El cisne de Vilamorta

Part 6

Chapter 63,980 wordsPublic domain

Segundo, para bajar á las Vides, pidió el jaco endiablado, el del alguacil. Desde el crucero, el camino se hacía clivoso y difícil. Lo interceptaban á trechos peñas muy lisas y resbaladizas, y el jinete se colgaba de las riendas, porque las herraduras se deslizaban arrancando chispas, y el animal, arrastrado por su peso, podía caerse. El terreno, calcinado por el sol, era quebradísimo; las casas, más que sentadas en firmes cimientos, parecían colgadas de las laderas, próximas á desprenderse y rodar al río, y el indispensable tiesto de claveles reventones, asomando y saliéndose casi por los balconcillos de madera, recordaba la flor que al desgaire se coloca en el pelo una gitana. Á veces Segundo cruzaba un pinar; respiraba el olor balsámico de la resina, y pisaba una alfombra de hojas secas que asordaba el golpe del casco de su montura; de repente, entre dos vallados, aparecía un angosto sendero, orillado de zarzamora, digital y madreselva, y á menudo experimentaba Segundo la impresión de bienestar que causan á las horas de sol los toldos vegetales, y trotaba al amparo de un túnel de verdura, un emparrado alto sostenido en postes de piedra, viendo sobre su cabeza los racimos que ya negreaban y escuchando el alborotado pitío de los gorriones y el silbo estridente de los mirlos. Por las murallas tapizadas de musgo correteaban los lagartos. Cuando se encontraban dos ó tres vereditas, Segundo refrenaba el caballo buscando la dirección de las Vides y preguntando á las mujeres que subían trabajosamente, arrastrando el cuerpo, cargadas con un coloño de leña de pino, ó á los chiquillos que retozaban á la puerta de las casas.

Allá abajo, muy profundo, corría el Avieiro, y visto desde la altura podía compararse á la hoja de acero que, blandida, culebrea y refulge. Enfrente la montaña, donde se escalonaban, á manera de gradas de colosal anfiteatro, hileras de paredones de sostenimiento para las viñas, construídos con piedra blancuzca; y las listas claras sobre el fondo verde hacían bizarra combinación, destacándose en ella el rojo tejado de algún palomar ó casa solariega, y en la cima del monte el verdor más sombrío de los pinares. Ya veía Segundo á sus pies las tejas de las Vides. Descendió una cuesta más vertical que horizontal, y se halló delante del portalón.

Bajo la cepa estaban Victorina y Nieves. Entreteníase la niña en saltar á la cuerda, y lo hacía con notable agilidad, á pies juntillas, sin moverse de un sitio, volteando la cuerda tan rápidamente, que fingía una especie de niebla en derredor de la elegante academia de la saltarina. Como los claros de la parra dejaban pasar grandes manchones de sol, á lo mejor se inundaba de luz el cuerpo de la chiquilla, y radiaba su mata de pelo, sus brazos ó sus piernas desnudas, pues sólo tenía una blusa azul marino, corta y sin mangas. Al divisar á Segundo dió un grito, soltó la cuerda y desapareció. En cambio Nieves, levantándose del banco donde trabajaba, con la sonrisa en los labios y algo encendida de sorpresa, tendió la mano al recién-venido, que se apeó prestamente del caballo.

—¿Y el señor don Victoriano? ¿cómo sigue?

—¡Ah! Por allí andaba, regular de salud; pero muy divertido con las faenas agrícolas, muy satisfecho... Y al decir esto, tenía el rostro de Nieves la expresión distraída con que hablamos de cosas que nos interesan poco. Segundo observó que la señora del ministro reparaba en su atavío flamante, recién llegado de Orense; y por algún rato le mortificó la duda de si lo encontraría pretencioso ó ridículo, hasta el extremo de sentir no haber traído la ropa de todos los días.

—Ha asustado usted á Victorina, añadió Nieves riendo... ¿Dónde se habrá metido esa boba? De fijo que sólo se escondió porque estaba de blusa... Usted la trata como á una mujer y ella se pone insoportable. Venga usted...

Remangóse Nieves la bata de cretona blanca salpicada de capullos de rosa, y penetró intrépidamente en la cocina, que estaba al nivel del patio. En pos de los taconcitos Luis XV, que encubría el encaje bretón de la enagua, recorrió Segundo varias piezas: cocina, comedor, _sala del rosario_, llamada así porque en ella lo rezaba con los criados Primo Genday, y por último, _sala del balcón_. Allí se detuvo Nieves exclamando:

—Los llamaré por si están en la viña.

