El cisne de Vilamorta

Part 7

Chapter 73,755 wordsPublic domain

Interrumpió la contemplativa tranquilidad de la escena el trote precipitado de una mula, y Clodio Genday en persona, sofocado, girando como una devanadera, penetró en el huerto. Con las manos, con la cabeza, con el cuerpo todo, llamó, gritó, vociferó:

—¡La traigo buena... buena! Ya subo, ya subo.

Fuéronle á recibir á la escalera de la solana, y entró disparado, como un rehilete, viéndose que no traía cuello ni corbata, y venía desceñido, hecho una calamidad.

—Que nada, Sr. D. Victoriano, que nos la juegan, que nos la jugaron... Que si no se toman pronto medidas perdemos el distrito... Mentira le parecería á V. lo que llevan revuelto y urdido, desde días acá, en la botica de doña Eufrasia... Y nosotros inocentes, descuidadísimos... Toditos los curas metidos en el ajo: el de Lubrego, el de Boan, el de Naya, el de Cebre... Ponen de candidato al señorito de Romero, de Orense, que está dispuesto á aflojar la mosca... Pero ¿dónde anda Primo; ese majadero, ese pasmón que no se enteró de nada?

—Vamos á buscarle, hombre... ¡Qué me cuenta V.! ¡Qué me cuenta V.! Nunca pensé que se atreviesen...

Y D. Victoriano, reanimado, excitado, siguió á Clodio que iba gritando por el salón:

—¡Primo! ¡Primo!

Á poco rato vió Segundo que los dos hermanos y el ex-ministro recorrían el huerto, departiendo y gesticulando acaloradamente. Clodio acusaba, defendíase Primo, y conciliaba don Victoriano. En su furia, Clodio metía á Primo los puños en la cara, le desabrochaba el chaleco, mientras el inculpado sólo acertaba á contestar tartajosamente, haciéndose cruces muy de prisa:

—Jesús, Jesús, Jesús... ¡Avemaría de gracia!

El poeta les miraba pasar, observando la transformación de D. Victoriano. Al retirarse del balcón, vió enfrente de sí á Nieves que le decía con afabilidad:

—¿Y esos señores? ¿Le dejan á V. solito? Á estas horas ya deben cantar los pinos. Se ha levantado brisa.

—De fijo cantan ahora, contestó el poeta. Yo los oiré desde la silla del caballo, camino de Vilamorta.

El movimiento de sorpresa de Nieves no pasó inadvertido para Segundo, que clavando los ojos en ella, añadió con soberbia y frialdad:

—Á no ser que V. me mandara quedarme.

Nieves enmudeció. Por cortesía, figurábase que era preciso detener al huésped; y al mismo tiempo, eso de decirle,—quédese V.—, estando los dos solos, le pareció cosa rara y grave compromiso. Al fin, con risa forzada, pronunció una frase ambigua:

—¿Pero qué prisa tiene V.? Y... ¿volverá usted á hacernos otra visita?...

—Ya nos veremos en Vilamorta... Adiós, Nieves... No quiero interrumpir á D. Victoriano... Salúdele V. de mi parte y que cuente conmigo y con mi padre para todo.

Sin tomar la mano que Nieves le tendía y sin volver la cara, bajó al patio. Sentaba el pie en el estribo, cuando una figurilla menuda saltó allí cerca. Era Victorina que traía las manos llenas de terrones de azúcar y venía á ofrecérselos al jaco. Este alargaba ansiosamente sus belfos, con ondulaciones inteligentes de trompa de elefante. Segundo intervino.

—Hija, va á morderte... mira que muerde...

Luego, en tono festivo, añadió:

—¿Quieres que te aupe aquí? ¿No? ¡Á que sí te aupo!

La cogió y la sentó en el borren delantero de la silla. Forcejeaba la niña para escaparse, y su hermoso pelo envolvía la cara y hombros de Segundo, que la sujetaba por debajo de los brazos y por el talle. No sin sorpresa reparó que el corazón de la niña palpitaba fuerte y desordenadamente, bajo la imperceptible turgencia del seno impúber. Victorina, muy pálida, gritaba:

—¡Mamá... mamá!

