El clavo

Part 3

Chapter 33,523 wordsPublic domain

--¡Nada sé! --respondí--. ¿Qué te ha pasado?

--¡Ya soy dichoso! ¡Ya soy el más feliz de los hombres!

--Pues ¿qué ocurre?

--La esquela en que me llamaban a la fonda...

--Continúa.

--¡Era de ella!

--¿De quién? ¿De Gabriela Zahara?

--¡Quita allá, hombre! ¿Quién piensa ahora en desventuras? ¡Era de ella! ¡De la otra!

--¿Pero quién es la otra?

--¿Quién ha de ser? ¡Blanca! ¡Mi amor! ¡Mi vida! ¡La madre de mi hijo!

--¿Blanca? --repliqué con asombro--. ¿Pero no decías que te había engañado?

--¡Ah! No, fue alucinación mía.

--¿La que padeces ahora?

--No; la que entonces padecía.

--Explícate.

--Escucha: Blanca me adora...

--Adelante. El que tú lo digas no prueba nada.

--Cuando nos separamos, Blanca y yo, el día 15 de abril, quedamos en reunimos en Sevilla para el 15 de mayo. A poco tiempo de mi marcha, recibió ella una carta en la que le decían que su presencia era necesaria en Madrid para asuntos de familia; y como podía disponer de un mes hasta mi vuelta, fue a la corte, y volvió a Sevilla muchos días antes del 15 de mayo. Pero, yo, más impaciente que ella, acudí a la cita con quince días de anticipación de la fecha estipulada, y no hallando a Blanca en la fonda, me creí engañado... Y no esperé... En fin, ¡he pasado dos años de tormento por una ligereza mía!

[Ilustración]

--Pero una carta lo evitaba todo...

--Dice que había olvidado el nombre de aquel pueblo, cuya promotoría sabes que dejé inmediatamente, yéndome a Madrid.

--¡Ah! ¡Pobre amigo mío! --exclamé--. Veo que quieres convencerte; que te empeñas en consolarte. ¡Más vale así! Conque veamos; ¿cuándo te casas? Porque supongo que, una vez deshechas las nieblas de los celos, lucirá radiante el sol del matrimonio...

--¡No te rías! --exclamó Zarco--. Tú serás mi padrino.

--Con mucho gusto; ¡Ah! ¿Y el niño? ¿Y vuestro hijo?

--Murió.

--¡También eso! Pues señor... --dije aturdidamente--. ¡Dios haga un milagro!

--¡Cómo!

--¡Digo... que Dios te haga feliz!

XIII

Dios dispone.

Por aquí íbamos en nuestra conversación, cuando oímos fuertes aldabonazos en la puerta de la calle.

Eran las dos de la madrugada.

Joaquín y yo nos estremecimos sin saber por qué...

[Ilustración]

Abrieron, y a los pocos segundos entró en el despacho un hombre que apenas podía respirar, y que exclamaba entrecortadamente con indescriptible júbilo:

--¡Albricias! ¡Albricias! Compañero, ¡hemos vencido!

Era el promotor fiscal del Juzgado.

--Explíquese usted, compañero... --dijo Zarco, alargándole una silla--. ¿Qué ocurre para que venga usted tan a deshora y tan contento?

--¡Ocurre! ¡Apenas es importante lo que ocurre! Ocurre que Gabriela Zahara...

--¿Cómo?... ¿Qué?... --interrumpimos a un mismo tiempo Zarco y yo.

--¡Acaba de ser presa!

--¡Presa! --gritó el juez lleno de alegría.

--Sí, señor, ¡presa! --repitió el fiscal--. La Guardia civil le seguía la pista hace un mes, y, según acaba de decirme el sereno que suele acompañarme desde el Casino hasta mi casa, ya la tenemos a buen recaudo en la cárcel de esta muy noble villa.