Y asomándose gritó:

—¡Tío! ¡Victoriano! ¡Tío!

Dos voces respondieron:

—¿Qué?... Allá vamos.

No hallando cosa oportuna que decir, Segundo callaba. Tranquila ya la conciencia con haber llamado á las personas formales, Nieves se volvió y dijo con la afabilidad de un ama de casa que conoce su obligación:

—¡Pero qué amable, qué amable ha sido usted! Hasta las vendimias no contábamos con que se animase á venir... Y ahora, que se acercan las fiestas... Tanto que pensaba ver á usted antes en Vilamorta, porque Victoriano se empeña en tomar las aguas quince días...

Al hablar, se respaldaba en la pared, y Segundo se azotaba con el latiguillo la punta de las botas. Del huerto subió la voz de Méndez.

—Nieves, Nieves... Que bajes, si te es igual.

—Con permiso de usted... Voy por una sombrilla.

Tardó poco en volver, y Segundo la ofreció el brazo. Bajaron al huerto por la solana, y entre los saludos de ordenanza, Méndez protestó contra la idea de que Segundo se volviese la misma tarde á Vilamorta.

—¡Hombre! ¡No faltaba más! ¡Coger calor dos veces en un día!

Y el señor de las Vides, aprovechando la coyuntura que jamás desperdicia un propietario rural, se apoderó del poeta, consagrándose á enseñarle al pormenor la finca. Explicábale al mismo tiempo sus empresas vitícolas. Había sido de los primeros á azufrar con fortuna, y empleaba abonos nuevos que acaso resolviesen el problema del cultivo. Hacía ensayos tratando de imitar con el vino común del Borde el Burdeos de pasto; de prestarle, con polvos de raíz de lirio, el _bouquet_, la fragancia de los _caldos_ franceses. Pero le salía al paso la rutina, el fanatismo, según decía confidencialmente bajando la voz y poniendo una mano en el hombro de Segundo. Los demás cosecheros del país le acusaban de olvidar las sanas tradiciones; de adulterar y componer el vino. ¡Como si ellos no lo compusiesen! Sólo que ellos lo hacían sirviéndose de drogas ordinarias, v. gr., campeche y yerba mora. Él se contentaba con aplicar los métodos racionales, los descubrimientos científicos, los adelantos de la química moderna, proscribiendo el absurdo empleo de la pez en las corambres, pues si bien la gente del Borde alababa el dejo á pez en el vino, diciendo que la pez hacía beber otra vez, á los exportadores les repugnaba, con razón, aquel pegote. En fin, si Segundo quería ver las bodegas y los lagares...

No hubo remedio. Nieves se quedó á la puerta, temerosa de mancharse la bata. Así que salieron, se trató de registrar el huerto en detalle. Era también el huerto una serie de paredones en gradería, sosteniendo estrechas fajas de tierra, y esta disposición del terreno daba á la vegetación exuberancia casi tropical. Camelios, pavíos y limoneros crecían libres, irregulares é indómitos, cargados de hoja, de fruta ó de flores. Abejas y mariposas revoloteaban y bullían, libando, fecundándose, locas de contento y ébrias de sol. De paredón á paredón se bajaba por unas escalerillas difíciles. Segundo dió el brazo á Nieves y en la última grada se detuvieron para contemplar el río que corría allá muy abajo.

—Mire usted hacia allí, dijo Segundo, señalando á su izquierda una colina algo distante. Allí está el pinar... ¿Á que no se acuerda usted?

—Sí me acuerdo, respondió Nieves, guiñando, á causa del sol, sus azules ojos. El pinar que canta... ¡Mire usted cómo me acuerdo! Y diga usted, ¿sabe usted si hoy cantará? Porque de buena gana le oiría esta tarde.

—Si se levanta un poco de brisa... Con la calma que reina, los pinos se estarán casi quietos y casi mudos. Y digo _casi_, porque del todo no lo están nunca. Basta el roce de sus copas para que vibren de un modo especial y tengan un susurro...

—¿Y eso—preguntó Nieves en tono jocoso,—no sucede más que en el pinar de aquí, ó es igual en todos?

