Part 2
--Nunca esperé ser amada por un hombre como tú; y, después de ti, no veo amor ni dicha posibles para mi corazón. Joaquín, un amor como el tuyo era la necesidad de mi vida: moría ya sin él; sin él moriría mañana... Dime que nunca me olvidarás.
--¡Casémonos, Blanca! --respondía yo.
Y Blanca inclinaba la cabeza con angustia.
--¡Sí, casémonos! --volvía yo a decir, sin comprender aquella muda desesperación.
--¡Cuánto me amas! --replicaba ella--. Otro hombre en tu lugar rechazaría esa idea si yo se la propusiese. Tú, por el contrario...
--Yo, Blanca, estoy orgulloso de ti; quiero ostentarte a los ojos del mundo; quiero perder toda zozobra acerca del tiempo que vendrá; quiero saber que eres mía para siempre. Además, tú conoces mi carácter, sabes que nunca transijo en materias de honra... Pues bien; la sociedad en que vivimos llama _crimen_ a nuestra dicha... ¿Por qué no hemos de redimirnos al pie del altar? ¡Te quiero pura, te quiero noble, te quiero santa! ¡Te amaré entonces más que hoy! ¡Acepta mi mano!
--¡No puedo! --respondía aquella mujer incomprensible.
Y este debate se reprodujo mil veces.
Un día que yo peroré largo rato contra el adulterio y contra toda inmoralidad, Blanca se conmovió extraordinariamente; lloró, me dio las gracias, y repitió lo de costumbre:
--¡Cuánto me amas! ¡Qué bueno, qué grande, qué noble eres!
A todo esto expiraba la prórroga de mi licencia.
Érame necesario volver a mi destino, y así se lo anuncié a Blanca.
--¡Separarnos! --gritó con infinita angustia.
--¡Tú lo has querido! --contesté.
--¡Eso es imposible!... Yo te idolatro, Joaquín.
--Blanca, yo te adoro.
--Abandona tu carrera... Yo soy rica... ¡Viviremos juntos!... --exclamó, tapándome la boca para que no replicara.
La besé la mano y respondí:
--De mi esposa aceptaría esa oferta, haciendo todavía un sacrificio... Pero de ti...
--¡De mí! --respondió llorando--. ¡De la madre de tu hijo!
--¿Quién? ¡Tú! ¡Blanca!...
--Sí... Dios acaba de decirme que soy madre... ¡Madre por primera vez! Tú has completado mi vida, Joaquín; y, no bien gusto la fruición de esta bienaventuranza absoluta, quieres desgajar el árbol de mi dicha. ¡Me das un hijo, y me abandonas tú!...
--¡Sé mi esposa, Blanca! --fue mi única contestación--. Labremos la felicidad de ese ángel que llama a las puertas de la vida.
Blanca permaneció mucho tiempo silenciosa.
Luego levantó la cabeza con una tranquilidad indefinible, y murmuró:
--Seré tu esposa.
--¡Gracias! ¡Gracias, Blanca mía!
--Escucha --dijo al poco rato--, no quiero que abandones tu carrera...
--¡Ah! ¡Mujer sublime!
--Vete a tu Juzgado... ¿Cuánto tiempo tardarás en arreglar allí tus asuntos, solicitar del Gobierno más licencia y volver a Sevilla?
--Un mes.
--Un mes... --repuso Blanca--. ¡Bien! Aquí te espero. Vuelve dentro de un mes, y seré tu esposa. Hoy somos 15 de abril... ¡El 15 de mayo sin falta!
--Sin falta.
--¿Me lo juras?
-- Te lo juro.
--¡Aún otra vez! --replicó Blanca.
--Te lo juro.
--¿Me amas?
--Con toda mi vida.
--Pues vete y ¡vuelve! Adiós...
Dijo y me suplicó que la dejara y que partiese sin perder momento.
Despedime de ella, y partí a *** aquel mismo día.
[Ilustración]
III
Llegué a ***.
Preparé mi casa para recibir a mi esposa; solicité y obtuve, como sabes, otro mes de licencia, y arreglé todos mis asuntos con tal eficacia, que al cabo de quince días me vi en libertad de volver a Sevilla.
Debo advertirte, que durante aquel medio mes no recibí ni una sola carta de Blanca, a pesar de haberle yo escrito seis. Esta circunstancia me tenía vivamente contrariado. Así fue que, aunque solo había transcurrido la mitad del plazo que mi amada me concediera, salí para Sevilla, adonde llegué el día 30 de abril.