Al fin logró desasirse, y echó á correr hacia Nieves, que se reía á carcajadas del suceso. Á medio camino se detuvo, retrocedió, anudó los brazos al cuello del caballo, y le dió, en el mismo hocico, un beso muy cariñoso.

[Ilustración]

XI

Ocho ó diez días mediaron entre la visita de Segundo á las Vides y el regreso de D. Victoriano y su familia á Vilamorta. Quería D. Victoriano tomar las aguas y á la vez desbaratar la tenebrosa maquinación, la candidatura Romero. Plan sencillo: ofrecer á Romero un distrito en otra parte, donde no tuviese que gastar un céntimo; y así, quitado de enmedio el único rival que tenía prestigio en el país, evitaba el bofetón de una derrota por Vilamorta. Esto importaba hacer antes de Octubre, época señalada para la lucha electoral. Y mientras Genday, García, el Alcalde y demás _combistas_ manejaban los palillos, D. Victoriano, instalado en casa de Agonde, bebía por las mañanas dos ó tres vasos del salutífero licor; leía después el correo, y por la tarde, á tiempo que el pegajoso bochorno convidaba á siestas, leía ó escribía en la fresca salita del boticario.

Frecuentemente le acompañaba Segundo en semejantes horas de soledad. Hablaban amigablemente, y el hombre político, lejos de insistir en la tesis desarrollada allá en las Vides, alentaba al poeta, ofreciéndose de muy buen grado á buscarle en Madrid colocación adecuada á sus propósitos.

—Un puesto que no le robe á V. muchas horas, ni le caliente mucho la cabeza... Yo veré, yo veré... Escudriñaremos...

Observaba Segundo en el rostro desecado del ministro indicios de mejoría evidente. Experimentaba D. Victoriano el pasajero alivio que producen las aguas minerales en los primeros momentos, cuando su energía estimula el organismo, siquiera sea para desgastarlo más después. La digestión y circulación se habían activado, y hasta la transpiración, enteramente suprimida por la enfermedad, dilataba con grato fomento los poros, comunicando á las secas fibras elasticidad de carne mollar. Como la luz de una bujía brilla más al acelerarse la combustión, D. Victoriano parecía regenerarse, cuando en realidad iba consumiéndose... Él, pensando renacer, respiraba dichoso la estrecha atmósfera de las intriguillas electorales, gozando en disputar palmo á palmo su distrito, en recoger adhesiones y testimonios de simpatía, y secretamente halagado hasta por la absurda proposición de incensarle en la iglesia que al párroco de Vilamorta hicieron sus feligreses. De noche se solazaba patriarcalmente en la tertulia de Agonde con las historias cómicas de la botica de doña Eufrasia y con el menudo oleaje ocasionado por la proximidad de las fiestas. Poco á poco la inocente mesa de tresillo de Agonde se modificaba, convirtiéndose en algo de más malicia. Ya no eran cuatro las personas sentadas, sino una sola; y el resto, de pie, formaba grupo, y tenía fijos los ojos en las manos del sentado. La izquierda del banquero se crispaba aferrando los naipes, y con nervioso impulso del pulgar de la diestra hacía ascender lentamente la postrera carta, hasta que se vislumbraba y adivinaba, primero la pinta, luego el número, luego la porra de un basto, la yema de huevo de un oro, la cola azul de un caballo, la corona picuda de un rey. Y había otras manos que recogían puestas ó sacaban dinero del bolsillo y lo depositaban sobre los fatídicos pedazos de cartulina, y se oía decir:

—¡Al siete! ¡Al cuatro! ¡As en puerta!