—¿Quién sabe? respondió Segundo mirándola fijamente. Acaso el único pinar que cante para mí será el de las Vides.

Nieves bajó la vista, y después echó una ojeada en derredor, como buscando á D. Victoriano y Méndez, que estaban un escalón más arriba. Notó Segundo el movimiento, y con imperiosa descortesía dijo á Nieves:

—Subamos.

Reunióse á Méndez, y ya no se despegó de su lado hasta que pasaron al comedor, donde les aguardaban Genday y _Tropiezo_. La última á llegar fué la niña, muy púdica ya, con medias largas y traje de blanco piqué.

La mesa en que comían no estaba en el centro, sino en un costado del comedor; era cuadrilonga, y los convidados, en vez de sillas, tenían para sentarse dos bancos fronterizos, de ennegrecido roble. Los extremos de la mesa quedaban libres para el servicio. Sóbrio por instinto, Segundo reparó con sorpresa la inverosímil cantidad de alimentos que consumía don Victoriano, no sin advertir también que su rostro estaba más demacrado que nunca. Á veces, el hombre político se detenía, porque un remordimiento le asaltaba.

—Estoy devorando.

Protestaba el anfitrión, y _Tropiezo_ y Genday, por turno, exponían doctrinas latas y consoladoras. La naturaleza es muy sabia, decía el señor de las Vides, que no olvidaba á Rousseau, y el que la obedece no puede errar. Primo Genday, glotón como todos los pletóricos, añadía con cierta teológica unción: para que el alma esté dispuesta á servir á Dios, hay que atender primero á las justas exigencias del cuerpo. _Tropiezo_, por su parte, sacaba el labio inferior, negando la existencia de ciertas enfermedades novísimas. Toda la vida hubo personas que padeciesen de la orina y jamás se les privó el comer y beber, al contrario. Por lo mismo que la enfermedad desgasta, hay que nutrirse. Fácilmente se dejaba persuadir D. Victoriano. Aquellos manjares de otros tiempos, aquellas anticuadas vinagreras _milagrosas_ de donde por un tubo salía el aceite y el vinagre por otro sin confundirse jamás, aquel inmenso mollete colocado á guisa de centro de mesa, eran otros tantos arcaismos encantadores para él, que le recordaban horas felices, años límbicos de la existencia. Á los postres, cuando Primo Genday, sofocado aún por una discusión política en que calificó de _incircuncisos_ á los liberales, se puso de repente muy grave y empezó á rezar el _Padre nuestro_, el ministro, racionalista añejo ya, sorprendióse de la devoción con que sus labios murmuraron: El pan nuestro de cada día... ¡Caramba, estas cosas de cuando era uno joven!... D. Victoriano revivía al contacto de sus desvanecidas mocedades. Hasta se le venían á las mientes recuerdos de noviazgos efímeros, de amorcillos de quince días con señoritas del Borde, que á la hora presente debían ser apergaminadas solteronas ó respetables madres de familia. ¡Valiente necedad!... El ex-ministro rechazó la servilleta y se levantó.

—¿Usted duerme la siesta? preguntó á Segundo.

—No, señor.

—Yo tampoco. Venga V. y fumaremos un cigarro.

[Ilustración]

X

Sentáronse en la sala, cerca del balcón, en dos mecedoras traídas de Orense. Del huerto y de las viñas subía una tranquilidad perezosa, un silencio tan absoluto, que podía oírse el choque mate de las pavías maduras al desprenderse de la rama y dar en la tierra seca. Olores á fruta y á miel entraban por el balcón entreabierto. Por la casa no rebullía nadie.

—¿Una breva de recibo?

—Mil gracias...

Restalló el fósforo, y Segundo se meció imitando á D. Victoriano. El cadencioso balanceo de las mecedoras, la soñolienta paz del sitio, todo convidaba á importante y confidencial diálogo.

—¿Y V. qué se hace, vamos á ver, por Vilamorta? Es V. abogado, ¿no es eso? Tengo idea de que se propone V. suceder á su padre, una persona tan inteligente...

Segundo vió propicio el momento. La voluta de humo del cigarro le velaba los ojos con suave niebla, predisponiéndole á la expansión y desterrando su reserva habitual.