--Pues vamos allá... --replicó el juez--. Esta misma noche le tomaremos declaración. Hágame usted el favor de avisar al escribano de la causa. Usted mismo presenciará las actuaciones, atendida la gravedad del caso... Diga usted que manden a llamar también al sepulturero, a fin de que presente por sí propio la cabeza de D. Alfonso Gutiérrez, la cual obra en poder del alguacil. Hace tiempo que tengo excogitado este horrible _careo_ de los dos esposos, en la seguridad de que la parricida no podrá negar su crimen al ver aquel clavo de hierro que, en la boca de la calavera parece una lengua acusadora. En cuanto a ti --dijome luego Zarco--, harás el papel de _escribiente_, para que puedas presenciar, sin quebranto de la ley, escenas tan interesantes...

Nada le contesté. Entregado mi infeliz amigo a su _alegría de juez_ (permítaseme la frase), no había concebido la horrible sospecha que sin duda os agita ya a vosotros...; sospecha que penetró desde luego en mi corazón, taladrándolo con sus uñas de hierro... ¡Gabriela y Blanca, llegadas a aquella villa en una misma noche, podían ser una misma persona!

--Dígame usted --pregunté al promotor mientras que Zarco se preparaba para salir--: ¿En dónde estaba Gabriela cuando la prendieron los guardias?

--En la Fonda del León --me respondió el fiscal.

¡Mi angustia no tuvo límites!

Sin embargo, nada podía hacer, nada podía decir, sin comprometer a Zarco, como tampoco debía envenenar el alma de mi amigo, comunicándole aquella lúgubre conjetura, que acaso iban a desmentir los hechos. Además, suponiendo que Gabriela y Blanca fueran una misma persona, ¿de qué le valdría al desgraciado el que yo se lo indicase anticipadamente? ¿Qué podía hacer en tan tremendo conflicto? ¿Huir? ¡Yo debía evitarlo, pues era declararse reo! ¿Delegar, fingiendo una indisposición repentina? ¡Equivaldría a desamparar a Blanca, en cuya defensa tanto podía hacer, si su causa le parecía defendible! ¡Mi obligación, por tanto, era guardar silencio y dejar paso a la justicia de Dios!

Tal discurrí, por lo menos en aquel súbito lance, cuando no había tiempo ni espacio para soluciones inmediatas. ¡La catástrofe se venía encima con trágica premura!... El fiscal había dado ya las órdenes de Zarco a los alguaciles, y uno de estos había ido a la cárcel a fin de que dispusiesen la Sala de Audiencia para recibir al Juzgado. El comandante de la Guardia civil entraba en aquel momento a dar parte en persona (como muy satisfecho que estaba del caso) de la prisión de Gabriela Zahara... y algunos trasnochadores, socios del Casino y amigos del juez, noticiosos de la ocurrencia, iban acudiendo también allí, como a olfatear y presentir las emociones del terrible día en que dama tan principal y tan bella subiese al cadalso... En fin, no había más remedio que ir hasta el borde del abismo, pidiendo a Dios que Gabriela no fuese Blanca.

Disimulé, pues, mi inquietud y callé mis recelos, y a eso de las cuatro de la mañana seguí al juez, al promotor, al escribano, al comandante de la Guardia y a un pelotón de curiosos y de alguaciles, que se trasladaron a la cárcel regocijadamente.

XIV

El Tribunal.

Allí aguardaba ya el sepulturero.

La Sala de la Audiencia estaba profusamente iluminada.

Sobre la mesa veíase una caja de madera pintada de negro, que contenía la calavera de D. Alfonso Gutiérrez del Romeral.

El juez ocupó su sillón: el promotor se sentó a su derecha, y el comandante de la Guardia, por respetos superiores a las prácticas forenses, fue invitado a presenciar también la indagatoria, visto el interés que, como a todos, le inspiraba aquel ruidoso proceso. El escribano y yo nos sentamos juntos a la izquierda del juez, y el alcalde y los alguaciles se agruparon a la puerta, no sin que se columbrasen detrás de ellos algunos curiosos a quienes su alta categoría pecuniaria había franqueado, para tal solemnidad, la entrada en el temido establecimiento, y que habrían de contentarse con ver a la acusada, por no consentir otra cosa el secreto del sumario.