Inmediatamente me dirigí a la fonda que había sido nido de nuestros amores.
Blanca había desaparecido dos días después de mi partida, sin dejar razón del punto a que se encaminaba.
¡Imagínate el dolor de mi desengaño! ¡No escribirme que se marchaba! ¡Marcharse sin dejar dicho a dónde se dirigía! ¡Hacerme perder completamente su rastro! ¡Evadirse, en fin, como una criminal cuyo delito se ha descubierto!
Ni por un instante me ocurrió permanecer en Sevilla hasta el 15 de mayo aguardando a ver si regresaba Blanca... La violencia de mi dolor y de mi indignación, y el bochorno que sentía por haber aspirado a la mano de semejante aventurera, no dejaban lugar a ninguna esperanza, a ninguna ilusión, a ningún consuelo. Lo contrario hubiera sido ofender mi propia conciencia, que ya veía en Blanca el ser odioso y repugnante que el amor o el deseo habían disfrazado hasta entonces... ¡Indudablemente era una mujer liviana e hipócrita que me amó sensualmente, pero que, previendo la habitual mudanza de su caprichoso corazón, no pensó nunca en que nos casáramos! Hostigada, al fin, por mi amor y mi honradez, había ejecutado una torpe comedia a fin de escaparse impunemente. ¡Y en cuanto a aquel hijo anunciado con tanto júbilo, tampoco me cabía ya duda de que era otra ficción, otro engaño, otra sangrienta burla!... Apenas se comprendía semejante perversidad en una criatura tan bella y tan inteligente.
Tres días nada más estuve en Sevilla, y el 4 de mayo me marché a la corte, renunciando a mi destino, para ver si mi familia y el bullicio del mundo me hacían olvidar a aquella mujer, que sucesivamente había sido para mí la _gloria_ y el _infierno_.
Por último, hace cosa de quince meses, que tuve que aceptar el Juzgado de este otro pueblo, donde, como has visto, no vivo muy contento que digamos; siendo lo peor de todo que, en medio de mi aborrecimiento a Blanca, detesto mucho más a las demás mujeres, por la sencilla razón de que no son _ella_.
¿Te convences ahora de que nunca llegaré a casarme?
VI
El cuerpo del delito.
Pocos segundos después de terminar mi amigo Zarco la relación de sus amores, llegamos al cementerio.
El cementerio de *** no es otra cosa que un campo yermo y solitario, sembrado de cruces de madera, y rodeado por una tapia. Ni lápidas, ni sepulcros turban la monotonía de aquella mansión. Allí descansan en la fría tierra pobres y ricos, grandes y plebeyos, nivelados por la muerte.
[Ilustración]
En estos pobres cementerios, que tanto abundan en España, y que son acaso los más poéticos y los más propios de sus _moradores_, sucede con frecuencia que, para sepultar un cuerpo, es menester exhumar otro, o, mejor dicho, que cada dos años se echa una nueva capa de muertos sobre la tierra. Consiste esto en la pequeñez del recinto, y da por resultado que, alrededor de cada nueva zanja, hay mil blancos despojos que de tiempo en tiempo son conducidos al _osario común_.
Yo he visto más de una vez estos osarios... ¡Y en verdad que merecen ser vistos! Figuraos, en un rincón del campo santo, una especie de pirámide de huesos, una colina de multiforme marfil, un cerro de cráneos, fémures, canillas, húmeros, clavículas rotas, columnas espinales desgranadas, dientes sembrados acá y allá, costillas que fueron armaduras de corazones, dedos diseminados... y todo ello seco, frío, muerto, árido... ¡Figuraos, figuraos aquel horror!
Y, ¡qué contactos! Los enemigos, los rivales, los esposos, los padres y sus hijos están allí, no solo juntos, sino revueltos, mezclados por pedazos, como trillada mies, como rota paja. Y ¡qué desapacible ruido, cuando un cráneo choca con otro, o cuando baja rodando desde la cumbre por aquellas huecas astillas de antiguos hombres! Y ¡qué risa tan insultante tienen las calaveras!
Pero volvamos a nuestra historia.