—Me horripila el pensamiento de empezar ahora la vida que mi padre está terminando; contestó á la pregunta del ex-ministro.—Esa lucha mezquina para ganar un poco de dinero más ó menos; esas intrigas de lugar, esos manejos miserables, ese expedienteo, todo eso, señor D. Victoriano, no se hizo para mí. No es que no pueda ejercer: he sido un regular estudiante porque mi buena memoria me salvó siempre en los exámenes. ¿Pero de qué sirve esa carrera? De base nada más. Es un pasaporte, es una papeleta de entrada en cualquier oficina.

—Hombre... pch...—y D. Victoriano sacudió la ceniza del puro;—eso es verdad, muy verdad. Lo que se estudia en las aulas, apenas se utiliza después. Yo, si no es por la pasantía en casa de D. Juan Antonio Prado, que me hizo aplicar los codos y aprender cuántas púas tiene un peine, no me luciría mucho con mi ciencia compostelana. Amigo, lo que le forma á uno y le desasna, es esa pasantía terrible y ese aprieto en que se ve un muchacho cuando le ponen delante un rimero así de papeles y le dice un señor muy orondo: «Estúdieme V. eso hoy, y téngame mañana formulado dictamen». ¡Allí es lo bueno, el sudar, el roerse las uñas! Allí no vale pereza ni ignorancia. La cosa tiene que hacerse, y como no ha de ser por arte de encantamiento...

—Ni aun en Madrid y en gran escala me atrae á mí el foro... Tengo mis aspiraciones.

—Sepamos.

Vaciló Segundo, con el sentimiento de pudor del que narra un sueño ó visión amorosa. Miró dos ó tres veces al vagoroso humo azul, y por fin la media oscuridad de la sala, discreta como un confesonario, disipó sus recelos.

—Quiero seguir la carrera de las letras.

El hombre político paró de mecerse y de fumar.

—¡Pero hijo, si las letras no son carrera! ¡Si no hay tal cosa! Vamos claros: ¿ha salido usted alguna vez de Vilamorta... digo, de Santiago y de estos pueblos así?

—No, señor.

—¡Entonces comprendo esas ilusiones y esas niñadas! Por aquí todavía creen que un escritor ó un poeta, en el mero hecho de serlo, puede aspirar á... ¿Y V. qué escribe?

—Versos.

—¿Prosa, no?

—Algún artículo ó suelto... Casi nada.

—¡Bravo! Pues si se fía V. en los versos para navegar por el mundo adelante... Yo he notado en este país una cosa curiosa, y voy á comunicar á V. mis observaciones. Aquí los versos se leen todavía con mucho interés, y parece que las chicas se los aprenden de memoria... Pues allá en la corte le aseguro á V. que apenas hay quien se entretenga en eso. Por acá viven veinte ó treinta años atrasados: en pleno romanticismo.

Segundo, contrariado, preguntó con cierta vehemencia:

—¿Y Campoamor? ¿Y Núñez de Arce? ¿Y Grilo? ¿No son poetas de fama? ¿No gozan de gran popularidad?

—Campoamor... Á ese le leen porque es muy truhán y dice cosas que hacen cavilar á las niñas y reír á los hombres... Tiene su miga, y filosofa así, entreteniendo... Pero mire V.; ni él ni Núñez de Arce viven de los rengloncitos desiguales... Buen pelo echarían... Grilo, qué sé yo... Goza de simpatías allá entre las damas de alto copete, y le imprime sus poesías la reina madre, que por lo visto está en fondos... En fin, crea usted que ninguno medrará gran cosa por el camino del Parnaso... Y ya ve V.; se trata de los maestros, porque poetas de segunda fila, chicos que riman mejor ó peor, habrá en Madrid ahora unos doscientos ó trescientos... ¿Les conoce usted? Pues yo tampoco tengo el gusto... Cuatro amigotes les elogian, cuando publican algo en una _Revista_ trasconejada... Y pare V. de contar. Hablando en plata, tiempo perdido.

Segundo, muy silencioso, se ensañaba con el cigarro.

—No lo tome V. á ofensa... prosiguió don Victoriano. Yo entiendo poco de letras, por más que en mis juventudes hice quintillas como todo el mundo: además, no conozco nada de V.... De manera que mi juicio es imparcial, y mi consejo sincerísimo.

—Yo... articuló Segundo al cabo—no tengo cifradas mis aspiraciones sólo en la poesía lírica... Acaso más adelante optaría por la dramática... ó por la prosa: qué sé yo. Sólo quisiera probar fortuna...

