El Comendador Mendoza Obras Completas Tomo VII

Part 16

Chapter 16 878 words Public domain Markdown

En la vid, con sus pámpanos lozana, Relucen cual topacio los racimos. Quita lluvia temprana Al alma tierra la aridez estiva, Y los frutos opimos Medran con nuevos jugos en la oliva Y en el almendro que entre riscos brota. Recobra el claro río El caudal que perdiera en el estío; Y el áspera bellota Se madura y endulza entre el pomposo Follaje, donde el viento, Para las gentes de la edad primera, Con fatídico acento La voluntad de Júpiter dijera. No como en primavera El campo está de flores matizado; Que el labrador cansado En las flores cifraba su esperanza, Y ora en cosecha sazonada alcanza El premio de su afán y su cuidado. Embalsama el membrillo con su aroma Los céfiros ligeros; Y en el limón y en la madura poma, Y en los sabrosos peros El oro luce y el carmín asoma. Que brillaron en rosas y alelíes; Mientras, por celos de su flor, empieza Á romper la granada su corteza, Descubriendo un tesoro de rubíes. Con la otoñal frescura Nace la nueva hierba, y su verdura La palidez de los rastrojos cubre. Serena está la esfera cristalina, Y hacia el rojo Occidente el sol declina En una hermosa tarde del Octubre. Filis, la pastorcilla soñadora, Bella como la luz de la alborada, Abandonando ahora Su tranquila morada, Va de las ninfas á la sacra gruta; Y en vez de flores, por presente lleva Un canastillo de olorosa fruta. Con que á vencer la resistencia prueba Que hacen á sus amores Las Ninfas que en el suelo Á Cupidos traviesos y menores Dan vida y ser contra el amor del Cielo. No bien el antro con su planta huella, Donde reinan las sombras y el reposo, Con terror religioso Se estremece la tímida doncella. Su presente coloca De las silvestres Ninfas en el era. Y altas razones de prudencia rara, Que pone el Numen en su fresca boca, Con esmerada concisión declara: "Ninfas, no os ofendáis de mi desvío; No déis vuestro favor á los zagales Que cautivar pretenden mi albedrío. Son como los rosales, Que lucen mucho en la estación florida Y dan amarga fruta desabrida. De su orgullosa mocedad el brío Apetece y no ama; Y con enojo en sus palabras leo Que poética llama Ni ennoblece ni ilustra su deseo; Y que el conato que imprimió natura En todo ser viviente, No se acrisola allí ni se depura Del Cielo con la luz resplandeciente. Ya sé que los Cupidos, Vuestros hijos queridos, Dan á la tierra su vil tud creadora; Mas el amor, que en el Empíreo mora. Esa misma virtud en ellos vierte, Y difunde do quier su vida arcana, Vencedora del mal y de la muerte. Pues bien; la que se afana Los misterios ocultos y supremos Por saber de este Amor, ¿lograrlo puede Con un zagal sencillo y sin doctrina? Las que tesoro tal gozar queremos, ¿No es mejor que busquemos Al varón sabio á quien el Dios concede El vivo lampo de su luz divina? Por esto, Ninfas, á mi Irenio adoro: Como en arca sagrada, Guarda dentro del alma inmaculada Del Amor el tesoro; Y arde su llama bajo el limpio hielo Con que el tenaz trabajo de la mente Corona ya su frente, Como corona el cano Mongibelo. Así Irenio recobra por la ciencia Lo que roba del tiempo la inclemencia. ¡Cuánto zagal con incansable mano Toca el rabel en vano Por carecer de gracia y maestría; Mientras que Irenio, con su blando tino Y su plectro divino, Produce encantadora melodía, Y hace sentir al alma lo que quiere, No bien la cuerda hiere! Si el zagal inexperto Persigue al perdigón en la carrera, Ó le pierde ó le coge medio muerto; Mas la diestra certera Pone Irenio prudente En el oculto nido, Do el pájaro reposa con descuido, Y su pluma naciente Sin destrozar, sus alas no fatiga, Y le aprisiona al fin para su amiga. Ni resplandece menos el ingenio Del doctísimo Irenio En componer cantares Y en referir historias singulares. Cuando me alcanza de la rama verde La tierna nuez, la alloza delicada, Elige lo mejor, sin tronchar nada. Cuando algún corderillo se me pierde, El le busca y á casa me le lleva; Y de continuo me regala y prueba Su cariño sincero, Ó haciendo con esmero De los huesos de guinda Ya un barquichuelo, ya una cesta linda. Ó enseñando á sacar á mi jilguero El alpiste menudo De entre mis labios con su pico agudo. Tan sólo me perturba y me desvela Que Irenio á veces con el alma vuela Por donde de su amor terreno dudo. Pero si Irenio de verdad me amara, Mayor triunfo sería El lograr la victoria, No de pastoras de agraciada cara, Sino de la poesía, De la ciencia, del arte y de la gloria." Irenio á Filis, escondido, oía; Y apareciendo y dándole un abrazo, Dijo con modestísima dulzura: "Este amoroso lazo, Que labra mi ventura, En vano, Filis, explicar pretendes Con tus alambicadas discreciones. ¡Ay, candorosa Filis! ¿No comprendes Que, á pesar del saber que en mi supones, Amor no te infundiera Tu rabadán si muy anciano fuera? Cuando mi amor al del zagal prefieres Por viejo no, por rabadán me quieres."

Madrid, 1876.

ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN LA IMPRENTA ALEMANA EN MADRID Á XXXI DÍAS DE AGOSTO DE MCMVI AÑOS