Constituida en esta forma la Audiencia, el juez tocó la campanilla, y dijo al alcaide:

--Que entre doña Gabriela Zahara.

Yo me sentía morir, y, en vez de mirar a la puerta, miraba a Zarco, para leer en su rostro la solución del pavoroso problema que me agitaba...

Pronto vi a mi amigo ponerse lívido, llevarse la mano a la garganta, como para ahogar un rugido de dolor, y volverse hacia mí en demanda de socorro...

--¡Calla! --le dije, llevándome el índice a los labios.

Y luego añadí, con la mayor naturalidad, como respondiendo a alguna observación suya:

--Lo sabía...

El desventurado quiso levantarse...

--¡Señor juez!... --le dije entonces con tal voz y con tal cara, que comprendió toda la enormidad de sus deberes y de los peligros que corría. Contrájose, pues, horriblemente, como quien trata de soportar un peso extraordinario, y, dominándose al fin por medio de aquel esfuerzo, su cara ostentó la inmovilidad de una piedra. A no ser por la calentura de sus ojos, hubiérase dicho que aquel hombre estaba muerto.

[Ilustración]

¡Y muerto estaba el hombre! ¡Ya no vivía en él más que el Magistrado!

Cuando me hube convencido de ello, miré, como todos, a la acusada.

Figuraos ahora mi sorpresa y mi espanto, casi iguales a los del infortunado juez... ¡_Gabriela Zahara_ no era solamente la Blanca de mi amigo, su querida de Sevilla, la mujer con quien acababa de reconciliarse en la Fonda del León, sino también mi desconocida de Málaga, mi amiga de Granada, la hermosísima americana Mercedes de Meridanueva!

Todas aquellas fantásticas mujeres se resumían en una sola, en una indudable, en una real y positiva, en una sobre quien pesaba la acusación de haber matado a su marido, en una que estaba condenada a muerte en rebeldía...

Ahora bien: esta acusada, esta sentenciada, ¿sería inocente? ¿Lograría sincerarse? ¿Se vería absuelta?

Tal era mi única y suprema esperanza; tal debía ser también la de mi pobre amigo.

XV

El juicio.

El juez es una ley que habla, y la ley un juez mudo.

La ley debe ser como la muerte, que no perdona a nadie.

_Montesquieu._

Gabriela (llamémosla al fin por su verdadero nombre) estaba sumamente pálida; pero también muy tranquila. Aquella calma, ¿era señal de su inocencia, o comprobaba la insensibilidad propia de los grandes criminales? ¿Confiaba la viuda de don Alfonso en la fuerza de su derecho, o en la debilidad de su juez?

Pronto salí de dudas.

La acusada no había mirado hasta entonces más que a Zarco, no sé si para infundirle valor y enseñarle a disimular, si para amenazarle con peligrosas revelaciones, o si para darle mudo testimonio de que su _Blanca_ no podía haber cometido un asesinato... Pero, observando sin duda la tremenda impasibilidad del juez, debió de sentir miedo, y miró a los demás concurrentes, cual si buscase en otras simpatías auxilio moral para su buena o su mala causa.

Entonces me vio a mí, y una llamarada de rubor, que me pareció de buen agüero, tiñó de escarlata su semblante.

Pero muy luego se repuso, y tornó a su palidez y tranquilidad.

Zarco salió al fin del estupor en que estaba sumido, y, con voz dura y áspera como la vara de la justicia, preguntó a su antigua amada y prometida esposa:

--¿Cómo se llama usted?

--Gabriela Zahara del Valle de Gutiérrez del Romeral --contestó la acusada con dulce y reposado acento.

Zarco tembló ligeramente. Acababa de oír que su _Blanca_ no había existido nunca; y esto se lo decía ella misma. ¡Ella, con quien tres horas antes había concertado de nuevo el antiguo proyecto de matrimonio!

