y de antiguallas, con su puerta moruna y su río en la orilla, y que, con torres, claustros y murallas pregona, entre la herrumbre y la polilla, leyendas de milagros y batallas en las ocres llanuras de Castilla.
Allí pasaste la niñez, sin pena y sin placer. Y abrióse, en el devoto ambiente, tu alma buena, tal como una clorótica azucena se abre en un tiesto roto. Dócil al bien y a la maldad ajena se deslizó tu vida provinciana, juntando a la doméstica faena la misa parroquial de la mañana y el familiar rosario de la cena.
Corrió el tiempo... Y un día, por tu calle pasó, como en un sueño que te impregnase el alma de alegría, el galán lugareño.
--El barco va con levedad de pluma envuelto en finas claridades blondas, y realza en la seda de las ondas arabescos de espuma.--
Y en la vidriera que la luz irisa, a la hora del silencio vespertino alzabas los visillos, y, de prisa, echabas a su paso una sonrisa como si le enflorases el camino.
La embriaguez de un jardín en primavera aspiraste en el púdico deseo, y tembló tu alma entera con la inquietud de la primer quimera, como un nido que siente un aleteo.
¿Fué traición? ¿Abandono? ¿Desencanto? Tú escondes el secreto; mas la vida mordió una vez tu seno, y su mordida la cándida ilusión deshizo en llanto. Y qué cruel y persuasivo acento --voz de Hamlet, irónico y violento-- decirte pudo la falaz lisonja: --«Eres buena, y el mundo es un tormento para las almas buenas. ¡Ve a un convento! ¡Anda! ¡Métete monja!»
Y nada más... Así pasó. Tranquilos, mas no estériles son tus sinsabores. Tu vida pasa entre cuidar asilos, velar enfermos, consolar dolores.
Disculpa que profane tus tristezas: soy un viajero que, atrevido, arranca una corola blanca y que perfuma así las impurezas.
Tu vida es como un velo de candor primitivo, simple como esta página que escribo mientras tú ves el cielo.
¡Ah, pobre hermana, pobre mujer, buena y sencilla, que va rezando sobre el abismo sin fondo y sin orilla!...
Mas... dime: ¿es una lágrima que brilla o una gota del mar, turbia y salobre, la que rueda en tu pálida mejilla?
--El barco va con levedad de pluma envuelto en finas claridades blondas, y realza en la seda de las ondas arabescos de espuma...
XII
TERCERA DIVAGACIÓN
Un suspiro por Madrid.
Madrid, el de las calles torcidas, los jardines antiguos, los palacios y la Plaza Mayor. Madrid de las verbenas, los _tupis_ y los _cines_. Madrid, pícaro y noble, viejo y evocador!
¡Ciudad de río mísero y de áridos confines; ciudad de las mujeres de la boca de flor; ciudad de los mendigos y de los malandrines; ciudad de la alegría, la gracia y el amor!
Una igualdad arcaica pone encanto en tu vida. Menipo es feliz dentro de su capa raída, y el niño de Vallecas le da la mano al Cid.
¡Madrid, el de las típicas y pintorescas gentes; el de los rojos techos, el de las claras fuentes; el de Goya y Velázquez... ¡Madrid! ¡Madrid! ¡Madrid!
XIII
GALANTERÍA
Así, dentro la negra toca de blanco filo que tu cabeza ciñe y oculta tu cabello, tu cara resplandece, y en su óvalo tranquilo una invisible lámpara pone su azul destello.
La toca, que desciende y a tus hombros da asilo, es un emblema puro de matiz casto y bello, y, como una corola de inmaculado hilo, avaramente esconde la gracia de tu cuello.
Estatua en mármol y ónix, cuyo perfil semeja el de la ardiente santa del Bernino, y que deja traslucir los fervores de un ingenuo candor.
Rostro pálido que una claridad ilumina con su llama apacible, misteriosa y divina como la de una estrella que besara una flor.
XIV
LA ÚLTIMA MAÑANA
Tú, en silencio, rezabas; yo, en silencio, escribía; de cuando en cuando alzabas los ojos a mirar el horizonte diáfano que en esplendor ardía y la maravillosa visión azul del mar.
Como una seda, el viento; la luz, como un diamante y tu mirada, pura como el viento y la luz... Así pasé yo el tiempo, sin sufrir un instante, ni el mal de mi cansancio ni el peso de mi cruz.
Era por las mañanas, cuando a los cabrilleos del sol las ondas labran, en blancura ideal, efímeras diademas y leves camafeos que al punto se deshacen en polvo de cristal.
Este día es lluvioso: tú no rezas, hermana, ni yo escribo. Y estamos en silencio los dos. ¡Qué opaco el horizonte de la última mañana! ¡Y qué negras las olas que nos dicen ¡adiós!
¡Adiós! Muy pronto, hermana, te lo diré tan mudo que nadie ha de sentirlo. Del fondo de mi ser saldrá calladamente la sombra del saludo de admiración a una alma que ya nunca he de ver.