Por pudor, Agonde se privaba de tallar mientras estuviese allí D. Victoriano, sofrenando á duras penas la única pasión que tenía el privilegio de calentar un tanto su sangre y esparcir su linfa, y cediendo el puesto á Jacinto Ruedas, famoso tahur ambulante, conocido en todo el universo, que andaba al olor de la timba como otros al de los banquetes: tipo raro, entre chulo y polizonte, que decía en voz ronca chistes de baja ley. No aclaran los cronistas si la autoridad civil de Vilamorta, ó sea el juez, intentó poner coto á la diversión ilegal que se permitían los tertulianos de la farmacia; pero es punto averiguado que teniendo el juez una pierna más corta que otra, el ruido de su muleta en las baldosas de la acera avisaba siempre de su proximidad á los jugadores. Y en cuanto á la autoridad municipal, sábese de cierto que un día, ó para mayor exactitud una noche, penetró en la trastienda del boticario lo mismo que una bomba, con dinero en la mano, y echándolo sobre una carta, gritó:

—¡Soy caballo, señores!

—¡Sea usted burro, si quiere! le replicó Agonde, dándole un empujón con irreverencia notoria.

Aquel año, la presencia de D. Victoriano y la ya declarada lucha entre sus partidarios y los de Romero, prestaba á las fiestas carácter de batalla. Querían los combistas sacarlas más que nunca lucidas y brillantes, y los romeristas aguarlas si fuese posible. En el salón del Consistorio preparábase el globo padre, que ocupaba extendido toda la longitud de la pieza: sus cuarterones blancos iban cubriéndose de rótulos, figuras, emblemas y atributos, y por el suelo andaban desparramados calderos de hoja lata llenos de engrudo, pucheretes de bermellón, tierra de Siena y ocre, ovillos de bramante y recortes de papel. Del globo gigantesco nacían diariamente menudas crías, globitos en miniatura, hechos con retazos y muy ribeteados de azul y rosa. Hablábase con desdén en la tertulia de doña Eufrasia de semejantes preparativos, y se comentaba el arrojo del hijo del tabernero, solemne mamarrachista, que se proponía retratar á D. Victoriano en los cuarterones del gran globo. Las señoritas romeristas, frunciendo los labios y encogiéndose de hombros, protestaban que no asistirían á los fuegos ni al baile, aunque sus adversarios pusiesen, para conseguirlo, los santos en novena.

En cambio, las del bando combista formaron en torno de Nieves una especie de corte. Todas las tardes iban á buscarla para salir á paseo, y además de Carmen Agonde, la rodeaban Florentina la del Alcalde, Rosa, sobrinita de _Tropiezo_, y Clara, la mayor de las niñas de García. Andaba ésta descalza, muy ocupada en coger moras y echarlas en el mandil, cuando recibió la estupenda noticia de que su padre le encargaba un traje á Orense, para visitar á la señora del ministro. Y vino el traje, con sus lazos muy tiesos y sus forros de percalina muy engomados, y la chiquilla, lavada, atusada, incrustados los pies en botitas nuevas de _chagrín_, con la vista baja y con las manos una encima de otra, en simétrica postura, fué á engrosar el séquito de Nieves. Declaróse Victorina protectora de Clara García; la compuso, la regaló un brazalete y se hicieron inseparables.

Solían pasear por la carretera, pero así que Clara tomó confianza, protestó, asegurando que por las veredas y los atajos era mucho más divertido y se encontraban cosas más bonitas. Y apretó el brazo de Victorina, exclamando:

—¡Segundo _te_ sabe paseos preciosos!

Casualmente la misma tarde, al regresar al pueblo, divisaron á un hombre que se escurría pegado á las casas, y Clara, desde la acera de enfrente, echó á correr y le cogió por la cintura.

—Eh... tú... Segundo... no te escapes, que bien te vemos.

Dió el poeta familiar encontrón á su hermana, y saludó ceremoniosamente á Nieves, que le correspondió con cordialidad suma.

—Mire V. que esta chica... Vamos, de seguro que le ha hecho á V. mala obra... V. dispense...

Se sentaron á tomar el fresco en los bancos de la plaza, y cuando al otro día salió la caravana, después de la hora de la siesta, Segundo se le incorporó haciendo estudio en no acercarse á Nieves, lo mismo que si entre los dos existiese alguna inteligencia secreta, alguna misteriosa complicidad. Mezclóse al grupo de las niñas, y deponiendo su seriedad acostumbrada, reía y bromeaba con Victorina, para quien recogía, al borde de los setos, maduras zarzamoras, bellotas de roble, erizos tempraneros de castaña, y mil florecillas silvestres que la niña archivaba en un saquito de cuero de Rusia.