[Ilustración]
Andábamos Joaquín y yo dando sacrílegamente con el pie a tantos restos inanimados, ora pensando en el día que otros pies hollarían nuestros despojos, ora atribuyendo a cada hueso una historia; procurando hallar el secreto de la vida en aquellos cráneos, donde acaso moró el genio o bramó la pasión, y ya vacíos como celda de difunto fraile, o adivinando otras veces (por la configuración, por la dureza y por la dentadura) si tal calavera perteneció a una mujer, a su niño, o a un anciano, cuando las miradas del juez quedaron fijas en uno de aquellos globos de marfil...
--¿Qué es esto? --exclamó, retrocediendo un poco--. ¿Qué es esto, amigo mío? ¿No es un _clavo_?
Y así hablando, daba vueltas con el bastón a un cráneo, bastante fresco todavía, que conservaba algunos espesos mechones de pelo negro.
Miré y quedé tan asombrado como mi amigo... ¡Aquella calavera estaba atravesada por un clavo de hierro!...
La chata cabeza de este clavo asomaba por la parte superior del hueso coronal, mientras que la punta salía por el que fue cielo de la boca.
¿Qué podía significar aquello?
De la extrañeza pasamos a las conjeturas y de las conjeturas al horror.
--¡Reconozco la Providencia! --exclamó finalmente Zarco--. ¡He aquí un espantoso crimen que iba a quedar impune y que se delata por sí mismo a la justicia! ¡Cumpliré con mi deber, tanto más cuanto que parece que el mismo Dios me lo ordena directamente al poner ante mis ojos la taladrada cabeza de la víctima! ¡Ah! Sí... ¡Juro no descansar hasta que el autor de este horrible delito expíe su maldad en el cadalso!
[Ilustración]
VII
Primeras diligencias.
Mi amigo Zarco era un modelo de jueces.
Recto, infatigable, aficionado, tanto como obligado, a la administración de justicia, vio en aquel asunto un campo vastísimo en que emplear toda su inteligencia, todo su celo, todo su fanatismo (perdonad la palabra) por el cumplimiento de la ley.
Inmediatamente hizo buscar a un escribano y dio principio al proceso.
Después de extendido testimonio de aquel hallazgo, llamó al enterrador.
El lúgubre personaje se presentó ante la ley, pálido y tembloroso.
¡A la verdad, entre aquellos dos hombres cualquiera escena tendría que ser horrible! Recuerdo literalmente su diálogo:
_El juez._--¿De quién puede ser esta calavera?
_El sepulturero._--¿Dónde la ha encontrado vuestra señoría?
_El juez._--En este mismo sitio.
_El sepulturero._--Pues entonces pertenece a un cadáver que, por estar ya _algo pasado_, desenterré ayer para sepultar a una vieja que murió anteanoche.
_El juez._--¿Y por qué exhumó usted ese cadáver y no otro más antiguo?
_El sepulturero._--Ya lo he dicho a vuestra señoría; para poner a la vieja en su lugar. ¡El Ayuntamiento no quiere convencerse que es muy chico este cementerio para tanta gente como se muere ahora! ¡Así es que no se deja a los muertos secarse en la tierra, y tengo que trasladarlos medio vivos al osario común!
_El juez._--¿Y podrá saberse de quién es el cadáver a que corresponde esta cabeza?
_El sepulturero._--No es muy fácil, señor.
_El juez._--Sin embargo, ¡ello ha de ser! Conque piénselo usted despacio.
_El sepulturero._--Encuentro un medio de saberlo...
_El juez._--Dígalo usted.
_El sepulturero._--La caja de aquel muerto se hallaba en regular estado cuando la saqué de la tierra, y me la llevé a mi habitación para aprovechar las tablas de la tapa. Acaso conserve alguna señal, como iniciales, como galones, o cualquiera otra de esas cosas que se estilan ahora para adornar los ataúdes...
_El juez._--Veamos esas tablas.
En tanto que el sepulturero traía los fragmentos del ataúd, Zarco mandó a un alguacil que envolviese el misterioso cráneo en un pañuelo, a fin de llevárselo a su casa.
El enterrador llegó con las tablas.
Como esperábamos, encontráronse en una de ellas algunos jirones de galón dorado que, sujetos a la madera con tachuelas de metal, habían formado letras y números...
Pero el galón estaba roto, y era imposible restablecer aquellos caracteres.
No desmayó, con todo, mi amigo, sino que hizo arrancar completamente el galón, y por las tachuelas, o por las punturas de otras que había habido en la tabla, recompuso las siguientes cifras:
A. G. R. 1843 R. I. P.
Zarco radió en entusiasmo al hacer este descubrimiento.