Don Victoriano se levantó y salió al balcón un instante. De repente se volvió; puso ambas manos en los hombros de Segundo, y pegando casi al rostro del poeta su cara amojamada, exclamó con lástima no fingida:

—¡Pobre muchacho! ¡Cuántos, cuántos disgustos le esperan á V.!

Y como Segundo callase, atónito de aquella efusión repentina:

—No puede V., novicio como es, adivinar en lo que se mete; me da V. pena: ya está V. divertido. En el estado actual de la sociedad, para descollar ó brillar en algo, hay que sudar sangre como Cristo en el huerto... Si es en la poesía lírica, Dios nos asista... Si hace V. comedias ó dramas, verá V. lo que es bueno: adular á los cómicos, dejar el manuscrito arrinconado, apolillándose en un cajón, que le corten á V. de un tijeretazo medio acto, y luego el miedo de la noche del estreno, y lo que viene detrás... que puede ser la más negra... Si se mete V. á periodista... no descansará V. diez minutos, hará usted la reputación de los demás y nunca verá ni el principio de la propia... Si escribe V. libros... ¿Pero quién lee en España? Y si se echa usted en brazos de la política... ¡Ah!

Oía Segundo sin despegar los labios, con los ojos bajos y la mirada errante por los nudos de la madera del piso, aquella voz persuasiva que parecía arrancarle una por una las hojas de rosa de sus ilusiones, con el mismo chasquido estridente de la uña que dispersaba la ceniza del puro. Al fin alzó el rostro contraído y miró al hombre político, murmurando no sin alguna ironía en el acento:

—Pues de la política, señor D. Victoriano, creo que no debe V. hablar tan mal... Á V. le ha tratado con cariño; no tendrá V. queja de ella. Para V. no fué madrastra.

Se descompuso el semblante de D. Victoriano, dejando salir á la superficie los estragos de la enfermedad... y levantándose de nuevo y tirando el cigarro y midiendo á pasos agitados el salón, rompió á hablar apasionadamente, con frases que brotaban en oleadas súbitas, en chorros impetuosos y desiguales, como el caño de sangre por la cortada arteria.

—No me toque V. ese punto... cállese usted, criatura... ¡qué sabe V., qué sabe V. ni qué sabe nadie lo que son esas cosas, hasta que cae en ellas de cabeza y queda sujeto y no puede salir ya! Si yo le contase á V.... ¡Pero es imposible contar la vida entera, día por día, referir una batalla que dura años, sin tregua ni reposo! Combatir para que le empiecen á conocer á uno, seguir combatiendo para que no le olviden, pasar del bufete á la política, de una rueda de cuchillos á una cama de ascuas, lidiar en el foro, en el Congreso, sin fe, sin convicción, porque sí, por no dejar vacante el puesto que uno se conquista; y á todo esto, ni una hora libre, ni un minuto sosegado, ni tiempo para nada... Logra uno fortuna cuando ya le falta humor para gozarla; se casa y forma familia, y... casi no es uno dueño de acompañar á su mujer al teatro... No me hable V.... El infierno, el infierno en abreviatura es la política... Querrá V. creer... (y aquí soltó redonda la interjección) que cuando mi chiquitina empezó á andar, intenté yo un día tener el gusto de llevarla á paseo de la mano... Un capricho, una rareza... Pues iba muy satisfecho bajando la escalera con la pequeñilla en brazos, y cátate que me encuentro al marqués de Cameros y un aspirante á diputado cunero por Galicia, que venía á pedirme quince ó veinte cartas de mi puño y letra para mayor eficacia... ¡Y fuí tan bestia, hombre, fuí tan bestia, que en vez de tirar al marqués por las escaleras abajo, subí de nuevo mis dos pisos, dí la chiquilla á la niñera y me encerré en el despacho á preparar la elección! Y así, toda la vida; conque dígame V., ¿tengo ó no tengo razón en abominar de tanta estupidez y tanta farsa? ¡Ah! ¡Qué trabajo nos tomamos para hacernos infelices!

No cabía duda. En la voz del hombre político temblaban lágrimas reprimidas; en su laringe se revolvían, ahogándose, imprecaciones y blasfemias. Segundo, por hacer algo, abrió de par en par la vidriera del balcón. El sol estaba distante del zenit, el calor era menos pesado.