Unas veces las llevaba Segundo por caminos hondos, costaneros, abiertos en la piedra viva, guarnecidos de murallones, cubiertos por emparrados que apenas dejaban filtrarse la moribunda luz del sol; otras, por descubiertos, calvos y áridos montecillos, hasta llegar á alguna robleda añosa, á algún castaño dentro de cuyo tronco, resquebrajado y hendido por la vejez, podía Segundo esconderse, mientras las chiquillas, asidas de las manos, bailaban en derredor.

Un día las condujo al remanso del Avieiro, al puente de piedra bajo cuyos arcos el agua negra, fría é inmóvil, dormía siniestro sueño. Y les refirió que allí, por ser el río más hondo y calentar menos el sol, se guarecían las más corpulentas truchas, y que junto al estribo había aparecido el mes anterior un cadáver. También las guió al eco, donde las niñas gozaron locamente hablando todas á la vez, sin dar tiempo á que el muro repitiese sus gritos y risas. Y otra tarde les enseñó un curioso lago, del cual se referían en el país mil consejas: que no tenía fondo, que llegaba al centro de la tierra, que bajo sus muertas ondas se columbraban ciudades sumergidas, que flotaban en él maderas extrañas y crecían nunca vistas flores. Era el tal lago, en realidad, una gran excavación, probablemente una mina romana inundada, que presa entre la serie de montículos de toba arcillosa que la pala de los mineros había acumulado por todas partes, ofrecía sepulcral y fantástico aspecto, ayudando á la ilusión la melancolía de las vegetaciones palustres que verdeaban en la sobrehaz del gran charco. Como se aproximaba el anochecer, las niñas declararon que tan lúgubre sitio les infundía un miedo atroz; las muchachas confesaron lo mismo, y echaron á escape para salir pronto al camino real, dejando á Nieves y Segundo rezagados. Era la primera vez que tal cosa ocurría, porque el poeta evitaba las ocasiones. Nieves, sin embargo, miró inquieta á su alrededor y bajó después los ojos, encontrando los de Segundo puestos en ella, interrogadores y ardientes. Y entonces, lo tétrico del paisaje y lo solemne del crepúsculo le encogieron el corazón, y sin saber lo que hacía, corrió lo mismo que las muchachas. Sentía detrás las pisadas de Segundo, y cuando por fin se detuvo, no lejos de la carretera, le vió sonreír y no pudo menos de reírse también de su propia necedad.

—¡Jesús... qué miedo tan estúpido... me he lucido... estoy á la altura de las chicas! Es que el dichoso charco impone... Diga V.: ¿cómo no han sacado vistas de él? Es muy raro y muy pintoresco.

Regresaban por la carretera, después de anochecido, y como si Nieves pretendiese borrar la impresión de su chiquillada, venía alegre y cariñosa con Segundo; dos ó tres veces se tropezaron sus ojos, y, sin duda por distracción, no los apartó. Hablaron de la expedición del día siguiente: había de ser por las orillas del río, más alegres que el lago; un punto de vista admirable y no fatídico, como la charca.

En efecto, el camino que siguieron al otro día era muy lindo, aunque difícil, por lo espeso de los mimbrales y cañaverales, y lo enmarañado de los abedules y álamos nuevos que estorbaban á veces el paso. Á cada momento tenía Segundo que dar la mano á Nieves y desviar las ramas frescas y flexibles que le azotaban el rostro. Por más precauciones que tomó, no pudo evitar que se humedeciese los pies, ni que se dejase girones del encaje de su pamela en un álamo. Se detuvieron allí donde el río, dividiéndose, formaba en medio una isleta poblada de espadañas y de sencillos gladiolos. Un arroyo, bajando del monte, venía á perderse en el Avieiro, humilde y callado. Crecían á sus orillas dentados y variadísimos helechos, y graciosa flora acuática. Segundo se arrodilló en el encharcado suelo y empezó á registrar entre las plantas.

—Tome V., Nieves.