Por fortuna nadie miraba al juez, sino que todos tenían fija la vista en Gabriela, cuya singular hermosura y suave y apacible voz considerábanse como indicios de inculpabilidad. ¡Hasta el sencillo traje negro que llevaba parecía declarar en su defensa!

Repuesto Zarco de su turbación, dijo con formidable acento, y como quien juega de una vez todas sus esperanzas:

--Sepulturero: venga usted, y haga su oficio abriendo ese ataúd...

Y le señalaba la caja negra en que estaba encerrado el cráneo de D. Alfonso.

--Usted, señora... --continuó, mirando a la acusada con ojos de fuego--, ¡acérquese y diga si reconoce esa cabeza!

El sepulturero destapó la caja, y se la presentó abierta a la enlutada viuda.

Esta, que había dado dos pasos adelante, fijó los ojos en el interior del llamado _ataúd_, y lo primero que vio fue la cabeza del _clavo_, destacándose sobre el marfil de la calavera...

Un grito desgarrador, agudo, mudo, mortal, como los que arranca un miedo repentino, o como los que preceden a la locura, salió de las entrañas de Gabriela, la cual, retrocedió espantada, mesándose los cabellos y tartamudeando a media voz:

--¡Alfonso! ¡Alfonso!

Y luego se quedó como estúpida.

--¡Ella es! --murmuramos todos, volviéndonos hacia Joaquín.

--¿Reconoce usted, pues, el _clavo_ que dio muerte a su marido? --añadió el juez, levantándose con terrible ademán, como si él mismo saliese de la sepultura...

--Sí, señor... --respondió Gabriela maquinalmente, con entonación y gesto propios de la imbecilidad.

--¿Es decir, que declara usted haberlo asesinado? --preguntó el juez con tal angustia, que la acusada volvió en sí, estremeciéndose violentamente.

--Señor... --respondió entonces--, ¡no quiero vivir más! Pero, antes de morir, quiero ser oída...

Zarco se dejó caer en el sillón como anonadado, y mirome cual si me preguntara: «¿Qué va a decir?»

Yo estaba también lleno de terror.

Gabriela arrojó un profundo suspiro, y continuó hablando de este modo:

--Voy a confesar, y en mi propia confesión consistirá mi defensa, bien que no sea bastante a librarme del patíbulo. Escuchad todos. ¿A qué negar lo evidente? Yo estaba sola con mi marido cuando murió. Los criados y el médico lo habrán declarado así. Por tanto, solo yo pude darle muerte del modo que ha venido a revelar su cabeza, saliendo para ello de la sepultura... ¡Me declaro, pues, autora de tan horrendo crimen!... Pero sabed que un hombre me obligó a cometerlo.

Zarco tembló al escuchar estas palabras: dominó, sin embargo, su miedo, como había dominado su compasión, y exclamó valerosamente:

--¡Su nombre, señora! ¡Dígame pronto el nombre de ese desgraciado!

Gabriela miró al juez con fanática adoración, como una madre a su atribulado hijo, y añadió con melancólico acento:

--¡Podría con una sola palabra arrastrarlo al abismo en que me ha hecho caer! ¡Podría arrastrarlo al cadalso, a fin de que no se quedase en el mundo, para maldecirme tal vez al casarse con otra! ¡Pero no quiero! ¡Callaré su nombre, porque me ha amado y le amo! ¡Y le amo, aunque sé que no hará nada para impedir mi muerte!

El juez extendió la mano derecha, cual si fuera a adelantarse...

Ella le reprendió con una mirada cariñosa, como diciéndole: «¡Ve que te pierdes!»

Zarco bajó la cabeza.