Tal vez tú, por las noches, velando a algún doliente, o en el convento, a la hora del grave meditar, avives los recuerdos y cruce por tu frente la imagen de una angustia que te miró al pasar.
Acaso, si en tu limpia memoria hay un asomo de interés, ¿qué habrá sido--dirá tu corazón-- de aquel tímido hombre que me miraba como un niño huraño y triste que va a pedir perdón?
¿Y yo?... Buscaré a solas, como única alegría, mi talismán de ensueños y purezas, y allí veré los grandes ojos de Sor Melancolía perpetuamente abiertos para velar por mí.
En el mar.--Abril de 1917.
A UNA CRIOLLA
Muñequita de _biscuit_ que mueves los labios y dices una bobería; yo sé desde que te vi que eres coqueta, alma mía; mas... ¡qué adorable es tu coquetería!
Cuentan que eres tonta. Dí: --«Soy linda; pensad, señores, qué es lo que queréis de mí. ¿Quién jamás dijo tontas a las flores? Ni los más graves doctores le han pedido talento al colibrí.»--
Flor, colibrí, mariposa, ave, rosa, ala, pétalo... Y así representas, alma mía, lo que es efímero, leve, frágil, breve; rayo de oro por el día; por la noche, hilo de plata... Tienes derecho a ser tonta e ingrata.-- ¡Es adorable tu coquetería!
Pero, ¡cuidado! no llores, no sufras melancolía; no padezcas mal de amores; todo eso te dará sabiduría. Mas ¿para que la quieres?... Sigue rosa, colibrí, mariposa... Tu grácil y ligera tontería pone el olvido las tristezas... y es la más linda y adorable cosa del mundo, ¡oh insustancial, oh primorosa, oh frágil muñequita de _biscuit_.
Habana, Noviembre 1915.
AL PASAR
Y dime, bondadosa criatura, en cuyos ojos la ilusión naufraga: dime si por ventura te ha quedado una gota de ternura que verter en mi llaga.
Junto a la lumbre de tu hogar me siento sin soltar mi bordón de peregrino. Vine cansado y triste... Mas no intento oponerme al destino.
La noche va a llegar, estoy sediento de una lágrima... Dámela, y contento proseguiré el camino...
Toledo, Septiembre 1916.
DEL AZUL AL GRIS
Una calle de barrio.--En la fachada --una fachada colonial y austera-- el abierto balcón, donde la amada todas las tardes, a las seis, me espera. Cielo azul, aire limpio, luz dorada. Acaba de llover. Sol. Primavera. Huele a tierra mojada.
En la mansa quietud del vecindario ladra un can solitario; dando traspiés, un ebrio soliloquia; gime Chopin en piano centenario, y el humilde esquilón de la parroquia llama a los feligreses al rosario. Los hilos del telégrafo, con finas rayas de pentagrama, ornan los bordes del pretil de las casas en ruinas; y allí las bulliciosas golondrinas están haciendo y deshaciendo acordes.
Sonar se oye a distancia un organillo. Del cercano jardín viene un aroma de musgo. Dan las seis. Yo paso. Un brillo me alumbra el corazón. ¡Ella se asoma! Me paro en el portal, junto a la tienda, y así espero feliz, frente a la amada, a que la noche obscura nos sorprenda prendidos de una límpida mirada. ¡Estamos, en la sombra sosegada, oyendo al ruiseñor de la leyenda!
¿Dónde estoy? En Madrid. Vivo entre extraños, entre ansias nuevas y papeles viejos. ¿Cómo vine? No sé. Ya estoy muy lejos de mi país y de mis veinte años. Salió anoche del fondo de la nada este cuadro de amor. Miré la cosa más fútil y, no obstante, más soñada. ¡Leve impresión, efímera y alada, como una mariposa! Borróse la visión del paraíso. La realidad me vuelve a las sencillas vulgaridades de mi cuarto piso. Para ganarme el pan, se hace preciso emborronar, a diario, unas cuartillas. ¡Me siento tan distante, tan distante de aquel nocturno y repetido instante --de él me alejan la vida y el Atlántico-- que sobre una mesa de estudiante versifiqué mi amor ultra-romántico!
¡Basta, memoria! El hambre me vigila; terco es el mal, y la existencia, dura. ¡Ya está, cuerpo rebelde, alma intranquila; es necesario hacer literatura!
La ventana clarea en gris borroso. El día está lluvioso. Mi alcoba está en penumbras, y me invita a quedarme en el lecho. ¡Qué triste soledad, y qué infinita! ¡Qué suspiro tan hondo el de mi pecho! ¡Rigideces de muerte hay en mi cuita! ¡Son del sepulcro, el frío y mi reposo!
Y mi vasta patrona entra y me grita: «¡Don Luis, las diez! ¡Jesús, qué perezoso!»