Ella se acercó, y él, con una rodilla en tierra, le entregó un manojo de flores azules, de un azul pálido de turquesa, con tronco delgadísimo; flores que ella sólo había visto contrahechas, en adornos de sombreros, y cuya existencia le parecía un mito: flores soñadas, que se figuraba no crecerían sino en los bordes del Rhín, allá donde suceden todas las cosas novelescas; flores que se conocen con un nombre tan bonito: _no me olvides_.

[Ilustración]

XII

Era Nieves lo que suele llamarse una señora cabal, sin una página turbia en su historia, sin un pensamiento de infidelidad á su marido, sin más coquetería que la del vestido y tocado, y aun esa, libre de afeites ó desaliños tentadores, limitada á complacencias serviles con la moda. Su ideal, caso de tener alguno, se cifraba en una vida cómoda, elegante, rodeada de consideración social. Se había casado muy joven, dotándola D. Victoriano en algunos miles de duros, y el día de la boda, su padre la llamó á su despacho de magistrado, y teniéndola de pie como á los reos, le encargó mucho que respetase y obedeciese al esposo que tomaba. Ella obedeció y respetó.

Y la obediencia y el respeto desesperaron á D. Victoriano, que buscaba en el matrimonio el desquite de largos años pasados en el bufete; años de abstinencia amorosa, en que los asíduos trabajos y la sedentaria vida no le consintieron atar un tierno lazo ni cultivar dulces afectos, permitiéndole á lo sumo algún lance rápido, alguna violenta é irritante aventura que no satisfacía su espíritu. Juzgaba que la linda hija del presidente de sala le pagaría sus atrasos de amor, y notó con estéril y doloroso despecho que Nieves veía en él al marido grave á quien se acepta dócilmente, sin repugnancia, y nada más. Respetando mal de su grado la tranquilidad de aquella superficial criatura, no supo ni osó despertarla, y sólo consiguió consumirse y deshacerse en vano, acelerar la destrucción de su organismo y apresurar la crisis de la madurez, multiplicando las ráfagas blancas que listaban su pelo negro.

Al nacer la niña, esperó D. Victoriano resarcirse con creces en nuevas y santas caricias, en un oasis puro. Mas las exigencias de la posición política, el tráfago de los negocios, la complicación y el engranaje implacable de su existencia, se interpusieron entre él y las delicias paternales. Vió á su hija de lejos siempre y apenas consiguió, á la hora del café, tenerla un rato á horcajadas sobre los muslos. Y después sobrevinieron los ataques de la enfermedad...

Desde que se declaró ésta, con sus aflictivos síntomas, Nieves, por extraño caso, se halló como desligada del vínculo conyugal, y en cierto modo, soltera. Juzgaba ella sinceramente y de buena fe que lo importante y esencial del matrimonio era la vida en común de los esposos, la cohabitación obligatoria. Libre de este deber, parecíale haber vuelto á los rosados días del colegio, cuando mariposeaba y jugaba á los novios con sus compañeras, que le fingían inofensivas cartitas amorosas y se las metían debajo de la almohada. ¡Qué tiempos! Era pollita...

No había vuelto á divertirse desde entonces, no. ¡Valiente diversión la de aquella vida metódica y rutinaria de Madrid!... Sí, una temporada hubo en que el marqués de Cameros, el rico y joven cliente de D. Victoriano, venía con cierta frecuencia, y aun le habían convidado dos ó tres veces á comer, _sin cumplido_... Persistía en Nieves el recuerdo de que el marqués la miraba mucho á hurtadillas, y que de noche se lo encontraban, casualmente, siempre en el mismo teatro á donde ellos iban... No pasó de ahí.

Ahora florecía la segunda juventud de Nieves, los veintinueve ó treinta años, época terrible en la vida femenina; y si no podía producir rojos cálices llenos de abrasadora pasión, en cambio deseaba adornarse con los soñadores _no me olvides_ del poeta... Parecíale á Nieves que en el vaso de porcelana de China de su existencia faltaba una flor, y el frágil ramito azul venía á completar la gracia del juguete de sobremesa... ¡Bah! ¡Qué mal había en todo ello! Una chiquillada. Aquellas flores, conservadas entre las hojas de un devocionario lujoso, sólo le inspirarían pensamientos de color celeste bajo, inertes como las pobres corolas ya prensadas y secas...