—¡Y lo peor de todo... la cola! prosiguió don Victoriano deteniéndose. V. lucha y brega sin calcular, sin entretenerse en observar el estado de sus fuerzas... Combate V. al modo de aquellos caballeros antiguos, con la visera calada. Pero como no es V. de hierro, sino de carne, cuando menos lo piensa ¡zás! se encuentra enfermo, enfermo, herido sin saber dónde... No pierde V. sangre, pero pierde V. el jugo... lo propio que un limón cuando lo exprimen...—Y el ex-ministro se reía amargamente.—Y quiere usted pararse, reponerse, comprar á peso de oro la salud... y ya no es tiempo... ya no tiene usted gota de agua en su cuerpo todo... ¡Ea, fastidiarse, secarse y reventar! ¡Pues ya se ha lucido V. con sus trabajos y sus victorias! ¡Está usted fresco... está V. aviado!

Decíalo accionando, metiendo las manos en los bolsillos, en un paroxismo de confianza, expresándose igual que si estuviese solo. Y en realidad, consigo mismo hablaba. Era aquel un monólogo, traducción en alta voz de los pensamientos negros que D. Victoriano ocultaba, merced á esfuerzos de heroismo. La extraña enfermedad que padecía le causaba horribles pesadillas nocturnas; soñaba que se volvía pilón de azúcar, y que la inteligencia, la sangre y la vida se le escapaban por un canal muy hondo, muy hondo, convertidas en almíbar puro. Despierto, su mente rechazaba, como se rechaza la ignominia, tan peregrino mal. Debía equivocarse Sánchez del Abrojo: aquello era un desorden fisiológico y pasajero, un achaque usual y corriente, consecuencia de la vida sedentaria, y _Tropiezo_ y su rutina vencerían acaso á la ciencia. ¿Y si no vencían?... El hombre político sentía pasar por los bulbos capilares un soplo glacial que le encogía el corazón. ¡Morir á los cuarenta y pico de años, con la inteligencia firme y con tantas cosas emprendidas y logradas! Y síntomas de muerte debían ser sin duda aquella sed abrasadora, aquella bulimia nunca saciada, aquella sensación enervante de derretimiento, de fusión, aquel liquidarse continuo.

De repente recordó D. Victoriano la presencia de Segundo, que había olvidado casi. Y apoyándole otra vez ambas manos en los hombros, y fijando en los del poeta sus ojos áridos, que requemaba un llanto contenido, exclamó:

—¿Quiere V. oír la verdad y recibir un buen consejo? ¿Tiene V. ambición, aspiraciones y esperanzas? Pues yo tengo desengaños, y quiero hacerle á V. un favor comunicándoselos ahora. No sea V. tonto; quédese V. aquí toda su vida; ayude á su padre, herédele el bufete, y cásese con esa muchacha tan frescota de Agonde... No abandone nunca este país de fruta, de viñas, de clima tan dulce... ¡Cuánto daría yo ahora por no haberme movido de él! ¡Si se pudiese ver la vida futura en cuadros, como un panorama! Nada, hijo... Quieto aquí; eche usted aquí raíces; viva muchos años con prole numerosa... ¿Ha reparado V. qué sano está su padre? Da gusto verle con aquella dentadura tan fuerte y tan entera... Yo no tengo un diente por dañar: dicen que es uno de los síntomas de mi achaque... ¡Ah! ¡si su madre de V. viviese, ahora le estarían naciendo á V. hermanitos!

Segundo sonreía.

—Pero, Sr. D. Victoriano..., murmuró, con arreglo á sus teorías de V., en lugar de vivir... vegetaríamos.

—¡Y qué dicha mayor que vegetar! respondió el hombre político asomándose al balcón. ¿Cree V. que no son dignos de envidia esos árboles?

Tenía en efecto el huerto, á semejante hora en que declinaba el sol, cierta beatitud voluptuosa, cual si gozase un sueño feliz. Las hojas lustrosas de los limoneros y camelias, los gomosos troncos de los frutales parecían beber con deleite el fresco aliento vespertino, precursor del rocío vital de la noche. La atmósfera dorada se teñía á lo lejos en tintas de acuarela, color lila. Empezaban á oírse mil rumores, preludios de cantos de insectos, de conciertos de ranas y sapos.