--¡Es bastante! ¡Es demasiado! --exclamó gozosamente--. ¡Asido de esta hebra recorreré el laberinto y lo descubriré todo!
Cargó el alguacil con la tabla, como había cargado con la calavera y regresamos a la población.
Sin descansar un momento nos dirigimos a la parroquia más próxima.
Zarco pidió al cura el _libro de sepelios_, de 1843.
Recorriolo el escribano, hoja por hoja, partida por partida...
Aquellas iniciales A. G. R. no correspondían a ningún difunto.
Pasamos a otra parroquia.
Cinco tiene la villa: a la cuarta que visitamos halló el escribano esta partida de sepelio:
«_En la Iglesia parroquial de San... de la villa de *** a 4 de mayo de 1843, se hicieron los oficios de funeral, conformes a entierro mayor en el cementerio común, a_ DON ALFONSO GUTIÉRREZ DEL ROMERAL, _natural y vecino que fue de esta población, el cual no recibió los Santos Sacramentos ni testó, por haber muerto de apoplejía fulminante en la noche anterior, a la edad de treinta y un años. Estuvo casado con doña Gabriela Zahara del Valle, natural de Madrid y no deja hijos. Y para que conste, etc._»
Tomó Zarco un certificado de esta partida autorizado por el cura, y regresamos a nuestra casa.
Por el camino me dijo el juez:
--Todo lo veo claro. Antes de ocho días habrá terminado este proceso que tan oscuro se presentaba hace dos horas. Ahí llevamos una _apoplejía fulminante_ de hierro que tiene cabeza y punta, y que dio muerte repentina, a un _D. Alfonso Gutiérrez del Romeral_. Es decir: tenemos el _clavo_... Ahora solo me falta encontrar el _martillo_.
VIII
Declaraciones.
Un _vecino_ dijo:
--Que D. Alfonso Gutiérrez del Romeral, joven y rico propietario de aquella población, residió algunos años en Madrid, de donde volvió en 1840, casado con una bellísima señora llamada doña Gabriela Zahara:
Que el declarante había ido algunas noches de tertulia a casa de los recién casados, y tuvo ocasión de observar la paz y ventura que reinaban en el matrimonio:
Que cuatro meses antes de la muerte de D. Alfonso, había marchado su esposa a pasar una temporada en Madrid con su familia, según explicación del mismo marido:
Que la joven regresó en los últimos días de abril o sea tres meses y medio después de su partida:
Que a los ocho días de su llegada ocurrió la muerte de D. Alfonso:
Que habiendo enfermado la viuda, a consecuencia del sentimiento que la causó esta pérdida, manifestó a sus amigos que le era insoportable vivir en un pueblo donde todo le hablaba de su querido y malogrado esposo, y se marchó para siempre a mediados de mayo, diez o doce días después de la muerte de su esposo:
Que era cuanto podía declarar, y la verdad, a cargo del juramento que había prestado, etc.
Otros _vecinos_ prestaron declaraciones casi idénticas a la anterior.
_Los criados_ del difunto Gutiérrez, dijeron:
Después de repetir los datos de la vecindad:
Que la paz del matrimonio no era tanta como se decía de público:
Que la separación de tres meses y medio que precedió a los últimos ocho días que vivieron juntos los esposos, fue un tácito rompimiento, consecuencia de profundos y misteriosos disgustos que mediaban entre ambos jóvenes desde el principio de su matrimonio:
Que la noche en que murió su amo, se reunieron los esposos en la alcoba nupcial, como lo verificaban desde la vuelta de la señora, contra su antigua costumbre de dormir cada uno en su respectivo cuarto:
Que a media noche los criados oyeron sonar violentamente la campanilla, a cuyo repiqueteo se unían los desaforados gritos de la señora:
Que acudieron, y vieron salir a esta de la cámara nupcial, con el cabello en desorden, pálida y convulsa, gritando entre amarguísimos sollozos:
«¡Una apoplejía! ¡Un médico! ¡Alfonso mío! ¡El señor se muere!...»
Que penetraron en la alcoba y vieron a su amo tendido sobre el lecho y ya cadáver; y que habiendo acudido un médico confirmó que D. Alfonso había muerto de una congestión cerebral.
El _médico_: Preguntado al tenor de la cita que precede, dijo: Que era cierto en todas sus partes.
El mismo _médico_ y otros dos facultativos:
Habiéndoseles puesto de manifiesto la calavera de D. Alfonso, y preguntados sobre si la muerte recibida de aquel modo podía aparecer a los ojos de la ciencia como apoplejía, dijeron que _sí_.