Prendió en el pecho el grupo azul. ¡Qué bien hacía entre la cascada de encaje crudo!

—Mamá,—le preguntó Victorina de noche, antes de recogerse:—¿te dió Segundo esas flores tan monas, dí?

—Ah... no recuerdo... Sí, creo que las ha cogido García.

—¿Me las das, para guardarlas en mi saquito?

—Anda, hijita, que te acuesten pronto... _Mademoiselle_, ¡hágala V. que rece!

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XIII

La proximidad de las fiestas interrumpió los paseos largos. Únicamente se salía un poco hacia la carretera, regresando en breve al pueblo, donde andaba mucha gente por la plaza. Componíase el paseo de señoritas combistas muy emperejiladas, de curas de aldea alicaídos, mal afeitados y enfermos, de jugadores de heteróclita facha, de forasteras venidas del Borde, tipos todos que Agonde comentaba con mordacidad, entreteniendo bastante á Nieves.

—¿Ve aquellas? Son las señoritas de Gondás, tres solteronas y una solterita, que la tratan de sobrina, pero como las de Gondás no tienen hermano... Aquellas otras dos son las de Molende, de allá de Cebre, gente muy _aristócrata_, Dios nos libre... La gorda es capaz de pegarle un tiro de revólver al hijo del sol... ¡y la otra hace unos versos! yo animo á Segundo García para que se le declare: compondrán una pareja de lo más refinado... Están de huéspedas en casa de Lamajosa: allí se encuentran ellas en su elemento, porque doña Mercedes Lamajosa, para que las visitas sepan que es noble, les dice á las hijas:—niñas, traedme acá la calceta, que debe estar en el armario sobre la carta-ejecutoria... Esas dos tan guapitas y tan majas son las de Camino, hijas del juez...

La víspera de la feria salió mañana y tarde la música, aturdiendo las calles con su estrépito de murga victoriosa. Hallábase la plaza consistorial salpicada de tinglados que hacían vistosa confusión de colorines chillones y disparejos. Delante del Ayuntamiento se levantaban unos extraños armatostes, que así podían parecer instrumentos de martirio, como juguetes de chiquillos ó espantapájaros, y no eran sino los árboles y ruedas de fuego que á la noche habían de quemarse con magnífica pompa, favorecidos por la serenidad del aire. Del balcón del consistorio salía, á manera de brazo titánico, el mástil donde debía izarse el magno globo; y por el barandado corría una serie de vasitos de colores, formando las letras V. A. D. L. C.: delicado obsequio al representante del país.

Había cerrado la noche, cuando D. Victoriano y su familia salieron hacia el Ayuntamiento para presenciar la función de pólvora. Trabajo les costó romper por entre el gentío que llenaba la plaza, donde chocaban mil varios y opuestos ruidos, ya la pandereta y las castañuelas de un corro de baile, ya el mosconeo de la _zanfona_, ya una triste y prolongada copla popular, ya la interjección de un borracho agresivo, que quería tener por suyos los ámbitos de la feria. Agonde daba el brazo á Nieves, desviaba la gente y explicaba el programa de la fiesta nocturna.

—Nunca se ha visto un globo como el de este año: es el mayor que se recuerda: los romeristas están furiosos.

—¿Y qué tal ha salido mi estampa?—preguntaba con interés D. Victoriano.

—¡Ah! ¡Una cosa soberbia! Mejor que el retrato de _La Ilustración_.

En el portal del Ayuntamiento redoblaron las dificultades, y fué preciso hollar sin misericordia pechos, vientres y espaldas de personas instaladas allí, y resueltas á no menearse ni perder el sitio.

—Mire V. qué pedazos de asnos—murmuraba Agonde...—Aunque uno los pisotee, nada... no se levantarán. Esos no tienen posada, y pasan ahí la noche; mañana se desperezan y se van tan contentos á sus aldeítas...