Gabriela continuó:

--Casada a la fuerza con un hombre a quien aborrecía, con un hombre que se me hizo aún más aborrecible después de ser mi esposo, por su mal corazón y por su vergonzoso estado..., pasé tres años de martirio, sin amor, sin felicidad, pero resignada. Un día que daba vueltas por el purgatorio de mi existencia, buscando, a fuer de inocente, una salida, vi pasar a través de los hierros que me encarcelaban, a uno de esos Ángeles que libertan a las almas ya merecedoras del cielo... Asime a su túnica, diciéndole: _Dame la felicidad_... Y el Ángel me respondió: _¡Tú no puedes ser ya dichosa! ¿Por qué? Porque no lo eres_. ¡Es decir, que el infame que hasta entonces me había martirizado, me impedía volar con aquel Ángel al cielo del amor y de la ventura! ¿Concebís absurdo mayor que el de este razonamiento de mi destino? Lo diré más claramente. ¡Había encontrado un hombre digno de mí y de quien yo era digna; nos amábamos, nos adorábamos; pero él, que ignoraba la existencia de mi mal llamado esposo; él, que desde luego pensó en casarse conmigo; él, que no transigía con nada que fuese ilegal o impuro, me amenazaba con abandonarme si no nos casábamos! Érase un hombre excepcional, un dechado de honradez, un carácter severo y nobilísimo, cuya única falta en la vida consistía en haberme querido demasiado... Verdad es que íbamos a tener un hijo ilegítimo; pero también es cierto que ni por un solo instante había dejado de exigirme el cómplice de mi deshonra que nos uniéramos ante Dios... Tengo la seguridad de que si yo le hubiese dicho: _Te he engañado: no soy viuda: mi esposo vive_..., se habría alejado de mí, odiándome y maldiciéndome. Inventé mil excusas, mil sofismas, y a todo me respondía: ¡_Sé mi esposa_! Yo no podía serlo; creyó que no _quería_, y comenzó a odiarme. ¿Qué hacer? Resistí, lloré, supliqué; pero él, aun después de saber que teníamos un hijo, me repitió que no volvería a verme hasta que le otorgase mi mano. Ahora bien: mi mano estaba vinculada a la vida de un hombre ruin, y entre matarlo a él o causar la desventura de mi hijo, la del hombre que adoraba y la mía propia, opté por arrancar su inútil y miserable vida al que era nuestro verdugo. Maté, pues, a mi marido... creyendo ejecutar un acto de justicia en el criminal que me había engañado infamemente al casarse conmigo, y (¡castigo de Dios!) me abandonó mi amante... Después hemos vuelto a encontrarnos... ¿Para qué, Dios mío? ¡Ah! ¡que yo muera pronto! ¡Sí, que yo muera pronto!

Gabriela calló un momento, ahogada por el llanto.

Zarco había dejado caer la cabeza sobre las manos, cual si meditase; pero yo veía que temblaba como un epiléptico.

--¡Señor juez! --repitió Gabriela con renovada energía--, ¡que yo muera pronto!

Zarco hizo una seña para que se llevasen a la acusada.

Gabriela se alejó con paso firme, no sin dirigirme antes una mirada espantosa, en que había más orgullo que arrepentimiento.

[Ilustración]

XVI

La sentencia.

Excuso referir la formidable lucha que se entabló en el corazón de Zarco, y que duró hasta el día en que volvió a fallar la causa. No tendría palabras con que haceros comprender aquellos horribles combates... Solo diré que el magistrado venció al hombre, y que Joaquín Zarco volvió a condenar a muerte a Gabriela Zahara.

Al día siguiente fue remitido el proceso en consulta a la Audiencia de Sevilla, y al propio tiempo Zarco se despidió de mí, diciéndome estas palabras: «Aguárdame acá hasta que yo vuelva... Cuida de la infeliz, pero no la visites, pues tu presencia la humillaría en vez de consolarla. No me preguntes a dónde voy, ni temas que cometa el feo delito de suicidarme. Adiós, y perdóname las aflicciones que te he causado.»

* * * * *

Veinte días después la Audiencia del territorio confirmó la sentencia de muerte.

Gabriela Zahara fue puesta en capilla.

XVII

Último viaje.

Llegó la mañana de la ejecución, sin que Zarco hubiese regresado ni se tuvieran noticias de él.