Entonces dictó mi amigo el siguiente auto:
«Considerando que la muerte de D. Alfonso Gutiérrez del Romeral debió de ser instantánea y subsiguiente a la introducción del clavo en su cabeza:
»Considerando que, cuando murió, estaba solo en la alcoba nupcial:
»Considerando que es imposible atribuir a suicidio una muerte semejante por las dificultades materiales que ofrece su perpetración con mano propia:
»Se declara reo de esta causa y autora de la muerte del D. Alfonso a su esposa doña Gabriela Zahara del Valle, para cuya captura se expedirán los oportunos exhortos, etcétera, etc.»
--Dime, Joaquín... --pregunté yo al juez--. ¿Crees que se capturará a Gabriela Zahara?
--¡Indudablemente!
--¿Y por qué lo aseguras?
--Porque en medio de estas rutinas judiciales, hay cierta fatalidad dramática que no perdona nunca. Más claro: cuando los huesos salen de la tumba a declarar, poco les queda que hacer a los Tribunales.
IX
El hombre propone.
A pesar de las esperanzas de mi amigo Zarco, Gabriela Zahara no apareció.
Exhortos, requisitorias, todo fue inútil.
Pasaron tres meses.
La causa se sentenció en rebeldía.
Yo abandoné la villa de *** no sin prometerle a Zarco volver al año siguiente.
X
Un dúo en MI mayor.
Aquel invierno lo pasé en Granada.
Érase una noche en que había gran baile en casa de la riquísima señora de X... la cual había tenido la bondad de convidarme a la fiesta.
A poco de llegar a aquella magnífica morada, donde estaban reunidas todas las célebres hermosuras de la aristocracia granadina, reparé en una bellísima mujer cuyo rostro habría distinguido entre mil otros semejantes, suponiendo que Dios hubiese formado alguno que se le pareciera.
¡Era mi desconocida, mi mujer misteriosa, mi desengañada de la diligencia, mi compañera de viaje, el número uno de que os hablé al principio de esta relación!
Corrí a saludarla, y ella me reconoció en el acto.
--Señora --le dije--, he cumplido a usted mi promesa de no buscarla. Hasta ignoraba que podía encontrar a usted aquí. A saberlo, acaso no hubiera venido por temor de ser a usted enojoso. Una vez ya delante de usted, espero que me diga si puedo reconocerla, si me es dado hablarle, si ha cesado el entredicho que me alejaba de usted.
--Veo que es usted vengativo... --me contestó graciosamente, alargándome la mano--. Pero yo le perdono. ¿Cómo está usted?
--¡En verdad que lo ignoro! --respondí--. Mi salud, la salud de mi alma, pues no es otra cosa me preguntará usted en medio de un baile, depende de la salud de su alma de usted. Esto quiere decir que mi dicha no puede ser sino un reflejo de la suya. ¿Ha sanado ese pobre corazón?
--Aunque la galantería le prescriba a usted desearlo --contestó la dama--, y mi aparente jovialidad haga suponerlo, usted sabe... lo mismo que yo... que las heridas del corazón no se curan.
--Pero se _tratan_, señora, como dicen los facultativos; se hacen llevaderas; se tiende una piel rosada sobre la roja cicatriz; se edifica una ilusión sobre un desengaño...
--Pero esa edificación es falsa...
--¡Como la primera, señora; como todas! _Querer creer, querer gozar_, he aquí la dicha. Mirabeau, moribundo, no aceptó el generoso ofrecimiento de un joven que quiso trasfundir toda su sangre en las empobrecidas arterias del grande hombre. ¡No sea usted como Mirabeau! ¡Beba usted nueva vida en el primer corazón virgen que le ofrezca su rica savia! Y, pues no gusta usted de galantería, le añadiré, en abono de mi consejo, que, al hablar así, no defiendo mis intereses...
--¿Por qué dice usted eso último?
--Porque yo también tengo algo de Mirabeau, no en la cabeza, sino en la sangre. Necesito lo que usted... ¡una primavera que me vivifique!
--¡Somos muy desdichados! En fin... Usted tendrá la bondad de no huir de mí en adelante.
--Señora, iba a pedirla a usted permiso para visitarla.
[Ilustración]
Nos despedimos.
--¿Quién es esta mujer? --pregunté a un amigo mío.