Un inmenso gentío aguardaba a la puerta de la cárcel la salida de la sentenciada.

Yo estaba entre la multitud, pues si bien había acatado la voluntad de mi amigo, no visitando a Gabriela en su prisión, creía de mi deber representar a Zarco en aquel supremo trance, acompañando a su antigua amada hasta el pie del cadalso.

Al verla aparecer, costome trabajo reconocerla. Había enflaquecido horriblemente, y apenas tenía fuerzas para llevar a sus labios el Crucifijo que besaba a cada momento.

--Aquí estoy, señora... ¿Puedo servir a usted de algo? --le pregunté cuando pasó cerca de mí.

Clavó en mi faz sus marchitos ojos, y cuando me hubo reconocido, exclamó:

--¡Oh! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué consuelo tan grande me proporciona usted en mi última hora! ¡Padre! --añadió, volviéndose a su confesor--. ¿Puedo hablar al paso algunas palabras con este generoso amigo?

--Sí, hija mía... --le respondió el sacerdote--; pero no deje usted de pensar en Dios...

Gabriela me preguntó entonces:

--¿Y él?

--Está ausente.

--¡Hágalo Dios muy feliz! Dígale cuando le vea, que me perdone, para que me perdone Dios. Dígale que todavía le amo... aunque el amarle es causa de mi muerte...

--Quiero ver a usted resignada...

--¡Lo estoy! ¡Cuánto deseo llegar a la presencia de mi Eterno Padre! ¡Cuántos siglos pienso pasar llorando a sus pies, hasta conseguir que me reconozca como hija suya y me perdone mis muchos pecados!

Llegamos al pie de la escalera fatal.

Allí fue preciso separamos.

Una lágrima, tal vez la última que aún quedaba en aquel corazón, humedeció los ojos de Gabriela, mientras que sus labios balbucieron esta frase:

--Dígale usted que muero bendiciéndole...

En aquel momento sintiose viva algazara entre el gentío..., hasta que al cabo percibiéronse claramente las voces de:

--_¡Perdón! ¡Perdón!_

Y por la ancha calle que abría la muchedumbre, viose avanzar a un hombre a caballo, con un papel en una mano y un pañuelo blanco en la otra...

[Ilustración]

¡Era Zarco!...

--_¡Perdón! ¡Perdón!_ --venía gritando también él.

Echó al fin pie a tierra, y, acompañado del jefe del cuadro, adelantose hacia el patíbulo.

Gabriela, que había ya subido algunas gradas, se detuvo: miró intensamente a su amante, y murmuró:

--¡Bendito seas!

En seguida perdió el conocimiento.

Leído el perdón, y legalizado el acto, el sacerdote y Joaquín corrieron a desatar las manos de la indultada.

[Ilustración]

Pero toda piedad era ya inútil... Gabriela Zahara estaba muerta.

XVIII

Moraleja.

Zarco es hoy uno de los mejores magistrados de la Habana.

Se ha casado, y puede considerarse feliz, porque la tristeza no es desventura cuando no se ha hecho a sabiendas daño a nadie.

El hijo que acaba de darle su amantísima esposa, disipará la vaga nube de melancolía que oscurece a ratos la frente de mi amigo.

FIN

[Ilustración]

ÍNDICE

Prólogo. 9

I. El número 1. 9

II. Escaramuzas. 17

III. Catástrofe. 23

IV. Otro viaje. 28

V. Memorias de un juez de primera instancia. 35

I 35 II 42 III 49

VI. El cuerpo del delito. 52

VII. Primeras diligencias. 58

VIII. Declaraciones. 64

IX. El hombre propone. 69

X. Un dúo en MI mayor. 69

XI. Fatalidad. 74

XII. Travesuras del destino. 77

XIII. Dios dispone. 82

XIV. El Tribunal. 88

XV. El juicio. 93

XVI. La sentencia. 104

XVII. El último viaje. 105

XVIII. Moraleja. 109