--Una americana que se llama Mercedes de Meridanueva --me contestó--; es todo lo que sé y mucho más de lo que se sabe generalmente.
XI
Fatalidad.
Al día siguiente fui a visitar a mi nueva amiga a la _Fonda de los Siete Suelos_ de la Alhambra.
La encantadora Mercedes me trató como a un amigo íntimo, y me invitó a pasear con ella por aquel edén de la naturaleza y templo del arte, y acompañarla luego a comer.
De muchas cosas hablamos durante las seis horas que estuvimos juntos; y como el tema a que siempre volvíamos era el de los desengaños amorosos, hube de contarle la historia de los amores de mi amigo Zarco.
Ella la oyó muy atentamente, y, cuando terminé, se echó a reír, y me dijo:
--Sr. D. Felipe, sírvale a usted eso de lección para no enamorarse nunca de mujeres a quienes no conozca...
--¡No vaya usted a creer --respondí con viveza-- que he inventado esa historia, o se la he referido porque me figure que todas las damas misteriosas que se encuentra uno en viaje son como la que engañó a mi condiscípulo!...
--Muchas gracias... Pero no siga usted --replicó, levantándose de pronto--. ¿Quién duda que en la _Fonda de los Siete Suelos_ de Granada pueden alojarse mujeres que en nada se parezcan a esa que tan fácilmente se enamoró de su amigo de usted en la fonda de Sevilla? En cuanto a mí, no hay riesgo de que me enamore de nadie, puesto que nunca hablo tres veces con un mismo hombre...
--¡Señora! ¡Eso es decirme que no vuelva!...
--No; esto es anunciar a usted que mañana, al ser de día, me marcharé de Granada, y que, probablemente, no volveremos a vernos nunca.
--¡_Nunca_! Lo mismo me dijo usted en Málaga, después de nuestro famoso viaje...; y, sin embargo, nos hemos visto de nuevo.
--En fin; dejemos libre el campo a la fatalidad. Por mi parte, repito que esta es nuestra despedida... eterna.
Dichas tan solemnes palabras, Mercedes me alargó la mano y me hizo un profundo saludo.
Yo me alejé vivamente conmovido, no solo por las frías y desdeñosas frases con que aquella mujer había vuelto a descartarme de su vida (como cuando nos separamos en Málaga), sino ante el incurable dolor que vi pintarse en su rostro mientras que procuraba sonreírse al decirme _Adiós_ por última vez...
¡Por última vez!...
--¡Ay! ¡Ojalá hubiera sido la última!
Pero la fatalidad lo tenía dispuesto de otro modo.
XII
Travesuras del destino.
Pocos días después, llamáronme de nuevo mis asuntos al lado de Joaquín Zarco.
Llegué a la villa de ***.
Mi amigo seguía triste y solo y se alegró mucho de verme.
Nada había vuelto a saber de Blanca; pero tampoco había podido olvidarla ni siquiera un momento.
Indudablemente aquella mujer era su predestinación... ¡Su _gloria_ o su _infierno_, como el desgraciado solía decir!
Pronto veremos que no se equivocaba en este supersticioso juicio.
La noche del mismo día de mi llegada, estábamos en su despacho leyendo las últimas diligencias practicadas para la captura de Gabriela Zahara del Valle, todas ellas inútiles por cierto, cuando entró un alguacil y entregó al joven juez un billete que decía de este modo:
«_En la Fonda del León hay una señora que desea hablar con el señor Zarco._»
--¿Quién ha traído esto? --preguntó Joaquín.
--Un criado.
--¿De parte de quién?
--No me ha dicho nombre alguno.
--¿Y ese criado?
--Se fue al momento.
Joaquín meditó, y dijo luego lúgubremente:
--¡Una señora! ¡A mí! ¡No sé por qué me da miedo esta cita! ¿Qué te parece, Felipe?
--Que tu deber de juez es asistir a ella. ¡Puede tratarse de Gabriela Zahara!
--Tienes razón... ¡Iré! --dijo Zarco, pasándose una mano por la frente.
Y cogiendo un par de pistolas, envolviose en la capa y partió, sin permitir que lo acompañase.
Dos horas después volvió.
Venía agitado, trémulo, balbuciente.
Pronto conocí que una vivísima alegría era la causa de aquella agitación.
Zarco me estrechó convulsivamente entre sus brazos, exclamando a gritos entrecortados por el júbilo:
--¡Ah! ¡Si supieras!... ¡Si supieras, amigo mío!